Work Text:
Una palabrota escapó de los dulces labios de la muchacha que arrojó las tijeras al suelo, apartándose de la mesa cómo si quemara.
Se sentía frustrada, estresada y enojada, todo lo contrario, a cómo creyó que iba a sentirse.
Y es que (se suponía) aquello iba a ser fácil.
Primero porque no era la primera vez que lo hacía. Segundo porque se trataba de un proyecto bastante simple.
Un detalle lindo y dulce para su persona especial. Para agradecerle por el tiempo juntos hasta entonces. Por su presencia reconfortante y amable en días de caos, cuando la claridad de quien se suponía era ella, se desdibujaba.
Esperaba cortar, armar y coser poniendo amor en las puntadas, no una desesperación creciente a medida que se quedaba sin tiempo.
Lo peor era que, había abierto la boca y evitado que alguien más la confeccionara a tiempo. Ahora no quería simplemente rendirse y dejarle la carga mental de un trabajo apresurado a alguien más.
No era justo.
Pateó el maniquí que se desplomó sobre unas cajas metálicas haciendo un escándalo.
Probablemente aquello fue la causa de los golpecitos que se escucharon inmediatamente en la puerta.
—Preciosa, ¿estás bien?
La voz detrás de la madera sonaba preocupada pero sólo recibió silencio cómo respuesta.
—Voy a pasar.
Anunció tras lo que le pareció un tiempo aceptable. No fue una sorpresa encontrarla abrazando sus piernas, hecha un ovillo sobre la alfombra.
Caminó mitigando inconscientemente sus pasos, como si fuera a asustar a un animalito, pero la "presa" en cuestión, no pareció reaccionar y supo que lloraba.
Esquivó el suelo sembrado de bolas de papel, hilos y alfileres a su alrededor, hasta que finalmente se sentó a su lado.
Ni siquiera iba a preguntar, resultaba bastante claro cuál era el problema. Se quedó ahí, en silencio, esperando. En un momento dado ella se dejó caer de lado para recargarse en él. Supo que era su momento, estiró el brazo para sujetarle el hombro y atraerla más hacía su regazo.
—No está quedando.
Confesó bajito ella, limpiándose la nariz medio moqueante.
Él cabeceó afirmativamente, dando a entender que entendía la magnitud de la tragedia, al menos la magnitud que ella le estaba dando.
—No me odies por lo que voy a decir. Se que es importante, pero yo podría usar cualquier otra cosa y seguiría siendo especial.
El tono era quedo y mesurado, vaticinando una posible explosión porque lo que él estaba proponiendo atentaba contra…
—Pero esa no era mi visión— gimoteó ella pasándose la manga por los ojos que no paraban de llorar— yo quería hacerlo único, yo quería...
Eugene exhalo quedamente resignado. Ahí estaba de nuevo, la prisión de sus ideas fijas.
Rapunzel quería confeccionarle la casaca que usaría en la boda, para verle resplandecer en aquel día brillante y sentirse llena de gozo al saber que personalmente lo había hecho. La imagen inmortal de ese recuerdo habría venido de sus manos.
Sin embargo, no estaba saliendo de acuerdo al plan.
Y por el tiempo, en realidad, ya no saldría.
Mientras la escuchaba llorar bajito en su regazo y sus manos le acariciaban desde la coronilla hasta la espalda, sus ojos vagaron por la habitación, intentando encontrar una solución.
Algo capaz de sacarla de aquella torre de tristeza.
Reparó en los patrones de tela prendidos en el desmayado maniquí y la idea llegó.
—Preciosa...
—Mmmh
—Exactamente ¿Qué está fallando? yo no lo veo tan mal.
Rapunzel despegó la cara de sus brazos y lo miró fijamente con sus ojos llorosos enarcando una ceja, Eugene tragó saliva, probablemente acababa de liarla.
—No tiene mangas, no me quedan las mangas.
Puntualizo la castaña como si escupiera la frase. Su interlocutor valoró un momento más el conjunto y decidió jugársela.
La separó de su regazo y le sostuvo el rostro entre las manos, enjugando con los pulgares algunas de sus lágrimas.
—Y ¿si fuera un chaleco? va a hacer calor. Voy a llevar camisa y particularmente me gustan los chalecos.
Sonrió encantador, maravillándose con las emociones que vio pasar entonces por el rostro de su amada. Fueron desde el desconcierto y el absurdo, hasta el análisis y finalmente lo que él deseaba: la posibilidad.
El brillo mágico de aquellas gemas que él tanto amaba regreso a medida que la opción se veía como una posibilidad y en minutos se convertía en la nueva "visión"
La muchacha se echó a reír levantándose en aquel campo de guerra, haciéndole preocupar porque aún mantenía la costumbre de andar descalza y el piso estaba sembrado de alfileres.
—Puede que funcione.
Exclamo al final, ofreciéndole las manos. Él se levantó y entre los dos pusieron de nuevo en pie el maniquí.
El antiguo ladrón decidió ir a desvestir al objeto y ponerse el papel, estaba hecho a su medida y podía imaginar como luciría terminado.
Volteó a mirar a su prometida que le valoraba con la punta de la lengua asomando cerca de la comisura de sus labios en señal de concentración, antes de tomarle un par de medidas e ir a anotarlo.
Mientras sopesaba lo que sería el resto de su vida lleno de esos momentos, ella regresó y le echo los brazos al cuello.
─Gracias, por ser tú, por ayudarme a salir de mis torres, una tras otra.
Le susurró al oído y le dejo un beso en el cuello, cuando iba a separarse, él la aferro en sus brazos.
A veces le parecía tan irreal aquella historia, aquella vida. Que necesitaba tocarla para convencerse.
─Siempre que lo necesites, sean torres o abismos, ahí estaré por ti.
Pronuncio quedamente, acariciándole el rostro con la nariz hasta llegar a aquellos labios que con cada beso le ofrecían un tesoro que nunca creyó alcanzar.
Ella le acarició la espalda con afecto y tras unos momentos le obligó a soltarla.
—Se me hará más tarde.
Pronunció cómo excusándose por la interrupción, él sonrió y asintió con la cabeza. Tenía razón, le quedaban pocas horas, para el gran momento. Aquel por el que la había esperado y le había suplicado. El formulismo para gritarle al mundo, (incluidos todos aquellos que le aplastaban los sueños de niño) que el pequeño huérfano que no tenía nada, había encontrado el amor en una muchacha de dulces ojos y juntos eran tan fuertes como para derrotar vanidades egoístas e incluso obtener milagros.
Sí…
Juntos…
Rapunzel le retiro con cuidado los patrones del chaleco y se los llevó a su mesa de trabajo, él la siguió.
—¿Puedo ayudarte?
Le preguntó solicitó, a ella se le ilumino la expresión cuando volteo a mirarlo.
—Si, de hecho, me serviría mucho, gracias.
Exclamó ofreciéndole las tijeras, Eugene las tomó dispuesto a cortar las líneas marcadas en la tela, esas que confeccionarían una parte de su futuro.
El pensamiento de que trabajaban juntos en su destino le puso de buenas, era una sensación reconfortante. Afectuoso, le dio un beso fugaz en la coronilla a la castaña, el amor había traído consigo el regalo más valioso que él habría deseado:
Un hogar.
