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El corazón del caballero

Summary:

Shouta esta cansado después de una guerra de 10 años, pero ahora que hay paz su unico trabajo es capturar a un escurridizo bardo.
Termina en un inesperado encuentro.

Tema 5: Villancicos.

Work Text:

La gente decía muchas cosas de él, pero nada más alejado de la verdad. Luchó y sobrevivió, ¿qué más querían saber?

La guerra de los 10 años fue brutal para el imperio y sabe que, aunque ya estaba acabada, el pueblo seguía resintiendo las consecuencias de la guerra. Su trabajo como Capitán de escuadrón nunca acaba, no es lo que deseaba, no es lo que quería, pero es lo que tiene.

Lo único más molesto que lo reconozcan en la calle y la captura de rebeldes, es cierto bardo que odiaba al ejército Imperial.

Causaba revuelos extravagantes y aunque intentaba capturarlo por alterar el orden público, el maldito era bueno. Shouta le concedía eso, pero no quitaba la hostilidad en su mirada cuando el ejército y él se encontraban en el mismo pueblo o ciudad. El único crimen real de ese bardo fue ofender a un noble y huir de su castigo. Shouta no veía el crimen en ello, la única diferencia entre que Shouta hiciera lo mismo y saliera ileso, era su estatus de Héroe y el título nobiliario de su padre.

Shouta odiaba a su padre y odiaba la guerra, pero era bueno luchando y era lo único que le había permitido seguir vivo, entonces si alguien quería que capturara al escurridizo bardo, Shouta tenía que obedecer a la par de completar su recorrido por las fronteras del imperio.

 

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Si algo había aprendido Shouta de sus años en la guerra fue a pasar desapercibido y conseguir información de manera eficiente, el plan que ideó hace años con su mejor amigo rendía frutos 10 años después. Como en cada pueblo y ciudad a la que pasaban, viajaba por adelantado e investigaba la situación antes de llegar de manera oficial.

 

—Ten cuidado, Shouta, sal de ahí si la situación es peligrosa, ¿de acuerdo? — Shouta terminó de ajustar su capa sobre su cabeza y asintió para calmar a su amigo. Le debía tanto, sin él, no sabía cómo habría mantenido la cordura.

El hombre se había hecho pasar por él en cualquier asunto no oficial, así la gente no conocía su rostro y su trabajo fuese más efectivo.

Se despidió de su amigo y cabalgó hasta las afueras de la ciudad. Apenas atardecía por lo que su llegada no levantaría sospechas. La gente comenzaba a decorar de muérdagos y piñas de pino sus umbrales, nada muy ostentoso, la apariencia del pueblo no era la mejor, pero la gente tenía un techo, al menos la mayoría.

Shouta marchó a la única taberna que había y aunque no le sorprendió mucho ver tan poca gente en el establecimiento, lo que sí lo hizo fue la presencia de niños.

Sus ropas no eran las más finas, mucho menos las más abrigadas para el clima que comenzaba a enfriar en esas fechas, pero sus sonrisas eran brillantes, más que la fogata a sus pequeñas espaldas. Aunque lo que atrajo su atención desde el momento en el que entró fueron los acordes del laúd que el hombre frente a los niños tocaba con hábiles dedos.

 

Y su voz. Shouta nunca había escuchado una voz más suave y profunda en su vida. Era como un arrullo.

La canción que el bardo cantaba era una sobre Yule, contaba la historia de la festividad con tal armonía que Shouta no podía despegar la vista del interprete. Sin duda había escuchado villancicos alguna vez en su vida, pero ninguno así. El hombre murmuraba las palabras con dulzura y calidez los niños aplaudían y Shouta escuchaba embelesado.

Cuando el hombre rasgó los últimos acordes los niños vitorearon su interpretación y procedieron a pedir algo que llamaban "La historia del caballero carmesí". El bardo rió y cuando su rostro de giró un poco hacia donde estaba Shouta, lo reconoció.

El bardo escurridizo.

Shouta lo observó y no llevaba sus extravagantes ropas verdes, ni su peinado tan singular, podría pasar desapercibido si quisiera, pero esos ojos verdes eran inconfundibles para Shouta.

 

—¡Zashi, queremos historia del caballero! —exigían los menores. El bardo sonrió y comenzó a tocar una melodía más rápida mientras narraba.

Hablaba con tal familiaridad y cariño de este caballero que Shouta pensaría que estaba enamorado de él.

 

— Cabalgando en su corcel, el intrépido caballero ayuda y protege a quien lo necesita, cumple ordenes de un rey al que no le importa la gente, pero a ¡él sí que lo hace! — la historia siguió su curso, Shouta quedó prendado de la habilidad del hombre para narrar. Entonces algo cobró en esa narrativa.

Él la conocía, no, él la había vivido.

Era Shouta el caballero del que estaba hablando el bardo.

 

—Es asombroso, ¿no? — preguntó la mujer que atendía en la barra. Sirvió una cerveza y se la entregó.  Se presentó como Nemuri y le guiñó un ojo.

 

—Viene de vez en cuando a traer semillas para los agricultores del pueblo y las reparte, también mantas y otros bienes — comenta ella distraídamente mientras limpiaba uno de los tarros usados.

Shouta asiente levemente mientras toma un trago a su bebida y echa un vistazo al rubio que seguía contando sus hazañas en la guerra. Nada de lo que hizo en esos diez años fue heroico, pero cuando ese hombre lo contaba parecía que sí lo había sido. Sus orejas ardían cuanto más escuchaba. Sentía calor en su rostro, quería culparlo por el frío o quizá la bebida.

La balada terminó y los niños siguieron pidiendo más, pero el hombre se disculpó y caminó hacia la barra sonde sonrió radiante a la encargada.

 

—¡Hey, Nem! Muero de sed, dame algo, esos pequeños espectadores me dejaran afónico a este paso —su sonrisa contradecía sus palabras y la mujer le sirvió una cerveza igual.

El bardo estaba justo a su lado, nunca habían estado tan cerca, siempre que estaban frente a frente el hombre hacía una reverencia y huía rápidamente. Ahora podía distinguir mejor sus facciones. Cabello rubio largo, ojos verdes brillantes, alto, y una sonrisa particularmente amplia. En estándares de Shouta era atractivo, tal vez demasiado su gusto. Y el hecho sólo empeoró el calor en sus mejillas.

 

El bardo volteó a verlo al sentir su mirada y cuando ambos se encontraron vio cómo la sorpresa se apoderaba de su rostro y hubo un silencio profundo.

El bardo iba a hablar y Shouta negó y sonrió. Sacó de su bolsa unas monedas de plata y se las dio a Nemuri.

 

— Por mi bebida y las que pida él —señaló al músico y alcanzó a ver el intenso sonrojo en las mejillas del rubio antes de salir.

 

Oboro lo mataría, pero entendería.

Si al final omitió cosas en su reporte respecto a ese pueblo en específico, Shouta era el único que lo sabía.

 

 

 

 

 

 

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