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Siete

Summary:

“¡Hola! Me llamo Maya Bishop. Tengo siete años y vivo en la casa de enfrente. La de la puerta roja”, Maya levantó el pie y lo agitó en dirección a la casa, “Quería presentarme”, no había querido, pero su madre había querido que lo hiciera y con eso bastaba.

“Ah, ya veo” Lucia apoyó la mano en el hombro de Carina, Carina inmediatamente se inclinó hacia el toque de su madre. “Mi nombre es Lucia DeLuca, esta es mi hija Carina. Carina también tiene siete años.”

O…

Era verano. Maya es una niña de siete años que se aburre como una ostra durante las vacaciones de verano. Carina DeLuca acaba de mudarse a Seattle, Washington, con siete años, y apenas habla una palabra de inglés. Las dos niñas no querían otra cosa que escapar de sus aburridas casas. Maya y Carina son vecinas y se enseñan mutuamente muchas cosas, como nuevos idiomas, amistad, seguridad y, lo más importante, a amar.

Notes:

Continuamos con este proyecto de traducción de fanfics increíbles!! Esta vez es el turno de esta hermosa historia de @sun_beams43 (@sun_beams43 en Twitter)

Como he dicho esta historia no es de mi propiedad, yo solo me dedico a traducirla, y cuento con el permiso de su autora.

Espero que os guste tanto como me gusta a mi!!

PD: Las frases en cursiva, son en italiano.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Junio

Chapter Text

Capítulo 1: Junio

Era verano y era junio. El aire en el edificio de la escuela se llenó de entusiasmo mientras los niños esperaban la campana final. Cuando sonó y se dio por terminadas las clases, los alumnos inundaron el pasillo, corriendo hacia sus taquillas recién limpias y cogieron sus mochilas.

Maya Bishop, de siete años, abrió su taquilla, sacó su mochila, se la puso sobre los hombros y ajustó las correas. Odiaba su mochila, era la suya de la guardería y era para bebés.

Maya se acercó a su profesora, diciéndole adiós y deseándole que tuviera unas buenas vacaciones de verano. Su profesora le había sonreído, deseándole lo mismo y pidiéndole que la visitara el curso siguiente.

Maya temía las vacaciones de verano. Sabía que tendría que madrugar con su padre para entrenar antes de que él se fuera a trabajar. Sabía que tendría que vivir más peleas entre su madre y su padre. Sabía que pasaría los días manteniendo a Mason lo suficientemente ocupado para no molestar a su padre.

Si había algo que Maya odiaba, eran las vacaciones de verano.

Maya salió del pasillo de segundo curso y se dirigió al del jardín de infancia. Encontró a su hermano pequeño, Mason, y lo cogió de la mano, apartándolo rápidamente de sus amigos. “¡Maya! Me estaba despidiendo de mis amigos” se quejó Mason y Maya lo miró.

“Tenemos que encontrar a papá para poder irnos a casa” le explicó Maya y tiró de él para sacarlo del colegio y adentrarlo en el mar de estudiantes. Juntos buscando la camioneta en la que nunca quisieron entrar. “Mason, este verano va a ser duro. Ahora estás más grande, así que papá querrá que vengas con nosotros a correr” se encogió de hombros Mason. “Tienes que ser capaz de impresionarle, Mason”. Maya sabía que si su hermano no le impresionaba, le dejaría de lado.

“¡Voy a dibujar cómics cuando lleguemos a casa!” Exclamó Mason y Maya suspiró. “¡Puedo convertirte en una superhéroe en mi cómic!” Maya negó con la cabeza. Ella había pensado que los superhéroes eran para bebés y pensó que Mason necesitaba crecer un poco.

“¡Mason, no me estás escuchando! ¡Esto es serio!” Exclamó Maya mientras se golpeaba los costados con las manos, exasperada.

“¡No quiero ser corredor! Me gusta el béisbol” resopló Mason molesto. “Mientras juegue al béisbol no puede enfadarse conmigo”, respondió Mason y Maya respiró hondo para no perder los nervios. Maya odiaba su ira, tenía demasiado de su padre, demasiada ira que causaba demasiado dolor.

“Juego al softball y corro en atletismo, eso no impide que se enfade conmigo” Mason la miró sin impresionarse.

“Eso es porque él siempre quiere más de ti. Ahora, ¿quieres que tu traje sea rojo o amarillo?” Preguntó Mason subiéndose a un banco frente a la escuela.

“Amarillo” respondió Maya, sentándose a su lado y sacando su libro de capítulos de la mochila.

Habían esperado en el colegio durante media hora hasta que Maya por fin se levantó, cogió a Mason de la mano y caminaron los quince minutos que les separaban de casa. Mason se había quejado durante todo el camino y Maya estaba de muy mal humor cuando llegaron a casa.

“¡Mason, para!” Maya gimió y Mason corrió hacia su casa. Maya siguió adelante y miró a su izquierda, viendo la casa de enfrente.

Le encantaba su barrio. Tenía vecinos que cultivaban mil flores diferentes y, debido al clima a veces ventoso de Seattle, siempre olía a lavanda. Era relajante y tranquilo.

Enfrente de la casa de Maya había una casa vacía. Llevaba vacía tanto tiempo como ella recordaba. Era una casa blanca con una puerta amarilla, aunque diferente a la suya en muchos aspectos.

Aquella casa llevaba años vacía. Sin embargo, aquella tarde, en lugar de encontrarse con una casa vacía, se encontró con una casa iluminada. Había un pequeño camión de mudanzas en la entrada. Un niño pequeño salió del camión, llevando una caja muy pequeña junto a su padre. Maya se había llevado una decepción.

Para nadie era un secreto que Maya no tenía amigos íntimos. Muchas de las chicas de su edad habían hecho grandes amistades con al menos una persona, pero Maya no. Maya tenía amigas, pero no tenía una mejor amiga como ella quería.

Katherine había intentado que su hijo hablara con ella, preocupada por el motivo por el que no habían vuelto a casa, pero él se había sentado en el salón y había sacado sus lápices de colores, empezando inmediatamente a hacer un dibujo. Katherine se dirigió a la puerta abierta, ignorando a los nuevos vecinos a los que encontró mirando Maya. “¡Maya! ¡Cariño! ¿Dónde estabais?” preguntó Katherine.

Maya se apartó de la casa y caminó hacia su madre. “Papá no nos ha recogido, otra vez” dijo Maya. Katherine apoyó la mano en la espalda de Maya y la hizo entrar, haciendo que Maya no viera a la chica alta de pelo moreno ondulado que salía de la casa para coger una caja para su habitación.

Una morena alta de pelo ondulado subió al camión de mudanzas y se colocó delante de su padre, balanceándose suavemente sobre sus pies. “Ah, Carina, ¿vuelves a por una más?” Preguntó.

Sí”

“¿Qué fue eso?” Preguntó Vincenzo con una sonrisa bobalicona y Carina le fulminó con la mirada.

“Sí” refunfuñó Carina y Vincenzo la fulminó con la mirada, desapareciendo de su cara toda la tontería.

Carina le miró fijamente un momento antes de coger una pequeña caja con su nombre, levantarla y salir del camión y entrar en su casa. Se detuvo un momento cuando miró al otro lado de la calle, una ventana que dejaba ver la casa blanca.

Era una casa de dos plantas, blanca y con una puerta roja. Había visto la bicicleta en el jardín delantero, algo que llevaba tiempo queriendo que le compraran. Carina ladeó la cabeza al ver a un joven bailando en el salón, una risita salió de su boca y el chico giró la cabeza. Saludó a Carina con la mano antes de salir corriendo.

Carina supuso que no volvería, así que entró en la casa y se dirigió a las escaleras que llevaban a su dormitorio, pasando junto a su madre en el camino. Lucía había sonreído con cariño a su hija.

Mason subió corriendo las escaleras e irrumpió en la habitación de Maya, lo que hizo que su hermana mayor diera un respingo y se pusiera la mano sobre el corazón. “¡Mason! ¡No puedes irrumpir aquí así! ¿Y si me estaba cambiando?” gritó Maya, con un tono que imitaba al de su padre.

Mason saltó hacia Maya, con su enérgico cuerpo dando brincos. “¡Hay niños nuevos al otro lado de la calle!” Gritó y Maya negó con la cabeza.

“Niño” corrigió Maya. “Solo un chico que probablemente tenga tu edad” contestó Maya y se arrodilló, sacando sus zapatillas de correr de debajo de la cama.

“¡No! ¡Dos niños! ¡Una niña y un niño también!” El corazón de Maya había aleteado de esperanza antes de detenerse, sacudiendo la cabeza. “¡Hablo en serio! ¡Ven a ver!” exclamó Mason y Maya negó con la cabeza. “Maya” gimoteó Mason y Maya se acercó a sus cajones, sacando algo de ropa de correr. “Voy a llamar a mamá” se burló Mason.

“Mason, no lo hagas. Hoy está muy ocupada” Maya negó con la cabeza y Mason la miró. “No” advirtió Maya.

“Mamá” gritó Mason y Maya suspiró profundamente.

“¡Maya, haz lo que quiere!” Katherine gritó desde abajo y Maya le fulminó con la mirada.

“Órdenes de mamá” dijo Mason con suficiencia y Maya le fulminó con la mirada. Salió de la habitación y Mason se alegró, siguiendo a Maya escaleras abajo y corriendo a su sala de estar, señalando a la casa de enfrente. “¡Está justo ahí!” Mason exclamó y Maya miró al otro lado de la calle, viendo a una madre, un padre y un niño pequeño fuera.

“No hay ninguna niña, Mason” repitió Maya.

Mason asintió, con las cejas fruncidas por la confusión. “¡Estaba allí! ¡También estaba!”

“No está” Dijo Maya y Mason la fulminó con la mirada.

“También. Estaba” Mason dijo y Maya lo fulminó con la mirada.

“¡Parad de pelear!” Katherine dijo y Maya se aclaró la garganta.

“¡Mason miente!” Maya chistó y cruzó los brazos sobre el pecho. “Sigue jugando al niño que gritó lobo, así que no voy a creer nada de lo que me digas hasta que me demuestres que no estás mintiendo” dijo Maya y se alejó.

Mason puso los ojos en blanco y luego miró al otro lado de la calle, encontrando a la chica de enfrente. “¡Maya! ¡Mira! ¡Es ella!” Gritó Mason y Maya negó con la cabeza.

“¡No te creo!” Maya dijo y Mason miró por la ventana y de nuevo a Maya.

“¡Maya! No puedes creerme si no miras” Mason exclamó y Maya subió las escaleras.

“¡Estás llorando lobo!” gritó Maya y Mason gimió, dejándose caer en el sofá con los brazos cruzados, molesto porque su hermana mayor no le creyera.

***

“¡Ojos al frente!” gritó Lane, dando palmas mientras Maya corría de un lado a otro entre dos conos. “Maya, Maya, para” suspiró, pellizcándose el lugar entre las cejas y la frente. “Lo estás haciendo todo mal” Maya empezaba a frustrarse. “Tu postura es toda incorrecta. Ya hablamos de esto, Maya.”

“Lo siento” Hiciera lo que hiciera, sentía que nunca era suficiente para él.

“Tres más. Arregla tu postura, mantén tus ojos en el premio, y sé rápida” dijo Lane. “¡Preparados, listos, bang!” Exclamó Lane y Maya despegó.

Aún no había salido el sol y Maya estaba levantada desde las cinco. Llevaba casi una hora escuchando a su padre gritarle mientras no conseguía hacer un simple entrenamiento de agilidad. Se sentía ridícula, sin aliento y cansada. Aún le quedaba mucho por hacer.

Lucía estaba en la cocina, ordenando unas cajas, y miró por la ventana, sonriendo al ver a la niña rubia y a su padre. La niña parecía pequeña, lo suficiente para tener la edad de Carina. Lo único que Lucía quería para Carina era que hiciera una amiga de este país, y sabía que, como madre, tendría que ayudarla en todo lo que pudiera.

***

Carina se despertó en el colchón que tenía en el suelo de su habitación. Odiaba América. No entendía el idioma, no entendía a la gente y no entendía por qué se habían mudado aquí en vez de quedarse en Italia. “Carina” oyó que llamaban a su puerta. “¿Estás despierta?”

“Sí” odiaba el inglés y odiaba cómo sonaba cuando lo hablaba su padre. Todos habían intentado ayudarla a ella y a su hermano pequeño a entender mejor el idioma para que estuvieran preparados para el siguiente curso escolar.

“Ven abajo. Mamma os ha preparado el desayuno a Andrea y a ti. Tengo que ir a trabajar” Carina suspiró y se bajó de la cama, dejando su peluche y su cama calentita. Carina abrió la puerta y miró a su padre. “Tu pelo, bambolotta (muñequita)” Carina lo fulminó con la mirada, pasó junto a él y bajó las escaleras.

¡Buongiorno!” dijo Lucia, y Carina se acercó a la mesa y se sentó frente a Andrew, cruzando las piernas y bostezando .”¿Habéis dormido bien en vuestra habitación?” Preguntó Lucía a sus hijos, sonriéndoles a los dos.

“Sí” murmuró Carina y Andrew asintió.

“¡Me gusta mi habitación! América es divertida” sonrió Andrew.

“No” discrepó Carina y dio las gracias a su madre una vez le puso el plato de comida delante. “América es estúpida” le dijo Carina a su hermano pequeño, que frunció el ceño.

“Carina” advirtió Lucía y alisó el pelo de Carina. “Te encantará estar aquí, bambolotta, te lo prometo” dijo Lucía. Carina levantó la mano y le tendió el meñique. Lucía sonrió, unió sus meñiques y le besó la coronilla.

De sus dos hijos, Carina había sido la que más había sufrido la mudanza. A Carina le encantaba Italia, tenía muchos amigos en Italia y se pasaba horas en la playa. Carina estaba destinada a estar en Italia y Lucía se sentía fatal por alejarla de allí.

Lucía suspiró y dio unos golpecitos con las uñas en el respaldo de la silla de Carina antes de sonreír, recordando su mañana.

“Mamma” Carina se dio la vuelta en su asiento, con los dedos pequeños golpeando las uñas de Lucía para que dejara de golpearlas contra el respaldo de su asiento. Lucia la miró disculpándose antes de hablar.

“Sabes, Carina, esta mañana me desperté y había una niña corriendo fuera con su padre” Carina tardó unos segundos en entender lo que su madre decía, traduciendo lentamente las palabras en su cabeza.

“¡También hay un niño!” dijo Andrea entusiasmado y Carina asintió con la cabeza, metiéndose en la boca la tostada francesa. Estaba hambrienta y deseaba comer algo que le recordara a su hogar. “¡Mamma dice que la niña debe tener tu edad, y el niño la mía!” Exclamó Andrew.

“Así es, Andrea. He pensado que quizá podríais presentaros hoy si queréis.” Carina negó con la cabeza mientras Andrew asentía. Lucía frunció el ceño ante la respuesta de su hija y suspiró. “¿Qué tal si hoy deshacemos las cajas? ¿Hacemos vuestras habitaciones bellissima?” preguntó Lucía, bajando las manos para hacerle cosquillas a Carina, que empezó a chillar y retorcerse de risa. “Pero primero, arreglamos este pelo, Bambolotta, dio mio” dijo Lucia y Carina gimoteó.

¡No es culpa mía!” Exclamó Carina y Lucía se rió de ella. Lucía entró en el salón, cogió los pantalones cortos que había preparado para Carina esta mañana y los llevó a la mesa. Carina los vio y sus ojos se abrieron de emoción. “¡Grazie mamma!” Exclamó Carina, cogiendo los pantalones y mirando el agujero para encontrar un pequeño corazón rojo.

“¿Qué forma tiene?” preguntó Lucía, señalándolo. Carina la miró y sonrió.

Un corazón” respondió Carina y Lucía se llevó un mano a la oreja.

“¿Qué es eso? Solo entiendo inglés.”

Carina gimoteó y se puso los pantalones en el regazo. “¡No lo sé!” Hizo un puchero y Lucía la miró fijamente.

“Un co…” Lucía empezó por ella, instando a Carina a terminarlo.

“¿Corazón?” preguntó Carina y Lucía chilló, besando la parte superior de la cabeza de Carina.

“¡Brava! ¡Bellissima, bambolotta! Adivina por qué he hecho un corazón en vez de una estrella” Carina se encogió de hombros y Lucía sonrió. “¡Porque te quiero!” Lucía sonrió y Carina sonrió.

“¿Hasta la Luna y Saturno?” Preguntó Carina y Lucía asintió.

“Sí, bambolotta. Hasta la Luna y Saturno” tradujo Lucia y Carina refunfuñó. “A ti también, Andrea.”

“¿Puedo tomar más?” Preguntó Andrew, levantando su plato vacío con el ceño fruncido. Lucía puso los ojos en blanco, murmurando sobre su hambriento hijo y cómo no paraba de comer.

***

Maya se estiró fuera de su casa, con las zapatillas de correr en los pies y Mason observándola. “¡Quizá pueda hacer que te guste Flash!” dijo Mason entusiasmo y Maya negó con la cabeza. “Lo haré. La supervelocidad puede ser tu superpoder.”

“No soy lo bastante rápida” refunfuñó Maya y dio una patada hacia atrás, equilibrándose cuidadosamente sobre un pie. “Nunca voy a ser lo suficientemente rápida si sigues distrayéndome. Vete, Mason” gimió.

“¡Nunca hacer nada divertido, Maya! ¡Todo lo que haces es correr! Nunca juegas” Mason entró en la casa dando un portazo. Maya puso los ojos en blanco y miró el reloj; faltaban cuatro horas para que llegara su padre y se fueran de excursión.

A Maya le gustaba ir de excursión y de acampada. Cuando estaba al aire libre, podía ir a cualquier parte del mundo y fingir ser lo que quisiera. Cerraba los ojos y, de repente, era un caballero que regresaba a su reino, o una cazadora de monstruos que luchaba contra zombis, o una princesa, podía ser lo que quisiera.

Maya empezó a trotar ligeramente por el barrio, con la coleta balanceándose de un lado a otro mientras se concentraba en fijar la postura. Mantenía la vista al frente y, por eso, había vuelto a perder de vista a la chica alta. Se había perdido a ella, a su madre y a su hermano pequeño, que caminaban intentando familiarizarse con el nuevo espacio que los rodeaba.

Carina observó a la niña en el lado opuesto de la carretera. “Mamma” Carina tiró de la mano de Lucía y tímidamente señaló a la niña que corría.

“Sí, Carina, es la chica de enfrente” sonrió Carina. Era muy guapa y a Carina le gustaban sus pantalones cortos, parecían cómodos. Tal vez América no estaría tan mal si pudiera hacer una amiga.

Carina se fue a casa con un objetivo: aprender suficiente inglés para hablar con la chica de enfrente. Carina sabía que si lo conseguía, haría una amiga.