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El sutil aroma a jengibre y canela inunda las calles. Pequeños adornos de muérdago se lucen en cada puerta, acompañados de luces parpadeantes y listones escarlata. La nieve cae libremente y las fechas navideñas visten la ciudad, detalle que Jude disfruta demasiado porque será la primera Navidad que pasa al lado de su chico.
Camina de regreso a su apartamento, cargando un par de bolsas con los ingredientes necesarios para preparar sandbakkels. No era especialmente bueno en la cocina, pero le había preguntado a Erling por algo que le gustara de la festividad y obtuvo una mirada cálida, casi añorante, mientras oía sus divagaciones sobre galletas dulces.
Casi al instante imaginó la escena: él hablando solo sobre no entender algo y Erling acercándose a preguntar si podía ayudar. No lo dejaría, claro está. Pero podría pedirle que se siente en el taburete frente a él, poner alguna canción empalagosa de fondo e ir por besos como fuente de energía.
Así que, si con preparar galletas y un par de tazas con chocolate podía tener a su novio entre sus brazos, lo tomaría. Llámalo obsequio, llámalo trampa azucarada, Jude se conforma con cualquiera de los dos.
Dobla hacia la calle de su edificio y acelera el paso. Puede sentir su cuerpo cálido pese a la brisa invernal. Quiere llegar, quitarse el abrigo y dejar las bolsas en cualquier lado, para después sumergir su nariz en el cuello del mayor y relajarse con su aroma. Quiere ver la felicidad tan clara en su rostro que ninguna evasiva verbal signifique más que murmullos nerviosos.
Sin embargo, su burbuja de azúcar le explota en la cara apenas llega a casa y ningún saludo lo recibe. Atraviesa la sala despacio, encontrando a Erling apoyado en el reposabrazos del sofá: tiene el móvil pegado a la oreja y media sonrisa, aparentemente ajeno al chasquido de sus pasos. Levanta una de las bolsas y le roza la espalda, pero el mayor no se inmuta.
Suelta un suspiro resignado y sigue hasta la cocina, dejando caer las cosas sobre la encimera con un golpe seco. Mantiene los ojos fijos en su novio y saca los ingredientes uno a uno, contando con ellos los segundos que le toman obtener la atención del rubio.
El paquete de harina cruje contra el azulejo y Erling se gira. Cinco.
Él es paciente, de verdad que sí. Cinco segundos no son nada cuando le han temblado las piernas en el banquillo mientras ansía que sus compañeros remonten un partido, cuando ha estado arriba de un avión durante horas para visitar a su familia luego de una temporada entera sin verlos, cuando ha esperado meses para poder pasar unas vacaciones al lado de su novio.
Entonces, él es paciente y ahora lo intenta —Dios sabe cuánto—. Apela a su calma interna mientras el chico está a unos metros de él, con los ojos bien abiertos finalmente en su dirección. No puede evitar preguntarse qué tan terrible luce él mismo cuando, de inmediato, Erling aparta el móvil para preguntarle qué sucede.
Carraspea y trata de sonar firme al responder:
—Nada, ¿por qué?
Erling sólo se encoge de hombros, alternando la mirada entre él y las compras. Jude finge no notarlo.
—¿Te tardarás mucho? —pregunta, en cambio.
Es que quiero pasar tiempo contigo. Piensa, pero las palabras se pierden tras una sonrisa apenas formada. Recarga la mitad de su cuerpo al borde de la encimera y suelta un suspiro débil. Erling le sonríe de vuelta, pero no cuelga la llamada.
—No creo —murmura segundos después. Avanza hasta quedar frente a Jude, con la isla en medio de ambos—. ¿Seguro que no sucede nada?
El tono de la pregunta es suave, y el chico lo mira fijo mientras espera una respuesta. Jude casi puede imaginarse el teléfono cayendo de su mano, incluso puede imaginarse arrojándolo él mismo para después refugiarse en sus brazos. Baja la cabeza y reprime una sonrisa, sintiéndose repentinamente abrumado por todo lo que quiere hacer con quien parece estar dispuesto a ello.
Dile que sí, que se deshaga del teléfono y venga contigo. Inspira, levanta el rostro y Erling alza las cejas, como si lo animara a continuar. No puede.
—No, tranquilo —se rinde, decidiendo extender sus cinco segundos—. Termina de hablar.
Erling asiente, aún sonriendo, y el móvil vuelve a su sitio.
Jude aparta la vista, revisando mentalmente qué ingredientes faltan. Busca el azúcar en los gabinetes a su espalda, toma dos recipientes, acomoda la pequeña balanza y corta la mantequilla. De pronto, han pasado ocho minutos, tiene todo preparado y sus manos hormiguean por algo que no es la emoción de empezar.
En ese tiempo, Erling ha cambiado de postura varias veces. Tiene un lado de su cuerpo reclinado sobre la barra, con el borde clavándose en sus costillas izquierdas. No luce incómodo, sin embargo. Ríe cada tanto, se forman pequeñas arrugas en las esquinas de sus ojos y frunce la nariz sutilmente.
Jude continúa allí, incluso cuando el mayor se aleja un par de centímetros y sólo puede ver el lateral de su rostro. Sigue aún cuando su espalda baja duele. Se inclina hacia adelante y apoya los codos sobre la encimera, soltando suspiros mientras descansa la cabeza en una de sus manos.
Diez minutos. Los bordes de la mantequilla se ablandan y siente que él mismo lo hace también, cediendo ante la espera. Erling se gira del todo y ahora Jude sólo observa su espalda. Los músculos se flexionan, pero él se resiste a estirar el brazo y tocarlos. Sus dedos tamborilean sobre la cerámica mientras su mente lo proclama como el mayor guerrero de Dios.
Entonces, una carcajada estalla en la sala. Erling tira la cabeza hacia atrás y aleja ligeramente el teléfono. Jude apenas oye un murmullo, una queja inentendible sobre la estática de la llamada. No entiende la gracia, pero reconoce la voz.
Doce minutos, y la mandíbula comienza a dolerle por la presión en sus dientes. La espalda le quema por mantener una posición que no quería adoptar en primer lugar. Su paciencia pierde forma y él acaba casi recostado sobre la encimera, jugando con los cristales de azúcar que derramó.
Levanta un poco el rostro e intenta arrojarle uno al mayor. Ni siquiera consigue ver dónde cae.
Su novio ríe, se encorva, susurra cosas, se endereza, pasa su mano libre por su cara, y Jude sólo observa. Podría jugar a adivinar qué expresión tiene el mayor, sabiendo que acertará aún si no lo comprueba. Sin embargo, sólo enumera las reacciones que quería provocar él mismo y siente como si cristales auténticos le agrietaran el pecho.
Julián es la causa esta vez.
Jude ya no intenta adivinar qué dice Erling, solo mira cómo la cabeza del mayor se inclina hacia la izquierda y cómo los tendones de su cuello se tensan al reír. Hay un calor extraño bajo su piel, algo entre la rabia y el anhelo. Es absurdo sentirse así por una llamada, lo sabe, pero la imagen frente a él lo desarma y el tic-tac del reloj le recuerda que sigue siendo un espectador.
Ya no quedan más cristales sobre la encimera, y cree que arrojarle un huevo sería demasiado cruel. Así que sólo se endereza despacio, el dolor en su espalda se agudiza antes de comenzar a desvanecerse. Podría hacer las galletas él solo, sentarse y observar cómo el horno las cocina lentamente, calentar el chocolate con sólo cinco hojas de menta —porque seis es demasiado, según su novio— y llevar todo al salón cuando el otro haya terminado.
Podría. En su lugar, arrastra los dedos sobre el azulejo. Da un paso, luego otro. No planea acercarse, y sin embargo lo hace. Cada respiración se le vuelve más pesada. El aire, cremoso y dulzón, contrasta con el sabor amargo que se asienta en su boca.
Cuando Erling gira apenas la cabeza, Jude ya está lo bastante cerca como para notar la forma en que su voz baja al despedirse. Hay un silencio breve, un eco de «nos vemos luego», y entonces la llamada termina.
Erling sonríe, aún sin mirarlo, y Jude no recuerda en qué momento su mano dejó de temblar o en qué instante se borró la línea entre la espera y el impulso. Solo siente la urgencia, la súplica muda de mírame, y la distancia que se acorta entre ambos. Quiere alzar la mano, rozar su hombro, aferrarse a su torso y quedarse ahí, bajo su barbilla. Se detiene antes, como si su cuerpo castigara su exigencia con una nueva espera.
—Listo. —Erling finalmente gira hacia él, renovado.
Jude no se mueve. No respira. Por un momento, piensa en decir cualquier cosa. En fingir que nada duele, que no sintió cómo perdía la tarde esperando, aun si no era así. Teme que no decir nada sea callarlo para siempre.
Erling frunce el ceño y abre la boca una vez más, pero él lo interrumpe:
—Te extrañé —murmura despacio, con lo que podría ser su último aliento.
Da un paso más, y el espacio entre ambos se extingue. El beso le nace sin aviso, tibio y torpe, como si fuera la única manera de recuperar el aire que había perdido.
Erling tarda un instante en reaccionar, pero cuando lo hace, el silencio se llena del sonido de su respiración entrecortada. Sus labios se deslizan pausadamente, tentativos. Jude apenas se da cuenta de que sus dedos han encontrado el borde de su camisa, de que se aferra sin querer, como si temiera que pudiera alejarse.
No hay prisa. Solo un movimiento leve, la caricia de una nariz contra la otra, el temblor que le recorre la garganta antes de rendirse por completo al calor que el otro le devuelve.
El beso se alarga. Se siente torpe, interrumpido por risas pequeñas y por el roce del aliento contra la piel helada. Erling parece alejarse, pero Jude sujeta su nuca y lo mantiene en su lugar, tomando todo lo que puede, sintiendo cómo las grietas dentro de él se desvanecen.
Y cuando finalmente se separan, Jude no está seguro de si fue él quien se inclinó o si fue Erling quien lo atrajo.
El silencio se prolonga, ambos sin apartar la mirada del otro. A Jude le cautiva la imagen frente a él: las pestañas rubias adornando la mirada contraria y los pómulos teñidos de un rosa sutil. Alza la mano y desliza sus dedos entre las hebras doradas, peinando con cautela, sonriendo suavemente.
—Yo también te extrañé —susurra el mayor, con la voz aún rasgada.
Jude baja la mirada, y su frente queda apoyada en el hombro del otro. Todo a su alrededor huele a azúcar, a mantequilla y a algo que solo puede describirse como hogar. Se derrite en los brazos de su novio y siente la leve respiración acariciando su oreja, erizándole la piel.
Tal vez las galletas podían esperar un poco más, pero él no. Ya no.
