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–Ese peinado me trae recuerdos…
Franky notó una sonrisa dibujándose en su cara. El flequillo no solo le hacía pensar en las vivencias juntos en Enies Lobby, sino también a todas las emociones que le inundaron en ese momento.
Se acordaba de las expresiones de Robin, de lo diferentes que eran en el tren y al final del trayecto, de vuelta a Water 7. Se acordaba de la chispa que volvió a sus ojos, algo que no creía posible después de verlos en ese tren con destino a su muerte.
Una parte de él jamás olvidaría esa resignación tranquila con la que llegó a su cadalso, cómo el reo que acepta su destino por muy injusto que sea. Había visto esa mirada perdida antes, entre los miembros de su familia, aunque no por los mismos motivos. La resignación ante un futuro oscuro es algo que acostumbraba a ver, aunque no a sentir.
Sin embargo, eso había quedado en el pasado. Ahora, ese peinado que antes ocultaba sus emociones le recordaba a las noches de guardia, en la que la brisa marina alborotaba su pelo. A los días en los que se apoyaba en la barandilla del Sunny y dejaba que el sol acariciara su cara como a él le gustaba hacerlo. En esos momentos, Robin apoyaba la cara en su palma, dejándose hacer, y Franky pensaba que confiaba demasiado en él para estar hecho de armas. Por otro lado, ella también era un arma en sí misma, aunque no de la misma forma.
El nuevo corte de pelo le recordaba al principio de su relación, a la fragilidad y la novedad de todo, a los primeros toques por encima y debajo de la ropa, a las confesiones susurradas para no molestar al resto de la tripulación, sus labios tan juntos que muchas veces acababan en besos. También se acordaba de noches sentados en los sofás del acuario durante horas, ella con un libro en la mano y él tocando algunos acordes en su guitarra con la cabeza en su regazo.
Le vinieron a la mente también las noches en la cama que guardaba en el taller, cuando se tumbaban los dos después de salir de la ducha, con el pelo sin gomina y extendiéndose por la almohada, hebras de azul celeste y negro entremezclándose. Este acto se incrementó tras la vuelta de su separación, dos años enteros sin verse que se le hicieron como dos décadas, por muy dramático que suene. Cuando la vio en la colina de Sabaody de nuevo, pensó en lo guapa que estaba y en lo poco que había cambiado en comparación con él. Sin embargo, no sabía que lamentaba el cambio de estilo hasta que volvió a verla como era el día en el que se conocieron, y como el día en el que dijo sí a la vida, en el que extendió la mano hacia una tripulación que siempre la tomaría.
Por otro lado, se había dejado el resto de la melena, lo que le daba a pensar que no quería cambiar tanto de su vida actual, que quería mantener algo de su viaje con ellos. Tal vez sólo quería hacerlo por Saúl y era él sobrepensando demasiado en un gesto que no tenía más misterios que la añoranza por la inocencia infantil que tenía antes de la Buster call. Pero se permitió imaginar.
Si alguien vio que se limpiaba demasiado los ojos y que su sonrisa era más amplía de lo habitual, no lo comentaron.
