Work Text:
Las palabras se atascan en la garganta de Yoichi y lo ahogan. ¿Hace cuánto tiempo está vagando en su habitación con un torbellino de emociones que no puede controlar?
Ya no recuerda cómo se siente su pecho sin ese peso punzante de angustia residual, que aunque no se sienta mal en el momento lo acompaña desde el instante en que se despierta hasta que se vuelve a dormir en el frío piso de su celda. Atrapado entre esas cuatro paredes sin lograr arrancarse esa sensación frustrante de su caja torácica.
¿Por qué siquiera siente esa aflicción en el pecho? Ya no recuerda el motivo específico, sólo sabe que quiere deshacerse de éste cuanto antes. Porque cada vez que respira y llena sus pulmones de aire helado, su corazón palpita en agonía. Porque cada vez que abre los ojos, esa carga en su caja torácica le recuerda que hay algo roto dentro suyo. Pero no sabe con exactitud qué.
¿Será realmente tan grande su dolor, si no sabe su causa? A veces le parece que exagera, que en realidad su cabeza le está jugando una mala pasada y que es todo parte de su imaginación abismal y su ansiedad activa. Y luego llegan como un remolino las palabras, los gestos, los golpes, las amenazas, las acciones. Todo se acumula como una nube densa y oscura en su cerebro que no lo deja pensar, que lo deja hecho un ovillo en una esquina vacía. Sufre ante el descontrol de pensamientos, y es tan abrumador que, como si fuera un interruptor, apaga su mente. Desenfoca los ojos y su mirada perdida se clava en algún punto de la habitación, la nada zumbando en sus oídos. Suprime todo, se calma, y vuelve a estar en paz momentáneamente. Cada vez que se convence de que todo está bien, pasa lo mismo. Una y otra y otra vez.
¿Debería seguir soportando todo eso? Tiene hambre, sed, y sin embargo le cuesta ingerir sólidos y líquidos, su energía cada vez va más por los suelos y ni siquiera se mueve, siente los pies pesados y ni siquiera los usa. ¿Cuánto más puede hacer en ese espacio tan cerrado en el que lo tienen cautivo? Y sin embargo se siente exhausto, harto de luchar contra su mente cada interminable día. Harto de querer escapar constantemente sabiendo que afuera sólo lo espera más estrés y tormento del que ya está soportando.
¿Es que realmente no lo escucha? ¿No escucha del otro lado de la puerta los llamados y sollozos de Yoichi, que sólo quiere salir un momento y respirar aire fresco y no la humedad de esa penumbrosa habitación? ¿Es que acaso ignora que dentro de la celda hay un hombre maltratado y débil que sufre, que sólo quiere caminar con pies descalzos sobre hierba verde y viva? ¿Realmente hace caso omiso aunque sepa que le está causando tanto sufrimiento al hombre que se acurruca en el duro suelo y llora hasta quedarse dormido?
No, no lo sabe, y no tiene forma de saberlo. Ninguno de los dos, de hecho. Porque mientras esa puerta esté cerrada con llaves y códigos, no habrá nadie que entre a ver cómo está el pobre y malherido de Yoichi. Porque mientras haya cuatro paredes lisas y tristes sosteniendo un techo sobre su cabeza, se sentirá atrapado y sólo.
Aún así, sólo Yoichi sabe por qué sigue ahí adentro. No es sólo porque lo mantengan encerrado, no no. Porque si realmente está tan desesperado por irse, entonces sacaría fuerzas de donde no las tiene y arrastraría su cuerpo adolorido hacía la libertad, él sabe que tiene la capacidad. No es sólo porque tema encontrarse cara a cara con el terror en persona y que lo arrastre consigo a los más oscuros confines de la desgracia, no no, él sabe que afuera hay más posibilidades de byscar ayuda. Sólo él sabe que, la verdadera razón por la que no se va, es la misma por la que terminó ahí en primer lugar: por abrir su gran bocota.
Sus ideales nunca coincidieron, es cierto, ¿pero era necesaria tanta agresividad? ¿Tanto desprecio y repudio? Todas sus opiniones y visiones del mundo se redujeron a estar enjaulado como un pájaro en una habitación al fondo sin siquiera un foco de luz que lo acompañe. Toda la voz que alguna vez usó con emoción se fue apagando en el silencio abrumador de ese cuarto solitario, en el que sólo lo oyen su piel, sus cabellos y sus propias lágrimas cuando tiene la fuerza de formular unas cuantas oraciones. Y mientras no hable, las palabras se le quedarán enredadas en un nudo en la faringe que sólo le dará arcadas.
¿A quién quiere engañar? Todos sabemos que nadie puede escucharlo. Él lo sabe. Nadie puede escucharlo si sigue ahí. Nadie podría escucharlo siquiera si llegase a escaparse en algún momento, cosa en la que sólo puede soñar. Nadie podría escuchar los lamentos de alguien que nunca habla, nadie podría comprender el dolor de quien no puede expresarse, nadie podría entender las palabras sin sonido que quieren desesperadamente escalar por su garganta y estallar en gritos y palabras de auxilio.
Nadie jamás podrá oír su voz muda, entonces Yoichi se hace bolita una vez más en el suelo y lagrimea. Y suplica por algo o alguien que lo saque de esa situación, porque se siente tan pusilánime para levantarse por su propia cuenta que se sigue hundiendo en su miseria. Y espera, y espera hasta que alguien lo salve o hasta que finalmente las palabras acumuladas sean tantas que se terminen desbordando como un huracán que se lleve su mente y su alma a su paso.
Yoichi aún está ahí, y no sabe cuánto tiempo pasó desde que se echó en la piedra sucia y fría, pero sigue esperando un salvador que se lleve toda su tristeza, impotencia y desesperación, porque él sólo no puede hacerlo. O hasta que finalmente no dé para más y estalle.
