Chapter Text
Los títulos son una cosa tan poderosa como terrible.
Antes de ser el dios mensajero y desde siempre, para ser exactos, Hermes fue el dios alado.
Y una parte de él siempre espera seguir siéndolo en todas las facetas que eso conlleve.
Pero siempre fue mucho tiempo.
*
Han hablado entre ellos; mucho.
Lo han hecho desde hace siglos, por lo que casi cualquier tema pensado, por más absurdo que suene ha sido tocado aunque fuera superficialmente. Hay conclusiones y debates realmente interesantes que se pueden sacar de una charla entre un olímpico milenario y una divinidad que tiene un acceso total al futuro y al pasado. O al menos de eso se queja Tánatos, el muy desagradecido.
La verdad es que, llegados a este punto, Hermes siente que conoce más a Tiresias de lo que él lo conoce. Y eso, de alguna manera, se siente injusto.
Porque uno no llega a ser el patrón de los ladrones sin ser… bueno, un poco cobarde. Incluso con quienes guardan en el espacio entre su alma y su corazón. Del tipo de ladrón que guarda sus cosas bajo llave y escondidas tras mil vueltas y trucos.
Porque ser un ladrón es tomar y no dar nada a cambio.
Porque en el fondo, Hermes siente con fuerza el ser visto como lo que es por la persona que más lo ama en el maldito universo, sin estar relacionado con él de ninguna manera que lo obligue a su compañía. Por la persona que libremente DECIDIÓ que amarlo no era un desperdicio de su tiempo ¿Y eso no es irónico acaso cuando sigue pidiendo más y más de lo que era y será su amado profeta sin dar más que migajas en comparación?
Pero es que todo en Tiresias pide a su ser saber más. Sus palabras son mejores que la ambrosía, que el vino, que el néctar. Tiresias lo llamó romántico dramático y Hermes se derrumbó en su regazo finciendo llorar.
Pero es cierto y sobre todo, porque Tiresias nunca lo corta, incluso cuando Hermes pide, su profeta no exige nada a cambio de su verdad.
Le pidió que hablara de Manto. Tiresias compartió la primera vez que la sostuvo en brazos, horrorizado por la idea de haber creado vida, pero enamorado en el instante en que el pequeño puño se aferró a su cabello y su hija lloró, rompiéndole el corazón. De que la amó desde ese instante y aún lo hace.
Le pidió que hablara de su aversión por las serpientes de su caduceo, cuando la duda de que si era solo por la situación en la que se había visto envuelto la que alimentaba su disgusto o existían más motivos. Una risa se le escapó a Tiresias cuando le contó de la fascinación de su hija por las serpientes y lo mucho que a él le disgustaba, pero escondía su repulsión solo porque el tono solemne de su niña describiéndolas más como las queridas de sus amigas que como animales de campo era suficiente para ignorar su asco.
Hermes ahora sabía que ella era curiosa y que Tiresias a veces temía esa curiosidad.
Le pidió que hablara de su tiempo en las cortes de viejos reyes y nuevos monarcas y Tiresias narró como el mejor tejedor de historias sus primeros años lejos de su hija, cuando ella había sido lo suficientemente mayor para decir abandonar su hogar, pero confiando en que su padre no se perdería a sí mismo. Le había hablado de la pequeña plaza donde anualmente ambos viajaban para reencontrarse para enfrentar el lapso del tiempo.
Al cuestionarlo un mal día sobre porque desesperó en muerte, suplicando no verla por mucho tiempo en lugar de solo ver el futuro de su hija, Tiresias pensó con cuidado antes de confesar cuando que casi llegó a destejer todo el tejido del futuro de su niña, desesperado por verla a salvo.
De una horrible pesadilla que sufrió, que le supo casi un presagio, la noche después de haber vuelto a encontrarse con esas serpientes enlazadas, pasar de largo y que la maldición se esfumara. De la incertidumbre de un futuro donde solo su hija fue luz. De su mortificación cuando el don de la profecía se hizo presente en su hija, del terror absoluto de que algo le sucediera y su decisión final de destejerle el futuro, en búsqueda de poder aliviar cualquier complicación, a pesar de que jamás había hecho eso antes, concentrándose únicamente en el presente de Manto.
"Pero ese fue el día que me topé con Zeus y Hera y ambos... solicitaron mi opinión. Digamos que tomé como un presagio lo que ocurrió para no husmear de más en el futuro de mi hija y tentar al destino."
Hermes hizo un ruido herido y Tiresias solo se encogió de hombros, como si el castigo injustificado que arrastró hasta el momento de su muerte no fuera la gran cosa. Hermes lo abrazó con fuerza y lloró largamente sobre su cabello, suplicando perdón contra la piel de su mandíbula. Estaba profundamente arrepentido por haber desquitado con Tiresias al hacerle una pregunta insensible en un tono tan cruel, pero fue perdonado de inmediato con indulgencia.
A veces Hermes aún piensa en sus palabras a Tiresias en ese quinto día del cuarto mes, en sus ganas de lastimar al recordar haber sido lastimado.
Cuando no deja de pensar en su ira y la pura intención de hacer daño, recordando el pequeño momento en que vio los dedos de Tiresias temblar antes de sentarse y hablar con sinceridad, se dedica a buscarle parches de flores en la superficie.
Finge no enterarse que Tiresias ya sabe que eso es lo que hace cuando se siente culpable por ese día, cuando busca parches florales nuevos en lugar de disfrutar los viejos. Cuando lo besa varias veces hasta quitarle el sabor amargo de la culpa del espacio entre los dientes y la tráquea.
Se deja llevar con una sonrisa y Hermes puede retorcer tallos de vides y ramitas con alambres de oro para coronarlo u ocultar hojitas y pétalos entre los pliegues de su túnica, esperando el momento en que Tiresias los reúna todos, antes de llevarlo de vuelta a sus dominios.
Tiresias lo ha visto hacer el tonto literalmente desde que se conocen y lo ha complacido en cada pequeña cosa que se le ha ocurrido y aún sigue allí con él. Pero el solo pensamiento de ser visto es tan maravilloso que se vuelve abrumador. Porque ser conocido tan profundamente es un dolor del bueno al que debe acostumbrarse, cuando siempre ha sido él quien decidió cómo lo veía el mundo; porque pocos y contados son quienes se han detenido a mirarlo detenidamente y han visto más allá de la sombra del ala de su sombrero, del filo dorado de su caduceo, de sus gracias creyeras y sobre todo, de lo que conjura con sus palabras ligeras como plumas.
Porque Hermes sabe lo que es Tiresias, incluso más allá de la divinidad que ahora comparte. Un padre, un profeta, un protector, un buen amigo, un aún mejor amante.
Y Tiresias sabe lo que es Hermes. Un pícaro, un juguetón, un enamorado, un ladrón y sobre todo, un cobarde.
Porque Tiresias da trozos de su existencia a manos llenas sin siquiera darle importancia y Hermes literalmente cuenta las cosas cuando se le escapan sin remedio, escondiéndolas entre capas de humor, proponiendo absurdos cuando siente que es un mal día, cuando las palabras se acumulan de tal forma en su garganta que le bloquean la lengua y le impiden hablar, aunque eso sea lo que quiera. Pidiendo excursiones al exterior con la excusa de que Tiresias necesita tocar pasto, aunque sea él quien de verdad quiera un poco de aire.
Y Tiresias ve a través de él, sin siquiera recurrir a sus hilos. Y Tiresias le permite indulgencias.
Disimula bien su curiosidad ante su pasado; le sigue el juego en sus tonterías, llenando los silencios con murmullos que escucharon de los reyes del inframundo, de Caronte, o de Tánatos; Tumbándose boca abajo en los parches de flores que Hermes encuentra en los bosques, para prestarle su espalda sin molestarse en ser usado de almohada.
Porque sabe cuando Hermes se siente cómodo como para poder ir más allá de los temas que prefiere, como lo es Itaca y sus descendientes y hablar con naturalidad de su pasar relación con sus hermanos más queridos o aquellos a los que ama pero también quisiera apuñalar. Porque no lo presiona como un padre, sino que lo alienta como un amigo. Porque alimenta su faceta de los cambios y transiciones y lo impulsa a no resistirse al futuro.
Porque no lo angustia a propósito como si escarbara en una herida abierta, sino que retira la carne muerta con amoroso cuidado para permitir que cicatrice y sane. Porque Tiresias lo equipara sin saberlo en el arte de las palabras y las emociones, un manejo impecable de forma casi innata y prefiere compartirlo que guardarlo con celo.
A veces le sorprende esa faceta de Tiresias, hasta recordar que su fría mesquindad se reserva solo extraños y hostiles, no a quienes consideran como suyos. Que su infinita paciencia se nutre del pozo de amor eterno que es su devoción por su hija, de la que ahora sabe tanto que siente que también la ama profundamente. Que al haber pasado por tantos encuentro divinos en su juventud y haber experimentado literalmente todo lo que la vida le tenía por ofrecer ha desarrollado una entereza envidiable; no ha visto al hombre perder los estribos porque tiene un dominio asombroso de sus propias emociones.
Hasta ese día.
*
El cuarto día del mes cuarto del año. Y Hermes sabe que ha estado perdido en el desenfreno del amor puro, porque se ha olvidado completamente de la fecha. No puede culpar a nadie más que a sí mismo, porque antes se lanza de cabeza al Tártaro mismo por el peso de sus propias irresponsabilidades, que echarle la culpa al amor que se tienen.
Va a clavarle una piedra entre los ojos a Hímero y Potos como se entere de que su frenesí arrepentido es culpa suya.
Aunque ahora que lo piensa, quizás solo sea el avance natural de su relación y no obra de los erotes, pero por si acaso y si se acuerda irá a acusarlos con Afrodita, solo para ser mezquino…
Aunque como resultado que esto es obra de la Afrodita Pandemos en regalo por nutrirla como Afrodita Urania, él va a ir a revolverle las pulgas a Hefesto para ver el caos suceder.
Pero maldito sea ese día y ese mes del que nunca puede escapar. Y precisamente ahora, en el peor momento posible.
Yace con Tiresias en un parche floral en el bosque, donde la hierba suave se mezcla con el mirto blanco. Una parra salvaje les da cobertura de cualquier ojo indiscreto y por mucho tiempo Hermes se encontró disfrutando de la visita de sus prendas abandonadas junto a las túnicas y los vendajes de Tiresias.
Había comenzado con intención pura al simplemente atender el deseo de Tiresias de salir combinado con su emoción de regalarle una moneda de con una talla de una rosa que encontró en sus viajes. De la feliz recompensa de un suave beso al desenfreno salvaje posterior Hermes sintió que se perdió para el mundo con alegría.
Descansado, enredado en el resplandor feliz, acariciando y siendo acariciado por los hábiles dedos de Tiresias, la dicha fue infinita y la paz absoluta un bálsamo y respiro para su alma.
Entonces comenzó el martirio.
Familiar, año tras año, década tras década, cientos de años de dolor conmemorados sin ser invitados a lo largo de una existencia inmortal.
Es un auténtico milagro que no haya pasado antes frente a Tiresias en todo lo que se conocen y definitivamente un descubierto gigante haberlo permitido. Incluso si fue un error genuino al olvidar la fecha.
El dolor que hierve de las cicatrices que no existen en su espalda arden en la más pura quemadura, fundiendo el icor bajo su divina piel en coágulos de fragmentado filo.
Porque el cuarto día del cuarto mes, de un cuarto año, hace definitivamente más de cuatro siglos, en plena titanomaquia Hermes perdió las alas de su espalda.
