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La temperatura helada se desvanecerá al sentir sus manos entrelazadas. Ambos caminaban con un paso lento, en completo silencio. Lo que había iniciado como un pequeño paseo se había convertido en algo más significativo.
De vez en cuando, Ada extendió su mano, tratando de atrapar los pequeños copos que caían con elegancia del cielo. Y León sonreía, cada vez que sus ojos parecían calcular el momento exacto para atraparlos.
A ninguno de los dos les importó las horas que llevaban dando vueltas. Después de todo, era una de las espontáneas visitas de Ada, y con la misma fragilidad de un copo, podía desvanecerse de un momento a otro.
La nevada aumentó su intensidad, comenzando a teñir con mayor fuerza el camino frente a ellos, cubriendo las huellas de sus pasos y sus cálidos abrigos.
Ada jaló su mano fuera del camino, deteniéndose sobre el blanco pasto, sin una palabra o movimiento, solo admirando la ilusión que creaban los copos, un constante baile hasta tocar el suelo y perderse entre la multitud de la nieve. Leon se detuvo detrás de ella, con ese peculiar sentimiento cada que tenían que separarse. Su paseo había llegado a su fin.
"¿Sucede algo?" Ella habló primero, girando su rostro para observarlo. León negó, aunque su ceño ligeramente fruncido lo delataba. Una tenue sonrisa tiró de la comisura de sus labios, la nieve también caía y se agrupaba sobre sus cejas y pestañas. Él desvío su rostro hacía un lado "¿Qué es gracioso?" El rojo se apoderó de sus mejillas y Ada rió.
"Se que pasa algo"
Leon suspiro, inquieto y nervioso "¿Tienes que irte?"
Ada levantó sus cejas "¿Quieres que me vaya?" bromeo.
"¡No!" respondió de inmediato. El silencio volvió a gobernar entre ellos, Ada apretó el agarre entre sus manos, bajando su mirada. Tal vez el clima la había vuelto vulnerable y deseosa de la calidez, o simplemente ya no quería separarse de su lado.
"Quédate conmigo"
La suavidad de su voz la derritió por completo. Forzó una sonrisa "¿No te aburrirás de mi?" Sonó más como una tímida pregunta que como otra broma.
León negó, soltando su mano para envolver su cintura y pegarla a su cuerpo, levantando sus pies del suelo para comenzar a girar. Ada soltó un grito por la sorpresa. Con la nieve envolviendo sus pies, terminó cayendo de espaldas, con Ada encima de él. Ambos rieron a carcajadas, sujetando sus manos y permaneciendo sobre el suelo blanco. Las nubes parecían brillar sobre ellos.
No vuelvas a soltarse.
