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Desde cuándo te estaré esperando

Summary:

La peor pesadilla de una madre se cumple para Julieta cuando tras la ceremonia del don de Antonio, Mirabel desaparece sin dejar rastro. En San Fransokyo, la vida relativamente tranquila de Tadashi e Hiro da un vuelco al conocer a una viajera del tiempo que afirma venir de un pasado con magia. Para poder regresar a casa, Mirabel y su asombrosa familia necesitarán algo más que un milagro.

Notes:

Hola, ¿Hay alguien por aquí?

Esta historia comencé a publicarla originalmente en la web Fanfiction punto net, pero he decidido subirla aquí también. Esta idea lleva quemándome la cabeza cerca ya de dos años y medio, pero las pocas veces que la vida se ha dignado a darme un respiro, me quedaba atrapada en un círculo vicioso de "Quiero sentarme a escribirla" por un lado y "Pero, ¿Y si luego no sé cómo continuar y me quedo atascada?" por otro.

Pero bueno, ya está: Hoy, por fin, el primer capítulo. Si alguien por ventura llegara hasta aquí y me dejara un comentario, incluso si es para decir que no os gusta, os estaría muy agradecida. No os cortéis en señalarme errores o aportar vuestra opinión, porque solo así puedo mejorar.

Otra cosa que me ha costado horrores ha sido decantarme por un título. En un principio, iba a llamarse "Esperando un Milagro" pero me bastó un vistazo rápido para comprobar que cerca de una treintena de fanfics de Encanto ya llevan el mismo nombre, así que al final me he decantado por éste en honor a una de mis canciones favoritas de Alejandro Sanz: "Desde Cuando"; aunque no descarto que lo cambie si me viene a la cabeza uno mejor.

Por cierto, sé que Big Hero 6 transcurre en teoría en torno al año 2030 o algo así, pero es algo que descubrí meses después de delinear la escaleta de los primeros capítulos, y para una historia de viajes en el tiempo (Sí, breve spoiler; por si acaso no ha quedado claro con la sinopsis, esta historia va de eso), y existiendo la película de "Regreso al Futuro 2", el 2014 por obvias razones me viene mejor para insertar referencias si es que me animo a ello más adelante. Además, que precisamente porque el 2014 es un año que ya ha pasado, me permitirá estar históricamente más acertada que si me invento un popurrí de acontecimientos aleatorios para rellenar hasta la treintena del siglo XXI. Que ya sé que en 2014, San Francisco y Tokio no se fusionaron en una única ciudad, pero probablemente tampoco lo hagan cuando llegue el 2032.

Bueno, que soy una pesada. Es todo vuestro

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: No hay dos sin tres

Chapter Text

Ser amado profundamente por alguien te da fuerza, mientras que amar a alguien profundamente te da valor.

–Lao Tze–

 

Miércoles, 21 de mayo de 2014

Ciudad de San Fransokyo

 

Nada ni nadie podría haberle preparado para lo que estaba a punto de sucederle.

Hasta esa noche, Tadashi Hamada había albergado la firme convicción de que los acontecimientos radicales, esos que dan un giro vertiginoso de ciento ochenta grados a la vida de uno en cuestión de segundos; las explosiones del status quo de la comodidad de la rutina diaria y monótona, a menudo tan denostada hasta que todo se tuerce y entonces empiezas a suplicar (de rodillas al aire; al cosmos; a dioses en los que antes no creías demasiado; al silencio por si acaso te puede oír y se apiada de ti; ¡a quién sea!), por el retorno de esa normalidad cuyo valor intrínseco solo empiezas a apreciar cuando te la quitan dándote gato por liebre, recibiendo a cambio una chispa de emoción y aventuras que suenan muy deseables cuando están impresas en papel o transcurren en una pantalla (y sobre todo porque le pasan a alguien que no eres tú), pero que a la hora de la verdad si te las ofrecieran en la vida real como parte del paquete de experiencias más emocionantes que jamás vivirás otra vez en la vida, no las aceptarías ni regaladas si supieras todo lo que van a implicar… En fin, esos acontecimientos no tenían por costumbre presentarse en días que ya de por sí habían sido… complicados.

¡Al revés! Los shocks de la vida tenían la fea manía de presentarse en días tranquilos disfrazados de normalidad, de los que en un principio no parecen prometer nada fuera de lo común ni salirse de lo establecido, y que precisamente por eso, causaban mayor impresión cuando ocurrían. Porque nada impacta más que un cambio o un acontecimiento tan radical que sufrirlo cuando estás plenamente confiado de que todo será como siempre.

Porque las pocas veces en las que se dignaban a acontecer en días que ya habían estado dominados por una agenda de emociones disparadas, líos involuntarios, baches en el camino, chinas en los zapatos, peleas de Robo-Combats callejeras, persecuciones policiales y una bronca de tres partes por parte de su tía tras sacarles de comisaría, por poner un ejemplo, al azar y desde luego nada específico, podían hacerse pasar con mayor facilidad por un simple problema más, la gota que colma el vaso o la culminación a un día lleno de complicaciones; y no el terremoto de magnitud diez que iba a demoler los cimientos de su vida tal y como la había conocido hasta la fecha.

Sin embargo, justo porque aquel había sido un día de lo más intenso y agobiante, aglutinando en apenas unas horas más problemas de los que le corresponderían en todo un mes, y sobre todo porque estaba tan pendiente del reflexivo silencio en el que se había sumido su hermano pequeño tras cerrarse la puerta del ascensor y despedirse del profesor Callaghan, a Tadashi ni siquiera se le pasó por la cabeza que un último problemón, el más gordo de todos los que habían registrado en aquel día de locos –lo cual ya era decir bastante–, le estuviera esperando a la vuelta de la esquina, tamborileando impaciente con los dedos para, ya no llamar a su puerta, sino echarla directamente abajo y arrasar con todo lo que hasta entonces había dado por hecho en la vida.

Hiro no pronunció una sola palabra en todo el trayecto hasta la recepción. Salieron a la fría pero despejada noche, y Tadashi descendió los escalones de la entrada, mucho más animado que cuando habían llegado hacía un rato. Nada más subirse a la moto, sin embargo, se percató de que su hermano se había quedado parado junto a la puerta admirando el imponente edificio que albergaba la Facultad de Robóticas, resplandeciente en medio del amplio y vasto campus como un iceberg solitario en un océano bañado por la luz de la luna.

Tadashi hizo ronronear el acelerador de la motocicleta.

–Si queremos llegar a ese Robo-Combat habrá que darse prisa, ¿no crees? –le azuzó.

Solo tuvo que esperar un par de segundos más para obtener la reacción que llevaba esperando desde que el sistema educativo había decidido que el elemento de su hermanito, genio brillante y adolescente perdido en la vida a partes iguales, tenía la capacidad suficiente como para graduarse a los trece años.

–¡Tengo que estudiar aquí! – Hiro comenzó a deambular nerviosamente de un lado a otro llevándose las manos a la cabeza– ¡Si no meto la cabeza en este instituto de empollones me voy a volver loco! – Entonces, se giró hacia su hermano, extendiendo los brazos, indefenso–. ¿Cómo puedo entrar?

Tadashi no pudo evitar sonreír. Bueno, solo había tardado un año, pero mejor tarde que nunca. De todos modos, se trataba de su hermano, y gracias a él había acabado media hora encerrado en una celda que apestaba a humanidad con casi una treintena de armarios de cuatro cuerpos sudorosos y con muy mala baba; así que no pudo evitar querer tomarle un poco el pelo. Después de todo, él mismo se lo había buscado.

–¡Oh! ¿De verdad quieres estudiar aquí? – le inquirió, adoptando una expresión de exagerada sorpresa – Pensaba que habías dicho que en la Universidad solo te iban a enseñar cosas inútiles que además ya sabías.

–Ja, Ja –Hiró se rió sin humor–. Muy bien, ya lo pillo –Mientras bajaba los escalones, fue deshaciéndose en una retahíla de disculpas sarcásticas–. He sido un idiota, un memo, he estado desaprovechando mi vida, tú tenías razón como de costumbre y te pido perdón de todo corazón por todos los problemas que te he causado– Cuando llegó a su altura, hizo una cruz con los dedos a la altura del pecho–. Si de ahora en adelante me comprometo a no buscarme más líos con la poli y hacer todo lo que me pidas, ¿me ayudarás a entrar aquí?

Tadashi no mudó su expresión más allá de una risueña sonrisa, pero por dentro se sintió como si le hubieran quitado un gran peso de encima que ya no recordaba desde cuándo había estado aguantándolo.

Todo ahora iba a mejorar, lo sabía.

Sabiendo que le iba a coger desprevenido, le atrapó la cabeza de un rápido movimiento con el codo para a continuación frotarle el pelo con los nudillos, alborotándole aún más su ya despeinado cabello.

–¡Ay, vale, tío, para ya! –Hiro se revolvió con fuerza, empujándole con los brazos intentando zafarse de su agarre.

Tadashi dejó escapar una dicharachera carcajada antes de soltarle.

–Claro que te ayudaré, hermanito –Le tendió nuevamente el casco–. Anda, vamos para casa antes de que la tía Cass se pregunte donde estamos. Tengo mucho que contarte.

Hiro se subió al asiento trasero, ajustándose las tiras del casco bajo la barbilla, mientras Tadashi volvía a arrancar el vehículo, dándole ambos la espalda al edificio, lo que les impidió ser testigos de la repentina ondulación que, apenas una fracción de segundo después, registró el aire tras ellos.

–No puedo creerme que nunca me hayas dicho que trabajabas con Robert Callaghan, ¡Con Robert Callaghan, de todas las personas! ¿Te das cuenta de la cantidad de preguntas que tengo? –Tadashi empezó a circular con calma por el mismo carril que habían tomado mientras su hermano procedía entusiasmado a acribillarle a preguntas, sin percatarse del súbito destello que relampagueó silencioso tras ellos. Y esta vez ya no fue un mero vaivén que removió el aire, sino una chispa silenciosa que se materializó a sus espaldas– ¿Qué clase de proyectos estáis llevando a cabo? ¿Estáis trabajando en algo más aparte de Baymax? ¿Qué más cosas tenéis en mente?, Oye, ¿Sabes si el profesor…?

No llegó a terminar la frase.

Cuando no llevaban ni quince metros recorridos desde la entrada, los dos hermanos sintieron la embestida que azotó el scooter, levantando la rueda trasera del asfalto como si una grúa invisible tratara de alzarlos en el aire.

–¡AHH AHHH AHH! ¡Tadashi! –Hiro comenzó a resbalar hacia adelante en el asiento e instintivamente se aferró con los dos brazos a la cintura de Tadashi, que trató de recuperar el control, pero cuando el manillar empezó a cimbrear violentamente en sus manos y la moto se balanceó hacia un lado, supo lo que venía.

–¡HIRO, SUJÉTATE! – Anticipándose a la caída y con el único objetivo en mente de evitarle a su hermano la peor parte, Tadashi fue capaz de recordar lo que le había enseñado su profesor de autoescuela que debía de hacer si alguna vez se veía en esa situación, y girando bruscamente sobre sí mismo, le cubrió rápidamente con sus brazos como las alas protectoras de un águila defendiendo su nido, antes de que la inercia los enviara al suelo. Tadashi aterrizó de culo, aferrando con fuerza a Hiro contra su pecho, sintiendo la gravilla arañarle la ropa y el rostro. Y aunque la velocidad que llevaban había sido mínima, los dos muchachos rodaron un metro más sobre el asfalto hasta deslizarse sobre la zona de hierba que había al lado, logrando amortiguar un poco la caída.

Tadashi por fin consiguió frenar, quedando bocarriba con la mirada clavada en el cielo, respirando de forma acelerada y con el corazón a mil por hora. Oyó como la moto derrapaba unos segundos antes de volcarse, y el chasquido subsiguiente que resonó como un vaso de cristal al hacerse añicos, le confirmó que al menos uno de los espejos retrovisores había pasado a mejor vida.

El joven todavía necesitó un rato más hasta que logró recuperarse de la impresión.

–¡Hiro, HIRO!, Hiro, ¿Estás bien? – exclamó alarmado, temiendo más por él a pesar de haberse llevado la peor parte. Su hermano no había proferido ni un solo grito más allá del susto inicial–. ¡Hiro! – Lo zarandeó un poco al ver que no reaccionaba.

–¡Estoy bien, estoy bien! – contestó casi a voz en grito, respirando agitadamente.

–¿Te has hecho daño?

–No, tranquilo…– Hiro se desembarazó de sus brazos y se levantó con las piernas temblando, pero por suerte ileso– ¿Y tú? ¿Estás herido?

–Creo que no – Tadashi aceptó la mano que le tendía y también se puso en pie, intentado recuperar el resuello–. Agh – no pudo reprimir un leve gruñido, notando un dolor agudo y punzante que le atacó la mitad inferior de la espalda al estirarse, llevándose las manos cerca de la zona lumbar. Sin embargo, no se quejó, consciente de que el desenlace podría haber resultado mucho peor y sin querer imaginarse cómo de diferente habría sido si el mismo incidente hubiera tenido lugar en mitad de la autopista central de San Fransokyo con todo su jaleo de coches. Seguramente, en unos días le saldría un bonito moratón, pero al margen de eso, todo parecía indicar que la cosa iba a quedarse en nada más que en un susto.

–¿Qué ha pasado? –cuestionó Hiro, frotándose confuso el brazo entumecido– Parecía como si nos hubieran golpeado por detrás.

–No tengo ni idea – Tadashi jamás había perdido el control de ese modo conduciendo. Examinó el campus y la carretera vacía a su alrededor. Podían descartar que hubiera sido culpa de algún otro coche–. Aquí no hay nadie más que nosotros…

–¿Crees que se ha averiado la moto?

–¿Supongo...? ¡Si tiene menos de diez meses! ¡No debería haberse estropeado tan pronto! –respondió con cierta resignación, tratando de mitigar la desazón que le producía la bronca que con toda seguridad le echaría su tía si se la había cargado con el consuelo de que al menos no les había pasado nada grave a ninguno–. Voy a ver.

Tadashi se acercó a la moto que había caído a varios metros de ellos, la levantó del suelo y la chequeó rápidamente. Tras constatar, perplejo, que ninguna de las ruedas se había pinchado, probó a arrancar de nuevo el vehículo. El motor respondió a la primera.

– ¡Qué raro! –frunció el ceño, extrañado–. No ha sido cosa de las ruedas, y el acelerador parece funcionar… –Salvo el espejo retrovisor derecho, que se había resquebrajado en una telaraña de cristales rotos, los arañazos que había sufrido la pintura y un abollón que no tendría más remedio que mandar a reparar en un taller, la moto había salido relativamente bien parada.

–Tadashi… –Hiro lo interpeló de pronto y el terror helado en su voz le hizo girar la cabeza como un resorte.

–¿¡Qué ocurre!? ¿¡Qué ha pasado!? –Lo primero que se le pasó por la cabeza fue que se había hecho una herida más grave de la que no se había percatado por la adrenalina. Hasta que advirtió que sus ojos no lo miraban a él, sino que estaban perdidos en un punto en la lejanía. Siguió su dirección y lo que vio lo dejó clavado en el sitio.

–Pero… ¿Qué…demonios...? –casi se le cayó la mandíbula al suelo.

En las escaleras del instituto que acababan de descender hacía tan solo un minuto, acababa de aparecer una gigantesca esfera de luz blanca. De su centro emergían varios haces como los orbitales del núcleo de un átomo que se expandían y replegaban, oscilando como serpientes y fusionándose entre sí.

Tadashi se quedó de piedra, paralizado por la impresión y rígido como una estatua, por eso no advirtió como su hermano, habiéndose recuperado del estupor inicial, comenzaba a tantear sin apartar la mirada en el interior del bolsillo de su pantalón.

La esfera comenzó entonces a chisporrotear silenciosamente, como una enana blanca a punto de estallar en supernova, emitiendo lo que parecían chispazos de energía, y antes de que pudieran reaccionar siquiera, varias ondas emanaron súbitamente de su núcleo, extendiéndose a la redonda a toda velocidad.

Una vez más, el instinto de protección se impuso a todo lo demás y Tadashi corrió a cubrirles a ambos con los brazos, cerrando los ojos con fuerza, esperando quizás que aquella corriente energética los barriera del sitio.

Sin embargo, lejos del envite que había previsto, aquella onda fue como una caricia, sintiéndose como una suave brisa veraniega que les bañó a ambos con su energía, atravesándoles como un soplo de aire amable y liviano.

Se atrevió a abrirlos de nuevo, y descubrió por un lado a su hermano con el móvil en alto, grabando aquel extraño fenómeno por encima de su hombro, y acto seguido, de la misma forma tan misteriosa en la que había aparecido, la esfera se tornó de una tonalidad ambarina, fue menguando gradualmente hasta que no fue más grande que una canica y finalmente desapareció por completo, como si nunca hubiera estado allí.

–¿Lo has grabado, Hiro? –susurró en voz queda.

–Sí. Todo –deslizó el dedo a la izquierda de la pantalla y ambos muchachos contemplaron otra vez como aquella misteriosa bola de luz salida de ninguna parte emitía un par de ondas a su alrededor y cambiaba de color, antes de extinguirse–. ¿Qué era esa cosa?

Tadashi negó despacio con la cabeza

–No tengo ni la mas mínima idea.

Una idea descabellada y, sin embargo, plausible, cruzó la mente de Hiro.

–¿Tú no creerás… Crees que ha podido tener algo que ver con lo que acaba de pasar? ¡Con lo de la moto!

Tadashi se cruzó de brazos, con expresión atribulada.

–No lo sé, Hiro. Ni siquiera estoy seguro todavía de qué es exactamente lo que acabamos de ver… –Hizo una pausa–. No entiendo nada.

¿Qué diablos había sido aquello?

No había emitido ningún sonido, ni había hecho saltar ninguna explosión. En la calle no se había oído más que el sonido del scooter al darse de bruces. Tadashi aguardó a que alguien, algún estudiante o profesor, se asomara por la puerta para gritarles si estaban bien, pero tras dejar pasar un minuto entero, el silencio en la calle continuó siendo sepulcral. Estaba claro que ellos dos habían sido los únicos en ser testigos de aquel extraño fenómeno. Echó un vistazo fugaz al edificio del Instituto, para comprobar si éste había sufrido algún cambio, y fue en ese momento, cuando volvió a prestar atención a la entrada del edificio cuando se percató de que había algo tirado sobre los escalones. Algo que antes no estaba allí.

– Hiro –le dio un suave codazo en el antebrazo, gesticulando con la cabeza.

El chico también lo vio, abriendo mucho los ojos. Y volvió a poner en marcha la grabadora.

–¿Tú crees que… ha salido de eso?

–O ha sido lo que lo ha provocado –Ignorando la moto abandonada en mitad del camino, Tadashi se aproximó poco a poco, percibiendo un extraño bulto de color azul. Se detuvo un momento, aguardando tal vez a que aquella extraña esfera luminosa volviera a aparecer, pero tras constatar que no sucedía nada aparentemente, se adelantó otro par de pasos, llegando hasta el comienzo de los escalones.

Entonces vislumbró un par de suelas hechas de mimbre, un brazo que yacía inerte hacia un lado y la mata de pelo oscuro desparramado contra el suelo de cemento.

–¡Hiro! ¡Es una persona!

En ese momento, a pesar de casi sufrir un accidente y haber presenciado un fenómeno anómalo para el cual no encontraba todavía ninguna explicación plausible, y de lo inquietante y rocambolesca que estaba resultando toda esa situación, Tadashi se olvidó por completo de todo y su desconcierto se vio inmediatamente remplazado por un instinto todavía más fuerte: su sentido de cuidador.

Prácticamente se precipitó sobre los escalones, corriendo hacia aquella persona que tal vez podía estar herida. Cuando se agachó junto a ella, pudo apreciar que la mancha de color azul pertenecía a una falda bastante larga y vaporosa de la cual colgaban varias borlas bordadas.

–¡Es una chica! Oye... –Tadashi la llamó, posando una mano suavemente sobre su espalda– ¿Te encuentras bien?

Pero la joven no respondió. Fuera quien fuese, estaba inconsciente.

Con sumo cuidado, la tomó por los hombros y le dio la vuelta poco a poco, hasta que pudo verle el rostro.

Tadashi restó en silencio, observándola conteniendo el aliento: Se trataba de una adolescente, no debía de ser mucho mayor que su hermano. Tenía el pelo castaño oscuro, corto y rizado, rayando en un tono corvino, la tez morena, y la nariz salpicada por graciosas pecas. Con todo, lo que más sorprendió a Tadashi fueron por un lado sus gafas redondas tan descomunales que le llenaban todo el rostro, confiriéndole un aspecto curioso y algo aniñado, y su descollante indumentaria: La blusa que llevaba puesta se encontraba cubierta en su totalidad por intrincados bordados, incluso tenía una llamativa mariposa de lana en uno de los volantes. Se fijó mejor y reparó en que su falda estaba igualmente plagada de las mismas puntadas en brillantes colores. Desde luego, no era la típica ropa que uno podía encontrar todos los días en una tienda de San Fransokyo.

–¿Está respirando? –preguntó Hiro intranquilo, acercándose también para verla mejor.

Tadashi la escrutó con atención, dejando escapar un sonoro suspiro de alivio al verificar que su torso subía y bajaba con normalidad.

–Sí, respira. –Acto seguido, a pesar de no ser doctor ni saber tanto de medicina como le había enseñado a su fantástico robot, empezó a inspeccionar con cuidado entre los bucles de su esponjoso cabello, en busca de un chichón, una brecha o cualquier indicio de que se hubiera dado un golpe en la cabeza.

–¿Notas algo? –Hiro seguía con meticulosa atención todos los movimientos de su hermano.

Tadashi negó en silencio con la cabeza, antes de girarla de medio lado, buscando heridas en su nuca.

–No tiene sangre ni ninguna herida que yo pueda apreciar a simple vista. –Sintiéndose de repente un poco violento, porque no deseaba ser intrusivo, pero al mismo tiempo se hallaba inexplicablemente preocupado por ella, el joven probó a acariciarle levemente los pómulos y detrás de las orejas para ver si reaccionaba, pero la chica ni se inmutó. Se fijó en sus párpados cerrados y en sus larguísimas pestañas, que temblaban ligeramente. Le asaltó de pronto y sin venir a cuento un pensamiento de refilón, de que tenía un rostro muy dulce, pero lo apartó de inmediato, increpándose turbado cómo podía pararse a fijarse precisamente en algo así de entre todas las cosas en esa situación, y esforzándose por poner en orden sus ideas porque aún tenía que resolver aquel percal.

–¡Espera! ¡Tadashi, fíjate en su brazo! –Hiro apuntó entonces a su brazo derecho, y Tadashi descubrió que, efectivamente, tenía algo allí, justo a la altura de la muñeca: Marcas de arañazos, recientes teniendo en cuenta el color y el estado de coagulación de la sangre. Y aunque no era ningún experto, sí que tenían un gato en casa que alguna vez había arañado a los desconocidos e incluso a ellos por pura simpatía, por eso supo al instante sin que nadie viniera a decírselo que aquellas incisiones habían sido producidas por uñas humanas.

No obstante, no dejaban de ser rasguños superficiales; nada lo suficientemente grave como para dejar a una persona normal sin conocimiento. Por otro lado, estaba la forma en la que había llegado hasta allí. ¡Había aparecido de repente! Y Tadashi estaba convencido de no haberla visto nunca antes por el Instituto. ¿Con esa ropa? Se acordaría, desde luego. No, definitivamente no era ninguna alumna.

Pero, entonces… ¿Quién era? ¿Y qué había sido aquella bola de luz que la había arrojado allí? ¿Y por qué?

Estaba formulándose todas esas preguntas sin respuesta, sopesando si podría cargar con ella de nuevo hasta la planta de los laboratorios y avisar a un profesor o bien pedirle a Baymax que la echara un vistazo y les ofreciera un diagnóstico mayor del que podían sacar ellos dos con sus parcos conocimientos en medicina a simple vista, o si sería más sensato llamar directamente a una ambulancia, cuando percibió cómo comenzaba a agitarse entre sus brazos.

–Creo que está despertando. Hey, hola –Tadashi la ayudó a sentarse erguida sobre el escalón en el que se encontraban, aún sosteniéndola gentilmente por los hombros– ¿Te encuentras bien?

La joven arrugó el entrecejo, sus labios se entreabrieron ligeramente y dejó escapar un gemido ahogado de dolor, aspirando el aire entre los dientes. Tadashi se separó de ella para dejarle algo de espacio mientras iba recuperando la consciencia, la vio estremecerse levemente y cómo inclinaba la cabeza mareada a un lado, hasta que al fin comenzó a abrir lentamente los ojos, desorientada.

–Hola –repitió Tadashi a su lado, ofreciéndole amistosamente una mano sin pensarlo– ¿Va todo bien? ¿Necesitas ayuda?

En ese instante, los movimientos hasta ahora aletargados de la chica se frenaron de sopetón como los de un autómata oxidado, poniéndose en tensión. De repente, de forma tan rápida y brusca que hizo que se sobresaltara un poco, alzó la cabeza hacia él como un resorte, y Tadashi la miró por primera vez a los ojos, grandes, marrones y profundos, que lo contemplaron atónita, desmesuradamente abiertos.

Incapaces de imaginarse de hasta qué punto aquel momento iba a cambiar sus vidas, a cambiarlo todo, para siempre.

Notes:

Nota del Capítulo 1: Todavía no termino de cogerle el aire al funcionamiento de las notas en esta web.