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Daylight

Summary:

Greg se repite que no está enamorado.

Que vivir con Petey es una decisión lógica. Práctica. Por Li’l Petey. Que todo funciona porque no esperan nada, porque lo suyo no tiene nombre.

Pero Chief lo ha estado observando. Le pregunta si realmente quiere quedarse con alguien que solo lo deja estar en la oscuridad, pero no cuando sale el sol.
Y algo en Greg se rompe. Algo en él decide dejar de esperar.

Esa madrugada, vuelve a casa con una decisión en el pecho.
Y Petey, con los brazos cruzados, lo espera en la puerta.

English version in Chapter 2 :)

Notes:

Estaba tratando de estudiar, pero estos dos no me dejan en paz. Así que, en lugar de estudiar, aquí está este capítulo. ¡Espero que lo disfruten tanto como yo disfruté perder el tiempo escribiéndolo! 💕

Tengo más ideas listas, solo necesito un poco de tiempo para pulirlas y hacerlas lo mejor posible para ustedes.
No pensaba publicar nada esta semana, pero ayer recibí un comentario que me hizo tan feliz que no pude esperar más. ¡Aquí les dejo un pedacito de mi alma!

POR CIERTO!! Pisado en Perú es alguien “gobernado” por su pareja, para futuras aclaraciones 🤭

Como siempre, sus comentarios son mi motivación, escribanme asi sea chikito, y agradezco los Kudos!!

Disfruten el fic!

Chapter Text

El motor de la patrulla hacía un zumbido constante, grave, como un suspiro mecánico que acompañaba la lentitud de la madrugada.

Chief conducía con una mano en el volante, mientras la otra jugueteaba con un cigarrillo casi consumido, necio, colgando entre sus dedos. Sabía que era una costumbre tonta, pero le ayudaba a mantenerse despierto a esas horas en que su cuerpo le pedía ir a su cama, ponerse su pijama y sus pantuflas de patitos. 

El humo se deshacía en la oscuridad como niebla sin forma, igual que los pensamientos que vagaban lentos en su mente, siendo arrastrados por la quietud de la noche.

La radio soltaba un código cada tanto. Ecos distantes de una ciudad que aún respiraba, aunque ya no con fuerza. Nada urgente. Nada que rompiera la calma desgastada de las patrullas de madrugaban.

Era otra noche muerta. Una más que se archivaría sin esfuerzo en el fondo de su memoria.

A su lado, Dogman giraba su vaso de café con lentitud entre las manos, absorbiendo el calor como si necesitara que lo despertara desde dentro. Respiraba hondo, sin apuro, como si algo en su pecho intentara acomodarse.

El olor a cigarro le molestaba un poco, pero no lo decía. Era parte del trabajo. En la estación, todos fumaban. A veces por hábito, otras por escape. Casi como un ritual, un pretexto para salir al patio y estar en silencio.

Mientras disfrutaba el último trago, ya tibio, Dogman miró de reojo el reloj de la patrulla: 01:50 AM.

Con un movimiento perezoso, escarbó entre sus piernas y sacó su lonchera: una caja metálica, brillante y colorida, decorada con dibujos infantiles. 

Chief detuvo la patrulla en una esquina tranquila, sin tráfico ni peatones a la vista, y al notar la lonchera, arqueó una ceja con sorna y dejó escapar una risa baja.

“¿En serio?” dejó escapar. “No me digas que se la robaste a Li’l Petey.”

Dogman solo ladeó la cabeza. Técnicamente, sí. Pero Li’l Petey tenía muchas loncheras, y él necesitaba una, así que… detalles.

Abrió la tapa con un chasquido suave. 

Dentro lo esperaba una fiambrera que aún conservaba el vapor de las albóndigas en salsa de carne. Todo envuelto en una calidez sospechosamente reconfortante.

Pero no fue la comida lo que captó su atención.

Encima, cuidadosamente colocadas, había dos notas.

La primera era un dibujo apresurado, tierno y torpe de Li’l Petey, un garabato sonriente y la frase “¡Buenas noches, Dogman!”  escrita con marcador azul.

La segunda, con una caligrafía firme y sin rodeos, era sin duda de Petey.

"Come esto antes de las 2 de la mañana. No te voy a llevar otra vez a emergencias si te da una intoxicación. Morirás solo. —P."

Una amenaza disfrazada de preocupación. O al revés.

Chief se había estirado ligeramente hacia el asiento del copiloto, curioso por echar un vistazo a la nota. Cuando alcanzó a leerla, soltó una carcajada sincera que rompió momentáneamente la calma de la patrulla.

“Bueno, al menos se preocupa por ti… a su manera”

Dogman se encogió de hombros con indiferencia y llevó el recipiente directamente a la boca, comiendo sin preocuparse por el tenedor. Nunca le gustaron los cubiertos, aunque sabía usarlos.

El sabor era casero, familiar, y la nota, por más seca que fuera, le dejó algo cálido se instaló en su pecho. Entre la amenaza y la burla, había una verdad sencilla: alguien había pensado en él.

“Qué romántico,” murmuró Clarence de pronto, echando un vistazo a la guantera. El paquete de cigarrillos seguía allí. Negó con la cabeza, como si evaluara la idea de fumar otra vez y la descartara con un gesto decidido al cerrar la tapa. “El amor joven, ¿eh?”

Dogman negó con la cabeza, quitándose la idea con un gesto, aunque la sonrisa que ya se escapaba por la comisura de su hocico decía otra cosa.

Romántico, no. Pero algo parecido.

Siguió comiendo en silencio, permitiendo que los sabores se fundieran en su boca, lentos, envolventes, como si en cada bocado buscara prolongar un momento de paz.

Para cuando cerró la fiambrera y volvió a encajarla en la lonchera, el reloj marcaba las 2:15 AM. 

La radio emitió otro código, breve, rutinario, que pasó desapercibido.

El motor estaba apagado. El silencio ocupaba su lugar, y Chief seguía mirando al frente. Su ceño fruncido lo traicionaba, algo le daba vueltas en la cabeza, y no era solo una sospecha pasajera, era esa sensación certera de que algo no encajaba.

Y no se equivocaba. Greg había estado diferente desde que comenzó el turno. Callado, con la mirada un poco más baja de lo habitual, más encerrado en sí mismo. Como si algo estuviera atrapado en pensamientos que aún no se atrevía a decir en voz alta.

Chief lo había notado. Y por un instante, creyó que quizá, solo quizá, la tristeza finalmente lo había alcanzado.

Lo sospechó al ver el laboratorio terminado, brillante y reconstruido, cuando escuchó a Dogman contar con entusiasmo cómo Petey y Li’l Petey se mudarían allí.

Imaginó el vacío que vendría después.

Los gatos habían sido una alegría constante para Greg,  una compañía ruidosa, sí, pero cálida. Pensó que, cuando se fueran, algo en su amigo se apagaría.

Pero no. Greg se mostraba sereno. Incluso feliz. Como si todo lo vivido hubiera terminado por equilibrarlo.

Y sin embargo… algo no encajaba del todo.

El laboratorio ya estaba listo, sí. Pero Petey no parecía vivir allí.

Ladeó la cabeza, sin poder contener más la curiosidad.

“Hey… ¿no se supone que Petey ya se había mudado?” preguntó, señalando la lonchera. “¿Entonces por qué sigue preparándote la comida?”

Dogman parpadeó, visiblemente sorprendido por lo directo de la pregunta. Se tensó un poco. No por enojo, sino porque no tenía una respuesta rápida.

Desvió la mirada, y sus orejas bajaron apenas.

Luego, con señas pausadas, contestó:

“En realidad… no. Decidimos… seguir viviendo juntos. Es mejor para Li’l Petey.”

“Ajá… Entonces…” rompió el silencio con tono lento, como si saboreara la conclusión. ”¿Esas semanas en las que dijiste que estabas ‘ayudando a Petey con la mudanza’…” entrecerró los ojos, una chispa de burla brillando en su cara ”…era en realidad para mudarse contigo?”

Greg bajó la mirada, no tenía excusas. Se quedó en su asiento unos segundos más, incómodo, moviéndose apenas, como si buscar una postura cómoda pudiera ayudarle a encontrar por dónde empezar.

“No sé por qué hacemos tanto misterio con esto.” soltó “Me gusta vivir con él. Nos funciona a los tres. ¿Por qué debería ser un problema?”

Lo dijo con la vista perdida más allá de la ventanilla, donde la madrugada desfilaba lentamente.

No había sido idea suya mantenerlo en secreto.

Fue Petey quien lo propuso. Dijo que, antes de contarle a nadie, necesitaban resolver ciertas cosas entre ellos.

No quería poner en riesgo la calma que al fin había conseguido para Li’l Petey.

Dogman lo aceptó. Por supuesto que sí. Lo entendía.

Pero había algo que seguía pesando en él.

“A veces me confunde…” admitió en voz baja, rascándose el cuello. Sus costuras picaban cuando se estresaba. “Se comporta como si me quisiera, pero nunca lo dice. Me deja comida y dice que es porque sobró. Me plancha la ropa con la excusa de que doy pena cuando estoy desarreglado. Y cuando piensa que no me doy cuenta… me arregla las orejas.”

Chief pestañeó, incrédulo.

“¿Perdón… que te arregla qué?”

“Mis orejas.” repitió Dogman con total normalidad, señalándolas. “Si se me quedan aplastadas mientras duermo, después me duelen. Así que Petey las acomoda. Lo hace en silencio. Piensa que no me doy cuenta, pero sí.”

El otro se quedó callado, visiblemente conteniendo la risa.

Greg siguió, ahora con las señas firmes pero cada vez más rápidas.

“Pero luego hay días en los que se enoja si uso su taza de café favorita…”

Hizo una pausa, mirando al vacío.

“Aunque, en serio, todas son del mismo color.”

Frunció el ceño, no con molestia, sino con esa genuina frustración Después de todo, Petey sabía que él era daltónico.

¿Cómo se suponía que distinguiera cuál era cuál?

“Y una vez…” añadió, como si recién se acordara. “se molestó porque no recordé que no le gusta la cebolla caramelizada.”

Se giró hacia Chief con las cejas alzadas, como buscando apoyo.

“¡Fue hace años! ¡Y en ese entonces… me habría lanzado un rayo láser si pudiera!” 

Ya no pudo contenerse. Soltó una carcajada tan fuerte que hizo temblar el silencio del auto.

Dogman lo miró, confundido… y un poco herido por la falta de apoyo.

“¡Estás casado!” Soltó entre risas, dándole un golpecito en el hombro.

“¡No lo estoy!” Protestó de inmediato.

La risa siguió. Ni se molestó en responderle.

“Y encima, eres un pisado.”

Greg parpadeó. Dos veces.

“¿Eso es… malo?”

Un bufido fue toda la respuesta que recibió. Pero la sonrisa en la cara del otro hablaba por sí sola.

“Te voy a decir algo, Greg… No necesitás decir nada. Lo vengo viendo desde hace rato.”

“¿Viendo qué?”

“Cómo cambiaste desde que vives con él.” Su voz era suave, casi comprensiva. “Antes te costaba dejar la comisaría. Ahora, apenas marcan las seis… ya estás mirando la puerta. Te pones nervioso si la patrulla se atrasa. Y ni hablar de cómo revisas el reloj cuando estamos en algún operativo.”

Dogman soltó una risa breve, seca. No respondió. Solo se acomodó en el asiento, como si quisiera esconderse un poco..

“¿Y no fue él quien te obligó a ir a consejería?” añadió “Todo porque te peleaste con una tostadora.”

El silencio se hizo más denso, bajó la mirada, avergonzado.

“Y si mal no recuerdo… ¿no terminaste durmiendo en el sofá una semana entera por arruinarle el mantel de sushi que tanto le gusta?”

Y mientras Chief seguía enumerando sus acciones, como si llevara una lista secreta de pruebas matrimoniales.

No podía evitar recordarlo. No en orden, no con detalles precisos. Solo le venían flashes, pedacitos sueltos.

Había sido una tarde cualquiera.

Chief y los chicos lo habían invitado a salir, una ronda de nachos, un poco de charla, algo para despejar la cabeza después de una semana larga.

Greg ya estaba listo. Literalmente. Chaqueta puesta, billetera en el bolsillo, llave del coche en la mano.

Y entonces, desde la cocina, entre el crujido de las palomitas reventando, la voz de Petey se coló, sin siquiera mirarlo:

“Si vas, todo bien. Solo que… íbamos a ver una película con Li’l Petey.”

Eso fue todo.

Sin dramatismos. Sin reclamos. Ni siquiera una mirada. Ninguna orden directa. Solo un dato lanzado al aire.

Él se quedó quieto unos segundos.

Fingió que estaba considerando sus opciones.

Pero la decisión ya estaba tomada desde el primer “íbamos”.

Mandó un mensaje corto al grupo de policías: “No voy. Otro día. Cosas en casa.” Y apagó el teléfono sin esperar respuesta.

Una hora más tarde, ahí estaba.

En el sillón, envuelto en una manta compartida. Un bol de palomitas tibias apoyado entre ambos, y Li’l Petey hecho ovillo sobre sus piernas, ronroneando con fuerza. 

La película ya iba por la mitad. Pero Greg no podía recordar ni un solo detalle del argumento. Estaba demasiado ocupado fingiendo que no había cancelado los planes por elección propia. Se hundió en el sofá con facilidad. Como si ese hueco entre manta y silencio fuera exactamente donde debía estar.

Y, por supuesto, se quedó.

Porque no era la película. Ni las palomitas.

Era Petey.

Siempre había sido Petey.

Regresando a la realidad, Greg apenas escuchaba la risa de Chief, que seguía escapándose entre palabras. Él aún estaba ahí, sentado en su asiento, con las manos sobre las rodillas. Pero su mente... estaba lejos.

Se había quedado quieto, como si los recuerdos lo hubieran sorprendido a mitad del camino y no tuviera intención de soltarlos todavía.

Y eran tantos.

Todo comenzó un domingo cualquiera. El sol estaba bajo, y el aire fresco de la tarde envolvía la pequeña parrillada en el patio. Petey, mientras revolvía las salsas, apartó el frasco rojo con un gesto de desagrado.

“El kétchup arruina el equilibrio de sabores.” dijo, sin mirarlo.

Greg rió, le restó importancia y siguió echando la salsa sobre su hamburguesa, como si nada.

Pero esa misma tarde, Petey, con menos paciencia y más determinación, se acercó a él, deteniéndolo al colocar sus patas sobre sus hombros. Sus ojos se encontraron y, sin alzar mucho la voz, le dijo:

“No pienso besarte si sabes a kétchup barato.”

La frase quedó flotando en el aire. Petey luego fue llamado por su hijo, y la conversación terminó ahí.

Desde entonces, no volvió a usarlo.

Simple. Preciso. Irrefutable.

Y luego vinieron otros detalles. Pequeños. Repetitivos. Igual de reveladores.

Pensó también en las gafas nuevas de Petey. Esas que solo usaba para leer, a regañadientes, y que odiaba admitir que necesitaba. 

Siempre las dejaba olvidadas en cualquier rincón de la casa, como si esconderlas fuera suficiente para negar que las necesitaba. Especialmente en la cocina, entre platos y tazas mal lavadas.

Cada vez que Dogman las encontraba, se tomaba el tiempo de limpiarlas con cuidado, ya sea con el borde de su camiseta o un pañuelo suave, y luego las dejaba justo encima del libro de turno que Petey estuviera leyendo.

Después, Greg se encontraba espiando en silencio, observando cómo Petey llegaba, encontraba las gafas, las colocaba con un suspiro de resignación frente al espejo. Murmuraba algo en quejas, quizá sobre parecerse a su padre, y luego, como si se tratara de un acto de rebelión, se las quitaba de golpe. 

Era como si ese gesto pudiera borrar algo que no quería enfrentar.

Y aún así, sabía que al día siguiente, el mismo ritual se repetiría. Porque Petey, aunque nunca lo dijera, aunque hiciera todo lo posible por disimularlo, siempre necesitaba ese pequeño gesto de cariño. 

Greg se perdió por un momento en sus pensamientos, reflexionando sobre todo lo no dicho. Cómo Petey cuidaba sin gestos suaves, sin caricias. Lo suyo no eran palabras dulces, sino advertencias disfrazadas de órdenes, reglas firmes que dejaban claro lo que esperaba.

Y, sin resistencia, se dejaba cuidar de esa manera. Se dejaba querer, aunque no siempre lo comprendiera del todo. Porque, de alguna forma, lo que era suficiente para Petey también lo era para él. 

O tal vez no.  

Pero, en silencio, ambos se habían elegido así, sin decirlo, sin tener que explicarlo.

Regresó al presente cuando el silencio lo rodeó. Chief lo miraba, con esa expresión cómplice que siempre aparecía cuando ya sabía lo que estaba pasando en su cabeza. Suspiró.

“No soy pisado,” dijo, evitando su mirada, como si eso pudiera darle algo de control sobre lo que acababa de decir.

Dios. Lo habían domesticado.

Y lo sabía. Después de todo lo que habían hablado, no le sorprendía que su mente lo hubiera llevado justo ahí. A esa verdad. La razón por la que, desde entonces, nunca volvía tarde a casa.


Hace algunos meses, un altercado en el banco cambió la rutina diaria de manera inesperada. Al principio, parecía algo común. Un cliente irritable, una discusión subida de tono. Nada fuera de lo normal… hasta que dejó de serlo.

Greg intentó calmar la situación, levantando las manos en un gesto pacífico. Pero el tipo no tenía intención de escuchar. En un parpadeo, lo insultó, lo empujó y, sin previo aviso, le lanzó un golpe directo al hocico.

El impacto fue brutal. Sordo, preciso. Lo dejó tambaleando, atónito. El sabor metálico de la sangre inundó su boca, mientras la camisa se empapaba lentamente. Por un segundo, fugaz pero intenso, sintió el impulso de responder con la misma violencia. De devolver el golpe.

Pero no lo hizo.

Respiró hondo. Dejó que el impulso se desvaneciera antes de reaccionar. En lugar de ceder a la ira, lo redujo con precisión, movimientos justos y firmes, algo que no nacía de la rabia, sino de la disciplina adquirida con entrenamiento.

En menos de un minuto, el agresor ya estaba esposado en el suelo, incapaz de moverse. 

El resto del equipo llegó justo a tiempo, y en cuestión de segundos, todo se había resuelto.

Sarah Hatoff, como siempre, cubrió la noticia al detalle. El titular de su artículo en letras grandes y brillantes decía: "Dogman evita tragedia en banco", y el informe no tardó en repetirse una y otra vez en todos los canales.

Petey lo vio desde el sofá, el control remoto en la mano, casi listo para cambiar de canal, pero se detuvo al verlo. Sonriendo, como si lo que acababa de hacer fuera un simple acto sin importancia.

Un héroe para todos.

Ese héroe que todos admiraban, que salía en las portadas, en los noticieros. El mismo héroe… que volvía a casa todas las noches, hacia él.

Esa imagen de Greg, tan intocable para el mundo, le hizo sentir una presión intensa en el pecho, algo incómodo, algo doloroso.

Fue entonces cuando Petey decidió que tenía que hacer algo. No algo grandioso, solo un gesto que dijera sin palabras, te estoy esperando. Me importas. No te mueras nunca.

Iba a demostrarle que lo apreciaba también. A su manera. Sin flores, sin cursilerías… pero con actos. ¿Qué importaba si Greg tenía un club de fans, si lo adoraban en cada esquina de la ciudad, si lo veían en la televisión con la misma sonrisa rota y el uniforme manchado?

Ninguno de esos admiradores lo esperaba en casa. Ninguno se preguntaba si estaba comiendo bien, si dormía lo suficiente, si sus orejas dolían después de una siesta.

Nadie lo quería como él.

No lo dijo. Solo se metió en la cocina y se puso a trabajar en silencio, con el ceño fruncido, como si fuera parte de su rutina. Sacó los ingredientes sin pensar mucho. Su expresión, seria, concentrada. Como si estuviera preparando cualquier receta. Pero no era cualquier receta. 

Cada gesto llevaba consigo algo de él. Cada corte, cada mezcla, cada minuto frente al fuego. Porque no sabía cómo decir "te amo". Pero sabía cocinar. Y esa noche, de esa manera, lo iba a hacer.

Terminó justo a tiempo. A la misma hora en que Greg solía llegar. Como un reloj.

Entonces preparó la mesa, sin prisa. Puso música baja, apenas un murmullo en el aire, como un suspiro de fondo. Los cubiertos se alinearon con precisión, y ajustó el asiento de bebé, donde Li’l Petey ya se había instalado, demasiado emocionado para quedarse quieto.

“¿Ya viene?” preguntó el infante.

“Ya casi.” respondió.

Y esperaron.

Cinco minutos.

Diez.

Treinta.

Pero él no apareció.


Al otro lado de la ciudad, Greg estuvo a punto de irse. Miró la hora por tercera vez. Solo quedaba un paso.

Sin embargo, en ese momento, Chief apareció con una sonrisa burlona, seguido de un par de compañeros más. Dos, tres, cinco caras conocidas, todas sonriendo, dándole palmaditas en la espalda y llamándolo con entusiasmo.

“¡Una cerveza nomás! Dale, no seas así.”

Chief, con esa mirada de siempre, completó la invitación con un tono de burla.

“Vamos, Dogman. No creo que alguien se enoje porque llegues media hora tarde.”

Greg sonrió, pero fue una sonrisa corta. Incompleta.

Llevaba días cargando el peso del cansancio, un peso que se había hecho parte de su rutina. Sabía que se sentía parte del equipo, y en esos momentos, deseaba poder reír sin la presión de mirar el reloj… Pero al final, no pudo evitarlo.

Se quedó.

Solo un rato. Solo lo necesario para no parecer el aguafiestas.

Y además, ¿realmente le importaba a Petey a qué hora volvía?

Mientras pudiera darle las buenas noches a Li’l Petey, todo estaría bien, ¿verdad?

Sí. Claro. Todo bien.

Sus compañeros decidieron quedarse a tomar algo. Greg, empujado por la insistencia y la risa fácil de los demás, aceptó una copa.

Le dio un sorbo, esperando que el líquido encendiera su pecho con esa calidez familiar, como en otras ocasiones. Pero no.

El sabor le pareció más amargo, más seco. Nada acogedor.

El ambiente, igual. Ruidoso y ajeno a lo que él necesitaba en ese momento.

No era lo mismo que aquella primera vez en que decidió tomar. Nada se comparaba a Petey, con una ceja levantada y una sonrisa burlona, que lo desafió a probar algo "decente" y le ofreció su vaso.

Nada, absolutamente nada, podría acercarse a lo que pasó esa noche. Cómo se dejaron caer juntos, sin palabras, sin resistencias.

Greg lo recordaba todo. La forma en que Petey lo tocó, como si lo hubiera conocido toda la vida, como si lo estuviera reclamando. La forma en que él, sin pensarlo, se entregó completamente, como si ese momento hubiera sido el que siempre esperó. 

Y todo lo que ocurrió esa noche, todo lo que compartieron, era algo que guardaría para sí. Siempre.

Al salir de la estación, y ya sin preocuparse por la hora, sus compañeros lo dejaron frente a casa, pero Greg no entró de inmediato.

Se quedó ahí, bajo la luz suave de la noche, jugando con las llaves entre los dedos y dejando que una sonrisa tonta se dibujara en su rostro.

Al final había sido una buena salida, algo sencilla y con muchas risas compartidas.

Y al acercar las llaves a la puerta, con el cuerpo liviano y el corazón ligeramente embriagado por la risa y el licor, pensó, con una mezcla de broma y seriedad, que lo primero que haría al ver a Petey sería besarlo.

Solo por gusto. Solo porque podía.

Porque estaba feliz, y a veces, eso bastaba.

Ya se imaginaba el gesto de sorpresa en el rostro de Petey, la caricia suave que solía recibir cuando estaba de buen humor, y cómo sería dormir junto a él, con su calor envolvente y el sonido tranquilizador de su ronroneo ligero.

Pero la puerta se abrió desde adentro.

Y ahí estaba.

Lo miró.

Y de inmediato, todo el calor que lo había llenado se desvaneció.

Su pelaje estaba revuelto, como si no hubiera podido dejar de tocarse la cabeza una y otra vez, sin encontrar consuelo.

Las ojeras eran profundas, casi dolorosas, como si no hubiera tenido ni un momento de paz. Sus ojos, llenos de cansancio y ansiedad, hablaban más que cualquier palabra.

No lo saludó. Simplemente lo observó, en silencio.

“¿Dónde estabas?” fue lo primero que dijo, con voz seca.

Tenía los labios apretados en una línea recta. Los brazos cruzados, firme, como si se contuviera para no decir más antes de tiempo.

Pero sintió el peso del momento, y no pudo responderle. 

“¿Sabes qué hora es?”  continuó Petey, más agudo. “¡Son las dos de la mañana!”

Se apartó un poco, dejando espacio para que entrara.

Greg dio un paso dentro, y el olor lo siguió.

Petey lo captó al instante.

Frunció el ceño, el gesto automático que confirmó su sospecha.

“¿Estás borracho?”

“No… no mucho” balbuceó, encogiéndose un poco, sus manos intentaron firmar pero se sentía muy confundido. “Salí con Chief, los chicos…nada planeado…”

“¿Y te costaba mandar un mensaje?”

La pregunta no fue dura. No alzó la voz. Pero fue peor. Tenía ese tono bajo que cortaba sin necesidad de gritar.

Y Dogman no tenía defensa. Nada que no sonara como una excusa.

“No creí que haría falta. Solo salimos a comer.” 

Pero Petey inhaló aire de golpe, de forma tan brusca que Greg retrocedió medio paso, instintivamente. Algo en ese gesto le heló la sangre.

“¿Y si no volvías?” la voz de Petey tembló, apenas. Pero fue suficiente. Una grieta en su tono, en su escudo habitual. “¿Y si te pasaba algo? ¿Si el del banco te reconocía, te seguía, te hacía algo?”

Por un instante, Greg no supo cómo moverse. 

Petey no lo miraba. Estaba quieto, con los brazos aún cruzados, como si sostenerse así evitara que todo lo demás se viniera abajo.

Entonces habló de nuevo, sin emoción. Sin inflexión alguna.

“No es tan difícil salir de ese lugar, ¿sabes?” como si el mismo no fuera evidencia de aquello. 

“Lo siento…” dió un quejido de lamento. Se sentía un mal perro, con el corazón roto de vergüenza.

“Claro. Ahora lo sientes.”

Pero su voz, aunque firme, se había aflojado por dentro. Y los ojos... los ojos ya no estaban furiosos. Estaban tristes. 

Lo notó. Por fin lo notó. Y deseó no haberlo hecho tan tarde.

Pensó que ahí terminaría todo. Que vendría el gesto de desdén, el comentario sarcástico, esa extraña forma que tenía Petey de cerrar las cosas antes de dejarse alcanzar y poder hablarlo. 

Pero no ocurrió. Petey se quedó quieto. Las manos le bajaron lentamente, como si ya no pudiera sostenerse ni siquiera los brazos cruzados.

“Yo… no sabía si llamarte o no.” susurró sin levantar la vista. “Pensé que, si lo hacía, iba a sonar ridículo. Como alguien que necesita saber si estás vivo.”

Greg sintió que algo se le encogía por dentro. Una punzada honda.

“Pensé que capaz habías decidido no volver. Y que yo… era un idiota por…”

Hizo un gesto vago hacia atrás, hacia la oscuridad de la cocina, de la mesa aún puesta, los platos fríos. Y entonces, su voz cambió.

“Lo peor es que ni siquiera estaba enojado porque llegaras tarde.”

Hizo una pausa. Respiró, como si cada palabra pesara demasiado, como si la realización pesara demasiado.

“Estaba enojado conmigo mismo.” admitió, como hace en pocas ocasiones. “Por haberme molestado. Por haber preparado todo. Por haberte esperado.”

Silencio.

“No es que me importe, ¿sabes?” Finalizó, su voz ya no tenía fuerza. Solo quedaba su orgullo herido. Petey desvió la mirada, arrepintiéndose de cada palabra que había salido con tanto peso de su pecho.

Y entonces, como si pudiera fingir que nada se había roto, que no acababa de mostrar un lado que llevaba toda la vida escondiendo, alzó un hombro con torpeza. Respiró hondo, se tragó lo que quedaba de orgullo y soltó un suspiro.

“Olvidalo. Ya está. Esto fue estúpido.”

Se dio media vuelta y empezó a caminar hacia el pasillo, cada paso más rápido que el anterior. Como si pudiera alejarse de lo que acababa de sentir, de lo que acababa de mostrar. 

“No voy a hacer una escena por esto. No soy tu madre. Ni tu dueño. No necesito saber a qué hora vuelves. Está todo bien.”

"Todo bien". Esa frase hueca que decía cuando quería decir lo contrario. Esa forma suya de retirarse antes de sangrar de más.

“Me voy a dormir.”

No esperó respuesta.

Pero Greg se movió. Como si ese escape fuera el eco de todas las veces que lo dejó ir sin decir nada. Esta vez no. Esta vez no podía.

Lo alcanzó justo cuando Petey subía el primer escalón, y le tomó la mano. Se quedó helado.

El contacto fue como un latigazo, lo encendió, lo paralizó, lo expuso. Era una mano tibia, temblorosa, casi suplicante. Y sin embargo, firme. 

“Dejame ir” susurró Petey, apenas audible.

No lo miraba. No podía.

Greg negó con la cabeza de inmediato, la lengua atrapada entre los dientes, como si hasta hablar doliera.

“No.” susurró.

Sus dedos apretaron un poco más la pata de Petey, temblorosos, con una necesidad desesperada de no soltar.
Petey giró apenas la cabeza. No del todo, no lo suficiente para enfrentarlo, pero sí lo justo para que Greg viera sus ojos, enrojecidos, brillosos, cargados de ese agotamiento que no nace del cuerpo, sino del corazón cansado de esperar.

Con la mano libre, Greg levantó los dedos despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo entre ellos, y formó en señas:

“No quiero que te vayas triste. Quédate.”

Pocas palabras. Sinceras. Devastadoras.

Petey tragó saliva y bajó el escalón que había subido. 

Greg, con los ojos le brillaban de culpa, de ternura, de ganas de hacer todo bien, dio un paso, acercándose más.

y lo abrazó.

Petey se quedó quieto. No era alguien que se rindiera fácil al contacto. Pero esa noche… esa noche no necesitaba resistirse.

Apoyó el mentón encima de la cabeza de Greg, entre sus orejas, y bajó los hombros como si al fin pudiera soltar el peso de toda la noche, y exhaló despacio, como apagando el enojo que ya no servía.

“Me asustaste de verdad.” le dijo, no había sarcasmo. No había orgullo.

Greg cerró los ojos al oírlo. Asintió, apenas. 

“Lo sé …Y no voy a hacerlo otra vez.”

Desde esa noche, no volvió a llegar tarde sin avisar.

No importaba si eran las doce o las dos, si había sido una patrulla larga o un operativo caótico.

Siempre mandaba un mensaje.

Solo por si acaso. Porque hay cosas que no se dicen, pero se sienten.

Y si Petey cocina, pone la mesa y espera…Greg va a estar ahí.

Porque lo quiere. Aunque no lo diga.

Aunque ninguno de los dos lo diga.


Dogman exhaló un suspiro cansado, removiéndose en su asiento. Sus orejas se doblaron ligeramente hacia atrás, frustrado consigo mismo.

“No sé qué estamos haciendo” confesó. “Siento que soy el único que no entiende las reglas.”

Sus orejas se agacharon apenas, como si el recuerdo le pesara en la espalda.

“Una noche se quedó dormido sobre mi hombro viendo una película. Y no lo empujé. Me quedé así. Quieto. Por si se despertaba.”

La confesión se le escapó más suave de lo que esperaba.

Sonrió, pero era una sonrisa rara. Mitad ternura, mitad resignación, como si todavía no supiera si eso había sido un error… o lo mejor que le había pasado en años.

“Ni siquiera sé qué somos." murmuró, casi sin darse cuenta. Jugaba con el borde de su ropa, arrugando con los dedos con impaciencia mal disimulada. “A veces creo que le gusta estar conmigo. Cocinamos juntos. Me cuenta cosas que... que ni siquiera le diría a los demás. Y yo también.”

Chief arqueó una ceja, apoyando un brazo en la ventanilla de la patrulla. 

“Ajá…” asintió lentamente, como si estuviera reuniendo pruebas para un caso. “Sigue.”

Dogman chasqueó la lengua, bajando la mirada a su lonchera.

“Me cuenta cosas. Me habla de su infancia, de su madre. Y yo solo… escucho. No lo interrumpo. Porque sé que no lo haría con nadie más.”

Tomó un sorbo del termo que Petey le había mandado, tibio y con sabor a té y canela.

“...y al siguiente se encierra en su cuarto como si fuera un extraño.”

Chief se cubrió la boca con una mano, claramente conteniendo una carcajada.

 “Oh, sí. Completamente desinteresado en ti.”

Dogman lo miró con el ceño fruncido, pero luego pasó una mano por su cara, cansado.

Clarence ladeó la cabeza, observándolo con atención. Dogman no se veía triste. No exactamente. Era más bien… resignado. Como alguien que llevaba demasiado tiempo sintiendo algo sin poder ponerle un nombre.

Así que le dió un golpecito en el hombro, su tono ligero pero con algo de burla afectuosa.

“Dogman, amigo. Odio ser yo quien te lo diga, pero… estás bien jodido.”

Greg gruñó suavemente, apoyando la cabeza contra la ventanilla, pensó en todos esos pequeños gestos que ya le salían automáticos.

Cómo dejarle té en el escritorio cuando encontraba a Petey trabajando hasta tarde, solo porque sabía que se olvidaba hasta de cenar cuando se obsesionaba con algo.

En cómo, pese a detestar madrugar, Petey se levantaba solo para desearle suerte cuando tenía una reunión en la estación temprano. Con el pelaje revuelto, medio dormido, pero ahí, parado en la puerta como si fuera algo importante.

“Es ridículo…” soltó finalmente, rascándose la nuca con torpeza. “Me gusta tenerlo cerca. Me gusta hablar con él. Y cuando no está… siento que falta algo.”

Dejó escapar una risa nerviosa, como si se estuviera rindiendo.

“Pero no puedo decírselo. ¿Cómo se lo digo? ¿Cómo explico esto sin sonar como un idiota?”

Hubo un silencio. Luego, el suspiro largo y resignado de Chief.

“Hermano… Odio decirte esto, pero… estás enamorado.”

Dogman parpadeó. Sentía el corazón golpeándole el pecho con una fuerza desproporcionada, como si lo hubieran empujado desde un acantilado. Su garganta se secó al instante.

“No… No es…” intentó decir, pero sus señas se detuvieron.

Chief le dio una palmada en la espalda, con esa sonrisa que usaba cuando sabía que tenía razón y estaba disfrutándolo demasiado.

“Sí, sí lo es.” afirmó, sin pizca de piedad.

Greg se cubrió la cara con las manos, como si pudiera esconderse del hecho. Del todo.

“¿Quieres que te lo diga o ya te diste cuenta solito?”

Lo fulminó con la mirada entre los dedos, pero su pulso seguía como si acabara de correr diez cuadras.

“…No quiero decirlo.” confesó.

Se quedó callado un momento, Luego tragó saliva y añadió, con más cuidado.

“A veces… creo que él quiere estar conmigo tanto como yo quiero estar con él.”

Clarence chasqueó la lengua, sin perder esa expresión de te lo dije .

“Bueno. Ustedes dos son una bomba de tiempo.” confesó, apoyándose contra el respaldo del asiento con una sonrisa cansada. “Y cuando exploten, más les vale que nadie esté cerca.”

Sintió cómo su boca se secaba. Su pecho subía y bajaba con respiraciones inestables.

No era justo.

No era justo cómo Petey lo tenía atrapado, cómo su simple presencia lo hacía sentir más en casa que cualquier otro lugar. No era justo que todo en él lo invitara a quedarse, pero nunca le diera permiso de cruzar la última barrera. No era justo que su primer pensamiento al despertar fuera su nombre.

Porque sí.

Pensaba en él. Todo el tiempo.

Y su pecho dolía. Le ardía.

No era solo vergüenza, era deseo contenido,la necesidad reprimida, una mezcla tan intensa que lo dejaba temblando por dentro.

Como cuando Petey, sin decir mucho, se dejaba caer en su regazo con un gruñido de cansancio. Cuando murmuraba un “solo quiero dormir” y Dogman asentía, aunque su corazón se sacudiera por dentro.

Porque lo quería tocar.

Lo quería tener.

Y no podía.

Dogman se jaló levemente las orejas, cubriendo sus ojos con estas. Su rostro enrojecido. 

“¡No me gusta esta conversación!”

El corazón le latía como si intentara atravesarle el pecho, como si quisiera correr sin permiso, directo a esos brazos que no sabía si podía reclamar.

Amarlo en silencio era como tragarse un grito. Cómo sostener un vaso lleno hasta el borde, sin atreverse a dar un paso por miedo a derramarlo todo.

Pero Chief no dijo nada al principio. Solo lo observaba, paciente, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ladeada, como quien escucha una historia conocida contada por alguien que aún no sabe el final.

La sonrisa que se le dibujaba en los labios era suave, pero lo decía todo, él ya había estado ahí.

“Ah, el amor…” dijo, exagerando el suspiro. “Confuso, trágico, ridículo.”

Dogman tragó saliva. No era justo tener tanto cariño y tan pocas formas de demostrarlo.

Amar a Petey era fácil. Decírselo… no.

Porque arriesgar lo que tenían era aterrador. Pero más lo era imaginar que Petey no sintiera lo mismo.

No era justo.

Pero él no tenía derecho a pedir más.

Dogman bajó sus manos de su rostro, y dejó escapar un pequeño gemido de lamento. Su corazón dolía..

Pero Clarence solo sonrió con ternura, con paciencia apoyó su mano en el hombro contrario, El amor, cuando era joven, siempre parecía una guerra interna. Una lucha entre el querer y el permitirte querer.

Y ellos dos… estaban condenados a ignorarlo. A esquivar la verdad hasta que, inevitablemente, explotara.

“Vaya.” Le dió una palmada más en el hombro. “Acabas de descubrir algo grande, compañero.”

No hubo respuesta por parte de Dogman, pero su mirada tenía ese brillo triste.

Chief no insistió. Encendió el motor en silencio.

Le daría su espacio. Después de todo, él también había estado ahí. Sabía lo que era descubrir que querías a alguien más de lo que podrías admitir… y temer que ese cariño no fuera suficiente.

Ya eran las 5 de la mañana, casi las 6.

Pasaron algunos minutos en silencio, con la patrulla deslizándose por la pista. Cuando pararon en una tienda para reponer café, porque aún les quedaban algunos minutos antes de que la guardia terminara, Chief aprovechó para continuar la charla mientras revolvía el azúcar en su vaso.

“¿Sabés qué es lo mejor de compartir la vida con alguien?”

Dogman ladeó la cabeza, lamiendo distraídamente el borde de su vaso de café. Todavía sentía el temblor en el pecho, el calor en la cara, como si el amor que siempre había guardado en silencio acabara de rozarle el alma. 

“Dímelo tú, experto en matrimonios.” le respondió con una mirada algo burlona, miró de reojo el ambiente, el cielo estaba celeste, amenazando con despertar otra vez a la ciudad para un nuevo día. 

“Es saber que, al final del día, alguien te está esperando en casa, con una luz prendida y un abrazo con tu nombre.” sus palabras salieron suaves, enamoradas. “No importa lo difícil que haya sido. No importa si el mundo te pateó. Siempre hay alguien ahí. Para compartir la alegría, el enojo, el silencio… todo.”

No dijo nada. Solo bajó la mirada, dejando que esas palabras le acariciaron el alma.

“¿Y sabes qué más?” continuó Chief, soplando el borde del vaso con una media sonrisa. “Que incluso cuando discutes con esa persona, aunque te saque de quicio a veces… al final del día, se siguen eligiendo. Una y otra vez. Porque vale la pena.”

Bajó la mirada y pensó en las pequeñas discusiones que tenía con Petey. Como cuando era regañado por dejar sus zapatos llenos de tierra en medio de la sala, o cuando Petey se encerraba durante horas en el laboratorio y él insistía en que debía descansar. Pero, al final, siempre se encontraban en la cocina, compartiendo una taza de café caliente, mientras Lil’ Petey garabateaba en su cuaderno y les contaba sobre su día. 

“Creo que… tienes razón.”

Clarence asintió con satisfacción, aunque no con sorpresa.

“Claro que sí.” Pero no se quedó ahí. “Entonces la pregunta es simple, Dogman. ¿Quieres seguir con alguien que te deja estar a su lado cuando es de noche… pero no cuando sale el sol?”

El golpe no fue físico, pero lo sintió en el pecho, con un dolor suave, liberador.

Eran las 5:50 de la mañana y el sol derramaba rayos tenues sobre la ciudad dormida.

La luz dorada tocaba los edificios, pintando las veredas con sombras alargadas y cálidas, como si el mundo entero estuviera respirando más lento.

El motor de la patrulla ronroneó suave al encenderse de nuevo, y el vehículo se deslizó por las calles medio despiertas.

Afuera, el cielo se encendía con tonos suaves. Cada cruce, cada semáforo que pasaban, los acercaba un poco más.

A casa.

A donde lo esperaban. 

O eso quería creer.

Chief rompió el silencio con una voz baja, pero firme.

“Si no quieres que esa duda no te deje dormir en toda la noche, deberías hacer algo en cuanto veas a ese gato, Dogman. Algo que te diga si él siente lo mismo.”

Pasaron junto al lago, donde el agua quieta reflejaba las primeras luces del día. La ciudad comenzaba a quedar atrás, desdibujándose entre árboles y neblina suave.

Se miraron de reojo. No hacía falta mucho más.

Chief hablaba con esa calma que solo saca cuando está diciendo algo importante. Y Greg solo escuchaba. Tragaba en seco. Pensaba.

“Si te acepta, entonces vas por buen camino. Y si no… al menos vas a tener una respuesta. A veces, eso también es una forma de amor propio.”

La patrulla se detuvo frente a la casa de Greg.

Desde la calle, se alcanzaba a ver la luz cálida de la sala, parpadeando suavemente a través de las cortinas. Como si alguien hubiese dejado una lámpara encendida... o como si todavía estuviera despierto, esperando.

“Parece que alguien te está esperando.” Clarence tenía una sonrisa que intentó disimular detrás del tono casual, pero que igual se le escapó un poco por la comisura de los labios.

Dogman se quitó el cinturón despacio, con movimientos lentos, casi automáticos. Abrió la puerta, pero no bajó enseguida.

Se quedó ahí, con una pierna en la acera y la otra aún dentro del auto, mirando esa casa como si de repente le diera vértigo entrar.

“Sí…” respondió apenas, con un suspiro. “Nos vemos.” 

“Nos vemos.” repitió él, asintiendo desde el asiento del conductor. Y cuando Greg ya iba a bajar por completo, lo llamó una vez más.

“Eh… Dogman.” Se giró, con las orejas levantadas apenas.

Chief se acomodó en el volante, y bajó la voz.

“Capaz te sorprende la respuesta de Petey.”  Hizo una pausa, luego sonrió, suave. “Sé valiente.”

Greg asintió sin decir nada. Cerró la puerta con un click sordo.

Y mientras se alejaba de la patrulla, caminó hasta la casa. Cruzó la vereda, se acercó a la puerta… Y justo cuando iba a levantar la mano para tocar, la puerta se abrió.

Petey estaba ahí.

Llevaba su pijama habitual y esa bata rosa ridículamente pomposa que arrastraba por el suelo, regalo suyo y de Li’l Petey, convencidos de que le quedaría graciosa.

Su cola se movía con impaciencia, los brazos cruzados, el ceño fruncido. Entre molesto... y algo más.

Casi aliviado.

“Tardaste.” murmuró, sin moverse. 

No era cierto, eran las 6 de la mañana en punto. Pero no lo corrigió.

No podía, no cuando la luz suave del amanecer caía sobre él, marcando sus ojeras, el rostro cansado... y sin embargo, los ojos verdes seguían brillando. Esa chispa cálida, inconfundible, que solo se encendía por él.

El aire olía a shampoo de bebé, el que usaba Lil Petey, y a menta, como cada noche.

El mismo aroma del cepillo de dientes que Petey dejaba siempre junto al suyo.

Pequeños gestos. Hábitos.

Una rutina. Un hogar.

Greg levantó las manos y las apoyó suavemente a los lados del marco de la puerta, cerca de los brazos de Petey, encerrándolo sin tocarlo. 

Lo miró como si el tiempo pudiera romperse. Como si ese fuera su último momento juntos, o el primero en que todo cambiaría.

Y entonces, hizo puños con sus manos, y cruzó sus brazos sobre su pecho, y finalmente lo apuntó. 

“Te quiero.” 

Sin adornos. Sin pausa.

Sin esconderse más.

El silencio fue inmediato.

Está completamente expuesto, parado frente a ese gato que siempre parecía estar a medio paso de irse. 

Greg tragó saliva, como si necesitara aferrarse a algo, a alguien, para no desmoronarse. Asi que lo abrazó. 

Y Petey... Petey seguía ahí. Mirándolo.

No se movió, no le correspondió al instante.

Estaba quieto. Tenso.

Dogman esperó… y en ese breve segundo, sintió cómo todo dentro de él se encogía.

Su corazón dolía.

Tal vez se había equivocado. Tal vez no debía haber dicho nada. Tal vez Petey no sentía lo mismo. Tal vez lo había arruinado todo. Tal vez…

Y entonces, Petey suspiró.

Apoyó el mentón en la cabeza de Dogman, y sus brazos bajaron apenas, rodeándolo con lentitud, hasta abrazarlo por completo.

Sus dedos se movieron con una delicadeza casi involuntaria, acariciando sus orejas, y luego detrás de ellas, como si supieran el camino de memoria. Como si ya lo hubieran hecho antes, en sueños.

“¿Qué te pasa?” preguntó en voz baja, 

“Nada. “ respondió Dogman, tragó saliva. Tenía los ojos cerrados, el rostro escondido contra el pecho de Petey, como si eso pudiera protegerlo del mundo, de sí mismo, de lo que acababa de hacer.

“Hmph.”  fue todo lo que recibió como respuesta.

Pero Petey no se movió. No huyó. No negó nada.

Se quedaron así, quietos, en ese abrazo seguro. Hasta que Greg, sin decir más, dio un paso hacia adentro. Cerró la puerta detrás de él. Y el mundo, por un instante, pareció en pausa.

Desde la patrulla al otro lado de la calle, Chief los observaba en silencio. Una sonrisa suave se formó en su rostro.

El amor tenía esa forma extraña de desarmarlo todo para volver a armarlo distinto.

Suspiró. Encendió el motor.

Su esposa lo esperaba en casa.