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Nudos - Mr. Crawling (Homocipher)

Summary:

¡ Mr. Crawling es un chico lindo muy preocupado y enamorado !

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Notes:

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Chapter Text

mr lindo


A la oscuridad no le importa el tiempo, en lo absoluto. Nociones tan superfluas e inútiles fueron las primeras que perdiste al llegar aquí. Te riges por tus deseos y necesidades, probablemente la diferencia entre tú y un animal es poca; comes cuando tienes hambre, duermes cuando tienes sueño, juegas cuando estás aburrida. Llevas una vida tan buena como podría llegar a ser viviendo en esta ciudad de departamentos del terror, en una convivencia casi conyugal con quien te alegra el alma y te sigue a todas partes sin descanso.

Mr. Crawling ahora duerme, o lo intenta, o lo actúa. Su enorme cuerpo está enroscado en la cama que hasta hace un minuto compartían, enredados unos sobre otros como un par de serpientes. Su cabello sombrío le cubre el rostro, el cuerpo y parte de la cama, esparcido libre sin un solo nudo, sonríes orgullosa, y el recuerdo de hace unas horas te inunda.


Mr. Crawling y tú se habían separado por culpa de la estructura movediza del lugar. Solo quien lo hubiera visto en su propia carne podría decir lo angustiado que estaba Mr. Crawling caminando a cuatro patas por suelo y techo a toda velocidad como una araña afligida y desaliñada mientras te buscaba. No se podría decir que fue suerte, sino el cumplimiento de una búsqueda muy diligente por parte de ambos el que volvieran a encontrarse después de lo que parecieron días. Te habías sentado a descansar con el corazón hecho una bola cuando saliendo de la esquina del pasillo apareció una cosa negra y rápida: Mr. Crawling, que se aproximó apurado hasta ti, arrojándote al suelo en el acto.

—¡Yo preocupado! ¡Yo preocupado! —repetía sobre ti mientras su rostro se movía de un lado a otro buscándote heridas nuevas.

Parecía tan ansioso que pusiste tus manos sobre sus hombros para calmarlo y que no explotara, pero notaste que tú también te sentías de igual forma. Solo cuando palpaste su cuerpo físico en tu pecho se instaló la calma y pudiste descomprimirlo, entonces te reíste aliviada, como esa risa instantánea después de tropezar y darte cuenta de que sigues bien, que nada malo pasó. Mr. Crawling se centró en tu rostro, y cuando tú reíste, él te acompañó. Pareció satisfecho, y aunque no querías, retiró la jaula de sus brazos hacia atrás con torpeza hasta que se sentó sobre sus tobillos mirándote. Tú también te sentaste, rodilla a rodilla con él.

—Estoy bien, estoy bien. —fue tu turno de repetir mientras ponías tus manos sobre su cabello y le acariciabas la cabeza de un lado a otro hasta que apagó su risa juguetona cuando sus manos sostuvieron tus muñecas. Y suspiró: —Tú bien.

Asentiste y te acercaste más. —¿Sabes qué no está bien...? ¡Tu cabello! —te burlaste afectuosamente de él tironeando de los mechones posteriores de su nuca logrando que su quijada se elevara. El jadeó imperceptible— Oh ¿Qué tan rápido te habrás movido...? —divagaste en su idioma mientras retomabas las suaves caricias— Tu cabello está en problemas.

Él se alarmó y repitió. —¿"Problemas"?

Volviste a acortar la distancia, como siempre hacías cada que le enseñabas algo, arrimando tu susurro a su oído. Separaste un mechón y se lo pusiste en frente, señalaste: —Nudo.

Lo desenredaste con tus dedos. —Nudo se fue.

Mr. Crawling rió y señaló todas partes en su cabeza. —Muchos nudos.

Imitaste su gesto, satisfecha con tu labor de maestra. —Muchos nudos, así es. Ms. Hairdresser nos ayudará.
 
Ustedes, ciertamente, no podían tomarse de las manos de una forma convencional como hubieras pensado, pero estaba bien, porque el ingenio aplastaba toda carencia. Así es. Mientras Mr. Crawling se arrastraba a tu lado por el piso, tomaste una parte de su cabello y lo envolviste en tu dedo. Él sintió la suave intrusión y se volteó a verte ladeando la cabeza.

—Tú y yo, juntos —explicaste señalando la unión—. Un camino.

Mr. Crawling sonrió, juntó sus palmas y repitió ese gesto que le enseñaste una vez cuando estabas emocionada: aplaudir. —Útil, tú útil. Yo feliz.

Lo interpretaste como un halago a tu inteligencia.


Llamaste a la puerta de la peluquera en cuanto llegaron, ésta se abrió enseguida y allí parada en medio, tan radiante y dinámica como siempre, Ms. Hairdresser comunicó: —¿Corte?

Negaste alegre. Mr. Crawling pareció vacilante mientras examinaba su cabello. Tú señalaste el mostrador en frente. —Deseo eso… Herramienta cabello.

Ms. Hairdresser se movió en cámara lenta y levantó el peine con duda, en cuanto asentiste, enunció: —Tú dar herramienta cortar cabello. Yo dar herramienta arreglar cabello. 

Conmovida por el hecho de que recordara el favor inesperado que le hiciste hace siglos, saltaste y prometiste devolvérselo en cuanto terminaras. Ms. Hairdressed simplemente dijo “Ah” y siguió en lo suyo.
 

—¡Lo conseguimos, Mr. Crawling! —anunciaste en tu idioma meneando el peine en tus manos, y pese a que él no te entendió, compartió tu entusiasmo.

Tu animó se siguió renovando al caminar junto a él por los pasillos lúgubres con tu dedo enlazado a su cabello mientras él te comentaba su dramática búsqueda cuando se separaron. Ambos llegaron a la misma conclusión: Ahora que se habían conocido, estar solo se volvió doloroso y ya no lo deseaban.

Reconociste el conjunto de puertas que daban con lo que te atreviste a llamar como tu habitación desde que Mr. Crawling te llevó allí para que te recuperaras en alguna ocasión lejana. Las sábanas de la cama siempre bien extendidas y limpias como si estuvieran preparadas para tu inesperada llegada siempre eran un alivio.

Te quitaste tu mugriento traje plástico de lluvia lanzándolo al piso y disfrutaste de la comodidad de tu vestido blanco inmaculado. Luego te sentaste en la cama y palmeaste el sitio a tu lado. —Mr. Crawling, ven.

Tan obediente hacia ti como acostumbraba, él gateó arrimándose y, abriendo tus rodillas, deslizó su torso entre tus piernas y apoyó su barbilla en el dorso de tu mano palmeadora. Te reíste con ternura. —No, no. Sube, sube conmigo, juntos.

—Yo hacer. 

Ahora ambos estaban sentados en la cama uno detrás del otro mirando hacia la pared.

—¿Recuerdas nudo? —hablaste suavemente desde atrás de su oído, cerca suyo. El ambiente tornándose más íntimo con los segundos. Mr. Crawling asintió efusivo, se giró hacia ti y levantó su cabello jugando. 

—Sí. Nudo problema.

—No problema ahora —respondiste apoyando tus manos en su cabeza para que volviera a mirar al frente. Él disfrutó con tremenda dicha el contacto.

Le echaste un último vistazo a toda su cabellera y tomaste aire: sería un arduo trabajo. Trazaste entonces una línea recta en el centro de su coronilla separando el cabello en secciones. Notaste que sus hombros temblaban, te inclinaste para ver su expresión y viste que contenía una risita. Acariciaste su cabeza. —Está bien.
 
Con lentitud y cuidado, tomaste una delgada porción de su melena negruzca, apoyaste la punta en tu palma e hiciste la primer pasada con el peine. Para tu sorpresa, su cabello era extremadamente lacio y suave, desenredándose con gracia en el acto. La resolución de que, incluso sin tu ayuda, su cabello de todas formas hubiera vuelto a su peinado habitual te cayó encima; fingiste no darte cuenta y seguiste contenta con tu tarea.

Al poco tiempo de comenzar, Mr. Crawling empezó un suave compás balanceando sus hombros de un lado a otro en desplazamientos laterales mientras murmuraba una fina melodía sin palabras llenando el silencio. Desconocer la canción no impidió que la calma y el cariño comenzaran a aflorar de entre tu pecho, bañada en él.

Poco importaban los relojes, el tiempo podía pasar como quisiese porque en aquel momento la vida no se prestaba para ninguna otra cosa que el uno con el otro.

Al terminar de peinar los últimos mechones de su cabello, un bostezo inesperado te invadió. Te diste por satisfecha al admirar su gran melena brillar con fuerza en una caída sedosa y aterciopelada. —Lindo. Muy lindo.

Cuando dejaste de cepillar, Mr. Crawling dejó de tararear con el afán de volver a tener tu tacto, pero al escucharte decir esas palabras se consoló enseguida tirando su puchero por la ventana. —¡¿Lindo?! ¿Yo lindo? ¿Yo lindo?

—Cabello lindo. Tú lindo.

Mr. Crawling se embelesó hasta la exuberancia, arremetiendo contra ti y arrojándote sobre la cama repitiendo y repitiendo lo mismo haciéndote cosquillas sin darse cuenta. Te reíste olvidando tu sorpresa, acunaste su mejilla y asentiste todas las veces que te preguntó hasta que quedó complacido y encantado. Aprovechando el instante de silencio, expresaste: —En pasado duermo sola. Ahora quiero dormir contigo, juntos.

Fue Mr. Crawling quien se asombró ahora, tildado. —Tú… ¡¡¡Tú quieres dormir conmigo!!! ¡¡Juntos!! ¡Yo feliz! ¡Yo arreglar ahora!

Con eso, sus brazos se fundieron en tu espalda en un cinturón de hierro infranqueable, aprisionándote y arrastrándote por la cama hasta llegar a la cabecera donde los esperaban dos almohadas bien mullidas. Apenas lograste convencerlo de que te liberara para acomodarte mejor, aunque sospechaste que machacaste su felicidad en el proceso.

Primero te recostaste tú, hundiéndote sobre el colchón afelpado, Mr. Crawling, después de observarte un rato ladeó gradualmente su cabeza hasta que le hiciste un gesto para que se acercara, entonces se desplomó sobre tu pecho colosalmente jubiloso, sus amplias manos se acomodaron sobre tu pecho y en el dorso de ellas apoyó su barbilla, mirándote y mirándote con una sonrisa pintada. —Tú me gustas. Yo te gusto —arrullaba sonriendo. 

Disfrutaste de su gran cuerpo tibio sobre el tuyo, embelesada por la naturaleza cautivante de su cabello en tu mano con cortas caricias que subían y bajaban por su coronilla. En aquel momento, cuando subiste por sus labios y nariz, lo viste: Allí, arriba de sus rasgos, donde habitaba esa masa rojiza que ocultaba lo que debieron ser sus ojos, estaba su largo flequillo aún sin peinar.

No podía ser posible. Alargaste tu mano por las sábanas y retomaste el peine. Mr. Crawling seguía con su cabeza tus acciones. Posicionaste la punta del peine al principio de su frente y separaste las cortinas de su cabello en dos mitades a los costados de su cara con ternura. Presenciaste por primera vez su rostro completo en una expresión de sorpresa jadeante que levantó los músculos de sus cejas ficticias. Todo su cuerpo se puso rígido enseguida y pareció querer arrojarse a un rincón hecho bolita. Te estampaste una sonrisa devota y comprensiva en la cara, pero abajo la historia fue lo opuesto, tu brazo libre imitó su cinturón de hierro infranqueable de hace unos momentos y rodeó su espalda endurecido: no podría levantarse aunque quisiera. —Tú hermoso. Yo no escuchar más.

Con eso, sus labios se separaron en una expresión atontada y pasmada. Se recompuso rápidamente, relajándose encima tuyo sin inmutarse con una radiante sonrisa inamovible. Juraste ver sus rodillas flexionadas balancear sus pies de arriba a abajo como una colegiala. Te reíste. Volviste la vista al frente y cepillaste su fino flequillo con lentitud. Para suerte de tu somnolencia y deseos de dormir, terminaste rápido, para mala suerte de Mr. Crawling, demasiado rápido. Su capricho aún más frustrado cuando su flequillo volvió a su lugar y abandonaste las caricias. —¿De nuevo? —inquirió intentando volver a tenerte.

Susurraste tu respuesta. —No. Descanso ahora.

Él se quedó estático un momento, luego resolvió. —Tú segura. Yo proteger.

Negaste resuelta envolviendo tus brazos en su cabeza y atrayéndolo hacia ti. —Descansar juntos.

Mr. Crawling no opuso resistencia cuando aflojaste tu agarre. No lo pensaste mucho más con el regocijo de tener su cabeza en tu pecho encarneciendo todo lo demás, cerraste lentamente los ojos. La vida era buena así. El descanso no era un pecado.


Tu cuerpo durmió hasta el empacho. Tu cerebro entumecido recobró lentamente su consciencia y control corporal mientras aún tenías los ojos sellados. Te sentías tan cómoda. Si levantarse implicaba abandonar este lugar, no querías hacerlo. Tus brazos rodeaban una gran espalda tibia con laxitud, tus piernas estaban entrecruzadas alrededor de una cintura pequeña. Qué deleite. Aspiraste profundamente el aroma natural que emanaba del cuello en el que escondías tu rostro, te prestaste a la indecencia que surge de un despertar torpe y pesado cuando decidiste mordisquear y besar la piel grisácea escondida entre el cabello negruzco. Mr. Crawling tembló en respuesta. Te detuviste gradualmente y rumiaste en las aventuras en las que podrían sumergirse juntos hoy. Seguro sería divertido si estabas con él, aunque siempre era bueno evitar la preocupación excesiva de Mr. Crawling y tener algo de protección ¿Dónde estaba tu palanca? 

Separaste tu pecho de su espalda y giraste el cuello intentando encontrar tu arma botada en alguna parte de la habitación. No estaba a la vista. Terminaste de separar tu cuerpo del de Mr. Crawling y te levantaste con un máximo y victorioso sigilo para no despertarlo: funcionó. Él seguía tan tranquilo y cómodo como antes, aunque su cuerpo se movió enrollándose más cuando notó la ausencia de su fuente de calor. Te embelesaste oyendo sus suaves respiraciones, casi pensaste que podría empezar a chuparse el pulgar por lo tierno que se veía. Y luego seguiste buscando tu palanca, por el suelo, por el techo, por la cama, ah, hola Mr. Gap en el hoyo ¿Usted tiene mi palanca?. La dichosa palanca era tan visible como la cabeza de Ms. Bride. Te sentaste derrotada en la punta de la cama, con la espalda apoyada en el respaldo cerraste los ojos hasta que una serie de movimientos arrastrados y una risa discordante te hizo abrirlos. Te sobresaltaste.

—Hola —saludó súper alegre Mr. Crawling bajo las mantas mostrando la oscuridad infinita de su sonrisa. Ladeaste la cabeza y lo observaste en detalle sabiendo que no te importa habitar esa oscuridad. 

—¿No estabas dormido? —preguntaste casi en reproche a lo que él simplemente rió y se arrastró hasta tu regazo, abrazando tus caderas con sus brazos.

—Tú despertar. Yo despertar —alegó caprichoso.

Entrecerraste los ojos y te encorvaste para acercarte progresivamente más a él. —¿Estás mintiendo?

Aunque Mr. Crawling no tenía ojos y solo un exuberante flequillo, aun así movió su cabeza hacia otro lado, evitando tu mirada. Finalmente cambió de tema y volvió a sonreír apretándose más contra ti. —Me gustas.

También olvidaste el tema y sonreíste acariciando su cabeza. —Tú me gustas más.

Mr. Crawling rió profundamente contento en esos decibeles que te penetraban la médula espinal y te hacían sentir su risa reverberando en tu cuerpo estrechado en sus brazos. Él siguió canturreando mientras movía su cabeza y segundos después sacó tu palanca mostrándotela: —Yo tengo tu cosa favorita... Yo soy tu cosa favorita ahora —reflexionó en voz alta balanceando la vara de hierro de un lado a otro—. Tú ya no me dejarás ahora. —concluyó sonriendo y expectante a tu respuesta.


Decidiste que sus cavilaciones no eran del todo incorrectas y le diste el visto bueno asintiendo. Enrollaste tu mano sobre la suya y le quitaste la palanca arrojándola a un lado, Mr. Crawling no tuvo tiempo a dibujar el desconcierto en su rostro cuando le tocaste el pecho y declaraste: —Tú, mi favorito. Yo, tu favorita. Yo no dejarte jamás.

Mr. Crawling se zangoloteó trepando por tu pecho hasta quedar cara a cara contigo. —¿Siempre juntos? ¿Eternidad juntos?

Confirmaste imitando su agarre de hierro sobre tu cuerpo en el suyo y sonreíste contenta. —Siempre juntos. Eternidad juntos.

Es bueno saber que él jamás te dejará ir, porque tú tampoco lo dejarías irse sin ti, bajo ningún término.