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Harry nunca espera correo, no es que no tuviera correo, llegan de todas partes, todos los días, pero él no los conoce, mucha gente le manda cartas, ya sea para insultarlo o agradecerle y expresar su apoyo. Harry nunca lee esas cartas, no le interesan, la opinión de la gente se mueve como el agua en la orilla del lago y todo el apoyo que quiere y necesita está en la gente que lo rodea en las mesas a su alrededor. San Valentín, sin embargo, lo hace peor. Ese día ya no son solo la carta de admiradores o cartas de odio de gente llamándolo mentiroso o un huérfano hambriento de atención. Ahora hay paquetes con calderos de chocolates, cartas perfumadas de colores. Harry lo odia.
Por lo general, Harry despide las lechuzas con gesto en la mano, algunas no se van hasta que entregan su paquete o que Harry les dé una golosina, pero de entre todo ese correo basura, en los últimos tres años, el único correo que le interesa es la caja de madera negra en las patas de una lechuza gris.
No es llamativa, tampoco lleva más decoración que un listón plateado y una tarjeta con una caligrafía elegante. Harry sonríe cuando ve la perfecta curva en la "s" al final de la firma.
Se pregunta cómo no lo dedujo hace años cuando la respuesta era demasiado obvia.
Momus nunca le había mandado nada en esta fecha en años anteriores, era gracioso en retrospectiva. Por el rabillo del ojo ve a Umbridge que se ha levantado de su asiento y camina a pasos pequeños, pero apresurados hacia su asiento. Harry lee la tarjeta con rapidez.
"Para Harry Potter, siempre serás mi Gryffindor favorito.
Feliz San Valentín.
Tuyo, Momus."
Harry siente que sus mejillas arden y por un instante quiere mirar hacía la mesa donde sabe que esa persona lo observa. Porque cuando esa absurda guerra de bromas entre los gemelos y Momus comenzó, este sólo era un nombre, alguien que no conocía y no tenía nada que ver con él, pero ahora, luego de esa primera caja en segundo año, era una persona con un sentido del humor que le agradaba, lo había hecho reír y cada semana se preguntaba si recibiría una broma o no. Los gemelos eran felices de tener a alguien que compartiera su gusto por las bromas y que los obligara a probar nuevos retos, Harry, amaba el sentido del humor de Momus, pero cuando descubrió su identidad, no estaba seguro. Era asociar a dos personas completamente opuestas y a la vez la misma, como en ese momento, sentía la mirada sobre él, la electricidad que le recorre el cuerpo porque sabe que lo observa. Los pasos de Umbridge se escuchaban más cerca. Harry toma la caja sin poner atención al inminente desastre que se avecina. Momus sabía, era obvio, que cada paquete sospechoso que Harry recibiera era inspeccionado por la horrible mujer, Harry sabía que aunque la tarjeta dijera una cosa, el paquete no era para él. Como siempre, la caja no tenía un acertijo o rompecabezas como las cajas que recibían los gemelos, sólo un listón la mantenía sellada y Harry tiró de él y antes de siquiera intentar abrir la caja, una mano pequeña y regordeta se la arrebató.
—¿Qué tiene aquí, Señor Potter? —Harry observó cómo todos dejaron de hacer lo que sea que estuvieran haciendo y ahora observaban cómo la "Suma Inquisidora" confiscaba el correo de Harry.
—Es un regalo de un amigo muy especial, profesora —se aseguró de acentuar sus palabras y captó cómo en la mesa de Slytherin cierto rubio intentaba no ahogarse con su jugo de calabaza.
Harry sonrió con inocencia.
—¿Y quién es este amigo, Señor Potter? —Harry se encogió de hombros.
—No lo sé, Profesora, solo me envía este tipo de paquetes de vez en cuando —varios de sus compañeros en la mesa de Gryffindor soltaron una risita, pues estaban al tanto de las travesuras de Momus con Harry y los gemelos.
Umbridge lo miro con sospecha y procedió a destapar la caja abruptamente. Harry alcanzó a ver pequeños calderos de chocolate envueltos en papel de cera rojo y en un instante estos comenzaron a hincharse. Harry retrocedió unos pasos lejos de Umbridge y luego los calderos de chocolate explotaron en un humo verde. Harry percibió el leve aroma a chocolate y almendras mezclado con menta y un poco de canela.
Alguien desvaneció el humo verde y sólo persistió el aroma del chocolate en el aire. Cuando la visibilidad volvió, Harry tuvo que morderse la lengua para no reír, cosa que sus compañeros de casa y de las demás mesas no hicieron.
Umbridge estaba verde, no un verde bonito, era un verde vomito demasiado feo que hacía resaltar más sus facciones de sapo.
La mujer lo miró con odio e intentó castigarlo, pero McGonagall en su posición como jefa de casa le recriminó que no tenía derecho a abrir el correo de los alumnos, aunque todos ya sabían que la mujer revisaba todo lo que enviaban, pero era la primera vez que lo hacía de manera tan obvia y descarada.
Cuando por fin se marchó con su piel verde y el sonido de sus tacones repiqueteando en el salon, Harry se atrevió a mirar directamente a la mesa de Slytherin. Draco le observaba con una expresión seria, pero Harry pudo distinguir un brillo divertido en sus ojos. Ambos chocaron miradas un momento y sonrió como nunca le había sonreído al chico en su vida, una sonrisa sincera que creyó sería imposible en su vida, pero Draco merecía saber que Harry estaba agradecido con Momus, que estaba agradecido con él. Vio cómo las mejillas del chico se pintaban de rojo y esquivaba su mirada y Harry volvió a su asiento antes de que alguien pudiera captar el intercambio entre ambos. Nunca había estado tan contento por recibir el correo o unos chocolates.
