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Amarte es mi condena

Summary:

Aemond se convierte en el Defensor de la Fe, tras convencerse que obtener el favor del Septón Supremo podría otorgarle ciertos privilegios. Su dedicación lo ayuda a conseguir su meta, pero entra en un dilema cuando comienza a experimentar ciertos sentimientos por uno de sus sobrinos, sobre todo porque dicho sobrino representa todo aquello que la Fe condena.

El problema sería fácil de resolver si estos sentimientos fueran sólo de parte de Aemond, pero tal parece que Jacaerys ha heredado muchas cosas de su madre.

Notes:

Comisión para GrumpyEly.

(Gracias a ella fui capaz de escribir algo tierno y bonito, y no las cosas oscuras que usualmente escribo jejeje)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

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“En sí, la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad: lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación”.

—Simone de Beauvoir.

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Su madre se hinca frente al altar principal en el gran septo de la ciudad. Prende las velas de una en una, con un movimiento tan elegante de su mano que Aemond queda momentáneamente embelesado. Después sopla para apagar el cerillo y coloca sus manos en posición de oración, incentivando a Aemond a imitarla. Él lo hace, aunque es torpe en comparación, pero a ella no parece importarle este pequeño percance.

—Recuerda, Aemond, los dioses ya saben lo que vas a decir, así que no intentes engañarlos. Sé honesto y ellos te escucharán, ¿entendido?

Él asiente.

—Bien, comencemos.

Ella cierra los ojos, se inclina hacia el frente y comienza a orar. A Aemond le toma un par de segundos hacer lo mismo. Ponerse a orar no es algo ajeno a él, como hijo de una reina Hightower, se la ha instruido puntualmente en la Fe, aun así ésta la primera vez que visita el septo de Desembarco del Rey, por lo que se siente un poco nervioso. No puede concentrarse en lo que tiene que hacer, por lo que su mirada se distrae con lo que hay a su alrededor, primero con el altar cubierto de velas encendidas, con los septones y septas paseando de aquí por allá, con el murmullo de las plegarias de los plebeyos hincados frente a las estatuas de los Siete. Incluso observa a Alicent, notando que su expresión usualmente adusta se ha suavizado. No es un secreto la paz que la oración le ofrece a su madre, lo tranquila que se siente en lugares como estos. Si es sincero Aemond no comparte este gusto.

En cuanto entró al septo le dio la impresión de sentirse oprimido, como si estuviera contra una pared. El aire es denso y agobiante, demasiado dulce por los inciensos, y la gente que está orando le ha parecido… inferior.  Comienza a entender por qué son ellos los que gobiernan por sobre todos. La superioridad de su familia ha quedado clara, pero también la importancia del deber que tienen hacia aquellas personas inferiores, estúpidas y arcaicas, a las que los dioses les han dado por tarea gobernar.

La Fe de los Siete rinde pleitesía a una sola deidad divida en siete aspectos o rostros, representando una virtud diferente cada uno de estos, para pedir su ayuda y guía, dependiendo de su necesidad. En otras palabras, los Targaryen podrían considerarse una de esas representaciones, uno de los aspectos de esa deidad, vueltos carne, fuego y sangre.

“¿Consideras a Aegon la representación de un dios?”, le dice una vocecita picaresca en su cabeza. “Los tres hijos de tu media hermana son unos bastardos, y ella misma es una puta, más que representar alguna virtud son la encarnación misma del pecado y el desenfreno”.

Cierto.

Aemond piensa: “Yo sería más apto que ellos para gobernar”.

Aemond silencia ese pensamiento tan pronto como aparece. No es propio de un segundo hijo codiciar lo que no le corresponde, sin embargo, es imposible para él no desear obtener algo más.

Comienza a considerar la posibilidad de… hacer algo para remediar la situación, y se concentra de tal manera que no se da cuenta que ha cerrado los ojos y se ha colocado en posición de oración. Se ve tan comprometido que quienes lo observan se sienten admirados de su dedicación.

Aemond está en desventaja. Si utiliza los medios habituales, no ganará (Daemon Targaryen es el ejemplo de ello), pero si usa otros medios —los radicales— podría no obtener buenos resultados. ¿Qué es lo que puede hacer? Suelta un fuerte suspiro cuando nada se le viene a la mente.

—No suspires así, es irrespetuoso —susurra su madre, pero Aemond nota que no es su usual tono de regaño. Su madre debe estar de muy buen humor, para no dejar transpirar amargura en su voz—. Sé que puede ser un poco aburrido la primera vez, pero sólo estaremos un rato más, ¿entendido?

—Sí, madre.

Aemond no quiere causarle ningún disgusto a su madre.  Aegon ya le da los suficientes como para que él lo haga también. Pensar en su hermano lo hace apretar los labios con irritación. Se supone que Aegon tendría que estar aquí acompañando a Alicent, para representar su papel de heredero digno, pero en vez de eso había huido para esconderse en quién sabe dónde (seguramente a atormentar a una pobre sirvienta), dejando a Aemond con la responsabilidad. Helaena no había sido siquiera considerada, pues Alicent no la saca del castillo si no es necesario, y Daeron se había dio a Antigua desde hace medio año.

La falta de compromiso de sus hermanos es insultante.

“¿Pero eso no es una ventaja para ti?”

Es menos competencia así que sí, pero la incógnita es cómo va a lograrlo. Cuando escucha a los creyentes recitando las alabanzas a los dioses, le llega una idea. Si usa aquello que la gente trata como divino e intocable, aquella devoción hacia las figuras de su fe, ¿lo considerarían a él una excepción a las reglas? La idea es demasiado tentadora como para descartarla.

Cuando abre los ojos y mira a su lado izquierdo, se topa con la mirada escrutadora de Alicent. Por un segundo cree que ella ha visto a través de sus pensamientos y teme que lo reprenda.

—¿Madre?

—Me enorgullece ver que estás tan comprometido en tus oraciones —explica Alicent colocando su mano sobre su hombro—. Este lugar me ayuda a lidiar con las dificultades de la vida. Quiero pensar que también puede ser eso para ti.

—Nada me complacería más, Su Gracia —aunque una parte de él se avergüence de decirlo porque claramente no está buscando lo mismo que su madre—. Yo… siento que podría acostumbrarme a venir, si no es demasiado pedir.

—Para nada, son pocos los Targaryen que han aceptado la Fe completamente en su corazón, me da gusto que mi hijo sea uno de ellos.

Aemond acepta sus palabras, sintiéndose un poco orgulloso de ello.

—Me gustaría profundizar mucho más —indica a Alicent—. El septón Eustace se encarga de mi educación religiosa, pero me gustaría… ver más.

—¿Deseas convertirte en septón? —dice con perplejidad.

—¡No!

Aemond se ruboriza cuando varias personas le miran con aprehensión por haber gritado. Alicent deja pasar el oprobio. Aemond carraspea y la mira fijamente.

—Lo que quiero decir es… cuando Aegon sea rey, él necesitaría la guía de su familia para dirigir el reino con sabiduría y justicia —su tono es bajito, sabe que no puede decirlo en voz alta aquí donde un oído curioso pueda escucharlos—. Mi hermano no es adepto a escuchar a sus maestros, por lo que tengo que compensarlo de alguna manera…

Su madre lo contempla en silencio, como evaluándolo.  

—¿Crees que Aegon te escuchará a ti?

Incluso si no fue su intención, la pregunta de su madre lo hiere. Hace que Aemond se percate de la poca fe que tiene en él en general.

—Al principio puede que no, pero incluso Aegon llegará a comprender el valor de un buen consejo en una situación crítica. ¿O estoy pensando con demasiada soberbia?

—Para nada, hijo mío, estás demostrando lo generoso y comprometido que estás con nuestra familia —dice Alicent volviendo a darle una palmadita en el hombro—. Estoy orgullosa de ti. Hablaré con el septón Eustace para que te dé lecciones privadas más completas.

Aemond asiente y sonríe.

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Como Alicent prometió, Eustace lo toma como su pupilo. Aemond siempre ha sido un estudiante diligente y comprometido, y en cuestión de meses aprende ampliamente cada concepto y dogma de la Fe, pero él lo lleva más lejos. Se convierte en la representación de todo aquello que la religión alaba, al punto que quienes lo conocen lo elogian por su comportamiento impecable y su sabiduría a pesar de su juventud. Por supuesto, es una fachada muy bien construida que le granjea una reputación intachable en comparación con Rhaenyra y Aegon, a quienes se les acusa regularmente de no ser “tan buenos” como él.

Su dedicación es tanta que, incluso cuando pierde un ojo a manos de Lucerys Velaryon, deja pasar el oprobio, haciendo un simbólico gesto benigno a su perpetrador que le hace ganar el reconocimiento del mismo Septón Supremo, quien queda conmovido por su piedad y sus buenas maneras, otorgándole el título de Defensor de la Fe, algo que no había existido desde que Maegor el Cruel aniquiló a la Fe Militante.

Claramente el nombramiento no es para iniciar ninguna guerra santa, sino para presentar a aquel que defenderá los valores y virtudes de la Fe. Incluso llega a decir que aquella mujer a la que Aemond despose compartirá su gracia y será bendecida.

Alicent está muy orgullosa de su hijo, y aunque una parte de ella siente que Aegon debería ser a quien se le diera tal reconocimiento, no puede negar que Aemond se ha esforzado (a Aegon no le importa la atención que su hermano está atrayendo, siempre y cuando se le deje a él estar tranquilo). La soberbia es pecado, pero Alicent no puede evitar sonreír con petulancia cuando escucha a los nobles alabar a Aemond.

La Fe los ha unido firmemente. Aunque hay cosas en Aemond que denotan su ascendencia Targaryen (Vhagar y su apariencia), todo lo demás representa plenamente a la Casa Hightower. Su hijo detesta las apuestas y todo tipo de actividad ilícita, rechaza la lujuria y a las voluntades débiles, desprecia a la bastardía por lo que representa y ha comenzado a señalar lo inadecuado que es preservar una tradición como el incesto en la familia. Por supuesto, Aemond también está comprometido en debilitar la causa de su media hermana, ayudando en lo que pueda para conseguir que Rhaenyra sea dejada de lado. Nadie puede ir directamente contra las órdenes de Viserys, pero el rey ha estado indispuesto en los últimos meses debido a su enfermedad. Ha tenido que dejar a Alicent y a Otto a cargo, lo que significa que no está al pendiente de lo que ocurre en la corte.

La oportunidad de debilitar aún más la posición de Rhaenyra se presenta cuando Vaemond Velaryon proclama su derecho a heredar el señorío de Marealta y también el castillo de Marcaderiva. Tal petición sería comúnmente desestimada, al ser Vaemond sólo un primo de Corlys, y también al haber un supuesto heredero designado previamente por un acuerdo, pero Alicent la aprueba alegando que existe evidencia suficiente para una audiencia.

Rhaenyra y su familia son citados en la capital. Alicent obtiene un raudo placer en privarles de una bienvenida adecuada y se alegra aún más al ver el desconcierto de su antigua amiga cuando le cuestiona quién ha dado la autorización para que este tipo de ausencia se celebre y Alicent declara que fue ella misma. Alejada tanto tiempo de la Fortaleza Roja, Rhaenyra no tiene demasiada influencia ni tampoco poder aquí, así que no puede hacer nada al respecto más que jugar de acuerdo a las reglas de los verdes.

Cuando abandona la habitación donde se hospedará Rhaenyra y su esposo, Alicent sale hacia el patio. Quiere orar un momento antes que comience la audiencia, por lo que busca a Aemond ya que sabe que su hijo siempre está dispuesto a unírsele. No tarda en encontrarlo —por su rutina, es muy previsible—, ésta a punto de iniciar un combate de práctica en el patio de armas, mientras una multitud se admiradores se apresura a rodearle.

Alicent sonríe con suficiencia, no obstante, su sonrisa cae de inmediato cuando se percata de la presencia de dos figuras nuevas a las que reconoce inmediatamente.

Son Jacaerys y Lucerys, los bastardos de Rhaenyra.

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Aemond nota su presencia nada más entran al patio. A pesar de su aspecto común, podría reconocer a los hijos de su media hermana en cualquier lugar. De reojo los ve bajar por la escalinata paseándose por ahí como si fueran los dueños del lugar, como si no representaran una mancha en la Casa Targaryen.

—Estoy listo, mi príncipe —le informa ser Criston, quien también se ha percatado de Jace y Luke. Su mueca descontenta es indicativo de lo que piensa sobre ellos, pero no deja que perturben su práctica.

Aemond mira la mesa con armas. Criston ha agarrado su estrella de la mañana, así que él escoge su espada y un escudo, objetos a los que está más acostumbrado. Da unos saltos para calentar y se da la vuelta para enfrentar al caballero. El combate inicia pronto, y en cuestión de segundos, la multitud enardece. Los movimientos fluidos de los combatientes son una delicia para la vista, pero hoy más que nunca Aemond está decidido a lucirse.

Cuando logra acorralar a Criston, hay un jadeo general de apreciación que Aemond se permite disfrutar un momento.

—Pronto estará listo para participar en los torneos, príncipe Aemond.

—Los torneos me importan poco —repone Aemond con acritud, entonces sus ojos se deslizan hacia donde están Jace y Luke—. Sobrinos, ¿han venido a entrenar?

Lucerys no ha cambiado demasiado, sigue siendo el renacuajo debilucho que sigue a su hermano a todas partes. En contraste, cuando la mirada de Aemond se desvía hacia Jace… se detiene. Contempla con ligero asombro la apariencia del mayor de los bastardos de Rhaenyra, desde los largos rizos oscuros que enmarcan su rostro de rasgos atractivos, los ojos de cierva de un tono miel mirándolo fijamente, los labios carnosos y provocadores... es la primera vez que siente esto, este tipo de fascinación que borra cualquier palabra que hubiera querido decir, que lo deja plantado en su lugar sin la capacidad de reaccionar.

Aemond es golpeado súbitamente por un impulso violento, un deseo inusual por acercarse a Jacaerys para tocarlo, no precisamente con fines grotescos, sino para…

El príncipe tuerto parpadea confundido, por lo que había estado a punto de hacer. La multitud a su alrededor parece ajena a su turbación, ser Criston también, y por suerte, los bastardos parecen ignorantes de su breve desliz, por lo que Aemond no tiene que fingir que se ha quedado pasmado.

En ese momento, la puerta principal se abre para dar paso a la comitiva dirigida por Vaemond Velaryon, el tío de Jacaerys y Lucerys, menos ostentosa de lo que habría sido si hubiera sido Corlys quien entrara, pero basta con echarle un vistazo a la repentinamente pálida cara de Lucerys para saber que Vaemond ha logrado intimidarlo.

Aemond sonríe con satisfacción. Hoy es el día en que finalmente se hará justicia.

Aemond entrega su espada al escudero a cargo, notando la presencia de Alicent en la cima de las escaleras. Su madre tiene una expresión desconcertada, como si algo no estuviera marchando bien y estuviera muy preocupada. No cree que la presencia de Jace y Luke la hayan perturbado, ya luego le preguntará, pero por ahora a Aemond le ha bastado ver el miedo en los ojos de Lucerys para sentirse contento. Sin embargo, no sabe por qué, se da cuenta que no ha visto la expresión de Jace.

Aemond lo busca entre la multitud que se esparce, pero no es necesario, Jacaerys no se ha movido de su sitio. El mayor de los bastardos ha interpuesto su cuerpo entre Vaemond y Lucerys, como para tratar de protegerlo, no obstante, su atención no está puesta en el Velaryon, sino en Aemond.

Los ojos de cierva de Jace lo contemplan recorriéndolo de pies a cabeza con un interés intenso que lo desconcierta enormemente. No desconoce cómo se ve la admiración en los rostros de las personas, y aunque hay algo de ello en la mirada de Jacaerys, también hay algo más que no puede identificar. No puede decir que sea disgusto o animadversión, sino algo que hace que los ojos de Jace brillen en reconocimiento.

—Aemond —lo llama Alicent. Su madre ha bajado la escalinata, sus manos recogiendo recatadamente el largo de su vestido para poder caminar más rápido. El ceño en su cara está fruncido, algo la ha molestado al parecer—, ven, oremos un poco antes de que la audiencia comience.

—¿Algo ha ocurrido, madre? —cuestiona en voz baja—. ¿Rhaenyra y Daemon han hecho algo?

—No, todo marcha bien hasta ahora —no está segura si debe decirle lo que le preocupa. Ha contemplado el intercambio que ha habido entre su hijo y el de Rhaenyra, fácilmente detectando la tensión entre ellos, una sensación que le había recordado aquellos días en los que Rhaenyra estaba con Daemon. No quiere ni pensar que lo mismo sucederá entre Aemond y Jacaerys, pero prefiere tomar las precauciones necesarias para evitarlo—. Estoy un poco nerviosa, es todo, ven conmigo. El septo nos espera.

No ofrece más explicaciones. Aemond sabe que aunque se las pida, no se las dará, así que da el asunto por concluido y se enfoca en prepararse para su momento de oración. Lamentablemente, una vez está hincado frente a los dioses en el septo y sin importar cuanto se concentre, ninguno de sus pensamientos está dirigido hacia los Siete. En su lugar, ha quedado la imagen de Jace parado en el patio de armas con la mirada siguiéndolo.

Justo cuando estaba saliendo, le había parecido ver una sonrisa entusiasmada en su rostro.

[+][+]

La audiencia resultó un fiasco, una derrota para su madre y su abuelo ocasionada por la mismísima intervención del rey a último momento. Aemond comenzó a cuestionarse si su hermana es la verdadera bendecida por los dioses por salvarse otra vez de enfrentar las consecuencias de sus acciones. No que eso represente un obstáculo para sus propios planes, aunque podría postergarlos.

Enviará una carta al Septón Supremo cuanto antes para discutir lo que ha ocurrido. El hombre ha estado iniciando una campaña despreciativa hacia su hermana, si bien ha sido cuidadoso de no llamar abiertamente a una revuelta si ha conseguido dañar aún más su reputación. Es primordial que cualquier acción que el hombre tome, se dedique también a mencionar a Aemond como el único miembro de la Casa Targaryen que puede salvarlos de la perdición.

Por ahora, sólo tiene que soportar cenar en compañía de su familia. El rey insistió en celebrar la resolución exitosa de la audiencia, ignorando por completo que su propia esposa fue quien proporcionó la oportunidad para que se cuestionara la herencia de uno de sus nietos. Mientras los platos se sirven y las copas se llenan de vino, Aemond intenta enfocarse en las conversaciones de sus parientes en el lado de su mesa; Helaena hablándole a Otto de las nuevas adquisiciones de su colección de insectos, Aegon tomando copa tras copa sin prestarle atención a las miradas exacerbadas de su madre.

No es suficiente.

Sin importar cuanto trate de no desviar su atención a Jacaerys, falla miserablemente. El muchacho se ha cambiado de atuendo, optando por un traje ceñido oscuro con la librea de los Targaryen en el pecho, ha peinado sus rizos adornándolos con una corona modesta con rubíes. Si no fuera por su ropaje esmerado, seguramente pasaría como un plebeyo… o es lo que Aemond dice para convencerse que Jacaerys no le parece hermoso. Es difícil no verlo, sobre todo porque el propio Jace no disimula su interés en Aemond, dándole lánguidos vistazos mientras finge beber de su copa, o cuando simula que escucha el parloteo de Aegon para observar hacia su lado de la mesa.

Lo que más perturba a Aemond es que lo conmocionado que se siente por ello. Nunca antes se había sentido así, así que no puede evitar sentir repulsión por sí mismo. Dentro de los estándares de su familia, que sintiera esta atracción hacia su familia no sería mal visto si dicho familiar fuese una mujer. Jacaerys es un hombre, sin importar lo bello que le parezca, estos sentimientos están condenados por la Fe.

Aun así… es imposible no pensar en lo tersa y cálida que parece la piel de su sobrino (cómo se sentirá tocarla), en lo delgada que es su cintura (¡sus manos la rodearían fácilmente!), lo sencillo que sería tomarlo —Jace es muy pequeño— para sentarlo sobre su regazo y luego-… Aemond acalla estos pensamientos de inmediato. Se da cuenta con horror la facilidad de su mente para divagar en cosas en las que no debería.

Cierra los ojos un momento, para pedirle a los dioses por clarificación y entereza.

No es ajeno a las desviaciones de algunos hombres, su preferencia en yacer sexualmente con otros hombres. Alicent le había contado sobre este tipo de hombres, lo depravados que eran, cómo se abandonaban a impulsos antinaturales e inmorales… le contó sobre Laenor Velaryon, y como ni siquiera Rhaenyra, una de las mujeres más hermosas en su época, había podido lograr que la embarazara. Sin embargo, hay un largo trecho entre saber y ser, y claramente Aemond no es.

Pero Aemond no es Laenor Velaryon, él no se siente atraído hacia ningún hombre, especialmente no hacia Jacaerys. ¿Pero qué hay de Jace? ¿Podría ser que su sobrino sí tuviera esa desviación, a pesar de no ser hijo de sangre de Laenor? En ese caso, hay otra razón de mucho peso para evitar que Rhaenyra sea reina. Un bastardo como heredero ya es malo, pero uno que tiene tales gustos sobrepasa lo blasfemo. 

Sí, se dice con una sonrisa convencida, tras escuchar a Helaena haciendo un brindis por el compromiso de sus primas, no tiene nada de qué preocuparse. No se siente atraído a Jace, es sólo la respuesta natural a lo inmundo y corrompido lo que lo lleva a estar muy atento a su sobrino.

Sin embargo, no puede evitar quedarse sin aliento cuando cruza miradas con Jace. Anteriormente no había podido identificar lo que veía en sus irises, pero ahora, al estar tan cerca, puede hacerlo.

Deseo.

El descarado bastardo lo mira como si quisiera llevárselo a la cama. A Aemond tendría que darle asco, tendría que sentir unas inmensas ganas de machacar a Jace hasta sacarle la vileza a puños. Pero, de nuevo, todo en lo que puede pensar es en este hombre hermoso desnudo sobre cobijas oscuras, sonrojado, con la respiración entrecortada mientras él…

Aemond maldice en voz baja y luego se disculpa por ello. Conoce lo que es el deseo, ha llegado a sentirlo en un par de ocasiones, cuando en sus sueños imágenes indiscernibles lograban exacerbar sus sentidos y excitarlo. Se despertaba sudoroso, con la polla levantada y la culpa carcomiendo sus entrañas. En esas noches, Aemond solía ponerse a rezar hasta el amanecer, sólo cuando la erección se acababa y la culpa menguaba podía volver a dormir un poco.

No puedo ponerse a orar en este momento. Sin importar si es el Defensor de la Fe, sus acciones le traerían burla, no respeto. Así que tiene que conformarse con no mirar a Jace para no sufrir más su interés. Pero cuando voltea a otro lado, se topa con los ojos verdes de Lucerys.

El debilucho bastardo le dirige una expresión hosca, como si estuviera molesto con él. A Aemond poco le importa cómo se siente, pero le intriga el motivo de esta peculiar irritación, pues no ha hecho nada que la merezca. No tarda en hallar la respuesta cuando el mismo Lucerys observa de reojo a Jacaerys, quien sonríe nerviosamente por haber sido atrapado.

Ah, entonces Lucerys sabe lo que su hermano está haciendo.

Aquello provoca una extraña y poderosa sensación de satisfacción en Aemond. Hace que la cena sepa mejor y que se siente menos constreñido, de hecho, que Luke lo desapruebe es divertidísimo. Claramente que el hermano por el que le quitaste un ojo a tu tío, le haga ojitos a ese mismo tío no debe ser algo cómodo de presenciar.

—Bien hecho, Jace, finalmente te acostarás con una mujer —Aemond escucha que Aegon le susurra a su sobrino. Al parecer a su hermano no le ha gustado que Jacaerys no le preste atención como antes—. Si sabes cómo se hace el acto, ¿cierto? ¿Al menos en principio? Dónde poner tu verga y todo eso.

Baela amonesta a Aegon, pero evidentemente es de Jacaerys de quien Aegon quiere una respuesta. Aemond permanece atento al intercambio, esperando la oportunidad correcta que le permite entrar en acción sin que nadie encuentre una excusa para detenerlo o castigarlo.

—Bromea todo lo que quieras, pero cuida todo lo que dices frente a mi prometida —responde Jacaerys, todo un príncipe educado de principio a fin. El bastardo al menos tiene eso a su favor.

No es que su respuesta baste para detener a Aegon. Su hermano mayor tiene la cualidad de siempre obtener una respuesta de quien sea, Jace no es la excepción. El asedio culmina en Jacaerys golpeando la mesa y un posterior brindis tenso para simular el tropiezo. Nada que merezca la intervención de Aemond. Sin embargo, cuando Jace decide sacar a bailar a Helaena, luego que ésta dijera abiertamente los pormenores que sus primas (nunca) enfrentarán en el matrimonio, Aemond se pone alerta.

El acto caballeroso de Jace deja a Aegon en ridículo sin la necesidad de remarcarlo. Helaena, quien usualmente huye al contacto de los demás, acepta la mano de Jace sin rechistar, llegando a sonreír en cuanto su sobrino y ella comienzan a bailar en el salón. Aemond no sabe si Jace lo hizo por Aegon, por Helaena, o simplemente por ser un maldito presuntuoso, el punto principal radica en que Jacaerys pasa de estar bailando con su tía a moverse de cierta manera que le da la impresión a Aemond, que está tratando de demostrar algo.

Los movimientos de Jacaerys son ligeros, armoniosos, poseen una gracia seductora muy sutil que seguramente bailarinas exóticas habrían envidiado. Por supuesto, a ojos de todos —quizás no para Aemond y Luke—, sólo se trata de Jace bailando con Helaena, pero realmente… es más como una exhibición privada, y a pesar de sentirse inicialmente incómodo, para el final Aemond no puede evitar quedar hipnotizado por los pasos de su sobrino.

El ojo de Aemond no lo pierde de vista en ningún momento. Ya ni siquiera percibe las miradas descontentas de Lucerys, que parecen exigirle que deje de ver a su hermano.

Cuando la pieza musical termina, Jace lleva de vuelta a Helaena a la mesa. Sonríe satisfecho mientras gotitas de sudor resbalan desde sus sienes hasta sus mejillas. A Aemond se le seca la boca. Para su fortuna, el lamento repentino del rey da por terminada la velada (ninguno de los bandos planea continuar con la farsa sin su presencia), así que cada asistente se retira. Aemond es el último en salir, rezagándose inconscientemente para ver si puede tener un último vistazo de Jace.

Infortunadamente para él, Luke se llevó a su hermano de inmediato, así que la oportunidad se pierde, y aun peor, el rezago de Aemond lo ha hecho toparse con Daemon. El hombre está parado a unos pasos de la mesa del comedor, esperando a que su esposa termine de hablar con algunos de los sirvientes que aun la recuerdan con cariño. Tiene las manos cruzadas al frente, y aunque parece distraído, Aemond sabe que sería el primero en reaccionar de ocurrir algo inesperado.

—Ya que has sido poco sutil esta noche, te extenderé la misma cortesía —Daemon suelta a quemarropa con un tono tan bajo que parece que no ha movido sus labios, es claro que no quiere que Rhaenyra lo escuche—. Has impresionado de alguna manera a mi hijastro, lo que realmente no me sorprende, después de todo sentirse cautivado por uno de sus parientes es algo totalmente Targaryen.

—Los distintivos de nuestra familia no me son desconocidos, tío, aun así lo que mencionas es algo que trasgrede toda regla.

—Ah sí, olvidé por completo que bandera cargas, sobrino. Defensor de la Fe. Espero que la polla del Septón Supremo te haya sabido bien.

—Eres asqueroso.

—Y tú eres un jodido hipócrita, pero no estoy aquí para discutir asuntos sin relevancia. Mi hijastro es listo, pero ingenuo. Él cree que eres igual que él.

—No soy un maldito desviado.

Daemon sonríe malévolamente.

—Entonces, ¿por qué te noté demasiado complacido por su interés y atención? —susurra cerca de él—. Ambos sabemos que no importa lo que diga ahorita, tanto él como tú harán lo que les dé la gana. Por mí podrían haberse puesto a follar durante la cena y me habría dado igual, pero Jace es el heredero de Rhaenyra, y si algo le ocurre, ella no lo soportará.

—¿Estás amenazándome?

—Sí —dice sin miramientos—. Jacaerys no necesita un pretendiente que lo meta en problemas.

Aemond emite una sonrisa burlona.

—¿De la misma forma en la que tú metiste en problemas a su madre?

Un brillo amenazante pasa por los ojos de Daemon, pero Aemond no le teme.

—Por lo fácil que estás admitiendo los peculiares gustos de ese bastardo, debo suponer que los rumores sobre Rocadragón convertido en un lupanar no son del todo mentira, tío.

—¿Por qué? ¿Te da envidia?

—Para nada.

Es turno de Daemon de volver a sonreír con altivez, como si supiera algo que Aemond no.

—Creo que eres un caso perdido, sobrino —declara el príncipe mayor—, pero no es mi trabajo darte sermones. No hay mejor maestro que la experiencia y tú estás por experimentar muchas cosas.

—No necesito ningún consejo de tu parte.

—Si tú lo dices —se encoge de hombros, su sonrisa torcida nunca abandona su expresión—. Sólo una cosa: eres un Targaryen, un dragón, no un maldito frígido al servicio de la Fe.

En cuanto Rhaenyra termina su charla con los sirvientes y se dirige hacia ellos, Daemon se aparta de Aemond. Marido y mujer intercambian una mirada breve en la que parecen decirse muchas cosas, y luego se retiran. Aemond se queda un momento en el solitario comedor, sintiéndose ligeramente ofuscado por lo que Daemon le ha dicho. No quiere darle ninguna satisfacción a su tío al demostrarle que lo ha afectado de alguna manera, por lo que Aemond va directamente a su habitación para prepararse para dormir.

Su rutina debería regresarle alguna tranquilidad.

Cambia su ropa por un pantalón y una camisa de lana, se quita el parche del ojo para posteriormente llevar a cabo el proceso de limpieza indicado por los maestres para evitar infecciones, luego lava sus dientes y su cara, para finalmente cepillar su cabello y trenzarlo. Hoy se siente inesperadamente extenuado, por lo que decide recostarse de una buena vez y hacer su respectiva oración, a veces hacerlo lo hace descansar mejor.

Cierra los ojos y respira profundamente.

El rostro del Padre es fuerte y severo,

juzga certero el bien y el mal.

Sopesa las vidas, las largas, las breves,

y ama a los niños.

Ha recitado tantas veces este cantico, que su sistema lo hace en automático, excepto en esta noche que encuentra algunas dificultades para concentrarse.

La Madre regala el don de la vida,

vela por toda esposa y mujer.

Su sonrisa dulce aplaca la ira,

y ama a los niños.

Aun así Aemond no es nada más que perseverante. Trata de blanquear su mente. Realiza respiraciones largas y pausadas para relajar su cuerpo. Criston le había enseñado varias técnicas para esto, cuando el dolor del ojo le había impedido descansar.

El fuerte Guerrero enfrenta enemigos,

nos protege siempre en el vivir.

Con espada, escudo, con arco y lanza,

él guarda a los niños.

Es una noche tranquila de cielo despejado lleno de estrellas. Silenciosa. Tal como le gustan. En noches como ésta, Aemond es capaz de escuchar los ronquidos de Vhagar, así su dragona se encuentre a las afueras de la ciudad.

La Vieja es anciana y muy sabia,

y nuestros destinos contempla pasar.

Levanta su lámpara de oro rutilante

y guía a los niños.

Sus esfuerzos comienzan a tener efecto. El cuerpo se Aemond se relaja, poco a poco los brazos dadivosos del mundo onírico lo llevan hacia sus tierras fértiles… puntos de luz parpadean frente a él hasta tornarse en imágenes perceptibles que puede reconocer.

El Herrero trabaja sin descanso,

para nuestro mundo enderezar.

Usa su martillo, enciende su fuego,

todo para los niños.

Es fuego. Largas llamas de variados colores bailan frente a sus ojos, moviéndose en patrones que le son familiares… ¡ah le recuerdan a la danza de Jacaerys!

La Doncella baila por nuestros cielos,

ella vive en todo suspiro de amor.

Su sonrisa bella da vuelo a las aves,

y sueños a los niños.

Como si lo hubiera invocado al decir su nombre, la figura de su sobrino se materializa. Su cuerpo está hecho de fuego, desnudo, como un dios de Valyria vuelto a la vida. Jacaerys danza con destreza, sus manos se estiran hacia Aemond….

Son los Siete Dioses, nos hacen a todos,

escuchan tus ruegos al rezar.

«Aemond», es el tono más dulce que ha escuchado. Las manos calientes de Jace lo toman de las mejillas y Aemond puede sentir el calor quemando su carne, pero el dolor no le importa. «Ñuha jorrāelagon».

«Jacaerys», acorta la distancia entre sus cuerpos para estrechar entre sus brazos al hermoso muchacho.

Cerrad pues los ojos, os cuidan, niños,

cerrad pues los ojos, vuestro sueño velarán.

Solo cerrad los ojos, ellos os cuidarán

y vuestro sueño velarán.

Aemond despierta al instante, respirando agitadamente. Tiene los brazos levantados, como si su cuerpo hubiese perseguido por su cuenta al Jacaerys de su sueño. Se sienta, buscando alguna explicación, pero no encuentra ninguna. Decide entonces salir de la cama para ponerse a rezar en serio, para evitar que los malos pensamientos vuelvan a asediarle. Esta vez lo logra, y sólo cuando está seguro que cualquier rastro de la presencia de Jace no lo perturbará, vuelve a cerrar los ojos.

Desde esa noche, no vuelve a dormir sin soñar con Jacaerys.

[+][+]

Los sueños son el inicio.

Jacaerys se adueña de ellos como una planta enredadera creciendo en el tronco de un árbol hasta cubrirlo. Las noches de Aemond se han convertido en un vaivén de imágenes diversas donde Jace se ha convertido en el protagonista. A veces es la figura de fuego danzante, otras una quimera mitad dragón y mitad humano que encaja sus garras y colmillos en Aemond para beber su sangre, en algunas ocasiones le arranca el corazón para comérselo frente a sus ojos, otras es el muchachito que conoce vestido con extravagantes atuendos que meretrices de Lys usarían, bailando para él, tocándolo atrevidamente.

El asedio deja a Aemond abrumado, confundido y avergonzado. Las reacciones de su cuerpo son lo que más le molesta, cuando se despierta y halla a su polla erecta. Se obliga a sí mismo a contenerse, a realizar actos de penitencia para limpiar las impurezas que queden en su alma; ayunos forzados, entrenamientos más exigentes, largas horas de oración hasta que se le entumen las rodillas. La cosa no sería tan importante si Rhaenyra hubiera regresado a Rocadragón, llevándose a toda su prole con ella, pero ella había decidido quedarse al temer por la salud del rey (o al menos es la excusa que dio).

Como símbolo de la Fe, Aemond se ha impuesto una disciplina estricta en cuanto a los acercamientos de otras personas. Con los hombres es cortés, con las demás igual, pero también distante (que lo vean como un dios inalcanzable). Su “pureza” debe ser incuestionable, por lo que nunca ha dejado que sus bajos impulsos lo dominen, incluso se negó a que Aegon lo llevara a un burdel para remojar la brocha (aquella ocasión Alicent castigó duramente a su hermano por su atrevimiento).

La Fe condena la lujuria, y con mayor razón, condena los actos que inciten a la sodomía.

Por más que Aemond quiera que los sueños terminen, no lo logra. En realidad, todo empeora de una manera abrupta cuando su sobrino no sólo lo busca en el mundo onírico, sino también en el real. Jacaerys demuestra su falta de juicio insinuándose frente a Aemond, ya sea con una sonrisa, una mirada o un comentario con doble sentido. En las primeras ocasiones Aemond había respondido con violencia, iniciando peleas que disgustaban a su madre (porque en varias ocasiones Aemond casi terminó moliendo a golpes a Jace, y a Luke, cuando éste se interponía para ayudar a su hermano), y había causado un gran desconcierto para los que creían que Aemond tenía un carácter solemne. No fue fácil recuperar el respeto que había perdido esos días. Lo peor fue que ni siquiera eso disuadió a Jace de continuar.

No es que su sobrino estuviera invadiendo su espacio personal, sino que sus intentos provocaban una respuesta reciproca involuntaria en Aemond, porque muy en el fondo, una parte de él respondía gustosamente a la atención que Jacaerys le daba. Desconoce qué razones tenga el bastardo para hacer esto, si para confundirlo, debilitarlo o simplemente molestarlo, pero al final, es incapaz de no corresponderle.

Cuando era niño un maestre le había mostrado una piedra especial que atraía las virutas de metal como por arte de magia. El maestre le había explicado que se trataba de un imán cuya característica principal era que podía traer objetos hechos de metal. Pues es así como se siente Aemond con Jace.

Aemond trata de convencerse que es una cuestión de voluntad. Si se esfuerza por enterrar estos sentimientos conflictivos, desaparecerán. Pero pasan semanas, meses, y lo único que hacen es intensificarse.

Es tan apabullante que se ha hecho evidente que algo está molestándolo. Su madre se lo hace notar, incluso Helaena, que se pasa la vida con la mirada perdida, le ha hecho un par de comentarios. Aegon también, de forma poco sutil, le indica que cualquier cosa que le moleste sólo tiene beberse unas cinco jarras de vino para olvidarla.

Como si pudiera olvidar a Jacaerys sólo con eso.

El vino no haría nada para enturbiar la imagen cimentada firmemente en la mente de Aemond. No ahora que la cercanía le ha permitido conocer a Jace a profundidad. Aemond ha descubierto que prefiere vestir los colores Velaryon cuando se siente particularmente nostálgico por Laenor, y los colores Targaryen cuando piensa en Harwin. Que no sabe cantar, pero que conoce bien las letras de todas las canciones, y que baila muy bien. Que prefiere leer acompañado de alguno de sus hermanos y que se junta con Baela, Lucerys y Rhaena cuando busca divertirse y relajarse, para pasearse por la ciudad o para cabalgar al Bosque de Dioses. Que cuando se trenza el cabello es porque Rhaena se lo ha pedido, y sólo deja que ella le toque el cabello. Que prefiere entrenar muy temprano, para evitar las multitudes, y que ama volar por las tardes, cuando el sol está casi por ocultarse en el horizonte. Que le encanta comer carnero y detesta las liebres, y que su postre favorito son las higos almibarados. Que a veces huele a menta y cerezas, y que tiende a apretar los labios cuando algo verdaderamente le disgusta, pero no puede decirlo en voz alta por cortesía.

Que no es el mejor guerrero, pero que en política e historia está altamente versado, que le encanta debatir con quien sea que le ofrezca la oportunidad, alguien que rete su ingenio y lo haga llegar más allá (Aemond ha sido impresionado ocasionalmente cuando Jace logra mantener una discusión decente con nada menos que Otto Hightower).

Aemond se aprende de memoria cada uno de los rasgos de Jacaerys. Su nariz aquilina, sus pómulos altos y sus ojos almendrados, sus tentadores labios rosados, su cabellera de rizos oscuros… su delgada figura que queda oculta por los jubones elegantes que viste regularmente.

Aemond sabe tanto de Jacaerys ahora, que no sabe qué hacer con esa información. Una parte de él simplemente lo insta a desecharla, a dejarse de juegos y enfocarse en lo que debe, pero otra parte de él —la más ruidosa, la más fuerte— lo obliga a tener que aceptar que lo que está pasando está lejos de acabarse.

Que no importa cuánto le rece al Padre por buen juicio, al Guerrero por fuerza, al Herrero por voluntad, a la Madre por misericordia, a la Doncella por moderación, a la Vieja por sabiduría, y al Desconocido por una solución, el deseo que siente por Jacaerys Velaryon no va a desaparecer.

[+][+]

—No me cansaré de repetirlo —dice Luke a Jacaerys, están tomando el almuerzo en uno de los saloncitos privados de la Fortaleza Roja—. No tengo nada contra tus gustos… por malos que sean, pero tienes que ser menos obvio, hermano, o a este paso hasta el rey Viserys se dará cuenta.

Jacaerys quiere decirle que no debe hablar de esa manera del rey, pero sabe que Luke no lo sacaría a colación en la conversación si Jace hubiera actuado con mesura los últimos meses.

—No puedo evitarlo —admite con cierta resignación—. Cuando lo veo yo… pierdo por completo todo sentido. No es mi intención ser evidente, es sólo que cuando se trata de él es difícil permanecer al margen.

—Sabes bien que es un asunto complicado, Jace —comenta Baela—. Si se tratara de otra persona, nadie diría ninguna palabra, pero se trata de… él. Intentó matarte hace años y te golpeó las primeras veces que intentaste coquetear con él, además es el Defensor de la Fe —usa un tono burlesco al decirlo—, seguro que preferiría cortarse una mano que admitir que le gustas.

—Si es que Jace le gusta —puntualiza Luke ganándose las miradas airadas de Baela y Rhaena—. ¡Oh, no lo digo por eso y lo saben! Aemond está inscrito firmemente en la Fe y es el protegido del Septón Supremo. Su posición es altísima. Incluso si llegase a tener gustos distintos, dudo que vaya a mostrarlos. Perdería demasiado. Él no es como nosotros.

—Luke tiene razón en eso —asiente Rhaena para frustración de Jace. Ella lo toma de la mano y la sonríe con amabilidad—. No lo estamos diciendo con malas intenciones, Jace. Te casarás con Baela, ella conoce bien tus preferencias y no tiene ningún problema con ellas, pero no creo que Aemond sea tan comprensivo, claro, si es que él es… como tú, Luke o yo. Hombres o mujeres, no debería haber un límite sobre a quién puedes amar, pero lo hay. Éste es el mundo en el que vivimos.

Jacaerys baja la mirada, incapaz de negar esa realidad. Jace ya se ha sobrelimitado al llevar sus insinuaciones muy lejos, presionar por más sería… un desastre.

Pero no puede. No quiere.

Ha captado el brillo interesado en la mirada de Aemond, como poco a poco le ha permitido acercarse, y aunque no tiene la certeza que su tío estará dispuesto a ir más allá, se aferra a la esperanza como un tonto. No es que lo sea, es consciente de los muchos peros que existen entre ellos, y que esto tiene más posibilidades en acabar en la muerte de alguien que en una dulce aceptación, pero aun así, ese no sé qué dentro de él insiste en continuar.

Es la primera vez que siente una atracción tan intensa, originada nada más al haberse reencontrado con Aemond después de tantos años.

En Rocadragón, cuando Jace había descubierto que tenía los mismos gustos que Luke y Rhaena (gustar de ambos sexos), tras compartir su descubrimiento —primero con Luke, luego con su madre y al final con Rhaena— había tenido vía libre para experimentar un poco, primero con Baela (nada demasiado intenso) y posteriormente con muchachos, algunos escuderos o mozos de cuadra a los que eligió concienzudamente. Sus aventuras no pasaban de algunos besos breves y algunas charlas interesantes. Al final del día ninguno de ellos había conseguido lo que Aemond logró sin siquiera intentarlo.

(Y finalmente había comprendido por qué su madre no había esperado ni un mes para casarse con Daemon. El anhelo, la necesidad de estar junto a ese alguien que hacia vibrar a tu alma, era imposible de resistir).

En Rocadragón, su madre y Daemon se habían encargado de mantener las aventuras de Jacaerys en secreto. Aquí no sería igual, y a pesar de eso, Jacaerys había ignorado deliberadamente el peligro para conseguir la atención de Aemond. Por eso Jace se siente culpable, si esto se tratara de él nada más poco le importaría la opinión ajena, pero en este lugar donde su familia ya es juzgada por la manera en la que fue formada, sus tropiezos podrían ocasionar el deceso de alguien importante para él.

Sin importar cuanto desee a Aemond, Jacaerys nunca sacrificaría la vida de sus personas queridas.

En este sentido, toma las advertencias de su hermano y sus hermanastras muy en serio. No son los únicos que se han preocupado por él. Su madre le ha dado su propia lista de consejos, mientras que Daemon ha sido menos sutil al decirle que no la cague o las cabezas comenzarán a rodar (el muy cabrón también se ha burlado de él, al decirle lo mucho que se parece a su madre), y, al igual que Luke, ha dejado en claro que Aemond no es como ellos, ni siquiera como el resto de su familia.

«Al ser un defensor de los Siete, en cuanto decidas acercarte a él directamente, él te rechazará no sólo porque pueda odiarte, sino porque presentas todo lo que su fe rechaza».

Lo menos peligroso que recibiría sería el rechazo, lo peor sería que Aemond decidiera declarar a todo el reino que su sobrino bastardo se siente atraído por él. Aquello no sólo acabaría con la reputación de Jace, echaría por la borda el reclamo al trono de su madre.

Todo sería sencillo si Aemond lo rechazara de una vez por todas.

Pero su tío no sólo ha demostrado aceptar sus avances, sino que también ha comenzado a buscarlo. Su mirada sigue a Jace cuando se encuentran, y a veces llama su atención de formas en las que no le es posible ignorarlo. Probablemente Jacaerys esté malinterpretando las señales, pero… si no es así, cada momento compartido se convierte en un recuerdo valioso.

Jacaerys suspira. Realmente se siente patético. 

—Jace —le llama Rhaena, aun sosteniendo su mano. Cuando Jace la mira, los ojos de su hermana le observan con comprensión y empatía—. Entiendo que estés sintiendo muchas cosas en este momento, no envidio lo que estás pasando. Te corresponde andar por un sendero desconocido, pero no estás solo, ¿me comprendes? Somos tu familia.

—¡Exactamente! —apremia Baela con ímpetu—. No tienes por qué meternos en los detalles íntimos, pero no dudes que estaremos ahí para ti si nos necesitas. Si Aemond se atreve a romperte el corazón, así me cueste la vida, lo haré pagar por ello.

—Aprecio tu oferta, Baela, pero realmente no quisiera que pusieras tu vida en peligro, ni la de él —sonríe Jacaerys, y agrega hacia Rhaena—. Gracias.

El almuerzo termina media hora después. Para entonces Jace se siente mejor, con más confianza y determinación que antes, y se despide de Baela y Rhaena —ambas irán a sus clases de costura, para desagrado de Baela. Jace y Luke van a sus lecciones vespertinas con el maestre Gerardys. Una guardia de varios soldados de Rocadragón los sigue detrás, una de las muchas precauciones que su madre tomó cuando decidieron quedarse en la capital, donde la influencia de los verdes no garantizaba la seguridad de sus hijos. ¿Contraproducente? Quizás, los ha hecho verse débiles. ¿Extremo? Para nada.

Lēkia.

Hace años que Lucerys no se refiere a Jace de esa manera, por lo que le toma unos segundos en prestarle atención.

—Yo… no puedo pretender que apoyo totalmente esto —admite Luke con cierta vergüenza—. Aemond nunca ha sido… bueno con nosotros. Desde niño siempre ha señalado nuestras diferencias, y no dudó en amenazar tu vida y las de las chicas en cuanto tuvo un dragón… no me agrada, Jace, y nunca va a agradarme.

—Luke…

—Pero eso es aparte y si has decidido que quieres a Aemond, yo… no me interpondré. Probablemente me quejaré mucho, pero estaré ahí para ti, desaprobando tus pésimos gustos, pero ahí.

Jacaerys contempla a su hermano largamente. Luke le sostiene la mirada, aunque su expresión deje entrever cuan incómodo y difícil fue para él decirle esto, hacerle saber que aunque no le agrade Aemond está dispuesto a aceptarlo sólo porque Jace lo quiere. Es la cualidad que más le gusta de Lucerys.

Jace se lanza a abrazar a Luke, poco le importa lo demás. Luke corresponde enseguida, enterrando la cabeza entre los rizos de Jace (él es más alto que su hermano ahora).

—Gracias, Luke.

—No hay de qué —dice Lucerys—. Ao ñuha lēkia issa se nyke avy jorrāelan, Jace.

Avy jorrāelan tolī, valonqar —y finalmente Jace puede respirar con tranquilidad porque no está solo, y si algo sucede, tendrá a su familia para apoyarle.

[+][+]

—Bueno, no sé por qué te sorprendes, ¿acaso pensaste que nuestra madre se quedaría de brazos cruzados? —Aegon le da un sorbo a su copa con pereza, su cuerpo recostado en el sillón de Aemond con comodidad, mientras su hermano menor le envía furiosas miradas de desaprobación—. Aunque no es del todo tu culpa, es decir, Jace nunca ha sido discreto moviendo sus enormes pestañas hacia ti, cada vez que te ve, por no decir las veces que te has quedado contemplando su trasero.

—No tengo paciencia para lidiar con tus comentarios inapropiados ahora —masculla Aemond—. Yo nunca vería a ese bastardo con una connotación que no fuese negativa.

Ajá claro, entonces el que nuestra madre haya concertado un compromiso inmediato entre tú y una de las aburridas hijas de Borros Baratheon, no tiene nada que ver con lo que ocurrió hace unos días —la sonrisa de Aegon es enorme. Aemond quiere borrársela de un puñetazo—. Nunca pensé que llegaría el día en que fueses tú quien decepcionaría a nuestra madre, no sé si estar sorprendido u orgulloso. Quizás una mezcla de ambas.

—Aegon —gruñe amenazadoramente.

—Vamos, hermano, ¿por qué estás tan molesto? ¿No es esto por lo que te has esforzado tanto? El vejete del Septón Supremo prometió bendecir a tu futura esposa, para glorificar su descendencia. Ahora todos los hijos que Maris Baratheon te dé serán algo así como pequeños mini dioses pululando por aquí.

—Cuando lo dices de esa manera, le quitas todo el simbolismo. Además esa niña no reúne las cualidades que busco en una esposa.

—Claro, claro —asiente Aegon—, pero tiene otros atributos que seguro encontrarás agradables dado… tus recientes gustos.

—No me agrada lo que estás insinuando.

—No te agrada tampoco que te lo diga de frente. Como sea, ahora entiendo por qué no pareciste entusiasmado aquella vez que quise llevarte a dar un paseo a la ciudad. Te dije que te presentaría un par de hermosuras lysenas, grandes pechos, redondas caderas, muy bellas, pero tú las prefieres morenas, ¿verdad? Al menos nuestra madre tomó eso en consideración cuando eligió a Maris, aunque debo decir que dejó fuera muchas otras cosas que lograrían hacer de este compromiso, algo más aceptable para ti —Aegon disfruta de cómo la expresión de Aemond se oscurece—. No sólo te gustan morenas, sino también de labios carnosos, nariz aquilina y una pequeña y delgada figura… ¡ah sí, casi lo olvido! Debe tener el cabello rizado, creo que Maris lo tiene liso, no sé si eso vaya a ser un problema para ti cuando te la folles y no puedas fingir que es nuestro sobrino…

De pronto Aegon se encuentra tirado sobre el piso, la copa resuena al caer lejos de él. Aemond se inclina sobre él, sosteniéndolo de las solapas de la ropa, su mirada purpura brillando amenazantemente. Cuando Aegon trata de quitárselo de encima, se da cuenta de la superioridad física de su hermano menor, por lo que desiste tras echar un resoplido.

—Joder, Aemond, ¡sólo estaba bromeando! ¡No puedes tomarte cada cosa tan en serio!

—Algunos de nosotros tenemos que hacerlo, sobre todo cuando los que deben hacerlo actúan como niños estúpidos —espeta Aemond soltando finalmente a Aegon para ponerse de pie. El príncipe borracho se queda en el suelo, quejándose lánguidamente, mientras Aemond recoge la copa para ponerla en su respectivo lugar—. Tú, Rhaenyra, incluso Jacaerys, deberían aprender a moderarse para evitar que otros carguen con las consecuencias de sus errores para empezar.

—Si no te hubiera visto disfrutando las insinuaciones de nuestro sobrino, te creería —replica Aegon—. Siempre te has ufanado de tener una impecable moral, de tus altos valores y tu perfecta personalidad, para los demás puede que seas convincente, pero te conozco mejor que nadie, incluso que nuestra madre, y así como es verdad que Rhaenyra dio a luz a tres bastardos, también es verdad que has quedado prendado de uno de ellos.

—¡Silencio!

Aegon se levanta. A pesar de ser más bajo que Aemond, se para como si eso no importara. En ocasiones como ésta, cuando Aegon deja los juegos y tonterías de lado, Aemond considera que sería un heredero adecuado.

—Escuché que el Septón Supremo está al tanto de lo que sucede, él mismo solicitó a nuestra madre que te comprometiera en cuanto pudiera para evitar que Jacaerys te corrompiera —suelta un bufido burlón—. ¿Puedes creerlo? Se han pasado estos días creando rumor tras rumor sobre la depravación de nuestro sobrino.

—Jacaerys es por mucho, el más decente de su familia. No creo que la gente…

—Oh, no te equivoques, hermano, sabes tan bien como yo lo mucho que le gusta a las personas creer lo que sea de otros. Además, ¿no te has dado cuenta de los rumores que ya existían sobre Jace? No eres el único que se ha percatado de lo hermoso que es.

—¿A qué te refieres?

—Joder, sé que te falta un ojo, pero no puedes ser así de ciego. Jacaerys puede no tener los colores típicos de los Targaryen, pero ha heredado toda la belleza de su madre. Mujeres u hombres, no son pocos a los que nuestro querido sobrino ha atrapado en su embrujo —suelta una risotada—. Eres un cabrón afortunado, sabes. Jace solía seguirme a todos lados cuando era pequeño, pero por alguna razón, ahora es a ti a quien busca.

—No me digas que estás celoso.

—Bueno, no totalmente. Vas a rechazarlo ahora que estás comprometido, ¿no es así? Tendré la oportunidad de tomarlo entonces.

—¡Estás casado con Helaena! ¡Ella te ha dado dos hijos y espera otro más!

—¿Y eso qué? No te preocupes por eso, Aemond, juro por los siete no dejar embarazado a Jace —levanta una mano en promesa—. Lo obligaré a tomar té de luna y esas cosas, para evitar que el bastardo dé a luz a otro bastardo.

—Eres repugnante.

—Y tú un cobarde —es la primera vez que alguien le dice algo así—. Así que no te quejes si alguien más se te adelanta y toma lo que rechazaste por ser un jodido mojigato.

—Tú no lo entiendes. Es un pecado.

—También follarme a mi hermana y haberle hecho dos hijos, pero heme aquí sin tener que hacer ningún estúpido acto de absolución.

—Él es nuestro enemigo.

—En verdad eres corto de ideas, Aemond. No vas a casarte con él, sólo te lo vas a follar. No hay verdadero compromiso en ello… a menos que eso no sea lo único que quieres.

El silencio de Aemond le da la respuesta que ya había intuido. Aegon respira profundamente. Todo sería más sencillo si cosas como éstas pudieran quedarse en familia, pero cuando la familia está partida en dos y todos quieren matar a todos, ¿qué se puede hacer?

—¿Qué debo hacer? —pregunta Aemond, contrito.

—Yo que sé, le preguntas al menos indicado… pero si te sirve de algo, Madre va a casarte quieras o no, entonces aprovecha la poca libertad que te queda para hacer lo que te venga en gana. Así al menos no podrás arrepentirte de no haberlo intentado.

Aemond resopla ante su consejo, pero Aegon no lo toma a mal. No dice más y deja solo a su hermano, para que piense las cosas con calma porque no hay más que hacer. Aemond no aceptará ayuda alguna y Aegon no soportaría más rechazo.

En soledad, Aemond medita sobre su problema. Una parte de él acepta que Aegon tiene razón, pero otra insiste en que ese tipo de pensamientos los tendrían los pecadores, hombres de voluntades débiles que usan cualquier excusa para justificar sus errores. Aemond no es ésa clase de hombre, pero renunciar le parece… incorrecto, como si de alguna manera estuviera huyendo.

Suspira profundamente.

Necesita despejar sus pensamientos, buscar algo para entretenerse. Decide ir a la biblioteca a leer, ya que últimamente no encuentra paz o consuelo en sus horas de oración como antes. Cuando llega se da cuenta de la presencia de guardias apostados fuera de la puerta, la escolta que siempre acompaña a los hijos de Rhaenyra. Aquello debería haberlo hecho recapacitar sobre si entrar o no, pero finalmente su propio orgullo le impide irse. Después de todo, Aemond ha vivido más tiempo en la Fortaleza Roja, él no será quien debe sentirse impedido de ir a donde quiera.

Los guardias no dicen nada cuando entra, pero Aemond escucha como uno de ellos se aleja en cuanto la puerta se cierra, probablemente para informar a Rhaenyra sobre esto.

Aemond no le da importancia. Camina por los largos corredores hechos por los grandes estantes repletos de libros, pronto su atención se ve atraída cuando escucha la voz de Jacaerys. Se acerca sigilosamente a una parte privada, compuesta por estantes un poco más altos donde se ha hecho un espacio con sillones acolchados para leer cómodamente. Ahí está Jace con su hermano pequeño, Viserys. El muchacho está leyéndole un libro mientras Viserys cabecea recargado en su pecho.

Lo que esa pintura provoca en Aemond es intenso.

Si Jacaerys fuese una mujer, no existiría ningún impedimento para estar juntos. Aunque Viserys no guarde demasiado afecto por sus hijos, seguramente habría accedido a comprometer a Aemond con su nieta si eso significaba el fin de las disputas entre la familia. A Aemond le daría igual si Jacaerys fuera bastarda, arreglos de ese tipo se habían hecho en el pasado y así se unirían dos líneas de sangre.

Jace tiene quince años, la edad justa para tener hijos. Aemond se toma un tiempo para imaginar que el pequeño Viserys en realidad es el hijo de él y Jace, pero pronto renuncia a la fantasía. Jace no es una mujer y nunca podrá desposarlo ni tener hijos con él, aunque la idea no le irrita tanto como debería. Con asombro se da cuenta que eso es lo de menos, aun así él querría que Jace…

—¿Tío Aemond? —la dulce voz de Jace lo llama, una vez se percata de su presencia. Viserys levanta su cabecita, para luego acurrucarse más cuando se da cuenta que no es una persona deseada la que ha interrumpido su tiempo de lectura con Jace—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Leer, evidentemente, sobrino —responde dando unos pasos hacia ellos. No le pasa desapercibido que Jace aprieta más a Viserys contra su pecho, como si Aemond fuera a dañarlo—. Después de todo, como hijo del rey, se me permite ir a donde quiera en este castillo.

Jace oculta cualquier emoción, aun si el anhelo en su mirada no desaparece, y asiente comprensiblemente, aunque no deja de sostener a Viserys. Aemond acorta más la distancia, sentándose en el extremo desocupado del sofá con soltura.

—Parece que interrumpí algo, estabas leyéndole a tu hermano, ¿no es así?

Es Viserys quien responde:

—Jace me está leyendo historias divertidas sobre los jinetes de la antigua Valyria, sobre Aurion y Jaenara Balaerys —sus ojitos parpadean con perspicacia hacia Aemond—. Son historias muy buenas, si quieres Jace también puede leerlas para ti. Asi puedes quedarte aquí, sin interrumpirnos más.

Aemond se abstiene de bufar. Él ha leído esa antología hace mucho tiempo, pero lo que le resulta hilarante es la actitud del pequeño. Definitivamente es hijo de Daemon y Rhaenyra.

—¿De verdad le das tu permiso a nuestro tío para unírsenos, Vis? —cuestiona Jace con suavidad.

—Sí, se lo daré porque Madre ha dicho que debo compartir lo que tengo y tú eres mío, Jace —explica Viserys con decisión. Recarga su cabecita en la curva del cuello de Jace, sonriendo dulcemente muy satisfecho por su respuesta.

Hay un momento de vacilación por parte de Jacaerys. La tensión en la familia ha incrementado en los últimos días tras varios anuncios inesperados (el disgusto de Rhaenyra cuando Alicent se atrevió a comprometer a Aemond con la hija de Borros, como si el señor no compartiría más lazos de sangre con su facción, fue monumental), así que Jace no quiere provocar un incidente que desencadene más sucesos lamentables.

Ya tiene suficiente con saber que su oportunidad con Aemond se ha acabado.

—Continua.

—¿Qué?

Aemond le mira fijamente haciendo que las entrañas de Jace se aprieten entre sí. El muchacho lucha por no ruborizarse.

—Continua leyendo —repite Aemond—, como tu hermano te lo ha pedido.

Le toma un par de segundos más a Jace reunir la entereza suficiente para hacerlo. Al principio sufre algunos percances al pronunciar las palabras, pero cuando Aemond no dice nada, Jace se concentra de verdad. Leer le permite pasar por alto la presencia de su tío, al menos al punto en que puede estar sin sentir la necesidad de arrojarse sobre él, también agradece la presencia de Viserys. Si Aemond y él se hubieran encontrado a solas… el sólo pensarlo le produce una muy conocida sensación de calor.

—Se ha quedado dormido —dice Aemond interrumpiendo a Jace justo cuando está empezando a leer sobre los viajes de Jaenara.

Jace baja la cabeza para apreciar el rostro dormido de Viserys. Con sumo cuidado, acomoda al niño para que se recueste en una mejor posición, dándole un beso en la frente cuando Viserys se remueve un momento.

Entonces nota que Aemond continúa mirándolo.

Cuando gira la cabeza para enfrentar la mirada de su tío, Jace pierde el aliento. En ocasiones anteriores había podido vislumbrar el interés de Aemond, pero ahora estando tan cerca de él, sin nadie que los interrumpa, el deseo es tan claro que Jace tiene dificultades para pasar saliva. Este tipo de sentimiento intenso es difícil de describir, pero Jace ha aceptado que no necesita identificarlo para saber que es real.

—Escuché sobre tu compromiso con Maris Baratheon —no sabe por qué lo dice, sólo que necesita una excusa para llenar el silencio con palabras—. Enhorabuena, tío, es un… arreglo adecuado.

—Ciertamente lo es, al igual que el tuyo con tu querida hermanastra.

—Ella y yo guardamos un afecto honesto y fuerte el uno por el otro —no tiene vergüenza en admitirlo—. Espero que lo mismo ocurra entre tú y Lady Maris.

No lo dice con mala intención. Aemond es un príncipe como él, aunque inesperado un compromiso es algo que eventualmente ocurriría. Además, de esta manera es más fácil deslindarse de lo que siente, aceptar que perdió.

—Qué pésimo mentiroso eres, Jacaerys —comenta Aemond.

—No estoy mintiendo, entiendo que pueda haber diferencias entre nosotros, pero yo no te deseo ningún mal…

—¿Oh en serio? —lo provoca acercándose más a él. A Jace le cuesta toda su voluntad no retorcerse en su asiento, sintiéndose repentinamente vulnerable por no ser capaz de moverse al tener a Viserys en brazos—. Uno pensaría de otra manera, sabes, después de todo mi compromiso se formó porque alguien no pudo resistirse a comportarse como una puta, frente a toda la corte.

Jace frunce el ceño, evidentemente molesto.

—¿Me estás culpando por la decisión de tu madre?

—No estás negando las acusaciones.

—No tengo por qué hacerlo, a diferencia de ti no me siento avergonzado por mis preferencias.

—Eres totalmente inmoral.

—Me atengo a lo que me gusta y sé exactamente lo que me gusta, tío.

Sus rostros han quedado cerca el uno del otro, sus alientos rozan sus labios entreabiertos, pero ninguno da el siguiente paso. Jace es el primero en alejarse, su expresión no delata ninguna emoción, pero para Aemond es obvio que a su sobrino le ha quedado claro su rechazo.

—Estoy dispuesto a apostarlo todo, si ese alguien estuviera comprometido a corresponderme de la misma manera —declara Jacaerys, haciendo un esfuerzo por levantarse con Viserys—. No tengo tiempo para cobardes, no cuando tengo demasiado que arriesgar.

—Jacaerys...

Jace niega con la cabeza.

—De nuevo felicidades por tu compromiso, tío. Espero seas feliz con ella.

Y sale de la biblioteca, dejando a Aemond con algo qué decir, pero sin saber qué exactamente.

[+][+]

Lady Maris Baratheon tiene largo cabello negro, un rostro de rasgos austeros, labios delgados y una postura recta y firme. No sonríe demasiado y suele emplear un tono de voz lleno de sarcasmo. Es una buena dama, pulcra y cortés, todo lo que debería querer en una esposa, una opción aceptable para el afamado Defensor de la Fe.

Aemond la encuentra terriblemente insípida.

El Septón Supremo había querido celebrar la boda cuanto antes, argumentando que él mismo la llevaría a cabo para acallar cualquier queja por lo apresurado del asunto. Alicent optó por pedir unos cuantos días para que su hijo y la chica se conocieran, para que se habituaran a su compañía, por supuesto, no sólo lo había hecho por eso, sino porque de esa manera quedaría confirmado ante la corte entera que Maris sería la esposa de su segundo hijo.

Para dar el mensaje que no permitiría que ensuciaran a uno de los suyos.

Desde ese momento, su sobrino se ha mantenido alejado de él, tanto en la vida real como en los sueños, actuando con una indolencia que ha conseguido enfadarlo. ¿Con qué derecho el bastardo se atreve a ignorarlo, cuando fue él mismo el que creó este lío? Con gusto Aemond le habría reclamado directamente, pero alguien siempre se interponía en su camino. Baela y Rhaena, el insufrible de Lucerys, Daemon y Rhaenyra obviamente, incluso el pequeño Joffrey, todos parecían estar pegados como lapas a Jacaerys, impidiendo que Aemond pudiera estar a solas con él.

Aemond no debe sentirse tan irritado por eso. Tendría que sentirse aliviado que terminara, que su alma no fuera tentada nunca más por la figura impura y seductora de su sobrino.

Es lo que se dice en la noche, después de haber escoltado a Maris a su habitación —en realidad, se considera indecoroso que un hombre acompañe de esa manera a una dama, pero lo permiten dadas las circunstancias. La despedida ha sido desagradable para él, pues Maris se ha atrevido a besarle en la mejilla para luego reírse como una tonta. Aemond luchó por no limpiarse con la mano y trató de dar la respuesta adecuada. Cuando pudo estar de vuelta en sus propios aposentos, se lavó la cara.

Al mirarse en el espejo no ve más al supuesto defensor de la fe que es, sino a un hombre agotado y vencido, demasiado harto de la mierda por la que tiene que pasar. No obstante, se dice una y otra vez que éste es el camino adecuado, que lo que llegó a vivir con su sobrino fue esporádico y equivocado, y que si se esfuerza lo suficiente, puede llegar a sentir lo mismo por quien será su esposa.

Decidido, Aemond pretende comenzar en ese momento. No tiene idea alguna de cómo hacerlo, pero supone que es cosa de intentar. Lleva su mano adentro de sus pantalones, justo hacia su pene blando, la sensación es… extraña. Nunca se ha tocado a sí mismo, ni siquiera por error. Respira profundamente y cierra los ojos, intentando evocar la imagen de Maris, tratando de escoger lo que podría gustarle de ella… no funciona, no siente nada.

Resoplando con hastío, se dice que es imposible no excitarse con otra persona que no sea su sobrino. Sin embargo, las diferencias entre Jace y Maris son claras. Aemond no tiene reparo alguno en admitir que las características de su sobrino le parecen más atractivas. ¿Cómo no encontrar tentadores los labios rosados de Jace, tan pronunciados y apetecibles cuando hace pucheros? ¿Cómo no caer ante el encanto de sus ojos de cierva, su mirada insondable y serena? ¿Cómo no rendirse ante la belleza de su cuerpo, el halo seductor que parece emitir involuntariamente?

El pulso de Aemond comienza a palpitar fuertemente.

Con poca sorpresa se da cuenta lo sensible que se ha puesto en la zona de la entrepierna. Cuando pasa su mano por ahí, ahoga un gemido grave ante la increíble sensación. No tuvo que pensar en algo explícito sobre Jace para excitarse, bastó con traer a colación su presencia y ya.

Entonces comprende que lo que siente por él no es temporal, ni un capricho. No le interesa que su interés por Jace vaya a complicar aún más la dinámica familiar, ni tampoco que los dioses en quienes cree condenen lo que siente. Él necesita a Jace.

Aemond se pone rápidamente su jubón oscuro, sin detenerse a atar los variados broches y sale de su habitación rumbo al ala que ocupan Jace y su familia. A pesar de sentirse acelerado, toma las debidas precauciones esquivando a los guardias y algunos sirvientes que pasan por los pasillos, hasta llegar a la torre donde Jace y sus hermanos duermen. Sabe que la habitación de su sobrino es la más cercana (es algo estratégico en realidad, de esa manera Jace pretende proteger a sus hermanos al ser la primera barrera para posibles enemigos).

Aemond no podrá entrar por la puerta, donde seguramente hay guardias custodiándola, así que rodea la torre para trepar por un costado. Las enredaderas han crecido lo suficiente para soportar su peso, así que llegar a la ventana de Jacaerys es fácil. Aemond pisa el alfeizar para equilibrarse y echar un vistazo al interior.

Y queda paralizado.

Jacaerys está frente a él, vestido solamente con una camisa holgada, dejando a la vista su pecho pálido, sus piernas torneadas… no lleva ropa interior alguna. A juzgar por lo que ve su sobrino había estado preparándose para dormir, porque Aemond sabe que Jace duerme desnudo. El chico tiene las manos metidas entre su cabello, probablemente desenredando sus rizos con aceites.

—¿Tío? —inquiere Jace en cuanto se percata de su presencia—. ¿Qué estás…? ¿Cómo has podido…?

Aemond no le da la oportunidad de recuperarse de su impresión. La situación entre ambos es incierta, y aunque sus intenciones no son malas, Jace ciertamente podría interpretar su presencia como peligrosa en ese momento.

Se mueve velozmente hasta cubrir con su cuerpo al de Jace, poniendo una mano para cubrirle la boca y otra para sostenerlo cerca de él. Al principio, su sobrino pelea, pero en cuanto nota que no está tratando de lastimarlo, se relaja.

Aemond suelta a Jace, pero al haberlo tocado… no encuentra la fuerza para alejarse. Pasa su mano por su barbilla, acariciando con sus dedos la piel expuesta hasta detenerse en los huesos del hombro. Aquella simple caricia parece encender algo entre ellos con la temperatura del magma.

Jace exhala fuertemente cuando la mano de Aemond lo toca en el pecho.

—No, no podemos —susurra aunque no hace nada para impedir el toque—. Estás comprometido.

—Tú también —replica Aemond mientras su otra mano pasa a través de la cintura de Jace para jalarlo contra él.

—Eres el Defensor de la Fe —indica Jace, sus propias manos encuentra su lugar en el torso de Aemond, abriéndose paso por los pliegues sueltos del jubón para tocarlo—. El Septón Supremo no…

—No me importa lo que diga ese hombre.

—Te destruirá en cuanto sepa que tu fe nunca ha sido real. Cuando vea que lo has puesto en ridículo, no tendrá piedad de ti.

—¿Te preocupas por mí, Jacaerys?  

—Más de lo que debería —admite casi a regañadientes

—No seas ridículo.

—¿Crees que me haría feliz verte derrotado?

—Un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado —Aemond se inclina hacia él, sus labios rozando su mejilla derecha—. Deberías preocuparte más por ellos, mi príncipe, porque si se atreven a apartarme de ti, cumpliré la amenaza que Visenya hiciera una vez.

—¿Los quemarías por mí? —cuestiona con mordacidad—. Ahora quién es el ridículo. Pondrías al reino entero en tu contra… en contra de nuestra familia.

—Dime que no harías lo mismo que yo, Jacaerys, si alguien amenazara lo que es importante para ti. Responde con honestidad y juro que yo mismo coronaré a tu madre.

—¿Soy importante para ti, Aemond?

—No me has dado una respuesta.

—Dame la tuya y tendrás la mía, ñuha jorrāelagon —exige mientras junta sus frentes—. Deja que la verdad nos condene.

—Lo eres, Jacaerys —declara Aemond con firmeza, sus manos se alzan para sostener el rostro de su sobrino con suma delicadeza—. No comprendo cómo te colaste fácilmente en mis pensamientos… antes tu existencia era un obstáculo, la representación de todo aquello que mis creencias repudian, pero ahora… ahora sólo quiero tenerte. Quiero hacerte mío.

—Aemond… —suspira Jace demasiado conmovido por sus palabras—. Has cumplido tu palabra así que tendrás mi respuesta. Y es sí, quemaría al mundo entero si se atrevieran a lastimar a alguien que amo. Olvidaría la grandeza de la compasión y el perdón, y me convertiría en la calamidad que arrase toda existencia. Si tan sólo supieras lo mucho que me costó no convertir a Maris Baratheon en cenizas…

—Tus celos son adorables.

—Mis celos son peligrosos… no soporto la idea de compartirte con nadie.

—¿Pero yo debo compartirte con Baela?

—Maris no dudaría en pensar que eres suyo, mientras que a Baela nunca se le pasaría por la cabeza reclamar algo que no le pertenece. Ésa es la diferencia.

Es lo que Daemon le había dicho. Somos Targaryen. Aemond al fin lo comprende.

—¿Eres mío, Jacaerys?

Su sobrino acaricia el costado de su cara donde tiene la cicatriz, donde el zafiro brilla intensamente. Aemond había olvidado colocarse el parche al venir aquí, pero no se arrepiente de ello.

—Lo soy.

Es lo que necesitan para finalmente unir sus labios. El primer contacto es un toque leve que envía agradables ondas de placer entre ellos. Hay cierta timidez inherente en sus intentos al ser ambos inexpertos en el tema. Aemond toca a Jace con inseguridad, probando por acierto y error lo que parece gustarle, descubriendo en el proceso lo que a él mismo le agrada. Jace es un poco más audaz, abre los labios para profundizar los besos, muerde a Aemond, gime entrecortadamente para demostrar cuanto lo está disfrutando.

—¿Has estado… con alguien más? —pregunta Aemond cuando el último beso termina.

—Nadie me tocó de esta manera, si es lo que quieres saber. Ninguno eras tú.

Aemond lo besa otra vez con mayor pasión. Cree en lo que Jace dice, pero una parte en él se niega a que el recuerdo breve y tenue de algún desconocido se quede en la memoria de su sobrino, por lo que pone todo su empeño en demostrarle que él es el único hombre que lo hará sentir de esta manera.

En cuanto a Jace, no puede mantener las manos quietas. Jala la poca ropa que Aemond trae puesta, tirando insistentemente hasta que puede acceder a la piel pálida. Su boca desciende para besarla, para morderla, para probar el sabor puro de su tío. Escuchar a Aemond jadear su nombre hace maravillas en la libido de Jace, y su polla se levanta más dura de lo que nunca ha estado.

Paulatinamente se acercan a la cama. En un parpadeo ambos terminan recostados, Aemond encima de Jacaerys, sin dejar de besarse y tocarse. Sentir el peso del cuerpo de su tío sobre él, es todo para Jace. Abre sus piernas para que pueda acomodarse, el roce de sus entrepiernas, pese a que Aemond aún tiene puesto el pantalón, casi lo hace venirse.

No están seguros de cómo proseguir, pero el deseo fluye fuertemente en ellos como para detenerse. En silencioso acuerdo, ambos comprenden que, independientemente del resultado, lo que importa es estar tan unidos como puedan. Jacaerys nunca le exigirá a Aemond que haga algo para lo que no está preparado, mientras que Aemond nunca ocultará nada a Jace, pues no quiere que piense que sólo hace las cosas por obligación. Todavía están lejos de tener la entrega que desean, pero por ahora están satisfechos de tocarse, de conocer íntimamente el cuerpo del otro.

Aemond desliza su mano hacia la polla de Jace. No puede evitar temblar ligeramente al tocarla, los pensamientos ociosos de la Fe intentando abrirse paso en su consciencia para hacerle sentir culpable, pero Jace parece darse cuenta de su tribulación porque toma la mano de Aemond para detenerlo.

—Hagámoslo juntos —propone sonriendo gentilmente.

«De esta forma ambos cargaremos con el pecado».

—Juntos —asiente Aemond dejando que Jace le baje el pantalón para sacarle la polla.

Las puntas húmedas de sus erecciones se rozan cuando las toman con sus manos. Ambos sisean por la rica sensación, Aemond incluso cierra los ojos y se recarga en el hombro de Jace, abrumado por el placer.

—Siete infiernos —murmura con los labios apretados.

—Aquí no hay paraíso ni infierno. Aquí no existen los dioses, sólo estamos tú y yo.

—Podrías convertirte en el dios al que adore por lo que me resta de vida, prūmīe ñuhys.

—¿No un demonio?

—Dios, demonio, monstruo, no me importaría, Jacaerys. Si tú eres mío, yo soy tuyo.

Mío —repite Jace con plena satisfacción.

Entonces ambos mueven sus manos. El líquido perlado que escapa de las puntas de sus erecciones les funciona como lubricante, por lo que cuando comienzan a subir y bajar por su piel, la sensación es deliciosa. Jace tiene que morderse los labios para no gritar de placer, no quiere alertar a sus hermanos, pero Aemond encuentra una mejor forma de callarlo, besándolo con hambre mientras continúan jugando con sus pollas.

—Aemond… mi amor… sí, tócame más… —jadea Jacaerys entre besos, sus caderas ondulándose para compaginarse con el toque de su amante.

Aemond está completamente perdido en el abrazo apretado de Jacaerys. En ese momento se le ocurre que nunca se cansará de esta vista, del cuerpo tentador de Jace retorciéndose por sus caricias, de su boquita hinchada exigiendo más besos, de sus ojos nublados del deseo. Sus creencias pasan a segundo plano cuando el clímax los alcanza y ambos se derraman al mismo tiempo. Su blanca semilla ensuciando el espacio entre ellos, una evidencia fehaciente que finalmente se ha rendido ante el pecado. Pero poco le interesa eso ahora, no cuando Jace, henchido por la felicidad del momento, le comienza a dar rápidos besos en el rostro, en la barbilla en el cuello.

—Puedes recargarte en mí —indica Jacaerys—, me gusta sentir tu peso. Hace que esto se sienta más real.

¿Cómo negarse a tal solicitud? A estas alturas podría darle a Jace lo que le pidiera. Con cuidado Aemond se deja caer sobre el cuerpo de Jace, esperando que pronto la culpa se abra paso tras desaparecer la neblina del bienestar, pero eso no ocurre. Hay una ligera picazón de algo parecido al reproche, pero por lo demás se siente increíblemente complacido y ligero, como si de alguna manera esto lo hubiese liberado de una carga.

—Creo que no podré compartirte con Baela, después de todo —pronuncia Aemond—. No seré capaz de soportar que te cases con ella.

—Si pudiera tomarte a ti como mi esposo, si los dioses de alguna manera pudieran hacernos capaces de concebir como las mujeres… te escogería a ti como mi consorte y no dudaría en llenar la Fortaleza Roja con las risas de nuestros hijos. Pero las cosas son como son, y aunque no podemos evitar la amargura, no lo desearía de otra forma.

—Ojalá hubieras nacido como una mujer.

—¿Me querrías más si lo fuera?

—Te querría de la misma manera porque seguirías siendo tú. Pero tienes que admitir que sería más sencillo.

—Con nuestra situación, no lo creo. Tu madre no desea que mi madre sea reina y mi madre quiere cumplir con el deber que el rey le otorgó. Ambos sabemos que no importa cuánto nos deseemos, nuestra lealtad hacia nuestras familias está primero, y aunque ambos queramos convencer al otro de abandonar su causa, no lo haremos porque nunca nos atreveríamos a pedir algo tan injusto al otro —explica Jace—, pero esta noche ha sido reveladora para mí, y me niego a seguir sin agotar todas las posibilidades. Debe haber alguna forma de obtener un resultado distinto, de llegar a un acuerdo.

—Eres demasiado optimista.

—Me niego a perderte sin siquiera pelear. Acabo de entender lo difícil que sería para mí estar sin ti, Aemond, así que no puedes echarme en cara tratar de encontrar una solución.

—No dudo de ti, Jacaerys, tu palabra se ha vuelto ley para mí, ¿pero qué hay de los demás? ¿Rhaenyra y Daemon estarán abiertos a la negociación? ¿Corlys Velaryon aceptará compartir la gloria de unir su linaje al trono con otras personas?

—¿Lo harán Otto y Alicent?

Hay un silencio entre ellos. No es incómodo, sino de entendimiento. Les queda en claro que les espera un largo camino para construir otro futuro, uno en que ambas familias puedan coexistir —al menos sin llegar a matarse a la primera provocación—, en el que ellos podrán estar juntos, pero no se sienten desolados, sino llenos de determinación.

—El primer hijo que tengas con Baela, le tendrás que poner mi nombre, si quieres obtener mi absoluto compromiso en esto, mi príncipe.

—A Baela no le hará ninguna gracia, todavía no te perdona por aventar a Rhaena.

—Es una de mis condiciones —sonríe con perversidad—. Otra es que exilies a Aegon y le permitas a Helaena vivir tranquilamente en una casita apartada, con sus hijos.

Jacaerys no puede evitar reírse. Besa la frente de Aemond.

—Creo que podemos llegar a un arreglo. Lo que me hace pensar en mis propias condiciones. Te recuerdo que soy muy posesivo, amor mío.

[+][+]

El Septón Supremo acompaña a la reina Alicent en un corto paseo por el jardín de la Fortaleza Roja, tras la gloriosa bienvenida que ella le dio (en la que Viserys no estuvo presente, por estar a mitad de un tratamiento medicinal).Usualmente después lo conduciría hacia sus respectivas recámaras, pero el propio hombre se negó a descansar hasta que no hubieran discutido a fondo sobre los planes para la boda de Aemond y Maris.

Diversos rumores se habían generado desde el anuncio, al punto en que ya nadie sabía con exactitud lo que estaba pasando, no obstante, el factor común que apuntala al hijo mayor de Rhaenyra, Jacaerys Velaryon, como la causa continúa siendo el más fuerte. Lo que claramente también ha afectado la reputación de Aemond, al ser haber sido hasta ese momento el as de la Fe, un hombre al que se habría considerado un dios de no haber caído en las garras de su sobrino.

Esta boda tiene como fin poner fin a dichas habladurías. Hacer que las personas vuelven a creer en la superioridad de su hijo, para no verlo más como un ídolo corrompido.

El Septón, un hombre rechoncho con cara de ardilla y expresión de eterno estreñimiento, comparte cada una de las preocupaciones de la reina. Desde que Maegor finiquitara la facción militante de la Fe, el respeto por los símbolos religiosos había decaído ligeramente. Es fundamental concretar un nuevo símbolo que atraiga a esas ovejas descarriadas, ¿y quién mejor para la tarea que un príncipe mitad Hightower con el dragón más grande y temible de todos? El mismísimo Septón Supremo oficiará la ceremonia, para dotarla de toda legitimidad posible.

—Tuve la oportunidad de intercambiar cartas con esta muchacha antes de que la enviaran a la capital —le confía el Septón a Alicent mientras caminan por los jardines, seguidos de la pequeña comitiva de septas, septones y acólitos que lo acompañaron desde Antigua—. Tiene las cualidades ideales de una buena esposa. Es acomedida, paciente y obediente. Y si ha heredado la fertilidad de su madre, le dará muchos hijos sanos y fuertes al príncipe Aemond.

—Lady Maris está honrada por haber sido elegida. De todas sus hermanas es quien más resaltó —por no decir que fue la única que soportó las duras pruebas por las que el Septón Supremo las hizo pasar. Desde la comprobación de su virginidad hasta ayunos extremos, Maris demostró tener el temple requerido para convertirse en la esposa del Defensor de la Fe—. El tiempo que han pasado juntos les ha servido para conocerse bien. Han logrado congeniar.

“Aunque Aemond luego ponga cara de que preferiría que Vhagar se comiera a su prometida”.

—Me alegra, aunque al principio no entendí vuestra insistencia a casarlos de una buena vez, ahora puedo entender por qué. Una cosa es que esa muchacha haya pasado las pruebas, pero ver que su disposición es real ayuda mucho. Además fue bastante acertado decirle a los nobles que el retraso se debió al deceso repentino de uno de los guardias reales —celebrar bodas poco después de funerales no es extraño, pero Alicent no quería que la boda de Aemond se viera empañada por nada—, ayudará mucho a la imagen de vuestro hijo el que un nuevo caballero sea honrado con el lugar vacío después de la ceremonia, incluso podríamos convencer a Su Majestad que le permita a nuestro paladín que sea él quien otorgue tal honor al caballero pertinente.  

—Es una maravillosa idea, Su Excelencia. De esa manera mi hijo demostrará su compromiso con la Fe y con su familia también.

Pero su plan se viene abajo en cuanto dan la vuelta para ingresar al castillo y un sirviente llega a informarles que el rey ha solicitado una audiencia de emergencia en la sala del trono. El Septón Supremo frunce el ceño y se queja por haber sido avisado de forma tan imprudente y poco delicada, como si él no fuera nadie, pero el sirviente no se ve atemorizado, lo que inquieta un poco a Alicent, pues se percata que es uno de los que continúan siendo leales a Rhaenyra.

—El rey Viserys tiene un anuncio importante que hacer —repite el sirviente—, en relación con su segundo hijo, el príncipe Aemond.

Es entonces cuando todas las alarmas en Alicent se disparan. Temiendo lo peor, la reina olvida el protocolo y se dirige hacia la sala del trono, sin esperar a nadie. Criston Cole es el único que puede seguirle el paso. La comitiva religiosa se rezaga mucho, pues el viejo y gordo septón no está acostumbrado a moverse rápidamente.

Cuando Alicent llega a la Sala del Trono, las puertas están abiertas. Ella entra mientras los nobles se hacen a un lado para abrirle camino, rindiéndole una corta reverencia. Ahí está Viserys Targaryen, vestido adecuadamente y más sano que nunca, sentado en el Trono de Hierro. Cuando Alicent va a cuestionarlo, se da cuenta de otras cosas. Rhaenyra permanece al pie del trono al costado izquierdo, mientras que Otto está al otro lado. La expresión que tiene su padre le indica a Alicent que esto ocurrió sin su conocimiento, que de alguna manera Rhaenyra logró burlar su red de espías.

Mira a la mujer con ojos desorbitados, pero Rhaenyra mantiene un rostro inexpresivo, salvo por el brillo delator de sus ojos indicando su victoria. Sin embargo, ¿qué es lo que busca lograr? Los hijos de Alicent también están ahí, a salvo para su gran alivio.

Pero Aemond no está.

Alicent está a punto de perder la calma.

—Llegas justo a tiempo, mi reina, para presenciar un evento de suma importancia para nuestra familia —dice Viserys. Los tratamientos medicinales del maestre Gerardys han mejorado su salud. Pero si él está bien para celebrar audiencias, pero no para recibir al Septón Supremo… Alicent pasa saliva con nerviosismo—. Ah sí, ser Criston también está, perfecto. Fue verdaderamente difícil encontrarlos, pero supongo que un inconveniente pequeño como éste puede ignorarse.

—¿Qué es lo que está sucediendo, Su Majestad? —odia tener que admitir que no sabe nada al respecto, pero está demasiado preocupada por Aemond como para molestarle por el insulto.

—Lo verás justo ahora, mi reina —dice Viserys con una sonrisa beatifica—. Que pase el príncipe Aemond.

Cuando Alicent mira hacia atrás, se queda paralizada cuando su segundo hijo aparece. Aemond está  vestido con la armadura blanca de los caballeros bajo la orden directa del rey, su pulcro cabello plateado ha sido recortado y ahora viste un parche en color rojo con un dragón negro adornándolo. A su lado está Jacaerys, vestido de negro con una capa roja sostenida por un broche de dragón… Alicent descubre que los ojos de la bestia son zafiros. Pasan a su lado sin echarle más que una mirada respetuosa.

El Septón Supremo llega entonces, pero su entrada ha sido eclipsada totalmente por Jacaerys y Aemond, así que nadie realmente nota su presencia.

—No… esto no puede… —murmura Alicent. A su lado Criston luce igual de conmovido, al no haber sido avisado sobre esto, siendo él parte importante de la guardia.

—¿Hay algún problema, Alicent? —inquiere Viserys al notar su turbación.

Ella lucha por recomponerse, pero su tez está palidísima y la boca la siente seca.

—Sí, mi rey, esto debe ser una equivocación. Aemond ha sido comprometido con Lady Maris Baratheon. Su Excelencia, el Septón Supremo, ha decidido venir él mismo para oficiar el enlace.

—No se me consultó de tal compromiso —las cejas del rey se fruncen—. Esta mañana Aemond ha venido a mí para ofrecerse a ocupar el lugar que dejara Ser Marston y he aceptado porque ha dado buenas razones.

—El príncipe Aemond no puede romper un compromiso previo, Su Majestad, al que yo mismo he dado mi bendición —acota el Septón Supremo. Atrás ha quedado su apariencia divina, al haber tenido que correr tras Alicent, las mejillas le han quedado enrojecidas y cubiertas de sudor, lo que lo hace parecer un simple hombre a pesar de sus vestimentas.

—Probablemente Su Majestad lo haya olvidado debido a los percances de su recuperación —opina Otto, cuya expresión no puede ocultar lo conmocionado que está.

—No olvidaría algo tan importante como el compromiso de uno de mis hijos —acusa Viserys, descontento—. En todo caso, no he dado mi aprobación, por lo que dicho compromiso no es legítimo.

—Pero, mi rey…

—Silencio, os he reunido para presenciar la unión del primer miembro de la realeza a la honorable hermandad que representan las capas blancas. Aemond es quien ha elegido este camino, y como su padre y su rey, debo honrar sus deseos.

No hay argumento que sirva para convencer a Viserys una vez toma una decisión. Ante los ojos pasmados de Alicent, Otto y el Septón Supremo, el rey acepta los votos juramentados de su hijo, colocando la punta de Fuegoscuro en cada hombro para luego ayudarlo a levantarse.

Ya no es el príncipe Aemond el Tuerto.

Ahora es Ser Aemond de la Guardia Real.

Alicent no puede ni reaccionar a lo que acaba de suceder, las consecuencias con las que tendrán que lidiar por haber faltado a su palabra con los Baratheon, serán grandes, por no olvidar lo indignado que está el Septón Supremo por haber sido pasado por alto.

—No se preocupe, mi reina, podemos usar esto a nuestro favor —indica ser Criston, como para tratar de salvar la situación. Es indudable que él también se siente humillado—. Como hermano juramentado, su debe es proteger al rey. Cuando Aegon sea coronado, Aemond tomará su lugar correspondiente a su lado.

Eso no trae ningún consuelo a Alicent, quien recibe un último golpe cuando nota que Aemond no se para junto a ellos, sino que toma posición junto a Jacaerys. Con horror, Alicent se da cuenta de la pequeña mirada que intercambian entre ellos, como sus cuerpos parecen coordinarse entre sí. ¿Cuándo pudo ocurrir? Alicent se había encargado que su hijo nunca estuviera sin vigilancia, y había creído que los rumores habrían bastado para mantener al bastardo al margen.

Claramente erró en sus cálculos.

Cuando la audiencia termina y ve a su hijo seguir a Jacaerys, no le queda ninguna duda.

Ha perdido.

Notes:

Dejaré el sexo sacrilegioso para otro fic.