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Vampiturros y Tinchobos: Historia secreta de una Argentina nocturna

Summary:

No está en los libros. No la enseñan en la escuela.
Pero desde 1790, llegaron en barcos sellados: vampiros exiliados, hombres lobo traficados, y la revolución que nadie vio venir.

Esta es la historia de los que fundaron la patria por la noche, entre galpones, fogones y panfletos prohibidos.

Y de los que no eran ni uno ni otro.

Los mestizos.

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-Te amé desde la primera vez que compartimos ese pan duro en el barco -dijo Fabián, con una sonrisa torpe.
Luciano no respondió. Solo lo abrazó como si con eso pudiera evitar el destino.
Afuera llovía. Adentro, la historia se aferraba a dos cuerpos que sabían que no tenían permiso para quererse.
Pero se querían igual.
Como se quiere en las noches largas: sin testigos, sin permiso, sin final.
Los que no envejecen.
Los que todavía bailan en las sombras.
Y entre ellos, dos que se amaron como si el mundo fuera a terminar cada vez que se miraban.
Uno eligió quedarse.
El otro eligió luchar.
Y el amor quedó, como todo lo inmortal: escondido, pero despierto.

Chapter 1: El viaje de los condenados

Chapter Text

"En los mares del sur, hasta la oscuridad se disfraza de comercio."

Puerto de Génova, Reino de Cerdeña. Año 1790.

Las gaviotas chillaban como si quisieran advertir algo. Pero nadie escuchaba a las gaviotas en el muelle 13, el que siempre olía a vino barato, carne salada y secretos. Ahí, entre fardos de lana y cajas con sellos falsificados, se alineaban los ataúdes.

—Cinco por noble, tres por plebeyo. El resto, en pie si son jóvenes —decía el capitán, mientras contaba con un garfio oxidado.

Los vampiros no necesitaban respirar ni mirar al horizonte. Se embarcaron con la dignidad de quien no negocia su linaje, incluso si huyen de una deuda. Eran apuestos, pálidos, con colmillos afilados y ropas empapadas en perfume caro. Hablaban con una cadencia grave, mezcla de español afrancesado e italiano susurrado. Se iban de Europa por el mismo motivo que sus padres habían llegado al poder: conveniencia.

—Buenos Aires es un páramo virreinal lleno de gauchos, mulatos y militares frustrados —les había dicho el Conde Vasco antes de partir—. Un lugar perfecto para rearmar nuestras jerarquías.

Y así, con la bendición del puerto y el soborno al obispo, partieron.

Lo que no sabían era que en la bodega del mismo barco —camuflados entre barriles de yerba y cajas de "arte religioso"— venían los otros.

Los lobos.

Hombres desgarbados, con la espalda ancha, los dientes gastados y las uñas demasiado largas para que fuera coincidencia. No eran nobles, ni sabían bailar el minué. Llegaban encadenados, pero no sometidos. Traficados como mano de obra peligrosa desde alguna prisión napolitana o reformatorio siciliano, eran los sobrantes de la modernidad: criminales, desertores, hijos del hambre.

Uno de ellos, más joven que los demás, hablaba en sueños.
—Mi nombre es Dante. Yo me escapo. Yo no muerdo más.

Su madre había muerto antes de zarpar. Su padre, un lobo viejo que juraba haber peleado contra curas licántropos, le había enseñado una sola lección:
"En la luna llena, hijo, no todos somos iguales."

Mar de los Sargazos

Mar de los Sargazos. Día 23 del viaje.

La tensión era tan espesa como la sopa de hígado que servían a los marineros.

Una noche, durante una tormenta, se soltó una jaula. Nadie sabe quién la abrió. Algunos dicen que fue un marinero borracho; otros, que fue la mismísima Santa Compaña, harta de supersticiones europeas. Sea como sea, un hombre lobo escapó, subió al camarote, se cruzó con una vampira.

Ella lo miró con desprecio.
—¿Bestia o sirviente? —preguntó, sin saber que le hablaba al futuro padre de la revuelta.

Él sólo gruñó y desapareció por la escotilla.

Él sólo gruñó y desapareció por la escotilla

Virreinato del Río de la Plata. Octubre de 1790.

El barco tocó tierra entre vítores falsos y censos incompletos. El Virrey Sobremonte, más preocupado por el contrabando inglés que por la inmigración sobrenatural, firmó sin mirar la lista de "artesanos italianos". No sabía que había legalizado la entrada de una elite nocturna... ni que había importado sin querer una revolución aullante.

Los vampiros se establecieron en las casas altas de la ciudad. Fundaron cafés, círculos literarios, clubes de esgrima y salones de lectura de Rousseau. Rápidamente dominaron las tertulias criollas con su acento y sus capas. A las pocas semanas, ya había cinco panaderías con el nombre Pane di Sangue y un burdel elegante que sólo abría de noche.

Los hombres lobo, mientras tanto, se desperdigaron por los arrabales, por las márgenes del Riachuelo, por los conventillos que luego serían demolidos "por higiene". Comenzaron a trabajar como peones, matarifes, y porteros de los mismos edificios que no los dejaban entrar por la puerta principal.

Pero sabían esperar. Sabían olfatear el poder. Y sabían que algún día, si aullaban al unísono, algo se rompería.

 Y sabían que algún día, si aullaban al unísono, algo se rompería

Documento histórico anexo – Archivo del Virreinato (1790)

Carta secreta del Virrey Sobremonte al Rey Carlos IV

"Mi muy amado Soberano,

Informo con urgencia la llegada de un contingente de sujetos 'no del todo muertos', de orígenes nobles y fragancia intensa. Dicen venir a comerciar arte y cultura, pero beben vino con una inquietante costumbre de observar el cuello de sus interlocutores.

Junto a ellos, se ha detectado un número indeterminado de 'hombres en fase lunar', con actitudes animales y una propensión preocupante a desgarrar tapizados.

Recomiendo discreción. Y tal vez, una bendición papal urgente. He rezado el rosario tres veces desde que los recibí."