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La Duquesa de Amaranthus

Summary:

Un breve relato sobre el trágico romance entre una doncella humana y una duquesa vampira.

Notes:

Obra publicada en español e inglés.

Work Text:

Eres la joven doncella de la familia Convalaria, una conocida familia de nobles que habita en el Reino de Gerbera. Una mañana de primavera, mientras paseas por los jardines del palacio familiar, llega un mensajero montado a caballo. El joven mensajero trae consigo un pergamino sellado con el emblema de la Duquesa Camelia de Amaranthus. La invitación es clara:

“La Duquesa Camelia solicita la presencia de la honorable familia Convalaria en la celebración del equinoccio de primavera, que tendrá lugar el próximo miércoles en el Castillo de Amaranthus.”

Tus padres, los Condes Convalaria, se sienten honrados. Sin embargo, justo el mismo día de la celebración, deben partir hacia el lejano Reino de Muscaria para asistir a una importante reunión. Por lo que se decide que asistirás sola, acompañada únicamente por tu dama de compañía y escoltada por dos caballeros de confianza.

Cuando por fin es miércoles, te sientes nerviosa, pero a la vez emocionada. Es tu primera aparición oficial en un evento de tal magnitud. Al llegar la tarde, te montas en el carruaje junto a tu dama y a los dos caballeros.

El castillo se alza sobre los acantilados del Mar de Acropora. La Duquesa Camelia, vestida con un vestido de seda negra, te recibe con una enigmática sonrisa.

- Bienvenida, tú debes ser la hija de los Convalaria. Tu presencia era esperada.

La fiesta transcurre entre risas, copas y música. Tú, aunque deslumbrada por la belleza del lugar, no puedes apartar la vista de la Duquesa. Había algo en ella que llamaba tu atención. No era solo su belleza, ni su largo vestido de seda. Era su misteriosa aura.

Durante la cena, la Duquesa Camelia se sienta junto a ti y te habla en voz baja:

- Has estado observándome. No con curiosidad, sino con deseo. Eso es inusual entre las nobles jóvenes.

Tus mejillas se sonrojan, pero no niegas nada.

- Si me permite decirlo, encuentro curioso que alguien tan joven como tú sea Duquesa. Y aún más intrigante que viva sola en un castillo tan enorme. ¿Sería muy irrespetuoso de mi parte preguntarle su edad?

- ¿Mi edad? - repite, como si la palabra le resultara ajena - Veintisiete, querida.

Después del brindis, Camelia toma tu mano y te conduce hacia el centro de la sala. La música cambia a una melodía más intensa. Las miradas de los invitados se alzan sobre vosotras, pero nadie se atreve a interrumpir. Nadie se atreve a comentar. La Duquesa había elegido a su pareja.

Camelia coloca una mano en tu cintura, mientras la otra sostiene la tuya. Tú, aunque nunca habías bailado un tango en público, te dejas guiar. Cada paso representa una conversación muda, cada mirada una confesión. La Duquesa bailaba como si hubiera vivido mil vidas y en todas ellas hubiera amado.

Cuando la música alcanza su final, Camelia te gira con elegancia y te sostiene justo antes de que vuestros cuerpos se separen. El silencio que sigue es tan profundo como la última nota.

La Duquesa se inclina y te susurra:

- Ahora ya no puedes volver atrás.

La noche se fue desvaneciendo lentamente. Las risas se apagaban, las copas se vaciaban, los invitados se despedían. Es cerca de la una de la madrugada cuando decides acercarte a la Duquesa para agradecerle la velada. Camelia está de pie junto a una columna, con una copa de oscuro vino en la mano y la mirada perdida en algún punto del salón.

- Ha sido una noche inolvidable - dices con una ligera reverencia - Gracias por su hospitalidad. Creo que es hora de regresar.

La Duquesa se gira lentamente, como si despertara de sus profundos pensamientos. Su expresión es serena, pero sus ojos brillan con algo más que cortesía.

- ¿Tan pronto? - pregunta con voz suave - El castillo es más hermoso cuando duerme. Y hay habitaciones de sobras.

No era costumbre quedarse sin previo aviso, y tus padres te habían enseñado a no aceptar hospitalidad innecesaria. Pero la forma en que Camelia lo pedía… como si no fuera una simple invitación, sino el destino de tu viaje.

- ¿No le incomodaría? - respondes.

La Duquesa sonríe, esta vez con una calidez inesperada.

- Me incomodaría más que te fueras justo cuando la noche empieza a brillar.

- Entonces… me quedaré. Pero primero debo avisar a mi dama y a mis caballeros de que pueden regresar sin mí.

La Duquesa asiente con aprobación. Tú te diriges al vestíbulo, donde tu dama y los dos caballeros te esperan.

- La Duquesa me ha ofrecido quedarme esta noche en el castillo. No es necesario que ustedes permanezcan. Regresad al palacio y, cuando vuelvan de Muscaria, avisad a mis padres de que estoy en buenas manos.

La dama frunce el ceño, pero le tomas las manos con suavidad.

- Confía en mí. No es una decisión impulsiva.

Los caballeros intercambian miradas, pero no cuestionan la orden. Con una reverencia, se retiran hacia el carruaje junto a la dama.

La Duquesa te conduce por un largo pasillo hasta una elegante habitación de invitados. Te muestra el baño contiguo. Luego, del armario, saca una túnica y unas zapatillas.

- Para que estés cómoda. Si necesitas cualquier cosa, puedes encontrarme en la gran habitación al final del pasillo.

- ¡Espera! - exclamas antes de que Camelia se retire - No me dejes sola…

- ¿Por qué? No me digas… ¿Acaso te da miedo la oscuridad? - dice ella con una sonrisa burlona.

- Tu castillo es muy grande y oscuro… - respondes avergonzada.

La Duquesa sonríe con un destello travieso en los ojos y se acerca despacio.

- Entonces… esta noche dormirás en mi cama - dice con naturalidad - Así no tendrás que temerle a la oscuridad.

Camelia abandona la habitación y la sigues en silencio. Al atravesar el pasillo, llegáis frente a una gran puerta de madera oscura. La Duquesa la abre, revelando una amplia habitación. Sin mirar atrás, entra, seguida por ti. Se acerca al armario y cambia su atuendo ante ti. Después, se sienta en la cama y retira sus pendientes, colocándolos suavemente sobre la mesita de noche. Tú, aún algo tímida, retiras tus prendas actuales y te envuelves con la túnica prestada. Te acomodas al borde de la cama y te descalzas.

Sin palabras, ambas os deslizáis bajo las sábanas de seda, rodeadas por un incómodo silencio. Camelia apaga de un soplo la vela con la que te había guiado hasta aquí.

- Buenas noches, querida - murmura.

- Buenas noches - respondes, cerrando los ojos mientras la oscuridad os envuelve.

Pasados unos minutos, el silencio empieza a pesar. Giras sobre tu costado, colocándote en una postura que te permite observar a Camelia, quien, con los ojos abiertos, observa el techo en silencio.

- ¿No puedes dormir? - preguntas en voz baja, temiendo molestar a la Duquesa.

- No - responde la Duquesa tras una pausa - En realidad… prefiero dormir de día.

- ¿De día? - repites confundida.

- Tú tampoco puedes dormir, ¿verdad? - responde Camelia, tratando de desviar la conversación.

Ambas mujeres os miráis en silencio. Finalmente, la Duquesa rompe el hielo acercándose lentamente a tus labios y dejando un suave beso sobre ellos. Camelia y tú os besáis apasionadamente. Poco después, todo se vuelve mucho más íntimo.

Tras una ardiente noche, tus ojos se abren al encontrarse con los primeros rayos de luz que atraviesan la ventana y se filtran entre las grandes cortinas. Para tu sorpresa, la Duquesa no se encuentra a tu lado.

Te levantas, te envuelves en la túnica que estaba tirada en el suelo, te colocas las zapatillas, y abandonas la habitación. Caminas por el castillo hasta que un leve olor metálico te rodea. Te detienes frente a una puerta entreabierta y la empujas con cautela. Dentro, grandes cortinas bloquean completamente la luz.

La Duquesa se encuentra allí, débilmente iluminada por un par de velas, sentada en un sillón de terciopelo negro y sosteniendo una copa de cristal en la mano. En su copa, un extraño líquido rojo brilla con una intensidad inquietante. Al verte, sonríe con una calma que hiela la sangre.

- Despertaste temprano - dice antes de dar otro sorbo.

- ¿Qué… qué estás bebiendo? - preguntas con la voz temblorosa, sin poder ocultar el miedo.

- ¿Esto? - dice la Duquesa mientras levanta la copa con elegancia - Zumo de tomate. Escuché que es efectivo contra la resaca.

- Mi señora - murmuras con voz dudosa - Debo regresar a mi hogar antes de que lo hagan mis padres.

- ¿Tan pronto? - responde ella apenada - Me siento muy sola aquí… ¿Por qué no te quedas unos días más y me ofreces tu compañía?

Tras unos instantes de conversación, intercambiando palabras cargadas de afecto, la Duquesa logra persuadirte para que prolongues tu estancia unos días más. Esa misma mañana, te sientas a escribir una carta:

“Queridos padre y madre,
Me quedaré unos días más en el castillo de la Duquesa. Ella necesita compañía, y yo… aún tengo mucho que descubrir aquí. No os preocupéis. Estaré bien.
Con cariño,
vuestra querida hija.”

Una vez sellada y mandada la carta, vuelves toda tu atención hacia la Duquesa, decidida a conocerla más profundamente.

Los días transcurren en el castillo, envueltos en una atmósfera de misterio y encanto. Tú y la Duquesa os vais conociendo cada vez más: compartís risas, secretos y momentos románticos. Te has enamorado de ella por completo.

Sin embargo, hay algo que no encaja. Una inquietud silenciosa recae sobre tu pecho. Sabes que Camelia te oculta algo, aunque no puedes adivinar qué. Cada noche, al despertar en medio de la oscuridad, descubres que ella no está a tu lado. Su ausencia se repite noche tras noche.

Una noche, al despertar y no encontrar a Camelia a tu lado, decides levantarte y recorrer el castillo en su búsqueda. La luna filtra su tenue luz a través de las vidrieras. De pronto, escuchas el chirrido de la puerta principal. La Duquesa entra lentamente, cubierta de sangre, con los ojos brillando en un rojo intenso que no habías visto nunca.

El aire se vuelve denso, tu corazón late con fuerza y el miedo te paraliza por completo.

- ¿Qué… qué haces despierta? - pregunta Camelia inquieta - Aléjate de mí… es peligroso.

- ¿Qué ha pasado? - logras preguntar con un hilo de voz.

- No debías verme así… - murmura la Duquesa bajando su mirada.

- Eres… eres un vampiro - susurras dando un paso hacia atrás.

- Querida, por favor, escúchame… Lamento no habértelo contado antes. Tenía miedo de perderte, porque lo que siento por ti es real. Te amo de verdad.

- Todo este tiempo… ¿has estado conteniéndote? - preguntas con la voz llena de asombro y temor - ¿Cómo has sido capaz de dormir a mi lado, de tener intimidad conmigo, sin morderme ni una sola vez?

Camelia cierra los ojos por un momento.

- Cada noche ha sido una batalla… pero me negaba a herirte - responde en voz baja.

Tú la observas, aún paralizada, confundida entre el amor que sientes y el miedo que te envuelve. La Duquesa te mira fijamente. El rojo intenso aún arde en su mirada, pero hay algo más: dolor, culpa…

- Lo siento… Debo alimentarme, por favor, entiéndelo.

Te acercas lentamente a la Duquesa y alzas tus manos para sostener su rostro con suavidad.

- Lo comprendo… pero me preocupa que te pongas en peligro. ¿Qué ocurriría si alguien llegara a descubrirlo?

Camelia baja la mirada. Sus labios tiemblan.

- Entonces… me matarían. No hay juicio ni perdón para los de mi especie. Solo estacas, persecución y destrucción - responde la Duquesa con un destello de temor en su rostro.

- Aliméntate de mí - dices con determinación - Toma mi sangre, si eso es lo que necesitas.

- Querida, no puedo hacer eso. No puedo herirte.

- Puedes - murmuras mientras deslizas el camisón por tus hombros, dejando caer la tela lentamente hasta que tu cuello queda completamente expuesto y vulnerable.

Ella se acerca. Su frío aliento roza tu clavícula. Cuando sus labios se posan sobre tu piel, cierras los ojos y tu corazón late con fuerza. El ambiente se llena de un silencio absoluto cuando sientes cómo sus colmillos se hunden en tu cuello y un escalofrío te recorre la columna.

No es dolor, al menos no como lo esperabas. Es una extraña mezcla de presión y calor. Tu respiración se vuelve agitada, el latido de tu corazón se sincroniza con el suyo. Tus piernas se debilitan, pero sus brazos te sostienen con ternura. En este momento, no hay miedo, sino un vínculo íntimo y especial.

Después de aquello, los días transcurren en el castillo. Entregada por completo al romance con la Duquesa. Una vez por semana, ella se alimenta de ti con una mezcla de deseo y culpa, sus colmillos marcando un pacto de amor y necesidad.

Tu cuerpo se vuelve cada vez más frágil, tu piel más pálida. Ella te observa mientras duermes, atormentada por tu aspecto enfermo. El amor que la une a ti comienza a dolerle más que el hambre.

Una noche, sin decir nada, la Duquesa sale del castillo y vuelve a adentrarse en las calles de la aldea más cercana en búsqueda de alimento. Pero esta vez, no tiene tanta suerte. Esta vez, alguien la descubre.

La Duquesa logra escapar entre las sombras y regresa al castillo. Poco después, el silencio de la madrugada se rompe. Primero son voces lejanas, luego gritos. Una multitud enfurecida se concentra frente a la entrada principal. Gritos y antorchas. Estacas y horcas.

El estruendo te despierta. Te incorporas con el corazón acelerado, y sin pensarlo, bajas las escaleras envuelta en tus ropas de dormir. Al llegar al vestíbulo, la escena te hiela la sangre: Camelia está allí, de pie frente a la puerta cerrada, con los ojos llenos de terror.

- ¡Querida! - exclama al verte - Tienes que huir. Ahora. Por favor.

Pero tú no reaccionas. No puedes. La idea de abandonarla, de dejarla sola frente a esa furia ciega, te resulta más desgarradora que cualquier peligro.

- No - respondes con la voz quebrada - No voy a dejarte. Si caes tú, caigo contigo.

Camelia se acerca y toma tu rostro entre sus manos temblorosas.

- No sabes lo que harán si te encuentran aquí - susurra - Ellos no entienden. Están cegados por el miedo.

- Pase lo que pase, no me separaré de ti - respondes.

Afuera, los golpes contra la puerta se intensifican. Finalmente, la puerta estalla bajo el peso de la multitud. Los gritos de los hombres y mujeres enfurecidos llenan el vestíbulo. Antorchas en alto, estacas en mano.

- ¡Son dos! ¡Dos criaturas del infierno! - grita uno, señalando con el dedo tembloroso.

- ¡Vampiras! ¡Engendros del demonio! - exclama otro.

Camelia se interpone entre tú y ellos, con los brazos extendidos y la mirada firme a pesar del miedo.

- ¡Ella no es como yo! - grita - ¡Es humana! ¡No tiene culpa de nada!

Pero sus palabras no sirven de nada ante una multitud cegada por el miedo y el odio.

- ¡Si ha compartido techo con una criatura como tú, entonces lleva el demonio dentro! - responde un hombre mientras alza una estaca.

El caos estalla. Los cuerpos se abalanzan y las antorchas iluminan los rostros llenos de furia. La Duquesa lucha con una fuerza desesperada, derribando a varios de ellos, protegiéndote con cada movimiento. Pero hay demasiados. De repente, una estaca atraviesa su pecho y el grito que escapa de sus labios es más doloroso para ti que para sí misma.

Sus ojos te buscan una última vez, brillando con amor y tristeza. Luego, se apagan.

Tú caes de rodillas, el mundo se desmorona ante tus ojos. Gritas, pero tu voz se pierde entre el estruendo. Te agarran por los brazos y te arrastran fuera del castillo mientras le prenden fuego. Las llamas empiezan a devorarlo rápidamente.

La noche se convierte en un desfile de horrores. Te llevan hasta la aldea, donde empiezan a preparar leña y un gran poste en medio de la plaza principal. El juicio no existe, solo la condena.

- ¡Bruja! ¡Amante del demonio! - exclaman.

Te atan con fuerza y el humo comienza a subir. Mientras las llamas se acercan, tu mirada se eleva hacia el cielo, deseando que el alma de Camelia haya logrado escapar de las garras de este mundo cruel.

Cierras los ojos con fuerza mientras lágrimas brotan de ellos. No por el dolor físico, sino por la pérdida, por la injusticia, por el amor arrebatado. Las llamas comienzan a consumir el poste. El calor se intensifica y el humo te envuelve.

- ¡Bruja!

- ¡Engendro del mal!

- ¡Que el fuego purifique su alma!

- ¡Por traer la oscuridad a nuestra tierra!

Sus palabras son como cuchillas, pero tu ya no los escuchas. En tu mente solo está ella, Camelia. Su sonrisa, su voz. Te aferras al recuerdo de su mirada antes de caer.

El fuego te alcanza, y mientras el dolor te consume, tus lágrimas siguen cayendo. Desgarradores gritos de agonía escapan de tus labios.

Tras aquella noche en que el castillo ardió y la plaza se tiñó de humo y ceniza, varios días pasaron. La aldea volvió a su rutina, como si el horror hubiera sido un sueño pasajero. Pero las cenizas no se llevaron el recuerdo y las voces siguieron hablando.

Las noticias viajaron de boca en boca: “Una bruja fue quemada en la plaza.” “Vivía con una criatura maligna.” “Aquel castillo albergaba el mal.”

Cuando llegaron a oídos de tus padres, fue como si el mundo se detuviera. Tus padres se horrorizaron, no por la verdadera naturaleza de la Duquesa, sino por el trágico destino que otros humanos habían decidido para su hija. El horror no surgió del secreto, sino de la injusticia. Lo que les desgarró no fue lo que la Duquesa era, sino cómo te arrancaron del mundo. Para ellos, no fuiste una bruja. Fuiste su hija, fuiste amor.

FIN