Chapter Text
Van dos veces que a Jonathan lo despierta un toquido, uno estrepitoso y repetitivo.
Bien es cierto que, bajo circunstancias normales, aquel sonido no representaría molestia alguna para su rutina nocturna... pero desde que Will desapareció, Jonathan se dio cuenta de que el sueño se le ha aligerado bastante.
Esta segunda vez, el castaño decide levantarse de la cama, exponiendo la piel de sus brazos al gélido contacto del frío ambiente nocturno, que le provocan estremecerse y tener el impulso de volver a cobijarse de inmediato; sin embargo se resiste, y desliza su cuerpo sobre el colchón hasta quedar sentado en el borde de la cama. La yema de sus dedos acaricia la tela desgastada de sus sábanas mientras se decide a abandonar la tibieza de sus cobijas.
Se levanta por completo, arrastrando los pies descalzos en un andar flojo y hastiado hasta quedar a dos pasos de la ventana, y luego se queda en silencio.
Los segundos se escapan furtivamente entre sus parpadeos: dos... tres... cuatro... cinco... seis... toc toc, vuelve a oír.
Se frota los ojos impaciente al comprobar que el sonido que le ha perturbado el sueño es real, y la vaga esperanza de que sea su hermanito se desvanece tan pronto cómo corre la cobija a cuadros que usa a modo de cortina y descubre que afuera no hay más que un ave. Por supuesto que no es Will, iluso.
Sus pupilas no alcanzan a distinguir qué clase de ave es, y no es como que le importe, pues su mente lógica de inmediato intenta razonar lo extraño que era ver a un pájaro parado en su ventana, a las malditas 12:47 de la madrugada, en invierno.
El animal parece examinarlo desde afuera, también, con sus pequeños ojos de botón centelleando por su cuenta a la par que inclina la cabeza de un lado a otro, después picotea el cristal tres veces, pero sus alas baten el aire y lo llevan lejos antes de que Jonathan pueda abrir la ventana.
El muchacho se queda un rato ahí, inmóvil, como si la repentina aparición del ave lo hubiera dejado en el infinito trance del letargo. Sus ojos se posan en la silueta imaginaria del ave que acaba de marcharse, pero ningún pensamiento en particular le cruza la nublada mente; al menos no hasta que el movimiento de otro agente mucho más pequeño que un ave captura su atención.
Es entonces que Jonathan vuelve a alzar la mirada para descubrir de qué se trata esta vez, y pronto sus ojos se apegan al rumbo trazado sin prisas de un sólo copo de nieve que desciende por el aire hasta cubrir milímetros del marchito césped.
Que nieve no es una buena señal. Para nada. Y Jonathan lo sabe.
Es por eso que enseguida se pone los pantalones, una camisa a cuadros extra y los primeros calcetines que encuentra. Se mete los zapatos a la fuerza, y trastabilla un poco en el proceso, pero detiene su posible caída sosteniéndose de la esquina de su mesita de noche, que pega en la pared con un sonido sordo.
Resopla en un regaño interno y detiene sus acciones para poder escuchar en caso de que su madre de señales de haber sido despertada por el ruido, pero nada ocurre.
Viaja de la manera más silenciosa que puede hasta la sala, que está descuidada, desorganizada, con los carteles de "se busca" de Will desperdigados entre los sillones. Maldice mentalmente a la policía, que desde el día uno no ha hecho más que perder el tiempo investigando cosas sin sentido, y por ende, encontrando nada más que pistas que al final resultan inútiles.
Toma las llaves del auto y descuelga dos abrigos del perchero, los más tibios que encuentra: uno se lo pone él, y el otro, que es de una talla más pequeña, lo sostiene bajo el brazo.
Antes de salir echa un vistazo rápido a su casa, mientras que el interior de su pecho se revuelve con la amargura de un horrible presentimiento.
Ese, se dice a sí mismo, será su último intento de buscar a Will.
