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Stolen Kiss

Summary:

La rutina de entrenamientos debería ser suficiente para mantener la mente de Pedri ocupada, pero Ferran insiste en colarse en cada pensamiento suyo. Entre bromas, silencios incómodos y una cercanía que nunca parece casual, Ferran empieza algo que termina convirtiéndose en un roce imposible de ignorar.

¿Y Pedri? Bien, gracias.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Pedro considera que no puede encasillar su vida como fácil o difícil. De hecho, tampoco es algo que trate de hacer, hay demasiados matices entre dos colores opuestos y no sería él quien trate de negarlo. 

Entonces, no está seguro de cómo describir una situación que se ha presentado en su día a día de manera espontánea. Con Eric en el Girona, supone que tiene sentido ser el blanco de ese tipo de bromas de Ferran, pero no puede evitar preguntarse si, en realidad, Torres bromeaba así con García. 

Aún con su mente nublada, puede sentir la mirada de Pablo sobre él. Ambos están sentados a orillas del campo, descansando, con sus compañeros todavía entrenando a varios metros.

—¿Sigues pensando en eso? —pregunta calmado Gavira. 

Pedro finalmente gira hacia él. El palaciego ya no está mirándolo, tiene los brazos apoyados tras su espalda y las piernas extendidas. Él se pregunta si ese ceño fruncido es a causa del sol o de su propia falta de respuesta. 

Gavira voltea de nuevo y el canario se obliga a tragarse el nudo de incertidumbre. Carraspea, pero no funciona del todo. 

—¿Crees que solo le guste joder? —tantea, desviando la mirada una vez más. 

—¿Por qué no se lo preguntas? 

Pedro resopla, casi indignado. Gavira tiene una sonrisa en el rostro, quizás a sabiendas de que él ni siquiera considera aquello como un camino a tomar. 

—Mañana —responde simplemente, con cierto cansancio colándose en su voz. 

Pablo se endereza, Pedro puede notarlo acercándose aún cuando rehuye de su mirada. 

Es injusto molestarse por la ausencia de soluciones, el único que puede dárselas quizás esté disfrutando del enigma que se forma a su alrededor. Así que sólo suelta el aire y se relame los labios, su cuerpo permanece tenso. 

—Pedri, a veces puedes ser tan… denso —dice Pablo tras varios segundos en silencio.

Sin embargo, quizás sí pueda molestarse porque su compañero de equipo parece más concentrado en alimentar el misterio que en ayudarlo. 

—Vete a la mierda —musita en respuesta, con el ceño fruncido. 

Pablo ríe quedamente, hace el amago de levantarse y golpea el hombro del otro en el proceso.

—Bueno, descúbrelo solo.

Gavira se pone de pie tras decir aquello, revolviendo el cabello del mayor antes de irse. 

Siente una punzada de culpa al no responder, pero se desvanece cuando voltea una última vez y ve al menor guiñándole a la distancia. Mete aire y se obliga a soltarlo lentamente. 

La paz sutil dura poco, reemplazada por un nudo creciente en la boca del estómago. Su mente reitera la existencia de algo que él mismo no descifra y el chico no le dice.

El campo vuelve a estar ruidoso en la distancia, pero a su alrededor todo parece en calma. De pronto, la leve brisa desaparece y el sol ya no le molesta la vista. A Pedro le hormiguea la piel incluso antes de ver quién es: la figura de Ferran se alza frente a él, su ceño se frunce aún con la sonrisa torcida que lo acompaña.

Joder. Se muerde la lengua antes de decirlo. El chico tiene la piel de un tenue color rosa y, bañado en la luz cálida, parece brillar. Por el sudor, su mente se justifica y se siente como una traición a su presunta indiferencia. 

El silencio se prolonga y la sonrisa del mayor crece. Pedri se pregunta el porqué hasta que nota su rostro tirante y sus mejillas doloridas. 

Cualquier palabra suya muere cuando Ferran se inclina un poco. Sabe que no debe esperar, aun así lo hace. Quiere pensar que no haberse movido suma puntos, pero le resta cerrar la boca con un chasquido y aguardar al mayor. 

Apuesta su cena consigo mismo y pierde, porque al parecer, Ferran siempre es un imbécil.

—Ya sé que luzco increíble, Pepi, pero… 

Pedro lo corta abruptamente golpeándolo en las piernas —que es lo primero que alcanza—. Ignora los quejidos de Torres y se pone de pie, alejándose antes de que el delantero enrosque un brazo alrededor de sus hombros. Aun así, siente la calidez fantasma mientras lo escucha reír. 

Un suave «Pepi» se adhiere a su cabeza segundos después. El nudo crece y él sigue avanzando. Que se jodan, él y sus bromas.

Aunque el llamado aún lo quema en la nuca.

• • •

El entrenamiento terminó, sus músculos arden y todavía puede sentir el agua helada deslizándose por su cuero cabelludo. El ambiente oscila entre salado y terroso, y su piel empieza a picarle por la suciedad.

Estira su cuello mientras el casillero frente a él abre con un pequeño click. Toma una de las toallas mientras guarda un par de cosas más. Sigue habiendo un espacio vacío en la esquina izquierda, allí entre su ropa, y se pregunta cómo sería vaciar un poco de todo lo que ha estado dando vueltas en su mente.

Tal vez está exagerando, concluye. Es sólo cercanía, un juego absurdo quizás. Es sólo Ferran. 

Se pasa la toalla por el rostro y la deja sobre su cabeza, mitigando la sensación fresca de la humedad. El sonido de las duchas opaca las conversaciones, percibe un murmullo cercano y le toma varios segundos notar que es Pablo quien está hablándole. 

El menor parece notarlo también, porque se detiene y estira el cuello hacia él, viéndolo tras la puerta de su propio casillero. 

—Perdona —murmura al instante—. ¿Qué decías? 

Pablo niega con la cabeza y hace un pequeño gesto para restarle importancia. 

—Que si podías llevarme hoy, y también te quedas un rato. 

—Claro —responde, dándole una mirada rápida a los baños todavía abarrotados—. ¿Puedo ducharme allá? 

Pablo, aún sumergido en su casillero, parece a punto de responder, pero una avalancha de prendas desorganizadas se precipitan hacia adelante. Pedro suelta una carcajada al verlo tratando de empujar todo con una sola mano, mientras la gravedad continúa haciendo lo suyo. 

El casillero se cierra de golpe con un estruendo. Pablo se sacude las manos, murmurando palabras como ganar y cosa de mierda. El canario ríe una vez más cuando el otro voltea en su dirección. 

Sin embargo, su mirada acaba en algún punto encima del hombro de González y su ceño se relaja. Una sonrisa astuta se extiende por su rostro antes de colgarse su bolso al hombro. 

—Viene tu favorito —susurra Pablo, luciendo divertido con la situación—. Te espero afuera. Suerte.

Su estómago se revuelve y cierra los ojos con fuerza, mordiéndose la lengua para no maldecir a Gavira. Cuando los abre, el palaciego ya no está a la vista y él no sabe qué tan bueno puede ser eso para sí mismo. 

Todavía hay un espacio vacío en la esquina izquierda. Recuerda y se siente ridículo. En cambio, sólo suelta el aire y afloja los músculos de sus hombros con lentitud. No hay nada más que un vestuario repleto con sus compañeros de equipo. Entonces, considera abrir un casting para conseguir mejores amigos. 

—Pepi. 

Pedro lo esperaba, pero la suavidad en su tono lo estremece. 

Siente primero el calor de un cuerpo demasiado cerca, el aire cargado de sudor y un ligero aroma especiado detrás. Entonces, una presión leve en la espalda baja lo deja inmóvil. 

Una respiración caliente acaricia su oreja y Pedro siente como si no hubiera acabado de entrenar hace diez minutos. La toalla casi se desliza de su agarre, pero vuelve en sí y la sujeta firme. 

—También tengo una ducha en casa, por si acaso. 

Los dedos de Ferran se deslizan hasta perder contacto. La ausencia lo deja sin aire durante unos segundos, mientras el murmullo juguetón se desvanece con el calor que dejó Ferran tras él.

Pedro voltea hacia el pasillo. La figura del mayor se desdibuja entre quienes acaban de salir de los baños. Ferran continúa su camino, serpenteando entre las bancas y sus compañeros, seguramente ajeno a la presión que dejó latiendo en la curvatura de su espalda.  

La esquina vacía queda en el olvido. Cierra la puerta de su casillero con cierta fuerza y apoya la frente en ella, suspirando. 

Perdió de nuevo, lo sabe. Pero se muerde los labios antes de formar lo que podría ser una sonrisa. 

• • •

Otro día de entrenamiento. La tensión es palpable frente al partido que se avecina y su respiración apenas se había regulado durante el descanso. Resentidos por el esfuerzo, sus músculos arden y se contraen. Cada letra de la palabra rendimiento parece pesarle en el cuerpo.

El sol fulgura en su punto más alto. Le gustaría acostarse en el pasto y permanecer allí el resto del día, pero sólo puede optar por cerrar los ojos e imaginarse en casa. 

Un rato después, escucha unas suelas raspando el césped y siente un calor a su costado. Espera que sea Gavira, pero cuando el silencio persiste supone que podría ser López. 

—No puedo más —dice finalmente, inclinándose y apoyando las manos en sus rodillas.

—Yo tampoco —Reconoce la voz de Ferran y abre los ojos de golpe—. Deberíamos irnos a descansar. 

Ferran lo dice con sutileza y Pedro no puede evitar querer ver su expresión. Se endereza lentamente, alzando una ceja cuando la media sonrisa del otro lo recibe. 

—¿Sí? —Se permite un tono burlón por la imposibilidad—. ¿Y a dónde iríamos? 

Casi parece esperar la pregunta. El mayor se cruza de brazos, luciendo seguro aún con el escrutinio contrario.

—A donde quieras. Yo invito. 

Ferran se inclina hacia adelante, apenas unos centímetros, y le guiña un ojo. La piel perlada de sus bíceps se abulta. Pedro desvía la mirada rápidamente, se humedece los labios y juguetea con el dobladillo de su camiseta. 

—No te lo crees ni tú —murmura, sintiendo la garganta seca de repente. 

Balde grita a lo lejos, arrancándolo de la conversación. El aire a su alrededor vuelve a sentirse fresco y el dolor vestigial retorna a su cuerpo como un anclaje. Se endereza, pasando las manos por su rostro. 

Ninguno dice nada más cuando Fermín aparece y se enrosca alrededor de ambos. La seguridad todavía centellea en los ojos de Ferran y Pedro piensa que quizá debió arrebatarle esa certeza con una negativa desde el principio.

Sin embargo, la traición que conoce de otros —un tal Pablo— termina plagando su propia mente, porque acaba el descanso preguntándose a qué lugar podrían haber ido. 

• • •

La victoria había llegado al Camp Nou hace unos días, pero el ambiente había permanecido tenso aún con ella. 

Pedro lo sentía en su cuerpo, en sus hombros rígidos y la respiración corta. Había aparecido un dolor sordo en su espalda y temía que sus músculos protestaran lo suficiente para dejarlo en la banca el siguiente partido. 

No podía permitirse una ausencia. 

Así se encuentra ahora, con la mente revuelta y una sonrisa que pesa en su rostro, en medio de una cena a la que casi no llega. Tiene la cabeza recostada en el sofá mientras las conversaciones a su alrededor lo adormecen.

Varios de sus compañeros decidieron que necesitaban un rato para despejarse, a lo que el palaciego envió un mensaje ofreciendo su play y comida. Entonces, terminó en casa de Gavira, donde ahora aguarda por un turno que no está seguro de querer jugar. 

El asiento se hunde a su lado, el aroma de la pizza —un pequeño capricho— se disipa tras una colonia amaderada que reconoce al instante. Resiste al impulso de sonreír en cuanto su mente se lo reprocha.

—Pepi —llama Ferran en voz baja—, ¿no vas a comer?

 —No lo sé —responde despacio, aún sin mirar al otro—. Creo que no. 

—¿No tienes hambre? 

La voz suena más cerca y cree que puede sentir la calidez que emana el otro cuerpo. Reprime la ganas de estirar su mano para tantear a qué distancia se encuentra Torres. 

—No lo sé. 

Acaba por inclinar la cabeza ante la ausencia de respuesta y contiene un suspiro. Las cejas de Ferran están levemente fruncidas, tiene el cuerpo apoyado en su dirección y una suavidad en los ojos que no recuerda haber visto antes. 

La luz del pasillo y los destellos parpadeantes de la pantalla bastan para destacar las líneas en el rostro de Ferran. Luce curioso, casi preocupado, sin una sonrisa burlona que lo acompañe.

Los segundos pasan, ninguno habla. Pedro estira su mano y roza un material áspero con la punta de los dedos. La vergüenza le calienta el cuerpo, aparta la mirada rápidamente y se relame los labios casi por inercia.

Está a punto de levantarse e ir al baño cuando Ferran carraspea. 

—Podría ayudarte.

Contra todas sus propias advertencias, vuelve a girar el rostro hacia él. 

—¿Qué? 

Pero Ferran ya está inclinado hacia la pequeña mesa del centro, colocando un trozo de pizza en un plato. Pedro se endereza, sin tener en claro qué hacer, y termina apoyando su mano en la rodilla contraria a la espera de una respuesta. 

—A ver —empieza Ferran, nuevamente—. El avión… 

El chico frente a él sujeta la pizza, su sonrisa regresa mientras la eleva y Pedro siente su alma huyendo de su cuerpo. 

—No —musita en cuanto lo entiende—. Ferran, ni se te ocurra… 

Su voz se corta. La comida está frente a su boca y Ferran espera con lo que podría considerarse inocencia vacía. Pedro aprieta su agarre en la pierna contraria como advertencia, pero la expresión de Torres no flaquea. 

—Ferran, por favor —susurra, desviando la mirada hacia su alrededor. 

Siente una ligera presión desvanecerse al comprobar que no tienen espectadores, así que retorna la vista intentando lucir irritado con la situación. Ferran alza las cejas y sus pupilas resplandecen. 

—Pedro, por favor —pide bajito, mordiéndose el labio cuando su sonrisa crece—. Abre. 

Y cede. 

Separa los labios ligeramente. La comida pasa y quiere sonreír cuando Ferran susurra que «el avión se estrelló». Siente el calor de la vergüenza extenderse por todo su cuello mientras mastica. 

Aun así, Ferran podría verse bien con esa expresión triunfante. 

Acepta el segundo bocado a regañadientes, mientras el nudo en su garganta se deshace al tragar. Para el tercero, Ferran se distrae respondiéndole algo a Fort. Para el cuarto, Pedro se remueve en el sofá hasta quedar casi frente al otro. 

Para el quinto, cuando su cuerpo se siente laxo y su sonrisa crece perezosa, nota una mirada sobre él. João lo observa divertido mientras pincha a Gavira a su lado. 

Aparta la vista, considerando tal vez tomar el plato con sus propias manos y actuar como el adulto que es. Sin embargo, sus manos se congelan incluso antes de moverlas y el calor de su cuello llega hasta sus orejas. 

 «Te ves lindo cuando estás avergonzado». 

Hubo un sexto bocado luego del murmullo de Ferran. 

• • •

No hay escapes de emergencia para situaciones que se resuelven sólo con la distancia, pero cien metros podrían no ser suficientes cuando es él mismo quien no se mueve. 

El descanso es sagrado, podría engañarse, pero López y Raphinha continúan jugando al fondo, lo que acaba con su lista mental de excusas mal formuladas. El descanso es sagrado, así que sólo mira a Ferran acercarse galante —porte que se instaló en él hace dos noches, cuando la pizza llevaba queso extra e incluso así le supo dulce— y enarca una ceja en su dirección. 

Los rayos del sol le dan un aspecto suave, casi inofensivo, pero Pedro conoce los bordes de aquella sonrisa. Ferran se planta frente a él y la botella aparece en su mano como un gesto sencillo, rozando lo cotidiano de una forma que le estruja el pecho. 

—Anda, toma, la traje para ti. 

Duda, pero la sensación rasposa en su garganta le impulsa a sujetar la botella y darle un par de tragos. Hace una breve pausa, consciente de la mirada fija sobre él, y balbucea un «gracias» antes de volver a beber. 

—Eh, que yo también quiero un poco —Ferran interrumpe con un tono burlón.

—Pues ve a por otra botella.

Pedro lo mira durante unos segundos, levanta una ceja y sonríe antes de dar otro sorbo.

—No, la que tienes sabe mejor. 

Apenas consigue reaccionar cuando tiene a Ferran prácticamente encima suyo tratando de alcanzar la botella. 

Pedro estira el brazo hacia atrás —subirlo sería perder— y gira justo cuando Ferran está a punto de alcanzarlo. El sudor le dificulta la tarea. Su mano resbala al tratar de sujetar al otro, sus pies se enredan entre empujones y el hombro del mayor acaba como su punto de apoyo. Un descuido que reduce la distancia. 

Ferran ríe por lo bajo y él quiere mirarlo mal, pero su equilibrio declara la pérdida de algo más cuando el mayor consigue arrebatarle la botella. Entre risas, lo ve alejarse dos pasos y extender su brazo con la palma en alto. En su resignación, él termina acatando la señal con un resoplido. 

 El maldito se toma media botella en dos tragos.

Dulce —murmura al bajar el objeto, posando su mirada en Pedro una vez más—. Te dije que sabría mejor.

Torres guiña y se va, con una altanería que a Pedro le gustaría arrancarle con los dientes. En cambio, se queda de pie, con la garganta seca de nuevo y la certeza de que Ferran consigue lo de siempre: dejarlo sin aire.

• • •

Los entrenamientos posteriores a un partido ganado pueden ser traicioneros, Pedro lo sabe cuando la respiración pesada le recuerda que debió terminar hace treinta minutos. El ambiente abrasador se divide entre los pasos raspando el césped y las respiraciones agitadas de sus compañeros.

Le pasan el balón y correr tras él es su única alternativa. 

La sangre le sube a los oídos cuando ve a Torres acercándose a toda velocidad. El sol le quema la piel y las piernas le arden al extender las zancadas. La pelota parece rozar sus pies, quiere impulsarla de nuevo, pero Ferran se desliza y le arrebata cualquier posibilidad de control. 

El movimiento repentino lo descoloca. Pierde el equilibrio y acaba contra el suelo, con los pulmones ardiendo tanto como el resto de su cuerpo. Fue una buena entrada, el otro no lo tocó, pero el cansancio le impide levantarse al momento.

Decide quedarse recostado unos segundos más, mientras escucha a Xavi gritar un par de indicaciones. 

—Pepi, ¿estás bien? 

Parpadea, aún sintiendo sus músculos resentidos, y alza la vista  cuando una sombra se proyecta frente a él. Ferran tiene la mano extendida y una sonrisa torcida, como si escondiera culpa. Quizás sea cuestión del calor o el arduo ejercicio, pero tiene las orejas salpicadas del mismo tono rosáceo que tiñe sus mejillas. 

Perezoso, y casi distraído, se estira para tomar la mano contraria, pero Xavi grita de nuevo. El delantero se tensa, agarrándolo y alzándolo en dos segundos. 

Su cerebro no termina de procesar el cambio cuando Ferran sujeta sus hombros y se disculpa apresuradamente. Está por aclarar que no ha pasado nada, pero la distancia entre sus rostros se reduce y las palabras se le atoran en la garganta. Un par de labios rozan su mejilla.

Torres se aparta con prisa y retoma el juego, aunque en el movimiento sus dedos alcanzan fugazmente los de Pedro. Apenas un roce, ligero, que lo deja en medio del campo con un dolor en la espalda que se desvanece y una sonrisa que no puede borrar.

Ferran marca un gol y, entre todo, su mirada se dirige directamente hacia él. 

• • •

Estar acostado en una camilla empeora luego de quince minutos, con su espalda baja punzando y el sudor aún pegajoso sobre su piel. Se siente sucio, pero no sabe si es por no haberse duchado aún o porque no pudo evitar que alguien viera su expresión dolorida. 

El malestar ya había cesado, convirtiéndose en un hormigueo incómodo que casi podía pasar por alto. Sin embargo, Araújo lo había visto después de su caída, así que lo condujo hasta allí una vez que el entrenamiento terminó.

«No debías quedarte si ya te dolía». Lo sabe con una certeza que le disgusta, así que se obliga a permanecer en la camilla mientras espera. 

—Gavi me dijo que estarías aquí. 

La voz de Ferran lo estremece. Dirige su mirada a la puerta, donde encuentra al mayor apoyado en el marco. La luz se refleja en su piel levemente húmeda y el uniforme verde aqua se ciñe a su torso. Todavía lleva puesto el pulsómetro. 

Observa con interés el titubeo del otro al avanzar. Tiene la cabeza ligeramente inclinada y una sonrisa que podría ser tímida. Pedro duda de lo que ve. 

—¿Fue por la caída? —pregunta en voz baja, deteniéndose cerca de la camilla—. No quise lasti… 

—No fuiste tú —interrumpe Pedro, incapaz de continuar viendo esa sonrisa resquebrajarse—. Sólo es… un dolor de hace varios días. 

Ferran frunce el ceño, y la mano que se arrastraba por la sábana se detiene. El mayor clava su ojos en él.

—¿Por qué no me lo dijiste? 

Su corazón se acelera. 

—¿Tenía qué? 

—Sí. 

Pedro ríe inevitablemente ante el tono indignado. Ferran mantiene su expresión seria y él se muerde el labio al intentar detenerse. El mayor retrocede unos centímetros, cubriendo su boca con la mano libre, como si todavía no pudiera creer la información que había sido inédita hasta ese momento. 

—No es nada, Fer. Por eso no te lo había dicho —explica, encogiéndose de hombros—. No necesitas preocuparte. 

Ferran deja caer su brazo y la extremidad se mece rendida. El silencio lo aplasta mientras sus propias palabras se desdibujan en lo que podría no ser del todo una verdad.

—¿Empeoró? 

—¿Qué? 

—Que si empeoró —La culpa vuelve a plasmarse en los ojos del delantero—. El dolor, digo. Me refiero a… a cuando caíste. 

—No —Una pequeña sonrisa baila en sus labios. Ferran desvía la mirada y carraspea—. Bueno, tal vez un poco. Pero estoy bien. 

Ferran suelta un suspiro entrecortado, su nuez de adán bajando bruscamente. Su cuerpo luce tenso, las venas marcan el relieve de sus brazos como raíces bajo la piel. Pedro las sigue, viéndolas deslizarse por su antebrazo hasta llegar a la mano apoyada sobre la camilla. Está enroscada, casi cerrada, como si ya no buscara nada. 

Se pregunta cuál habría sido su destino de no ser por su propia intervención.

Entonces, al segundo suspiro del mayor, Pedro acerca su mano y sus dedos rozan los nudillos contrarios. Despacio, pausado. Apenas perceptible, quizás. Una caricia sutil que permanece incluso cuando él vuelve a levantar la cabeza. 

Ferran ya está mirándolo. 

—Entonces dime qué puedo hacer. —Lo dice en un murmullo, con la mandíbula tensa. Casi como si temiera no encontrar respuesta. 

Pedro lo observa y siente el calor de esa pregunta recorrerle el cuerpo. Podría decirle que nada, que sólo necesita descansar, esperar a que el profesional en cuestión venga a decírselo. En cambio, desliza su mano con timidez y sujeta la de Ferran. Sus dedos ligeramente anclados. 

—Quédate —susurra.

El delantero asiente de inmediato, dando un paso más hacia la camilla. Sonríe, sin rastro de burla, y mira el punto de calor donde sus manos se encuentran. 

Pedro cree que podría haber algo distinto en el tacto del mayor, en la suavidad que enmarca sus ojos y el declive de su cuerpo. Todo en Ferran rezuma la misma naturalidad que tuvo para acomodarse a su lado apenas él lo pidió. 

—Aunque… todavía necesito algo más —hace una pausa. Ferran continúa observándolo en silencio—. No puedo decirlo muy alto, tienes que acercarte. 

—Pedri, como sea alguna cosa de las que… 

—Madre mía, sólo acércate. 

Ferran lo mira durante unos segundos más y Pedro ríe entre dientes. Finalmente, se inclina hacia adelante, con el rostro de lado como si estuviera esperando oír un secreto.

Aunque podría serlo mientras lo espera ahí, con la respiración contenida. La distancia se reduce y Pedro alcanza a sentir el calor de su aliento rozarle la piel. Se incorpora apenas para sujetar su mentón, las yemas de sus dedos pican al tocar la barba incipiente. 

Es entonces que gira su rostro y le roba un beso fugaz.

Ferran se queda quieto, sorprendido, sin siquiera pestañear. Pedro decide que le gusta el lugar que está ocupando —desde donde puede apreciar los iris pardos y su nariz sonrosada—, y se permite jugar un poco con ello. 

—Gracias por curarme.

La puerta se abre en ese instante y la fisioterapeuta entra, haciendo que Pedro vuelva a recostarse y Ferran se enderece de golpe. No dice nada, ni siquiera levanta la vista, pero tampoco deja de sonreír.

Ella pregunta qué sucede, aparentemente ajena a la tensión residual. El tema se diluye pronto en indicaciones médicas, pero Pedro sólo percibe una cosa con claridad: el calor persistente en sus nudillos, como si allí residiera una promesa que aún no se atreve a nombrar. 

Sus manos permanecen unidas incluso cuando la consulta acaba. 

 

Notes:

Quién sufrió más: Jesús o yo intentando escribir diálogos decentes. (pista: yo)

Al final no sé qué hice aquí, pero algo salió y espero que haya valido la pena leerlo<3.

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