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–Tengo novedades para ti, Juanjo.
Raúl, su jefe, era un tipo curioso pero debía reconocer que con el tiempo le había cogido cariño. Cuando llegó a Barcelona completamente solo, con un título universitario y ninguna experiencia bajo el brazo fue el único en tenderle la mano. Tres años después, allí seguía, trabajando como guía turística en una compañía que le había permitido formarse, no solo en la bella ciudad mediterránea, sino también en otros países de Europa para organizar viajes de ensueño al extranjero a grupos de entre diez y quince personas. . .
A su mejor amiga, Denna, le parecía muy extraño que hubiera encontrado su trabajo soñado en un despacho escondido entre los arcos de piedra del Barrio Gótico. Realmente le gustaba contar historias a los turistas y hacerles comprender la cultura de cada lugar que visitaba, pero su mayor amor era la planificación de estos viajes.
Juanjo era un amante de la organización. A diferencia de todos sus compañeros, su parte favorita del trabajo eran los días previos a coger un vuelo o llevar a un grupo a recorrer Barcelona. Esos momentos en los que solo estaban él y la pantalla del ordenador con un Word planificado al dedillo. Tenerlo todo bajo control le hacía sentirse bien. Los cambios de última hora habían provocado que siempre llevara una pelota antiestrés es la mochila. El orden lo mantenía sereno en medio del caos de la ciudad catalana.
Quizás por eso era uno de los mejores en su sector. Su jefe lo sabía y se lo recordaba de vez en cuando. Le gustaría pensar que el motivo era animarlo, aunque la gran cantidad de correos con ofertas de trabajo que le llegaban al mail parecían tener algo que ver con aquella necesidad de asegurarse de que Juanjo era feliz allí. Para su suerte, el maño no tenía ninguna intención de dejar atrás sus oficinas pronto.
Porque los cambios tampoco le gustaban, y la estabilidad que había encontrado en ese despacho no la cambiaría por nada ni por nadie en este mundo. Podría salir a cualquier ciudad a recorrer las calles como un habitante más, pero siempre volvería a Barcelona, a su zona de confort.
Su próximo destino era Croacia. Lo había visitado varias veces con otros grupos. Togir, en concreto, era su ciudad elegida para todos los tours. Era uno de sus destinos favoritos, contaba con una belleza secreta que siempre le hacía sentirse como en casa en cuanto bajaba del avión.
Esta vez iría acompañada de su vecino de oficina, Quique. Quién era lo suficientemente vago para dejarle hacer el planeamiento a él solo, pero pondría de su parte a la hora de llevar a cabo. Juanjo no vio ningún problema en aquella gestión.
–Ha surgido un problema. Por lo que tengo una mala noticia y una buena. ¿Cuál prefieres primero? –Raúl tomó asiento en su despacho haciendo que Juanjo lo imitara por inercia.
–La mala. El golpe siempre es mejor antes que la caricia.
–Perfecto. He tenido que sustituir a tu compañero, Quique ha dejado temporalmente su puesto.
–¿Cómo? –su expresión de shock no pasa desapercibida para su jefe, que asiente falsamente apenado ante la noticia.
–Sí, desgraciadamente le ha tocado la lotería y ha decidido irse de mochilero a la India. Así que si sobrevive lo tendremos trabajando dentro de unos meses. Pero eso te deja a ti sin compañero, por lo que he tenido que buscarte una solución que nos beneficie a los dos.
Esa última frase lo hizo temblar. Raúl tenía un concepto un tanto extraño de lo que significa beneficiario. Como aquellas navidades que les “regaló” a todos un día extra para que no tuvieran que pedirlo, o cuando en medio de sus vacaciones lo llamaron por una urgencia que amenazaba con dejarlos a los dos sin trabajo y resultó ser un problema en la instalación eléctrica de la oficina que Juanjo a duras penas pudo resolver. No estaba seguro de cómo funcionaba su relación, pero lo que sí sabía es que sus palabras no iban a gustarle ni un pelo.
–Y esa solución es… –se agarró a su ordenador sobre la mesa para evitar morderse las uñas a causa de la incertidumbre que comenzó a desestabilizarle. Un nuevo compañero a dos días de coger el vuelo… Su peor pesadilla.
–Un nuevo empleado. Con una visión diferente del turismo. –su jefe gestualizaba cada palabra como si tratara de convencerlo de la idea. –Más abierta, más… Bohemia.
–Bohemia… –reflexionó Juanjo en alto a punto de lanzarle el aparato electrónico a la cabeza.
–Sí, sí. Algo innovador. Y lo mejor de todo es que estuvo dos años viviendo en Croacia mientras acababa la carrera, por lo que lo conoce a la perfección y te ayudará mucho.
–No entraba en mis planos tener que enseñarle al novato, si me permite opinar. –dijo sin ningún reparo por el tono cargado de reproche que estaba utilizando.
–No te preocupes por eso. Lo haras genial. El único objetivo es que los turistas estén satisfechos. –Raúl agarró un bolígrafo entre los dedos que empezó a girar con agilidad mientras se recostaba en su silla.
–Como siempre, está claro. –comentó Juanjo con cierta confusión por su preocupación arrepentida por la opinión de los clientes.
–Esta vez es especial. –volvió a erguirse, acercándose sobre la mesa a él como si quisiera contarle un secreto. –Verás, llevo unos meses hablando con unos inversores interesados en ampliar el negocio fuera de España. Las ganancias han incrementado mucho estos meses, pero necesitamos más dinero para trasladarnos y expandirnos hacia nuevos horizontes, por lo que es imprescindible tenerlos contentos.
–Quiere convencerlos de que es la empresa adecuada para apoyar económicamente. –intuyó la guía leyendo las insinuaciones de su jefe.
–Exacto. Para eso necesito que vean cómo trabajamos. –Juanjo estuvo tentado a corregir ese plural mal utilizado, pero Raúl no dejaba lugar a objeciones así que lo dejó acabar. –Lo que nos lleva a tu próximo trabajo.
–¿Se cancela el viaje a Croacia? –cuestionó alarmado asimilando el desperdicio de horas de trabajo que eso supondría.
–Negativo. Croacia es nuestro plan de inversión asegurada.
–Ya… No lo entiendo.
–El grupo al que llevaréis dará su feedback al acabar los diez días allí, de forma que es la oportunidad de que firmen con nosotros. O de que se alejan del todo.
–Eso no va a pasar. –contestó Juanjo con toda la seguridad que lo movía en lo que respetaba a su capacidad para hacer bien su trabajo.
–Lo tenía claro, por eso elegí a mi mejor empleado para la tarea. Necesitamos ese visto bueno, sé que puedes hacerlo pero necesito que lo des todo ¿Está claro?
–Claro, señor. No escuchará una sola queja.
–Bien. Pásate mañana por aquí, te presentaré a Martín.
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–Me cago en la puta.
–Vaya, alguien ha tenido un buen día. –habló Denna desde el sofá mientras detenía la película que estaba viendo acompañada de un bote de palomitas.
La rubia seguía en búsqueda del papel perfecto, por lo que acudía a todos los castings que se le presentaban cuando no estaba trabajando en la cafetería de su tía. Eso la llevaba algunos días a recorrer Barcelona de arriba abajo y otros completamente libre, pensativa en el sofá mientras ahogaba sus penas en alguna película romántica que la se sentiría menos desgraciada. Por lo menos tenía un novio con el que entretenerse, le decía siempre Juanjo.
–¿Tú crees que es normal que me cambien el compañero a dos días de irme a otro puto país a trabajar diez días y encima me digan que el resultado puede determinar el rumbo de la empresa?
Juanjo se movía tan rápido de un lado a otro desde que había entrado al apartamento que ambos compartían, que no se dio cuenta de que había dejado la puerta abierta hasta que escuchó:
–¡Nos importa una mierda! ¡Baja la voz, imbécil!
–¡Y tú recoge las mierdas de tu perro del portal, guarro! –contestó sin pensarlo. Su amiga se encargó de cerrar la puerta dando por terminada la discusión con el vecino del cuarto.
–Vamos a tranquilizarnos. No quiero tener que mudarme aún. Este piso es lo único que nos podemos permitir en toda Barcelona, vamos a llevarnos bien con los vecinos ¿si?
Juanjo le hizo caso dejándose caer bocabajo sobre el sofá. A los pocos segundos Denna le acariciaba la espalda intentando reconfortarlo. Desgraciadamente había demasiada frustración en él formando capas de rabia como para poder llegar al fondo, donde el chico solo era un empleado explotado más que vivía con lo justo y se quejaba de sus problemas a su amiga intentando encontrar el consuelo en alguien que supiera escuchar.
–¿Estoy siendo muy dramático?
–Más bien diría precipitado. Aún no conoces a tu compañero, igual os lleváis bien.
–No lo creo. –separó la cara de entre los cojines para mirar a su amiga. –Dijo que tenía una visión bohemia del trabajo…
La expresión de circunstancia de Denna le dejó claro lo terrible que sonaba aquello teniendo en cuenta su forma de funcionar, tan metódica y calculada al milímetro. Dejó caer su peso de nuevo sobre el sofá esperando que la tierra se lo tragara cuanto antes mejor.
–No pienses mal, yo no me fiaría mucho del criterio de tu jefe. –dio unas palmaditas en su espalda animándolo. –¿Cuándo os presentarán?
–Mañana. –pronunció en un gruñido casi imperceptible por los cojines que frenaban el sonido.
-¡Genial! Tenéis tiempo para conoceros.
Era la única opción que tenía aunque no le apeteciera lo más mínimo. Conocer al tal Martín en tiempo récord y asegurarse de que no se interpondría en sus aviones. El trabajo era importante para Juanjo, pero esta vez era aún más necesario que todo saliera bien. No quería irse de la empresa, volver a empezar no era una opción.
No estaba asustado, era más bien molestia por los cambios de aviones que habían surgido de repente. Porque un novato no iba a fastidiarle su racha de clientes satisfechos, no podía ser tan terrible ¿verdad?
–¿Y si pido que me sustituyan? –Denna no lo dejó quejarse más, agarró por los hombros a su compañero de piso y lo obligó a mirarla.
La chica siempre se encargaba de acompañarlo cuando estaba mal y necesitaba un hombro sobre el que llorar, pero nunca lo dejaba dar un paso adelante ni atrás si creía que su amigo se equivocaba. Su instinto protector se activaba con Juanjo como si fueran hermanos de sangre. Lo ayudaría a levantarse siempre que fuera necesario, pero si podía evitar la caída vendería su alma por intentarlo.
–De eso nada Juanjo, tú vas a coger un vuelo a Croacia y vas a aprovechar la oportunidad de demostrar que eres el mejor en lo tuyo. ¿Me has oído?
-Si.
–Ahora vete a ponerte el pijama ya o no te espero para el final de la película.
–Hemos visto La La Land mil veces, puedo narrarte el final si quieres. –pese a su queja, no dudó en hacerle caso e ir a su habitación a por unos pantalones más cómodos y algo que no fuera una camisa para cubrir su torso.
–No veo el problema. ¿Tienes alguna queja sobre La La Land? Porque me voy a vivir ahora mismo con el vecino del cuarto.
–Ninguña. No te dejaría pasar por ese sufrimiento. Siempre que cocina la escalera huele a quemado. –su cuerpo sintió un escalofrío que la rubia recibió como el mejor chiste que había escuchado nunca.
Los dos se taparon con la manta que la madre de Juanjo les había regalado esas navidades junto a mil aparatos de cocina que parecían imprescindibles para un hogar. Juanjo sabía que era una excusa para decirle a su hijo que iba a echarlo de menos por Zaragoza, por lo que le prometió llevarle un tupper de sus recetas siempre que pudiera.
En pocos minutos, ambos lloraban intentando consolarse mutuamente. No importaba cuantas veces la vieran, siempre resultaba igual de duro digerir la historia. A los pocos minutos, bajo la melodía de los créditos, ambos cayeron rendidos uno sobre el hombro de la otra.
