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La verdad que nunca dijeron se esconde en sus ojos

Summary:

Scorpius Malfoy siempre creyó conocer su historia. Creció rodeado de amor, protegido por su familia, con un futuro que parecía inquebrantable. Pero todo era una mentira. Un secreto enterrado bajo años de silencios y verdades a medias. Él no era solo un Malfoy. Era también era hijo de un hombre que jamás lo quiso, que nunca lo buscó, que incluso negó su existencia.

O

Scorpius se convierte en el epicentro de una tormenta que amenaza con consumirlo. Su vida, su identidad y hasta sus recuerdos se tambalean mientras el peso de su sangre lo persigue. Pero si el destino y las mentiras de otros intentaron decidir por él, Scorpius hará lo único que le queda: tomar el control de su propia historia… Justo cuando cree haber encontrado consuelo, un refugio, la traición se cierne sobre él como una sombra, amenazando con destruir lo poco que aún le queda.

Notes:

⚠ Advertencia ⚠

Esta historia explora dinámicas familiares complejas, traumas no resueltos y relaciones construidas sobre secretos y mentiras.

Aquí encontrarás angustia emocional, conflictos generacionales, un Scorpius Malfoy que busca desesperadamente su lugar en el mundo y un romance que comienza como un refugio solo para convertirse en su peor tormenta. Si disfrutas del drama, el auto-descubrimiento doloroso y las relaciones que oscilan entre el amor y la traición, esta historia es para ti.

Aviso: Esta obra contiene angst intenso, traumas emocionales, suicidio, adicción a sustancias, relaciones complicadas y manipulaciones afectivas.

Procede con precaución.

Chapter 1: El viaje entre amigos

Chapter Text

Scorpius Hyperion Malfoy conoce el amor. Sabe cómo decirlo en más de ocho idiomas, puede deletrearlo en lenguas antiguas y susurrarlo en dialectos olvidados. Conoce el amor que un abuelo siente por su nieto, la devoción silenciosa en la mirada de Lucius cuando lo observa sin que él se dé cuenta, el toque protector de Narcissa al acomodarle el cabello, como si aún fuera un niño y no un joven de diecisiete años.

Conoce el amor de unos padrinos hacia su ahijado, expresado en consejos inesperados, en regalos sin razón aparente, en una presencia inquebrantable. Conoce el amor de la amistad, el que se encuentra entre risas, complicidad y secretos compartidos en madrugadas eternas. Conoce el amor de pareja, aunque en su vida haya sido fugaz, un roce de labios entre la euforia de una fiesta, el latido acelerado antes de un primer beso que nunca llega a convertirse en algo más. Conoce el amor hacia las cosas y los lugares, la fascinación por los detalles de París al amanecer, la calidez de un libro abierto en una tarde lluviosa, la familiaridad de su hogar, aunque nunca lo haya sentido como una jaula.

Pero hay un tipo de amor que Scorpius nunca ha conocido. El amor que duele. El amor que deja cicatrices, que se convierte en ausencia, que se transforma en un vacío imposible de llenar. Sus abuelos nunca permitieron que conociera el dolor, la tristeza o la pérdida. Lo criaron dentro de una burbuja de perfección, donde todo era belleza, donde la realidad nunca llegaba a tocarlo por completo. Y a veces, en noches silenciosas o en momentos donde sus pensamientos se volvían demasiado pesados, se preguntaba si eso era algo bueno o si, en el fondo, había algo roto dentro de él por no haber sentido nunca el filo de ese amor que destruye y transforma.

El jardín era su refugio en esos momentos. El pasto mullido bajo su espalda, el aroma de las flores flotando en el aire, el murmullo de las hojas mecidas por la brisa. Ahí, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y los ojos entrecerrados. La brisa acariciaba su piel, revolviendo su cabello con su propia personalidad indomable. A veces, se despertaba con el cabello perfectamente liso, otras veces con ondas rebeldes que desafiaban cualquier intento de control. "Tu cabello tiene más carácter que tú mismo", le había dicho Pansy entre risas en una ocasión, mientras intentaba alisarlo con sus dedos sin éxito.

El sonido de pasos suaves sobre la grava le indicó que no estaba solo. No se molestó en abrir los ojos; ya sabía quién era. Su abuela nunca lo dejaba mucho tiempo sin compañía.

“Aquí estás,” dijo Narcissa con voz serena. “Siempre te encuentro en este mismo lugar.”

Scorpius sonrió con los ojos cerrados. “¿Y qué puedo decir? Me gusta este jardín más que cualquier otra parte de la casa.”

Narcissa se sentó junto a él en la banca de piedra cercana, observándolo con esa ternura característica que siempre le había brindado. Scorpius podía sentir su mirada recorriendo su rostro, analizándolo como si intentara encontrar algo en él.

“Cada día te pareces más a tu abuelo,” comentó en voz baja, con un deje de nostalgia. “Tienes su porte, la forma en que inclinas la cabeza cuando piensas en algo. Incluso la manera en que caminas, firme y con confianza.”

Scorpius abrió un ojo, divertido. “¿Eso crees? Pensé que había sacado la actitud encantadora de Blaise.”

Narcissa rió suavemente. “Oh, no lo dudo. Pero cuando te miro, veo a Lucius en tantos detalles...” Sus dedos se alzaron con delicadeza, apartando un mechón de cabello rebelde de su rostro. “Aunque, por supuesto, tu cabello nunca habría sido aprobado por él.”

Scorpius dejó escapar una carcajada, recordando las veces que había visto fotografías de su abuelo en su juventud, siempre impecable, con el cabello perfectamente alineado y sin un solo mechón fuera de lugar.

“Definitivamente no,” admitió, jugando con un mechón entre sus dedos. “El mío parece tener vida propia. No hay encantamiento que pueda controlarlo.”

“Es parte de tu encanto,” dijo Narcissa con una sonrisa. “Y tus ojos… esos no son de los Malfoy. Son más vivos, más brillantes. Astoria tenía ojos hermosos, pero los tuyos tienen un brillo diferente.”

Scorpius no respondió de inmediato. Rara vez hablaban de Astoria, y aún menos de Draco. No porque estuviera prohibido, sino porque el ambiente se volvía pesado cuando sus nombres surgían. Como si una sombra se cerniera sobre la conversación.

“¿Y eso es algo bueno?” preguntó con suavidad, girando la cabeza para mirarla.

“Es algo hermoso,” aseguró Narcissa, con la misma certeza con la que siempre hablaba cuando se trataba de él. “Eres hermoso, Scorpius. No solo por fuera.”

Scorpius se incorporó un poco, apoyando un codo en la hierba y mirándola con una sonrisa ladeada. “Vaya, abuela, si sigues así, mi ego se disparará.”

Narcissa le acarició la mejilla con cariño. “Solo digo la verdad. Y si algún día dudas de quién eres, solo recuerda que eres alguien único. No una copia de nadie.”

Scorpius guardó silencio por un momento, sintiendo cómo esas palabras se acomodaban en su pecho. Luego, sin previo aviso, se impulsó para abrazarla, rodeándola con los brazos y apoyando la cabeza en su hombro.

“Siempre sabes qué decir,” murmuró.

Narcissa pasó una mano por su cabello, enredando sus dedos en esos mechones rebeldes. “Porque siempre te escucharé, querido. Siempre.”

Antes de que pudiera responder, un chasquido interrumpió el momento. Un elfo doméstico apareció a unos pasos de ellos, con las orejas temblorosas y una expresión servicial.

“Joven amo, su visitante ha llegado. El señorito Beauchêne está en la entrada.”

Scorpius se separó con una sonrisa. “Gracias, Cyrille. Ahora voy.”

Narcissa le arregló el cuello de la camiseta con una expresión indulgente. “No hagas esperar a tu amigo.”

Scorpius se despidió con un beso en la mejilla y caminó con energía hasta la entrada. Éloi Beauchêne era uno de sus amigos más cercanos en Beauxbatons, un joven francés de sangre pura cuya familia era reconocida tanto por su riqueza como por su gusto refinado. Desde el primer día en la academia, habían congeniado gracias a su sentido del humor y su mutua despreocupación por las formalidades impuestas por sus apellidos.

Apenas cruzó la puerta, un par de brazos lo rodearon con fuerza y lo hicieron girar en un medio abrazo efusivo.

“¡Scorpius! Por fin saliste de tu cueva, pensé que iba a tener que sacarte a la fuerza.”

Scorpius soltó una risa mientras se separaba un poco para ver el rostro de su amigo.

“¡No exageres, Éloi! Si alguien vive de fiesta eres tú. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que dormiste en tu propia cama?”

Éloi Beauchêne rodó los ojos con una sonrisa engreída. “Detalles, detalles. Lo importante es que ya tenemos todo listo para el viaje. Bueno, casi todo. Falta que tú digas que sí a las locuras que planeamos.”

Scorpius arqueó una ceja, divertido. “Define 'locuras'.”

Éloi puso un brazo sobre sus hombros y lo guió hacia la sala. “Imagínate esto: un mes viajando, fiestas exclusivas, playas privadas, y absolutamente nada de adultos diciendo qué hacer.”

Scorpius soltó una carcajada. “¿Nada de adultos? Te recuerdo que Lucius fue quien insistió en que hiciéramos este viaje.”

Éloi hizo una mueca de admiración. “Tu abuelo es el hombre más sabio que existe. Quisiera que me adoptara.”

Scorpius se rió. “Los demás ya lo dicen suficiente, no necesito otro hermano adoptivo.”

Éloi lo miró con fingida indignación. “Pero soy tu favorito, ¿no?”

Scorpius lo empujó suavemente hacia un sillón. “Depende de qué tan bien organices esta aventura.”

Éloi se llevó una mano al pecho con teatralidad. “Oh, mon ami, te prometo que recordarás este viaje por el resto de tu vida.”

Scorpius sonrió con expectativa. No tenía duda de que así sería.

“Entonces, dime, ¿qué locuras tienes planeadas exactamente?” preguntó Scorpius, cruzando los brazos mientras se dejaba caer en el sofá frente a él.

Éloi sacó de su bolso de piel un pequeño pergamino y lo desenrolló con un aire de importancia. “Escucha esto: primero, una semana en la Riviera Italiana. Sol, mar, y una villa privada que conseguí gracias a un contacto de mi familia. Todo de lujo, evidentemente. Luego, iremos a Mónaco, porque sería un pecado no visitar el casino y dejarnos ver en las fiestas nocturnas.”

Scorpius arqueó una ceja. “Dudo que nos dejen entrar a un casino.”

Éloi sonrió con picardía. “Tienes un rostro angelical, mon cher. Nadie te pedirá una identificación. Y en todo caso, ¿para qué están los encantamientos sutiles?”

Scorpius negó con la cabeza, divertido. “Continúa.”

“Después, iremos a los Alpes suizos. Un cambio de clima, un par de días en un resort de esquí, puro lujo y descanso. Y finalmente…” Éloi hizo una pausa dramática. “Dos días en Londres.”

El buen humor de Scorpius se desinfló un poco. “Londres…”

“No pongas esa cara, Scorpius. Es solo un par de días. Además, fue idea de Camille. Ya sabes cómo se obsesiona con la realeza británica.”

Scorpius resopló. “¿Y no podíamos convencerla de ir a otro lado? Mis abuelos odian Gran Bretaña.”

Éloi le dio un codazo suave. “No les diremos. No tienen por qué enterarse. Además, solo iremos a pasear, visitar el Palacio de Buckingham y ver los lugares turísticos. Nada del otro mundo. Luego nos largamos y nadie sabrá que estuvimos allí.”

Scorpius tamborileó los dedos contra su pierna. Sabía que sus abuelos no aprobarían ni por un segundo que pisara Londres, pero a la vez, ¿qué tan malo podía ser? Si solo iban por dos días y luego se marchaban, quizás ni siquiera tendrían que mencionarlo.

“¿Y quién más va?”  preguntó, desviando la atención.

“Tú, yo, Enzo, Mathis, Camille y Adrien. El grupo perfecto. Diversión asegurada.”

Scorpius rodó los ojos con una sonrisa. “¿Estás seguro de que Camille y Mathis no se matarán a mitad del viaje?”

Éloi se encogió de hombros. “Si pasa, al menos tendremos entretenimiento.”

Scorpius dejó escapar una risa baja. Tal vez este viaje no era tan mala idea después de todo. Pero la idea de Londres aún le pesaba en el fondo de la mente. ¿Y si sus abuelos lo descubrían?

Días después, el grupo de amigos se reunió en el aeródromo privado de la familia Beauchêne, propiedad de los padres de Éloi. Bajo el cielo despejado, un elegante jet negro con detalles dorados esperaba por ellos en la pista, reluciendo bajo el sol de la mañana.

Scorpius observó el avión con los brazos cruzados, sus labios curvándose en una sonrisa divertida. “Si alguien nos viera, pensaría que estamos escapando de algo. ¿Por qué un jet privado y no un traslador?”

Éloi, con una expresión de superioridad fingida, se ajustó los puños de su chaqueta de lino. “Mon cher, un traslador es funcional, pero poco glamuroso. ¿Quieres llegar desorientado y con las tripas revueltas a la Riviera? Porque yo no. Además, en un traslador no hay champagne ni asientos de cuero italiano.”

Mathis resopló, echándose su mochila al hombro. “No olvidemos que los trasladores requieren permisos si queremos viajar fuera del país, y considerando que nos movemos entre distintas ciudades, sería un dolor de cabeza hacer todos los trámites.”

Camille, quien ajustaba sus lentes de sol sobre su nariz, intervino con una sonrisa sarcástica. “Sin mencionar que Éloi solo quiere presumir que su familia tiene más dinero del que podría gastar en tres vidas.”

“¡Por supuesto!” Éloi exclamó sin vergüenza. “¿Para qué ser rico si no lo disfrutas? Además, esto no es solo por estética, es por comodidad. Tendremos espacio para relajarnos, planear nuestros días y llegar frescos a Italia.”

Adrien, que hasta el momento había permanecido en silencio, miró a Scorpius con una ceja levantada. “No me digas que te molesta volar.”

Scorpius negó con la cabeza, riendo. “No, no es eso. Es solo que, de todas las cosas que podríamos hacer, viajar como si fuéramos una celebridad nunca fue una de mis expectativas.”

“Tú eres una celebridad en el mundo de la alta sociedad, mon cher,” dijo Éloi, rodeando los hombros de Scorpius con un brazo. “Te guste o no, eres un Malfoy, el único y adorado nieto de Lucius Malfoy. Es hora de que lo aproveches.”

Scorpius rodó los ojos con una sonrisa, pero no discutió. Sabía que Éloi tenía razón en cierto modo. Su apellido y linaje venían con privilegios que rara vez consideraba. Aun así, él no se veía a sí mismo como alguien que necesitara una vida de excesos.

Enzo, quien hasta ese momento había permanecido revisando su reloj, finalmente intervino. “Si seguimos hablando aquí, perderemos la reserva en la villa. Y ya saben que odio llegar tarde.”

Camille se acomodó en uno de los escalones que llevaban al jet y se giró para mirar al grupo. “¿Vamos a quedarnos aquí discutiendo sobre si el jet es innecesario o nos vamos ya?”

“Vamos, vamos,” dijo Mathis, subiendo tras ella.

Uno a uno, los seis amigos abordaron la aeronave. El interior era tan lujoso como Éloi había prometido: asientos amplios de cuero crema, mesas con copas de cristal y una vista panorámica desde las ventanillas. En cuanto despegaron, la tensión que algunos ni siquiera sabían que llevaban encima comenzó a desvanecerse.

Scorpius se reclinó en su asiento y miró por la ventanilla mientras el jet ascendía, dejando atrás Francia por un mes. No podía negar que, aunque el viaje tenía sus complicaciones—especialmente con Londres en el itinerario—había una parte de él que estaba emocionada.

Éloi le pasó una copa de champagne con una sonrisa traviesa. “Por el inicio de la mejor aventura de nuestras vidas.”

Scorpius chocó su copa con la de él, sintiendo una extraña pero bienvenida emoción en el pecho. “Por eso.”

La Riviera Italiana los recibió con cielos despejados y un sol dorado que acariciaba la piel con la calidez justa. La villa privada que Éloi había conseguido era una obra maestra de la arquitectura, con columnas de mármol blanco, terrazas con vista al mar y una piscina infinita que se confundía con el horizonte. Cada habitación tenía su propio balcón, y la decoración combinaba un estilo clásico con detalles modernos, dando la impresión de que estaban en una de esas casas de revistas que solo la élite podía permitirse.

Desde el primer día, Camille se apoderó del mar. Era imposible verla fuera del agua por mucho tiempo; nadaba con gracia, su cabello mojado brillando bajo el sol mientras emergía de las olas con la facilidad de alguien que había nacido para estar allí. “Si alguna vez desaparezco, búsquenme en el Mediterráneo,” bromeó, tumbándose sobre la arena caliente.

Éloi, en cambio, se dedicó a su bronceado con la misma disciplina con la que alguien estudiaría para los TIMOS. Su tumbona estaba estratégicamente ubicada en el punto exacto donde el sol le daba el tono dorado perfecto. Con gafas de sol doradas y un cóctel en la mano, suspiró con placer. “Esto sí es vida.”

Mathis, que no era precisamente un amante del calor, prefería quedarse bajo la sombra con una copa de vino blanco en la mano. “Paraíso sería si no tuviera que soportar el calor del sol en cada maldito rincón.”

“Paraíso sería si alguien me pusiera bronceador en la espalda,” añadió Éloi, extendiendo un brazo hacia la mesa para tomar su crema solar.

“Hazlo tú mismo, mimado,” respondió Mathis sin siquiera mirarlo.

Éloi bufó y miró a Scorpius con una sonrisa coqueta. “Mon cher, tú eres el alma caritativa aquí. Ayúdame.”

Scorpius, recostado en una hamaca con un libro en mano, apenas alzó la mirada. “Encuentra otro voluntario.”

Los días transcurrieron entre risas, cenas en la terraza con velas iluminando la mesa y noches en las que las copas de vino nunca parecían vaciarse. Scorpius disfrutó cada segundo, cada conversación sin preocupaciones y cada atardecer con el sonido de las olas de fondo. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente libre.

Cuando partieron hacia Mónaco, la emoción era palpable. La ciudad los recibió con su inconfundible glamour: coches de lujo rugiendo por las calles, boutiques con vitrinas impecables y un aire de exclusividad en cada rincón. Aquí, nadie se preocupaba por los precios. Y Enzo lo demostró desde el momento en que pisaron su primera tienda.

“Esto es para ti,” dijo, entregándole a Scorpius un reloj con correa de cuero negro y diamantes brillantes que reflejaban la luz del local.

Scorpius parpadeó. “¿Enzo, estás comprándome un reloj de cinco mil euros?”

Enzo sonrió con autosuficiencia. “Es mi dinero y mi gusto. No lo cuestione, mon ami.”

Adrien resopló. “No sé si es tu gusto o tu debilidad por Scorpius.”

“Déjenlo,” intervino Camille, examinando un vestido de seda roja. “Si Enzo quiere gastar su fortuna en Scorpius, que lo haga. No nos quejamos cuando nos invita champagne.”

Las noches en Mónaco fueron otro nivel de lujo. Entraron a los casinos más exclusivos, donde las fichas eran de oro y el sonido de las ruletas mezclado con la música de jazz creaba una atmósfera intoxicante. Scorpius, vestido impecablemente con un traje negro hecho a medida, observó la ruleta con una sonrisa confiada.

“Voy con todo,” dijo, lanzando sus fichas sobre la mesa.

Camille, que llevaba su vestido rojo ajustado con elegancia, apoyó un codo en la mesa y le dedicó una mirada desafiante. “O ganas, o lloras.”

“Siempre gano,” replicó Scorpius, observando la ruleta girar con expectación.

Cuando la bola cayó en su número, Éloi levantó su copa de champagne con una sonrisa satisfecha. “Definitivamente eres un Malfoy.”

La última noche en Mónaco era un evento que debía cerrarse con broche de oro. No había espacio para despedidas melancólicas ni nostalgias anticipadas. Mañana abordarían el jet de la familia de Éloi con rumbo a Londres, un desvío inesperado por pedido de Camille, pero esa preocupación quedaba para el día siguiente. Ahora, solo importaba la música, las luces y el desenfreno de una ciudad que nunca dormía.

El grupo llegó a una de las discotecas más exclusivas de Montecarlo, donde la entrada no era cuestión de dinero, sino de estatus. No cualquiera podía cruzar sus puertas, pero para ellos, la alfombra roja se desplegó sin esfuerzo. Bastó con que Éloi sonriera al portero con su irresistible aire de superioridad y que Scorpius le dirigiera una mirada de su linaje Malfoy para que el cordón de terciopelo se levantara sin una sola pregunta.

Dentro, el club era un espectáculo de luces neón, humo artificial y beats vibrantes que parecían sincronizarse con el pulso de quienes bailaban en la pista. El techo estaba cubierto de lámparas de cristal que reflejaban el fulgor de los flashes de las cámaras. Los tragos llegaban en bandejas de plata, sostenidos por camareros vestidos impecablemente de negro. Cada mesa privada tenía una botella de Dom Pérignon esperando ser descorchada, y en el aire flotaba el inconfundible aroma de perfumes caros y deseo contenido.

Scorpius lucía impecable en una camisa de seda negra, abierta en el cuello lo suficiente para dejar entrever su clavícula. Su cabello rubio platinado estaba peinado con una perfección descuidada, dándole un aire entre elegante y peligroso. Sabía que llamaba la atención, pero no era algo en lo que pensara demasiado. Para él, esta noche solo significaba una cosa: diversión.

A su lado, Éloi era la personificación del hedonismo. Vestía una camisa de satén burdeos, ajustada lo suficiente para marcar su figura esbelta y ligeramente desabotonada para añadir ese toque de provocación que lo caracterizaba. Su piel bronceada contrastaba con el rojo profundo de la tela, y sus ojos azul hielo brillaban con picardía. No había entrado a la discoteca con la intención de irse solo, y cualquiera que lo mirara podía adivinarlo.

Adrien, siempre más sobrio en su estilo, optó por un traje negro ajustado, sin corbata y con la camisa entreabierta. Su atractivo radicaba en su aura de misterio; hablaba poco, pero cuando lo hacía, su voz grave y segura capturaba la atención. Su mandíbula marcada y su expresión impenetrable le daban un aire de estrella de cine.

Enzo, por otro lado, destacaba por su porte imponente. Su cabello castaño oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, y su camisa azul marino, de un tejido finísimo, realzaba su musculatura atlética. Era el tipo de hombre que parecía hecho para habitar lugares como este, alguien que se movía con la seguridad de quien nunca ha conocido la palabra “rechazo”. Y sin embargo, su mirada se desviaba con demasiada frecuencia hacia Scorpius, como si intentara grabar cada detalle de él antes de que la noche terminara.

Camille era sencillamente deslumbrante. Su vestido negro, ajustado y de espalda descubierta, parecía haber sido confeccionado para ella. Cada movimiento suyo era un espectáculo, desde la forma en que se pasaba una mano por el cabello castaño oscuro hasta la manera en que sus labios pintados de rojo sonreían con cierta malicia. No era una sonrisa dirigida a Mathis. No le había dirigido la palabra en toda la noche, y no planeaba hacerlo.

Mathis, por su parte, estaba impecable en una camisa blanca de lino con las mangas arremangadas y unos pantalones oscuros. Su atractivo era más relajado, con esa despreocupación de quien no necesita esforzarse demasiado para ser encantador. Sin embargo, su humor estaba más apagado de lo normal.

La música subió de intensidad y el grupo se dispersó momentáneamente. Éloi ya estaba en la pista, bailando con la seguridad de alguien que sabía que era observado y disfrutaba cada segundo de ello. Camille se unió a él, moviéndose con una gracia que capturó todas las miradas a su alrededor.

Scorpius se dejó llevar por el ritmo, riendo mientras Adrien le pasaba un trago. “No pienses, solo siente la música,” le dijo, dándole una palmada en el hombro antes de desaparecer entre la multitud.

Enzo se acercó más de lo necesario, con su copa en mano y una sonrisa ladeada. “¿Estás disfrutando la noche?”

“Mucho,” respondió Scorpius, sin leer demasiado en la pregunta.

Enzo lo observó con intensidad. “Sabes que podríamos hacerla aún mejor.”

Scorpius le sostuvo la mirada por un instante, con su propia sonrisa enigmática, antes de negar suavemente. “Solo quiero divertirme, Enzo.”

Enzo no pareció decepcionado, pero había un destello de resignación en sus ojos. Dio un sorbo a su copa y asintió. “Como quieras.”

Mientras tanto, Éloi y Camille seguían bailando, cada uno en su propio mundo de despreocupación. Mathis los observaba desde la barra, su expresión indescifrable. Finalmente, tomó una decisión y se acercó a Camille.

“¿Puedo hablar contigo?”

Camille no dejó de moverse, pero sus ojos se encontraron con los de él. “No sé, ¿vas a decir algo que valga la pena escuchar?”

Mathis exhaló, pasando una mano por su cabello. “No espero que me perdones, pero…”

“Entonces no digas nada,” lo interrumpió ella. Su voz no era cruel, pero sí firme. “Solo bailemos.”

Y lo hicieron. Por un momento, el resentimiento quedó en pausa, enterrado bajo el ritmo de la música y las luces parpadeantes.

Scorpius siguió bailando hasta que el mundo se sintió borroso, hasta que la única realidad fue el calor del lugar, el sonido de la música y la risa de sus amigos resonando a su alrededor.

Cuando la noche comenzó a desvanecerse, el grupo salió del club como dioses griegos descendiendo del Olimpo. Riendo, tambaleándose levemente por el alcohol y el cansancio, pero con la certeza de que habían exprimido hasta el último instante de su estadía en Mónaco.

Éloi se apoyó en Scorpius, con su sonrisa coqueta intacta. “Si muero mañana en el jet, quiero que recuerden que esta fue mi mejor noche.”

Scorpius rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. “No morirás. Pero si lo hicieras, grabaríamos esas palabras en tu lápida.”

Camille caminaba unos pasos adelante, descalza, con los tacones en una mano. “Espero que Londres valga la pena después de esto.”

Adrien le pasó un brazo por los hombros, riendo. “Dudo que iguale a Mónaco, pero lo intentaremos.”

Mathis caminaba en silencio, con las manos en los bolsillos. Enzo iba a su lado, su mirada de nuevo fija en Scorpius, aunque esta vez más serena.

Cuando llegaron a la villa, el cielo ya estaba comenzando a aclararse. Londres los esperaba. Pero esta noche, esta despedida de Mónaco, sería un recuerdo imborrable.