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—¿Dónde se esconden los otros? Los otros espías jamás dejarían venir a un simple humano sin protección. ¿Dónde está tu hermano híbrido? —preguntó con esa sonrisa endemoniadamente atractiva mi asqueroso sobrino.
Odiaba cuando sus colmillos se hundían en la carne de sus labios, cuando meneaba su cola y la usaba para apresarme como una serpiente a una ave asustada que había caído en sus fauces. Odiaba notar sus rasgos híbridos; yo podría parecer un Targaryen, pero él había heredado los rasgos dracónicos, al igual que el tarado de Aemond.
—He venido solo —contesté.
Él suspiró de nuevo y se puso de pie, antes de caminar detrás de mí, deslizando sus manos sobre mis hombros. Se inclinó para susurrarme al oído:
—No me mientas.
Me estremecí al sentir sus labios en mi cuello y volví a morderme el labio, aún con los ojos cerrados, mientras una de sus manos se deslizaba por mi pecho, desabrochándome el jubón. Incliné la cabeza hacia un lado para darle más espacio, intentando concentrarme en lo que Jacaerys acababa de decir.
—No estoy mintiendo... —respondí suavemente. De hecho, era verdad; realmente fui tan estúpido como para venir aquí solo.
Él soltó un chasquido con la lengua y sentí cómo sus manos abandonaban mi cuerpo, para mi total decepción. Le miré, preguntándome en silencio qué quería hacer, antes de que, de repente, con un movimiento brusco y preciso, desplegara las garras de su diestra y terminara de desgarrar el jubón.
Solté un pequeño gemido de sorpresa; el aire frío golpeó de repente mi piel cuando la tela me dejó al descubierto. Con el filo de la garra del índice, lo vi tirar de la tela para dejar al descubierto mi pecho. Adiós a mi preciosa camisa, le miré mal, pues era mi favorita.
Apretó más su cola alrededor de mis piernas, colocándome en lo que parecían ser el final de las mazmorras. Dos esposas de restricción flotantes caían del techo para sostener mis manos sobre mi cabeza. Mis pies, por suerte, llegaban al suelo; Jacaerys al menos tuvo la decencia de darme eso. Podía sentir el frío metal tocarme sin llegar a atravesar mi piel.
Notaba cómo esos ojos áureos seguían la punta de la hoja mientras la garra nuevamente acariciaba la piel de mi pecho, de forma casi fascinada. Por un segundo, pensé que iba a apuñalarme allí mismo, pero pareció recobrar la compostura.
Siguió bajando hasta que llegó a mis pantalones, con torres plasmadas en oro hilado, cortándolos sin esfuerzo, de nuevo sin hacerme el menor daño. Jadeé ligeramente cuando el aire cálido golpeó mi miembro ya erecto, antes de oír a Jacaerys soltar una pequeña carcajada.
—Sin ropa interior, ¿eh?
No contesté y le vi deslizar las manos por mis muslos una vez más, separándolos. La excitación y la expectación recorrieron mi espina dorsal mientras lo miraba a los ojos; mi deseo por él superaba mi odio y el enfoque en la misión. Necesitaba concentrarme.
—Dime dónde están los otros Verdes ahora, Aegon —exigió de nuevo.
—Ya te he dicho que... ¡Ah! —no pude terminar cuando sentí sus dedos fríos y afilados deslizarse por mi polla tan necesitada, antes de frotar lentamente, demasiado lentamente, círculos en el glande. Su garra rasgó superficialmente el frenillo. Un gemido escapó de mis labios; era doloroso, pero me hacía desearlo aún más, y tuve que evitar con todas mis fuerzas mover las caderas para conseguir más. Estaba tan excitado; nunca se había sentido así antes, ni siquiera con todas las putas mentirosas que había frecuentado. El más leve roce de él hacía que el placer corriera por mis venas.
—Sé cómo funciona, y además, si viniste aquí, eso significa que alguien antes que tú se infiltró. Quiero saber quién y dónde está ahora. —Mientras pronunciaba esas palabras, humedeció y deslizó dos dedos de la mano aún suave hacia el perineo, haciéndome ahogar un gemido nada masculino.
Mierda, me sentía tan vulnerable.
Intenté concentrarme una vez más, pero para ser sincero, ni yo estaba seguro de la respuesta. Mis labios se separaron para responder, pero él empezó a meter y sacar los dedos, primero a un ritmo lento, pero rápidamente se tornó acelerado.
Mordí mi lengua con fuerza suficiente para hacerme daño, tratando de contener cualquier sonido de placer lo mejor que pude, pero de repente él torció los dedos al mismo tiempo que apretó con más fuerza mi polla, haciéndome ver estrellas mientras los muslos me empezaban a temblar.
Sentí que un orgasmo se apoderaba rápidamente de mi interior, olvidándome por completo de su pregunta. Me retorcía haciendo sonar las cadenas que restringían mis manos, con los ojos cerrados mientras él mantenía el ritmo rápido, con ruidos húmedos llenando la habitación. El híbrido de los Negros me miró atentamente y sujetó mis muslos con un duro apretón que seguramente me causaría moratones más tarde. Pero cuando estaba a punto de alcanzar el clímax, él sacó bruscamente los dedos y retiró las manos de mi cuerpo.
La frustración me invadió mientras agitaba las caderas, buscando desesperadamente que me tocara de nuevo.
—Respóndeme —dijo en un tono tan grave y serio que no pude evitar encontrarlo aún más sexy. Por los Siete, este hijo de puta iba a dejarme frustrado por seguir con su pobre interrogatorio. Intenté cerrar las piernas para tratar de conseguir de nuevo algo de fricción, pero el moreno lo impidió con su propia pierna. Estaba tan caliente que apenas podía creerlo. Entonces me agarró la barbilla y me obligó a mirarle.
—Contéstame, Aegon —su tono era casi amenazador en este punto, aunque yo no dejaba de pensar en la sensación fantasma de sus dedos dentro de mí.
—Yo... Hay cinco espías por la isla. Aemond se infiltró el otro día gracias a Lu-Lucerys... —respondí—. Mi hermano ahora sigue en Kingslanding. Vine aquí porque no me dejaban hacer nada, y quise dejar de ser un bonito adorno en el trono de hierro... A no ser que la Mano enviara a alguien más o diera nuevas órdenes sin decírmelo, soy el único que está aquí...
Él me miró por varios segundos, como si analizando mi rostro, antes de que finalmente comenzara a sonreír de nuevo.
—Buen chico —el elogio me hizo estremecer. No podía creer que acabara de traicionar a los míos solo por un acostón. Qué patético.
No podría sentirme más imbécil hasta que por fin sentí sus dedos llenarme. Empezó a bombearlos de nuevo a gran velocidad y los gemidos nuevamente llenaron la prisión.
Fue entonces cuando sentí que su boca caliente se cerraba en torno al pezón izquierdo, lo que hizo que instintivamente volviera a tirar de las cadenas por el impulso de deslizar la mano por su pelo para retenerlo allí.
De repente, todo fue nubloso. Solo recuerdo un incesante pitido llenar mis oídos mientras todo empezaba a derrumbarse a mi alrededor. Debí perder la conciencia por un tiempo del cual no tengo conocimiento, ni siquiera recuerdo si terminé por comprobar el mito de los híbridos y sus dos penes. Cuando abrí los ojos, estaba en mi recámara. ¿Cómo había vuelto? Un ardor se extendió por mi mejilla cuando voltee la cara.
—¡Eres un insensato! ¿Cuántas veces más tendrá que salvarte tu hermano? Tuviste suerte de que Aemond te siguió e irrumpió justo a tiempo. Mondy dijo que Jacaerys por poco y te asesinaba. ¡¿Cómo se te ocurre ir solo?!
Era mi madre.
