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La traición

Summary:

Kyle Broflovski alguna vez formó parte de las fuerzas del orden en la policía de South Park, sin embargo, después de un incidente que casi termina con su vida, encamina sus pasos esta vez formando parte del FBI.

Un año más tarde, la llamada de su antiguo amigo, Stan Marsh, lo despabila. Un joven es asesinado y presenta signos evidentes de un modus operandi bastante familiar y del que, según, atraparon al culpable.
Ahora, Kyle tendrá que solucionar este nuevo caso con una nueva víctima y con el mismo asesino y, para ello, tendrá que ir en busca de Eric T. Cartman y resolver lo que dejaron atrás.

Notes:

Para este día me esmeré mucho en que quedara bien la trama y el desarrollo de las parejas jeje (que son Creek, también algo de Craig x Thomas y Cartyle). Porque después de esto me quedé seca xd.

Me inspiré principalmente en dos libros policíacos que leí hace tiempo. El primero se llama Echo Park, del autor Michael Connelly, y el segundo se llama El número de la traición de Karin Slaughter. Ambos son unas chuladas de libros y tramas, por si gustan leerlos y les encantan las tramas de detectives, policías y criminales. La verdad es que estos dos libros me mantuvieron al filo del asiento. No se van a arrepentir 👌💖

Solo espero haber logrado lo mismo con esta trama que, desde que vi la temática del día, lo fui construyendo jsjs.

También escuché una playlist de spotify que usé como ambientación mientras escribía, por si gustan oírlo aquí está el link:

https://open.spotify.com/intl-es/album/1zr5X1OVbb8XeMq68Mryae?si=498138744a1a4876

Work Text:

Miró el reloj de su muñeca de nuevo. Sus ojos se movían frenéticos por la ansiedad.

9:20

«Todavía no. Se está retrasando. ¿Qué le pasa?».

Tembló al pensarlo. Un tic invadió su ojo y mordió la uña de su dedo pulgar.

El establecimiento estaba vacío, como siempre él se quedaba al último. A veces limpiando, a veces esperando algo, tal vez a alguien, pero siempre impaciente. Siempre creyendo que ahora sí sería su oportunidad.

9:22

El tic tac del reloj de la pared parecía retumbar en su cabeza, las luces de un carro iluminaron el negocio al pasar y los latidos de su corazón ya carcomían la poca cordura que poseía.

9:25

Sintió que estuvo una eternidad ahí detrás de la barra, pasando el trapo una y otra vez frente a él. Solo mirando a la calle, solo esperando, solo cuestionando aquella tardanza.

Ya dejó limpias las máquinas, subió las sillas y pasó de nuevo el trapeador en el suelo. Sacudió los sillones y tiró la merma del día.

9:30

El reloj digital de su muñeca timbró y una leve campanada se escuchó a la distancia por el templo de la parroquia.

Debía irse, debía cerrar.

Tiró de sus cabellos, furioso, se deshizo del delantal dejándolo en la bodega.

Ya no tenía sentido seguir ahí. Tomó las llaves del local al maldecir para sí mismo.

Sin embargo, fue entonces que lo vio. A través de las puertas de cristal tipo espejo del establecimiento lo observó caminando frente a la calle. Ahí estaba su más preciado bien. Tan guapo, tan varonil. Pero este estaba hablando… Hablando con alguien más.

Para colmo de su existencia, para colmo de su coraje.

Sus pupilas se encogieron aún más en sus ojerosas cuencas, su corazón latió con más fuerza y su mirada se contrajo terriblemente. Hiperventiló más cuando estrujó en su puño, fuertemente cerrado, la camisa mal abotonada.

«Debe ser un error, debe ser una broma. ¡Debe ser mentira! ¡¿Quién es ese?! ¡¿Qué hace con él?!».

Salió por la puerta trasera, sin siquiera cerrar el establecimiento. Dejando las luces encendidas y sus cosas personales atrás.

Las nubes a la distancia del firmamento oscuro, cercano a las montañas, tronaron y centellearon acercándose cada vez más. Augurando con ello un mal presagio.

Todo fue cuestión de tiempo.

~ʘ~

Kyle abrió los ojos de su “descanso de cinco minutos” cuando escuchó la llamada entrante de su celular.

Sin darse cuenta se quedó dormido en su estudio. Detrás de él, el ventanal del segundo piso de su hogar seguía empapado por la lluvia y el cielo se vio iluminado por un rayo que cayó en la lejanía. Desde hace dos días que no paraba de llover.

Un papel entre sus manos le recordó lo que estaba haciendo. Investigaba un caso antiguo para su jefa cuando sintió que le ardieron los ojos, se recargó en su asiento giratorio y los cerró, esperando abrirlos pronto. Pero eso fue a las 11:40 de la noche, ahora ya eran las 3:20.

Dejó el documento a un lado y contestó, sin siquiera percatarse de quién le llamaba. Probablemente era su jefa, pensó.

—¿Hola? Kyle al habla —talló sus ojos, apagó la luz del escritorio.

Necesitaba descansar.

—Amigo, soy Stan —suspiró del otro lado de la línea. En el auto de policía, Kenny, su segundo al mando, le instaba a que continuara. Mientras este le decía con gestos que a eso iba y no lo molestara.

Kyle reconoció la voz desde la primera palabra. Tanto así que de una sentada se despabiló, el sueño pareció irse de su cuerpo por los nervios. Hace un año que no tenían comunicación, no desde que él salió de las fuerzas para unirse al FBI y, por ende, su amistad quedó en complicados términos. En un limbo en el que ninguno de los dos se atrevía a hablar o preguntar por la existencia del otro.

Quedó extrañado, no creyó que Stan aún conservara su número.

—Vaya, amigo, ha pasado tanto tiempo… —admitió, sorprendido, al posar la mano en su frente. Volvió a encender la luz para no sentirse asfixiado por la oscuridad. También sintió el picor de su suéter de cuello de tortuga—. ¿Sucedió algo? ¿Cómo has estado?

—Perdón, Kyle, no hablo tanto para eso… Necesito que vengas, es algo urgente —respondió, algo incómodo de tener que cortar así la conversación—. Te pasaré la dirección.

—Claro, está bien —tragó saliva, sentía la garganta seca—. Seguro, amigo. Voy para allá.

Colgó el teléfono y salió de su oficina.

Por supuesto que aún no tenía puesta su pijama, llegó de su trabajo después de días sin estar en casa, así que seguía con el mismo cambio de ropa de la mañana.

Fue a la cocina y abrió el refrigerador, lo único que tenía eran botellas llenas de agua. Aún no hacía la despensa. Tomó una, agarró sus llaves, su placa, vistió su pistolera de pecho y se puso encima su chamarra rompevientos oscura con las siglas FBI en la espalda.

Afuera llovía a cántaros. Corrió hasta su auto. Ya adentro recibió la notificación de un mensaje de Stan, donde le enviaba la ubicación. El mapa le indicaba ir a una de las autopistas a las afueras de la ciudad, en específico una de las menos concurridas, cercana al bosque.

«¿Qué habrá sucedido? —pensó sacando el auto de la cochera».

***

Detuvo el vehículo en una de las curvas más empinadas de aquel monte lleno de tupidos árboles, hubiera continuado su camino si no fuera porque frente a él había cinta policial, autos de policía con sus luces encendidas y señalamientos de advertencia que tapaban la mitad de la carretera. Una clara señal de que ahí debía estar Stan.

Un par de policías con impermeables amarillos le indicaron que se detuviera y bajara la ventanilla.

—Disculpe, no puede pasar por aquí, por ahora es un área restringida —dijo el primero, se leía el nombre de David Rodríguez bordado en su pecho.

—Sí, es mejor que tome una vía alterna. Si regresa y toma la autopista número siete irá a la ciudad vecina, ¿hacia dónde se dirige? —dijo su compañero, un tal Gary Harrison, en una voz más jovial.

Kyle logró reconocerlos. Muy pocas veces habló con ellos en el pasado y, al parecer, ellos no lo recordaban.

—Soy Kyle Broflovski, agente del FBI —mostró su insignia, la cual ellos tomaron y alumbraron con la linterna—. Stanley Marsh me pidió que viniera al sitio.

Ambos se miraron, confusos. No era algo común que en un asunto de la policía federal se viera involucrado alguien del FBI, más que nada por cuestión de territorios y poder político. El moreno se alejó unos momentos, después de decirle algo a su compañero en voz baja, para hablar por la radio de su camioneta. Probablemente con el fin de localizar a Stan y hacerle saber de su llegada.

—¿Cómo te ha ido en las fuerzas de élite, Kyle? Hace mucho que no te veíamos, no desde tu fiesta de despedida en la central —habló el rubio mostrando una sonrisa afable y regresando su identificación—. Me alegra ver que ya estás recuperado.

—Vaya, no creí que me reconocerían… Me ha ido bien, gracias —tamborileó los dedos en el volante—. Siempre ocupado y casi siempre viajando. ¿Cómo es que les está yendo?

—Con esta oscuridad y la lluvia la verdad es un poco difícil —se rascó la nuca y se acomodó el sombrero—. Nos ha ido bien, desde que Stanley se hizo jefe. Las cosas son un poco más movidas y-

—Espera —frunció el ceño—. ¿Stan se hizo jefe? ¿Desde cuándo? Creí que Cartman seguía siendo…

—¿No te lo dijeron? —de repente mostró una sonrisa nerviosa—. Rayos, lamento que te enteres de esta forma… Stanley se hizo jefe de policía hace casi un año, desde que Cartman renunció a las fuerzas.

—Oh, vaya, entonces tengo mucho con lo que ponerme al corriente. No te preocupes, Gary, está bien —respondió tranquilizando al rubio y dejando escapar el aire de su nariz.

Kyle no lo externó, pero sí quedó inquieto. Nomás no les hablaba por un año y esto era lo que sucedía, pasaron tantas cosas y, de todos modos, él tampoco se preocupó en estar al tanto de ellas.

«Por lo menos me hubieran invitado a la fiesta de ascenso de Stan… o incluso a la despedida de Cartman —sintió una puñalada en el corazón al pensarlo».

La vida los separó por distintas circunstancias.

La suya era porque deseaba tener más estabilidad. Ser un agente policíaco no le generaba la misma retribución que él esperaba y, muchas veces, se vio afectado psicológicamente por los casos en los que trabajó en su pasado. En especial por el último caso en el que estuvo involucrado y que lo dejó en el hospital por meses. Ser agente del FBI era más tranquilo, metódico; en cuanto le ofrecieron un puesto en esa red de inteligencia, no se lo pensó dos veces… No obstante, le sorprendía que Cartman también haya renunciado poco después de que él se fuera, según cómo Gary le acabó de contar. Él castaño nunca fue de los que renunciaba y menos cuando ambos fueron compañeros y resolvieron varios casos que terminaron en éxito.

—¿Te vas a ir, Khal? Já, como siempre los judíos terminan siendo los traidores.

—Déjame en paz, Cartman —habló lento, arrastrando las palabras, su voz ronca apenas salía de su lastimada garganta—. No quiero quedarme y morir como casi me sucede… Estoy cansado. Tú deberías hacer lo mismo, si tanto me criticas.

—Pues… —se removió en su asiento, visiblemente afectado. Se agachó al apoyarse en sus codos encima de sus muslos, pero mejor volvió a levantarse como si de repente hubiera tomado una decisión—. Muy bien. Vete. Al cabo que no te necesitamos. Solo eres un cobarde y marica.

Esa conversación tomó sentido ahora que la rememoraba.

—Disculpa, Kyle, por la espera. Puedes pasar —habló Gary—. Stanley te está esperando, te explicará todo lo que está pasando.

—Gracias.

Salió del auto y David Rodríguez le sirvió de guía, iluminando el camino con ayuda de su linterna. Bajaron con cuidado por un terraplén a un lado del camino, gracias a una soga que ataron al metal de las vallas que separaba la carretera de aquella reinante naturaleza. La tierra estaba resbalosa y los charcos de agua les dificultó el paso. Tanteando durante todo el tiempo el terreno y la oscuridad, ese sitio parecía imposible de penetrar. Kyle, en lo profundo de su pensamiento, se maldijo por no traer los zapatos adecuados para esta travesía, aunque tampoco su amigo le dijo nada al respecto con tal de ponerlo sobreaviso. Sus zapatos de vestir ya estaban hechos un asco y sus calcetines se impregnaron de lodo y hojas en su interior. Se sentía demasiado incómodo con los pies mojados. A este paso tendría que tirarlos y comprar otros. Lo único que agradecía era que la lluvia era menos intensa en esa parte del bosque, todo por las estrechas ramas de los árboles encima de sus cabezas.

Elementos policiales salieron de la escena, cada grupo que pasaba se le quedaba viendo con cara de pocos amigos y susurraban cosas entre ellos, en especial al ver que portaba su chamarra del FBI y la insignia en su cinturón. Eso lo mantuvo un poco incómodo durante todo el trayecto. A pesar de que la gran mayoría fue su compañero en el pasado, al parecer todos lo veían como un débil traidor.

Se adentraron unos diez metros al interior del bosque, sorteando arbustos, raíces de árboles y uno que otro agujero en la tierra. Hasta ese punto el camino ya estaba despejado y un par de luces enormes, como faros, iluminaban directamente la escena del crimen en un círculo. En medio de este estaba el cuerpo de la víctima, tapado por una lona oscura. Encima de sus cabezas, lo único que impedía que la lluvia mojara aún más el panorama era una lona azul atada de manera improvisada en tres árboles que estaban en derredor.

Los forenses guardaban sus cosas en sus maletines y pronto se llevarían el cuerpo. Stanley y Kenneth hablaban con dos de ellos cuando arribó.

—Kyle, justo a tiempo. Creí que ya te habías perdido —Stanley se despidió de la chica del traje blanco especial, diciéndole que leería los resultados de los análisis en cuanto estuvieran listos.

Kenny, sin embargo, se quedó hablando más cosas con el chico nuevo que ayudaba a los forenses. Un rubio de cicatriz en su ojo izquierdo, parecía conocerlo.

—No, sólo me retrasé un poco, eso es todo —respondió, después de que agradeció la ayuda de David y este se hubo ido.

Ambos estrecharon sus manos, pero se quedaron en esa postura durante unos largos segundos… Mirándose de forma incómoda. Sin saber si un abrazo sería lo adecuado por su situación actual o haría el momento más complicado de procesar.

—¡Kyle, amigo! Tanto tiempo sin vernos, ya creía que te mudaste de estado.

Kenneth llegó para salvar la situación. El pelirrojo se deshizo del agarre de Stan y estrechó la mano de su amigo para después abrazarlo y darle palmaditas en la espalda.

—Entonces, ¿qué es lo que sucede? ¿Para qué necesitan mi ayuda?

—Bueno… —Kenneth se rascó la nuca y le indicó al pelinegro en un gesto de cabeza que él le explicara. No estaba en sus manos que fuera él el que le diera la noticia.

—Primero necesito que veas algo.

Se agacharon junto al cuerpo, Stan sacó un par de guantes de látex que guardaba en el bolsillo de su chamarra oscura de policía, levantó la lona y debajo un chico, probablemente en la mitad de sus veinte, se dejó ver.

Estaba pálido, su piel y músculos por el rigor mortis ya se tornaba blanquecina y rígida. Algunas partes de sus muñecas y rostro presentaban hematomas; signos evidentes de lucha. Su cabello era castaño claro, tirando a rubio, y unas bolsas debajo de las cuencas de sus ojos hacían ver lo que probablemente eran sus problemas de sueño de cuando aún vivía. Su rostro estaba impávido, sus ojos miel miraban un punto lejano en el cielo, su boca quedó entreabierta, como si hubiera querido decir algo antes de morir. A su lado había una jeringa tirada y demás cosas cerca de su mano, quizá su principal causa de muerte. Una liga bien apretada también se encontraba en su brazo derecho.

Parecía la imagen del típico drogadicto, de los problemáticos además, debido a los golpes y los materiales ahí tirados a su alrededor.

—Parece una sobredosis —aseguró Kyle.

—Eso mismo pensamos los dos —dijo a ambos compañeros suyos, alternando la mirada entre Kyle y Kenny.

El pelirrojo casi arquea la ceja en un gesto de “¿es en serio?, ¿solo para esto me hicieron venir?”, pero supo que ese no era el caso. Lo creería de Cartman, si es que siguiera en las fuerzas, no de Stanley ni de Kenneth. Había algo más ahí, algo que se le escapaba.

—Pero no luce como un yonqui, te lo aseguro… —apuntó Kenny y eso lo sabía muy bien por el entorno en que le tocó crecer cuando era niño. Después de todo es hijo de padres drogadictos.

—¿Qué quieres decir? —cuestionó Kyle.

—Es que, míralo, amigo. Su camisa de cuadros está perfectamente planchada, su pantalón es Levis (buena marca, por cierto) y aún conserva su cinturón…

—¿Y?

—¿Cómo que “y”? El cinturón es lo primero que usas para hacer de torniquete si deseas drogarte, todo el mundo lo sabe.

—Pues yo no…

—Además, también están los golpes —añadió Stan al darle un codazo a Kyle para que prestara atención. Señaló la mejilla y levantó levemente el brazo del chico. Ahí había marcas más evidentes de una mano que lo sujetó con demasiada fuerza—. Alguien quiso que se hiciera pasar por sobredosis, pero en realidad fue un asesinato.

Ese detalle hizo que un recuerdo algo lejano surgiera en su cabeza. En una especie de déjàvu. Entonces se dio cuenta del escenario. El bosque, las plantas, el círculo perfectamente trazado donde tres árboles en específico rodeaban el cuerpo.

—¿Saben la identidad de la víctima? —tragó saliva al pensar en esta familiaridad, pero… ¿En dónde fue que la había sentido?

—Por ahora no estamos seguros. No encontramos nada junto al cuerpo. Una pareja que iba de regreso a casa con su perro aseguró que solo estaba el cuerpo. No había mochila o cartera cerca —suspiró Stan.

—También intentamos peinar la zona, por si acaso encontrábamos sus pertenencias, pero la lluvia y la oscuridad lo complicó todo —mencionó Kenny.

—Probablemente tengan que hacer una ficha con las características del chico para difundirlo en la población y así sepamos quién es… —sugirió Kyle al incorporarse.

Stan volvió a cubrir el cuerpo cuando llegaron los que iban a llevárselo. Stan entonces le pidió a Kyle que lo acompañara en lo que Kenneth supervisaba al equipo forense.

Cuando estuvieron de nuevo en la carretera Kyle se encontraba algo intranquilo. La escena, a pesar de que no le causó gran impresión, la sintió demasiado familiar.

—También lo notaste, ¿no? —habló Stan como si le leyera el pensamiento.

—Sí. Hay algo extraño, sentí que ya lo había visto antes.

—Pues no te equivocas —posó la mano en su hombro—. Ven, dame un aventón a la central, de seguro te refrescaré la memoria.

—¿Qué hay de Kenny?

Preguntó aquello cuando arrancó el auto y fue de reversa para tomar el camino a la autopista central.

Aún no amanecía.

—Kenneth tiene las llaves de la camioneta, se tardará un poco más en volver.

Quedaron en silencio durante algunos minutos después de aquella respuesta. Quizá durante un kilómetro entero. Solo el motor del auto, el ruido de las ruedas al pasar por las curvas de la carretera y la lluvia se escuchaba en ese tenso ambiente, de vez en cuando también transitaba algún carro o camioneta de civiles o incluso uno que otro vehículo de policía que rompía la monotonía de la carretera.

Kyle exhaló el aire que contenía. Desde hace un rato que quería soltarse a hablar. Ponerse al corriente de lo que ocurrió con sus amigos en todo ese tiempo, pero le era bastante difícil hacerlo y más cuando Stan parecía reacio a hablarle de otras cosas que no fueran de este reciente caso. Formular la pregunta que le carcomía la cabeza desde que habló con Gary le costó un buen tiempo.

—¿Desde cuándo eres jefe, Stan? —soltó por fin.

El pelinegro no contestó al instante, seguía mirando por la ventana las tinieblas del monte.

—Desde que Cartman se fue —respondió sin mucho ánimo.

—¿Y desde cuándo Cartman se fue?

—Desde que tú te fuiste, ¿sí? ¿Estás contento? —dijo esto en un tono elevado de voz. En un enojo contenido—. Lo siento… Yo —posó su dedo índice y pulgar en el puente de su nariz—. Es que aún no puedo superar… Aún no puedo superar que me haya enterado que te ibas el mismo día que saliste del hospital, amigo.

El pelirrojo recordó aquella vez y un dolor fantasma volvió a él. Tocó su cuello con las yemas de sus dedos y solo sintió la tela rasposa del suéter. Rememoró cómo casi termina muerto por un criminal que le disparó cuando estaban en plena persecución y captura. De hecho, una cicatriz en forma de estrella en su garganta era el recordatorio diario de lo que fue su último fracaso en las fuerzas.

—Creí que seguiríamos siendo un equipo. Los cuatro juntos, como lo prometimos en la Academia… Ni siquiera me contaste tus inquietudes o tus miedos, se supone que éramos mejores amigos, hermano.

—Perdón, Stan, yo… En realidad todo pasó tan rápido —suspiró. Apretó el volante entre sus manos—. Si te soy sincero, ya no estaba a gusto. Desde hace tiempo que quería salir, les iba a decir a todos, pero entonces me hirieron, casi moría y, bueno, entre mi rehabilitación, mi nuevo trabajo y mi renuncia, las cosas sucedieron sin que me diera cuenta. Apenas hace unos meses que pude hablar con normalidad.

Volvieron a un silencio sepulcral. Kyle encendió la radio, en un intento de tranquilizar las aguas. Una música de jazz suave sonaba en la estación.

—Sé que así fue, lo siento. Ya no tiene sentido discutirlo —recargó su cabeza en el asiento, aunque aún lucía molesto ya estaba más tranquilo—. Y, ¿cómo es que te va ahí?

—Hasta eso bien —asintió—. Es más cómodo. Estoy en el área de logística e inteligencia así que no lidio mucho con los criminales.

—Bien por ti.

Llegaron a los límites de la ciudad, un letrero en verde fosforescente les dio la bienvenida, adentrándose cada vez más a la civilización.

—¿Qué sucedió con Cartman?

Stan parpadeó un par de veces, como si traer a colación su nombre le sorprendiera o ya no lo recordara.

—Después de que te fuiste renunció. Nunca nos quiso decir por qué motivo o razón, ni siquiera a Kenny que sigue en comunicación con él.

Kyle chasqueó la lengua.

—Ese gordo… Me sorprende de su parte. Me restregó en la cara que algún día sería el jefe de la CIA o del FBI.

—Já, ya quisiera —bufó—. Solo supe que se mudó a otro estado y creo que funge como detective privado.

—¿Detective privado? ¿Él? —contuvo una risotada—. Ni soñando.

—Te lo aseguro —sonrió de lado—. Yo tampoco le creí a Kenny cuando me lo dijo.

***

En la central las cosas estaban bastante movidas. Algunos oficiales se acercaban a Stan para informarle de ciertos temas y que dirigiera casos en los que trabajaban. En cuanto estuvieron en su oficina privada, cerró las persianas y encendió la lámpara de la mesita.

—¿Qué es lo que ibas a decirme del caso?

Se sentó en la silla frente al escritorio de su amigo.

—De eso quiero hablar, ahora que ya estamos aquí —se agachó para sacar de los cajones del escritorio un grueso expediente que deslizó en la mesa—. Creo que te parece familiar porque es un caso que trabajamos antes… Más bien, son varios.

Kyle frunció el ceño por esto dicho y abrió la carpeta. Ahí los datos de distintos casos y víctimas, en su mayoría masculinas, que murieron a causa de una sobredosis y fueron descubiertos en lugares cercanos a un bosque o parque, siempre rodeados de árboles. En las fotografías la escena parecía ser la misma que la que acabaron de dejar hace una hora.

—Reuní todos los casos que pude recordar y los que presentaban una característica en común.

—El escenario, los árboles…

—Así es, pero también está la manera en que murieron. Aunque algunos no presentan golpes, presentan la misma causa de muerte y casi en la misma posición. Observando el cielo.

—Es un patrón —levantó la vista, sus ojos verdes temblaron levemente al pensarlo—. ¿Cómo es que no pudimos verlo?

—Sí, podría ser así. Casi todos los casos aparecen sin resolver y no los trabajamos nosotros, solo el último… El de hace un año, en el que Cartman estuvo a cargo cuando era jefe.

Las memorias llegaron a Kyle como una marejada que lo golpeaba contra las rocas y al final un solo nombre apareció en su cabeza.

—Trent Boyett —susurró al recordar cómo él le disparó de muerte y era el culpable de que ahora usara cuello de tortuga—. Pero, entonces, estamos ante un imitador, ¿no? Eso explicaría porque salió una nueva víctima después de meses. Se supone que él está en la cárcel.

—Sí, lo sabemos, él sigue ahí —afirmó—. Kenny me lo confirmó por mensaje hace unos minutos, pero, Kyle… Estamos ante algo gordo, es sumamente serio discutirlo. No puede ser un imitador.

—¿Cómo estás tan seguro?

Exhaló el aire de su nariz. Volvió a agacharse para sacar de otro cajón cuatro bolsas de plástico bien selladas y se las tendió a Kyle, cada una de ellas presentaba una etiqueta pegada al frente con las fechas y características del objeto. Este las revisó con detenimiento. En sus interiores había una cruz de madera con un lazo; todos eran la misma evidencia. Era un collar.

—Uno de esos collares estaba en la escena del crimen de hoy y también hace un año del que atribuimos que Boyett asesinó; el yonki de rastas que creímos que mató por un ajuste de cuentas. Trent usaba el mismo collar y por eso es que Cartman y nosotros asumimos que fue él.

Kyle frunció el ceño y chasqueó la lengua al oír esta información que era nueva para él, a pesar de haber pasado un año de lo ocurrido. Él nunca vio esta clase de evidencia ni la especulación que Stan le mencionaba. Todo este tiempo creyó que Boyett fue llevado a la cárcel por casi matar a un oficial de policía y por presuntamente conspirar para asesinar a su compañero de drogas.

—¿Por qué nunca me enteré de esto? No sabía este detalle.

—Fue cuando Boyett te disparó. Terminaste en el hospital y tuvimos que trabajar sin ti. Esa evidencia surgió después cuando Cartman volvió a visitar la escena; solo nosotros tres lo sabíamos. Lo encontró enterrado en el perímetro del cuerpo y creyó que Boyett lo dejó como su firma.

“En un impulso por querer hallar a un culpable, dejamos que la ira nos cegara.

Kyle intentó volver a tragar saliva, no obstante, su garganta ya estaba seca, igual que un cuero de animal que ponen a secar al sol. Un estremecimiento invadió su cuerpo al entender lo que significaba.

—Durante un año, un hombre “inocente” ha estado en la cárcel —terminó de decir Stan cuando se recargó en su silla giratoria—. Y nosotros somos los culpables.

—Entonces… Hay un asesino en serie —afirmó, cerrando la carpeta.

—Exacto —asintió.

Esa sí que sería una larga noche.

~ʘ~

Cartman siguió al Nissan Versa color negro por la ciudad. Iba muy por detrás, a cuatro carros de distancia, durante todo el tiempo procuró no hacerse notar, ni siquiera ser visto y menos que supiera que lo estaba vigilando.

Cuando el vehículo oscuro dio vuelta a la izquierda en dirección a ese edificio tan lujoso y exclusivo de la élite, el hotel Ryus, él hizo lo mismo.  Desde hace tiempo que investigaba a ese hombre, su nombre era Douglas, y era uno de los matones más importantes de ese bajo mundo, ya que tenía contacto con los mafiosos y contrabandistas más renombrados de la ciudad. Cartman estaba ahí para fingir que quería ser uno de sus clientes, pero solo para poder ganarse su confianza y adentrarse a esa red; por lo que esta podría ser su única oportunidad.

Cuando aparcó, le dio las llaves al chico que fungía de valet parking y se adentró al vestíbulo.

Vestido de traje rojo, portando el reloj más caro que pudo encontrar, joyas (tanto gruesos anillos como collares), y bien peinado, se hizo pasar por un hombre rico que se reuniría con él. Adentro el hotel ostentaba de lujos y esplendor, tal y como su informante le mencionó un día antes. Candelabros de oro y de cristal colgados en los techos altos, brillantes por la luz de la tarde que entraba por los amplios ventanales de la entrada; plantas exóticas de la mayor variedad ubicadas en macetas a los alrededores; y una fuente de tres pisos en medio de todo, la cual daba paso a unas escaleras enormes, alfombradas de rojo con dorado en las orillas. En ese lugar solo los mejores clientes, que en su mayoría ganaban seis cifras al año, llegaban a registrarse y a reunirse con los de su misma calaña.

Analizó todo con detenimiento. En medio estaba la recepción, a su lado derecho una cafetería-restaurante y a su izquierda un bar; en este último sitio era donde estaba Douglas, sentado en una de las mesas. Hablando por teléfono y tomando una bebida roja en un vaso. Apenas había gente, solo un par de mesas estaban ocupadas.

Se cercioró de que tuviera bien puesta su pistolera, la cual estaba oculta por debajo de su sobretodo rojo en su costado izquierdo. Ahí su fiel arma una Glock 17 de 9 milímetros, esperaba paciente a ser usada. La única arma que conservó de cuando aún pertenecía a las fuerzas.

Fue así que se adentró a concretar su plan.

***

Las cosas no salieron como esperaba.

Cartman se ocultó detrás de la barra, donde botellas de alcohol rotas por las balas derramaban su preciado líquido en el piso entarimado de madera. Ahí el barman, un chico pelinegro de rasgos asiáticos, agarraba su dolorido hombro. Una bala perdida le dio e intentaba parar la hemorragia en lo que arribaba la ayuda de la policía y la ambulancia. Eric tuvo que aplicarle los primeros auxilios al llorón de Kevin Stoley (según le leyó en su gafete) y le tendió una tela rasgada de su sobretodo para que hiciera presión en la herida.

El chico hipaba en ratos, creyendo que iba a morir.

—Deja de lloriquear, chico, no te vas a morir. No mientras esté aquí —susurró de manera severa, en un modo de tranquilizarlo.

Con arma en mano, hizo ademán de levantar su cabeza, pero al instante otra ráfaga de balas voló en su dirección. Vidrios salían volando por doquier y el líquido de los tequilas y vinos empapó su fino traje.

«Mierda, estos trapos me costaron una fortuna —se quejó internamente».

—¡¿Qué pasa, señor Diamond?! ¡¿Tiene miedo de morir?! O, ¿acaso ese no es su verdadero nombre?

Se carcajeó Douglas.

Al asomarse por un lado, a través de la puertecita donde entraba el barman, solo observó los cuerpos de los dos policías que también iban en cubierto. La pareja de tontos que le arruinó el plan e hizo que se armara un tiroteo improvisado en ese lugar. Uno de ellos yacía muerto encima de una de las mesas, mientras el otro estaba inconsciente por un golpe en su sien que ya le sangraba. Casi podía alcanzarlo si estiraba la mano, pero con Douglas ahí disparando como un demente era imposible hacerlo.

Los coches patrulla ya se escuchaban en la lejanía, probablemente estaban a un par de manzanas de distancia.

—Maldición.

Escuchó que Douglas masculló aquellas palabras para sí mismo y salió corriendo.

—¡Oye, marica! ¡Vuelve aquí!

Cartman salió de un salto de su escondite, siguiéndolo por detrás. El matón ya estaba por salir por las puertas de entrada cuando alguien, surgiendo del interior de la recepción, donde las mujeres y los empleados se escondían, lo agarró y lo jaló de sus ropas. Douglas disparó al aire de manera inconsciente, esperando darle a quien sea que lo haya detenido. Sin embargo, el hombre desconocido ante esto se abalanzó sobre él para quitarle el arma y tirarlo al piso alfombrado. Lo retuvo lo mejor que pudo al situar sus manos detrás de la espalda y poner su rodilla como ancla para que no huyera. Cuando Eric llegó a ellos para ayudar a sostenerlo y apresarlo, se sorprendió de ver quién fue el que lo detuvo.

—¡¿Kyle?! Pero- ¡pero ¿qué mierda haces aquí?!

—¡¿Qué no es obvio?! ¡Te estoy ayudando!

Los autos de policía se detuvieron en la calle frente al hotel. Todo había terminado.

***

—No, no tienes derecho, arruinaste mi persecución y mi caso. No irás a mi casa, judío estúpido.

Ya iban en el auto del castaño, un Honda híbrido del año, de regreso a lo que era su hogar y oficina de trabajo. Kyle se coló en el vehículo a pesar de las negativas y quejas de su compañero, aunque lo hacía con el fin de poder hablar a solas sobre lo que ocurría en Denver con Stanley y el caso del asesino en serie. No obstante, debía admitir que también lo hacía para ver cómo vivía Eric. Tampoco pudo evitar investigarlo por cualquier medio posible… Saber dónde vivía, con quién y conocer a profundidad sobre el caso en el que estaba trabajando en el momento.

—Ay, por favor, Cartman —se cruzó de brazos—. Si no intervenía hubiera huido, ¡casi asesina a dos personas! ¿Habrías podido vivir con eso?

Cartman no respondió. Apretó la mandíbula.

—A éstas alturas creí que ya no te interesaba saber nada de mí… ¿Por qué estás aquí? ¿Eh?

Fue lo único que se le ocurrió decir cuando aparcaron en el estacionamiento subterráneo de un edificio de departamentos lujosos, lugar donde él vivía, y salió del auto sin siquiera esperar alguna contestación.

Kyle, exasperado por aquella actitud tan tosca, salió de igual forma y corrió hasta el elevador donde Cartman ya se había metido, justo antes de que cerraran las puertas.

—Hasta hace pocos meses apenas pude hablar con normalidad —respondió a la pregunta cuando ya iban por el tercer piso—. No eres el único con el que corté toda comunicación, Cartman. No me reclames por cosas que estuvieron fuera de mi control, en especial por este año de mierda en que ni siquiera tú o los otros dos pendejos se preocuparon por ver cómo estaba.

El castaño evitó mirarlo durante todo el ascenso. Odiaba admitir que Kyle tenía razón.

—Entonces, gracias por externar tus explicaciones y resentimientos pasados hacia mi persona, pero sigo con la misma duda. ¿Para qué viniste?

Ya iban por el pasillo y se detuvieron en una puerta con el número 56 grabado en ella.

—Te lo contaré todo cuando estemos adentro. Además apestas a alcohol —se cubrió la nariz.

—Ahora para molestia tuya mejor me quedaré así bañado en alcohol hasta que me lo digas —sonrió de lado.

La llave electrónica les permitió pasar al apartamento.

Este era bastante amplio, más de lo que creyó Kyle que se encontraría. Solamente entrar, después de un breve pasillo, a su derecha estaba la cocina y comedor, muy bien equipada y construida de puro mármol negro y madera blanca; al bajar un par de peldaños estaba la sala, conformada por cuatro sillones rojos, frente a esta se encontraba un amplio ventanal, el cual dejaba ver gran parte de la ciudad y sus rascacielos. A la derecha podía verse el estudio a través de la puerta abierta y al fondo a la izquierda se encontraba otro pasillo con un par de puertas cerradas, una al fondo y otra al costado izquierdo. Kyle se permitió especular que quizás aquellas habitaciones serían la de Cartman y el baño.

Eric se quitó el sobretodo, lo enrolló y lo arrojó hasta sabe qué sitio dentro de la casa. De todos modos, ya no le servía y estaba hecho un asco. Tomó una lata de cerveza de su refrigerador y se deshizo del agarre de la corbata. Por fin llegó hasta su sofá donde se desparramó.

—Ahora sí, ya estamos aquí. ¿Qué es lo que sucede? ¿Qué no te encontrabas trabajando ahora para la CIA?

—Es el FBI, Cartman —ladeó los ojos—. ¿Y qué? ¿No me vas a invitar algo?, aunque sea un vaso de agua…

—Oye, en primera, tú eres el que vino de improviso —señaló—. En segunda, aquí no hay nada que te guste, si quieres hurga entre mis bebidas o agarra agua de la llave que es lo único que habrá para ti.

Kyle fue a regañadientes a la cocina y, efectivamente, las bebidas del castaño no eran de su agrado. Aún inconforme, pero sediento, tomó un largo trago de agua de la llave, después de servirse.

—Veo que… Te está yendo bastante bien —dejó el vaso en el fregadero volviendo al lado de Eric.

Aunque esta vez se sentó en el otro largo sillón mediano a su izquierda.

—Sí. Me va mejor que cuando estuve en las fuerzas —tomó un trago al decirlo—. Me di cuenta de que la gente paga mejor en esta clase de negocio.

—Bien por ti, entonces —bufó.

—¿Ya me lo dirás? ¿O pretenderás alargar la plática para quedarte a dormir conmigo?

Kyle carraspeó, un leve rubor invadió sus mejillas.

—Claro que no. Solo quiero saber cómo… Cómo te está yendo, eso es todo —respondió, sincero—. Apenas ayer me enteré que ya no eras jefe de policía y Stan era el nuevo desde hace casi un año.

—Já, el hippie siendo jefe… Siempre me dio gracia que él fuera el mejor candidato después de mí. ¿Y qué hace? ¿Reparte flores y amor y paz a los criminales o salva animales de las calles?

Kyle no evitó reír.

—Hasta eso que no lo sé… —negó—. Era verdad lo que te decía de que no hablé con nadie hasta apenas ayer.

—Uy, qué triste tu situación, ni siquiera hablabas con tu dizque mejor amigo de la Academia —tomó otro trago y sacudió la lata. Aún tenía la mitad.

Kyle puso los ojos en blanco.

—En realidad, Stan me llamó… —agarró aire por la nariz antes de empezar la discusión, conocía tan bien al castaño que entendía que esto se saldría de control. Ahora odiaba haberle aceptado este favor a Stan de hablar con Eric y ponerlo al tanto de la situación—. Es sobre el último caso que trabajamos juntos, el de Trent Boyett.

Cartman pareció quedarse petrificado en su asiento y abrió ligeramente los ojos con algo de sorpresa, pero al instante se compuso al tomar una actitud pedante y engreída. 

—¿Por qué traen a colación de nuevo ese caso? Está en la cárcel ese estúpido contrabandista, ¿que no? —se cruzó de brazos y piernas.

—Sí, Cartman, pero-

—Entonces, no haré caso si no es nada de importancia. Cuando gustes puedes salir por la puerta —se levantó yendo con dirección a su estudio.

—¡Cartman! ¡Espera, culón! Deja de alejarte y escúchame —lo tomó del brazo antes de que siquiera alcanzara a cerrar la puerta en sus narices.

—Nah, no quiero oír nada, es un caso que ya hice y ya está hecho —sentenció.

—¡Trent no fue el culpable! —gritó al tomarlo de los hombros.

—¿Qué mierda es lo que me estás diciendo?

Eric frunció el ceño al escucharlo.

—Una nueva víctima surgió y, no, no es un imitador —respondió cuando vio que el castaño ya lo iba a interrumpir—. El asesino sigue suelto, Cartman. No lo hemos capturado.

***

Se hizo la noche. Eric estaba solo en el comedor en un aire taciturno y lleno de pesimismo. Revisó cada carpeta, leyó cada reporte e informe y analizó la evidencia disponible que Kyle trajo consigo desde Denver. Ahí dispuestas en la mesa, igual que un enorme collage, contempló todo ese panorama. Los collares, las fotografías de los cuerpos de las víctimas anteriores y el reciente cuerpo encontrado en el bosque; para su mala suerte y enojo interno, todo parecía encajar con la teoría de que Boyett no era el asesino.

Para el colmo de sus males.

—Qué puta mierda —escupió cada palabra al situar su dedo índice y pulgar en el puente de su nariz.

—¿Y bien? ¿Ahora me crees? —habló Kyle entrando por la puerta, cargando las bolsas de plástico con la cena que pidieron.

Comida judía que solo el pelirrojo podía comer y de la que él pocas veces había probado. Después de todo Kyle fue el que la pidió e invitó.

—Detesto tener que decirlo, pero el hippie tiene razón —tomó uno de los collares—. Esto parece obra del asesino original.

—Es tarde, hay que guardar todo esto y comamos —sacó los platos de las alacenas y situó la comida en la mesa—. Mañana pensaremos qué investigar cuando volvamos a Denver.

—¿Qué? ¿Volver? —contestó, guardando toda la evidencia en la caja de archivo.

—¿Que no piensas resolverlo? —Frunció el ceño—. Culón, un hombre inocente terminó en la cárcel….

—Ay, Khal, ¿inocente? ¿En serio? —Casi tiró la caja a un lado al oír la respuesta, para él tonta—. No me hagas reír. ¿El mismo que casi te mató y con toda una vida criminal de trabajar para los carteles de droga? —bufó.

—Sabes a lo que me refiero… —Puso sus manos en jarras—. Le sentenciaron más años de cárcel, todo por un crímen que no cometió.

—Ay, aquí vamos —ladeó los ojos. Sacó los vasos y los cubiertos. Abrió cada paquete desechable hasta hallar el falafel, lo único bueno y típico de esa comida que le gustaba—. Lo mejor es dejar esto como está…

—¡¿Dejarás que haya más víctimas?!

Kyle hizo lo mismo y sirvió su propio plato, una ensalada de simanim con patas de pollo bañadas en miel.

—¡Este ya no es mi problema! —golpeó la mesa con las palmas extendidas. Los cubiertos y los platos se sacudieron—. Ninguno de los dos está en las fuerzas, Khal. Admítelo, esto ya no nos incumbe. Si Stan no puede verlo, de verdad es un estúpido que no puede resolver sus propios casos.

—Stan no es el único estúpido aquí —masculló—. ¿En serio lo dejarás de lado? ¿Así como lo hiciste conmigo en el último año?

—Por favor, Khal, no insistas en eso —le dio la espalda para lavarse las manos.

—¿Por qué no? Tengo derecho a saberlo, ¡Cartman!

—¡Está bien! —Cerró la llave con brusquedad y se secó las manos—. ¡¿Qué quieres que te diga?! ¿Que salí de las fuerzas por la culpa que sentía? ¿Que pensé en ti en cada maldito minuto, segundo y día del año porque no me animaba a verte? ¿Que no pude protegerte del peligro al que te expusiste por salvar mi tonto pellejo?

Con cada oración dicha Cartman se acercó hasta que ambos estuvieron frente a frente. Kyle quedó perplejo ante sus palabras y el castaño evitó decir más al tapar su boca y desviar la vista.

—¿Crees que no sé por qué usas cuello de tortuga? —dijo en un hilo de voz al retroceder y recargarse en el respaldo de una silla—. Todo por mi maldita culpa —golpeó levemente su pecho con el puño.

Duraron unos momentos así, en silencio. La comida en la mesa se enfriaba y Kyle por fin entendió el porqué de tantas cosas.

Se acercó lento y lo abrazó por detrás.

—Eric, esto no es tu culpa. Esa fue mi decisión y de la que me enorgullece haber tomado en su momento —hizo que volteara a verlo y lo tomó de la mejilla. Se dio cuenta de que los ojos azules de Cartman se tornaron cristalinos.

—No me des esas tontas palabras de compasión —tomó su mano entre las suyas—. Es curioso que me llames por mi nombre… Nunca lo has hecho en todos estos años.

—Vamos, no seas terco. No es compasión. Es la verdad —lo miró con determinación—. Además, siempre te he dicho así, solo que nunca en voz alta —sonrió de lado—. Ahora vamos, que la comida se-

Cartman lo detuvo y de manera lenta acercó su mano hasta el rostro de Kyle. Este último se sonrojó al contacto. De a poco Eric bajó hasta el cuello del suéter y desdobló la prenda para ver mejor la cicatriz. La causa de que él se sintiera culpable hasta el día de hoy por no haber podido protegerlo y de que saliera de las fuerzas al no haber cumplido esa simple labor.

Kyle se estremeció al sentir el tacto de las yemas rasposas. La piel en esa zona era muy delgada y quedó demasiado sensible, la sentía extraña.

Le causaba un conflicto interno tanto mostrarla como palparla a sí mismo en la intimidad; era el recordatorio de su propia vergüenza por no haber reaccionado lo suficientemente rápido para disparar a un criminal, pero también del orgullo por haber protegido a Cartman. Sintió que había algo distinto en el toque del robusto, este era gentil, suave, no era uno de curiosidad y morbosidad como lo había sentido con sus amigos o familia. No. Sino que era de auténtica preocupación y arrepentimiento. No tuvo el impulso ni el deseo de apartarlo en ese momento.

Entonces, de manera inesperada, sintió más de cerca su respiración y cómo sus labios se impregnaban en el costado de su garganta.

Un escalofrío placentero invadió su cuerpo, sus mejillas se tornaron carmesí. Los besos de Cartman tomaron intensidad conforme seguía tocándolo. La respiración del castaño era cada vez más cálida y percibía cómo su lengua recorría su piel.

—Ca-Cartman, de-detente —intentó apartarlo, pero el otro lo afianzó más entre sus brazos y esta vez se animó a besarlo.

Al principio los labios de Kyle se fruncieron ante la repentina acción, pero lentamente relajó su semblante y su cuerpo se dejó llevar. Duraron unos eternos segundos, compartiendo intimidad en ese ansiado beso, del que ninguno de los dos creyó que necesitaba. Solo experimentando sus propias respiraciones, sus propios alientos y la calidez que emanaban sus cuerpos ante este repentino jugueteo.

Se apartaron para tomar aire. Ambos recargaron sus frentes en ese tierno abrazo. Sin darse cuenta, Kyle terminó sentado encima de la mesa después de que Cartman lo cargara, en una parte donde no se manchó la ropa con los alimentos.

—Gracias, Khal, lo agradezco. Agradezco que hayas salvado mi pellejo —susurró en su oído.

—Fue un placer, culón —respondió al esconder su rostro en el cuello de Cartman.

En eso el teléfono de Kyle sonó en el bolsillo de su pantalón. Alertándolos.

—Agh, déjalo que suene y vámonos a mi habitación —mencionó, coqueto, sus cejas se movieron de arriba hacia abajo.

—No, espera, puede que sea Stan —bajó de la mesa suavemente—. Tú calienta de nuevo la comida, ya regreso.

Fue hasta la sala oscura y contestó. Observó todo el panorama nocturno por el ventanal. Los autos con sus luces encendidas pasando por las calles y la de los departamentos en los edificios cercanos.

Su cuello aún seguía caliente y sus ojos verdes estaban temblorosos y brillantes por recordar todas las sensaciones que experimentó en unos cortos momentos; la verdad no le habría molestado continuar así durante toda la noche.

—¿Diga?

—Hola, Kyle, tengo noticias. Por fin supimos la identidad de la víctima.

Se escuchaba mucho ruido del otro lado de la línea. Probablemente Stan estaba hablando de un teléfono público dentro de la central de policía.

—¿Quién era?

—Hicimos caso a tu sugerencia de hacer una ficha con las características del chico y su nombre era Thomas Johnson. Veinticinco años. Estudiante universitario y al parecer sufría de un síndrome llamado Tourette. Su madre nos contactó desde Phoenix y nos mencionó que se encontraba en Denver por un voluntariado.

—¿Posibles enemigos? ¿Algo con lo que podamos rastrear al asesino?

A Kyle le dio un poco de tristeza saber estos datos. La víctima era tan joven, casi de la edad de su hermano Ike. Y, rayos, saber que estaba por un voluntariado en la ciudad le removió algo en el estómago.

—No, no hay nada —negó—. El chico básicamente era una buena persona. Hacía voluntariado porque era parte de una organización que se dedica a difundir y dar conciencia sobre el síndrome de Tourette.

—¿En dónde fue que estaba haciendo el voluntariado?

—Fue a distintos sitios en la ciudad. A varias escuelas e incluso un par de centros comunitarios —suspiró al decirlo—. Habrá mucho que investigar. ¿Volverán mañana? Kenny y yo nos repartiremos las localizaciones para ir más rápido.

—Sí, seguro, amigo. Mañana estaremos-

Cartman le quitó el teléfono de la oreja.

—¡Oye, ¿qué estás?!

—Ey, hippie, no acepté este trabajo. Dime, ¿por qué es tan importante resolverlo ahora?

—Porque pueden haber más víctimas, Cartman. Una veintena quizás, del que ni siquiera sabemos desde cuándo comenzó.

—Aburrido… ¿Sólo eso tienes para convencerme?

—Creí que trabajar con Kyle sería lo suficiente para convencerte… —frunció el ceño.

Esta vez un evidente sonrojo invadió todo su rostro. Carraspeó.

—Admito que sí, Stan… Mañana iremos a resolver toda tu mierda, para que te prepares.

—Los estaré esperando. Solo no se desvelen.

—Já. Hasta crees.

~ʘ~

El local apenas tenía clientes, a pesar de sobrepasar el medio día.

Solo una pareja melosa invadía su sagrado territorio; manchando sus inmaculadas mesas, sonriendo frente a él como si nada, quizás burlándose de su apariencia, de su ropa, de su cabello, de sus manos; y rompiendo la armonía con sus horribles voces.

Un tic invadió su ojo al pensarlo y un estremecimiento de cabeza le indicó que ese no era el momento ni el lugar.

«No, no. Tienes que calmarte. Recuerda tu lugar feliz —respiró, inhalando y exhalando el aire de sus pulmones, tranquilizandose por sí mismo».

El café caliente salió de la máquina y él solo se enfocó en que no se le tirara ni una sola gota de la taza al servirlo en la bandeja. De pequeño siempre fue torpe, no por nada sus manos llenas de curitas y banditas eran el recordatorio diario de que se lastimaría cuando menos se diera cuenta si no tenía cuidado en todo lo que hacía. Un par de magdalenas decoradas con crema chantilly sabor vainilla que sacó del refrigerador del mostrador complementó mejor las bebidas.

La televisión encendida, dejó de pasar el programa que transmitían con normalidad y un corte informativo salió al aire. Una presentadora rubia y de abundantes rizos, de nombre Bárbara Stevens, estaba mirando directo a la cámara con papeles en mano. Comenzó a decir:

La identidad del cadáver localizado a las afueras de la autopista número 8, se dio a conocer ahora en la mañana cuando el jefe de policía y encargado del caso, Stanley Marsh, nos dio una breve entrevista.

Se trata de Thomas Johnson.

La foto del chico apareció en primer plano. La voz en off de la mujer seguía escuchándose y él no pudo más que quedarse petrificado con la bandeja en mano, a medio camino de ir hacia la mesa de sus clientes. Observó con detenimiento aquel rostro estático sonriente en la pantalla, sus ojos temblaron en sus cuencas al rememorar aquello.

Era un joven de veinticinco años que fue declarado como desaparecido dos días después de haber arribado a Denver para un voluntariado en la ciudad. La causa de muerte, según informes del equipo forense, se trató de una sobredosis, aunque la policía cree que se trata de un caso de asesinato.

Esta vez el video del jefe de la policía rodeado de camarógrafos y entrevistadores salió en pantalla.

—Aseguramos que este caso no quedará impune. Thomas era un joven que le fue arrebatada la vida de manera injusta. Esperamos dar con el culpable.

Volvió a aparecer la presentadora.

Esta fue su cápsula informativa de Buenos Días Denver. Seguiremos informando.

Su rostro cambió y se puso serio, las pupilas se dilataron en sus ojos. Dejó la bandeja en la mesa, mientras en su cuerpo los latidos de su corazón sonaban igual que un martillo en su cabeza. Rememorando todo lo que le hizo a ese chico y lo que volvería hacer si alguien más se acercaba a lo que era suyo.

***

Era la tarde del siguiente día cuando Kyle y Cartman salieron de aquella escuela pública. Fueron a la cuarta ubicación de las tantas en que Thomas fue a dar pláticas sobre lo que significaba ser un chico con Tourette; todo en un modo de generar conciencia a las personas, en especial a los más jóvenes. Aunque, hasta ahora, ninguno de los cuatro tuvo éxito.

Stanley y Kenneth se dirigieron a una parte de la ciudad y ellos a otra, repartiéndose las instituciones.

—Vaya. O ninguno lo recuerda o no saben si alguien más habló con él después de salir de su charla —Cartman cerró la puerta del conductor, Kyle hizo lo mismo a su lado—. La gente debería estar más atenta a su alrededor —volvió a quejarse poniéndose el cinturón y saliendo del estacionamiento—. Ya me estoy cansando de esta mierda. A este paso perderemos el rastro del asesino y volverá a esconderse en su madriguera.

—Quizás estamos buscando en la dirección equivocada. Es buena la idea de Stan y Kenny de querer abarcar todo, pero, como dices, el tiempo se nos irá en esto—respondió Kyle sacando sus notas del bolsillo de su chamarra.

—Wow, primera vez que me das la razón y dejas abajo al tonto de Stan. Creo que me está gustando esto de volver a trabajar juntos —lo tomó de la rodilla—. Es más, lo voy a llamar.

Inesperadamente Kyle no le apartó la mano, pero sí ladeó los ojos, divertido, al escucharlo. Continuó con sus especulaciones en lo que se dirigían a la siguiente ubicación puesta en el GPS.

—Hemos visitado escuelas y centros comunitarios, pero la mayoría de las pistas nos conducen a que el asesino es una persona religiosa o sigue algún tipo de religión.

“Las cruces, el número tres (simbolizado en los árboles) y la rara posición en que pone el cuerpo de sus víctimas como si estuvieran crucificados… Encaja perfectamente con algún loco obsesionado con la religión —sacó la lista de las ubicaciones oficiales, que el centro al que pertenecía Thomas les proporcionó de manera amable, y en ninguna de ellas salía alguna iglesia, institución religiosa o, que por lo menos, las escuelas en la lista fueran religiosas.

—¿Y qué hay con la droga con la que los mata? Eso no parece encajar —cuestionó Cartman—. ¿Un religioso matando de sobredosis? Ni soñando.

—No lo sé. Puede que sea lo que tenga más a la mano para asesinar… —frunció el ceño y ladeó la cabeza. Un gesto que siempre hacía cuando estaba confundido, cosa que al castaño no le pasó desapercibido.

«Carajo, se ve demasiado lindo cuando hace ese gesto —pensó y recordó lo de la noche anterior».

Eric se molestó un poco por no haber podido ir más allá con Kyle, pero este le negó el paso un par de veces. Antes habían tenido ese tipo de relación, donde solo se contentaban con liberar sus tensiones sexuales uno con el otro. Si no hubiera pasado lo de Trent Boyett, las cosas habrían resultado distintas para ellos, quizá habrían avanzado… Y él quería dar el siguiente paso.

—Creo que tenemos que tomar una nueva perspectiva…

Tomó su teléfono y marcó.

—Stan, ¿cómo les va?

—Nos las vemos negras, nadie sabe nada o no quiere decir nada.

Puso el altavoz.

—¿Y ustedes? —preguntó.

—Estamos igual, ninguna novedad —contestó Kyle.

—¿Qué crees, Stan? Kyle acaba de darme la razón y te llamó tonto —gritó desde su lado, sin dejar de mirar el camino.

—¿Qué?

Kyle codeó el costado del castaño.

—Solo le decía a Cartman que tu idea de visitar cada ubicación donde estuvo Thomas es buena, pero hay que tomar otra estrategia, sino el tiempo nos va a devorar a este paso y no encontraremos al culpable. La evidencia nos dice que el asesino probablemente es algún fanático religioso, tanto por los collares como por el número tres, que simbolizan los árboles, al situar los cadáveres de sus víctimas en el bosque.

Stanley quedó en silencio por unos momentos, unas voces amortiguadas se escucharon al fondo, parecía hablar con Kenny.

—Entonces, ¿crees que deberíamos ir a cada iglesia o comunidad religiosa? —cuestionó.

—Sí. Puede que Thomas haya ido a otro sitio, donde se topó con el que lo asesinó… Podemos incluso reducir la búsqueda a iglesias o comunidades cercanas al lugar en que encontramos el cuerpo —empezó a investigar todas las iglesias católicas de la ciudad. No eran pocas, pero tampoco eran muchas—. Si están de acuerdo puedo mandarles las distintas iglesias que encontré en el mapa.

—No, no te preocupes, Kenneth ya empezó a buscar. Me parece buena idea, Kyle. Si tenemos algo les avisaremos.

—Sí, suerte.

Ambos colgaron y Kyle señaló la primera ubicación en el GPS.

—Vaya, vaya, me encanta cuando eres el cerebro de la operación… —sonrió.

—Gracias, gordo —imitó el gesto—. A veces sí extraño esos días cuando éramos un equipo, aunque nunca me gustó que fueras el líder —se cruzó de brazos.

—Auch, Kyle —fingió que le dolía—. ¿Que no te gustaba que te mandara? Era el mejor líder de la central, admítelo.

—No es eso. El poder se te sube rápido —rió—. Hacías un buen trabajo, pero como siempre dejabas que te controlara.

—Me conformo con que haya hecho un buen trabajo… —se encogió de hombros.

Ambos quedaron en un largo silencio, no uno incómodo, pero a Cartman le invadía la duda.

—¿Te gustó lo de anoche?

Kyle volteó a verlo algo sorprendido.

—Digo —rectificó al sentir su mirada y un leve sonrojo se le alcanzó a notar en sus mejillas—, no lo discutimos anoche y quisiera saber…

Era cierto.

Después de esa breve tensión sexual no ocurrió nada más allá. Cenaron, cada quien se duchó y durmieron en lugares distintos; Kyle en el cuarto de Cartman y el castaño en el amplio sofá-cama de la sala de estar.

En realidad el pelirrojo no se atrevió a ir más allá a pesar de que Eric se lo sugirió un par de veces. Después de sus negativas el robusto pareció no insistir más.

Sin embargo, Kyle no entendía por qué dudó en seguir… Bueno, sí lo sabía, pero fue porque dudaba en que Eric fuera sincero con sus sentimientos y acciones.

En el pasado tuvieron un tipo de relación extraña, en el que, de vez en cuando, desquitaban sus impulsos sexuales uno con el otro, de manera agresiva por lo general. Creía que estaban volviendo a aquella rutina que le desagradaba y eso era lo que menos quería si solo estarían juntos por un par de días más. Solo quería olvidar el pasado, resolver el caso y seguir adelante.

Aunque, ahora, el contexto de ambos ya era distinto. Después de que él casi moría y Cartman salió de las fuerzas, entendieron que la vida era demasiado frágil y corta como para vivir siempre lastimándose. Y Kyle no olvidaba que esta vez Cartman lo trató distinto… Fue más suave, más gentil. Ver y, principalmente, sentir ese cambio tan drástico en su personalidad, fue sorprendente para él.

—No me desagradó, aunque fue algo repentino —respondió sin verlo, solo fingiendo que veía el camino, pero en realidad observaba a Cartman conducir a través de la ventana del auto—. Me gustó mucho… —Tocó su cuello por encima del suéter, rememorando los labios de Cartman en él; su aliento cálido, su saliva y lengua recorriendo esa delicada zona y cómo su piel reaccionó al estremecerse por ese contacto tan placentero. Tragó saliva al pensarlo—. Nunca creí que fueras así y menos por cómo nos hemos llevado en el pasado.

—Bueno, sí, es que tú… —se interrumpió al no encontrar las palabras, de no saber cómo proseguir—. Siempre me gustaste, Kyle —soltó el aire que contenía, pareció quitarse una opresión en el pecho al decirlo abiertamente—. Las cosas no supe llevarlas de otra manera más que siendo un completo idiota calenturiento —respondió al situar la mano en su frente, recordando varias ocasiones en que lo maltrató—. ¿Qué dices si empezamos desde cero? ¿Qué dices si comenzamos juntos? No como antes… Si no como lo que sucedió ayer.

Kyle volvió a verlo. El perfil de Cartman lucía serio, determinado a cumplir esa promesa. Ya no era el Eric que conocía y eso lo tranquilizó.

—Está bien, Eric. Comencemos desde cero —sonrió al tomarlo de su mano libre.

***

Estaba por atardecer cuando se pararon frente a la iglesia de aquella parroquia católica. Curiosamente cercano, a unos tres kilómetros, donde encontraron a Thomas. La autopista principal lograba observarse desde ese sitio.

—¿Crees que nos reciban? En las anteriores iglesias los padres apenas y nos respondieron al interrogatorio —cuestionó Kyle al bajar del auto.

—Yo digo que sí y, si no, usaremos tu influencia como agente del FBI —señaló.

—Ah, ahora sí lo dices bien —dijo en un tono de ironía.

—Solo cuando nos sirve este tipo de autoridad. Si tan solo no me hubiera salido de las fuerzas, habría hecho valer mi propia autoridad como jefe… —mencionó al poner sus manos en jarras y ver la fachada de piedra de cantera de la iglesia.

—Vamos, culón, deja de lloriquear. Entremos.

Adentro se llevaba a cabo una misa. Parecía ir a la mitad.

—Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz —comenzó a recitar el padre. Todas las personas en las bancas estaban hincadas y agachaban la cabeza. La luz del sol que entraba a través de los vitrales de colores daba un aire más místico y de solemnidad a la celebración—. Dando gracias te bendijo y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomen y beban todos de él. Porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será entregada por ustedes y por muchos, para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía.

El padre, de cabello oscuro, ojos olivos y mirada taciturna, levantó el cáliz en el altar y un par de niños, que Kyle intuyó eran monaguillos, hicieron sonar unas campanas de oro que portaban en sus manos. Los feligreses agacharon más su cabeza, mientras rezaban cosas que para él le eran ininteligibles. El padre se hincó y después de unos segundos volvió a ponerse en pie.

—Este es el sacramento de nuestra fe.

La gente respondió a la oración. Sin embargo, Cartman se cansó de esperar y le interrumpió seguir contemplando la escena.

—Vamos a la notaría, a ver si otro padre nos puede atender, esto va para largo —tomó del brazo a Kyle, llevándoselo consigo.

***

—¿Thomas? Sí, lo conozco. Es un amigo mío desde que estuve dando clases en el seminario. Él fue uno de mis alumnos —respondió a la pregunta en lo que se quitaba la casulla color verde al dejarlo en uno de los roperos de la habitación, dejando a la vista su sotana oscura y poniéndose un chullo de color azul en su cabeza—. ¿Para qué lo buscan?

Tuvieron que esperar a que el sacerdote, llamado Craig Tucker, terminara de dar la misa. La mujer de la notaría les dijo que no habría otro disponible más que él, ya que el otro padre, de nombre Scott Malkinson, estaba ocupado en otra iglesia realizando confesiones.

Kyle y Cartman se miraron confundidos, que hablara de Thomas en tiempo presente se les hizo algo sospechoso.

—¿Le sucedió algo?

Su tono de voz se elevó al ver sus expresiones, mas su rostro seguía impávido. 

—Padre… —empezó a decir Kyle en el tono más suave posible—. Thomas fue encontrado muerto en una autopista cercana a este lugar, creemos que fue asesinado, ya que murió por una sobredosis.

—¿Fue asesinado? ¿Sobredosis? —Se llevó su mano a la frente, visiblemente afectado por la noticia, se sentó en una de las sillas cercanas—. Es imposible, Thomas no consumía ninguna droga…

—¿Cuándo fue que lo vio por última vez? —Esta vez fue el turno de Cartman de hacer la pregunta.

—Hace tres días… Dijo que estaba de paso y por eso vino a verme. Lo dejé en la parada del autobús, antes de irme a casa.

Ambos volvieron a mirarse, esta vez con las cejas arqueadas y haciendo cálculos en su cabeza.

—¿Qué sucede?

—Bueno, con esta nueva información que nos está proporcionando… Usted es la última persona que lo vio con vida, padre Tucker —habló Kyle un poco más serio—. Según los reportes forenses, hace exactamente tres días que encontramos el cuerpo del chico.

—Tendrá que acompañarnos a la central para el interrogatorio —prosiguió en decir Cartman.

—Claro —asintió—. Espero ayudarles en lo que pueda.

Subieron a Craig en el auto, en la parte trasera, y el robusto encendió el motor. Kyle se quedó al último, hablando por teléfono con Stan al recargarse en la cajuela del auto. Según le dijeron, ellos también encontraron información relacionada con los collares en forma de cruces, pero tardarían más de lo previsto en volver a la central, así que le devolverán la llamada en un rato más para estar al tanto.

Después de colgar, se dio cuenta de que calle abajo una persona los observaba… Era el único parado en medio de la calle. Un hombre rubio y de cabellos alborotados. Su expresión… Esta no alcanzaba a discernirla y menos por el contraste de las luces y sombras del atardecer.

—¡¿Ya, judío?! ¡No tenemos todo el día! —accionó el claxon, haciendo que Kyle respingara.

—¡Ya voy, Cartman! ¡Deja de apresurarme! —Negó con la cabeza, molesto, y golpeando de paso una de las llantas del auto—. Por Moises…

Cuando el auto arrancó lejos de su vista. Espasmos más intensos no solo invadieron su cabeza, sino también su cuerpo, haciéndolo temblar constantemente. Parecidos a estertores que solo un muerto en vida puede hacer.

«¿A dónde se lo lleva? ¿Quién es ese? —Sus pupilas se encogieron de nuevo y se hizo daño con sus propias uñas al encajarlas en las palmas de sus manos—. ¡¿Por qué siempre tocan lo que es mío?!».

***

El padre Craig esperaba de forma paciente dentro de aquel cuarto que funcionaba como de  interrogatorios. Parecía rezar, mientras recargaba su boca en sus dedos entrelazados y sus ojos cerrados. A través de la ventana espejo, Kyle y Cartman lo observaban; lo hacían esperar, en una estrategia de romper aquella fachada tranquila del hombre. También era un modo de aprovechar y esperar a Stan y Kenny, pero estos seguían sin dar señales de vida.

—Me estoy cansando de esperar… Voy a entrar —dijo Cartman a punto de abrir la puerta, cargando la caja de evidencias.

—Espera, ¿de verdad crees que él es el asesino? —Lo detuvo del brazo.

—No lo sé… —Dudó al dar un vistazo al padre. Seguía en la misma posición—. Pero me parece sospechoso que ni siquiera haya sabido de su desaparición hasta ahora que lo visitamos. Fue noticia nacional, por Dios.

—Eso también me parece raro, pero quizás no lo sea. Se nota que le tiene un aprecio especial a Thomas —le apretó levemente el brazo al robusto y dejó escapar el aire por la nariz—. Ve primero. Me contactaré con Stan para ver si lo que encontró incrimina al padre o prueba algo de su inocencia.

—Bien…

—Cuento contigo, culón —le palmeó la espalda.

—Claro que sí, judío —bufó, en un aire de suficiencia—. Soy el mejor interrogador de la historia. Ya verás.

Abrió la puerta. Ante el rechinido, el padre Craig levantó la vista y se persignó cuando vio a Cartman entrar.

Ahí dentro, el silencio reinaba en la pequeña habitación. Igual que un confesionario se atrevería a pensar.

Kyle hizo lo suyo al salir a hablar con Stan, esperaba que ahora sí le contestara.

—Buenas noches, padre. Perdone la demora —situó la caja en el suelo y su teléfono en la mesa, empezó entonces la grabación. Después de leerle sus derechos y continuar con el protocolo de la policía, prosiguió—: Tuve que hacer algunos informes…

—No hay cuidado, estoy aquí por mi propia voluntad —afirmó sin chistar.

—Seguro que sí —asintió fingiendo una sonrisa y siguió con su speech—. Créame, padre, que me gustaría ayudarlo, se ve que es una buena persona y fiel a su congregación en la iglesia… Pero, se me hace un poco complicado creer lo que nos dijo a mi y a mi compañero.

“¿Cómo es que no supo de la muerte de Thomas hasta hoy? ¿Que acaso es un ermitaño para ni siquiera leer o escuchar las noticias?

La mandíbula de Craig se tensó. Cartman dio en el clavo con la pregunta. La mirada del pelinegro parecía esconder algo de culpa en sus ojos verde olivo.

—Estuve en un encierro espiritual —contestó por fin.

—¿Desde que dejó a Thomas en la parada del autobús? Me es difícil creerlo… —Tamborileó los dedos en la mesa—. ¿Alguien puede corroborarlo?

Craig dejó escapar el aire de la nariz y se cruzó de brazos.

—Lamentablemente no. Lo hice de manera voluntaria, a modo de penitencia.

—¿Penitencia? ¿Qué clase de penitencia es esa? ¿Hay alguna culpa que lo carcomía por dentro, padre?

—Lo siento, no puedo decirlo —negó, sus ojos se tornaron más severos.

—Claro… Entonces, espero que esto le refresque la memoria.

Empezó a sacar las fotografías de la caja.

***

Stanley levantó el teléfono a la cuarta timbrada.

—Por fin contestan —dijo, ya exasperado.

—Lo siento, Kyle, estamos atascados en el tráfico y mi teléfono se apagó brevemente.

—Tenemos al padre, Cartman lo está interrogando. ¿Qué es lo que encontraron con respecto a las cruces?

—Bueno, las cruces parecen ser de un centro de recuperación para drogadictos. Un hombre los estaba vendiendo en una parada de semáforo y nos llevó hasta ahí… —se escuchó en el fondo el pitido de los carros y cómo Kenny les gritaba incoherencias—. ¡Cállate, Kenny! ¡Necesito silencio! —Calló al rubio que al parecer le tocó conducir, y continuó—: Los mismos residentes los realizan para venderlos y es un modo de sustento. Tanto para la comida como para el mantenimiento de sus instalaciones… Obviamente hay gente que dona, pero este tipo de artesanías sirve más que nada para mantenerlos alejados de los vicios, en un modo de generarles un empleo. Según nos dijo la fundadora.

—Puede que el asesino sea un residente o ex-residente —suspiró—. ¿Cómo se llama la fundación?

Estaban cerca de encontrarlo.

—Exacto. Tendremos que preguntarle al padre al respecto, parece ser la única conexión que hay con Thomas y el asesino. El lugar se llama Manos de Esperanza.

—Bien, anotado. Les diré si hay noticias. Gracias, chicos.

***

Las fotos estaban frente a Craig. Cada una colocada estratégicamente por Cartman para que el padre los reconociera. Para sorpresa del castaño, el padre del chullo azul pareció reaccionar a cada una de ellas. Las analizaba y de a poco su rostro se contrajo en una de miedo al reconocer cada rostro. 

—¿De dónde sacó estas imágenes? —cuestionó, aturdido.

—Son las víctimas. SUS víctimas —apuntó.

—¿Qué es lo que dice? —frunció el ceño, confundido.

—Admítalo, padre, los reconoce… —Canturreó al señalar las fotos—. Debería ya de confesar todos sus pecados.

—¿Por qué insinúa que lo hice?

—¿Por qué se ve afectado con solo verlas? —Contraatacó—. No solo reaccionó con Thomas, sino también con esta chica de nombre Tammy y con este otro de nombre Philip. Todos asesinados en distintas fechas, pero casi en los mismos lugares y el mismo modus, ¿que acaso tiene un fetiche?

—¡Yo no los asesiné! —Golpeó la mesa con uno de sus puños.

—Nadie está insinuando eso —levantó ambas manos, al ver que ya lo estaba rompiendo—. ¿De dónde los conoce?

Kyle arribó justo a tiempo para observar cómo transcurría toda la situación.

—Conviví con ellos… Cada uno en distintos años de mi vida. A Tammy la conocí cuando ingresé al seminario; Thomas fue mi alumno, pero abandonó su idea de ser padre y mejor se enfocó en sus estudios… Philip, él estuvo en un centro en el que estuve dando mi servicio antes de concluir mis estudios de Diácono. A ninguno los veía desde hace años.

—Vaya, es demasiado conveniente —bufó, irónico.

—Es la verdad —contrajo el ceño.

—Pues, yo creo que la VERDAD, padre, es algo que nosotros tendremos que poner en tela de juicio —se cruzó de brazos.

Kyle tocó la puerta. La señal de que Cartman debía salir.

—Permítame —sonrió—. Probablemente ya está el café. Así que lo dejaré solo para que reflexione.

Cerró la puerta detrás de sí.

—¿Y bien? ¿Qué sucedió? ¿Por fin te contestaron los dos pendejos?

—Los collares de cruz son de un centro de rehabilitación para drogadictos. Los residentes las venden para pagar la comida y ciertos gastos, probablemente alguien de ahí es el asesino.

—Pero, entonces, ¿qué pinta el padre en todo esto? Parece reconocer a cada víctima de las fotos, tiene que haber participado en los asesinatos.

—O conoce al asesino.

Ambos se miraron con el ceño fruncido. Cartman situó su dedo índice y pulgar en el puente de su nariz, caminando de un lado a otro.

—Parece ser sincero en la parte en que dice que no los ha visto desde hace años —se cruzó de brazos, viendo al padre tomando la fotografía del cadáver de Thomas.

—Ay, por favor, Kyle. No le veas el lado bueno ahora…

—Pues tampoco te vayas como gorda en tobogán, culón. Si no pasará lo mismo que con lo de Trent.

Eric chasqueó la lengua y restregó su rostro con su mano, visiblemente frustrado.

—Bien. Bien. Está bien, tú ganas —puso la mano en su cadera—. ¿Qué hacemos?

—Pregúntale sobre la institución, su nombre es Manos de Esperanza. Cuestiónale los años en los que estuvo y a las personas que conoció, además de que mencione si no tendrá alguna lista de sus contactos. Solo así podremos registrar sus cosas.

Eric asintió, determinado de impresionar a Kyle con sus habilidades, y volvió al ruedo.

—¿Y el café? —dijo Craig de manera irónica cuando lo vio entrar.

—Sigue frío, padre. No sabía que era fan de esa bebida.

El pelinegro bufó.

—No sabe nada de mí —desvió la vista.

—Bien, padre, no se enoje. Ya casi terminamos —volvió a sentarse—. Solo dígame una cosa, ¿conoce algo llamado Manos de Esperanza?

Craig arqueó la ceja al escuchar el nombre, dudoso. Pero pareció acordarse después de ver el techo por un par de segundos como si su color oscuro le iluminara la mente.

—Sí, lo conozco. Di mi servicio ahí cuando era diácono.

—¿Desde qué años? ¿Alguno coincide con las fechas vistas en estas fotografías? —Sacó más evidencia e incluso las bolsas con las cruces.

Craig se permitió ver cada imagen. Por lo menos unas cinco personas, incluyendo a Thomas, fueron los que conoció en esos años y terminaron siendo víctimas del asesino desconocido.

—Sí, sí… Fue durante este período de tiempo —dijo después de acomodar las fotos por orden, según el recuerdo de sus años de estudio y cómo conoció a cada uno—, y, las cruces… —Tomó una bolsa con la evidencia, viéndola detenidamente con algo de nostalgia e incluso de una horrible culpa en su interior. Enterarse que a causa suya, por su simple existencia, alguien asesinó a quienes fueron sus amigos o conocidos le carcomía la conciencia—. Incluso yo realicé algunos collares para que las usaran o las vendieran. Algunos eran ex-drogadictos o drogadictos que estaban en proceso de rehabilitarse.

—Bueno, padre Tucker, ahí está la cosa —entrelazó sus dedos y se inclinó aún más en la mesa—. Con esto dicho, necesitamos que nos proporcione el contacto de cada persona que conoce o conoció dentro de este centro… Con ello, daremos por fin con el asesino de Thomas y de todos los que se encuentran en esta mesa. ¿Nos ayudará?

—Sí, seguro. En mi hogar debo de tener alguna libreta o agenda con esa información —asintió, aunque su semblante cambió abruptamente. Ahora sus ojos olivo emanaron enojo, ira—. Yo también quiero saber quién es.

La expresión de ira del padre era más fría de lo que Cartman esperó, se sintió sinceramente intrigado de cómo los hechos se desarrollarían de ahora en adelante.

***

Kyle estacionó su carro en esa casa encima de la loma. Desde el inicio el camino empedrado fue difícil de traspasar; estuvo empinado, lleno de vegetación, y cuando la lluvia arreció apenas pudo ver debido a la penumbra de la noche, incluso con las luces encendidas del vehículo.

Sacó su teléfono y marcó de nuevo a Cartman.

Hubo problemas con respecto a que el padre Craig saliera de la estación de policía, ya que, al ser el último que vio con vida a Thomas y era el principal sospechoso del caso. No podía salir hasta que cumpliera un debido proceso. Papeleo y burocracia, más que nada.

—¿Hola, Cartman? Ya estoy aquí —intentó mirar la casa a través de los sendos ríos que se formaban en la ventana de su auto.

Lucía igual que una casa embrujada, grande y de madera, como las casas de campo. Solo lograba ver un par de luces encendidas en el segundo piso y afuera el jardín estaba oscuro. No sabía qué tanta distancia debía recorrer para llegar a la puerta de entrada. Por suerte, el padre Tucker le proporcionó las llaves. Aunque, según les dijo, esa no era su casa, sino que una familia de la parroquia se la prestaba a los padres, sacerdotes y diáconos que realizaban sus labores en la comunidad.

—¡Maldita sea, Stan! ¡¿Crees que tenemos todo el tiempo del mundo?!

—¡Tú lo interrogaste, así que te toca hacer el papeleo!

—Maldición…

Escuchó la voz de Cartman un poco en la lejanía, al parecer al contestar alejó el teléfono de la repentina discusión.

—¿Sí? ¿Hola? —se puso el celular en el hombro y así escribir mejor el informe.

—Oye, Eric, ya estoy aquí. Pásame al padre Tucker para que me diga dónde está lo de sus contactos.

—Ya voy —contestó, aún molesto, pero se calmó al escuchar que Kyle lo llamó por su primer nombre.

—¿Sí? —la voz nasal y profunda profunda del padre era inconfundible.

—Padre Tucker, ya estoy aquí. Aún no entro a su casa, pero ¿dónde fue que me dijo que se encontraba su estudio?

—En el segundo piso. Es la primera habitación subiendo las escaleras. El cuaderno probablemente estará entre mis cajones o en los libreros.

—Gracias —apagó el motor del auto y puso el freno de mano, se preparó para salir—. Disculpe, ¿dejó las luces encendidas?

Este detalle dejó a Craig confundido. Desde hace tres días que no estaba en casa y, según lo que recordaba, no dejó ni siquiera la llave del gas abierta. Tampoco la señora de la limpieza hizo su visita en esos días.

—Rayos, se cortó —dijo Kyle antes de colgar, creyendo que el silencio de Craig era a causa de la interferencia con la tormenta.

—¡No! ¡Espere!

—¿Qué? ¿Qué sucede, padre? —cuestionó Kenny en lo que Cartman y Stan se devanaban los sesos en el papeleo.

—Tienen que ir con Kyle, hay alguien más en mi casa.

***

Salió del auto y corrió lo más rápido que pudo, empujando el pequeño cancel y el camino serpenteante del jardín hasta las escaleras del porche, pero la lluvia logró empaparlo más de lo que deseó.

«Mierda. Tendré que volverme a bañar, después de esto —sacudió sus ropas y los zapatos en el felpudo».

Metió la llave en la cerradura y se dio con la sorpresa de que la puerta no estaba cerrada. Esta se abrió fácilmente, en realidad solo la empujó con el movimiento.

El rechinido tétrico lo recibió.

«Qué… Extraño —arqueó la ceja al pensarlo. Un sentimiento de cautela invadió todo su ser».

Intentó encender la luz de la entrada, pero el apagador no reaccionó. No funcionaba. Ninguno en la casa en realidad. La electricidad se fue convenientemente en toda esa área… ¿Habrá sido por la repentina tormenta?

De igual forma, las luces que vio encendidas del segundo piso, ya no lo estaban.

—Mierda… —masculló al sacar el arma de la pistolera de su pecho y poniendo la linterna de su teléfono en uno de sus bolsillos delanteros de la chamarra.

«Hay alguien más aquí».

Un rayo, seguido de un trueno se oyó en la lejanía, por las montañas. Toda la casa se iluminó gracias a este fenómeno.

Analizó toda la escena en milisegundos.

Las escaleras estaban frente a él. El comedor a su izquierda y la cocina al fondo, a la derecha la sala y al fondo de ésta un pasillo oscuro, el cual probablemente daba al patio trasero.

Levantó el arma entre sus manos, andando lento al subir cada escalón. La madera, debajo de la alfombra vieja, crujía con cada paso que daba. Un par de ocasiones se detuvo con tal de intentar escuchar algo… Algo que le diera indicio de dónde se encontraba el intruso o si en realidad había uno. Sin embargo, no percibía nada fuera de lo común. Solo el ruido de la lluvia al caer en el techo de la casa; los truenos que hacían cimbrar la tierra en la lejanía y el sonido de su respiración al inhalar y exhalar el aire de sus pulmones, en medio de su agitado corazón.

Desde hace tiempo que no sentía este nivel de tensión. No desde que estuvo en peligro la vida de Cartman; cuando falló el tiro de gracia y tuvo que actuar rápido para interponerse en el camino de esa bala que casi mataba al castaño.

Aunque, ahora, todo era distinto. No sabía si se encontraría cara a cara con el asesino. No conocían sus intenciones, sus propósitos y por qué asesinaba de aquel modo a sus víctimas… Y, lo peor, es que estaba solo. La ayuda tardaría en llegar.

«Maldición, ¿qué hago? ¿Vuelvo y espero refuerzos? De seguro Cartman y los demás ya vienen en camino… —Caviló para sí, preocupado de pensar que se metió a la boca del lobo sin planearlo».

Cuando acabó de subir las escaleras se topó con un largo pasillo que, en total tenía cuatro habitaciones, solo tres tenían las puertas cerradas. El haz de luz de su celular le permitió ver de una mejor manera el entorno. Al final se encontraba una ventana semiabierta, sus cortinas se agitaban debido al viento y a la tormenta de afuera.

A su derecha, efectivamente, estaba el estudio del padre Tucker. El umbral abierto dejaba ver de una mejor manera el escritorio y los libreros dentro de la estancia.

Al parecer todo fue una falsa alarma.

Guardó de nuevo su pistola.

No obstante, cuando entró a la habitación y comenzó a buscar en un librero contiguo, unos ojos brillantes; frenéticos por la obsesión, los celos enloquecidos y la locura, lo observaban, ocultos detrás de la puerta abierta del estudio.

***

Él siempre entraba a la casa fácilmente. El padre Tucker a veces era descuidado y se olvidaba de que debajo del felpudo se encontraban las llaves de repuesto.

Esta vez no lo encontró en casa. Ni siquiera dormido en el sofá o sentado en el patio trasero leyendo la biblia y estudiando sus sermones.

Se jaló un par de mechones de su cabello al pensar que no regresaba desde que aquel hombre pelirrojo se lo llevó a sabe qué sitio. Lejos de su vista y de lo que era su área habitual.

Un ligero espasmo invadió su cabeza y evitó hacerse daño al permitirse recorrer la casa. En un modo de tranquilizarse. Muchas veces tocar las cosas del padre u oler y abrazar sus sotanas y ropas de misa (incluso dormir con ellas) lo hacían sentir reconfortado, en sus más bajas crisis de ansiedad y de inminente locura.

Últimamente éstas últimas las tenía seguido.

Sabía que estaba mal lo que hacía. Todas esas personas, todos los que alguna vez fueron sus compañeros en ese centro…

Sin embargo, las lagunas mentales en su cabeza eran tantas que, desde hace tiempo, se rindió de hacer algo para detenerse.

Conoció al padre Tucker cuando este era un joven de secundaria y él era un simple niño de primaria; solo, abandonado y maltratado por sus padres que lo único que les obsesionaba era encontrar la fórmula perfecta con tal de vender su preciado café. Muchas veces la heroína y distintos tipos de drogas eran sus principales ingredientes.

Craig fue el chico que lo hacía olvidar sus tristes penas en aquella casa de locos. De olvidarse por un momento de cómo sus padres todos los días lo hacían consumir o inyectarse aquellos químicos que alteraron su infante cerebro de forma irreversible.

Lo adoraba tanto… Lo amaba tanto.

Si Craig hubiera esperado a que él creciera y se hubieran casado como él se lo prometió cuando tenía ocho. Su vida hubiera sido tan distinta… Tan feliz… Tan buena…

Pero no.

Ver el altar en el pasillo lo sacó de sus casillas. Las figuras de la virgen, la imagen de Cristo crucificado y los distintos santos; sus rostros se deformaban, derritiéndose frente a él, como si las llamas del infierno mismo causaran ese fenómeno que solo él podía contemplar. Todos lo juzgaban, lo castigaban, lo hacían sentir atrapado, asfixiado.

De repente fue como si no pudiera respirar. Su corazón se estrujó en su pecho.

«¡¿Por qué tenía que enfocarse en la religión?! ¡¿Qué mi amor no era suficiente y tuvo que buscar el de Dios?! ¡¿Por qué nunca me viste, Craig?! ¡¿Por qué nunca fui lo suficiente para ti?!».

Recordó flashbacks de todos a los que asesinó, de todos a los que les arrebató la vida y la esperanza, como lo hicieron con él durante toda su existencia.

Ellos eran los que lo alejaban del padre, su más preciado bien. Es por eso que lo hizo, que los desapareció de este mundo.

Corrió al piso de arriba. Trastabillando, cayendo y golpeándose en el proceso. Hasta entrar en el estudio y dejarse caer debajo del escritorio de Craig. Contrayendo sus piernas hasta el pecho dentro de ese cubículo y tapando fuertemente sus oídos con las palmas de sus manos llenas de cicatrices.

Las voces en su cabeza no lo dejaban en paz. Le gritaban que lo hiciera. Que destruyera todo a su paso y se llevara al padre lejos, donde nadie más los encontrara con vida.

Pero no podía hacer eso, no quería hacer eso. Craig era su única motivación, su bote salvavidas, si morían nunca volvería a verlo y su recuerdo se esfumaría igual que el incienso.

Gruesas lágrimas salieron de sus ojos temblorosos.

No supo cuánto tiempo estuvo en esa crisis. Cuando se dio cuenta la tormenta ya estaba ahí. Pensó irse, cansado de llorar y esperar a su amor. Pero decidió mejor encender las luces y sacar de nuevo el álbum de fotos que el padre guardaba en uno de los libreros.

Le gustaba verlo porque ahí estaba la única foto de los dos juntos.

Ambos tomados de la mano y acostados en el pasto observando las estrellas. En ese entonces el Craig de secundaria era fanático de las constelaciones, las estrellas y todo lo que tuviera que ver con el espacio. Él le enseñó, a su corta edad de nueve años, lo poco que sabía y entendía del universo. Ese era un recuerdo muy hermoso, quizás el primero y el último.

Abajo se leía la fecha y la letra del pelinegro que escribió en cursiva: Tweek Tweak y yo, descubriendo el firmamento.

Fue entonces que el ruido de alguien entrando a la casa lo sacó de su ensimismamiento. Apagó las luces y tiró el álbum lejos, sin importar cómo quedara en el proceso.

Se arrastró por la habitación hasta asomar su cabeza por el ventanal del estudio. Abajo vio el auto y reconoció que no era el del padre… No. Ese era el auto del hombre pelirrojo que se lo llevó en la tarde.

Su corazón volvió a latir y un par de espasmos en su cabeza lo llenaron de una rabia y un valor indescriptibles.

Él intruso estaba ahí. Él otro que planeaba llevarse a Craig lejos de su lado.

Sus pupilas se encogieron en sus cuencas y sacó de su pantalón aquella extraña jeringa llena de un líquido color dorado. Dio un par de golpecitos en el instrumento, checando su eficacia y la fórmula que logró perfeccionar con el tiempo.

Pensaba usarlo con el padre cuando este llegara, pero con este inesperado invasor… Esta vez le daría un mejor uso.

***

—¡¿Cómo que alguien entró a su casa?! —Preguntó, furioso, a Craig a su lado—. ¡Stan, ¿qué no puedes ir más rápido?! —Esta vez se dirigió al pelinegro, que se quedó parado por el tráfico.

—¡Ya voy, Cartman! Voy lo más rápido que puedo.

Los cuatro iban por la avenida principal de la ciudad, sorteando los autos, los semáforos y teniendo cuidado en no chocar con semejante diluvio. Stanley hacía lo mejor que podía en ir lo más rápido posible. Las sirenas del auto de policía por suerte les permitieron apartar a la gente un poco más rápido e ir a la ubicación en la que se encontraba Kyle.

—Me dijo que las luces de la casa estaban encendidas —explicó—. Cuando me fui al encierro dejé todo bajo llave, ni siquiera le pedí a la señora de la limpieza que entrara en mi ausencia.

—¡Mierda! —Gritó Stanley al frenar de golpe. Casi se estampaba contra el parachoques trasero de la camioneta de adelante. Hizo sonar el claxon por la desesperación.

—Más vale que solo sea un corto circuito… —masculló Eric.

***

Alguien se abalanzó detrás de Kyle, abrazándolo por detrás. Era más bajo que él, pero debido a la sorpresa ambos terminaron en el piso.

Forcejearon, pelearon. En el proceso se cayeron libros, retratos, un sillón y un par de lámparas resultaron rotas.

Entonces sintió una punzada, un piquete. En la cicatriz en su cuello y un líquido que recorría el interior de su garganta. Aquello le dolió como mil demonios.

Gritó de forma ahogada al ocultar su cuello con su mano.

Logró librarse de su agarre brevemente y se incorporó, buscando su arma o algo con lo que le permitiera defenderse en ese lugar oscuro. También su teléfono lo perdió en el proceso, ya no lo tenía consigo. No obstante, no pudo hacer mucho más porque un vértigo horrible lo invadió. Como si acabara de salir de un juego de feria, cayó de bruces. Sus piernas no le respondían y también sus manos le hormigueaban, de a poco perdiendo la movilidad.

«¿Qué es lo que me inyectó? ¿Qué me hizo?».

—¡Esto es lo que pasa cuando se meten con lo que es mío!

Le gritó una voz bastante aguda que al final lo noqueó al patearlo en la cabeza.

***

Los cuatro entraron a la casa oscura estrepitosamente con solo las linternas encendidas.

—¡Kyle! ¡Kyle!

Cartman fue el primero en subir por las escaleras junto con el padre Tucker y Stan y Kenny se encargaron de inspeccionar los pisos de abajo y el sótano. Sin embargo, ya no había nadie. Al parecer tenían poco de haberse ido.

El padre Craig encontró todo su estudio hecho un desastre. Cartman maldijo en voz alta al encontrar el teléfono del pelirrojo en el suelo con la luz de la linterna encendida y manchas de sangre en algunas partes lograban observarse en los muebles y en la alfombra.

—¡Mierda! ¡Maldición! —Pateó un libro que estaba por ahí

—Ya no están en la casa —habló Stanley jadeando por subir con prisa las escaleras.

—Tampoco están en el sótano o en el patio trasero —dijo Kenny llegando por detrás.

—¡El estúpido asesino se lo llevó! Estábamos tan cerca de tenerlo, maldición. Mataré a ese maldito en cuanto lo encuentre.

—Es crucial que nos apresuremos. Kyle aún puede que esté con vida.

—¡¿Cómo que “aún”?! —Tomó del cuello de la camisa a Stan—. ¡Todo es tu culpa, si no me hubieras entretenido con ese estúpido papeleo, nada de esto habría pasado!

Casi llegaban a los golpes. Eric tuvo la intención de darle un puñetazo, pero Kenneth fue más rápido y sostuvo al castaño por detrás, apartándolo de Stanley.

—¡Maldición Kenny! ¡Suéltame!

—¡Cálmate, gordo! —apenas podía contenerlo—. ¡Esto no ayudará a Kyle!

—Tiene razón. No lo hará.

Esta vez le tocó al padre intervenir.

Los tres se le quedaron viendo con confusión y sorpresa al escucharlo. Con la conmoción se les había olvidado que él seguía ahí.

—Es solo una corazonada, pero ya sé quién fue el que se llevó a su amigo.

Cuando arribaron al estudio, se le hizo extraño encontrar ese viejo álbum tirado y fuera de su lugar, como si alguien lo estuviera viendo antes de que la pelea se suscitara y dejara destrozos a su paso. Al levantarlo se dio con la sorpresa de encontrarlo abierto en aquella fotografía vieja donde estaba con el hijo de los Tweaks, observando las estrellas en el tiempo en que logró comprarse su primer telescopio.

Fue ahí que todo tuvo sentido.

Tweek fue un chico maltratado y fue alejado de sus padres por las autoridades a temprana edad debido a que le hacían consumir drogas. Y, de igual forma recordó, que estuvieron juntos un tiempo cuando trabajó en la fundación Manos de Esperanza; aunque en ese entonces ya no se hablaban como antes. Solo fueron cercanos cuando eran niños. Craig cuidaba de él y alejaba a sus bullies… Quizás por eso el rubio se obsesionó a tal punto con él; le agarró cariño, al solo demostrarle un poco de amor fraternal y comprensión. No obstante, todo eso tuvo su fin cuando él le perdió el rastro en cuanto se unió al seminario, a la edad de quince años.

Que él fuera el causante de todos aquellos asesinatos… Era difícil de creer. Porque eso significaba que mataba por él y para él. Reprimió un escalofrío al pensar en ello.

—Y creo que se lo llevó a este sitio —enseñó la fotografía donde salían los dos de niños en lo que parecía ser un claro en el interior del bosque.

Un lugar donde, en su tiempo, crecían flores silvestres y tres árboles pequeños.

—¿Dónde está eso? —cuestionó Stanley.

—Es un lugar que no he visitado en años, pero sé dónde está. No está muy lejos de aquí —respondió.

—¿Está convencido de que estarán ahí? —Esta vez fue el turno de Cartman de preguntarle, no estaba convencido.

—Tampoco quiero mentirles, no estoy seguro de ello —negó con algo de pesar—. Solo es una corazonada. Si Tweek lo secuestró, ese es uno de los lugares más probables de encontrarlo.

Eric chasqueó la lengua y se puso a pensar. Ojalá que el padre tuviera razón, ya que estaban a las afueras de la ciudad y todo ahí ya era bosque y carreteras. Prácticamente el asesino se lo pudo llevar a cualquier parte. No podían hacer más que seguir ese indicio o tardar más en pedir refuerzos y perros de rescate; lo cual no era factible en esos momentos si querían hallar a Kyle con vida.

—Cartman, tú y el padre Craig vayan a ese sitio —habló Stan—. Nosotros buscaremos en los alrededores y senderos cercanos. Esperemos que no estén demasiado lejos.

Ambos asintieron.

—Ten, gordo —Kenny sacó de su chamarra un par de walkie talkies y le tendió uno a Eric—. Nos servirán para la búsqueda. Cubriremos tu oeste y este.

—Gracias, Kenny.

Fue así que volvieron a salir. Cartman y el padre lideraron el camino de regreso en sus autos. El castaño en sus adentros esperaba que Kyle fuera lo suficiente duro de roer y peleara lo mejor que pudiera. No podría soportar perderlo definitivamente.

Tensó la mandíbula y apretó el volante entre sus manos al acelerar por esa carretera y adentrarse por un camino empedrado lleno de naturaleza. Arriba la luna dejó ver su brillantez cuando la lluvia paró de caer.

«Allá voy Kyle, ya casi llego. Aguanta lo mejor que puedas, judío».

***

Cuando despertó no sabía dónde estaba. Un par de gotas que cayeron en su rostro desde las ramas de aquellos árboles lo despertaron. Su visión seguía dando vueltas, sus ojos se cerraban como si tuviera un montón de sueño, pero hacía lo posible por estar despierto. Por estar consciente y seguir luchando. Sentía que se caía hacia los lados, a pesar de estar en el suelo y tener las manos atadas a la base del tronco.

A su lado percibió un bulto. Al abrir los ojos con dificultad se dio cuenta de que ahí estaba el chico, su posible verdugo en esos instantes. Sin embargo, no lucía como el asesino que él imaginó encontrarse. No. Este era solo un muchacho, de la posible edad de Thomas o un poco mayor. Estaba asustado. Se mordía la uña de su dedo pulgar y abrazaba sus piernas en esa posición fetal al recargarse junto a él. El rubio contemplaba el firmamento oscuro del cielo, donde las estrellas se veían con bastante claridad al estar lejos de la ciudad.

—Craig me trajo aquí cuando era niño —comenzó a decir cuando percibió que Kyle lo miraba. Un espasmo nervioso lo invadió—. Fue la primera vez que supe qué era una estrella y las constelaciones de nuestro sistema solar.

—¿Por eso…? —Formuló la pregunta, mas arrastraba las palabras—. ¿Por eso… los hacías ver a las estrellas?

Tweek asintió.

El recuerdo del cadáver de Thomas viendo el firmamento a través de los árboles ahora tenía una explicación. Lo último que vio antes de que Tweek lo asesinara.

—Son bonitas… Podían llevarse eso consigo antes de morir. El recuerdo de las estrellas —jaloneó su cabello—. Craig alguna vez dijo: polvo somos y en polvo nos convertiremos. Y creo que en ese polvo nos uniremos a las estrellas.

—¿Por qué? ¿Por… qué lo hacías?

El rostro de Tweek se contrajo en uno de ira. Mordió aún más su uña, haciéndola sangrar y tironeó su cabello de una forma más intensa.

—Ellos querían quitármelo… —Masculló, sin soltar el dedo de sus dientes—. Siempre burlándose de mí, alejándolo de mi lado. ¡Craig es mío!

Encaró a Kyle. Sus ojos estaban frenéticos, estaba loco, era un desquiciado.

—No buscaban… quitártelo —intentó razonar con él y hacer tiempo. Solo eso necesitaba para seguir con vida—. Pudiste… seguir con él a… pesar del tiempo.

—Tú también buscas quitármelo. ¡Eres un mentiroso! ¡Igual que todos! —se levantó de golpe—. ¡Y eso no lo voy a permitir!

Repentinamente dejó de temblar y una calma aterradora lo invadió. Ahora su semblante era distinto, se tornó serio, calculador. Sus ojos, Kyle alcanzó a notar que se dilataron en su mirada. Era extraño. Se transformó en otra persona de repente.

Tweek sacó el arma de adentro de la pistolera del pelirrojo y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—No lo hagas… chico —intentó despabilarse al agitar su cabeza y cerrar sus ojos fuertemente.

Sin embargo, aunque consiguiera despertar, sus piernas estaban dormidas y sus brazos los sentía ajenos de su cuerpo. Prácticamente estaba paralizado.

«Maldición, se me está acabando el tiempo —pensó, asustado—. Mierda, Cartman, ven pronto».

Fue entonces que observó la jeringa en la mano de Tweek. El instrumento con el que asesinaba a sus víctimas. La dosis de droga suficiente como para matar a una persona. Matarlo a él.

—Mis padres siempre inyectaban en los lugares que no se viera —mencionó el rubio. Su rostro era sombrío, sus ojos ya no poseían ninguna clase de brillo—. En los dedos de los pies era el lugar ideal o en el interior de los codos, pero también el cuello era una buena opción si querían que se confundiera con un piquete de mosquito. Además de que llega más rápido al cerebro —señaló el cuello de tortuga de Kyle en leves toques. Él se removió al contacto, lo sintió completamente desagradable—. Fue demasiado difícil hacerlo con Thomas, dio demasiada pelea… Veamos cómo es que usted trata de luchar.

Bajó el suéter y ladeó su cabeza fuertemente, sin darle oportunidad de resistirse.

—¡No! Déjame… —suplicó.

La jeringa estaba cada vez más cerca de su piel, de la cicatriz en forma de estrella. Kyle no pudo más que tensarse, cerrar los ojos y esperar su fin.

Entonces ocurrió un milagro y, aunque el pelirrojo no creyera en ellos, para él lo fue totalmente.

Se escuchó un disparo a la distancia y este le impactó directo en el brazo de Tweek, donde sostenía su aguja. En una puntería perfecta.

El rubio gritó de dolor, su brazo se dejó caer inutilizable a su lado, al igual que la jeringa. Su estado mental cambió a ser el mismo chico asustadizo, loco y ansioso que era cuando Kyle despertó. Tweek miró a la lejanía oscura, entre los árboles y los arbustos, buscando al culpable. Sus ojos rabiosos y frenéticos no dejaban de ver hacia todas partes.

—¡Tweek! ¡Ya basta!

Fue entonces que sus ojos se enfocaron en la figura del padre Tucker que iba hacia ellos. Al lado de él venía un hombre robusto de cabello castaño cargando un arma entre sus manos.

—¡Aléjate de mi pelirrojo, marica! ¡Es una orden!

Tweek se tranquilizó unos breves instantes al ver a Craig, pero en cuanto vio la figura de Cartman, sacó el arma del bolsillo y apuntó directamente a la cabeza de Kyle que intentaba mantener su cuello erguido.

—Cart-Cartman —sonrió Kyle.

—¡¿Qué le hiciste, loco de mierda?! —Gruñó Eric al ver cómo Kyle se encontraba atado y apenas despierto.

Ya iba a echar carrera contra él, pero Craig lo detuvo apenas. El castaño parecía un toro salvaje en esos momentos.

—Tweek, ya basta, déjalo ir. Estos hombres no te han hecho daño.

—¡Sí lo hicieron y lo están haciendo! ¡Me alejarán de ti, Craig! ¡Y eso es lo que menos quiero!

Sendas lágrimas salían de sus cuencas temblorosas. En su brazo ya goteaba toda su sangre, tiñendo las flores debajo de él de color carmesí.

—No, Tweek. Aún tienes salvación, aún puedes estar junto a mí —se llevó una mano al pecho y estrujó su sotana en ella—. Necesitas ayuda, amigo. Deja que nosotros lo hagamos…

Con esta distracción ambos se acercaban lentamente, sin que Tweek se diera cuenta, este seguía enfocado en ver y hablar con Craig.

—¡Sé lo que harán! —Gritó e hizo ademán de jalar el gatillo, cosa que enfureció a Cartman y tensó más al padre—. ¡Me encerrarán y me llevarán lejos! ¡Lo he visto tantas veces! ¡Lo he vivido tantas veces!

Tembló. Su cabeza estaba frenética, las voces le gritaban tantas cosas a la vez que apenas podía concentrarse.

¿Jalaría o no el gatillo? ¿Huir o matar? Aunque había una tercera opción más factible ahora. ¿Hacerle caso a Craig? ¿Estaba diciendo la verdad? ¿Cómo saberlo?

—Te visitaré, Tweek, en serio. Lo prometo —extendió su brazo e hizo el gesto de que fuera hacia él—. Ven, ven conmigo. Por favor, Tweek. Vámonos.

Tweek observó la mano extendida, anonadado de aquella gentileza, de aquella voz que lo trataba tan suave y no le recriminaba nada. Las voces de repente enmudecieron y sintió como si una claridad inmensa lo cegara. Ese era el gesto que siempre esperó obtener. Craig lo quería, de verdad lo hacía. Sin embargo, aunque quisiera tomar esa mano y afianzarse a ella con todas sus fuerzas, él ya no era digno, dejó de serlo hace mucho tiempo, y jamás podrían estar juntos como él esperaba obtener a cambio.

Jamás comerían en el mismo lugar, jamás hablarían con tranquilidad, jamás se tomarían de las manos ni se hablarían con apodos cariñosos. Tampoco habría noches caminando bajo la luna ni susurros llenos de amor en la oscuridad, en la intimidad de su habitación. Era algo imposible. Y apenas lo estaba aceptando; vaya ironía. Por eso era que se contentaba al verlo pasar frente a su cafetería, aunque no entrara, aunque no le hablara. Pero las voces en su cabeza y su deficiente salud mental lo hicieron perderse cada vez más en ese laberinto de obsesión. Ya no quería perderse más dentro de él… Ya no quería hacer o hacerse más daño.

—Gracias, Craig, por haberme enseñado las estrellas —sonrió.

Craig se conmovió muy en lo profundo de su ser al verlo sonreír de ese modo. Fue como si algo en el interior de su corazón se quebrara al verlo tan roto mental y físicamente. Si tan solo se hubiera fijado en él, las cosas no habrían resultado de este modo tan fatídico.

—Pero… Yo ya no tengo salvación.

Miró al cielo, observando las estrellas y una de sus constelaciones favoritas, la osa mayor. Ojalá haber sido normal y haber vivido una larga vida. ¿Será que en algún universo o en una estrella cercana ambos pudieran vivir juntos?

Un milisegundo después su brazo bueno llevó el arma hasta su sien.

—¡No! ¡Tweek! ¡Deten-!

Y disparó.

Cayó muerto en la pradera de ese claro de bosque. Murió observando las estrellas, en el lugar en que siempre quiso estar.

—Siempre estaremos juntos, ¿verdad, Craig? —cuestionó.

Sus ojos entre azules y dorados lucían hermosos a la luz de la luna.

—Obvio. Lo prometo —lo tomó de la mano y señaló el cielo—. Si no, sigamos el camino y nos encontraremos con las estrellas .

Una última lágrima recorrió su mejilla hasta caer en la tierra.

Craig corrió hasta su cadáver y lo abrazó fuertemente entre sus brazos. Estaba incrédulo, en shock de que Tweek lo haya hecho. Contenía todo lo que podía su llanto. Pegando más hacía sí su cuerpo aún caliente. Comprobó de manera triste que sus ojos comenzaban a tornarse cristalinos por la visita de la muerte.

—Por favor, Dios, protege su alma y sé misericordioso con él —susurró Craig, mirando el cielo.

Cartman se encargó de ir hacia Kyle y desatarlo. Le daba igual la muerte de aquel lunático, solo quería comprobar que su preciado pelirrojo estuviera bien. Se hincó y lo cargó en la tierra dándole ligeros golpes en la mejilla en lo que le hablaba. Acarició su rostro con suavidad al ver cómo una parte de su sien, cercano a su ojo, estaba tornándose morado. En el sitio donde lo pateó Tweek al noquearlo.

—Por favor, Khal, despierta. Vamos… —suplicó.

—Cartman, escuchamos detonaciones, ¿qué pasó? ¿dónde están? —dijo la voz de Kenny en ese tono robótico de la radio de su cinturón.

Tomó el aparato y se comunicó con ellos.

—Vuelvan al sendero principal y llamen a una ambulancia. Tengo a Kyle.

—Enterados.

—¿Eric?

El castaño volvió la vista y sonrió con esperanza al escuchar que logró despertar.

—Vaya, sí viniste —mencionó en un tono de ironía.

—Obvio que sí, judío estúpido —rió de alegría y un par de lagrimillas salieron de sus ojos. Tomó la mano de Kyle y besó su palma antes de situarla en su mejilla—. Es mi deber protegerte, ¿recuerdas?

—Ya… me lo debías —entrecerró los ojos.

Veía cada vez más borrosa la figura de Cartman.

—Yo siempre saldo mis cuentas —se limpió las lágrimas con el dorso de su mano,

—Ja, ja… solo porque te reclamé, gordo de…

Y volvió a quedar inconsciente.

Kyle ya podía descansar tranquilo. Se dejó llevar por la oscuridad. Ahora estaba en buenas manos.

~ʘ~

La blancura del hospital lo dejó cegado brevemente al despertar. La luz del sol entraba por las ventanas y el viento cálido movía las cortinas frente a él. A su lado sintió la mano del robusto que lo tomó y le apretó la mano.

—Por fin despiertas, judío holgazán.

Bufó y sonrió aún con los ojos cerrados.

Cartman se atrevió a besarlo suavemente y Kyle correspondió el gesto atrayendo hacía sí su rostro.

Ese fue el inicio de una segunda vida. Una en la que le gustaría continuar junto a Eric T. Cartman.