Chapter Text
La niña lloraba. Otra vez.
Y Gi-hun no sabía qué hora era.
Sus manos temblaban mientras mecía con un poco de torpeza a la pequeña. Intentó tararear una canción de cuna, sus ojos moviéndose de vez en cuando con alerta en dirección al resto de la habitación. «Si ellos despiertan y deciden atacarme, no estoy seguro de poder hacer algo al respecto. No cuando tengo a la pequeña de 222.»
Ya no sabía ni siquiera si la sangre que llevaba encima pertenecía a Jung-bae o si era suya. No es que le importara, de todos modos.
Volvió su mirada a la pequeña cuando el llanto se intensificó. Su expresión se relajó. Dejó de moverse inquieto por la sala y volvió a sentarse en la orilla de la cama, asegurándose de que la bebé estuviera abrigada con las chaquetas.
Solo sabía que temblaba.
Y que la bebé lloraba.
Y que nadie venía. Que estaba solo. Con un pequeño bulto en sus brazos.
— Está bien... —susurró, con una sonrisa temblorosa.— Estoy aquí.
Seguía meciéndola, aunque los dedos ya no le respondían como antes.
Ni siquiera sabía si lo estaba haciendo bien.
No sabía si ella iba a sobrevivir.
No estaba seguro de cuánto más resistiría, de cuánto más podría seguir protegiéndola.
Había hecho una promesa.
No había comido. No quería hacerlo.
Todo lo que le quedaba lo tenía en brazos.
Envuelta en su chaqueta y en la de 222.
«Por favor…»
Suplicó con la mirada, como si esa simple acción pudiera hacer que la niña dejara de llorar en ese instante.
Como si pudiera hacerle entender que debía guardar silencio si quería sobrevivir, aunque sea un día más.
Entonces lo escuchó.
No, no eran los ronquidos del jugador 100 o los sollozos y murmullos de 125.
Se encogió, sus brazos envolviendo protectoramente a la pequeña lactante, cuando el pestillo cedió en un suave clic.
«¿Por qué…?»
Su ceño se frunció, sus dedos hundiéndose en la niña, queriendo creer que era una pesadilla.
Ahí estaba.
El sonido de los pasos.
De las botas de cuero entrando en contacto con el suelo.
La figura oscura que se dirigía a ellos con pasos calmos, mientras el resto de jugadores dormían, inconscientes del peligro que permanecía con ellos en la misma habitación.
Gi-hun tembló.
No por miedo. No por él.
Por la niña, que se retorcía y lloraba, como si sintiera que algo se había quebrado en el hombre que lo estaba dando todo por ella.
Por una promesa. Por la poca humanidad que se aferraba a conservar, hasta su último aliento.
— ¿Q…qué quieres? —su lengua se sentía pesada. El ambiente se sentía jodido.
No se habían vuelto a ver desde la muerte de Jung-bae.
El Líder dudó antes de arrodillarse con un movimiento lento. En realidad… como si temiera asustar más de la cuenta a Gi-hun.
Y apenas en ese instante, el azabache fue capaz de entender las intenciones del hombre que había asesinado a cientos de inocentes.
— No vengo a hacerte daño, 456. —lo confirmó, cuando en su mano se vislumbró una botella. Pequeña.
Un biberón transparente, con leche.
In-ho se inclinó ligeramente sobre Gi-hun, deteniéndose cuando el contrario se echó hacia atrás, protegiendo a la niña de él.
— 456…
Gi-hun apretó los dientes. — ¿Cómo puedo estar seguro de que no planeás deshacerte de ella? —escupió, conteniendo la rabia y el veneno en cada sílaba.
El silencio duró solo unos pocos segundos antes de que respondiera:
— Porque ya lo habría hecho.
Volvió a inclinarse sobre ellos, ofreciendo la mamila.
El silencio volvió cuando la pequeña comenzó a tomar de forma desesperada del biberón, que sostenía In-ho.
Algo se retorció en el pecho de Seong, mientras su mirada permanecía clavada en el hombre arrodillado frente a él, alimentando a la niña.
— ¿Aún creés que podrías haberla salvado? —murmuró In-ho, sin mirarlo del todo.
No sonaba a reproche.
Sonaba… a derrota.
La pregunta flotó en el aire.
Pero no hubo respuesta.
No cuando algo en Gi-hun parecía estarse rompiendo. Pieza por pieza.
In-ho levantó ligeramente la cabeza, sin apartar la mano de la bebé, la cual seguía succionando la mamila con fuerza.
Su mirada buscó la de Gi-hun.
Y lo que vio… lo dejó inmóvil.
Las lágrimas seguían corriendo por las mejillas del jugador 456, cubiertas de heridas y pequeñas cicatrices.
No hubo gritos, ni sollozos, ni ninguna clase de sonido que delatara la tormenta en su interior.
Y In-ho tampoco profundizó en eso.
Volvió la mirada a la niña y suspiró.
«Lo siento.»
«Gi-hun… perdóname por matar a Jung-bae.»
Quiso decirlo.
Pero no encontró las palabras.
Ni la fuerza.
Ni la voluntad.
