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Murdoc Niccals no siempre ha sido un hombre de excelentes valores, sin embargo; él era muy devoto a la familia y negocio que había formado en sus 45 años de vida.
Lo conocí cuando estaba haciendo mi trabajo social en mi último año de bachillerato, ¡todo un personaje! Un tipo carismático con un sentido del humor ácido y muchos conocimientos sobre la música, algo poco contrastante cuando descubres que trabaja haciendo y vendiendo esculturas de piedra y porcelana (Particularmente, de forma de cisnes).
Durante el tiempo que iba y regresó de su tienda, hizo que tropezara con la belleza que tenía por hija estudiando para llegar a ser doctora. Ella fue producto de una antigua relación fallida con una misteriosa mujer asiática, entregada al completo cuidado de su padre cuando la pareja se disolvió como una pastilla dentro de un vaso de agua. Pero a veces la vida endulza lo amargo; y se volvió a enamorar de una linda muchacha de pelo azul que no solo aceptó su pasado, sino también su presente y el futuro que tendría a su lado.
No hace falta declarar que estos dos terminaron casándose al tiempo y teniendo una niña de nombre Melodie el año siguiente, a la que casi siempre me echaba el cuento de sus pequeñas aventuras. Él se veía tan feliz en compañía de sus queridas mujeres.
Solo espero que aún lo sé cuándo le confiese este acto de traición, al estar saliendo con su hija mayor: Nadia “Noodle” Niccals.
—Entonces ella vino a mí con una gran bola de plastilina negra en su mano, preguntándome porque no había salido un arcoíris.— Al finalizar, él suelta una pequeña carcajada. Yo copio la acción.
Estábamos en una cómoda cantina bebiendo unas cervezas y platicando sobre cosas tontas de nuestras vidas. Algunos amigos del viejo Murdoc habían estado un rato con nosotros, seguidamente, los hombres tuvieron que retirarse e ir a sus hogares. Dejándonos solos en la barra.
Oh, cuanto deseaba tener a alguien que protegiera mi boba nariz antes de que se parezca a la suya.
—Oye, Ace. Te noto muy callado, ¿pasa algo?— Me pregunto, mirándome fijamente con sus ojos bicolor.
Pensé en negar su pregunta y perder su atención en un tema que cada vez menos relevante. Mi boca quería decir las peligrosas palabras que en mi mente se formaban. Tomando prestado un poco del valor de un mediocre héroe de fantasía, tragándome los nervios, le respondí:
—Si… Recientemente me metí en una situación algo complicada.
—Déjame adivinar: ¿es una chica, verdad? ¿O un chico?, ¿o es algo más?— Contesta, sonando extrañamente compresivo y flexible a cualquier respuesta que pueda darle.—Ya te he dicho que estoy muy feliz de la libertad que estos tiempos han dado a experimentar la sexualidad, así que no esperes nada negativo por esa área.
—No, no, no es un chico. Pero es tan poderosa que con gusto me pondría un delantal y le plancharía el uniforme todas las mañanas.— Hice el esfuerzo de no hacer que mi cuerpo temblara al empezar a tirarle indirectas a mi suegro.
—Vaya, vaya ¡Tengo aquí a un enamorado! Cuéntame más, hijo, y dile al “tío Murdi” como esa jovencita te metió en tal aprieto.— Me pidió, poniéndose una mano en el pecho como todo un caballero inglés. Ustedes no tienen ni la más mínima idea del escalofrío que viajo por mi columna hasta lo más recóndito de mi sub-consciente, cuando lo oí llamarme como si fuera un pariente muy cercano a él.
En aquellos días, donde yo no me había involucrado con su descendencia, me hubiera parecido lindo que me tratase como su igual. Pero ahora, con la incertidumbre de no salir vivo de ese bar, era la peor de las ofensas. Y eso que tuve que soportar toda mi niñez siendo apodado como “el jalapeño”. Sin ceremonias, mi extraña sonrisa se hace presente.
—Si usted lo dice…— Vacil, sin saber por dónde comenzar mi trágico relato.—Ella…
—¿Sí?— Insistió.
—Ella es una chica muy bonita, de las más bonitas con las que me he topado. Tiene un carácter rústico pero al mismo tiempo es demasiado animado. Con un cabello negro al que casi siempre se lo tiñe de colores fríos. Muy fuerte, con un sentido de la moral casi intangible. Oh ¡y también es muy buena en el karate!
Aunque tenía un horrible flequillo cubriendo su frente: cuando aprendías a leer las pequeñas arrugas de su rostro, podías saber que sus cejas estaban alzadas con mucho interés. Al parecer, se sintió intrigado por aquellas cualidades que había llamado mi atención.
Seamos claro: Fui un “chico problema” en mis años de secundaria. Le robaba el dinero del almuerzo a los de básico, rompía el equipo deportivo con una navaja que traía (y traigo) siempre conmigo y 'graffiteaba' las paredes de la institución. Hasta yo mismo me sorprendería si un amigo con tales atributos estuviera nadando entre nubes por una persona que puede agarrar su pierna y hacerlo besar la tierra con rudeza. ¿Qué puedo decir? Uno obtiene lo que se merece.
Y no sé si lo que merezco lo consiga antes o después de… Ustedes ya saben. Con eso no me refiero a la intimidad en sí: sino al impacto del puño de aquel hombre que lo hizo para traer a mi mujer a este mundo. ¿Ahora me entienden? Sigamos…
—Ahí es donde entra el asunto.— Digo casi en un suspiro, repleto de temor camuflado de complejidad.
Murdoc era un buen oyente. Me ha dejado todo el derecho de palabra, y yo tenía que aprovechar eso cuanto pueda.
—Es… Es la hija de alguien que admira mucho.— Declaré. Bajando la cabeza, ocultándome entre mis largos y finos cabellos azabaches, cayendo a los costados de mi cara.
—Vaya…— Expresó en susurro, casi consumido por el tiempo y el silencio.—¿Acaso conoces a la madre, o al padre de la criatura?
«¡Usted! ¡Usted es la persona que admira y la muchacha que me tiene comiendo el suelo es su hija!» Fueron las palabras que de mi garganta luchaban por salir y acabar con toda esta intriga que consumía mi alma, más que un fuego ardiente contra una corriente hoja de papel.
—Si… De hecho conozco a uno de ellos. No quiero dar más detalles, solo que me cae bien y no me gustaría darle menuda sorpresa.— Haciendo caso omiso a mis pensamientos más profundos, le aclaro. Nunca abandone el tono fúnebre y lastimero que desarrolló cuando comenzamos a platicar sobre el dilema que puso en jaque a mi propia moral.
El viejo se acomoda en su asiento, bebiendo un largo trago de su cerveza y eructando con su boca a medio cerrar. Al verlo, yo imito su acción poniendo la boquilla entre mis labios. He vuelto ser imprudente.
—Ve por ella.
¡Demonios! El frio del licor amenazando con escapar por mis fosas nasales me hubiera convertido en una estúpida fuente sentada en el incómodo banco de ese bar. Por suerte (o infortunio) me detuve y tosí de la forma más discreta que se me hizo posible, aun teniendo las miradas asustadas y curiosas del resto de los visitantes del local. Como si eso fuera un escenario a ocurrir: Él no se inmuto, incluso cuando parecía morir a un lado suyo por los golpes que me daba en el pecho para recuperar la respiración.
—Disculpe…?— Podría compararme con un perro por la perfecta claridad con la que escuche sus palabras.
—Ve por ella, Ace.— Repitió.
—¡Pero, señor!— Hacia mucho que ya no lo llamaba “señor” en público desde que las formalidades aparte quedaron, pero mis casillas se había salido y apenas recordaba mi nombre.—¿No te había dicho que no me gustaría serle desleal a su antecesor?
—Escúchame bien…
«Yo nunca he pensado en ignorarlo, señor.»
—El amor es un riesgo, pero es algo por la que todos tienen que pasar alguna vez por algo o alguien. Puedes huir pero siempre te va atrapar y te ahogara en ella. Suena aterradora, y tengo total certeza de que te gustaría ser tragado por la tierra al jugarle a ser Judas a esa persona que quieres…
«Oh, no tienes idea.»
—Pero, ¿será que tu verdadero problema no sea la traición, sino la comodidad que “perderías” al cometerla? Piénsalo así: Aún eres joven, tienes 21 años y estás estudiando mecánica, mientras le trabajas a un viejo por 100 euros la hora; durmiendo plácidamente en un apartamento de alquiler en compañía de una tierna perrita negra que te espera en casa todas las noches después de un arduo día. ¿En serio sería bueno ahogar bajo la almohada tu tonto corazón antes de dormir, sin saber que será aceptado o rechazado tras enfrentarte a sus tutores?
Yo... No lo había visto de esa forma. De nacimiento, mis escleróticas fueron rojas, dando la creencia errónea de que siempre estaba en otro mundo sumergido en los narcóticos. Que creencia tan banal. Soy demasiado consciente de lo que ocurría a mi alrededor, y podía ser víctima del asombro cuantas veces ella tocara a mi puerta. Esa ocasión no fue la excepción.
—Cuando mi primera mujer, quien alguna vez me ame con fervor, término dejándome a mí con nuestra hija llorando en brazos: pensé fielmente que no volvería a caer por alguna otra. Estuve con chicas, estuve con chicos; probé tantas bocas y el latir de tantos corazones que descubrí cuales eran los que me gustaban.— Continuó.
—Ahí fue cuando conocí a mi amada Starla que, como un ángel enviado desde lo más alto, me encontró y acogió; No solo a mi abandonado amor, sino a mi linda Nadia. Cuando la vi, supe que no habría cosas que dejar a un lado con ella de compañera. Claro, tuve que vivir el temor de ser nuevamente dejado cuando sus frágiles ojos volvieran a funcionar. ¿Acaso no estaba yo traicionándola inconscientemente al dudar de la confianza que había depositado en mí, aún siendo ciega? Fui tan tonto cuando ella empezó a llorar ya besarme como tanto tiempo que deseaba al recuperar la visión.
Él puso su mano en mi hombro.—Lo que trato de decirte es que…
—Que quizás estoy haciendo un remolino en un vaso de agua.— Concluí en un susurro que solo podía ser escuchado por él, mi mente y yo.
Ya me había contado la historia de cómo se rindió en los brazos cálidos de la señorita Pot (o Niccals, válgame la redundancia) cuando ella llegaba muy alegre a la tienda con una amiga de pelo oscuro y labios rojos, a la compra de esculturas que le causaba gracia al describir el aspecto de las mismas. Riéndose por como los cisnes sonaban como… Otra cosa de apariencia fálica. Era un poco tonta aun siendo 3 años menor que él, pero irradiaba una dicha que contagió a mi amigo y que, sin caer en la malversación, también me atrapo una que otra sonrisa.
Sin embargo, no fue hasta ahora que lo tenía cara a cara, que supe el error que había cometido a tratar de engañarlo. Murdoc golpea mi hombro y me regala una vista de sus dientes algo chuecos, en forma de una curva alegre. Él se da la vuelta y bebe otro trago.
Hasta ahí lo dejó, creado un silencio monótono para la reflexión. ¿He sido un cobarde al ocultar mi amor por su hija, solo para que él no me mirara con malos ojos? Oh, ya no soy capaz de esconder la verdad tras una cortina de humo.
—Lo siento…
Él me mira, anonadado por mi voz de nueva cuenta en ese lamento.
—¿Ah? ¿Por qué?
—Porque lo he engañado.— Confieso. El señor Niccals parpadea 3 veces y arruga la cara con extrañeza.
—Tú… ¿Me engañaste?
—Murdoc Niccals, estoy saliendo con una de tus hijas: Nadia Niccals.
Llevo esperando toda la noche el impacto de una botella reventando mi cabeza, haciéndola sangrar y mojándola del licor que aún podría contener dentro. Nunca pasó.
—Oh…— Fue lo único que expulso de su boca ante esa revelación. Estaba seguro de que uno que otro metiche había dejado lo que hacía cuando la conversación llegó a este punto.
Mi mirada estaba perdida en los mosaicos de la barra de cerámica que le daba soporte a nuestras cervezas. La mía se había calentado en algún punto de la conversación. No le preste atención hasta que lo sentí tibia en mi mano.
¿Ahora qué iba a suceder? ¿Cambiaría de opinión y reemplazaría su discurso sobre el amor por un listado de las 200 utilidades que le daría a mi cadáver? Apreté con fuerza la botella que sujetaba, casi amenazando con romperla.
—Te habías tardado demasiado.— ¡Vamos, viejo! ¡¿Puedes dejar de asustarme?!
—U-usted no está enojado conmigo?— Pregunté sin poder contener el tartamudeo, completamente atónito por lo que estaba aconteciendo.
—Soy, por mucho, mayor que tú. Soy padre y comerciante, y he adquirido un radar que me dice cuando intenta verme la cara.— Explica.—Pero si eso te importa: si soy un poquito enojado con ustedes dos.
Quise añadir algo más a mi exclamación cuando él me entrego un papel doblado del bolsillo de su pantalón, yo lo tome entre mis tambaleantes dedos y lo desdoble cuidadosamente.
«A x N y nuestro gatito.» Era la inscripción que decía un dibujo de vago estilo anime en donde salía Noodle, yo y, en efecto, un gato. Había corazones por todos lados y uno que otro bosquejo de un pequeño mono de apariencia poco espeluznante.
—Lo encontré entre las páginas de un viejo cuaderno de contabilidad. Tiene dos o tres años ahí. Pensé que era algo pasajero, y que pronto iba ir por otro…— Relata. Por un santiamén, creí que sus vaqueros harían competencia con el saco mágico de Papa Noel al sacar otro trozo de papel y ponerla en mis manos.—No pude estar tan equivocado.
Las sorpresas no terminan y leo con emoción calentando mis mejillas; «Quiero ser el motor de tu corazón, así como eres la medicina que sana mi dolor. ¿Ace Copular, quieres ser mi novio?» Decía, en caligrafía con tinta roja.
—Estas… Estas fueron las palabras que puso en la cartulina con la que se me declaró, hace más de medio año.
—Y supongo que la aceptaste.— Moví mi cabeza de arriba-abajo. Murdoc suelta una risilla y me da un suave empujón.
—Por eso te llame, para quitarme la duda. Lo último que quiero es que ella se pierda por laberinto emocional que yo pase. Y sé que te has hecho un muchacho medianamente decente, no tanto como yo, pero se ve que la tratas mejor que cualquier otra. A este punto, se me hacía imposible no imaginarme a tí tomando a mi reina bebé de la mano.
—No sé qué decirte, Murdoc… ¿Eso es un…?
—¿No he sido lo bastante claro? Tienes mi bendición, narizón de cabeza hueca.
Hasta la más escondida de mis inseguridades desapareció al abrazarlo fuertemente, pegando mi cara en su hombro. Él se nota un poco incómodo pero busca correspondencia a mi presionado.
—¡Oh, gracias, gracias, gracias, Murdoc! ¡Prometo proteger, amar y cuidar a su hija hasta el final de los tiempos!— Agradecí sin importar que mi entonación fuera lo bastante alta como para despertar al pobre ebrio a dos asientos de nosotros.
—Muy bien, muy bien. ¡Suficientes abrazos!— Él me aleja, poniendo sus brazos en mi pecho y tirando hacia adelante. Me disculpe rápidamente.
—Perdón por no haberlo dicho antes.
-No. Déjalo así, Ace. Solo no hagas algo estúpido, ¿entiendes?
—¡Si, mi capitán “Diablo verde”!— Exclamó mientras hago un saludo militar. Así como una vez dejé de llamarlo “señor”, igualmente había olvidado lo mucho que le gustaba la niñería de los piratas.
Él me sigue la corriente y cierra un ojo, haciendo que su índice levantado tuviera la forma de un garfio.—¡Argh, bienvenido sea a mi tripulación, “Ace de Mar”!
La primera vez que hicimos esta bienvenida, él me había dicho «Bienvenido a mi barco». A la vista de desconocidos en aquella cantina: Murdoc y yo nos hicimos familia.
