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—¿Qué vas a pedir?— pregunta en un tono suave, sin levantar la vista de la carta.
El ambiente del restaurante es cálido, la iluminación tenue otorga una atmósfera íntima a un lugar que de por sí, ya es perfecto para ellos. Las lámparas colgantes, los muebles de madera, las pequeñas velas encendidas que decoran las mesas y una gran chimenea al fondo del local, hacen de él uno de los restaurantes más deseados por las parejas y familias de la zona.
Ella juguetea con su copa de vino, trazando con el dedo el borde de cristal mientras espera a que él responda a su pregunta. Su vestido negro y ajustado, simple pero elegante, hace que los ojos de él se desvíen continuamente hacia ella, incapaz de ignorar las curvas que realza esa tela de terciopelo.
Él apoya los codos en la mesa y la observa sin disimulo, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Todavía no lo sé. Estoy un poco distraído.
Ella levanta la vista, mirándolo de frente.
—¿Por qué?— dice totalmente ajena a la verdadera razón.
Él sonríe de lado, disfrutando de su confusión.
—Por ti.
Satowa parpadea y enseguida vuelve a concentrarse en el menú, claramente sonrojada por las palabras de su chico.
—No digas tonterías —murmura.
—No son tonterías —responde él en un tono bajo y firme—. Estás preciosa.
Ella aprieta los labios, intentando disimular la sonrisa que se forma en ellos. Hay algo en la manera directa que él tiene de hablar que siempre logra desarmarla, no consigue entender muy bien cómo después de cuatro años juntos todavía no ha podido acostumbrarse.
—Gracias —murmura finalmente, casi de forma inaudible, pero no levanta la vista.
Chika apoya la barbilla en una mano, sin apartar la mirada de ella y elevando una ceja le responde con suavidad.
—¿Gracias? ¿Eso es todo?
Satowa levanta los ojos y lo mira, con una mezcla de nerviosismo y vergüenza que no es capaz de disimular.
—¿Qué quieres que diga?
—No sé… algo más efusivo. “Mi amor, gracias por darte cuenta de que soy la mujer más bella del restaurante y probablemente de todo Japón esta noche”. Algo así.— dice sonriendo y volviendo a apoyar sus manos en la mesa.
Ella niega con la cabeza, intentando contener una risa y tapándose parte del rostro con su mano libre.
—Eres imposible.— dice aún ruborizada y con la sonrisa en la boca.
Él quiere replicar algo pero no puede. Parece que el tiempo pasa a cámara lenta. Con esa luz tenue que les alumbra, se queda mirando cómo ella se coloca un mechón largo de melena negra tras la oreja y finalmente lo mira. Esta vez, luchando contra su timidez, el rubor de antes apenas se ha ido y sus ojos brillan de forma cristalina. Lleva el pelo semirecogido en una coleta alta y gracias a eso, puede verle el cuello, su piel suave y desnuda hasta la clavícula.
Los ojos de Chika se oscurecen.
Traga saliva. No quiere seguir mirando hacia abajo porque prefiere mantener la calma, al menos hasta que lleguen a casa. O hasta que salgan del restaurante.
El camarero aparece en ese momento, irrumpiendo sus reflexiones. Ambos hacen sus pedidos, aunque Chika pide lo primero que ve en la carta porque, para empezar, sabe que allí todo está bueno y para terminar, se ha pasado el rato mirándola y no ha podido elegir con criterio lo que le apetece. Aunque realmente sí sabe lo que quiere, pero no está en la carta… Carraspea intentando evaporar sus pensamientos y se reajusta disimuladamente los pantalones, que empieza a notar tensos en cierta zona.
Ella nota su aparente incomodidad y pregunta.
—¿Todo bien?
Durante un momento, él contiene la respiración y pasea lentamente la mirada por su cintura, sus pechos, su cuello, su mandíbula, sus labios, su nariz y cuando llega a sus ojos, suelta todo el aire contenido y la mira fijamente.
—Me estás poniendo malo.
Ella parpadea, incrédula.
Esa cara, ese suave pelo dorado, esos ojos hambrientos, esa camisa blanca con los dos primeros botones abiertos, las mangas subidas hasta los antebrazos, esas manos fuertes con dedos largos, hábiles y bonitos…
—Necesito más vino.— dice ella volviendo a llenar su copa intentando calmar sus pensamientos y lo que ha provocado esa simple frase de él.
Él sonríe, pícaro, consciente de que la ha alterado. Se acerca aún más a ella sobre la mesa y le pregunta.
—¿De verdad no te das cuenta de lo increíble que eres y lo mucho que me pones?
Ella vuelve a ruborizarse de forma salvaje.
—¿P-pe-pero qué te pasa hoy Chika?— dice mirando a todos lados temiendo que alguien les haya escuchado.
—Tú.— responde él en voz baja.— Me pasas tú y ese maldito vestido que quiero arrancarte ahora mismo.
Ella se queda en shock. Toma su copa y bebe lo que resta de vino, mira a un punto infinito y se levanta.
—Perdona, tengo que ir al baño.
Se levanta rápido pero no lo suficiente para que él no logre vislumbrar la espectacular forma que le hace ese vestido. Otra vez. Ya ha tenido ocasión de admirarla en casa detenidamente pero no deja de sorprenderle lo preciosa que está. El largo es hasta las rodillas, con una pequeña hendedura en medio, la tela se ciñe a su cuerpo realzando caderas, cintura, pecho y trasero. Suspira cuando ella se aleja. Tiene que relajarse, es posible que la cena no le siente bien si tiene toda la sangre bombeando en un solo lugar.
Pasan unos minutos hasta que siente una mano en su hombro, que baja despacio hasta su pectoral, un aliento cálido en su oreja y un aroma que le derrite.
—Gracias, mi amor.— susurra ella y seguidamente, muerde levemente su lóbulo superior.
Vuelve a sentarse en su sitio y ve cómo él la ha seguido con la mirada pero al final, cierra los ojos y sus fosas nasales se abren ampliamente dejando entrar el aire que parece haber perdido. No es el único que sabe jugar a esto, piensa ella divertida y envalentonada por el reflejo que ha visto en el espejo. Realmente se ve espectacular. Pero claro, a veces necesita un pequeño empujón para sacar su lado coqueto, como las dos copas de vino que ha tomado recientemente, y más si están en un lugar público.
—Estás muy callado, ¿pasa algo?— pregunta en un tono dulce y pícaro.
Él sonríe a medias, mirándola fijamente, embelesado por ese cambio de actitud y reprimiendo las ganas vehementes que tiene de besarla.
Justo en ese momento llega el mesero y les sirve sus deliciosas platos respectivamente interrumpiendo la tensión que se ha creado entre los dos.
Ambos empiezan a comer en silencio, los primeros bocados saben a gloria. Conocieron este sitio gracias a la recomendación de Hiro y Takezo, se prometieron venir los cuatro juntos algún día, pero la primera vez y en su aniversario, querían disfrutarlo a solas.
—Pruébalo— dice Chika ofreciéndole una pequeña porción de su risotto.— está buenísimo.
Ella deja sus cubiertos sobre la mesa y se inclina hacia él, mirándole a los ojos, abre la boca y pone sus labios sobre el tenedor, lentamente se va apartando, sin dejar de mirarlo mastica con suavidad y al tragar, asiente y sonríe, mirándole de arriba a abajo, deteniéndose en sus ojos.
—Sí, está buenísimo.
Sin duda esas copas de vino la están ayudando, y ella feliz, para qué negarlo. La cara de Chika es un auténtico poema.
Él tose, visiblemente nervioso y halagado al mismo tiempo.
—No deberías decir esas cosas.
—¿Por qué?— pregunta ella, acercándose un poco más. Sus ojos lo atrapan y Chika siente que el tiempo se detiene— ¿te pongo nervioso?
—Más de lo que crees.— contesta él entrecerrando los ojos.
Satowa sonríe y mira hacia abajo, mordiéndose el labio.
—Me encanta verte así— dice, apoyando la mano en la mesa, lo suficientemente cerca para rozar sus dedos con los de él.
Ese ligero contacto es como una descarga eléctrica. Chika la mira y por un momento ninguno de los dice nada. Sus ojos se encuentran y aunque el sitio está lleno de parejas y sus respectivas conversaciones, ahora mismo ellos parecen estar en una burbuja aparte.
Finalmente, Chika rompe el silencio.
—No entiendo cómo después de cuatro años sigues haciendo esto.
—¿Esto?
—Sí… hacer que me sienta como un idiota nervioso en nuestra primera cita.
Satowa sonríe y, con una caricia ligera, traza círculos en el dorso de su mano con la yema de los dedos.
—Eso es porque sigues siendo un poco idiota. Pero eres mi idiota.
Chika suelta una carcajada, relajándose un poco.
—Gracias, supongo.
El camarero regresa esta vez para ofrecerles los postres. De todos los que habían, que no eran pocos, evidentemente deciden compartir una tarta mousse de fresa. Tan pronto como se quedan solos de nuevo, Satowa se inclina hacia él, apoyando el codo en la mesa y acercando su rostro al de Chika.
—¿Sabes por qué me gusta este sitio? —pregunta ella, jugando con la copa de vino.
—¿Por qué?— responde él con suavidad, mirando sus labios.
—Porque siempre hay algo bonito que mirar.
Chika siente el calor subirle por el cuello. No es el único al que le cuesta acostumbrarse a ciertos comentarios.
—¿Estás ligando conmigo?
—¿Te estás dando cuenta ahora?
Ambos ríen, pero la risa muere rápidamente, dejando espacio para otra de esas pausas llenas de tensión. Satowa se muerde ligeramente el labio, y Chika no puede evitar seguir el movimiento con la mirada.
—Estás increíble esta noche, de verdad —admite finalmente, su voz baja y grave. No solo es el vestido, es todo. Su voz, sus expresiones, su forma de mirarlo, su forma de tocarlo, el brillo en sus ojos….
Ella inclina la cabeza, sonriendo.
—Gracias. Tú también estás bastante bien.
Chika no responde, pero su mirada intensa le deja claro que sus palabras no son suficientes para expresar lo que realmente piensa. Ella alarga la mano y le toca el cuello de la camisa, ajustándola ligeramente.
—Te queda muy bien, pero creo que estaría mejor si te relajaras un poco —dice con suavidad.
—Es difícil relajarse cuando estás tan cerca.
Satowa suelta una risita y deja caer la mano, pero no antes de que sus dedos rocen la piel de su cuello.
—Tal vez no quiero que te relajes —murmura, antes de sentarse derecha y tomar un sorbo de vino.
A medida que avanza la noche, la química entre ellos se vuelve casi palpable, como una chispa constante que amenaza con convertirse en fuego. Necesitan tocarse, besarse, abrazarse.
Cuando finalmente salen del restaurante, el aire fresco de la noche los envuelve. Él le ayuda a ponerse su abrigo y justo cuando se lo acomoda él la toma del rostro y la besa con fuerza.
Ella se ríe, lleva esperando ese beso toda la noche pero la intensidad y fuerza de Chika le pillan por sorpresa. Él se aparta sonriendo.
—¿De qué te ríes ahora?— pregunta aún abrazándola por la cintura.
—De nada.— responde ella sin borrar su sonrisa, apoyando las manos en su pecho.— Simplemente estoy muy feliz… Gracias por esta noche.— dice, acariciándole la mejilla.
Él vuelve a besarla, esta vez de forma más dulce.
—Gracias a ti por aguantarme estos años.
—No tengo otra opción. Te quiero demasiado.
Ambos sonríen.
—Feliz aniversario, preciosa.
