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Pablo se encuentra en el patio trasero de una casa que apenas conoce. Ni siquiera puede recordar el nombre del anfitrión, pero ahora le da un poco igual si está siendo irrespetuoso en un espacio ajeno.
La música resuena tras él, pero sus pensamientos tumultuosos dejan a la melodía como poco más que un murmullo distante. Con la espalda encorvada, camina lentamente hasta apoyarse en la cerca del fondo, junto a una encina centenaria. La brisa nocturna le eriza la piel, llevando consigo el aroma a hierba recién cortada y flores de campo. Casi podría jurar que su cabello revuelto se vuelve pegajoso con el matiz dulce del polen.
Quizás sólo se trate de la incomodidad que le atraviesa el cuerpo.
Inspira con fuerza y suelta el aire despacio. Sus extremidades pesan. No sabe si es por el partido sin descanso o, en todo caso, por el ánimo rendido que lo arrastra. Podría estar cargando con el peso de las palabras que no ha podido decir.
Las luciérnagas comienzan a parpadear a su alrededor, como estrellas titilando sobre el patio. La sensación solitaria le aplasta el pecho. Mastica, pero no traga. Las palabras le dejan un sabor amargo en la lengua, mientras piensa en que la noche debió ser mágica y no lo fue.
Tiene el escenario preparado, y al final fue él quien no lo estuvo.
Puede recordar a sus amigos diciéndole que pensara un poco las cosas antes de hacerlas, y comparando aquello con su situación actual, cree que se ha perdido en un espiral de temores. Cada uno alejando las voces de los chicos para dejarlo con el pensamiento de quizás estoy cometiendo un error y deba dejar de intentarlo.
Él no ha llegado solo a esa conclusión. Bueno, considera que no. Porque las últimas circunstancias son las que lo han dejado como un can desesperado: busca una caricia que no se atreve a pedir, pero tampoco cede a lo que su propia cobardía le insiste.
Una sensación asqueada le estremece el cuerpo. Durante toda su vida, su padre le había prohibido la palabra con C y ahora no puede arrancarla de su cabeza. Quizás si deja de pensar en que tenía un plan, no habría un fracaso qué considerar. Punto final y siguiente página, ¿verdad?
Había salido al patio por un poco de aire, para sacudirse el anhelo y lamerse las heridas que provoca lo que no se cumple. La derrota había caído sobre él desde que Müller sujetó a Robert y lo arrastró hacia Anna, vociferando que «su premio por el gol de hoy lo aguardaba».
Se pregunta si el brillo cereza en los labios de Anna era lo que faltaba en el pastel de victoria de Robert. No se quedó a descubrirlo.
La rabia crepita al fondo de su estómago y el ardor escala por su garganta. Le queda un sabor a ceniza en la boca, pero no intenta pensar en algo más para apagarlo. Su mente se condensa en la noche fallida, las escenas de él mismo haciendo el ridículo se reproducen en bucle.
Aprieta la palabra cobarde entre sus dientes y la escupe. ¿Realmente lo había sido? Estuvo toda la bendita fiesta intentando hacerse un espacio al lado de Robert, sugiriendo cosas como: «No te escucho, aquí hay demasiado ruido», «¿Quieres tomar algo? Yo invito…», «¿Vamos a bailar?». Y su más fatídico intento con «Necesito decirte algo, ¿podemos salir un rato?».
Avanzó unos pasos y esperó. Robert no lo había seguido.
Götze y Reus aparecieron a medio camino, bloqueando su paso. Müller llegó unos segundos después, enroscó el brazo sobre los hombros de Robert y lo sumergió en la marea de personas que atestaba el salón. ¿Es que el chico no sabía decir que no? Ni siquiera se lo había dicho a Pablo.
Quizás, si lo hacía, él habría dado un paso al costado antes. El plan acabaría ahí, y no estaría contando hormigas en la cerca de una casa que apenas conoce. Así él se habría ido con la certeza de una negativa... La esperanza tras la suspensión es la que se atreve a decir que le faltaron agallas.
El ardor vuelve a trepar por su garganta, seco y áspero. El bucle también.
El día anterior, dos días previos a ese e incluso unas cuantas semanas antes, él había estado intentándolo. Los límites le jugaban en contra: su campo de acción reducido a entrenamientos, partidos y lo que se relacione con el equipo. Pero lo había intentado. Tiene pocas excusas para ir a buscarlo fuera de clase, mucho menos con las materias que cursa. Pensó en alguna alternativa por su cuenta y casi termina postulándose como presidente estudiantil con tal de cubrir su aparición repentina en un aula ajena. El de los asuntos internos podría ser Pedri, no él.
Al final, Robert parecía estar constantemente con alguien alrededor. Tiene sentido siendo capitán del equipo, transparente y sincero, dispuesto a dar tutorías después de clase o pasar prácticas extras con los novatos. De palabras suaves pese a sus rasgos afilados. De reír y decir que «todavía podemos marcar más» aunque cualquier probabilidad dicte que no.
Sonríe ante el recuerdo del partido de ese día. La victoria con el gol de Robert, su propia asistencia detrás. Las gradas enardecidas y los brazos de sus compañeros rodeándolos. Ambos en medio de la celebración, el cuerpo de Robert presionando el suyo.
Se ve a sí mismo y la alegría residual se desvanece. Tal vez ahora le gustaría quemar todas las percepciones cálidas del chico antes de regresar a casa. Quiere llegar vacío y ver si así olvida.
—¿Te molesta si te hago compañía?
Grave y baja. La voz de Robert le recorre el cuerpo. Gira la cabeza por puro impulso y lo ve ahí: sus manos en la cerca, la vista al frente y pequeños mechones castaños agitándose con la brisa. Traga, pero su garganta todavía raspa.
Robert voltea hacia él, los ojos abiertos en lo que deduce como curiosidad.
—¿Me tardé mucho? —pregunta bajito, casi sonando culpable—. Perdona, fue… difícil salir de ahí.
Robert sonríe, volviendo la vista al frente. La ambigüedad comprime las costillas de Pablo, con las comisuras de sus labios pesando al intentar corresponder.
—No te disculpes, no fue mucho —acaba por decir, apenas oyendo su propia voz. Duda por unos segundos—. Creí que querrías quedarte allá.
Su tono roza lo acusador y se muerde la lengua al notarlo. Aunque le hubiera gustado decir que sí era tarde, su mente le recuerda que no hay orgullo por defender si ya no lleva nada encima. Un sabor metálico se asienta en su boca.
Robert, aparentemente ajeno al mal que causa, flexiona los brazos y acaba imitando su posición. Sus hombros se tocan con el movimiento y Pablo se pregunta qué tan insuficientes eran los diez metros de cerca que quedaron libres.
—No, yo… quería venir a verte —murmura Robert, sonando suave—. Además, me lo habías pedido.
¿Y harías todo lo que te pida? Piensa al instante, sintiendo su corazón acelerarse. Vestigios de rabia vuelven con lo que implica su propia pregunta y un par de labios bordó.
—Bueno, no te preocupes por eso. Puedes volver si quieres.
«Quería venir a verte». Resuena en su cabeza apenas termina de hablar. Pablo lo ignora y suspira, tentado a insistir ante el silencio. Hasta que siente el leve roce de su hombro contra el de Robert, como si la respuesta ya estuviera ahí.
—¿Ya no me lo vas a decir?
El sutil roce se convierte en una presión, un calor ineludible para sus sentidos.
—No era nada importante —se excusa, estirándose para alejarse unos centímetros.
—No pregunté eso.
Robert alza ambas cejas y una sonrisa satisfecha se asienta en sus labios. Pablo considera arrancársela de un golpe… o de un beso. Se remueve incómodo y sólo vuelve a recostarse en la madera.
—¿Acaso quieres saberlo?
—Pues estoy aquí, ¿no?
La distancia se reduce con un pequeño empujón.
—No pregunté eso —le regresa con aire presumido.
Robert guarda silencio, todavía mirándolo. Pablo suspira y vuelve a querer contar hormigas, pero olvida qué número le sigue al quince porque su mente sólo evoca el color azul: los ojos del chico brillan aún con su media sonrisa atenuada. Él se arrepiente de haber hablado en primer lugar, aunque hubiera sido para devolverle sus palabras al mayor.
—Ya no esperaba que vinieras —admite, con la verdad ardiéndole en la garganta lo suficiente para intentar deshacerse de ella—. Lo pensé mejor y… sorprendente ¿no? já, yo pensando las cosas. Ya, es solo que… eso, lo pensé y creo que no es tan importante. Creo que deberías ir a disfrutar la fiesta, podemos hablar otro día.
El silencio se extiende y el aroma dulce regresa con la brisa, esta vez dejándole pegajosa la piel. Pablo se muerde la mejilla por dentro, como si quisiera tragarse lo que acaba de soltar.
—¿Y tú?
La inexactitud de la pregunta lo desarma.
—¿Qué?
—Qué hay de ti —Robert continúa en un tono cálido—. ¿No vas a volver adentro?
—No, yo… pensaba irme a casa ya.
El mayor lo mira de lado, evaluando, como si midiera el peso de cada palabra.
—Ah, entiendo... ¿Cansancio?
Pablo asiente, aunque sabe que su rostro lo delata. Se encoge un poco y la presión en su hombro disminuye, el roce que permanece sólo le acelera el corazón. Las manos le tiemblan y cree que es por el viento.
Podría levantarse y marcharse. O esperar un adiós que selle su fracaso a toda letra. Pero Robert abre la boca y lo que escucha no es un despido:
—Antes de venir me crucé con alguien… Félix, creo que se llamaba. Lo vi con Pedri antes. Hablaba mucho y muy muy rápido, de verdad, no reconocí algunas palabras —Guarda silencio unos segundos, y Pablo distingue una sonrisa en su voz—. Pero me di cuenta de que me hablaba de ti.
Gira hacia él, sorprendido.
—No es de aquí —responde apenas, con un hilo de voz—. ¿Qué te dijo?
—Pensé que te irías.
La media sonrisa vuelve. Sus propias ganas de (besarlo) golpearlo también.
—No me jodas —escupe, girando sobre sus talones con una rigidez casi teatral—. Me voy entonces, adiós Robert.
Una risa baja se escapa del mayor mientras lo sujeta de la muñeca, firme pero sin apretar.
—No, espera. Quédate.
Pablo, entre frustrado y complacido, gira hacia él sin reducir la distancia. Los dedos de Robert se aflojan, pero no lo suelta.
—Él me contó del programa estudiantil del que hablaste el otro día… y me dijo que era mentira —titubea y reafirma el agarre, como si temiera por la reacción del menor—. Me dijo muchas cosas, en realidad, pero… yo quiero oírlas de ti.
La garganta de Pablo se seca. No sabe si reírse o salir corriendo, pero quedarse ya empieza a parecer un error.
—¿Qué…? —se le corta la voz. Carraspea, y Robert le da un pequeño apretón—. ¿Qué más te dijo?
—Pablo…
Robert tira de su brazo y ambos quedan frente al otro. Pablo todavía no puede mirarlo.
—¿Podrías sólo decírmelo?
Escucha el suspiro resignado del mayor y se prepara para el golpe.
—Habló algo sobre las tutorías de inglés, el foro de debate, lo de las carreras, el castigo del viernes que no te correspondía pero me habías dicho que sí…
La voz de Robert se apaga lentamente y él se muerde el labio inferior con fuerza, siente la sangre brotar como cada pequeña mentira expuesta. Puede notar al mayor buscando su mirada.
—Pero quiero saberlo de ti —termina por decir.
El sabor de la rabia se asienta, pero lo que le quema el cuerpo es la vergüenza. La verdad continúa buscando una salida. Pablo odia que la encuentre en el espacio que hay entre sus cuerpos.
Pero la voz de su padre le recuerda que él nunca sería un cobarde.
—Puede… puede que sea cierto, no siempre fui del todo sincero —Espera que Robert suelte su muñeca, pero el agarre no vacila—. Me va fatal en inglés, no mentí con eso, pero lo del foro, el castigo y las carreras… fue algo que sólo hice.
—¿Por qué?
El tono de la pregunta lleva la dulzura que el viento ya no. Robert acorta un poco más la distancia y Pablo cree que podría temblar ante el esfuerzo de mantenerse erguido.
—Porque… quería pasar más tiempo contigo.
Apenas es un susurro, pero se siente sin aire. El agarre en su muñeca cede y los dedos de Robert se deslizan hasta encontrar un lugar entre los suyos. Levanta la mirada al instante y un azul brillante lo recibe.
Algo en él quiere decir el porqué, ahogarse en la verdad que ya lleva en la boca y ver si Robert puede sostenerla aún cuando no queda más espacio entre ellos.
—¿Y no hay otras formas más convencionales? —pregunta Robert por lo bajo, con un matiz burlón tras su pequeña sonrisa.
—Oh, lo intenté —Trata de sonar exasperado, pero las palabras salen trémulas—. De haber funcionado, no estaría aquí ahora.
Robert lo mira fijamente. Es demasiado, demasiado cerca. Pablo se siente atrapado entre la posibilidad de rendirse o dejarse llevar. Se pregunta cuál será la diferencia si ambas le quitan la urgencia de mentir.
—¿Me permites intentarlo esta vez?
Robert alza la mano libre y roza sus labios con el pulgar, justo donde escuece la herida y la sangre apenas mancha. Pablo espera que se aparte, pero los dedos permanecen, tibios, como si aceptaran eso también. Abre la boca, pero nada sale. Sólo consigue sostener la mirada mientras un calor distinto se forma en su pecho. Uno que no arde.
Una pequeña luciérnaga se posa en la mejilla de Robert. Pablo la aparta de un movimiento instintivo y su mano se queda en el pómulo. Deja un par de caricias suaves y espera que el gesto hable por él.
—¿Y bien? —susurra, su aliento acariciando los labios de Pablo.
La mano de Robert desciende hasta anclarlo de la mandíbula. Siente su pecho comprimirse, el fuego en su estómago crece y lo impulsa hacia adelante. Pide, Pide, Pide. Pablo quiere gritar que sí, que rendirse equivale a dejarse llevar si ambas incluyen esas manos, que se aferran a su rostro y le rozan los labios.
—¡¿Y?! ¡¿Ustedes van a jugar?!
Los dos se separan de golpe. El siseo de Pablo se corta con el grito distorsionado de Thomas. Deja caer la mano, pero Robert mantiene el calor de la suya y se aferra a su rostro. Lo mira como si preguntara cuánto del momento habían perdido.
Pablo sólo sonríe a medias, con la voz atrapada en la garganta.
—¡Ya vamos! —contesta Robert, sin moverse realmente.
—¡Bien! ¡Quien encuentre un motel primero gana!
Una risa se le escapa y baja la cabeza, apoyando la frente en el hombro de Robert. Siente al mayor girarse hacia la casa y supone que está por responder algo, pero ve de reojo cómo alguien más arrastra a Müller devuelta hacia dentro.
—¿Y… en qué estábamos?
La pregunta suena baja, tentativa. Pablo alza el rostro y se relame los labios. El mayor luce confiado, con una sonrisa que no termina de formarse y sutiles caricias que lo acercan cada vez más.
Pero algo en él traza diferencias y pide ser buscado como lo fue hace unos instantes, como él mismo buscó tiempo atrás.
—En volver a la fiesta —murmura, estableciendo nueva distancia.
La seguridad se desvanece de los orbes azulados. Pablo sujeta la mano que se aferraba a su mandíbula y la desliza hacia abajo, aún sin soltarla.
—Si mal no recuerdo, fuiste tú quien dijo que era tu turno de intentar.
Lo arrastra hacia la fiesta, descartando las quejas indignadas mientras afianza el agarre. Más tarde, podría sujetar ambos lados de su rostro, besarlo hasta dejarlo sin aire y con ello recordarse que cobarde no es la única palabra que lleva esa letra.
Pero, por ahora, sólo sujetará su mano y se sentirá en casa.
