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El silencio en casa

Summary:

—Hijo, ¿dónde está tu parásito rubio?

Obito frunció el ceño.

—¿Deidara? No lo sé.

Work Text:

El tercer día sin Deidara fue el punto de quiebre.

 

Al principio, Madara no dijo nada. Quizá el pequeño delincuente se enfermó, o se quedó en el castigo escolar, Dios sabrá.

 

Al segundo día, notó que la casa estaba más… vacía. Más callada. No siquiera música en la molesta bocina de su hijo. Lo vió salir a tomar algo de comer cerca de la madrugada, mientras él iba al baño, y volverse a encerrar. No habían cruzado muchas palabras desde el día anterior tampoco.

 

Al tercer día, eso ya no le gustaba.

 

Por eso, cuando Obito salió de su cueva esa tarde de domingo, Madara estaba sentado en el sofá esperándolo mientras fingía leer un periódico viejo. Cuando el menor se acercó se cruzó de brazos y carraspeó, tratando de llamar su atención.

—Hijo, ¿dónde está tu parásito rubio?

Obito frunció el ceño.

—…¿Deidara? No lo sé.

Madara estrechó los ojos. —¿No lo sabes? ¿Acaso murió?

—¿Qué? No, no murió.

—Entonces, ¿por qué no está aquí?

—Yo que sé, en su casa, en el parque. Qué importa. —Madara lo fuminó con la mirada, esa pregunta y orden silenciosa que Obito ya había aprendido. Se tensó, desviando la mirada, resignado a decir la verdad. —Nos peleamos.

Madara dejó escapar un suspiro pesado, llevándose la mano a la sien. 

—A ver, explícame cómo demonios arruinaste la única buena cosa que tienes en la vida.

—¡No lo arruiné!

Madara le dio una mirada escéptica. —No ha venido en tres días, así que claramente hiciste algo muy estúpido.

Obito chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, haciendo un puchero. —Solo me puse un poco celoso, ¿ok? Ya te dije que no es gran cosa

Madara arqueó una ceja. —¿Celoso?

—Sí. Celoso. No es tan complicado.

—Celoso de qué, Obito.

Obito bufó, su actitud de "punk que no le importa nada" tambaleándose.

—Deidara estaba pasando mucho tiempo con Sasori últimamente, y no sé… me molestó.

Madara se recargó en el respaldo del sillón, como si acabara de correr una maratón y estubiera extremadamente cansada. Volvió a tomar el periódico, fingiendo volver a leerlo. —Dios, mi hijo es un idiota.

—¡Oye!

Madara lo miró con fastidio por encima del papel gris opaco. —Obito, ¿Te escuchas a ti mismo? Deidara te ha seguido como un cachorro enamorado desde el primer día, y ahora vienes con inseguridades de adolescente patético.

—No soy patético.

—Eres un imbécil.

—¡¿Por qué estás de su lado?!

Madara puso los ojos en blanco. —Porque al menos él sí tiene cerebro.

Obito apretó los puños, pero Madara siguió antes de que pudiera interrumpirlo.

—Hazte un favor, ve a disculparte, y tráelo de vuelta. Porque, sinceramente, esta casa sin su ruidoso cabello rubio y su risa molesta se siente como un funeral, y no lo soporto.

—¿Por qué parece que lo quieres más a él que a mí?

—Porque él no se fue a arruinar su propia relación con estupideces.

Obito resopló, pero luego bajó la cabeza. —Está bien, está bien. Iré.

Madara sonrió con satisfacción. —Eso es, ve y arregla tu desastre ahora que es temprano. 

 

Cuando Obito llegó a la casa de Deidara, no fue recibido con entusiasmo. Las llantas de la bicicleta resonaron contra la grava cerca de la entrada. 

El rubio estaba sentado en el porche, con los brazos cruzados y una expresión de molestia evidente, un cigarro ya apagado entre los dedos, mirando el cielo terminando de oscurecer.

—Mira quién decidió aparecerse, hm.

—Sé que fui un idiota. —Dijo sispirando y se frotandose la nuca.

Deidara lo miró fijamente. —Sí, lo fuiste.

—Lo sé.

—De verdad un imbécil.

—Lo sé, Dei.

—Un completo, total y absoluto—

—¡Lo sé! —Obito se pasó una mano por el rostro—. Lo sé, ok?

Hubo un silencio.

Deidara suspiró y bajó la mirada.

—Eres un celoso tonto, Obito.

—Lo sé… —Su voz bajó un poco—. No quiero perderte.

Deidara rodó los ojos, pero había una pequeña sonrisa en su rostro.—No me vas a perder, hm.

Obito sonrió, aliviado, y extendió una mano. Deidara la tomó sin dudarlo. 

 

Esa noche, cuando Obito y Deidara entraron a la casa, Madara solo los miró desde el sofá con una taza de café en la mano.

—Oh, mira, el equilibrio del universo se ha restaurado.

Deidara sonrió con burla.

—Me extrañaste, ¿hm?

Madara bufó.

—No digas tonterías. Solo digo que la casa se siente menos deprimente.

Deidara rió. Obito resopló. Zetsu pasó junto a ellos y comentó sin emoción:

—Si vuelven a pelear, por favor háganlo afuera. El drama en interiores es molesto.

Obito rodó los ojos y arrastró a Deidara escaleras arriba.

Todo volvía a la normalidad.

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