Chapter Text
El oriundo de Snezhnaya acomodó su máscara con delicadeza antes de caminar con confianza al salón principal de la Opera de Fontaine. Trajes elegantes, vestidos extravagantes y máscaras de decenas de distintos colores cubrían las identidades de los presentes en la gala organizada por la ex-arconte hydro. Tartaglia solo era uno de los tantos invitados que habían sido citados a participar de una velada privada en la Ópera de la Epíclesis.
Al heraldo no le emocionaba mucho la idea de los bailes de máscaras, pero solo estaba ahí por dos razones: complacer a su reina, quien lo obligó a asistir para mantener las formalidades y la buena relación con Fontaine; la otra es Lumine. Simple y puramente Lumine. No había tenido oportunidad de hablar con ella en privado desde que sus caminos se cruzaron gracias a Arlecchino, así que solo deseaba poder verla otra vez y quizás invitarla a bailar aunque sea una vez.
No había mucho por hacer más que esquivar a los invitados deseosos de tener una charla con el onceavo heraldo y escapar de la mirada de halcón de La Sota, quien tenía la tarea de vigilarlo para que no causara ningún estrago en la elegante fiesta. Childe rodaba los ojos cada vez que veía a Arlecchino voltear hacia él, obligándolo a mezclarse entre la burguesía de Fontaine y ser cortés y elocuente.
El heraldo prefirió buscar un rincón en el gran salón cercano a la mesa de bebidas y se sirvió una copa de vino. Mientras observaba a su alrededor en busca de matar el tiempo, Tartaglia le dio la vuelta a la copa envuelta con sus dedos y bebió un trago, suspirando por el hastío que le hacía imposible disfrutar de cualquier aspecto de la fiesta. «Qué aburrido», se dijo a sí mismo. ¿Por qué su reina lo obligaba a asistir a estos eventos sin razón alguna? ¿Qué podría hacer o decir él que ya no hiciera la mismísima Arlecchino?
De repente, algo captó rápidamente su atención y bajó la copa a la altura de su torso: una preciosa muchacha de cabellos dorados con un elegante vestido de un hipnotizante azul grisáceo apareció en su periferia. Ella reía al caminar acompañada de la presidenta de Spina Di Rosula y la verdugo del justiciazgo de Fontaine. Una máscara que combinaba perfectamente con su vestimenta la salvaba de ser el centro de atención de toda la fiesta. Su peinado era simple, pero lo suficientemente diferente como para que su identidad no sea tan absurdamente descifrable. Sin embargo, bastó solo con una mirada que recorría la suave piel de sus brazos para distinguir restos de cicatrices que Tartaglia fácilmente podía reconocer. Después de todo, muchas de ellas las provocó él mismo.
Childe dio un paso al frente y dejó la copa sobre la mesa. Quería acercarse a ella, charlar, quizás reírse de los ridículos accesorios que usaban algunos invitados y beber algo juntos, pero no sabía exactamente cómo tener un poco de privacidad entre tanta gente, ruido y música clásica desbordando el salón. Lumine se alejó unos metros de él y Childe, algo exaltado, decidió buscar una manera sutil de seguirla para no perderla de vista. Se vio obligado a caminar alrededor de la pista de baile, donde algunas parejas seguían el ritmo de la música y exponían sus vestimentas extravagantes al público.
Un tirón en su brazo lo hace detenerse repentinamente. Sabe de quién se trata con tan solo sentir las uñas filosas clavándose en su ropa.
—Monsieur Neuvillette quiere hablar contigo —dice Arlecchino, con su típica mirada seria dibujada en su rostro—. ¿A dónde vas?
—¿Tiene que ser ahora? —Childe se libera de su agarre, listo para seguir caminando en dirección contraria. La Sota le sigue el paso, quitándose su máscara para mirarlo fijamente.
—No quiero ser tu niñera durante toda la fiesta. Solo habla con él y acepta sus disculpas, ¿de acuerdo? Es por eso que estás aquí —respondió con desgano, no dejando lugar para remates o excusas. Childe volvió a rodar los ojos y asintió con la cabeza.
—Lo haré más tarde, no te preocupes. —En respuesta, Arlecchino regresa a ocultarse tras su máscara y retrocede un paso, forzosamente confiando en la palabra de su colega.
Esa tontería hizo que, al voltearse, Childe perdiera de vista Lumine. Sus ojos navegaron en el mar de personas dentro de la mascarada, pero no consiguió hallar ni un rastro del cabello dorado de la viajera o de su precioso vestido azul pálido. Él se lamentó por no haber podido siquiera acercarse a ella, así que siguió caminando sin rumbo a la espera de poder volver a cruzarse con la máscara plateada cubierta de piedras preciosas.
No pasó demasiado tiempo hasta que, durante un momento de distracción, Childe sintió una mano ajena posándose en su espalda con delicadeza. La dulce pero asertiva voz de Lumine envió un escalofrío por su espalda. —¿Buscabas a alguien? —preguntó ella sonriendo.
—¿Te escondías de mí, camarada? —el heraldo soltó una risa corta al poder verla a los ojos a través de la máscara. Eran evidentes sus intentos de camuflar su identidad tras los accesorios, el maquillaje y los delicados manierismos que acompañaban su lenguaje corporal.
—Al contrario. Yo te buscaba a ti.
—¿Se te ofrece algo? —Childe alzó una ceja de forma juguetona—. Debo admitir que luces hermosa esta noche.
—Tu también te ves muy apuesto, pero… —Lumine se mordió el labio a mitad de su oración. Su mirada pareció perderse rápidamente en algún punto de su cuerpo, quizás hipnotizada por los detalles bordó y plateados en su bléiser y algunas de las insignias fatui que cuelgan a la altura de sus pectorales.
—¿Ajá…?
—Te lo diré más tarde —finalizó.
Lumine sonrió de lado, mientras que Childe se quedó enmudecido por un momento. Abrió la boca para reír, pero terminó respondiendo con un tinte de amargura en su típica voz burlona. —Así que me dejas con la intriga. ¿Qué hice para merecer esto?
—Tú desapareciste más de un mes en el fuerte Merópide, creo que esa fue demasiada intriga para mí.
—De acuerdo, de acuerdo, eso es justo. —Childe tomó el extremo de su máscara y la elevó lo suficiente para dejar su rostro al descubierto. Su expresión se tornó seria al instante—. Lo lamento, por cierto. No fue mi intención preocuparte.
Aunque no tuvieron la oportunidad de hablar con tranquilidad después de lo ocurrido, ambos sabían que tarde o temprano se verían obligados a tener esas conversaciones incómodas donde tanto él como ella deberían aclarar una o dos cosas. Después de lo ocurrido en Fontaine, e incluso después de todo el tiempo que llevan conociéndose, su relación seguía siendo un misterio para ambos.
—Oh, está bien… Me alegra que estés bien. Ya tendré tiempo para asesinarte yo misma por no ser más cuidadoso —Lumine aclaró su garganta y evitó discusiones mayores con una respuesta corta pero clara. Rápidamente, la viajera cambió de tema—. Fue una sorpresa encontrarte aquí. Creí que te tomarías el tiempo para recuperarte.
—Me obligaron a venir. Pareciera que a ti también, muñeca.
Con una sonrisa tímida, Childe acercó lentamente su mano cubierta en un guante negro y acarició con gentileza la mejilla de Lumine, la cual se tornaba ligeramente roja con su tacto. Las yemas de sus dedos fue subiendo cautelosamente hasta rozar el borde de la máscara blanca, y en un intento por revelar el rostro de la dama frente a él, buscó levantarla hacia arriba.
—Oh, no me la quites. —Ella se defendió, tomándolo del brazo y obligándolo a quitar su mano de su rostro—. No planeo que nadie sepa que estoy aquí, estoy comenzando a odiar ser el centro de atención en cada lugar al que voy. —Su mirada pícara no se desvaneció en ningún momento, y hasta se mezclaba con cierta melancolía tras no poder dejarlo terminar con su acción.
—Ah, ¿así que puedo sacarte a bailar sin comprometer nuestra imagen? Creí que tendría que rogarte para que te animes a estar cerca de mí en público.
—Oh, bueno… —ella rodó los ojos divertida, fingiendo meditar su respuesta por un momento—. Solo esta vez.
Childe se preparó para hablar, pero nada salió de su boca. En su lugar, extendió su mano hacia ella y esperó pacientemente a que ella la recibiera. «Es perfecta», pensó para sí mismo. Caminó hacia adelante y dejó salir su lado más confiado, donde se permitía a sí mismo bailar al ritmo de la música clásica mejor de lo que mucha gente imaginaría.
Una mano viajó a la cintura de Lumine y presionó con suavidad para atraerla un poco más hacia ella. Las parejas bailando a su alrededor se mantenían ajenas a los lentos movimientos de la pareja por integrarse con la música en el centro del Palacio Mermonia. Lumine observó a Childe en silencio, dubitativa antes de agarrarse de su cintura al igual que las otras mujeres de la pista.
Su precioso vestido celeste se movió con gracia a medida que ambos encuentraron el ritmo ideal y se movieron acorde a este. El mundo pareció hacerse cenizas a su alrededor cuando ellos se miraron el uno al otro fijamente, intentando coordinar sus pasos simplemente con la conexión que fluía a través de sus cuerpos. Después de un comienzo tranquilo y elegante, la música dio un pequeño giro y los obligó a acelerar ligeramente el ritmo, provocando que Lumine tambaleara un par de veces. Un giro lento que debió verse perfecto a ojos de los espectadores se vio arruinado en cuando la viajera casi se torció el tobillo por un movimiento mal calculado. Childe se rio en voz baja mientras Lumine susurraba insultos leves por el dolor en su pie.
—Creí que eras mejor que esto —mencionó él con ironía.
—No me acostumbro a estos zapatos… y al vestido, y a… todo esto. —La pareja volvió a la pareja inicial, moviéndose de un lado a otro mientras se sostenían mutuamente. Lumine se acomodó su máscara para evitar que esa se cayera a causa de su estupidez.
—Yo tampoco. Te ves más linda cuando peleas.
—¿Contigo?
—Conmigo en especial.
Childe le guiñó un ojo, con la confianza desbordando de su ser. A diferencia de ella, Childe realmente estaba disfrutando ese pequeño momento con ella, incluso si no tenía la libertad para decir o hacer todo lo que tenía en mente. Lumine, por otro lado, parecía más molesta que de costumbre.
—Ugh, ni siquiera sé por qué acepté venir. Creo que me dejé influenciar mucho por Clorinde y Navia… Al menos no tengo a la mitad de los invitados elogiándome y haciéndome preguntas sobre mis viajes como normalmente lo hacen.
—Te admiran, ¿acaso puedes culparlos? —preguntó Childe intentando mostrarse lo más sereno posible, buscando contagiarle un poco de su buen humor. Ella suspiró y cerró los ojos para tranquilizarse. Sus mejillas seguían enrojecidas, quizás por la vergüenza de tener que ser la única al borde caerse en el precioso palacio de Fontaine.
—Supongo que extraño ser una desconocida. Todos saben mi nombre y el de Paimon, no importa a dónde vayamos —respondió con franqueza. Tartaglia simplemente asentía con la cabeza mientras mantenía parte de su atención en el baile. Su mirada se suavizó apenas ella comenzó a dudar cada vez que tenía que dar un paso.
—Sí, lo entiendo. Los Heraldos Fatui vivimos algo parecido en Snezhnaya. —Él hizo una pausa corta en la cual ambas manos presionaron con fuerza la cintura de Lumine. Con sus ojos observando al resto de parejas a su alrededor, respiró profundo y advirtió—: Agárrate.
Ella rápidamente se aferró a sus bíceps y trató de endurecer su cuerpo. Childe la elevó sin pensarlo, como si fuera una pluma, girando sobre su propio eje al son de la sonata que la orquesta tocaba para ellos. La viajera se sorprendió por un momento, pero no protestó por el repentino movimiento del heraldo.
—¿Desde cuándo bailas tan bien? —cuestionó Lumine.
—Tuve que tolerar alguna que otra clase de etiqueta cuando me ascendieron. Sé una cosa o dos sobre estos eventos estúpidos.
Al finalizar el clímax de la canción, Childe regresó a Lumine a su lugar. A ella le tomó unos segundos para estabilizar y no tropezar con sí misma y sus tacones de aguja. Sacudió sus pies en un impulso involuntario para asegurarse de no estar pisando su vestido largo.
—Bueno, al menos no haces el ridículo como yo. —Ambos rieron, con el ambiente sintiéndose cada vez más ligero. Ella se preparó mentalmente para continuar bailando, esperando a que Childe fuera el que la obligara a volver a seguirle sus pasos. Sin embargo, él se perdió en su mirada y en los delicados detalles y accesorios que acompañan y complementan la belleza de su rostro.
—Extraño la flor de tu cabello —murmura Childe, haciendo caminar una mano por su cabello y enredándola con un mechón rebelde que se escapaba del peinado de Lumine. Ella cerró sus ojos de solo sentir el calor de su cuerpo chocar con sus poros, embriagada por la sutil sensación que tanto había extrañado.
—Esa flor literalmente grita “Lumine“ en cuanto la ves —respondió la viajera—. Yo también la extraño.
—Bueno, quizás deberías ir por ella. Te ves más hermosa así.
Su mano continuó viajando por cada centímetro de su piel satinada y regresó a acariciar sus mejillas carmesí. Sus dedos juguetearon con la punta de su máscara, la cual estaba atada a un hilo que rodeaba la cabeza de Lumine. Moría de ganas por quitársela y poder ver su rostro sin tontas restricciones. Sin poder resistir la tentación, volvió a intentarlo: su corazón casi se rompió al ver que obtuvo los mismos resultados. Su doncella lo hizo apartar la mano y alejarse de su mano, negando con la cabeza con reluctancia. Ni siquiera ella lo quería de esa forma, pero no podía permitirse dejar al descubierto su identidad.
Lumine bajó la cabeza como si algo le avergonzara. En respuesta, Childe aprovechó a mirar a su alrededor: pudo ver a La Sota en una charla con el actual gobernante de Fontaine. De repente recordó la razón por la cual él estaba en esa fiesta y lo que realmente debería estar haciendo. Arlecchino lucía demasiado distraída, puramente dispuesta a hacer una tarea a la vez.
«Es hora o nunca.»
—¿Y si huimos de aquí? No me apetece seguir mis clases de etiqueta hoy.
Lumine abrió los ojos con sorpresa. La sonrisa de oreja a oreja de Childe la agarró desprevenida, pero en vez de crear suposiciones o de cuestionar su repentino cambio de opinión, ella suspiró aliviada. Con una expresión pensativa, fingió estar meditando sus próximas palabras, con una sonrisa amenazando con dibujarse en su rostro impulsivamente.
—Sabes, tú también te ves muy apuesto así, con ese traje... —Lumine esperó a que él comprendiera sus palabras, y él solo la miró con una ceja alzada, esperando a que ella finalmente termine su frase y acabe con la intriga que lo ha estado devorando durante todo el baile.
—¿Pero?
—Te verías mejor sin él.
Childe se puso rojo como un tomate. Rápidamente se quitó su máscara y la dejó caer al suelo, sin importarle que alguien más se apropie de ella.
—Salgamos de aquí antes de que te bese en público.
