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LOS COLORES DE TU ALMA
— Vendrás al festival conmigo, Zuzu.
Izuku parpadeó con ligereza bastante sorprendido por la “petición” realizada por Katsuki Bakugo, líder del clan lobo de las montañas nublares donde el clima frío era una constante durante todo el año. Izuku conocía a Katsuki desde antes de hablar o aprender a caminar. Sus madres se habían vuelto mejores amigas cuando compartieron el dolor de la perdida de sus respectivas parejas cuando su clan fue atacado por los ogros de la montaña, motivo por el cual resultaba bastante normal que Izuku pasara mucho tiempo en la cabaña del rubio cuando su madre no podía cuidarlo o viceversa. Izuku tenía recuerdos variados de Katsuki, sí, se había convertido en su mejor amigo y no existía nada que no conociera de él, pero conforme fueron creciendo no solo su físico se vio afectado, sino también su carácter. Lo que comenzó como una tierna y dulce amistad, terminó con peleas sin sentido entre los dos que ninguno hacía absolutamente nada por evitar.
Izuku se convirtió en un hermoso omega, que maravillado por lo libros que había escrito su padre en vida sobre herbolaria y medicina tradicional, se había convertido en el médico del clan. Adoraba poder ayudar a otros usando sus conocimientos y aprendiendo conforme sus capacidades médicas se desarrollaban. Contaba con una enorme paciencia, en especial cuando trataba a los más pequeños. Todos en el pueblo admiraban su constante determinación y dedicación por lo que hacía. Katsuki, por otro lado, siempre tuvo un carácter demasiado rudo y explosivo, por lo que no resultó raro cuando se presentó como un alpha dominante. Con el paso de los años se convirtió en alguien fuerte, inteligente y capaz de defender a los suyos con capa y espada. Cuando el clan decidió nombrarlo el próximo líder nadie puso ningún tipo de objeción. Todos confiaban en sus capacidades. Tanto Mitsuki como Inko estaban orgullosas de ver en lo que se habían convertido sus hijos a pesar de que criarlos solas había sido todo un reto. Sin embargo, lo único que lamentaban era que no existiera forma de evitar que ninguno de los dos comenzara una pelea. Katsuki nunca se había atrevido a tocar a Izuku para agredirlo, pero cuando sus peleas escalaban, su lengua era tan afilada como la mejor espada y ya había provocado el llanto del peliverde en más de una ocasión.
El peliverde suspiró al cruzarse de brazos mientras se recargaba en el marco de la puerta de su improvisado hospital. Aún faltaban unas horas para que el festival diera comienzo y aún tenía muchas cosas pendientes por hacer. Ni siquiera había barajado la idea de aparecerse aquella noche al festival Holi por más que le gustara, sinceramente no tenía ánimos de nada. Sobre todo, cuando la semana pasada había vuelto a pelear con el rubio enfrente de él. Aun recordaba sus palabras hirientes y la manera tan despreciable en la que había menospreciado su trabajo como médico. Katsuki Bakugo era un dolor de cabeza cuando se lo proponía, por eso no entendía porque había decidido ir a su lugar de trabajo, uno de los pocos lugares donde podía enfocarse y olvidarse de todo lo que le preocupaba, incluido el rubio. — Estoy seguro de que nuestro líder bien puede encontrar alguien mejor que lo acompañe al festival que el incompetente del médico de cuarta que la aldea tiene la mala suerte de tener.
Katsuki blanqueó los ojos con cierto fastidio. Sin responder al arrebato del peliverde, frotó sus manos una contra la otra en busca de calor. A pesar de llevar puestos un par de guantes gruesos, el frío comenzaba a calar sus huesos. O quizás solamente se sentía bastante frustrado por lo mal que se sentía luego de su última pelea. No había querido decir nada de lo que le había dicho al peliverde, pero su temperamento siempre le ganaba. Se sentía realmente culpable y sabía que la había cagado enormemente con el omega, pero a veces le resultaba imposible dominar su lado salvaje. Suficiente tenía con soportar a su alpha que se retorcía de dolor ante la posibilidad de perder a quien ya consideraba como su omega de forma definitiva. — Zuzu. — Murmuró con suavidad intentando decir algo que pudiera servir para que el omega lo perdonara y aceptara ir con él al festival Holi.
El peliverde negó con suavidad sin ser capaz de ver el rostro del rubio, enfocando su atención a sus pies. — Lo dejaste bastante claro, Katsuki. Si tanto me odias no entiendo porque quieres que te acompañe al festival.
“Katsuki”
Nunca había odiado tanto su nombre como lo hacía en esos momentos. Desde que eran pequeños siempre había sido Kacchan para el peliverde. Aún recordaba la primera vez que Izuku le había dicho de aquella manera. Tenían alrededor de dos años e Izuku siempre tenía problemas para pronunciar su nombre así que, en un arrebato de mera frustración, mientras jugaban en los juegos infantiles del parque bajo la supervisión de sus madres, comenzó a decirle de aquella manera y se convirtió en su apodo personal. Un apodo que no permitía que fuera dicho por nadie más que no fuera el peliverde, aunque claro, él se había asegurado de que Izuku nunca se enterara de ese pequeño detalle.
— ¡Soy un imbécil! Todos lo saben. Tú lo sabes… ¡hasta yo lo sé! — Exclamó exasperado mientras alzaba sus brazos en un claro gesto de desesperación. Izuku parpadeó confundido, apenas resistiendo las ganas de soltarse a reír por la actitud del rubio quien dicho sea de paso seguía siendo el líder del clan y en esos momentos los aldeanos estaban siendo testigos de su actitud tan infantil. — Pero ¡¿cómo querías que reaccionara si estabas permitiendo que Todoidiota se te pegara tanto como una garrapata?!
Izuku blanqueó los ojos con exasperación, cruzándose de brazos. — Mi deber es ver a todos en la aldea por igual cuando se sienten mal o están heridos. Shoto solamente vino a que lo revisara después de regresar de cazar.
— ¡Por los dioses! ¿De qué estaba enfermo? — Katsuki también frunció el ceño al acercarse más al peliverde. — ¿Era necesario que te abrazara de aquella manera?
— Estaba herido… — Se defendió el peliverde, sintiéndose acorralado contra la pared cuando Kacchan colocó sus manos a cada extremo de su rostro. — Se encontró con una manada de osos, solamente se estaba apoyando en mi mientras lo llevaba adentro. — Izuku se removió ligeramente, sintiendo los nervios a flor de piel ante el aroma demandante del líder del clan que lo estaba envolviendo como si quisiera impedir que alguien más se le acercara al marcarlo. — ¿Q-Qué se supone que estás haciendo? T-Todos nos están viendo.
— ¿Y qué? — Demandó con un gruñido, nadie en su sano juicio se atrevería a acercar en esos momentos a su líder. Además, todos estaban esperando de cierta manera que ese par al fin se decidiera a dar el paso, pues resultaba demasiado evidente que estaban destinados. — Eres un omega, Izuku. No deberías permitir que otro alpha te toque de esa manera. — Demandó con otro gruñido.
Izuku bufó mientras colocaba sus manos sobre el pecho del rubio con toda la intención de apartarlo. — No seas tonto, Katsuki. — Murmuró con evidente enojo. — Soy el médico de la aldea, es evidente que voy a tratar tanto a los alphas como a los omegas. Mi subgénero no tiene nada que ver, lo sabes. ¡Deja de hacer berrinche como niño pequeño! — El peliverde suspiró con ligereza. — Si te sigues comportando así todos pensarán que estás celoso de Shoto.
— ¡Y QUÉ SI ES ASÍ! — El rubio cerró sus manos, formando dos puños para poder golpear la madera que conformaba la pared en donde el peliverde estaba recargado. Los ojos de Izuku se abrieron con la sorpresa resplandeciendo en su mirada, al mismo tiempo que su corazón comenzaba a bombear con tal intensidad que temía que Katsuki se diera cuenta de lo que era capaz de provocar en él. — Shoto… Shoto… Shoto… incluso pronuncias su nombre constantemente. — Menciona el rubio gruñendo, recargando su frente sobre el hombro del omega en un intento de calmarse con ese aroma a sándalo que siempre le había fascinado. — ¿Es que no lo entiendes? No puede existir otro alpha que te pretenda más que yo.
— K-Kacchan. — Susurró con suavidad con un ligero estremecimiento. ¿En verdad Kacchan se le estaba confesando? ¿Era eso o era solo su imaginación? Desde que era un niño siempre había querido compartir toda su vida con el rubio, pero temía que fuera precisamente ese deseo el que le estuviera jugando alguna especie de broma. — ¿Eso qué significa?
El rubio suspiró con ligereza mientras se apartaba del hombro ajeno para poder verle a los ojos directamente. Definitivamente no había pasado por alto que el omega había vuelto a llamarle por aquel apodo que tanto amaba. Izuku volvió a estremecerse ante la intensidad reflejada en esos ojos carmesí. — Significa que quiero ser el único alpha en tu vida. — Confirmó el rubio al deslizar con suavidad el dorso de su mano sobre la mejilla pecosa. — Porque tú eres el único omega al que quiero desde hace mucho tiempo. Zuzu… perdona todo lo que dije antes, nada de lo que dije era cierto. Siempre me he sentido orgulloso de todo lo que has hecho. —Sus dedos se deslizaron hasta los labios temblorosos del peliverde en una tierna caricia. Sonrió ante las reacciones que podía ser capaz de provocar en el omega. — Déjame cortejarte, Zuzu.
Izuku buscó la mirada escarlata de Katsuki como intentando encontrar algún indicio de mentira o duda, pero simplemente encontró veracidad. Su cuerpo se estremeció por el giro tan repentino que estaban teniendo los acontecimientos. ¿Para qué negarlo? Siempre había estado enamorado de ese alpha rubio explosivo y mal humorado. — Si vuelves a tratarme de esa forma, Katsuki Bakugo, te juro que yo mismo te arrojaré a los carroñeros. — Como para reafirmar sus palabras, el peliverde comenzó a golpear sin fuerza el pecho del rubio. — Que sea tu omega no te da derecho de decirme cosas desagradables o menospreciar mi trabajo. — Un pequeño puchero se apoderó de los labios del peliverde, un gesto que junto con sus mejillas sonrojadas le proporcionaban a Katsuki la escena más tierna que nunca había visto.
La sonrisa de satisfacción que se plasmó en el rostro del rubio fue tan grande, que Izuku por un momento llegó a pensar que se le quedaría trabada. Katsuki no pasó por alto que Izuku se había proclamado como su omega, lo cual quería decir que lo estaba aceptando como su pareja. Rio encantado al rodear con sus brazos la cintura del chico con delicadeza, como si se tratara de algo que pudiera romperse de un momento a otro, aunque sabía que de todos los omegas que había en la aldea, Izuku era el más fuerte. — No lo volveré a hacer, Zuzu. Te lo prometo. — Katsuki bien podría pasarse el resto del día observando ese par de esmeraldas que siempre le robaban el aliento. — Tan lindo, mi omega. — Susurró con suavidad, provocando que las mejillas del peliverde se tornaran incluso más rojas cuando sus labios al fin se conectaron. ¿Cuánto tiempo habían desperdiciado por sus tonterías e inseguridades? Demasiado, pero eso cambiaría a partir de ese momento. Nunca se iba a permitir volver a dañar a la persona más importante para él.
El festival Holi era uno de los más importantes dentro del clan al finalizar el invierno. La escena invernal llena de blanco se transformaba para bañarse de todos los colores del mundo. Los cachorros jugaban lanzándose bolas de nieve manchadas con polvos de colores. Alrededor de la fogata los omegas danzaban como tributo a la prosperidad de la cosecha mientras eran bañados por polvos de colores que transformaba sus ropajes blancos en un lienzo multicolor. Katsuki no podía dejar de ver a Izuku, quien junto con los demás omegas, giraban sobre sus propios ejes con la mirada puesta sobre la gran luna llena que los acompañaba. Pero Katsuki no podía ver a los otros omegas, sus ojos solo eran capaces de seguir la figura del peliverde. Se miraba tan hermoso bajo la luz de la luna que casi podría pasar como un hada de la nieve, por más cursi que sonara.
— Si sigues con la boca abierta, Izuku descubrirá que estás babeando por él.
De manera automática, Katsuki cerró la boca y se cubrió la boca como si en verdad temiera tener algún hilillo de baba caer por la comisura de sus labios.
— Oh, ¡cállate vieja bruja! No estoy babeando. — Exclamó Katsuki con sus mejillas sonrojadas como pocas veces se le podía ver. Además, no iba a admitir en voz alta que siempre había estado babeando por ese omega peliverde.
Si existía alguien que no podía ser intimidada por Katsuki Bakugo, era su propia madre así que tampoco era raro que ella le brindara un coscorrón cada vez que su hijo se atrevía a llamarle bruja. — Más respeto, Katsuki. — A pesar de que la rubia frunció el ceño al reprender a su primogénito, era inevitable la dulzura que se manifestaba en su mirada. Había esperado muchos años para que su atolondrado hijo al fin diera el paso necesario para enlazar su vida con la de Izuku Midoriya. — Anda, no hagas esperar más tiempo a tu omega.
Katsuki parpadeó con ligereza desviando su atención una vez más hacia donde se encontraba el peliverde. El baile había llegado al punto donde los omegas extendían sus manos en busca de sus parejas para que se unieran a la ceremonia y pudieran danzar juntos en el tradicional baile del cortejo, la abundancia y la prosperidad. Izuku le sonrió con ternura, con sus mejillas sonrojadas y el brillo de la esperanza reflejado en sus orbes esmeraldas. Sus pies comenzaron a moverse incluso antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, como si su alpha estuviera obedeciendo al llamado de su contraparte. Cuando se dio cuenta, sus manos se unieron a las del peliverde, entrelazando sus dedos y le fue imposible el inclinarse un poco para poder capturar los labios ajenos con los propios en un dulce beso que ambos estaban anhelando. Ambos fueron bañados con polvos de colores por el resto de los aldeanos como si bendijeran su unión y cuando se apartaron del beso, los dos rieron con complicidad antes de unirse nuevamente al baile.
Katsuki rodeó la fina cintura del omega con firmeza para después hacerlo girar, con el polvo bañándolos. Las pecas de las mejillas del peliverde resaltaban a través de los tantos colores que ya cubrían su cuerpo. Cuando Izuku rodeó el cuello del alpha con sus brazos al terminar el baile por fin, Katsuki se dio cuenta de que ya no sería capaz de soltar al omega por el resto de su vida. Con suavidad apoyó su frente sobre la del pecoso no pudiendo evitar sonreír con evidente cariño. — Casémonos, Izuku. No tengo ninguna duda de querer pasar el resto de mi vida a tu lado.
Izuku rio con suavidad al deslizar sus manos hasta las mejillas del rubio, acunándolo con delicadeza. — Pensé que nunca me lo pedirías, Kacchan. — Murmuró con ligereza, estirándose después un poco para poder alcanzar los labios del alpha para robarle un pequeño y rápido beso. — Casémonos.
Katsuki volvió a alzar al peliverde sin ningún tipo de dificultad, como si el chico entre sus brazos no pesara nada. — ¡Dijo que sí!
— ¡Kacchan! — Exclamó el peliverde avergonzado cuando escuchó la risa y las alabanzas de los aldeanos. Escondió su rostro en el pecho del rubio cuando escuchó a sus madres gritar ¡Al fin!, después comenzó a golpear con suavidad el pecho del rubio como ya se estaba haciendo costumbre. — ¡Alpha tonto!
Katsuki rio entre dientes, a él no le importaba que los vieran. Es más, se sentía orgulloso de hacerles saber a todos que el omega maravilloso que se encontraba entre sus brazos era su pareja y que se convertiría en su consorte en poco tiempo. Haciéndole un juramento a los dioses, en ese día tan especial como lo era el festival de Holi, se prometió así mismo proteger a su pareja para toda la eternidad.
