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Observó la flor por tercera vez y el numero escrito en el listón que la adornaba. Contra su buen juicio, termina sonriendo, pero borra su sonrisa en seguida.
"No estás aquí para caer, no te involucres". Lo repite cual mantra durante su trayecto al bar donde el bartender le ofrece una llave sin indicarle nada más. Keigo no cuestiona nada, dejó de hacerlo hace tiempo. O al menos desde que esta aventura comenzó. Dabi solo era un objetivo y esto era sólo algo físico. Sube las escaleras con el corazón pesado y mal disimulada anticipación. Por momentos, dejaba de ser el hombre con una misión y se disponía a ser sólo Keigo, sabía la razón de su conflicto.
Es imposible negarlo cuando llega a la habitación y ese par de ojos azules lo observan con diversión, porque eso hacían, ¿no? Ambos se divertían, al menos esperaba que Dabi lo hiciera, así no se sentiría tan mal.
Dabi era un hombre peligroso, pero cuando la puerta se cerraba, Keigo podía sentir cómo esa aura amenazante e imponente se evaporaba como un sueño y su sonrisa se suavizaba y los sentimientos contradictorios peleaban en su interior.
Dabi estaba sentado en la orilla de la cama apoyado sobre sus brazos y lo miraba con una sonrisa ladina.
—Sigo preguntándome porqué siempre vengo —Keigo le enseña la pequeña flor rosada de cinco pétalos, una rosa mosqueta, o Eglanteria, cómo le dijeron que se llamaba. Había tenido que investigarla después de su tercer encuentro, siempre la misma flor.
—Yo me hago la misma pregunta —Dabi sonaba casi aburrido, pero pronto se acomodó sobre sus antebrazos, una clara invitación que Keigo tuvo que aceptar. En momentos como este es dónde deseaba olvidar su misión, olvidar quién era y solo entregarse por completo, pero lo que hacía era importante.
Se quitó la camisa y trepó al regazo del hombre quién parecía tener un brillo especial hoy.
—¿Ocurrió algo bueno? —cada que Dabi estaba feliz o más enigmático de lo normal, siempre significaban problemas para él. Dabi negó con la cabeza y con una mano acarició su mejilla. Keigo, se inclinó hacia su toque y suspiró suavemente.
Dabi tenía una mirada cargada que parecía querer decir algo. Keigo intentó bañarlo de besos desde su clavícula hasta sus labios.
—¿Me dirás qué te preocupa? —siempre era lo mismo, Dabi negaba con la cabeza y para no hablar más de temas complicados, comenzaba a besarlo con fiereza. Keigo nunca admitiría que esta era la parte que más le gustaba. Después nunca había mucha charla entre ellos, los besos, caricias y toques hablaban por ellos. Había días en que Dabi era rudo y demandante, tomaba lo que quería y después le daba a Keigo lo que él quería. En otras ocasiones era como hoy, empezaba suave, cariñoso. Caricias y palabras dulces que dejaban a Keigo sintiéndose culpable y a la vez queriendo entregarse por completo a este hombre que parecía verlo como algo precioso.
Keigo quiere más tiempo, quiere vivir un poco más de esto, pero no puede, necesita dar evidencia y pruebas sobre Dabi pronto y eso lo atormenta. Debe renunciar a este caso, no tiene caso negarlo a este punto. Se ha involucrado demasiado.
La forma en que Dabi dice su nombre con reverencia y cariño le hacen querer llorar y él se promete que es la última vez. Dejará el caso, se alejará de Dabi y esta será la despedida para él y ese cariño reticente que siente.
—Te amo —sus voz es airada por el esfuerzo, ambos están bañados en sudor, pero el rostro de Dabi se transforma por completo. Hay reconocimiento, luego cambia y su mirada se enternece. Lo besa con cuidado, como si no quisiera dejarlo ir, como si ese beso pusiera durar una eternidad, pero termina de todas maneras.
Keigo se queda dormido entre sus brazos, al menos se puede permitir eso.
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El sonido de su celular lo despierta. Toma el teléfono a tientas y contesta sin mirar el número.
—¡Takami! Gracias a Dios que contestas, ven a la oficina —La voz de Rumi sonaba estresada, observó su alrededor y se dio cuenta que seguía en la misma habitación, pero Dabi no estaba y parecía no haber estado por mucho tiempo, su lado de la cama estaba frío.
—Takami, hablo en serio, tienes que venir ahora, Dabi murió y nos acaban de llegar las pruebas que necesitábamos de una fuente anónima, el juez mandará la orden de aprehensión para el resto del grupo — Keigo dejó de escuchar, observó junto a su almohada la misma eglanteria de las veces anteriores, pero ahora con una nota, que solo decía:
"Quién te quiere, te hará llorar"
Y se derrumbó en una marejada de emociones, que eran de todo menos alivio, Dabi había muerto, era su misión arrestarlo, pero había muerto. Sabía que no era coincidencia, siempre había sido su intención. Todo era parte de su plan y Keigo estaba destrozado. Maldijo a Dabi por su egoísmo y entonces la nota cobró sentido. Entonces, la herida que Dabi dejó, dolió más y no tuvo más que aceptarlo.
