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Una ligera llovizna caía desde el cielo grisáceo, el cual ya daba paso a la noche, en sutiles gotas que apenas y se sentían entre los que caminaban por las calles lúgubres. Desde uno de los edificios destartalados de aquellos barrios bajos, Kyle Broflovski, salió del sitio donde se encontraba su hogar y se encaminó entre los callejones al sitio en que hacía sus negocios. No muy lejos de ahí. Iba con algo de tiempo, por lo que se permitió ir despacio, cavilando en sus propias reflexiones.
La niebla, proveniente de la bahía, ya desdibujaba todo a su paso y con ello los mendigos y las prostitutas salían de sus escondites, igual que alimañas en busca de alimento. La basura, restos de papeles viejos de periódicos y los olores fétidos de los vahos de las alcantarillas, invadieron con desagrado su vista y su nariz; elementos que nunca faltaban y eran el pan de cada día. Escondió su rostro aún más al subir las solapas de su gabardina verde oscura y bajando un poco más la vista de su sombrero, manteniendo así un perfil bajo. Debería acostumbrarse a ello, pero la verdad es que no podía y tampoco quería hacerlo.
Al ser el hijo mayor de inmigrantes judíos, las posibilidades de crecer o de alejarse de ese núcleo marginal fueron bastante reducidas. Sus opciones eran simples: obrero o contrabandista; como sabemos, la vida da muchas vueltas y él, a pesar de que buscó trabajar honradamente, eligió lo segundo en cuanto la vida lo empujó a ello. Todo con tal de mantener a su hermano menor a salvo. Más con la terrible crisis económica en que todo el país se sumió debido a la mentada guerra. Huyeron de ella cuando se cernió en aquellos lares lejanos, su antiguo hogar, creyendo que Estados Unidos de América sería un país seguro y lleno de oportunidades, pero la realidad les pegó demasiado duro.
—Hola, cariño, ¿te gustaría un rato de diversión? —dijo, al sujetarlo levemente del hombro.
Volteó la mirada. Era una de las fulanas de la calle. Una jovencita, probablemente no sobrepasaba los veinte años, de cabello castaño lleno de rizos. Su labial rojo y su piel pálida la hacían ver algo sensual, pero a la vez enfermiza a la luz amarillenta de las farolas. Detrás de su abrigo café, mugroso y seboso, un pronunciado escote rojo se dejó ver, en un intento de atraerlo. Sin embargo, Kyle no estaba de humor y tampoco tenía tiempo, el exceso de maquillaje en su rostro la hacía ver más demacrada y sus ojos y nariz irritados indicaban el probable consumo que necesitaba para seguir en esa clase de vida.
—Deberías seguir otro camino… Toma —le tendió una tarjeta, con la dirección de alguien quien probablemente le ayudaría—. Buena noche.
Levantó su sombrero a modo de despedida y siguió su camino. En todo el trayecto más mujeres salían de la oscuridad, hablándole y susurrándole, buscando algún encuentro con tal de pagar a su proxeneta y conseguir su posible única comida del día.
Se vio por fin aliviado del acoso cuando bajó por las sucias escaleras de un edificio no tan demacrado como el suyo. El sitio al que iba era muy específico, el cual se encontraba debajo de un letrero neón de color rojo, en él se leía: Bar Pulp.
El humo de los cigarros invadía el tugurio y un jazz lento sonaba por una banda de negros en una de las esquinas. El saxofón hacía la melodía más melancólica en aquella noche lluviosa y el piano lo complementaba bastante bien dando más aires de desesperanza. Apenas había gente en el lugar, solo los mismos hombres jugando poker, unos cuantos obreros y trabajadores de los barcos de la bahía y un par de mujeres que servían las bebidas.
—Lo de siempre, Tweek —dijo, en cuanto se sentó en la solitaria barra.
El hombre rubio y de cabellos alborotados asintió en un espasmo de cabeza.
—A la orden, agh.
Le deslizó un vaso lleno de whisky del que sorprendentemente el líquido no se derramó. Al instante en que llegó hasta su mano encendió un cigarrillo que guardaba en una de las cajetillas de su bolsillo. En espera de algo o de alguien, tampoco lo sabía muy bien. A veces ser un detective privado tenía sus altas y sus bajas en aquellos bajos mundos.
—¿Qué tal, señor K? ¿Todo bien?
Un hombre vestido de tirantes, camisa blanca, corbata naranja y pantalones de vestir de igual color, algo bombachos de los muslos, se sentó a su lado. Rubio y de ojo azul. El típico arquetipo de hombre americano promedio, pensó al verlo. Su saco naranja lo traía recogido en su brazo, al igual que su sombrero. Una cadena de oro se extendía desde el bolsillo del pantalón hasta la pinza que se agarraba del pecho de la camisa.
Kyle lo miró de soslayo, exhalando una calada por la nariz. Sus ropas le recordaron a cómo viste un dandy, un hombre rico, de la clase alta. Debía estar bastante perdido para acudir a esos lugares marginados de la ciudad, sin sufrir siquiera un rasguño.
No lo conocía. Tampoco era un cliente antiguo… Quien sea que le haya dado su contacto, debe ser alguien bastante cercano a sus clientes habituales.
—¿Y usted es…?
—Perdóneme, amigo, a veces se me olvidan las presentaciones. Soy Kenneth McCormick, un gusto —extendió su mano y Kyle, algo dudoso aún, se la estrechó.
—¿Qué necesita?
—Vaya, como me dijeron, usted va directo al grano, ¿eh? —dejó sus cosas a un lado, antes de proseguir—: Cantinero, otro de lo mismo que pidió mi camarada.
—¡Agh! —Un espasmo invadió a Tweek por el susto. El obrero pelinegro recargado en la barra que coqueteaba con él, le dirigió a Kenneth una mirada de pocos amigos—. ¡A la orden!
Cuando el vaso llegó el rubio se lo bebió de una sentada. Después de limpiarse el resto con el dorso de la mano se puso su saco y su sombrero, imitando la postura del pelirrojo y continuó su charla de manera mucho más discreta que cuando lo saludó.
—Me dijeron que usted podría ayudarme.
—Dependiendo de lo que sea, haré lo que pueda —respondió con el cigarrillo aún en la boca.
—Bueno, en realidad, no soy yo el del problema. Es un encargo especial que me pidieron de favor hacer —sonrió de lado.
—¿De qué se trata?
A este punto ya se estaba impacientando, se quitó el sombrero. Se dio cuenta al instante en cómo el hombre hizo énfasis en la palabra “especial”.
—Vengo en representación de una persona. Se podría decir que soy como su criado.
Sacó del bolsillo de su saco un par de fotografías. En la primera estaba un hombre de cabello castaño claro sentado en una banca, miraba directamente a la cámara, en el fondo solo lograban verse árboles y arbustos. Sonreía ligeramente, portaba una camisa blanca, un saco sencillo oscuro y en su cabeza una boina con visera le adornaba y, a juzgar por lo claro que lograban verse sus ojos en la imagen, estos podrían ser azules o verdes. En la segunda, esta vez la foto fue sacada de forma infraganti, salía de una tienda, de la mano de una mujer, aunque a ella no se le logró ver el rostro, salió borroso por el movimiento.
—Se llama Douglas Slev y… lo estamos buscando.
Kyle enarcó la ceja.
—¿Se puede saber la razón por la que lo buscan?
—Se podría decir que… Le debe varias explicaciones a una persona —respondió al recargar su codo en la barra, viendo de una mejor manera a Kyle que seguía analizando las fotos—. Vaya, usted parece bastante exótico, amigo. Ojos verdes brillantes, cabello rojo rizado, piel blanca y esa nariz bastante singular… No es de aquí, ¿cierto?
Kyle exhaló una calada por la boca y golpeó el cigarrillo en su dedo para quitar la ceniza restante. No miró al rubio directamente, no creyó que se encontrara con uno de ellos .
—Si solo vino para coquetearme, creo que no soy la clase de hombre que busca —dijo frunciendo ligeramente el ceño al dejar un billete debajo del vaso.
—Ja, ja, ja. Claro que no, señor K —lo detuvo del hombro—. Solo se me hace curiosa su apariencia, es todo, de verdad —rectificó—. ¿Nos ayudará?
Miró de nuevo al rubio y a las fotografías. Parecía ser un negocio que le convenía.
—Claro. Aunque necesito más información y discutir el precio.
—Ah, claro, eso no será problema —sacó un rollo de billetes que puso por encima de las fotos. Kyle tanteó con la vista que ahí estarían envueltos 300 dólares en distinta denominación—. Dígamos que este es su pago por adelantado.
***
Cuando Kenneth McCormick salió del bar, la lluvia ya arreciaba. Al instante en que se paró en la acera un Packard twelve del año lo recibió con las puertas abiertas. Él se metió sin la mayor preocupación y cerró la puerta.
El interior del coche estaba invadido por la oscuridad y el silencio, de vez en cuando la presencia de otro auto o los murmullos del motor y de las llantas al girar por las calles mojadas mitigaba un poco esa inquietante atmósfera.
Se puso cómodo en los alargados asientos de esa limusina. Observó por la ventana cerrada que ya casi salían de los barrios marginales. Por fin dijo:
—Está hecho —sonrió, coqueto.
La figura oculta en la oscuridad se cruzó de piernas y exhaló una calada. Lo único que se alcanzaba a notar, gracias a las luces de las farolas de las calles, era su porta cigarros rojo y su mano enguantada hasta los codos.
—Perfecto.
~ʘ~
Stanley Marsh, el oficial de policía, se encontraba sentado en su coche patrulla oculto detrás de ese callejón oscuro. Solo realizaba sus típicas rondas nocturnas por la ciudad, sin ningún tipo de preocupación. Era la misma rutina de siempre, de la que ya estaba cansado de efectuar. Sus ojeras, su barba creciente y las entradas en su cabello, eran testigos de ello; además de su ligera adicción al alcohol. Después de dos divorcios y un matrimonio más o menos estable, la vida para él ya solo era un constante hartazgo.
Se estacionó en ese privado sitio para descansar y fumar su primer cigarro de la noche, en lo que esperaba a su compañero, Gary Harrison, que fue por un bocadillo a la cafetería 24 horas de la esquina.
El ruido de la puerta trasera al abrirse y el movimiento de alguien entrando no lo alertó demasiado, sabía quién era incluso antes de que llegara.
—¿Qué tal, amigo? ¿Todo bien? —abrió la ventana, liberando la bruma de humo que se formó dentro y extendió su mano fuera del coche para tirar la ceniza restante.
Afuera una niebla ligera comenzaba a notarse.
—¿Encontraste la información? —Kyle se arrellanó en el asiento.
Stan apenas podía verle el rostro por el espejo retrovisor, se ocultaba bastante bien con el sombrero. Aunque sus brillantes ojos verdes lucían como los de un gato negro que acecha en la oscuridad.
—El hombre que buscas parece el típico criminal —sacó de uno de los maleteros delanteros un paquete más o menos grueso envuelto en papel estraza, el cual contenía todos los archivos que pudo sacar de la central—. Tiene bastantes nombres y antecedentes… podría jurar que incluso el nombre que te dieron es solo una fachada. Aunque ha sido arrestado en el pasado siempre tiene aliados que lo sacan de manera anónima de la cárcel.
Inhaló el humo al decirlo y se lo tendió cuando exhaló por la nariz.
Kyle recibió el sobre y lo guardó en el interior de su gabardina naranja oscura.
—¿Cuándo podrás decirme lo que está pasando? ¿Eh? A veces tus encargos son bastante interesantes, siempre me dejas con la intriga.
Kyle sonrió de lado al escucharlo.
—Si dejaras tu trabajo, probablemente seríamos compañeros —mencionó al cruzarse de brazos.
Stan liberó una carcajada.
—Ya quisiera, luego mi esposa me mataría —chupó de nuevo el cigarro—. ¿Cómo ha estado tu hermano? Hace mucho que no lo veo.
—Bien, gracias. Sigue en casa de mi tía Schwartz, por lo menos lo mantengo alejado de esta vida y está seguro. Cuando puedo le envío lo poco que gano de esto.
—Lo siento, amigo —le dirigió una mirada parecida a la compasión.
Kyle odiaba ese tipo de miradas.
—¿De qué? Esta es la vida en la que nos tocó estar, no me molesta, aunque sea una mierda —suspiró al decirlo y fruncir ligeramente el entrecejo.
Ambos quedaron en un silencio que duró un par de segundos. Kyle fue el primero en moverse, el tiempo no se detenía para quien intentaba sobrevivir en esa clase de bajo mundo.
—Ya será pronto, Stan, pronto te traeré noticias y pediré tu ayuda si la necesito. Ah, se me olvidaba, ten —extendió dos billetes de 50 dólares, los cuales el pelinegro tomó con mucho gusto. Se quitó el sombrero de policía y los ocultó dentro—. Gracias por ayudarme.
—No lo agradezcas, es lo menos que puedo hacer por mi mejor amigo. Suerte con el caso —se despidió.
El pelirrojo salió del auto justo a tiempo, antes de que Gary abriera la puerta del copiloto y arribara con la cena. Se quedó esperando, recargado en la pared de un rincón del callejón, hasta que por fin encendieron las luces azules y rojas de la patrulla. Estos parecían faros encandilando las calles. El motor ronroneó y después de unos segundos de marcar la ruta por la radio hacia la central, arrancaron yéndose a la izquierda con dirección a la avenida principal.
Kyle entonces se dirigió hacia el otro lado.
Tenía mucho trabajo que hacer.
***
Colgó el último documento después de leerlo, en ese tendedero improvisado que colocó dentro de su único cuarto. El cual funcionaba como cocina, baño, sala y comedor. No podía permitirse algo más y, a veces con lo poco que ganaba, le alcanzaba solo para comer, trabajar en sus casos y mandar dinero a su hermano menor.
Contempló todo el panorama de información de lo que consiguió del tal Douglas. Las fotos que le proporcionaron las puso en tachuelas en la pared y un hilo rojo conectaba ciertos lugares de la ciudad donde trabajó o estuvo antes de desaparecer.
Douglas no era un misterio como tal, como creyó Kyle que sería. Era alguien común y corriente, el típico contrabandista de pacotilla. Siempre daba el mismo nombre, pero su apellido era lo único que cambiaba según la ocasión.
Douglas Slev, Douglas Macintosh, Douglas Linski…
Fue detenido por la policía varias veces debido a la posesión de mercancía ilegal y también por contrabandear alcohol y tabaco en los tiempos que había escasez. Sin embargo, lo curioso es que no duraba mucho en prisión. En los registros que Stan le proporcionó, el mismo lema siempre aparecía al final de cada documento: salió bajo fianza.
¿Será que los mismos que lo sacaban, ahora fueron los que lo desaparecieron?
Podía ser lo más coherente, aunque no tenía la certeza. Tampoco sabía por qué lo buscaban en primer lugar. El tal Kenneth no quiso decirle más al respecto, cuando, quizá, esto sería parte importante de la investigación.
Frunció el ceño al pensarlo.
Recibió el aire fresco de la noche, desde la ventana abierta. Eso le ayudó a centrarse en lo importante.
Por ahora solo se concentraría en encontrarlo, la única tarea para lo que fue contratado.
Necesitaba saber dónde es que fue visto la última vez y probablemente sabía quién le ayudaría.
Vio la segunda foto donde Douglas aparecía tomado de la mano de esa misteriosa mujer.
La analizó de una mejor forma ahora que poseía la fotografía; su conjunto era un vestido corto amarillo hasta las pantorrillas, un sombrero fedora con una flor le adornaba la cabeza y su cabello era largo y negro hasta los hombros. No podía verle el rostro por la postura y el pequeño sombrero también le tapaba parte de sus facciones.
Ella. Debía encontrarla, era la clave. La única pista que tenía era el fondo de esa misma imagen. Ahí el escaparate de una tienda desconocida sobresalía, aunque, a juzgar por el reflejo que se alcanzó a ver por el lente de la cámara, parecía ser una florería.
***
A la mañana siguiente, la lluvia seguía cayendo en ese firmamento gris; las personas en las calles salían con sus paraguas y seguían su rutina normal en medio del ruido de los autos y la ciudad.
Kyle primeramente fue al embarcadero en el que Douglas fue visto la última vez que asistió al trabajo. Vestido de una manera más informal para no levantar sospecha; camisa blanca, pantalones marrón con tirantes, corbata oscura y el cabello peinado hacia atrás. Como en los viejos días en que era llamado Kyley-B por sus compatriotas en Alemania.
Los hombres, en la enorme bodega número 12 cerca del muelle del mar Stark, bajaban la mercancía del barco y la transportaban hasta el interior del sitio. La mayoría de ellos, vestidos de overol, boinas con visera y guantes de cuero, estaban demasiado concentrados en gritar instrucciones, cargar mercancía, manejar las poleas de algunas máquinas que servían en la faena y soldar las cubiertas oxidadas de metal de algunos barcos que zarparían en un par de horas. Kyle observaba esto desde afuera, sintiendo la brisa salada del agua detrás de él y agradeciendo que en esa parte de la ciudad la llovizna no estuviera tan fuerte. Mientras fumaba el primer cigarrillo del día, ver aquel panorama bullicioso le trajo recuerdos de cuando llegó hace unos años al país. Cuando aún era ingenuo y creía que habría un futuro para su hermano y él, junto a su tía y primo… Pero, como siempre, la vida le hizo saber que no sería así, incluso si se alejó lo más que pudo de los campos y la guerra.
—Oiga, ¿qué hace aquí? Esta zona está prohibida para los extranjeros.
Un hombre regordete, de calva prematura, barba crecida y lleno de grasa en el uniforme le llamó la atención.
—Estoy buscando a Douglas Slev —respondió, sin hacer caso de la advertencia, en un perfecto inglés que hizo despabilar al hombre.
—¿Ah? ¿Douglas? Ese cretino… —El hombre se limpió las manos en el uniforme de su pantalón, recordó entonces a su ex-subordinado. Frunció el ceño antes de responder—: Le diré algo, si es un cobrador, como muchos que han venido a buscarlo, le diré que ya no trabaja aquí.
Se alejó al decirlo, caminaba de forma irregular, como si tuviera una malformación en el pie. Kyle no tuvo más remedio que seguirlo.
—¿Se puede saber la razón? Yo soy más un amigo de Douglas —se situó frente al hombre, impidiéndole que se fuera a esconder a esa pequeña oficina detrás de la bodega—. Llevo buscándolo un tiempo y recordé que me dijo que trabajaba en este lugar.
—Bueno, supongo que muy amigo tuyo no era —bufó—. Desde hace dos semanas que dejó de venir a trabajar. Sin explicación, sin renuncia, sin nada. Apenas conseguí un reemplazo para ese canalla… Me hizo perder mucho dinero. Siempre se distraía y se escabullía antes de siquiera terminar la jornada… Ahora que lo pienso, es mejor que se haya ido.
Kyle anotó esa información mentalmente, le serviría para después.
—¿No sabrá dónde puedo encontrarlo?
El hombre rumió, se cruzó de brazos.
—No. La verdad no, hijo. Pero, tienes suerte, casi es la hora del almuerzo y te aseguro que más de un mentecato allá atrás ha de saber qué le sucedió —señaló el interior de la bodega, donde algunos ya limpiaban su rostro y sus manos para ir por sus loncheras de trabajo.
***
—¿Douglas? ¿Quién era? —cuestionó el que tenía bordado su nombre en el pecho. Clyde Donovan.
—¿No lo recuerdas? Bueno, tampoco te culpo, siempre faltaba —respondió el rubio, de nombre Bradley.
—Tú conviviste más con él, ¿no? —siseó el de la lengua de afuera, el tal Malkinson, a un extranjero de rasgos asiáticos.
Kyle alcanzó a leer que su nombre era Kevin Stoley.
El chico mordió su comida e intentaba rememorar a su compañero. Su vista veía alguna parte del techo de la bodega lleno de palomas y gaviotas, mientras rumiaba la comida. Pareció recordar algo cuando por fin tragó.
—Ah, sí. Lo recuerdo. Creo que no puedo decirte dónde encontrarlo, pero sí trabajó con nosotros unos meses, aunque casi siempre faltaba… Si no fuera por nuestro jefe que es buena persona, ya desde antes se hubiera ido —explicó.
Volvió a comer.
—¿Por qué motivo faltaba? —cuestionó, exhalando el humo del cigarrillo que se le estaba acabando.
—Ummm… creo que una vez dijo que estaba en una relación difícil. Una mujer lo traía loco, no solo de amor —rió al decir esto último—. Y siempre le pedía irse temprano para, ya sabes —hizo el gesto con las manos; formó un círculo con la mano derecha y con el dedo índice de la izquierda, metió el dedo en el agujero una y otra vez. Todos rieron. Kyle solo enarcó la ceja—. Aunque, admitió decirme que le gustaba más el dinero que ella tenía.
Tiró la colilla al dar la última calada y dejar que los trabajadores siguieran con sus charlas de mujeres adineradas y candentes con las que les gustaría acostarse. Pensativo por esta nueva información, dejó escapar el humo por la nariz. Si esto era cierto, las cosas estaban tomando un tono distinto. ¿Acaso sería la misma mujer que estaba en la fotografía que Kenneth le entregó? ¿En un acto de venganza lo desapareció? Esto parecía más un crimen pasional que otra cosa. Si no encontraba nada de Douglas en una semana entonces terminó muerto por una mujer.
Agradeció la ayuda, aunque los trabajadores apenas y lo escucharon, y salió de la bodega. Solo caminó unos metros por el muelle, observando los barcos y las embarcaciones que traspasaban la lejana niebla, cuando la voz de Kevin a la distancia le llamó la atención. Se detuvo y dejó que este fuera corriendo hasta él.
—Se me olvidó decirle —agarró aire al recargar las manos en sus rodillas—. También me mencionó vagamente sobre mudarse a otro estado, ya que conoció a alguien que lo ayudaría.
—¿Nunca mencionó su nombre o si era hombre o mujer?
—No, tampoco quise indagar al respecto. Pero, si le soy sincero, probablemente fue una chica. Muchas veces llevaba una al bar cuando nos juntábamos, aunque no sabría decirle quién era tampoco —se encogió de hombros.
—¿Es la misma que en esta fotografía?
Kyle sacó la imagen de Douglas y la mujer de cabello negro donde se tomaban de la mano.
Kevin la analizó brevemente y al instante negó con la cabeza.
—No, la que le digo es totalmente distinta. Solo recuerdo que era rubia y siempre vestía de manera elegante.
—Entiendo —asintió—. Gracias por su ayuda.
Kyle por fin quedó solo, en medio de ese atracadero. Se quedó observando cómo las olas golpeaban los postes sumergidos del muelle y viendo cómo su reflejo se distorsionaba según el movimiento del agua. Algunas gaviotas se dejaban oír a la distancia, así como las bocinas estruendosas de los barcos al arribar.
Esto se estaba volviendo cada vez más enredoso para él. Recargó sus codos en la baranda, sintiendo el viento salado en su cara. Solo cavilaba sus opciones y lo que le faltaba por saber.
Al parecer dos mujeres estaban involucradas en su desaparición. La millonaria y la otra que, probablemente, lo ayudó a desaparecer. ¿Será que logró su cometido de huir a otro estado o fue víctima de la primera mujer? Además de eso… ¿Por qué el jefe de Kenneth lo buscaba en primer lugar? ¿Qué pintaban ellos en todo esto? ¿La mujer rubia sería, entonces, la mujer millonaria?
—Vaya, pareces muy confundido, cielo.
Escuchó la tersa voz de una mujer a su lado, la cual lo sacó de su ensimismamiento así como del ceño fruncido que ya lo tenía ligeramente curvado hacia abajo.
Era una mujer rubia, de cabello largo y ondulado que le llegaba a la mitad de la espalda, rolliza y más baja que él. Sin embargo, lo que dejó embelesado a Kyle fue notar el escote del vestido sobresaliendo de su abrigo oscuro, dejando al descubierto ese par de voluptuosos y firmes senos. Asimismo aquellos labios rojos, lucían candentes a sus ojos debido al contraste gris del ambiente. Pero, quizás, lo más sorprendente de su belleza eran sus ojos. De un color cobalto hermoso, para él aparentaban ser brillantes e inocentes ante ese panorama sucio del muelle.
Carraspeó al responder.
—Creo que este no es un lugar seguro para que ande una mujer como usted —se enderezó, evadiendo la pregunta y analizándola de una mejor forma.
El maquillaje y la sombra de sus ojos la hacían ver más bonita. Su cuerpo tenía curvas bien definidas y sus muslos gruesos destacaban por debajo de su vestido… Como a él en secreto le gustaba de las mujeres.
Ella rió.
—Para nada, sé cuidarme sola… —respondió, coqueta, jugueteando con un dedo en el pecho de Kyle—. Además, este es un lugar solitario para que esté un hombre tan guapo y pelirrojo como usted.
Kyle bufó, acomodándose los rizos que se la alcanzaron a despeinar.
—Ojalá fuera así. Este sitio es como mi segundo hogar.
Y no mentía. Siempre iba ahí cuando sentía que las cosas no iban bien. Le gustaba rememorar todo el viaje que tuvo que recorrer por ese inmenso mar. Le traía recuerdos de su infancia.
—Me tranquiliza… —prosiguió a decir.
—Entiendo. Entonces, mucha suerte con lo que te acongoja —le apretó ligeramente el brazo.
Al sentir a través de su camisa esos ligeros músculos, los ojos de ella brillaron sin que él se diera cuenta y, ahora que lo comprobaba por ella misma, se percató de que sí era de su tipo. Tal y cómo dijo su subordinado. Alto, pelirrojo, ojos verdes…
Se alejó unos cuantos pasos con la intención de irse, sus tacones bajitos resonaron en las tablas de madera en cada paso que daba, pero, entonces, se volvió para decirle.
—Suerte con tu travesía —sonrió—. Espero volvernos a ver.
Kyle alcanzó a notar que la mujer le guiñó el ojo, antes de desaparecer en la bruma de la niebla.
***
La lluvia dejó paso al sol cuando ya era el mediodía del día siguiente.
Después de un precario almuerzo que consistió en dos tazas de café y un cigarro, Kyle mantuvo su búsqueda de la florería de la fotografía. Andando entre los charcos, la gente y el bullicio de la ciudad. Entró a cada establecimiento que logró encontrar en los anuncios de los periódicos, preguntando si conocían a la mujer de la foto o al hombre que la acompañaba, pero siempre obtenía la misma negativa.
Ya eran las seis de la tarde cuando entró a la última dirección que aparecía en una esquina de los anuncios del periódico, la cual estaba al otro lado de la ciudad, cerca de la periferia en las vías del tren. Por fuera alcanzó a notar que tenía un escaparate similar al de la imagen, lleno de flores y el vidrio, incluso la pared de ladrillo parecía ser el mismo.
Al entrar una campanita le dio la bienvenida y la mujer de rizos rubios, vestido rojo y mascada de color oscuro en el cuello, levantó la vista de su revista de moda.
—Bienvenido, señor, ¿en qué puedo servirle? Tenemos ramos para toda ocasión —se levantó del banquillo alto para acercarse a él.
Fingió que iba por un ramo para su novia, preguntó por las flores de la temporada y cuáles serían del agrado de una señorita de los suburbios. Dejó que la dependienta, de nombre Bárbara Stevens, parloteara los términos de los floristas y lo que estaba de moda en ese momento; solo asentía cuando le preguntaba si quería tal o tal flor para el arreglo. Sin hacerle mucho caso.
En ese momento, mientras estaba ahí, recordó a la mujer del muelle tras ver unas anémonas de color azul, iguales a sus ojos. No entendía por qué esa mujer lo llegó a impresionar de ese modo, tanto como para soñar y pensar en ella en los momentos menos esperados de su día. Se preguntó en lo más profundo de su pensamiento qué tipo de arreglo sería del agrado de esa mujer y si volvería a toparse con ella como para invitarla a salir.
—¿Quiere que lo envuelva con un lazo?
Volvieron al mostrador. El ramo era pequeño, pero le serviría como excusa para preguntar.
—Sí, por favor —sacó el dinero y la foto de su bolsillo—. Disculpe, ¿de casualidad conoce a mi amigo y si ha pasado últimamente por aquí? Lo ando buscando y perdí su dirección.
Bárbara observó la foto de cerca y recibió el dinero, pero frunció el ceño cuando vio a Douglas.
—No, a él no lo conozco… Pero creo que sí he visto a la chica que lo acompaña… ¡Ah, sí! —se emocionó al recordar—. Ella es una de mis clientas.
La campanita sonó detrás de él y un “buenas tardes” algo tímido se dejó escuchar. Kyle volteó para ver de una mejor manera a la persona que acababa de entrar.
—¡Oh, hola, Leslie! —saludó Bárbara, después se dirigió a Kyle—. Ella es Leslie, es la misma de la fotografía.
La chica, de ojos miel, diadema amarilla y vestido de igual color, se quedó en el umbral. Kyle y ella se miraron por unos segundos, sin embargo, él fue demasiado lento. Ella corrió primero. Azotó la puerta de cristal y tuvo que hacer lo mismo cuando salió del establecimiento.
—¡Oye! ¡Detente! —gritó, yendo en su persecución.
El sol estaba por ocultarse, ya oscurecía. La chica corrió por las calles, aventajó una distancia considerable gracias a los grupos de trabajadores que salían de las fábricas, pudo esconderse entre ellos y sortear la multitud. No obstante, Kyle aún no le perdía la vista, tuvo que ir por una de las callejuelas aledañas para seguirle mejor la pista y no retrasarse.
Leslie creyó perderlo unas manzanas más adelante y, por la adrenalina y sin percatarse del todo a su alrededor, subió por los escalones de incendio de metal de un complejo habitacional algo viejo, hasta adentrarse en una de las ventanas de los costados del edificio.
Kyle vio todo desde el frente, escondido en unos automóviles.
Sin perder tiempo, contó cada una de las ventanas y de los pisos, cruzó la calle hasta entrar al lugar. Sin hacerle el menor caso a la anciana en el diminuto vestíbulo que le preguntó qué habitación quería alquilar, subió a trompicones las escaleras. De la pistolera de su cadera sacó el revólver Webley Fosbery automática que poseía desde hace unos años; muy pocas veces la llegó a utilizar, pero en ocasiones como esta nunca venía mal para la defensa y más cuando se estaba adentrando en un terreno del que tenía poco conocimiento. ¿Quién decía que Leslie está con Douglas y ambos le tiendan una trampa? Aunque, conociendo la ventaja que poseía de no haber sido visto por ella, probablemente, los tomaría por sorpresa.
Llegó hasta el quinto piso. El pasillo apenas tenía luz, la poca que entraba venía desde el final del pasillo, desde la ventana abierta, donde aún entraba uno que otro rayo de sol del atardecer. Ahí había cuatro departamentos. Tenía que adivinar cuál era en el que entró la chica.
Fue recorriendo con sigilo cada puerta. Escuchando atentamente si lograba oír alguna voz, algún suspiro o incluso una discusión.
Lento y con el arma abajo, llegó hasta el final. En el cuarto número 20 el cual, sorprendentemente, tenía la puerta entreabierta.
Se preparó mentalmente, conteniendo la respiración.
Y abrió.
La puerta rechinó un poco a su paso, por lo que se detuvo.
Nada, ni un solo sonido, ni un solo grito o pregunta de advertencia.
Ahí la oscuridad ya invadía el sitio.
¿Se habrá equivocado de piso?
Entró en lo que parecía ser un pequeño recibidor, donde se colgaban los abrigos, aunque ahí no había ninguno. Después le seguía un estrecho pasillo.
Caminó por encima del piso alfombrado, el cual tapaba muy bien el sonido de sus pasos.
Cuando entró a la habitación no vio nada, sus ojos todavía no se acostumbraban a la oscuridad, pero cuando intentó buscar el apagador escuchó un estruendo que impactó una de las paredes y algo que pasó rozando el costado de su rostro.
Un hilillo de sangre comenzó a manar de su mejilla izquierda.
—¡Mierda, no le di!
El otro se abalanzó a Kyle, buscando quitarle el arma, pero él fue más rápido y le dio un puñetazo que logró dejarlo tirado en el suelo. Eso hizo que el hombre quedara noqueado al chocar su cabeza en el buró.
Escuchó, entonces, detrás de él un grito femenino. Era Leslie que tomó una de las lámparas de pie y lo golpeó con ella. Recibió el impacto directamente en la sien derecha, lo que provocó que se mareara y cayera en la cama. Esto ella lo aprovechó para seguir propinándole una tunda; primero en la cabeza, seguido de la espalda y por último en el cuello; el foco a su paso se rompió y causó que se cortara y se le encajaran algunos vidrios rotos en la ropa. Detuvo entre sus manos el tubo de metal y, por fin, levantándose como pudo, la empujó. La chica tuvo la mala suerte de impactar su espalda y espalda baja en un mueble, por lo que terminó en el piso por el dolor. Como pudo quiso continuar la pelea, pero Kyle levantó el arma, apuntándole directamente.
—¡Ni siquiera se te ocurra! —se tocó la sien, sintió la sangre caliente que ya brotaba de entre sus cortos rizos. Su ojo incluso se quedó semicerrado por el golpe.
Como pudo, sin apartar el arma, buscó el interruptor y se hizo la luz.
La habitación estaba hecha un desastre. Restos de vidrio, la pared rota a su costado derecho por un martillo, los muebles tirados. El hombre que quiso quitarle el arma era el mismísimo Douglas que ahora se encontraba inconsciente en el piso a su lado izquierdo. Leslie, tirada en el suelo, lo miraba furiosa.
—¡¿Qué no nos pueden dejar en paz?! ¡Douglas ya les dijo que no quería seguir siendo parte de su pequeña mafia, así que lárgate! —se arrastró hasta el castaño claro, el cual parecía comenzar a despertar.
Buscaba si se hizo un daño severo, pero al parecer estaba bien, solo medio inconsciente.
—¡No sé qué tanto hablas! ¡Mierda! ¡Carajo! —se quejó sin dejar de parar la hemorragia de su cabeza—. Me contrataron para encontrar a Douglas Slev…
—¿Quién… lo hizo? —masculló el hombre, el cual aún tenía los ojos semicerrados, pero volvió a caer en el sueño.
—Cuando despiertes, les daré una mejor explicación.
Se dirigió al baño donde con una toalla se limpió las manos ensangrentadas y se cubrió la herida de la cabeza. En el espejo logró vislumbrar que con el tiempo aparecerán contusiones en su cuello y su ojo comenzó a ponerse morado.
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—En resumen, es eso. Un tal Kenneth McCormick, en representación de su jefe, me contrató para encontrarte. No sé nada más que eso…
Douglas despertó después de unos veinte minutos. Ambos estaban sentados en un par de otomanos individuales, sujetando trapos con hielo en cada una de sus respectivas heridas. Leslie, por su parte, observaba a Kyle desde la otra esquina de la habitación, aún seguía furiosa.
—Era por eso que quería hablar con Leslie, ya que en la fotografía que me proporcionaron, ella aparecía en escena —sacó la foto de su bolsillo y se la tendió a Douglas, este solo suspiró cabizbajo al ver que ella salía ahí.
—Si fuimos tan fáciles de localizar en tan solo tres días, entonces no estamos seguros como me lo imaginé —mencionó esto a la chica.
—¡Por eso te dije que nos fuéramos en el primer tren a Phoenix!
—¡Te dije que tenía cosas que resolver primero!
—A ver, a ver, tranquilos, los dos. ¿Qué es lo que sucede con todo esto? ¿Por qué te buscan en primer lugar? ¿Mercancía ilegal? ¿Dinero en deuda?
El castaño no habló al instante, negó a las preguntas con la cabeza y se quedó un rato pensando. Sopesando si le convenía hablar o no, pero al ver que no tenía más opciones decidió hacerlo.
—Conocí a Kenneth McCormick hace un par de años, cuando pasaba por una situación difícil y me llevaron a la cárcel. Su “ama” vio algún tipo de potencial en mí y quiso reclutarme, por lo que me sacaron de prisión; la primera de tantas, en realidad, ya que seguí en el negocio. Al principio creí que quería vender o traspasar mercancía ilegal, porque solo era bueno en ello. Pero en el primer instante en que pisé su casa, ella solo me quiso para satisfacer sus deseos más viles y carnales; según porque poseía una “belleza” que a ella le gustaba.
“Matábamos por ella, desaparecimos gente por ella e incluso cumplíamos sus más bajos fetiches por y para ella.
“Admito que me gustaba, era dinero fácil y, básicamente, éramos sus esclavos en esa rara relación de cuatro. Pero, entonces, conocí a Leslie.
Dijo sin mirarla, le avergonzaba volver a contar ese pasado del que trataba de huir desesperadamente.
—Me enamoré de ella perdidamente, me ayudó a cambiar mi visión de la vida y… También a darme cuenta de mis acciones. Fue por eso que quise huir de ahí. Lo último que supe fue que tramaban algo para “secuestrar” a alguien. A un nuevo individuo que se uniera a la “familia”, aunque ya no lo supe ni lo quise saber porque huí al día siguiente.
“Creí que alejándome con Leslie a las afueras no seríamos perseguidos, pero esta fotografía —la sacudió entre sus manos—. Me confirmó lo contrario. Huir y esconderme solo hizo que las garras de esa mujer se crisparan más y no quiera soltarme.
Kyle quedó algo estupefacto y hasta cierto punto estaba incrédulo. ¿Cómo era posible que una mujer lo mantuviera influenciado y manipulado de esa forma? Entendía lo del dinero, pero todo lo demás… Era algo absurdo. Esa mujer debía funcionar como una secta, algo que los atraía y los utilizaba para sus más bajos fines.
«Carajo —estaba en algo más turbio de lo que creyó—. Me he metido en un lío».
Se levantó y dejó a un lado el trapo con el hielo. Se sintió loco al considerar un plan que le surgió en la cabeza. Douglas no parecía ser mal tipo, solo víctima de las circunstancias, igual que lo fue él en algún momento de su vida; cosa que lo conmovió al saber su historia.
—Entonces, los ayudaré —se puso de nuevo la gabardina al guardar su arma y sacó de su bolsillo varios billetes de la primera paga que Kenneth le ofreció en el bar.
Douglas y Leslie se miraron estupefactos, casi con esperanza. La chica fue la que tomó el dinero y contó los billetes; Kyle les ofreció 200 dólares.
—Consigan el primer boleto a cualquier parte. Le diré a Kenneth que llegué demasiado tarde como para encontrarte.
—Gracias, gracias, de verdad —respondió Douglas al estrechar la mano de Kyle.
Alguien afuera del apartamento tocó suavemente la puerta.
—Debe ser la anciana que nos alquiló. Ahora era nuestra última noche —dijo Leslie metiendo el dinero en el escote interior de su vestido y abrió la puerta.
—Hola, buenas no-
Se escuchó una detonación.
Kyle y Douglas voltearon asustados a la entrada.
Leslie se agarró el estómago sin creer lo que sucedió. Su vestido amarillo de apoco fue tiñendose del rojo de su propia sangre. La chica, en una mirada de desesperación miró a su agresor y se dejó caer al piso mientras intentaba contener la hemorragia. Tosió sangre y no pudo siquiera pedir ayuda debido al shock.
—Vaya, parece que los encontró antes que yo, señor K.
Kenneth McCormick entró mostrando una enorme sonrisa resplandeciente con el arma en alto. Pasó por encima del cuerpo agonizante de Leslie y Douglas, sin creer lo que le pasó a su amada y paralizado por el miedo, recibió otro disparo, esta vez en la frente. El cuerpo del castaño cayó a un lado de Kyle.
Todo transcurrió en cuestión de segundos.
Intentó sacar su arma de la pistolera.
Aunque Kenneth ya tenía demasiada ventaja.
Le disparó primero en el hombro, después en uno de sus costados y por último en su muslo izquierdo. Cayó hacia atrás, trastabillando por la pequeña otomana, y golpeándose en la pared. Como pudo, retrocedió hasta recargarse en la esquina. Cada agujero de bala le quemaba y le dolía como mil demonios.
—A nosotros no nos gustan los traidores, señor K. Eso debí decírselo desde antes —aseguró Kenny, agachándose hasta su altura cuando llegó hasta él.
—Es un cabrón… —tensó su mandíbula.
—Descuide, señor K. Seguramente a ella le gustara que nos acompañe, esto fue solo para asegurar que no escape —señaló la pistola en su mano. Sus ojos azules brillaban divertidos—. Después de todo, ella ya le dio el visto bueno.
Recibió el golpe de la culata en la sien.
Solo vio estrellas y la oscuridad invadió su mente cuando cayó inconsciente.
~ʘ~
Despertó adolorido y un poco confundido, la anestesia ya perdía su efecto. Estaba en una cama desconocida y en una casa antigua que tampoco conocía. La luz lunar que entraba por la ventana, le permitía vislumbrar gran parte del cuarto, aunque era en vano devanarse los sesos en pensar en dónde podría estar cautivo.
Una venda envolvía gran parte de su torso desde el hombro hasta la cintura. Apenas se podía mover, sin embargo, tampoco hizo afán de levantarse, tardaría demasiado en recuperarse. En especial por su muslo que aún seguía tieso.
¿Cuánto tiempo fue que se quedó dormido?
—Por fin despertaste, cariño. Kenneth y Butters ya te hacían muerto.
«Esa voz… La he escuchado antes».
En el umbral de la puerta una mujer rubia en un camisón rosa translúcido se materializó de entre las tinieblas de la habitación, igual que una aparición fantasmal. Su cuerpo rollizo, lleno de curvas y pliegues lucía erótico ante la luz de la luna que entraba por la ventana; sus pezones levemente erectos le hicieron tragar saliva. Una bufanda de plumas color rosa envolvía de manera sensual sus brazos y cuello. En su mano llevaba un porta cigarro rojo con uno a medio terminar, como si desde hace un buen tiempo lo estuviera observando dormir.
—Has estado dormido durante tanto tiempo, que ya empezaba a creerles. Ya creía que sería una lástima haberte conseguido en tales condiciones. Un hombre pelirrojo, de ojos verdes y, además, judío. Un ejemplar hermoso para mi colección —chupó el cigarro que fumaba, exhaló el humo mientras se acercaba a él por la izquierda de la cama—. Kenneth fue muy brusco contigo, ¿no es así?
Un escalofrío recorrió su cuerpo al escucharla susurrar de aquella forma en su oído. Oler el aroma de su perfume y el cigarro con olor a menta le causó un poco de placer culposo. Se sentó en la cama junto a él y jugueteó un poco con uno de sus rizos de la frente. Esto hizo enojar a Kyle.
—Fue por eso que lo castigué —dijo como si fuera lo más normal del mundo—. No podrá caminar por lo menos un par de meses.
El recuerdo de ella golpeándolo con el bate le causó satisfacción.
Kyle no decía nada, estaba furioso, enojado consigo mismo. Aquella era la misma mujer que vio en el muelle, la que creyó era hermosa y amable, ahora la veía como la peor de las maldiciones.
—¿Acaso estás enojado, cielo? ¿Quieres que te haga sentir bien? Después de todo, ya nos conocimos antes.
Hizo el ademán de subirse encima de él, pero Kyle la detuvo del brazo y la alejó.
—Oh, vaya, sí que estás enojado —mordió su labio inferior al decirlo, en un tono que el pelirrojo intuyó era de excitación—. ¿Crees que no puedo hacer nada para convencerte? Vamos… Butters, como siempre, me deja totalmente insatisfecha.
Dijo esto último en un puchero.
—Claro, que no, solo eres una maldita serpiente manipuladora. Engañas a todos a tu alrededor para conseguir lo que quieres.
Ella bufó.
—Por favor, ¿es un crimen que una chica consiga lo que quiere de maneras poco éticas? Además, me han llamado de tantas formas que no me sorprendes —dio otra calada—. Soy Irene, cariño, grábalo bien en tu mente de detective de pacotilla —golpeó ligeramente la frente de Kyle con su regordete dedo índice. Él tosió el humo que ella liberó en todo su rostro—. Bad Irene para los amigos… Por supuesto que tú puedes llamarme como quieras —le guiñó el ojo.
Kyle no evitó sonrojarse.
—No soy de tu propiedad como para que me tengas en este sitio.
Irene carcajeó al oírlo.
—¡Los hombres son tan divertidos! Siempre buscan una cosa y esta es…
Le apretó ligeramente la entrepierna por encima de las sábanas. Kyle liberó un quejido.
—Aunque tú no estás tan “duro” como esperaba —le miró con una cara auténtica de curiosidad.
—En cuanto me vaya-
—¡Ja! ¿En serio crees que te vas a ir? Claro que no —se levantó hasta llegar a la ventana—. ¿Quién crees que te culpó de la muerte de Douglas y de esa tal Leslie? La policía desde hace tiempo está buscándote…
Canturreó.
—Después de todo usaron la misma arma que tu cargabas y eras el único que hablaste con ellos antes de que huyeras.
Kyle abrió los ojos, estupefacto.
—De seguro si tu familia se entera, desterrarán a tu preciado hermanito a los barrios bajos, ahora que ya no tendrán tu ayuda económica —tiró la ceniza del cigarro en la alfombra, sin importarle si la ensuciaba o no.
—Tú… Tú, ¿quién eres? —masculló apenas.
Observar el nivel en que fue manipulado fue, cuanto menos, demasiado sorprendente. El tema de que buscaban a Douglas era una fachada para capturarlo a él, desde el inicio fue una vil trampa. Ella sabía todo de él, pero él ni siquiera sabía quién era ella.
—Vaya, esa pregunta es nueva… —de nuevo volvió hacia él, acostándose a su lado al dejar en el buró el cigarro que ya se consumía por sí solo. Jugueteó con el dedo en su pecho haciendo círculos y ochos—. Solo soy una mujer que siempre consigue lo que quiere y lo que siempre quise cuando te vi aquella vez fue a ti… —sus ojos cobalto parecieron echar chispas en aquellas tinieblas—. ¿Qué me dices, Khal? ¿Quieres unirte a mí, satisfacerme y conseguir mantener a tu hermanito a cambio? Afuera ya no hay nada para ti, pero aquí… —Tomó su mano y se la llevó a uno de sus pechos. Kyle los sintió calientes, suaves—. Aquí tendrás la estabilidad que tanto deseas.
—Esto que haces es monstruoso, Irene —susurró.
La chica carcajeó sonoramente.
—¿Monstruoso seducir a los hombres que persiguen la belleza? ¿No te gustaría a ti, Kyle Broflovski? ¿No te gustaría tenerme y ser mío para la eternidad?
Irene acercó su rostro hasta el de Kyle y él no pudo más que acortar las distancias al plasmar un brusco beso en esa boca de serpiente.
Después de todo, él desde el inicio, estaba acorralado.
