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Pirocognición

Summary:

Jayce volvió a casa finalmente de ese mundo apocalíptico. Cada vez que está solo, tiene vívidos recuerdos de lo que le pasó en ese otro mundo y de lo que notó en él. El fuego le había mostrado a su verdadero yo y sus verdaderos sentimientos, algo que ya no puede ignorar y que vendrá a él en momentos inesperados.

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Pirocognición.

De vuelta a casa.

Se encontró llorando y temblando envuelto en los cálidos brazos de su madre, aun en los girones de lo que alguna vez fue su costosa ropa, su piel oscurecida y pegajosa por el sudor y la suciedad que tenía adheridas, su cabello grasoso y un hedor abominable que manaba de él.

Su madre, sin repudio alguno, lo acunó en sus brazos, sin dejar de preguntarle ¿qué le ocurrió? Pero Jayce no dejaba de temblar y disculparse. Su corazón estaba muy herido, ya ni siquiera le importaba contestar, o más bien, la soledad había sido su compañera por tanto tiempo que ya no siquiera era capaz de compartir. No podía abrirse como antes.

Ximena lo llevó dentro, se sentaron en un sillón de dos plazas. Ella lo hizo recostarse y apoyar la cabeza en su regazó.

— Estás en casa, estás a salvo — dijo ella conciliadoramente, tratando de no romperse también.

El lloró de nuevo, ahora en sus piernas. Su madre le acarició el grasoso cuero cabelludo. Jayce resoplaba no pudiendo contener el sentimiento, hasta que se calmó lo suficiente, para que su mamá sintiera la confianza de dejarlo por un momento solo.

Cuando llegó ese momento, Ximena, fue a llenar la tina de baño con agua tibia para él. Su estado era tan deplorable que lo ayudó a bañarse. Con dificultad debido a su tamaño de adulto, Ximena le quitó la ropa como cuando era un pequeño niño. Jayce simplemente dejó a su madre cuidarlo, estaba su mente en un caos y su corazón necesitaba ese apapacho.

Finalmente, cuando estuvo desnudo, su madre le echó un poco de agua con una cubeta, enjabonó una esponja y comenzó a tallarle con cuidado el cuerpo.

— Mi niño — repetía ella, intentando que la voz no se le quebrara.

Jayce se mantenía en silencio con los ojos vidriosos y con ocasionales lagrimones escapándose y dejando un rastro lodoso en su rostro.

Ximena tomó una toalla húmeda y con cuidado, empezó a remover la mugre de su rostro, ocasionalmente acariciándolo con los pulgares, buscando sus ojos perdidos en solo él sabría dónde.

Ella continuó aseándolo con cuidado de no dañar su ya lastimada piel. Luego, vertió un poco de shampoo en sus manos y empezó a hacer burbujas con él, para poder lavar su cabello. Le echó algunos cubetazos de agua tibia. El agua salía negruzca y llena de tierra, manchando el piso blanco hasta terminar por completo en la coladera.

Luego, Ximena lo ayudó a levantarse para ingresar en la tina, para que se relajara un poco, mientras ella buscaba un cambio de ropa para él.

Aun llorando en silencio, Jayce, esperó a su madre, sintiendo el calor del baño en su piel, convenciéndose de que estaba en casa. Pero su mente seguía allá, en ese mundo, seguía en la comuna con él disparándole a Viktor, matándolo.

Simplemente no podía dejar de atormentarse.

Durante los meses que estuvo atrapado en ese otro mundo, Jayce había pasado por una serie de epifanías y revelaciones sobre sí mismo, que no abandonaban su mente. De tanto en tanto pensaba en ellas, en cómo descubrió que no era lo que él pensaba.

Ese tiempo fue tortuoso.

Siempre pensando en sus errores. En todo lo que podría haber hecho diferente. En cómo su relación con su madre, con Heimmerdinger, con Mel y con Viktor, como todo habría cambiado de haber reaccionado distinto.

Uno de sus primeros pensamientos fue sobre su propia lealtad. Se dio cuenta que su lealtad era principalmente consigo mismo y que no era tan altruista como a él le gustaba pensar de sí mismo. Todo lo que había hecho, había sido por su necesidad de complacer a todos. Pero, desgraciadamente, eso lo había llevado a terminar por no complacer a nadie, traicionando a todos con una lealtad a medias hacia todos. Definitivamente por eso terminó en la ruina.

El calor del baño, su reflejo en el agua, los cuidados gentiles de su madre y la soledad momentánea le hicieron tener un recuerdo vívido de él mismo atrapado en esa grieta.

Recordó como fue que finalmente se dio cuenta de sus sentimientos. Fue gradual, ese tiempo a solas lo obligó, a explorar los lugares más recónditos y oscuros de su mente. Su verdadero "yo". El fuego quemó muchas de sus defensas mentales, incineró las máscaras y las mentiras que usaba frente a la sociedad y frente a sí mismo.

Recordó que, entre sus primeros pasos a descubrirse, muchos de sus pensamientos y recuerdos "inusuales" fueron respecto a Viktor.

Se recordó años atrás, cuando Viktor salió de cirugía en el hospital, luego de que le colocaran los tornillos en la columna, habían usado una cama bastante amplia y un colchón especial en el que muchas noches durmió junto a él, para estar cerca en caso de que necesitara ayuda. Viktor durmiendo boca abajo, apenas y logrando soportar el dolor, incluso medicado. Recordó que hablaba de todo tipo de cosas para distraerlo del dolor que lo aquejaba, aunque no tenía mucho éxito.

Recién que salió de la cirugía, incluso respirar era doloroso para Viktor, porque con cada inhalación y exhalación, su cuerpo se movía. Recordó haber pasado noches en vela porque no quería que lo cuidara una enfermera todo el tiempo, quería cuidarlo él mismo. Sabía que nadie cuidaría a Viktor como él.

En su memoria yacían imágenes de Viktor intentando suprimir muecas de dolor, noches donde Viktor no podía dormir y lagrimas furtivas que se escapaban de sus ojos constantemente. Muecas de frustración y horas de trabajo mental ante su incapacidad de moverse, donde hablaban de sus proyectos y él seguía maravillándose con la brillante mente de Viktor, que, pese a estar atrapada en un cuerpo que en ese momento no podía moverse, seguía desarrollándose majestuosamente. Viktor en ese tiempo se encargaba en gran parte del trabajo mental, mientras que él desarrollaba los proyectos.

Se recordó a sí mismo, acariciando su mano para reconfortarlo, le acariciaba el cabello, los brazos, en otros momentos le masajeaba la pierna o le ayudaba a cambiarla de posición. Llegó a masajearle el rostro, solo para poder distraerlo del dolor y demostrarle su apoyo. Se recordó ayudándolo a incorporarse, a alimentarlo, a ir al baño, a asearlo.

Luego de la cirugía, el tiempo de recuperación fue muy largo y Viktor no podía valerse por sí mismo en ningún sentido. Inicialmente no podía ni recostarse sobre su propia espalda, no podía comer sólidos, no podía siquiera moverse demasiado.

Viktor era un hombre orgulloso y aunque a Jayce no le gustaba admitirlo, le generaba cierta satisfacción saber que él era el único en el que Viktor confiaba para ciertas cosas que conllevaban su cuidado o que le permitiera tener ciertos gestos de cercanía como reconfortarlo o escucharlo. De igual forma, a Jayce le satisfacía saber que podía retribuirle, aunque sea un poco de lo que Viktor alguna vez le dio.

Por supuesto, también fue en ese periodo donde reafirmó su creencia sobre lo fuerte mental y físicamente que Viktor es. Le hizo admirarlo más de lo que ya lo hacía, lo hizo fascinarse con su fortaleza, su inteligencia y resiliencia.

Sin embargo, estando frente al fuego, Jayce se confrontó con la impureza de ciertos pensamientos que surgieron mientras cuidaba de él. Ya cuando Viktor estaba más recuperado, luego de un largo año. Cuando ocupaba muchísimo menos de su ayuda, y Jayce ya podía darse el lujo de no centrarse únicamente en lo médico. Jayce había notado cosas que decidió ignorar, pues, le provocaban cierto sentimiento de culpa. Pero el fuego, con su naturaleza violenta y pasional, desnudó completamente su mente, lo hizo ver su lado más bestial, retorcido y maquiavélico. El fuego abría paso a la vida y eso hizo con Jayce.

Jayce había notado el cuerpo de Viktor.

Aun se autocastigaba por verlo así luego de que Viktor le confiara mostrar su vulnerabilidad física, mental y emocional. Y aunque él había enviado esos pensamientos al rincón más oscuro de su mente, el fuego había alumbrado e incinerado todo como papel.

Notó que le gustaba observar su espalda, lo larga y esvelta que era con aquella faja ortopédica, que le hacía recordar algo que no debía, recordaba un cierto poster "recreativo" en su laboratorio de la academia, antes de fundar hextech; y se recriminó tanto por tenerlo, como por notarlo, así como de compararlo y peor aún, por verlo de una forma morbosa que no debía.

También, había notado lo estrecha que era su cintura y como cabía con facilidad entre sus manos cuando lo ayudaba a levantarse o vestirse; justo cuando ya su cuerpo podía darse el lujo de ser vestido.

Había notado cómo podía envolver el muslo de Viktor completamente con su mano, cada vez que lo ayudaba a hacer algunos ejercicios para que no se atrofiaran sus músculos.

Incluso notó otra cosa en la que no debió pensar. Repudiaba su propia morbosidad. Pero lo notó. Notó cómo sonaba Viktor gimiendo ante esfuerzos y dolores, había notado demasiadas cosas por las que ahora se autocastigaba, porque pese a la situación, él había faltado a su confianza, incluso si Viktor no lo sabía, y él mismo apenas lo notaba, pero lo había hecho.

Recordó, el cómo Viktor gritaba de dolor y tenía ciertos arrebatos durante su fisioterapia, lo frustrante que había sido para él aprender a caminar de nuevo; cómo él en ocasiones, aunque Viktor se molestase, lo abrazaba y lo levantaba.

De repente, su madre volvió y se angustió.

Jayce seguía llorando con amargura y en silencio en la tina. Con suavidad, Ximena lo hizo salir de la bañera y lo llevó a la habitación. Lo sentó y Jayce comenzó a sentir la toalla suave secarlo.

Sonrió finalmente.

— ¿Qué te pasó? — dijo ella acariciándole la mejilla.

— No importa… — dijo intentando que su voz no se quebrara — Volví…

— Estás en casa — repitió ella, apretando suavemente su barbilla con su mano y dándole un beso en la mejilla, pudiendo ver claramente que Jayce estaba devastado y cambiado.

Por su parte, Jayce se dio cuenta de algo: jamás volvería a ser el mismo. El fuego había desnudado demasiadas partes de su alma y ahora que las conocía, temía dejar que otros las vieran, pero estaba seguro de que sus epifanías frente al fuego no lo dejarían escapar, recordaría todas y cada una. Los sueños extraños que tuvo, sus alucinaciones, sus pensamientos al masturbarse, su llanto.

Todo.