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Media hora

Summary:

Draco tenía un departamento elegante, una carrera exitosa y una vida sexual deliciosamente activa... hasta que su nuevo vecino empezó a interrumpir su vida con su existencia ruidosa, preguntas absurdas y plantas medio muertas.

Ahora tiene telarañas en el libido, un problema con ojos verdes que no parece tener intención de irse... y, para el colmo, está empezando a enamorarse de él.

Chapter 1: Sommelier no certificado

Chapter Text

 

 

Corre. Pero sin correr, que no se note que ya vas horriblemente tarde. Alza la cara, que no se note que te acabas de torcer el pie. Tu puedes, Draco. Si llegas con un retraso apenas discreto, nadie hará preguntas. Y si las hacen, culpas al conserje. Piso mojado, señal mal colocada, clásico, infalible. Sí, eso. Mantén la compostura. Eres un Malfoy, no un becario desesperado. 

Draco apresuró el paso lo más dignamente posible, apretando el botón del ascensor apenas estuvo al alcance de su mano. Resistió con esfuerzo el impulso de mover el pie de arriba a abajo con nerviosismo. En su lugar, se pasó los dedos por el cabello con naturalidad, como si todo estuviera bajo control. 

Las puertas del ascensor se abrieron con una lentitud criminal. Draco entró y presionó el botón del piso 21, hogar de la cúpula directiva de Malfoy Global Investments, una empresa que manejaba fortunas como quien sirve té por la tarde. Su padre, era el director ejecutivo y amo absoluto de todo lo que brillaba en esos pasillos.

Y él, Gestor de riesgos financieros con honores, iba quince minutos tarde a una junta con el nuevo socio estratégico de la firma: el representante de Gringotts Internacional, recién llegado de la filial europea para una fusión multimillonaria. Un detalle menor.

- Todo bien, todo bajo control - murmuró entre dientes, ignorando el dolor punzante en el tobillo mientras el ascensor subía con exasperante parsimonia.

Había leído los reportes. Había revisado los números. Se sabía de memoria las proyecciones. El problema no era la preparación, era la imagen, Lucius siempre decía que en el mundo de las altas finanzas, llegar tarde era como llegar desnudo. Y él, con el pie torcido y el corazón en la garganta, sentía que iba en ropa interior.

Cuando las puertas se abrieron al fin, Draco salió con paso firme, con la espalda recta, el mentón alto y la expresión impasible. Recorrió el pasillo de mármol hasta la sala de juntas, donde a través del vidrio podía ver ya a su padre, al jefe del departamento legal, y a un hombre que no conocía, joven, moreno, de traje oscuro y expresión entretenida, como si estuviera disfrutando de un chiste que solo él conocía.

Draco inhaló hondo, giró la manija y entró con una sonrisa segura.

- Lamento la demora. Hubo... complicaciones logísticas.

- ¿El conserje otra vez? - preguntó con voz aburrida Lucius, sin levantar la vista del portafolio de documentos.

Draco asintió con seriedad.

- Tiene una venganza personal contra mis zapatos italianos, al parecer.

El desconocido soltó una risa breve. Draco le dirigió una mirada curiosa.

- Blaise Zabini - se presentó el hombre, poniéndose de pie para estrecharle la mano - Encargado de auditoría externa para esta pequeña fusión.

Un chico guapo. Inteligente. Con clase.

Bueno, este día no está tan mal después de todo.

Draco sonrió de lado, con coquetería mientras estrechaba la mano del moreno.

- Un placer, Zabini - dijo, dejando que su voz bajara apenas un tono, ese que usaba solo cuando quería jugar con fuego - Draco Malfoy a tu servicio. 

Los dedos de Blaise eran cálidos, el apretón firme. Sus ojos, de un marrón claro, casi dorado, se detuvieron un momento más de lo normal sobre los suyos, y en esa pausa, breve, intencionada, Draco sintió cómo la chispa prendía.

- El placer es mío, Malfoy - respondió Blaise, sin soltarle la mano de inmediato - He oído cosas interesantes sobre ti.

Draco arqueó una ceja, divertido.

- Espero que al menos la mitad sean ciertas. Las otras suelen ser más entretenidas.

Una sonrisa ladeada, peligrosa, se dibujó en el rostro de Blaise. Esa clase de sonrisa que decía te estoy mirando... y me gusta lo que veo.

El jefe del departamento legal carraspeó, y Lucius levantó la vista por primera vez, con el ceño levemente fruncido.

- Si ya terminaron de presentarse - dijo con una pausa, juzgando con la mirada al rubio - podemos comenzar la reunión.

Draco se giró con calma, como si no le hubiera importado ser descubierto, y se sentó junto a su padre, ajustando el reloj en su muñeca con aire relajado, aunque por dentro su pulso se había acelerado.

Durante la exposición, Draco intentó concentrarse. De verdad lo intentó. Pero Zabini no se lo puso fácil.

No eran solo las miradas. Eran los pequeños gestos. La forma en que Blaise se inclinaba ligeramente hacia él cuando hablaba, como si compartieran un secreto incluso si acababan de conocerse. Cómo jugaba con la tapa de su pluma, girándola entre los dedos con movimientos lentos, distraídamente seductores. O cómo su rodilla, casualmente, rozaba la suya debajo de la mesa. Una vez. Dos.

Draco mantuvo su expresión imperturbable, como buen Malfoy, pero en su cabeza había alarmas y fuegos artificiales al mismo tiempo. Era absurdo lo consciente que estaba del otro hombre. Del olor de su colonia. De su voz baja y segura. De la forma en que le lanzaba sonrisas apenas perceptibles, como si lo estuviera desafiando a reaccionar.

Y por Dios, quería reaccionar.

Pero también estaba Lucius. Y sus malditos ojos grises lo observaban de reojo, como si pudiera leerle la mente.

La reunión terminó con un par de acuerdos preliminares y la promesa de firmar papeles en los próximos días. Blaise se puso de pie, abrochándose la chaqueta con lentitud, el movimiento haciendo que la tela se ajustara deliciosamente a los músculos de sus hombros y brazos. 

Eso lo hizo a propósito, pensó con diversión, disfrutando de la vista sin ninguna vergüenza. 

- Nos veremos pronto, Draco - dijo, como si fuera una promesa. O una amenaza. Una deliciosa amenaza.

El rubio le sostuvo la mirada, sintiendo cómo se le tensaban los labios en una sonrisa que no llegaba a ser inocente.

- Eso espero.

Blaise se despidió con una inclinación cortés y salió de la sala. El silencio duró exactamente cinco segundos.

- No - dijo Lucius.

Draco giró la cabeza, parpadeando con fingida inocencia.

- ¿No qué?

- No te metas con él. Conozco esa mirada y la respuesta es no - espetó su padre, cerrando la carpeta con un golpe seco - No necesito que por tu culpa otro negocio se vaya al caño por cogerte a un socio. Ya tuvimos suficiente con lo de los suecos.

Draco puso los ojos en blanco, recostándose en la silla.

- No me "cogí a los suecos", fue un solo sueco, y técnicamente ya habíamos cerrado el trato - se defendió con aburrimiento - además, no fue mi culpa. No me quites la diversión. Ser un adulto funcional ya es lo suficientemente difícil.

- No me mal entiendas, no me importa con quien te metas, donde o lo que sea - Lucius se puso de pie con movimientos elegantes - simplemente, no vuelvas a joderme un negocio. Te quitare tu puesto si lo haces.

- No puedes echarme, fui el único que predijo el crash de los fondos suizos el año pasado. Hasta el directorio votó por mantenerme en esta fusión.

- Entonces me vengare y haré que el conserje esté detrás de ti todo el día - dijo en cambio como si nada, sonriendo con malicia - no me hagas enojar, Dragon.

Draco soltó una risa nasal.

- Eres malvado.

- Y tú un consentido - replicó Lucius con tranquilidad, ajustando el cuello de su abrigo antes de girarse hacia la puerta - Por eso funciona.

Draco lo observó salir, sacudiendo la cabeza.

Se puso de pie despacio, estirando las piernas entumecidas por el esfuerzo de mantenerlas cruzadas toda la maldita reunión. Ya se dirigía a la salida cuando escuchó la voz de su padre desde el pasillo.

- Por cierto - llamó Lucius sin detener el paso - esta noche es el cumpleaños de tu tía Bella. Te quiero puntual.

Draco frunció el ceño, similar a que le acabaran de anunciar una cita con el dentista.

- ¿Otra vez? Pensé que ya había cumplido años este año.

- Lo hace dos veces cuando hay regalos de por medio - respondió Lucius, sin voltear - Y no lo olvides, te toca llevar el vino. El bueno. No esa porquería francesa que compraste la última vez.

Esa porquería me costó un ojo de la cara, pensó pero decidió que no valía la pena decirlo y que su padre se burlara de su sueldo... Otra vez. 

El rubio salió al pasillo justo a tiempo para ver a su padre doblar la esquina. Se pasó una mano por el cabello, despeinándose a propósito.

- ¿Qué vino es el bueno? - dijo en voz baja, buscando recomendaciones en su móvil y juzgando cada vino que salía. Todos se veían agrios o ridículamente pretenciosos, pero, ¿quién era él para juzgar? Si a las personas les gustaba comer fósil de uva, bueno, a él le gustaba el pene, igual de malo ¿no?

Pero, eso no significaba que iba a ser complaciente. 

Escribió en su buscador "peores vinos de la historia" y tan pronto toda su jornada laboral llegó a su fin (gracias a dios) se dirigió al centro comercial más cercano, siendo envuelto por su música sin chiste mientras buscaba el pasillo de los vinos. 

Sostuvo una botella cualquiera, algo con una etiqueta dorada y una uva dibujada con demasiados detalles. La giró con desdén. Sonaba suficientemente caro para parecer que lo había pensado.

- ¿Ese es para una cena elegante o para olvidar que fuiste a una? - preguntó una voz masculina y cálida a su lado.

Draco levantó la mirada con desgano.

Al lado suyo, un chico moreno de sonrisa fácil y ojos verdes lo miraba con el tipo de interés que uno reservaba para los perritos abandonados. Llevaba una camiseta negra ajustada, jeans rotos que parecían parte del look y no del descuido, y una energía tan despreocupada que contrastaba como una bofetada con su día corporativo. La simple vista lo hizo sentir viejo

- ¿Perdón? - respondió Draco, arqueando una ceja.

- La botella - aclaró el chico, señalándola con el mentón - Esa tiene cara de querer impresionar pero sabe a uva deprimida.

Draco la dejó de nuevo en el estante, con una mueca.

- Y tú, ¿qué? ¿Eres sommelier o solo un aficionado que se perdió en el pasillo equivocado?

- Soy Harry - dijo, extendiendo la mano como si eso explicara todo - Estudiante de biología, catador de vinos baratos, y ocasional consejero de compras impulsivas.

Draco aceptó la mano con desconfianza, solo por educación, mirando al chico de arriba abajo con una mezcla de fastidio y curiosidad. Era muy guapo, de esos que parecen no hacer el más mínimo esfuerzo en serlo. Y demasiado joven. A todas luces.

- Draco - respondió por cortesía, sin ofrecer más. 

La sonrisa de Harry se amplió. Draco chasqueó la lengua y se volvió a enfocar en las botellas, sin querer entretenerse demasiado en el gesto animado. Pero lo sentía, parado a su lado, con esa postura relajada, ese calor juvenil que parecía pegarse a las cosas.

- ¿Tienes alguna recomendación o solo vas a quedarte ahí intentando parecer encantador?

- Puedo hacer las dos cosas a la vez - respondió sin perder el ritmo - Pero si quieres una recomendación, un cabernet. Si es para impresionar a alguien en una fiesta aburrida, uno con nombre impronunciable. Si es para sobrevivir, vodka.

El rubio soltó una pequeña risa que no quiso soltar, bajita, inesperada.

- Es para una tía loca - admitió al fin, cediendo un poco - Con risas que matan y un juicio peor que el de una quinceañera.

- Entonces vodka y una excusa para no ir - replicó Harry con un guiño.

Por un segundo, Draco lo miró de verdad. Bajo la fachada de universitario relajado, había algo más, un brillo rápido. Una seguridad que no parecía fingida. Y una sonrisa que, si no tuviera tanto autocontrol, lo habría hecho caer de cabeza.

Hoy era su día de suerte, los chicos guapos parecían lloverle.

Pero no. Era joven. Y él no tenía tiempo para jugar con niños encantadores.

- Gracias por el consejo, Harry de biología - dijo finalmente, agarrando una botella con forma exótica y un nombre que no podía pronunciar - Que tengas buena tarde.

Harry le dio una media sonrisa.

- Oye, si algún día necesitas más consejos inútiles... o quieres salir a beber el vino en vez de regalarlo, tal vez -

Draco lo interrumpió antes de que siguiera hablando, ya alejándose, pero alzó una mano para hacer un gesto perezoso sin voltear.

- Adiós, Harold.

Es más joven que tú, mucho, se repitió mentalmente, negándose a mirar atrás y encontrarse con los ojos verdes. 

Los más bonitos que había visto en su vida.

 

. . .

 

La fiesta de cumpleaños de su tía Bella fue, contra todo pronóstico, un éxito. No en el sentido clásico, con buena música, gente sobria o conversaciones inteligentes, sino en ese extraño plano donde una botella de vino transforma el caos en comedia. Draco no recordaba en qué momento exacto se rindió al sabor (que no era tan malo como temía), pero lo siguiente que supo fue que estaba corriendo entre sillones victorianos con los nietos de Andrómeda, escondiéndose detrás de cortinas y fingiendo que no medía más de un metro ochenta.

Había reído. Había sudado. Había gritado. Y al final, su tía lo abrazó con una risa ronca y le dijo que ese era el mejor regalo de cumpleaños que había tenido en años. Lo cual decía mucho... y nada.

Ahora, el ascensor subía con lentitud hacia su piso. Draco tenía el saco colgando del antebrazo, la camisa desabrochada hasta el tercer botón y el cabello rebelde por las persecuciones infantiles.

Cuando las puertas se abrieron, el golpe fue inmediato.

Música.

Otra vez.

Suspiró con fuerza, saliendo al pasillo de mármol y acero donde, en teoría, las paredes eran a prueba de sonido. Pero la teoría era para ilusos. En la práctica, el reguetón o lo que sea que fuera eso, lo saludó como una bofetada rítmica. 

- No puede ser - murmuró, caminando hacia su puerta.

Era su vecino. Otra vez. El chico de enfrente, piso compartido, departamento espejo. Tenía una energía inagotable, una risa escandalosa y una colección musical que parecía sacada del infierno en altavoz. Y Draco ya había llamado a administración. Tres veces.

Abrió la puerta de su propio departamento, lo suficientemente lujoso para vivir sin extrañar las comodidades de la mansión Malfoy, pero no exagerado, lo justo para que sus padres pudieran visitarlo sin arriscar la nariz con asco, y la cerró con un portazo seco. Aun así, podía sentir el pulso de la música vibrando a través de las paredes, como un corazón ajeno.

Dejó las llaves en el cuenco de cristal, se quitó los zapatos y se dejó caer sobre el sofá, estirando las piernas.

Me estoy haciendo viejo, notó, cuando su rodilla tronó en el proceso.

- Solo quiero silencio. Silencio, jugo de lichi y quizás una muerte rápida - dijo al techo.

Pero el techo no respondía. Ni tampoco callaba la música.

Draco se puso de pie, caminó hasta la cocina abierta, buscando sus reservas de jugo. Luego buscó una copa y la llenó, dando un sorbo largo.

No estaba mal. Mejor que la porquería francesa que Lucius odiaba, al menos.

Se quedó un momento de pie, apoyado en la encimera, sintiendo cómo el jugo empezaba a relajarle los hombros. Pero entonces el ruido del reguetón cambió. Más fuerte. ¿Era Bad Bunny? ¿Otra vez?

Frunció el ceño.

No. No esta noche. Draco no quería pasar ese viernes, sin ninguna buena compañía a la mano, deprimido en su departamento escuchando música que ni siquiera le gustaba. 

Dejó la copa, volvió al pasillo y caminó hacia la puerta del vecino, preparándose mentalmente para enfrentarlo por primera vez en los cuatro meses que llevaban compartiendo edificio desde que el ruidoso se había mudado. 

Respiró hondo.

Y tocó.

Una. Dos. Tres veces. Con fuerza. Con la furia acumulada de una vida entera en juntas familiares y decisiones cuestionables.

La puerta se abrió de golpe. Y Draco tuvo que parpadear.

Del otro lado, de camiseta negra con un logo de una flor bailando, cabello húmedo, y con una cerveza en la mano, estaba Harry.

El mismo Harry.

Harry de biología. Harry del pasillo del vino. Harry de los ojos verdes.

- ¿Draco? - preguntó, sonando sorprendido.

Draco lo miró en silencio. Y luego dijo, seco:

- ¿Tú eres mi vecino?

Harry lo miró con una expresión entre diversión y emoción.

- ¿Tú eres el vecino gruñón que se queja de la música?

Draco cruzó los brazos.

- No me quejo. Solo aprecio el silencio. Algunas personas aún lo hacen.

- ¿Sabes? - dijo Harry, apoyándose contra el marco de la puerta - No lo vi venir. Te imaginaba en un ático parisino, bebiendo vino con nombre raro y juzgando desde una ventana. No a veinte pasos de mí, llamando a la administración.

- Y yo te imaginaba en un campus con duchas comunales y olor a humedad. No compartiendo piso conmigo - respondió Draco con el mismo tono, aunque sin poder evitar la pequeña curva que tiraba de su labio.

Harry se rió, una de esas risas amplias que se meten en los huesos.

- Bueno, ahora que estamos oficialmente descubiertos... ¿quieres pasar? Tengo pizza. Y menos volumen si me lo pides con una sonrisa linda.

Draco lo pensó.

Lo pensó demasiado.

La verdad es que no tenía nada más que hacer, solo ver alguna serie (a la que no le pondría atención) y dormir sus muy merecidas ocho horas. Y la idea de pasar el rato con un chico increíblemente atractivo lo estaba tentando. 

Un chico que apenas debe ser mayor de edad, regaño su voz moral dentro de él. 

Un chico que tiene unos ojos increíblemente verdes. 

Maldita sea. 

- Sí sonrió, deberás pagarme - dijo, entrando.

- Trato hecho - respondió Harry, cerrando la puerta tras él.

Solo será media hora, se dijo a sí mismo, tratando de convencerse.

Solo media hora...

 

. . .

 

Draco despertó con la sensación de su teléfono vibrando sin ninguna piedad bajo su cabeza y una garganta tan seca como si hubiera lamido el Sahara.

Gruñó. O al menos eso intentó, pero le salió una mezcla entre un suspiro ronco y una protesta moribunda. Se revolvió bajo una manta ligera, sin reconocer el sofá en el que se encontraba, hasta que el vibrar insistente lo hizo meter la mano bajo el cojín y recuperar su móvil.

- ¿Hola? - murmuró con voz pastosa, los ojos aún cerrados.

- ¿Hola? ¿Hablo con el genio financiero que me arruinó la autoestima en la reunión de ayer?

Draco se incorporó de golpe, como si aquellas palabras le hubieran activado el modo laboral por reflejo. ¿Genio financiero?

¿En cuál junta había hablado ayer? ¿Del comité de inversión? ¿La del banco suizo? ¿La videollamada con su madre queriendo organizarle una cita?

- Uh... No, no soy yo - ¿No era él, verdad? 

- ¿No? Juraría que fue esa voz la que me explicó cómo el apalancamiento mal gestionado puede hundir una empresa en dos trimestres.

Oh, si, si era él. Draco se llevó la mano a la frente, cerrando los ojos con fuerza. Ya recordaba. Blaise. 

- Señor Zabini, un gusto escucharlo - el rubio separo el teléfono de su oreja para ver la hora, mirándola con recentimiento. ¿Quién en su sano juicio, marcaba a las siete de la mañana un sábado? 

Miro a su alrededor mientras lo escuchaba de forma distraída, admirando el lugar cálido, decorado con caos juvenil: libros de ciencia tirados, plantas que claramente alguien intentaba no matar, una taza con lápices donde debería ir el control remoto. Y frente a él, la televisión apagada, una consola aún encendida, y un par de controles abandonados sobre la alfombra.

Xbox. Claro. Habían jugado. Durante horas. Y se habían reído. Mucho.

Recordaba a medias una discusión sobre cuál era el mejor sabor de helado y una teoría conspirativa absurda sobre las palomas. Nada trascendental. Nada sexual. Solo una noche tranquila.

Una muy extraña, tranquila y absurdamente buena noche de un viernes.

Mi primer vienes sin sexo del mes, pensó, sin estar del todo arrepentido.

- ¿Estás ocupado esta tarde? - preguntó Zabini al otro lado de la línea, y Draco pudo escuchar el levantamiento de ceja implícito.

- No - respondió automáticamente, justo cuando alguien apareció desde el pasillo.

Harry.

Con el cabello despeinado, una taza en cada mano y un pijama ridículamente adorable estampado con perros salchicha.

Draco parpadeó.

- ¿De verdad? Perfecto. ¿Qué te parece si - decía Blaise pero Draco bajó el teléfono, se lo pegó al pecho y miró a Harry con una ceja alzada.

- ¿De verdad? ¿Perritos salchicha?

Harry le extendió una taza con una sonrisa somnolienta.

- Me gustan, son gorditos.

Draco aceptó el café con cierto recelo, pero lo probó de todos modos. Estaba bueno. Muy bueno, en realidad.

El moreno se dejó caer en el otro extremo del sofá con un suspiro, estirando las piernas. Sus pies descalzos sobresalían de los pantalones del pijama.

- Dormiste como muerto. Pensé que ibas a roncar, pero solo hiciste ese ruidito raro - dijo, tomando su propia taza - ¿Tienes resaca emocional? ¿O la cerveza te pegó más fuerte de lo que creías?

Draco puso los ojos en blanco y se llevó el móvil de nuevo a la oreja.

- Señor Zabini, lo llamaré después - dijo con cansancio, ya sin tener todo el interés de día anterior.

- Ah, si claro. ¿Entonces si nos veremos esta tarde?

- Si, por supuesto - contestó sin pensar, tomando otro trago de café y suspirando de gusto cuando la crema se sintió suave en su lengua. Ese sí era un buen café. 

Draco colgó.

Y por primera vez en días, soltó una carcajada escandalosa cuando se dio cuenta que no había escuchado nada de la palabrería de Zabini y no sabía donde se supone se verían. O para que.

- ¿Quieres desayuno? - preguntó Harry desde su lugar, encendiendo la televisión de nuevo e ignorando su risa como si fuera algo normal - Me sobra cereal, no tengo leche pero si refresco.

- Me basta con el café - dijo Draco, acurrucándose en el sofá de forma casi involuntaria, con la manta aún sobre las piernas, repentinamente sin hambre.

¿Qué rayos estoy haciendo aquí? 

 

. . .

 

Draco salió del ascensor con paso tranquilo, su traje perfectamente entallado, la corbata en un tono borgoña discreto pero elegante, y ni una sola arruga en su camisa blanca. Irradiaba perfección, eficiencia y cierto aire de no pregunten nada si quieren vivir. Su secretaria, por supuesto, no se intimidó.

- Espero que sepas que le has vendido el alma al diablo - soltó sin levantar la vista de la pantalla, tecleando con rapidez antes de levantarse y seguirlo dentro de su oficina, sus tacones resonando en el suelo rítmicamente.

Draco dejó su portafolio de cuero sobre su escritorio sin dignarse a responder de inmediato. Se acomodó en su silla como si el lunes no lo tocara, y solo entonces la miró con calma.

- Buenos días, Pansy. Qué gusto que tu café venga con veneno emocional esta mañana.

Ella tomó asiento en la silla frente a él con expresión inocente.

- No me cambies el tema. ¿Qué pasó el sábado?

Draco levantó una ceja.

- Solo te pedí que consiguieras los datos de una reunión mal confirmada, no que redactaras un reporte forense.

- Ajá. Y lo hice. Lugar: The Wolseley, 19:30. Evento: “cena para continuar conversación sobre fondos estructurados” - repitió entre comillas con los dedos - Pero eso fue todo lo que me dijo el señor Zabini. Amable, por cierto. Muy educado. Casi parecía no querer acostarse contigo de inmediato.

Draco bufó por lo bajo, sirviéndose un café con deseos de que lo reviviera.

- ¿Entonces? - insistió Pansy, apoyando los codos sobre su escritorio - ¿Qué tal estuvo? ¿Hubo conversación? ¿Hubo postre? ¿Hubo... postre?

- Hubo comida excelente, vino carísimo y un intento de beso que detuve antes de que terminara en algo inapropiado para los negocios.

- ¡¿Lo detuviste?! - exclamó ella, incrédula - ¿Tú? ¿Draco Malfoy?

- Mi padre fue muy claro en su política sobre socios con beneficios - replicó él con tono seco, aunque una sombra divertida cruzó por su rostro - "No mezcles contratos con sábanas", creo que dijo.

- Claro que lo hizo, estuve ahí cuando te regaño por los suecos.

- Fue un sueco - recalcó Draco, con el dedo arriba.

- Eso no importa - dijo Pansy moviendo la mano como si espantara un insecto - porque eso pasó hace medio año, Draco, y jamás te importo seguirte acostando con hombres guapos de negocios.

Draco se quedó en silencio un instante, viendo fijamente un punto imaginario frente a él. Su amiga tenía razón. Y Blaise era, realmente, un muy buen material de hombre, justo su tipo. Entonces, ¿por qué lo había detenido?

Estaba cansado, se dijo, sin deseos de darle vueltas a porque había rechazado un buen polvo, empezando a arrepentirse. 

- Bueno querida, a veces hay que hacerse el difícil - soltó, ganándose una risa burlesca de Pansy - En fin, ¿qué tenemos para hoy? 

- Ya sabes, lo mismo de siempre - respondió Pansy, sacando su tableta para repasar la agenda con la eficiencia de una máquina perfectamente calibrada, como si segundos antes no estuviera preguntando los detalles de su vida sexual - Reunión con el comité de riesgos a las nueve, actualización con los analistas de crédito a las once, almuerzo con el señor Debussy - puso los ojos en blanco al decirlo - y tienes que escoger un regalo para su hija, hoy cumple nueve años.

- Un día un poco ocupado, eh. 

Draco tomó el último sorbo de su café antes de empezar a trabajar.