Chapter Text
La arena se aferraba a los pliegues de su túnica, seca, molesta, imposible de ignorar. Cada paso levantaba pequeñas nubes polvorientas, y el calor comenzaba a ceñirse al grupo, mujeres y hombres empapados de sudor, sus posturas mostraban cansancio. Sin embargo, conversaban con alegría, como si el sol abrazador o la suciedad sobre sus ropas no eran impedimento alguno para sentir euforia. Era esa especie de alivio que llega después de una enseñanza intensa, cuando las palabras de su Rabí aún giraban dentro del pecho, tratando de encontrar un sitio donde asentarse.
Mateo lo sentía, una calidez dentro de su cuerpo, que lo envolvía lentamente, como los pocos abrazos que le dio su padre, hasta que el niño cometía un error y el hombre le daba la espalda, ignorándolo, olvidándolo.
La calidez desapareció, su mente volvió a la realidad, como siempre lo hacía. Ahora lo único en lo que podía pensar era el cómo su túnica, meticulosamente doblada en la mañana, tenía manchas de tierra en los bordes, una arruga que no había previsto bajo el codo izquierdo y el cómo el sudor de su cuerpo hacía que la tela, una vez flexible, se volviera rígida. Como él mismo.
No era importante, lo sabía. Pero, aun así, lo sentía como un pequeño desorden dentro del pecho.
Mateo caminaba en medio de ellos, como siempre. Ni al frente ni al final. Ni demasiado cerca para parecer ansioso, ni tan atrás para parecer distante. Algo que aprendió desde niño era que mientras más se mezclara, menos se destacaría.
Y otra cosa que aprendió Mateo es que rara vez funcionaba.
Había una voz que atravesaba todas las demás, como el filo de un cuchillo bien afilado. Una voz que cortaba el aire y, a veces, cortaba algo más. Pedro, como siempre, hablaba más fuerte. Más rápido. Como si sus ideas se empujaran entre sí para salir primero.
—¡¿Otra vez estás repitiendo eso de los higos, Mateo?! —dijo Pedro, sin malicia, pero sin filtro, al escucharlo recitar el precio promedio del fruto en los mercados de Cafarnaúm.
Mateo se detuvo en seco. Su espalda se tensó. El murmullo del grupo cesó por un instante.
"¿Por qué no puedes comportarte como los demás niños, Mateo?"
Cerró los ojos un instante. La voz de Pedro lo atravesaba como el eco de otra más antigua, más cruel, que aún resonaba en algún rincón de su cerebro, no del todo olvidado.
Abrió los ojos y bajó la mirada a sus sandalias. Contó los pasos entre él y Pedro: siete. Dio un paso atrás, ocho era un número par, equilibrado, cómodo. Respiró.
—Era relevante para la comparación que hacías con el pan, y su valor relativo en tiempos de sequía —respondió Mateo, sin levantar la mirada—. La analogía no era precisa.
—¡Claro que no era precisa! Es solo una forma de hablar —resopló Pedro, con una risa seca—. A veces no entiendo por qué necesitas corregir todo lo que digo.
La voz de Pedro tenía un ritmo que conocía demasiado bien: directo, sin filtros, impulsivo. Su padre hablaba así.
Mateo no respondió. Solo siguió caminando.
Pero por dentro, su calma empezaba a agrietarse.
Su infancia no había sido infeliz, pero había sido… distinta. Desde pequeño, supo que no era como los otros niños. Las multitudes le abrumaban, los ruidos repentinos le herían, los cambios lo desconcertaban profundamente. Recordaba cómo lloraba cuando su madre intentaba cambiarle la túnica por otra de distinto tejido. Cómo se acurrucaba en un rincón cuando los invitados hablaban todos a la vez. Cómo su cuerpo temblaba ante el caos de una celebración.
Encontró su refugio en la contemplación de patrones.
La luz que entraba por las rendijas de la ventana al amanecer. El ritmo de los pasos de su madre al subir la escalera. El crujido exacto del pan cuando lo partían. Y también, por desgracia, el patrón de su padre al alzar la voz.
Primero venía el suspiro. Luego el gruñido. Y después la sentencia, como un martillo cayendo sobre piedra.
—¡Mateo, basta ya!
No siempre por algo importante. A veces por no mirarlo a los ojos. Por alinear piedras en el patio. Por hablar cuando no era el momento, o por guardar silencio cuando se esperaba una respuesta.
Su padre no era cruel. Pero era como un recipiente desbordado. Tenía una forma fija, y todo lo que no encajaba, lo derramaba.
Y ahora, años después, ese eco volvía en la figura de otro hombre.
Esa noche acamparon junto a un olivar. El fuego crepitaba, y los discípulos compartían lo poco que tenían: pan, aceitunas, risas. Pedro contaba una historia de pesca —una de esas que Mateo ya había oído dos veces— pero la contaba como si fuera nueva, como si cada detalle fuera una moneda recién pulida.
—Y entonces, cuando el pez jaló, casi me lleva con él. ¡Por poco Simón termina en el agua! —gritó Andrés entre risas.
—No “por poco” —respondió Pedro—. ¡Me llevó! Y si no fuera por mi fuerza, ese monstruo me habría arrastrado hasta Tiro.
Las risas estallaron. Mateo observaba desde la periferia, a unos pasos del fuego. Tenía su tablilla sobre las piernas. No escribía. Solo pasaba el dedo por el borde de la madera, sintiendo la suavidad que ya conocía de memoria.
De pronto, la voz de Pedro volvió a subir, no de alegría esta vez, sino de frustración.
—¡Ni si quisiera debíamos estar pescando esa tarde! Todo era para pagar los malditos impuestos — su voz, casi en un susurro, tenía filo. Por un instante, sus ojos se posaron en los suyos.
"Tienes que endurecerte, hijo. El mundo no va a cambiar por ti."
Mateo sintió un escalofrío. La misma discusión. Otra voz. Otro cuerpo. Misma esencia.
Pedro rió de nuevo, como si de un chiste se tratase, y fue como si su padre se sentara al fuego disfrazado con otro rostro. Mismo temple. Mismo desprecio inconsciente. Mateo no creía que Pedro quisiera herirlo. Solo no sabía cómo evitarlo. Como si cada palabra suya llevara espinas sin darse cuenta.
Se levantó en silencio y se apartó del fuego.
Su padre, un hombre de pocas palabras y muchos juicios, no sabía qué hacer con él.
Era un hombre que conocía la ley, la autoridad, la estructura. No entendía por qué su hijo no podía simplemente “comportarse como los demás”. Mateo recordaba los silencios prolongados durante las comidas, las miradas severas, el leve temblor en los dedos de su padre cuando él cometía alguna “rareza”.
Una vez, siendo niño, ordenó las vasijas del mercado por tamaño y color mientras su padre negociaba. Cuando este lo vio, lo tomó del brazo con fuerza.
—¡Esto no es un juego, Mateo! ¡La gente creerá que estás enfermo!
A Mateo le dolió más la vergüenza en la voz de su padre que el apretón en el brazo.
Mateo estaba despierto.
Era el desvelo que nace de una mente que no deja de pensar.
Sentado junto a una roca, con la espalda encorvada y las manos cruzadas sobre el regazo, observaba cómo la brisa movía la hierba. El vaivén era reconfortante. Comprensible.
Era una de las pocas cosas que podía entender sin esfuerzo.
Sus ojos se posaron en la figura dormida de Pedro.
Mateo no odiaba a Pedro. De hecho, había momentos en los que lo admiraba. Su fe ardía como una antorcha. Su lealtad, aunque impulsiva, era genuina. Pero esa intensidad también era peligrosa. Su manera de hablar, de mirar, de llenar el espacio con su presencia… le provocaban una reacción visceral, casi involuntaria.
Cuando Pedro alzaba la voz, su cuerpo se encogía. Cuando fruncía el ceño, su mente comenzaba a correr como un animal atrapado.
No era miedo del todo. Era más profundo. Más enredado.
“Tienes que hacerte oír, Mateo. Tienes que ser fuerte. ¿Qué clase de hombre vas a ser si te escondes cada vez que alguien levanta la voz?”
Y todo en él le recordaba a su padre.
Mateo cerró los ojos.
