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Lancelot siempre supo sobre la existencia de las almas gemelas y sin embargo… jamás creyó que fueran algo importante.
Nacido de la unión de un hada y un humano, sus padres eran el vivo ejemplo de que las almas gemelas no siempre terminaban juntas y aun así se podía encontrar la felicidad con alguien más.
Creció junto a su pequeña familia en Benwick, jugando con las hadas del bosque, ayudándolas a no ser engañadas y recibiendo la ocasional visita de su tío, de quien solo sabía era el actual rey de las hadas, un ser elegido por el mismísimo Árbol Sagrado para gobernar y cuidar a las hadas y su reino.
Al menos eso es lo que su madre le había dicho. Es por eso que se sorprendió cuando un par de hadas que no perecían a Benwick llegaron en busca de ayuda, solicitando una audiencia con su padre en vez de ir directamente con el rey hada.
Aquella vez, las hadas que siempre asistían al rey, bloquearon el paso de los recién llegados, exigiéndoles el motivo por el cual estaban allí. Al parecer un niño humano al cual estaban criando estaba enfermo y no sabían cómo ayudarlo. Las hadas del palacio les negaron la audiencia con el soberano del lugar mientras fruncían el ceño ante aquella ridícula petición.
— El rey esta ocupado. Interrumpirlo por una simple enfermedad… vayan a algún reino humano a buscar un curandero — dijeron con desdén para luego darse la vuelta y volver a sus deberes, solo para ver como las hadas pasaban a toda velocidad por su lado, ingresando al castillo.
No lograron avanzar sino unos pocos metros antes de ser detenidas.
— ¿Que es todo este alboroto? — preguntó su padre con un bostezo.
— ¡Rey Ban, tenemos unos invasores! ¡Intentaron entrar al castillo a la fuerza! — el rey simplemente bajo la mirada, encontrándose con dos hadas de bajo rango siendo aplastadas contra el suelo. — Hacer todo este escandalo por un simple humano — dijo en voz baja una de las hadas.
— Oye, oye. Yo también soy un humano, ¿lo recuerdas? — le reclamó ligeramente el pecado de la avaricia. — ¿Y ustedes que quieren aquí? — pregunto mirando los ojos llorosos de los invasores y ordenando que los liberaran.
— ¡Rey Ban! ¡Vinimos por su ayuda! — gritó el de cabellos verdes.
— El niño que estamos cuidando a enfermado gravemente, creemos que puede ser a causa de su magia — explicó un poco más calmado el de alas moradas. — Su abuelo ha intentado todo para hacer que la fiebre baje, pero no mejora con nada. Él… él es un humano que ha estado cuidando de nosotros desde hace muchos años… ¡Por favor, envíe a alguien que pueda ayudar a su nieto! — expresó su petición mientras se arrodillaba con la cabeza baja y forzaba a su acompañante a hacerlo también.
Lancelot, quien miraba todo desde una distancia segura, notó como la cara de su padre se ablandaba al escuchar la historia de los invasores.
— No les prometo que podamos ayudarlo — les dijo con calma, viendo como levantaban sus rostros con los ojos aguados, a punto de llorar. — Pero enviare a alguien con ustedes para que lo revise —.
El rey de Benwick dio media vuelta, indicándoles que lo siguieran y hablo con una de las hadas del lugar para luego enviar a los tres de vuelta al barranco desde donde decían venir.
Ban, consciente de la presencia de su hijo, lo llamó para que se acercara.
— Escúchame Lancelot, la historia entre las hadas y los humanos no es la mejor, por eso hay muchas hadas que menosprecian a los humanos — para el pequeño eso era algo obvio, ya había visto muchos humanos tratando de sacar provecho de sus amigos del bosque. Estaba a punto de responderle lo que pensaba a su padre, cuando este lo interrumpió.
— Pero eso no significa que en el futuro no pueda mejorar — continuo con una sonrisa ladina. — Ellos se arriesgaron a venir aquí, buscando ayuda para un niño humano. Vieron a alguien en problemas, e incluso arriesgándose a una golpiza, vinieron a pedirnos ayuda para devolverle el favor al hombre que cuida de ellos, sin importar la raza —.
— Yo y tu madre somos la prueba de que ambas razas pueden vivir en armonía, espero que algún día puedas entenderlo, Lance. — concluyo, desordenando los cabellos de su hijo con una de sus manos para luego volver con su esposa. — Después de todo, tu eres la prueba viviente de ello —.
A partir de ese día, las palabras de su padre resonaban en su cabeza y lo hacían preguntarse como serían los humanos de ahí afuera. Todos los que llegaban a Benwick no eran nada más que unos embusteros que intentaban aprovecharse de las hadas del bosque, no creía que hubiera excepción. Su padre no contaba, él era diferente.
Pero aun así… todos los que llegaban eran adultos… quizás los niños humanos eran diferentes… Por más que lo negara, él siempre había querido tener otros niños con los que jugar.
Todas las hadas que vivían en Benwick eran al menos 200 años mayores que él. Las hadas bebé solo nacían el bosque del rey hada y luego salían al mundo exterior si así lo deseaban.
Era verdad que la mente de las hadas se mantenía como la de un niño por muchos siglos, pero él quería tener a alguien que lo viese como su igual, que viviera al mismo tiempo que él. No a alguien que siempre le estuviera diciendo príncipe o que viera nada más como unos pocos segundos lo que para él eran semanas o incluso meses.
Le daba igual si era un humano o de alguna otra raza, para él, que crecía diferente a los demás de su reino… la ilusión de encontrar a alguien con quien compartir su día a día era algo que esperaba con ansias.
De vez en cuando, espiaba a su padre hablando con una persona desconocida para luego discutir lo hablado con su tío, alcanzando a distinguir unas cuantas palabras antes de ser descubierto y regañado por escuchar conversaciones de adultos.
Todas las veces era lo mismo. Lo descubrían escuchando, los adultos fingirían estar enojados con él y luego lo enviarían a jugar al bosque con las hadas, pero aquella vez cuando tenia cerca de 6 años fue diferente.
Estaba espiando pegado a la puerta de la sala en la que su padre y tío se habían encerrado a hablar cuando escucho algo que llamó su atención.
— … ¿estas seguro de que Phao es el indicado? — preguntaba su padre.
— Sí, Diane y yo ya no podremos tener más hijos. — respondió su tío con calma. — Además, Phao es el único con cabello castaño y es-- —se calló abruptamente.
Lancelot sabía que su tío estaba casado, pero no sabia que tuviera hijos. La idea de tener otros niños para jugar con él le emocionaba, al punto de distraerlo lo suficiente como para no escapar cuando sintió la puerta abrirse.
Cayó a los pies de su padre y levantó la cabeza esperando ver como los adultos abrían la boca para regañarlo, pero solamente se encontró con las caras sorprendidas de su padre y su tío.
Sentía algo extraño por todo su cuerpo y comenzaba a sentirse cansado, quedándose dormido en donde estaba.
Despertó con su madre sentada a un lado de su cama, acariciando sus cabellos.
— ¿Cómo te sientes? — le preguntó con una sonrisa. — Te he dicho muchas veces que no espíes a tu padre — lo regaño con suavidad.
Al parecer, saber que tenía otros niños con los que compartir lo había sorprendido más de la cuenta. La sensación extraña que sintió al caer fue su magia de transformación activándose al no querer que lo descubrieran para seguir escuchando, lo que terminó por agotarlo.
— Tú cuerpo no pudo seguir el ritmo al que se manifestaba tú magia — le dijo su madre. Según lo dicho por su esposo, Lancelot se había transformado en diferentes animales y hadas en un corto periodo de tiempo antes de desmayarse por el cansancio.
Su padre entró unos momentos después con una seriedad que el pequeño nunca había visto dirigida a él.
— Arréglate — le dijo luego de asegurarse de que su hijo estuviera bien. — Nos vamos a Liones —.
Fue así como él y su padre partieron hacia un reino del que Lancelot solo había escuchado en historias.
Sin avisar a nadie sobre su llegada, su padre los guio hasta una enorme sala, ocupada únicamente por una mesa y unas cuantas sillas donde estuvieron esperando en silencio por un par de minutos.
Repentinamente la puerta de la sala se abrió, entrado por ella un niño rubio, y tras él un anciano apoyado en el brazo de una joven mujer.
— ¡Hey, Ban! — dijo el rubio sonriente — Tú debes ser Lancelot. Permíteme presentarme, yo soy Meliodas, el rey de Liones — el nombrado sólo se quedó estático, escuchando al otro niño parlotear sobre cuanto había crecido durante esos años.
¿En verdad ese niño era del que siempre le hablaba su papá?
— No lo mires así — hablo su padre con voz burlona. — Aunque no lo parezca, él es incluso más viejo que tu madre — dijo sorprendiendo aún más al híbrido y provocando que el rey de Liones estallara en carcajadas.
Los mayores intercambiaron algunas palabras para luego pedirle al chico que se acercara al anciano y descubriera su rostro. El hombre sólo lo miró unos segundos para acto seguido hacer un gesto afirmativo con la cabeza.
Lancelot miró preocupado a su padre al escucharlo maldecir por lo bajo y restregar su rostro con una de sus manos.
— Llamaremos a King y a Diane — habló con voz autoritaria el rey de Liones.
— Puedes jugar con nuestro hijo mientras nosotros hablamos — le dijo amablemente la mujer que estaba en la sala. — Estoy segura de que a la señorita Jericho no le molestara cuidarlos por un rato —.
Lancelot dirigió su mirada hacia quien ahora reconocía como la reina de Liones, quedando perplejo ante lo que veía. La mujer solamente sonrió con dulzura ante la cara de sorpresa que el niño tenía en ese momento y, colocando una mano en su hombro, comenzó a guiarlo hacia la salida.
El joven príncipe de Benwick no pudo hacer más que seguir las indicaciones de la reina, sin prestar demasiada atención a las palabras que le decía, aun distraído por aquel pendiente que llevaba… pues era idéntico a la marca en su pierna derecha.
Mientras caminaba hacia la dirección que la reina indicaba, esta avisó a una sirvienta para que enviaran a la persona llamada Jericho al cuarto del príncipe.
La señorita Elizabeth, como se había presentado y él mismo recordaba de los cuentos de su padre, hablaba sin parar sobre su hijo y como él tampoco estaba acostumbrado a ser visitado por niños de su edad.
Finalmente, luego de subir algunas escaleras y dar vueltas por algunos pasillos, llegaron a una habitación custodiada por dos soldados, uno a cada lado de la puerta, quienes dieron paso para que la reina abriera silenciosamente una de las puertas.
Esa fue la primera vez que Lancelot vio a quien sería incapaz de olvidar por más años que pasasen.
Ahí, en medio de la habitación se encontraba un niño de espaldas a la entrada. Lo primero que el niño de cabellos rubios notó fue su largo cabello, del mismo color que el de la reina, y como sus hombros se alzaron al escuchar el sonido de la puerta.
El príncipe de Liones giró la cabeza para después ponerse en pie y correr a los brazos a su madre con una gran sonrisa plasmada en su rostro.
— Tristán, hoy vino de visita alguien a quien le gustaría conocerte — le dijo con voz serena la reina Elizabeth, haciendo que el niño girara hasta encontrar su mirada con el niño que acompañaba a su madre.
El de cabello largo intentó imitar la pose y el tono de voz con el que tantas veces había visto a su padre presentarse y extendió su mano mientras cerraba sus ojos con confianza, esperando que el recién llegado le siguiera la corriente, pero nada ocurrió.
Abrió los ojos sorprendido y bajo un poco su mano para mirar al rubio, sólo para encontrarse con unos ojos magenta que lo observaban fijamente mientras su portador abría y cerraba la boca nerviosamente.
Y Lancelot… Lancelot no sabía que le estaba ocurriendo. En cuanto vio a aquel niño sonreír y correr hacia ellos no supo como actuar, era la primera vez que veía a otro niño. ¿Debía saludarlo normalmente o de manera formal? ¿podía jugar brusco con él o los adultos se enfadarían? ¿y si no se agradaban, que ocurriría?
Eran muchas las preguntas que inundaban su mente y cuando el niño extendió su mano para saludarlo estaba tan nervioso que no sabía si debía tomarla o no, pero la peor parte para él vino después.
Cuando el príncipe de Liones abrió los ojos y lo miro directamente, Lancelot se paralizo. En sus casi 6 años de vida, jamás había visto a alguien con unos ojos así, dos colores que a la vez combinaban perfectamente con la persona a la que pertenecían y que junto a aquella inocente sonrisa dejaron al pequeño anonadado y a su corazón latiendo frenéticamente.
Sintió su rostro arder y sus manos sudar cuando escucho una ligera risa proveniente de la reina, quien se agacho hasta quedar al nivel de su hijo y susurrarle algo al oído. El príncipe del reino simplemente asintió y se acerco a su invitado para tomar su manga y arrastrarlo hasta donde anteriormente había estado jugando.
Aquel día, para Lancelot todo estaba ocurriendo demasiado rápido. El niño solo podía escuchar como Tristán intentaba explicarle las reglas de su juego, respondiendo de vez en cuando con un ligero temblor en su voz, ganándose una cara preocupada por parte de su anfitrión.
— ¿Estas seguro de que te encuentras bien? — pregunto el de cabellos plateados. — Podemos cambiar de juego si quieres — dijo con voz desanimada, pensando que estaba aburriendo a su invitado.
Lancelot, aun sin comprender el porqué de su nerviosismo, se apresuró para intentar negarse a la propuesta de Tristán, cuando de un momento a otro, una mujer caballero entro por la puerta, interrumpiéndolo. La mujer saludo al príncipe y se presentó ante él como una antigua amiga de sus padres, diciéndoles que ella les haría compañía mientras los reyes hablaban.
Con la llegada de Jericho, el nerviosismo del príncipe de Benwick disminuyó y comenzó a participar más en los juegos que el príncipe proponía, ganándose como recompensa una hermosa sonrisa de la que no lograba despegar su mirada.
Fue en medio de uno de esos juegos que se fijo en el arete de su nuevo amigo y tomó valor para preguntar por el. Al parecer, esa era la posesión más preciada de Tristán, un regalo de una de sus tías para él.
— Mi mamita tiene el otro — respondió con una sonrisa. — Con esto nos vemos iguales, ¿verdad? — dijo emocionado por que alguien más viera el parecido entre ambos, sin notar como su acompañante cubría la marca en su pierna.
Las horas pasaron y su padre llegó por él, saludando a la mujer con la que estuvieron jugando. Hablo un rato con ella y luego tomó la mano de su hijo para dirigirse a la entrada.
El niño de cabellos rubios se despidió tristemente de su amigo y dio media vuelta para volver a su hogar. Se encontraba pensando en cómo posiblemente jamás volvería a verlo cuando sintió un repentino jalón en la manga de su abrigo.
Miró hacia atrás solo para encontrarse con Tristán, quien en un inicio tenia la mirada gacha para luego levantarla y acercarse aun más a su rostro.
— ¡Cartas! ¡¿Esta bien si te escribo cartas de vez en cuando?! — dijo para luego comenzar a divagar sobre como desde la desaparición de su primo, no se le permitía tener otros amigos sin la supervisión de sus padres y lo mucho que se había divertido ese día.
— ¡S-Si! ¡Las estaré esperando! — respondió con su rostro completamente rojo y un casi imperceptible tartamudeo que se ganó una sonora carcajada de su padre.
