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¿Cuánto tiempo toma sanar una herida?

Summary:

Draco duerme, Scorpius ya no está y Harry al igual que el resto de su familia se aferra a lo único que le queda.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La habitación olía a flores frescas y a esa fragancia dulce y ligera que se impregnaba en las cortinas blancas al moverse con el viento. Harry estaba de pie junto a la mesita, girando los ramos con paciencia, asegurándose de que cada tallo recibiera la cantidad justa de luz solar que entraba por los ventanales. Movía las manos despacio, como si con ese gesto pudiera traer armonía a algo más que al orden de las flores. Sus dedos temblaban apenas, pero mantenía la calma con la devoción de quien se aferra a un ritual porque todo lo demás se desmoronaría sin él.

Si todo luce perfecto, entonces él tiene que volver. No puede ser que algo tan hermoso permanezca en silencio para siempre.

El sol se colaba con insistencia en la habitación amplia, iluminando hasta el rincón más lejano, y aun así parecía que la luz solo existía para resaltar el vacío. Cada superficie estaba limpia, cada línea impecable, como si el lugar no fuera un cuarto de reposo sino un lienzo detenido en el tiempo, esperando a que alguien lo llenara de vida.

Harry, aunque se ve cansado con ojeras profundas que hablan de noches sin dormir, agotado hasta los huesos de una manera que el descanso no puede curar, y sin casi vida en sus ojos que una vez brillaron con determinación, sonríe cuando se gira y camina hacia la cama. Es una sonrisa que no llega a sus ojos, una sonrisa que ha aprendido a usar como máscara durante estos meses interminables.

La cama no es dura ni suave, es perfecta en todos los aspectos. Una cama que aunque lleva meses estando ocupada por la misma persona se ve tan inmaculada, tan cuidadosamente mantenida, como si formara parte de una pintura renacentista donde cada detalle está diseñado para crear belleza incluso en el dolor.

Harry, con un cuidado infinito que bordea la reverencia, acomoda los rizos rubios que se han movido por el viento del jardín que entra constantemente a la habitación. Sus dedos tiemblan ligeramente cuando tocan el cabello sedoso, tan familiar pero tan inalcanzable al mismo tiempo.

Harry simplemente mira el rostro sereno y pacífico del hermoso hombre que yace sobre la cama, permitiéndose ser deslumbrado por esa belleza que permanece intacta a pesar de todo lo que ha pasado. Los rasgos aristocráticos de Draco están relajados en el sueño, sin las líneas de tensión que solían marcar su rostro, sin el dolor que Harry nunca vio en sus ojos grises cuando todo se desmoronara. Se le escapó un suspiro que no supo contener. Tan hermoso. Tan lejano. Tan ausente.

Después de varios minutos de contemplación silenciosa, Harry toma el libro que descansa sobre la mesita de noche, un volumen gastado por el uso constante. Busca la página donde se quedó la última vez, marcada con una cinta azul que Narcissa le regaló hace meses, e inicia su lectura con voz clara y suave que llena el silencio de la habitación.

"Cuando el viento cambió de dirección, las hojas comenzaron a caer como lluvia dorada", lee Harry, su voz encontrando el ritmo familiar de la narración.

De vez en cuando Harry toma un descanso en la lectura para mirar el rostro de Draco, esperando con una esperanza que nunca muere ver algo, cualquier cosa que le indique que está siendo escuchado, que sus palabras están llegando a algún lugar profundo donde Draco puede estar esperando. Busca un aleteo en los párpados, un movimiento de los labios, incluso la reacción más mínima que le diga que no está hablando a la nada.

Pero al igual que siempre, como ha sido durante todos estos meses, no hay reacción alguna. El rostro de Draco permanece sereno e inmóvil, hermoso pero inalcanzable como una estatua de mármol.

Tal vez hoy, piensa Harry antes de seguir con su lectura. Tal vez hoy sea diferente.

En medio de un párrafo sobre jardines secretos y puertas ocultas, llega un pequeño pájaro que se posa cerca de la mesa de las flores. Es un petirrojo con el pecho rojo brillante que canta una melodía breve antes de quedarse en silencio. Harry lo mira por un momento, preguntándose si es el mismo pájaro que viene todos los días o si son diferentes, antes de volver a su lectura.

Cuando toma otro descanso para verificar si hay algún cambio en el rostro de Draco, nota que el pájaro ya se ha ido, desapareciendo tan silenciosamente como llegó. Vuelve a mirar el rostro del hombre en la cama, que sigue exactamente igual que siempre, y retoma la lectura donde la había dejado.

Aunque en un punto, mientras lee sobre protagonistas que encuentran su camino a casa después de largas travesías, sus palabras se cortan abruptamente. Un sonido de dolor escapa de su garganta, crudo y desgarrador en el silencio de la habitación. Aclarando su garganta con dificultad, dice con voz quebrada, "Murió un sábado, el martes lo estábamos velando y un viernes lo enterramos y para cuando la semana terminó no supimos cómo continuar…”

Cuando Harry dice esto, no lee el libro que tiene en las manos, ni mira las flores que ha arreglado con tanto cuidado o las cortinas que se mueven suavemente por el viento. Mira directamente el rostro sereno y tan quieto de Draco, como si las palabras fueran dirigidas específicamente a él, como si fuera una confesión que solo puede hacer en la seguridad de este silencio compartido.

Harry marca la página cuidadosamente con la cinta azul y cierra despacio el libro, cada movimiento deliberado y controlado. Lo pone en la mesita de noche, se acerca al lado de Draco y le besa la frente con una ternura que duele, volviendo a acomodar los rizos que se han movido por el viento otra vez.

Se queda mirando a Draco por un largo rato, memorizando la curva de sus pómulos, la forma de sus labios, el modo en que sus pestañas proyectan sombras delicadas sobre su piel pálida. Hasta que ya no puede soportar verlo así, tan hermoso, tan dormido, tan quieto que se levanta del sillón con movimientos que hablan de un cansancio que va más allá de lo físico.

Se acerca a la mesa con las flores, y como está cerca de la ventana puede ver el jardín donde, como es habitual todos los días, Teddy está escarbando en la tierra y plantando nuevas flores con una determinación que Harry reconoce como una forma de duelo. Un poco más lejos de Teddy está Albus organizando lo que Harry puede imaginar son las bolsitas con las semillas que usarán para plantar en todo el extenso jardín de la mansión Malfoy.

Harry no los mira por mucho tiempo porque le duele ver cómo todos están tratando de sanar a su manera. Acomoda una vez más los tallos de las flores, ajustando pétalos que no necesitan ser ajustados, y una vez satisfecho con un resultado que es idéntico al anterior, regresa a tomar el libro.

Acomoda los rizos de Draco con dedos que conocen cada mechón de memoria, se sienta en el sillón que ha moldeado su forma durante estos meses de vigilia, y vuelve a leer desde donde había marcado la página. La historia continúa, las palabras fluyen, y él toma pausas regulares para mirar a Draco en busca de cualquier señal de que esté siendo escuchado.

El pájaro regresa como parte de una rutina que Harry ya no nota conscientemente, se posa en el mismo lugar, canta la misma melodía breve, y se va cuando Harry vuelve a detener su lectura. Su garganta hace otra vez ese sonido de dolor que viene desde lo más profundo de su alma, y ​​vuelve a decir después de aclarar su garganta con dificultad, "Murió un sábado, el martes lo estábamos velando y un viernes lo enterramos y para cuando la semana terminó no supimos cómo continuar."

Lo dice mirando directamente el rostro dormido y plácido de Draco, como si necesitara que estas palabras fueran escuchadas, como si fuera importante que alguien sepa lo perdido que están todos. Vuelve a marcar la página con la misma precisión de antes, deja el libro en la mesita y se acerca a Draco, le acomoda los rizos que el viento ha movido nuevamente y vuelve a besarle la frente con una devoción que rosa lo doloroso.

Se acerca de nuevo al jarrón con las flores, las acomoda aunque ya están perfectas, ve en el jardín a Teddy plantando las nuevas flores con movimientos que han desarrollado su propia gracia melancólica. Albus ahora está con James acomodando sacos de algún fertilizante mágico, sus voces apenas audibles a través de la ventana abierta. Harry los mira por unos momentos, vuelve a acomodar las flores del jarrón, y repite todo de nuevo.

Para cuando la tarde cae y el sol comienza a descender hacia el horizonte, pintando la habitación con tonos dorados que hacen que todo parezca irreal, Harry ha dejado el libro a un lado. Ha dejado las flores en paz después de arreglarlas incontables veces, y está completamente enfocado en hacerle beber a un Draco aún dormido las pociones nutricionales que lo mantienen sano y fuerte.

Con una paciencia infinita que ha perfeccionado durante estos meses, Harry le preparó un baño con agua a la temperatura exacta que recuerda que a Draco le gustaba. Lo baña con un cuidado y delicadeza que bordea la adoración, lavando cada centímetro de piel como si fuera lo más precioso del mundo. Lo viste con ropa limpia que huele a lavanda, y lo peina con aún más cuidado, asegurándose de que cada rizo caiga en su lugar perfecto.

Después de todos estos cuidados, Harry simplemente lo mira dormir como lo ha hecho desde que logró recuperarlo de las garras de Zabini, desde que logró salvarlo pero no pudo evitar perder a su hijo en el proceso. Es una vigilia que se ha convertido en el centro de su existencia, la única constante en un mundo que se ha vuelto incomprensible.

Al menos estás vivo, piensa mientras observas el ascenso y caída suave del pecho de Draco. Al menos no te perdí a ti también.

Harry cierra las ventanas cuando la brisa nocturna se vuelve demasiado fría, baja el brillo de las lámparas cuando la noche comienza a asentarse sobre la mansión como una manta pesada. Se sentó en el sillón otra vez y permaneció allí, mirando a Draco dormir. El tiempo se disolvió, y cuando ya no pudo sostener los párpados, comprendió que había llegado la hora de ir a descansar él también.

La noche lo envolvía todo. El jardín callaba. El libro descansaba en la mesita, como si lo esperara para el día siguiente. Draco seguía quieto, intacto, tan hermoso que parecía imposible que la vida no lo reclamara de nuevo.

Y Harry, con el pecho lleno de dolor, se obligó a apagar la última luz.

La mansión Malfoy está en completo silencio cuando Harry sale de la habitación. No hay ruido. No hay vida. Todo se ve limpio, perfecto, ordenado con la pulcritud impecable de siempre, pero es un silencio que no ofrece paz, sino un vacío que pesa en los pasillos y en las paredes, como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración. Harry camina con pasos lentos, arrastrando consigo una sombra que no se despega, y al girar en el pasillo lo ve. Teddy está allí de nuevo, como cada noche desde aquel sábado maldito, con los ojos fijos en la misma puerta, como si esperara que de pronto se abriera y la pesadilla terminara. No dice nada, no lo saluda, no lo mira directamente. Solo permanece quieto, mirando como si sus ojos fueran los guardianes de un umbral que nunca volverá a abrirse.

Harry tampoco dice nada. Ni siquiera lo intenta. La garganta le duele, cargada de palabras que jamás llegarán a salir, palabras que se ahogan antes de rozar sus labios. Pasa junto a Teddy sin atreverse a cruzar su mirada. No puede. No soporta ver en esos ojos la misma desesperanza que lleva dentro. Cruza el pasillo y empuja la puerta. No hace ruido, no toca nada. Solo entra.

El aire dentro de la habitación es espeso, cargado de memoria. No mueve nada, no arruina nada, no se atreve a alterar el único recuerdo físico que le queda de ese espacio. Se sube a la cama, con el cuerpo pesado, con los movimientos torpes, como si el colchón mismo lo rechazara. Se envuelve en la sábana que ya perdió el olor que tanto anhela. Antes, ese tejido le regalaba un consuelo invisible, una fragancia que lo acompañaba incluso en la oscuridad, pero ahora solo huele a él. Ya no queda nada. Ni un rastro de él.

Se acurruca contra las almohadas, enterrando la nariz con desesperación, buscando cualquier rastro perdido, cualquier sombra del perfume que solía impregnarlas. Pero no hay nada. Solo puede olerse a sí mismo. Y aun así insiste, porque no se resigna, porque necesita aunque sea un engaño, una ilusión mínima que le haga creer que todavía está ahí. Y cuando esa ilusión se rompe, las lágrimas vuelven, calientes, crueles. Solloza con fuerza, con desesperación, como si al llorar pudiera desenterrar lo que ya no existe. El pecho le arde, los ojos le duelen, pero sigue llorando hasta que el cansancio lo vence. Así, empapado en su propio llanto, Harry se queda dormido.

Como siempre desde aquel día. Como siempre desde hace meses.

Y sueña. Sueña con haber abierto esa puerta a tiempo. Sueña con haber sido más inteligente, con haber visto las señales. Sueña que fue un buen padre, que lo salvó, que lo abrazó antes de que fuera demasiado tarde. Sueña que el sábado cambió, que él cambió, que la historia fue otra. Pero el sueño solo es eso: un sueño.

Cuando abre los ojos, nada ha cambiado. La habitación sigue igual que aquel día. La porcelana rota en el suelo, la ropa desparramada como testigo inmóvil del desastre, la cortina aún descorrida dejando entrar la luz pálida que parece burlarse de él. Todo sigue como Scorpius lo dejó. Todo sigue congelado en el instante en que lo perdí.

Y llora. Llora por su hijo, por lo que fue y lo que nunca será. Llora porque lo extraña con cada fibra de su ser. Llora porque nunca volverá, porque no pudo salvarlo, porque no estuvo allí. La mirada se le vacía, rota, como si los ojos ya no tuvieran luz que ofrecer. Con las lágrimas cayendo por su rostro se obliga a levantarse, cada movimiento una tortura. Sale de la habitación. Teddy sigue en el pasillo, quieto, con los ojos perdidos en la puerta.

Harry lo mira, y por un instante piensa en hablarle. Pero no puede. El llanto lo atraganta, le roba la voz. Teddy tampoco parece verlo realmente. Mira, pero no ve. Está allí, pero su mente está en otra parte, atrapada en su propio dolor. Harry baja la cabeza, incapaz de romper ese silencio que los separa, y sigue caminando hasta su habitación.

Se encierra allí. Se baña, cambia su ropa, pasa tiempo intentando borrar cualquier rastro del llanto que lo devoró. Se mira al espejo y ve a un hombre agotado, consumido, pero aun así se obliga a recomponerse. Aunque sus ojos siguen apagados, sin vida, sale de nuevo, porque no puede detenerse. No puede dejar de hacerlo. Tiene que volver.

Regresa a la habitación de Draco. Abre las ventanas para dejar entrar la luz. En la mesa hay un nuevo ramo de flores, y Harry las acomoda con cuidado, como si ese gesto pudiera devolver un orden mínimo al caos. Luego se sienta de nuevo, toma el libro y, antes de leer, se inclina para besar la frente de Draco. Sus dedos recorren los rizos rubios, los acomodan con ternura infinita, con la devoción de quien teme perder lo poco que le queda. Y vuelve a leer. Una página. Otra. Las palabras flotan en el aire, pero son más para él que para Draco, más para llenar el vacío que para ser escuchadas.

Repite todo de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo.

Más tarde, Narcissa entra en silencio. Ella no necesita palabras tampoco. Con manos firmes pero temblorosas ayuda a darle a Draco sus pociones, mientras Harry acomoda las flores otra vez, como si la repetición de ese acto pudiera mantener a raya el dolor. Al mediodía llega Albus con un nuevo ramo. No dice mucho, solo coloca las flores en su sitio y se va. Harry mira un instante a Draco, y con voz baja, casi un susurro, repite la misma frase que ha repetido tantas veces.

“Murió un sábado. El martes lo estábamos velando y un viernes lo enterramos. Y para cuando la semana terminó no supimos cómo continuar…”

El silencio se traga sus palabras. Nadie responde.

Teddy está en el jardín, cavando la tierra con las manos, plantando flores como si así pudiera mostrárselas algún día a Scorpius. Albus y James lo ayudan, los tres hundidos en un esfuerzo que no es realmente jardinería, sino un intento de sostenerse los unos a los otros sin admitirlo. Narcissa llora en algún rincón de la mansión, sola, dejando escapar el lamento por su nieto perdido, por su esposo muerto, por el vacío que ya no sabe cómo llenar.

Harry sigue leyendo. Draco sigue dormido. Y todo se repite. Una rutina de gestos pequeños, de silencios pesados, de heridas que no cierran.

Notes:

¿Estas feliz de tener de regreso a Draco, Harry? 😭😭😭

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