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Luka no suele reparar demasiado en ciertos detalles.
Aunque se considera meticuloso y bastante perspicaz, cualidades que relaciona con su papel en el campo, hay pequeños detalles que puede pasar por alto. Es así como sucede mientras desliza un par de calcetines extra dentro de su bolso y escucha, sin querer, la conversación entre Ronaldo y Marcelo. Palabras casuales que dibujan en su mente una duda imprevista.
¿Tenía él algún ritual personal que lo ayudara a concentrarse antes de un partido? ¿Algo que le concediera la ilusión de seguridad momentos previos a entrar al campo?
Frente a su casillero, clasifica la idea como una duda irrelevante, al menos en ese momento, porque no cree que pueda permitirse un repaso mental de hábitos supersticiosos. Está a minutos de jugar uno de los partidos más importantes de la temporada, si no es que el más. Necesita mantenerse enfocado en ello.
Así que, decidido a fijar su mente en el juego que le aguarda, trata de que el bullicio del exterior sea el estímulo que lo saque de aquel diálogo cercano. Después de todo, los vítores y cánticos eran capaces de brindar más fuerza de la que se creía, con la mente abarrotada de posibilidades y personas a su costado que querían cumplirlas todas. Un respiro, piensa, creyendo finalmente haber encontrado calma. Sin embargo, Karim aparece y el tema de conversación se propaga.
Hay algo en la situación que aviva cierta inquietud interna, no puede reconocer qué es y aquello lo frustra levemente. Las palabras siguen fluyendo de fondo, y él, sin darse cuenta, lleva la uña del pulgar a los dientes. No la muerde, sólo está ahí, como si su cuerpo necesitara manifestar que está nervioso por algo. Baja su mano y mira todo el lugar, obligando a su mente a centrarse en alguna cosa que calme la preocupación que considera injustificada. El juego. Es por el partido. Se dice, pero no respalda nada.
¿Debería unirse y prestar mayor atención a lo que sus compañeros realizan en busca de buen augurio? No planea poner en práctica alguna acción, considera que no funciona hacer copiado y pegado de algo donde la creencia es fundamental. No cree estar desesperado, aunque entiende que, algunas veces, se manifiestan circunstancias en las que resulta casi necesario aferrarse a elementos que brinden seguridad. Quizás el final de una Champions exija algún tipo de amparo, pero para él no hay mayor certeza que ver a sus compañeros enfrente, dispuestos a rasgarse los músculos con tal de saborear la victoria.
Luka tamborilea los dedos en el banco, como si pudiera disipar el peso que siente en el pecho. Ronaldo sonríe e irradia un aura relajada. Marcelo cuenta algo con su cuerpo más que con las palabras, haciendo reír a todo el que lo escucha en el proceso. Ángel acaba de guardar una camándula en su bolso y se acerca al resto, sin formar parte de la conversación en su totalidad.
Así es como está él. Sólo que el rosarino parece haber encontrado un punto de calma, mientras Luka cree que podría estar proyectando la incomodidad tal cual la siente, con el cuerpo rígido frente a conversaciones generales y esfuerzos vanos por emular algo distinto como si pudiera absorberlo del resto.
La semana pasada Carvajal había contado la historia de su mascota intentando adaptarse a su nuevo espacio, lo que conllevó tres macetas rotas, pero parece haber sucedido nuevamente y esta vez la historia debe sonar más divertida porque la mayoría está riendo con fuerza. Luka podría ser como esa mascota, sólo que ha estado en este vestuario demasiadas veces y su cuerpo no necesita liberar energía estropeando cerámica. No suena tan fuera de lugar cuando conoce al equipo lo suficiente para predecir quién se aproxima con tan solo escuchar sus pasos.
Quizás por ello todo luce habitual hasta que ya no. Entre los cuerpos de sus compañeros, el ambiente pulcro y el ruido excesivo, nota la ausencia de una figura en específico. La falta de su risa ronca es lo que alerta a Luka, que siente el espacio en blanco como la intención de iniciar un partido sin el balón en cancha.
Sus ojos se pasean por los casilleros, cerca de las puertas, en los asientos, mas no encuentra nada. De pronto, el blanco característico del recinto le resulta molesto, como si acentuara su incomodidad. Suficiente, se dice, porque no habría nada más carente de sentido que una reacción desmedida ante una situación cualquiera. Una parte de sí le dice que tan solo debe asegurarse de que está ahí y su esquema mental estará restablecido.
Había pasado la noche anterior conversando con Sergio, con quien compartió una taza de té. La flor de jazmín no es de sus favoritas, pero quizás fue el cálido aroma, la voz casi susurrante de su compañero de equipo o la conocida expectativa previa a los partidos, que se sintió abrazado por una confianza inusual.
Le gustaba hablar con Sergio por las noches, aunque se acostara un poco más tarde por ello. Le gustaba contarle sobre la vez que prácticamente se robó un pastelillo pensando que eran muestras gratis o la etapa de su vida donde le había sido casi imposible adquirir un balón para seguir practicando. Le gustaba decirle que estaba emocionado por haber ganado en un entrenamiento o preocupado por una final como la de hoy. Le gustaba que Sergio lo abrazara, como si con ello reafirmara su presencia, un tácito cuentas conmigo, aunque no hubiera mucho que decir o hacer. Cuentas conmigo para hurtar más postres, cuentas conmigo para probar té de flores, cuentas conmigo para jugar. Ganar o perder. Ahí estaría y Luka lo sabía. Sergio jugaría tanto como él.
¿Dónde está ahora?
Entonces, como si Sergio estuviera al tanto de su búsqueda implícita, aparece para pedirle a todos que se formen y poder pasar al túnel. Con una expresión seria que, quizás intencional, no llegaba a sus ojos, como si tratara de que el grupo se resguardara en él pese a la complejidad del partido.
Luka suspira y contiene una sonrisa, sabe que no es haberse acomodado en la fila lo que le brinda paz. Las conversaciones a su alrededor se apagan lentamente y se cierne sobre ellos el puro anhelo de salir a jugar. El espacio se siente reducido, algunos compañeros se mueven inquietos y él se siente sudoroso aunque todavía no está en el campo. Sergio camina despacio por el lugar, mirando a todos. Luka espera —léase: desespera— a que lo mire.
Su corazón late con fuerza, y esta vez no puede evitar sonreír. Es por el partido, se repite. Pero Sergio finalmente voltea hacia él y la emoción crece. Están a punto de salir, el sevillano no se ha movido y algo le pide a Luka que sea él quien se acerque.
La inquietud inicial disminuye, pero no desaparece, es como el pequeño insecto que estuvo molestándolo la noche anterior, que terminó sumergido en los restos de té en una de las tazas. Luka trata de ahogar el sentimiento de igual forma, pero quizás se lo impide no entenderlo del todo. Sergio ya está, el equipo ya está, él mismo está listo, ¿qué podría faltar?
Sus pensamientos se detienen cuando Sergio avanza hacia él, la calidez en su pecho se vuelve abrasadora y el bullicio del entorno suena embotado, o tal vez sea su propia mente la que se desconecta un poco de todo, con sus sentidos siendo acaparados por la figura que se aproxima.
Con la espalda recta y esa sonrisa ligera que siempre lleva, el defensa se detiene frente a Luka. Él levanta la mirada, y por un instante, casi puede ver el rostro de Sergio bañado en la luz tenue de la noche anterior. Los tonos miel de sus ojos lo envuelven y Luka no cree que pueda formular palabra alguna, embriagado por una sensación dulce que se posa en su paladar.
Aún bajo la calma que irradia la expresión de Sergio, su interior se agita a la espera de algún movimiento del otro, inseguro de lo que quiere e incapaz de pedirlo de todos modos. El sevillano acuna sus mejillas y Luka jura que podría derretirse en respuesta, agradeciendo internamente ser sostenido de esa manera. Cierra los ojos en cuanto el agarre se torna firme y suelta un suspiro inaudible al sentir una ligera presión en su cabeza.
Sergio le había dado un beso en la frente, tal cual cada partido. La sensación cubre cualquier espacio vacío y ya no necesita macetas para conseguir adaptación. El nudo interno se deshace, como si algo minúsculo y molesto dejara de revolotear en su interior. Ah, eso faltaba.
—Ganemos esto —susurra el mayor, y el hormigueo en el pecho de Luka se convierte en calor puro.
En cuestión de segundos, Sergio está a la cabeza de la fila. Todos parecen listos para avanzar, aparentemente ajenos a la cercanía del momento que acababan de compartir —o, conveniente para Luka, prescindieron de ello—.
Luka sonríe cuando Sergio gira hacia él una vez más. Intenta transmitir acuerdo en su mirada, porque no hay palabras que puedan expresar el agradecimiento por esa calidez que ahora lo rodea. Pero espera que ganar el partido sea suficiente.
La voz de Ancelotti resuena, y Luka desvía la mirada antes de caminar con el resto. Respira profundo mientras mueve el cuerpo, como si estuviera volviendo a la vida.
Tal vez no sea un ritual, pero no necesita más. Sergio está aquí, y eso basta.
