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Language:
Español
Series:
Part 13 of Antología de lo Paranormal
Stats:
Published:
2025-06-09
Words:
4,984
Chapters:
1/1
Kudos:
2
Hits:
16

La Ninfa del Bosque

Summary:

Para Gino Hernández, lo que parecía ser otro día más de entrenamiento terminó convirtiéndose en una experiencia única.

Work Text:

La Ninfa del Bosque.

 

El Centro Deportivo Suning In Memoria de Angelo Moratti, mejor conocido como La Pinettina, había sido el lugar de entrenamiento del equipo Inter de Milán de la Serie A desde su fundación por allá de los años sesenta, siendo que dicho campo de preparación se encontraba localizado a las afueras de la pequeña ciudad de Appiano Gentile en la provincia de Como y situado a poco más de 40 kilómetros al noroeste de la ciudad de Milán. Ese día el clima en La Pinettina era de un gris obscuro pues grandes y borrascosas nubes amenazaban con soltar en cualquier instante un gran torrencial sobre el área, haciendo que el aire fuera mucho más frío y pesado de lo normal.

 

Gino Hernández, capitán y portero titular del equipo, despertó ese día sintiéndose algo enfermo, se sentía bastante fatigado, teniendo además escalofríos, dolor en todo el cuerpo y un ligero pero persistente dolor de cabeza que no le había dejado en paz a pesar de haberse tomado ya un par de pastillas para eliminar sus malestares, por lo que el joven creía firmemente que había contraído un resfriado; sin embargo, siendo una persona tan responsable, profesional y comprometida con su equipo, el italiano no había querido faltar al entrenamiento de esa mañana pues en unos cuantos días más el equipo disputaría un importante partido de la Liga de Campeones.

 

Gino era del tipo de personas que no deseaba preocupar a los demás con sus problemas, por lo que solía minimizarlos al máximo sin decirle a nadie lo que en realidad le pasaba a menos que fuese estrictamente necesario; además, estaba consciente de que él era parte crucial de la alineación que tendrían en ese encuentro y como capitán era su deber el guiar a sus compañeros a la victoria, por lo que aparte de no querer preocupar a nadie, tampoco deseaba que al entrenador se le ocurriera sacarlo de la titularidad sólo por un simple resfriado, siendo ésta la razón principal por la que había decidido asistir al entrenamiento como de costumbre y hacer todos los ejercicios como los demás sin pronunciar queja alguna.

 

La práctica había iniciado con el calentamiento de rutina para luego pasar a algunos movimientos cardiovasculares, los cuales Gino logró soportar y cumplir con cada uno de ellos, pero conforme pasaba el tiempo y los ejercicios se intensificaban, el joven empezaba a sentirse cada vez más fatigado dándole su cuerpo a entender que no aguantaría ese ritmo por mucho tiempo más, amenazándolo además con tener algo de fiebre, situación que a pesar de preocuparle un poco, prefirió ignorar y concentrarse en la serie de ejercicios que realizaban en ese momento; una vez que el equipo terminó con el calentamiento, los jugadores procedieron a salir a correr por el campo.

 

Hernández, decidido a no quedarse atrás, comenzó a correr con sus compañeros; sin embargo su condición física no era la óptima, teniéndose que detener en medio del campo, después de algunos minutos de trote, para poder recuperar el aliento pues su cuerpo finalmente había resentido todo el esfuerzo. El entrenador al verlo en ese estado se preocupó mucho por su jugador, por lo que le pidió que se acercara, situación que al portero no le quedó más remedio que obedecer al instante.

 

— ¿Qué sucede, Hernández? —preguntó el entrenador, en cuanto tuvo al joven frente a él.

 

— No es nada, señor —respondió el portero, jadeando pues se notaba que comenzaba a faltarle la respiración —. Sólo es que no pude dormir bien anoche.

 

Por supuesto, el entrenador no le creyó para nada la historia, pues al joven difícilmente se le veía agotado y esta vez su semblante no era bueno, por lo que le ordenó tajantemente que fuera con el personal médico a que le revisaran, situación que muy a su pesar, Gino tuvo que obedecer. Al finalizar la revisión, el médico le corroboró lo que él ya sabía y era que se trataba de una gripe, por lo que le indicó simplemente mucho reposo.

 

— Lo mejor será que te vayas a casa y descanses —recomendó el médico del equipo — Si para mañana ya te sientes mejor puedes reincorporarte a los entrenamientos.

 

—Sí, creo que será lo mejor —respondió vagamente Hernández, más para sí mismo que como una respuesta para el galeno.

 

Así pues, Gino se dirigió a los vestidores en donde se cambió y tomó sus pertenencias para luego dirigirse al estacionamiento en donde una vez que llegó a su automóvil, un Masetati Gran Cabrio en color Azul, aventó la maleta en la cajuela para después subirse al vehículo y partir de ahí; cuando Hernández finalmente salió del campo de entrenamiento del Inter, comenzaba ya a caer una ligera llovizna que empezaba a empapar la carretera.

 

El camino desde Appiano Gentile a Milán era de aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos de trayecto por lo que Gino tenía la firme intención de apresurarse lo más que pudiera, sin importarle la llovizna, pues él deseaba llegar a su casa lo más pronto posible para finalmente meterse de una buena vez en la cama y dormir por largas horas, pero al llegar a un entronque en la ruta que acostumbraba tomar, el joven se llevó la sorpresa de que se encontraban haciendo labores de mantenimiento en esta vialidad por lo que el tráfico se hallaba parado y siendo que Hernández no tenía muchas ganas de esperar en el embotellamiento, decidió salir de ahí a través de una ruta secundaria y poco conocida que pasaba por la parte trasera del pueblo, planeando incorporarse de nuevo a la carretera principal algunos kilómetros más adelante una vez que pasara la zona de trabajos, pues ésa era la vía más corta que le llevaría a Milán.

 

Con suma destreza el portero esquivó los autos a su alrededor y pronto evadió la zona del embotellamiento para luego adentrarse en la otra vialidad y, una vez que finalmente vio el camino despejado, el joven comenzó a tallarse el cuello con una mano para liberar un poco de la pesadez que comenzaba a sentir en el área, su cuerpo se sentía cada vez más cansado, achacándole esta situación a la fiebre que ya creía tener puesto que los escalofríos era cada vez más recurrentes, por lo que, en un intento de calmarlos, decidió encender la calefacción del auto y se subió el cierre de la chamarra deportiva hasta el cuello; aunado a su malestar, la ligera llovizna ya se había convertido en una lluvia continua que golpeaba los cristales, opacando la visibilidad con el escurrimiento del agua por lo que empezaba a costarle bastante trabajo el continuar manejando de ese modo.

 

Gino no había avanzado mucho sobre la desviación que había tomado cuando comenzó a circular por un tramo en donde el espeso follaje de una zona, que aún se conservaba boscosa y que todavía pertenecía al área aledaña a La Pinettina, cubría ambos lados de la carretera; de pronto, entre dos movimientos que hizo el parabrisas para limpiar el cristal de la lluvia que opacaba la visibilidad, de la nada apareció una jovencita de escasos trece o catorce años de edad y quien se hallaba parada en medio de la carretera, haciendo que el joven al verla, en un intento de no atropellarla, diera un rápido volantazo a su derecha para luego frenar con fuerza, terminando atascado en el fango que se había generado en la cuneta de la carretera.

 

Hernández, aun aferrando fuertemente sus manos al volante, respiraba agitadamente y sentía cómo su corazón desbocado quería salirse de su pecho mientras latía a mil por hora, pues no sabía bien qué era lo que acababa de suceder. Se encontraba inmóvil en su lugar pensando en si se había imaginado o no las cosas, decidiéndose finalmente a averiguarlo por lo que miró hacia atrás para ver hacia la carretera, a través de los cristales posteriores de su auto, y así saber si estaba o no una niña parada ahí. La visibilidad no era buena pero con mucho esfuerzo llegó a la conclusión de que había sido sólo su imaginación; sin embargo, para estar más seguro, bajó el cristal de su ventanilla para asomarse a través de ésta y corroborarlo, y en cuanto lo hizo vio que efectivamente había una chica parada en la carretera, quien le miraba fijamente.

 

Y fue entonces cuando pasó algo que lo dejó completamente confundido, no supo si se lo había imaginado a causa de la fiebre o si había sido algo real pero en cuestión de segundos la jovencita desapareció ante sus ojos para al cabo de algunos segundos más, mismos que le tomó a él mirar de nuevo hacia el frente de su vehículo, verla aparecer enfrente del cofre de su automóvil, haciéndolo saltar de la sorpresa; él ya no sabía por qué temblaba, si era por el frío de la lluvia, por la fiebre o por lo que acababa de ver. Gino se quedó observando por algunos minutos a la niña sin dar crédito a lo que veía pues ésta no se movía de su lugar y sólo le miraba intensamente a través del cristal, por lo que al final, el joven decidió salir del automóvil para ver más de cerca a la pequeña y averiguar si era o no real.

 

— Hola, ¿te encuentras bien? —saludó el portero con una sonrisa y una expresión tranquila y amistosa mientras se iba acercando lentamente a la niña para no atemorizarla—. ¿Cómo te llamas? — le preguntó, a lo que no recibió respuesta de parte de ella—. ¿Qué sucede, estás perdida? —volvió a preguntar.

 

Nuevamente se quedó sin respuesta y Gino se pasó las manos por el rostro, cubriendo sus ojos durante algunos segundos; empezaba a sentirse bastante confundido sobre lo que estaba sucediendo, haciendo que su dolor de cabeza incrementara pues ya no sabía si estaba alucinando o qué; ciertamente no se sentía para nada bien y se decía una y otra vez que el ver a una pequeña en medio de la carretera no era normal, mucho menos si ésta se desvanecía ante sus ojos y no hablaba ni una palabra; su mente quiso darle una respuesta lógica pensando que quizás la niña sí se encontraba perdida y que simplemente no era italiana o no hablaba el idioma, por lo que volvió a intentar comunicarse con ella en otros idiomas.

 

— ¿Hablas italiano? ¿Inglés? ¿Alemán? ¿Francés? ¿Ruso?—preguntó en un perfecto acento para cada uno de los idiomas, demostrando el dominio que tenía en cada uno de ellos—. ¿Sabes acaso hablar?

 

Y otra vez se quedó sin respuesta, la niña sólo le miraba con bastante insistencia pero ni se acercaba ni se alejaba de él, simplemente continuaba parada en el mismo sitio en donde Hernández le había visto aparecer, fue entonces cuando Gino la miró por primera vez con mayor detenimiento, era una jovencita muy linda, de piel muy clara y cabellos dorado obscuro, los cuales le llegaban a los hombros y se rizaban ligeramente en las puntas, sus ojos eran ligeramente rasgados pero de un color azul casi llegando al índigo y su expresión parecía de absoluta curiosidad.

 

Pero lo que más le llamó la atención al portero fue que la chica sólo llevaba puesto un vestido blanco en estilo griego, hecho de tela muy ligera con cordeles en la cintura para definir su talle, llevaba puesta una corona fabricada de ramas y flores en su cabeza; a lo largo de sus brazos traía algunas marcas, o quizás serían tatuajes, que parecían enredaderas mezcladas con algunos símbolos que el portero desconocía, las cuales ascendían desde sus muñecas hasta llegar a los bíceps, teniendo ahí un brazalete con el símbolo celta del Triskel en su centro y en las muñecas portaba algunas pulseras con runas y grabados, siendo que una pulsera en particular le llamó mucho la atención al joven ya que tenía un grabado muy peculiar de complicados trazos.

 

“Aegishjalmur” pensó el portero al mirar el símbolo, y sin saber bien porqué esa palabra había llegado a su mente, como si alguien le hubiera susurrado el nombre pues él la desconocía por completo.

 

A Hernández se le hizo particularmente extraño que con la persistente lluvia que ya caía en la zona, la niña sólo tuviera puesto un ligero vestido y que no pareciera inmutarse por esta situación, siendo que a él ya le había calado mucho el agua, sobre todo en el rostro, pero al verla tan desprotegida y a pesar de su gran malestar, él no dudo ni un segundo en quitarse la chamarra para colocársela sobre los hombros a la pequeña en un intento de protegerla.

 

—¿No tienes frío? —preguntó Gino—. Quizás no ayude de mucho con esta lluvia, pero de algo te podrá servir —agregó, refiriéndose a la prenda.

 

Por respuesta, la niña le sonrió al ver la expresión de verdadera preocupación por parte del joven, acomodándose la chaqueta pero sin responderle ni moverse de su sitio, al tiempo en que él miraba a su alrededor, notando finalmente que su auto se encontraba atascado por lo que no podría salir de ahí en un buen rato.

 

— Dudo mucho que alguien pase por aquí —comentó el portero, suspirando con pesar y mirando hacia ambos lados de la carretera, recordando que no muchos conocían esa ruta—. Seguro que todos se encuentran en el embotellamiento.

 

Gino pensó en ir a buscar su celular dentro del automóvil para llamar a alguno de sus compañeros y pedirle que le mandara una grúa, cuando vio que a un lado de donde se había quedado el auto iniciaba un estrecho sendero que se adentraba en el bosque y que él no recordaba haber visto antes, el cual por alguna razón le llamó mucho la atención y mientras contemplaba el camino, la chica se acercó al joven y le tomó de la mano, haciendo que Hernández saltara de la sorpresa pues no esperaba ese contacto, el cual sintió realmente helado.

 

— ¿Qué sucede? —preguntó Gino, mucho más tranquilo al ver que a quien tenía a su lado era la chica.

 

Por respuesta, la niña levantó la otra mano e indicó con su dedo índice en dirección del sendero.

 

— ¿Qué hay allá? —preguntó el portero, sin comprender.

 

La jovencita le miró durante un segundo para luego comenzar a andar rumbo al camino sin soltarse de la mano de Hernández, en un claro indicio de que deseaba que él fuera con ella.

 

— ¿Qué sucede? ¿A dónde quieres ir? —preguntó Gino, sin moverse de donde se hallaba parado—. Podría ser peligroso adentrarse en el bosque sin el debido cuidado.

 

Sin embargo, ella no le hizo caso e insistió en jalarlo de la mano para que la acompañara por el sendero.

 

— ¿Quieres mostrarme algo? —le volvió a preguntar Hernández con evidente cansancio en la voz—. ¿Necesitas de mi ayuda?

 

La niña no respondió pero le miró fijamente al no poder arrastrarlo, continuando claramente con su deseo de querer conducirlo hacia el bosque. Gino entonces la soltó y se acuclilló para estar a la altura de la niña, la tomó por los hombros y la miró fijamente.

 

— ¿Por qué no me dices qué es lo que realmente sucede? —le preguntó, con una expresión seria.

 

Ella nuevamente no respondió y sólo miró al joven con una expresión entre preocupada y desesperada para luego volver a mirar hacia el bosque.

 

— ¡Está bien, vamos! Te ayudaré —respondió Hernández, suspirando derrotado y dejándose llevar por su manía de ayudar siempre a los demás.

Al momento en que el portero se puso de pie, experimentó de nuevo esa sensación de agotamiento que le había acompañado durante toda la mañana, sintiendo como todos sus huesos le reclamaban cada movimiento que hacía pues el dolor y las molestias que traía se habían incrementado; sin embargo, una vez más intentó no darle importancia para finalmente darle la mano a la niña, quien no dudo en tomarla y comenzar a andar.

 

— ¿Me podrías decir al menos a dónde vamos? —preguntó Gino sin obtener respuesta, una vez que comenzaron a internarse por el sendero.

 

Así pues, ellos caminaron a lo largo del sendero hasta que éste se convirtió en una alfombra verde y crujiente que estaba bordeaba por helechos y un variado y llamativo número de plantas exóticas que Gino desconocía que crecieran en la zona; conforme iban avanzando en el bosque, la lluvia se iba incrementando de intensidad por lo que se hacía cada vez más difícil andar. A esas alturas, Hernández ya no tenía la menor idea de dónde se encontraba y cómo salir de ahí; además, cada vez se sentía más cansado, siendo que el dolor tanto de cabeza como del cuerpo aumentaba y la niña continuaba arrastrándolo cada vez más adentro del bosque en dónde parecía que lo pretendía perder. Las molestias que sentían eran tantas que de plano tuvo que detenerse a descansar.

 

— Espera, por favor —pidió Gino, sumamente agotado—. Dame sólo un momento —comentó deteniendo su andar.

 

Hernández se recargó sobre un frondoso árbol al pie del camino y recargó las manos sobre sus rodillas, el joven comenzaba a respirar con dificultad y hacía el esfuerzo por recuperar el aliento.

 

— Sé bien que lo que sea que quieres mostrarme es muy importante para ti pero necesito un momento para descansar —le comentó Gino, respirando agitadamente y resbalándose sobre el tronco del árbol para caer al suelo.

 

Una persistente tos comenzaba a aquejarle en ese momento, dándole episodios en los que le dejaba sin aliento, mientras la jovencita se quedó parada en medio del sendero y lo miraba con bastante curiosidad.

 

“Quizás sólo quiere jugar”, le susurró a Gino una voz en su cabeza.

 

“Si es así, lo siento mucho pero no tengo las fuerzas para seguirle el paso”, pensó el joven, realmente fatigado.

 

“¿Y si en verdad necesita ayuda? ¿La vas a dejar aquí sola?”, volvió a decirle la misma voz en su mente.

 

Gino miró a la niña que se hallaba a algunos pasos de distancia de él, preguntándose cómo era posible que él se encontrara empapado de pies a cabeza mientras que ella parecía que el agua no le hacía el menor efecto pues su cabello lucía impecable y su vestido seguía ondeando con la suave brisa del bosque. En ese instante la jovencita comenzó a canturrear una canción en un idioma desconocido para él y en un tono de voz casi imperceptible, aunque el portero si logró escucharla con mucha claridad olvidándose de sus pensamientos anteriores, la melodía era un sonido muy hermoso y hasta se podría decir que mágico, el cual agradó mucho al joven.

 

— ¡Qué hermosa canción! —comentó Gino, a lo que la niña se giró a mirarlo con una expresión de verdadera sorpresa—. ¿Por qué cantas tan bajo? —preguntó él.

 

— ¿Escuchaste mi canción? — le preguntó la jovencita.

 

— ¿Puedes hablar? —cuestionó Hernández a su vez, enarcando una ceja y realmente sorprendido—. Además, ¿por qué no habría de hacerlo? Digo, está bien que estoy medio ido y lo que quieras pero no estoy sordo y cantas muy bien —comentó el joven, con toda naturalidad.

 

Por respuesta, la niña se quedó mirando al portero durante algunos minutos de una manera indescifrable y muy misteriosa.

 

— ¡Esta bien, vamos! —comentó de pronto, Gino cortando el momento y levantándose con cierta dificultad de su asiento—. Continuemos a donde quieres llevarme —le dijo a la niña con una sincera sonrisa, extendiéndole la mano.

 

La jovencita tomó de nuevo la mano del joven y en vez de continuar por el mismo camino en el que habían andado, esta vez giró hacia su derecha en un claro cambio de ruta, conduciéndolo a través de lo que parecía ser un túnel de helechos y enredaderas; al salir del túnel, una misteriosa bruma cubría el ambiente, la lluvia había cesado pero aún caían de manera espontánea algunas gotas desde las hojas y las copas de los árboles, haciendo que algunas de las ramas saltaran de vez en cuando al caerles las gotas de la lluvia.

 

— Este bosque es mucho más grande de lo que parece —comentó Gino, mirando a su alrededor y notando que parecía que los árboles a la distancia no tenían fin, no sabiendo determinar con exactitud la dimensión del terreno.

 

— Desde hace mucho rato que ya no estás en ese bosque —le dijo la niña sin detener su andar —. Nosotros somos capaces de atravesar lo que ustedes llaman realidades para poder llegar a cualquier bosque en el planeta.

 

— ¿Nosotros? —preguntó Gino, intrigado—. ¿Exactamente a que te refieres con la palabra “nosotros”, quiénes son ustedes? —se atrevió a cuestionar, no sin cierta aprehensión.

 

Gino había sospechado desde hacía tiempo atrás que esa niña no era normal pero no sabía definir qué clase de ser era; sin embargo, escucharla decir que no era como él le había hecho sentir escalofríos, pero antes de que ella pudiera decir algo más, la chica pisó muy a la orilla del sendero resbalando y perdiendo el equilibrio, para luego caer hacia uno de los lados del camino en donde había una pequeña hondonada de algunos metros de altura; Gino sin pensarlo se abalanzó sobre la jovencita, protegiéndola entre sus brazos y cayendo con ella entre los arbustos y ramas que crecían en el fondo, ocasionándose algunos golpes, rasguños y laceraciones en el cuerpo.

 

— ¿Te encuentras bien? —le preguntó el joven a la niña una vez que la soltó de su abrazo y ésta se incorporó, a lo que ella asintió con una señal afirmativa con la cabeza.

 

Al ponerse en pie, Gino sintió como sus molestias una vez más le recordaban que su condición se deterioraba rápidamente, sentía como su cuerpo ardía y el pecho le dolía pero se dijo que se encontraba más que perdido en ese inmenso bosque y no tenía más opción que continuar andando o seguramente moriría ahí, por lo que reanudó su caminata hasta llegar finalmente a un hermoso manantial de aguas cristalinas, el cual estaba escondido entre la frondosa vegetación y que era el desemboque de tres cascadas en su parte posterior.

 

En medio del estanque se hallaba una pequeña isleta en donde se encontraba un pequeño cachorro de un zorro blanco, el cual lloraba angustiado pues se hallaba encadenado entre las piedras; el pobre animalito forcejeaba intentando inútilmente liberarse de sus ataduras y ya tenía algunas heridas en las patas encadenadas. Gino, al verle, no pudo evitar sentir rabia por la condición en la que se hallaba el pequeño, por lo que una vez más se lanzó al agua sin pensarlo para llegar a la isleta, en donde con ayuda de una piedra golpeó las ataduras, sin importarle herirse en el proceso, hasta poder abrir los eslabones de las cadenas y liberar finalmente al cachorro.

 

Al ser rescatado, el pequeño zorro comenzó a brillar con mucha intensidad para luego elevarse en el aire, convirtiéndose en una hermosa silueta dorada que empezó a dar vueltas por el lago para después llegar al lado de la niña, quien se hallaba parada a la orilla del agua, siendo que el ahora zorro dorado brilló con aún más intensidad al absorber a la niña en su luz para luego fusionarse con ella; al final, la pequeña había desaparecido para dar paso a una hermosa mujer con sus mismas características. Desde el centro del lago, Gino había mirado realmente asombrado la escena sin poder dar crédito a lo que veía.


“En definitiva me estoy muriendo y ya alucino”, pensó el joven, respirando con mucha dificultad y comenzando a toser de nuevo con intensidad, por lo que decidió salir del agua.

 

Una vez que estuvo fuera del lago, Hernández se tiró a un lado de un gran tronco que yacía a la orilla del manantial, en donde se recargó intentando respirar sin que el pecho le doliera tanto.

 

— Te lo agradezco, haz liberado a mi espíritu —comentó la joven, llegando al sitio en donde Gino se había sentado.

 

— Me da gusto saber que pude serte de ayuda —respondió Hernández, con una débil sonrisa.

 

— Tienes un corazón noble, sincero y desinteresado —continuó diciendo la joven—. Eso ha permitido que pudieras liberar a mi espíritu. Por favor, permíteme recompensarte —le dijo la mujer, al tiempo en que extendía la mano para que él se levantara.

 

— No es necesario —dijo Gino, intentando tomar la mano pero sus fuerzas ya no le daban ni para sostener su brazo levantado.

 

Luego de un instante en el que el portero intentó reunir sus fuerzas, hizo el intento por levantarse pero ya no pudo sostenerse en pie por mucho tiempo, cayendo de nuevo al suelo; su pecho le dolía demasiado y la persistente tos se había apoderado de él, además de que sentía su cabeza estallar y el cuerpo arder.

 

— Lo siento mucho pero creo que hasta aquí pude llegar, ya no puedo continuar siguiéndote por más tiempo —le dijo Gino, con una ligera sonrisa—. En verdad que lo lamento pero estoy al límite de mis fuerzas y mi cuerpo ya no me responde —se disculpó el portero.

 

A estas alturas su cuerpo dolía tanto que hasta respirar era un gran esfuerzo para él y sentía que en cualquier momento podía perder el conocimiento.

 

— Por favor, anda y vete, no es bueno que te quedes aquí sola —le dijo a la mujer, cerrando sus ojos y dejándose llevar por la penumbra a la que la fiebre lo estaba sumergiendo—. Puede que mi final este cerca —susurró, para finalmente perderse en la obscuridad.

 

Mucho rato después, cuando el entrenamiento del Inter finalmente había concluido, algunos de los compañeros de equipo de Gino, quienes también conocían la ruta secundaria, decidieron tomarla debido a que los trabajos de mantenimiento aún continuaban en la otra vía, siendo que al pasar por la zona vieron el auto del portero mal parado y abandonado a pie de la carretera, reconociendo el vehículo al instante por lo que se detuvieron para averiguar qué era lo que había sucedido. Al acercarse al automóvil, sus compañeros vieron que éste se hallaba atascado en el fango y con la puerta del conductor abierta pero también notaron que el motor aún se encontraba encendido y con las llaves puestas en el interruptor, además de que la calefacción y la radio se encontraban prendidas.

 

Sus compañeros se preocuparon pues se veía claramente que el auto llevaba mucho rato ahí y sin embargo nadie se había detenido a ver que ocurría, como si no lo hubieran visto pues en el asiento del copiloto aún se hallaba la mochila de Gino en la cual estaba la cartera y el celular de éste; al instante ellos descartaron la opción de que Hernández hubiera abandonado el auto pues no se hubiera ido dejando así el vehículo, luego especularon en un posible secuestro situación que los alarmó pensando de inmediato llamar a la policía, pero antes de hacerlo uno de ellos encontró algunos pasos en el fango que se adentraban entre los árboles hacia bosque.

 

Luego de recapacitarlo un poco, los jugadores se decidieron a entrar al bosque a buscarlo, siendo que no habían caminado más de ochocientos metros de distancia desde la carretera cuando lo hallaron tirado en el suelo, inconsciente y ardiendo en fiebre, sólo medianamente protegido por unas cuantas ramas de árboles; en una de sus manos, había un brazalete dorado que tenía como adorno central el símbolo celta Triskel, que antiguamente se usaba para curar fiebres y heridas. Días después, Gino despertó en el hospital realmente confundido y sin saber bien qué había sucedido.

 

— Pescaste una fuerte neumonía por andar paseando en el bosque —dijo Valentino, uno de sus compañeros en la selección nacional, cuando éstos se reunieron para ir a visitarlo.

 

Gino poco a poco había comenzado a recordar lo que había vivido durante las largas horas que permaneció en el bosque por lo que les contó a sus amigos sobre lo que recordaba al respecto, siendo que el más religioso de ellos le dijo que la niña había sido enviada por dios para evitarle un accidente pues en su estado de salud seguramente hubiera terminado estrellándose al perder la conciencia y quizás hasta hubiera matado a personas inocentes en el proceso, ocasionando una carcajada irónica y sarcástica por parte de Salvatore Gentile quien también había ido a visitar al portero; otros menos conservadores le dijeron que había tenido mucha suerte de no desaparecer en el bosque, pues la chica seguramente era un ente maligno que deseaba perderlo como a tantos más ya les había sucedido con anterioridad.

 

— Quizás hubo algo en ti que hizo que te perdonara, dejándote para que te hallaran —comentó Alonzo, otro de sus compañeros.

 

— No tengo nada que pueda ser tan valioso —sonrió Gino, descartando todas las hipótesis de sus amigos.

 

— Efectivamente, no creo que haya algo que valga la pena en él —se burló Salvatore, pero con expresión que decía que claramente le alegraba que hubiera salido con vida.

 

Lo cierto era que su amabilidad y esa manía suya de ayudar desinteresadamente al prójimo habían sido la clave para que él se salvara pues a pesar de que la joven en un principio si había querido extraviarlo en el bosque, al haber notado su nobleza y la forma en la que él le había ayudado, se decidió a salvarlo y protegerlo. Una vez que sus compañeros se retiraron al terminar la visita, Gino miró las pulseras que traía puestas en sus muñecas las cuales estaba seguro de que no le pertenecían y al preguntar por ellas le dijeron que él las traía cuando lo encontraron, recordando en ese instante que la niña portaba unas similares, por lo que tomó su celular para buscar el significado de cada uno de los símbolos que tenían dichas pulseras, encontrando que algunos de éstos eran de origen vikingo y otros más de origen celta, siendo que cada uno de ellos tenía algún tipo de relación con la protección y seguridad de quien lo portaba, llegando a la conclusión de que, después de todo, las buenas acciones a veces si tenían sus recompensas.

 

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