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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-03-06
Updated:
2025-03-06
Words:
20,793
Chapters:
3/6
Kudos:
17
Bookmarks:
2
Hits:
196

La deuda que lo inicio todo

Summary:

Las cartas habían hablado: un juego más, una mala mano y una última apuesta desesperada.

Notes:

Está historia no está basada en el canon del juego, aunque puede haber algunas menciones.
No suelo usar los sufijos -kun, -san, etc; pero me gusta como suena en los diálogos que usan en el juego.
Todos son mayores de edad.
Las etiquetas se irán actualizando con el

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: El pacto.

Chapter Text

El casino Sinostra, famoso por su excelente ambiente de día y noche, el lugar de todo el país donde probablemente se movía muchísimo más dinero del que nadie se podía imaginar. Un día más sin cerrar las puertas y dónde las luces neones confundían y llenaba de éxtasis a todos los que, embobados, seguían malgastado su dinero en apuestas absurdas, atrayendo a quienes querían tentar la suerte e incrementar su fortuna; y encerrando a quiénes la perdían. 

 

Romeo Scorpio Lucci, quien se encontraba en la cima de toda esa maquinaria perfecta, el administrador más competente que jamás había tenido el casino; un hombre de talle elegante que siempre vestía con trajes a la medida y ropa de diseñador; de mirada fría y calculadora, cuya sonrisa jamás revela sus verdaderos pensamientos; llevaba ya mirando un rato una mesa en particular a través del vidrio polarizado. 

 

Las cartas habían hablado: un juego más, una mala mano y una última apuesta desesperada. 

 

En esa mesa de póker se encontraba Kaito Fuji, con su camisa hecha un desastre y los cabellos rubios revueltos. La desesperación se le notaba en cada acción y reacción de su cuerpo. La última ficha azul se deslizaba entre los dedos de su mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía lo último de su suerte. 

 

Romeo descendió desde el palomar dónde había visto todo con total detalle. Caminó con calma y suma elegancia hasta donde había ocurrido la peor desgracia de Fuji, y con un movimiento grácil, se sentó en el borde de la mesa frente a su mejor perdedor. 

 

Kaito no tenía escapatoria, siendo tan obstinado nunca sabía cuándo detenerse, y una vez más, el resultado era el mismo: una deuda impagable.

 

—Se terminó la suerte, Fuji-kun —dijo en el mismo tono cantarín de siempre —$150 mil de los grandes. ¿Cómo piensas pagar? ¿Efectivo? ¿Transferencia? O podría ser… — la mirada de Romeo se deslizó por el cuello pálido de Kaito hasta posarse en el colgante que Kaito conservaba de su abuela.

 

—N-n-no —el rubio agitó las manos frente a Lucci —Solo dame tiempo.

 

—El tiempo es dinero —explicó Romeo llevando una mano a la mandíbula del rubio que solo atinó a hacerse chiquito en el asiento, luego de delinear el mentón con el dedo índice, bajó lentamente por la yugular hasta tomar la cadena del collar. —Esto pagaría tú deuda e incluso podría darte un poco más de dinero. 

 

—No —Kaito reunió el valor suficiente para apartar a Romeo de un manotazo. 

 

—Tch —Romeo chasqueó la lengua fastidiado. El gusano perdedor nunca cedería a entregarle ese collar. —En Sinostra se pagan las deudas de inmediato o se saldan de otra manera.

 

El rubio lo miró, había cierta duda en sus ojos; él sabía que nada bueno podía salir si negociaba con el propietario del casino, pues siempre que le pedía tiempo, lo perseguía cuál rata hasta cazarlo. Pero tampoco tenía muchas opciones; en realidad sabía, por el tono de voz que estaba usando el hombre de cabellos plateados, que no estaba negociando, él ya tenía algo en mente. 

 

—Dime qué quieres —respondió el chico más bajo 

con más valor del que en verdad sentía. 

 

Un brilló de astucia mezclada con victoria cruzó por los ojos de Lucci, acompañado de una sonrisa ladeada le hizo entender a Fuji entendió que acababa de firmar el pacto con el diablo. 

 

—Durante seis meses, harás exactamente lo que yo te diga —Romeo se inclinó hasta que su aliento rozó con delicadeza la oreja de Kaito, provocando que se estremeciera. El rubio consideró que esa acción había sido innecesaria, pero debía haber un motivo para que actuara de esa manera. 

 

—¿Trabajaré para ti? ¿De qué? De crupier? ¿De guardaespaldas? —Fuji no entendía nada. 

 

—De crupier me llevarás a la ruina. Me servirías de guardaespaldas si supieras usar mejor tu arco. Pero en realidad es algo más… Sencillo —respondió Fico tras una pausa sospechosa. 

 

—Necesito saber de qué voy a trabajar, antes de aceptar cualquier cosa. 

 

—Eso hubieras pensado antes de apostar con tanta desesperación, pero hablemos en mi oficina privada. 

 

El rubio se horrorizó cuando mencionó aquel lugar. Él ya había estado ahí y solo tenía malos recuerdos, no quería terminar otra vez casi desnudo. 

 

Romeo tiró suavemente de su camisa para que se pusiera de pie, luego pasó su brazo por encima de sus hombros para obligarlo a caminar. Algunas miradas curiosas de los presentes que visitaban el casino se posaron sobre ellos, pero a Romeo nada le importaba, él ya tenía un objetivo claro para encomendarle a Fuji. Incluso Kaito sentía que esa posición de mucha cercanía era adrede, pero no podía quejarse. El francotirador tenía toda la ventaja en este juego de porquería. 

 

Después de atravesar todo el casino, siendo arrastrado por ella mayor y tras desaparecer por las enormes puertas de madera, Romeo por fin lo soltó y caminaron cada uno por su lado hasta llegar a la oficina. 

 

Kaito estaba muerto de miedo y tampoco es que tuviera algún tema de conversación con Fico. El silencio fue el único acompañante entre ellos. 

 

Romeo abrió la puerta de su oficina privada; Kaito entró con él. Seguía siendo el mismo sitio lujoso que el recordaba, incluso seguía estando la jaula donde una vez lo encerró. El mayor se sentó en el sofá de lujo hecho a la medida y con un ademán elegante, invitó al rubio a hacer lo mismo en el sofá de enfrente. 

 

Con un chasquido de dedos, uno de sus guardaespaldas entendió la orden y rápidamente les sirvió un trago a cada uno. 

 

—Es Glenavon, ¿No te gusta? —preguntó Lucci cuando notó que su acompañante no bebió el trago que estaba frente a él. —¿Prefieres otra cosa? 

 

—No tengo idea de que es Glenavon, pero si es de tu gusto debe ser algo fino, o caro.

 

—Es whisky, y efectivamente pagué el precio justo que vale esa botella en una subasta. 

 

—Pensé que no te gustaba apostar, eso siempre me decías en el instituto. 

 

—En esencia una subasta es diferente de una apuesta. Pero… —Romeo suspiró pesado, luego cruzó las piernas y se acomodó en el sillón. Dejó su trago en la mesa y adoptó una posición que a Kaito le decía que estaba pensando en algo más allá de solo un trato conveniente. 

 

El rubio tomó el old fashion y bebió un poco del whisky que le habían ofrecido. Sabía bien, no podía comparar el sabor al whisky barato que servían en el casino. Romeo siempre había tenido excelentes gustos. 

 

—¿Y? Me dirás cómo puedo pagar mi deuda.

 

—Necesito que alguien entre los círculos privados de nuestros competidores. En particular necesito que entres en el círculo de confianza de Kamurai. 

 

Kaito palideció cuando escuchó ese apellido. No había manera de que eso pasara. Prefería que Lucci lo volviera a encerrar en la jaula del fondo, a tener que encontrarse con su superior. 

 

—Eso no puede ser —Kaito negó en repetidas ocasiones con la cabeza. —Kamurai-san no es del tipo que apuesten, además como pretendes que me acerqué a él si me conoce, deberías de buscar un rostro nuevo… 

 

Kaito empezó a dar mil y un excusas para no hacer ese trabajo, pero Romeo dejó de escucharlo, el rubio no dejaba de ser escandaloso nunca. 

 

—Seis meses.

 

—¿Qué? 

 

—Trabaja para mí durante seis meses, coopera y haz todo lo que te pida, y en seis meses tú deuda quedará pagada. Ni un día más, ni un día menos. 

 

—Romeo-san, no creo que yo sea tu mejor opción. Puedes pagarle a alguien que no conozca de nada a Kamurai-san. 

 

—Ese es el punto —dijo Lucci llevando una mano a la barbilla. —Tu lo conoces y sabes cómo moverte a su alrededor sin levantar sospechas. Serás un infiltrado, pero no permitiré que nada te pase. 

 

—¿Puedes garantizar mi seguridad? —preguntó el menor, medio perplejo. Entendía perfectamente la petición de Romeo, pero jamás se había preocupado por él. 

 

—Me ofendes con esa pregunta, Fuji —Y ahí estaba, esa sonrisa que el rubio conocía muy bien, una de total confianza. Jamás podía saber en qué estaba pensando Fico con los drásticos cambios de humor.

 

Kaito deslizó el dedo índice por el borde del old fashion, en realidad no tenía opciones si quería salir vivo y en una sola pieza del casino Sinostra. 

 

 —Acepto. 

 

Romeo no lo hizo esperar, sacó el celular del bolsillo del saco e inició una llamada. 

 

—Shinjō-kun, necesito que hagas un contrato por seis meses —hizo una pausa. —Te envío los detalles por mensaje —luego cortó la llamada. —Tenemos un trato Fuji-kun, espero no tener que perseguirte como en los viejos tiempos. —dijo mientras extendía su mano derecha y le ofrecía una sonrisa ladina, para así, cerrar el acuerdo de los servicios de Kaito. 

 

—No huiré, lo prometo —Kaito aceptó el apretón de manos temeroso. 

 

Definitivamente se sentía como que había hecho, de nuevo, un pacto con el demonio.

Al final, todos sabían que Sinostra, nunca pierde.