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Nieve
Leo no recuerda mucho de su infancia junto a su madre, solo su sonrisa cálida y la mano suave que solía acariciar su cabello juguetonamente. Ni siquiera recordaba su rostro claramente, ya que murió cuando Leo apenas era un niño y los familiares que se hicieron cargo de él, no lo recibieron de la mejor manera.
No fueron sus mejores años, más de una vez pensó en escapar y lo intentó, pero siempre le hicieron regresar.
Su padre no enviaría dinero si no tenía pruebas de que lo estaban cuidando.
Aunque su tía tenía un extraño concepto de “cuidar”, dando solo lo mínimo para no ser catalogado como negligente.
Leo estaba desesperado por dejar esa casa.
Pero Ernesto (su padre) no parece estar en las mismas prisas que él.
Tarda 10 años en visitarlo, un año más en sacarlo de la casa de su tía por no sabe qué cantidad de papeleo burocrático, pero solo cuando sube al avión para Estados Unidos se siente libre.
Aunque a las pocas semanas su padre lo inscribe en un internado privado.
Vaya forma de hacer vínculos.
No negara que se siente resentido, pero a los pocos días se resigna y acepta este destino como el mejor.
No hay mucha diferencia entre su escuela de extraños y el extraño de su padre.
El programa de agrupación para estudiantes extranjeros y de intercambio es una maravilla y Leo rápidamente se hace amigo de otros chicos del grupo, preparándose para el inicio de clases.
Luna, una ex-estudiante de Pegasus, les da otro tour por las instalaciones y es cuando Leo la ve.
Sentada en una de las tantas bancas del patio, como una linda flor que resiste a marchitarse en los principios de otoño, la joven de cabello rubio con unas lindas ondas y peinado con un lazo lila se ríe ante algo que dice uno de los chicos junto a ella.
El platinado que está junto a ella le rodea un brazo por lo hombros y Leo suspira resignado en su mente.
Por supuesto tendría novio.
Trata de regresar su atención a las explicaciones de Luna, cuando los cuatro estudiantes que vio se acercan hasta ellos para saludar a la mayor.
Luna los presenta encantada, como estudiantes del extranjero en su mayoría también, y cuando Lavander se ofrece alegremente a ayudarlos en cualquier cosa.
Si
Puede que Leo cayera enamorado de ese acento britanico y la amigable sonrisa.
…
Lavander asiste en su mismo año y clases, junto a sus amigos de Londres: Draco y Theo. Anthony, el cuarto chico de aquel día está en otro salón de clases.
En general, son agradables y son buenos compañeros. Hasta que una diferencia entre Jason y Draco (el primero defendiendo a Leo or un mal chiste que hizo) crece a medida que se involucran amigos de ambos lados hasta dividir el salón.
Como una bola de nieve que se hace más grande mientras desciende por la colina.
Leo observa todo angustiado.
¿Esto sintió Paris cuando causó la guerra de troya?
Es una mierda.
Él y su bocota.
…
Toman unas semanas, una disculpa nerviosa de Leo, que Jason y Percy compartan su color favorito para que los ánimos se calmen en el salón y todo vuelva a la normalidad.
Un trabajo grupal le permite acercarse un poco más a sus otros compañeros y Lavander lo pone al día con los chismes de grupo.
—¿De verdad? ¿Desde segundo año? —cuestiona Leo incrédulo, mirando con poca discreción hacia Draco y Percy, quienes ríen junto a la ventana.
Lavander asiente divertida y Theo suspira exasperado.
—Están bien en negación, hasta han salido con otras personas solo por no declararse.
— Admito que es divertido verlos llenos de frustración por sus celos. —Se ríe Lavender y Leo siente su corazón latir con fuerza.
Lavander es bonita, muy hermosa, pero cuando ríe su rostro se ilumina de una manera que deja al pobre Leo sin aliento.
Siente la mirada de Theo sobre él, una sonrisa burlona que le hace saber lo obvio que es.
Carajo.
Aunque solo Theo debe haberse dado cuenta, no puede ser tan obvio ¿Verdad?
¿¡Verdad!?
…
—Eres tan obvio que es patético, Valdez. — le dice Nico una tarde y Leo suelta un chillido porque no sabe que hizo para que lo acuse de esa manera.
¿Es porque siempre la busca cuando llega a un lugar?
¿Por qué le trae de sus dulces favoritos cada que vuelven a clases del receso?
¿Por qué sonríe cuando ella lo hace?
Will, al lado de Nico, mira al chico con reproche.
—Nico, eso es grosero.
—No es grosero, es la verdad.
—que sea la verdad no significa que debas decírselo. —le defiende Will o trata de defenderlo, porque Leo ahora se siente más avergonzado.
Compra las gomitas de fresas para Lavander y sigue su camino.
…
Una tarde, Lavander tiene un problema con su celular.
Jason tiene el cielo ganado cuando como buen amigo al correr de un lado del instituto al otro para buscarlo y llevarlo ante Lavander.
—Leo puede ayudarte, es muy bueno con los Software. —Anuncia, sujetando sus hombros para empujarlo frente a Lavander.
Leo se encuentra paralizado de los nervios, pero cuando Lavander levanta la mirada brillosa de su celular y clava esos ojos llenos de esperanza en él.
Bueno.
Leo podría haberse convertido en superman solo por esa mirada.
…
A partir de esa tarde, se hacen más cercanos y Leo se siente en la gloria por las pequeñas y largas conversaciones casuales que tiene con Lavander.
Una tarde en particular, están contando anécdotas cuando Leo menciona una curiosidad sobre si mismo.
—Crecí en un estado de clima tropical, nunca he visto la nieve. —dice sin darle importancia.
—No te pierdes de mucho. —Dice Draco y hace una buena. —Solo agua congelada que cae del cielo. — el platinado bufa y es Piper quien le responde divertida.
—El que sufre de frío no opina.
Risas suaves salen del grupo, porque para nadie es secreto lo fácil que es para Draco sentir frío. Que apenas sean inicios de Noviembre y ya empiece a cargar con un grueso sueter demuestra su poca resistencia al frío.
—Draco tiene razón…La nieve no es la gran cosa. —dice Percy juguetón —yo prefiero la lluvia.
—Por supuesto que Percy lo apoyaría…—”susurra” Nico, en un tono suficientemente alto para ser escuchado por todo el grupo.
—Comparten una neurona ¿Qué esperabas? — le responde Theo junto a él, en el mismo tono que hace a todo el grupo reír cuando el par de mejores amigos se quejan.
Leo observa la discusión divertido, aunque al sentir una mirada sobre él voltea, topándose con Lavander. La chica tiene los ojos fijos en él, su expresión calmada pero hay algo que hace a Leo sentirse inquieto.
Y no, no es por su crush en la chica.
Es la intensidad de su mirada, la forma en que brilla sobre él y parece buscar algo en su persona.
Toda su piel se eriza, sus mejillas arden y cuando se siente al borde de una embolia, Lavander aparta la mirada y se reincorpora a la conversación.
A Leo le toma un momento que su corazón vuelva a latir con normalidad.
…
Antes de darse cuenta, diciembre está corriendo y los estudiantes comienzan a empacar y volver a sus hogares por las vacaciones de Navidad.
Leo siente algo de celos cuando escucha sus planes familiares, la idea de tener un lugar al que regresar y donde te esperen con los brazos abiertos es dolorosa para él.
Pero no desconocida.
En algún momento, él también tuvo un hogar al que volver.
—¿No irás a casa?— pregunta Leo confundido cuando un par de días después del inicio de vacaciones Lavander sigue en el instituto.
Los dos se encuentran sentados en el ventanal de la sala de estar de su año, conversando de temas triviales cuando la duda asaltó su mente de repente.
La chica le sonríe levemente, apartando la mirada hacia el paisaje.
—Me quedaré hasta unos días antes de Navidad. —menciona la chica. — hay algo que quiero hacer antes de irme…—
Leo frunce el ceño, sin entender que podría ser más importante que volver para las fiestas. Lavander siempre habla bien de su familia, lo mucho que ama a sus padres o los amigos que tiene en Londres.
¿Qué podría ser más importante para ella quedarse tiempo extra aquí?
Leo no lo entiende, pero no sé queja.
Suena egoísta, pero disfrutará esté tiempo con la chica.
—En ese caso, princesa…me pongo a la órden durante su estadía, lo que usted necesite y ordene. Esté humilde caballero está para servirle. — dice juguetón, ese tono travieso de coqueteo que más de una vez le criticaron pero que Lavander acepta con una sonrisa, divertida ante sus gestos teatrales.
—Cuento contigo, mi caballero.— dice ella, imitando su tono juguetón y Leo…
Bueno, digamos que un tómate tendría envidia de su cara.
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Lavander no recuerda la primera vez que vio la nieve. Le ha parecido linda desde que tiene memoria, y jugar en ella era una buena manera de pasar el invierno sin aburrirse en casa, pero hasta ahí.
Sabe que hay personas que aman la nieve con la misma intensidad que hay personas que aman la lluvia.
Lavander podría decir que lo entiende, porque ella misma ama ese día de primavera tras la primera lluvia, en la que las lavandas del jardín de su casa florecen y cada que la brisa sopla, el aroma se cuela en su ventana.
Ama ese día, es su día favorito.
Pero ahora, cree que ha descubierto otro día favorito.
La mañana de la primera nevada de invierno, Lavander se levanta más temprano de lo usual. Había hecho sus cuentas y estaba de los días en que la nieve llenaría el patio de su instituto, así que las ansias no la dejaron dormir mucho esos días.
Hasta hoy.
Corre hacia el vestíbulo de los chicos, el cual conoce perfectamente gracias a las pijamadas con Draco y Theo, y toca varias veces la puerta de Leo.
El chico se levanta de milagro, tiene el cabello despeinado, la marca de la almohada en la mejilla, su pantalón de pijama de spiderman y una camiseta blanca holgada.
Es adorable.
Lavander, si pudiera sonreír más, lo haría pero sus mejillas ya duelen y quiere aprovechar que todos están dormidos para darle está sorpresa a Leo.
Tal vez sea egoísta, por querer ser la primera (y única) en ver la expresión de Leo cuando conozca la nieve, pero no puede evitarlo.
La forma que sus ojos brillan y una sonrisa emocionada, casi infantil crece en sus labios compensa el corto sueño.
—¡Yeez! ¡Duele!— se quejó Leo, aunque su tono no se desanima. Lavander lo observa divertido correr sobre la nieve, tirarse en los montículos y jugar hasta que su cabello rizado se llena del polvo blanco.
Descalza igual que él , Lavander lo alcanza en la nieve y se sienta junto a él. Leo se ha quedado tirado sobre un ángel de nieve que ha hecho.
Uno de quince.
—Gracias, princesa.— Leo ensancha su sonrisa, su respiración agitada por correr de un lado a otro a pesar de que el ejercicio no es su fuerte.
Las mejillas de Lavander se calientan, un suave sonrojo en estas porque aquí, tirado sobre la cama de nieve blanca, con el cabello alborotado y la sonrisa más brillante que Lavander ha visto, Leo se ve como el ch
ico más encantador del mundo.
No resiste el impulso de besar su mejilla.
—Lo que sea por mi caballero.
