Work Text:
Marco guarda un sollozo en su garganta y, en cambio, golpea fuertemente la almohada en la que había estado tumbado. La luz tenue del lugar se acomoda de manera idónea a los pensamientos grises que lo envuelven.
No está seguro del tiempo que transcurre, su vista se torna borrosa y termina acostado de nuevo, tratando de enfocarse en las enredaderas dispersas a través el techo. Repasa el patrón entre musgo y madera —que parece más claro que su propia cabeza—, pero el frío le cala los huesos a pesar de la imagen llena de vida.
Había querido gritarle a Robert que lo dejara en paz, porque los rumores del nuevo tripulante del Capitán Müller resultaron ciertos y, como si no fuera suficiente, Robert aparecía en ellos como fotografía de primera plana. No quiere pensarlo, pero algo arde dentro de él más de lo que lastimaría caer sobre un arbusto de espinas, o tener el garfio del Capitán punzando su mejilla —y ya había experimentado ambas—.
No quiere pensar en esa extraña presión interna que ocasionó Robert desde que le preguntó por lo que sentía, además del pesado silencio tras su nula respuesta.
Quizás Marco no permitía que su mente vagara demasiado en resolver lo que había tras sus acciones. El rostro de Robert brillaba con cada cosa que él le enseñaba sobre la isla, por lo que sólo quería mostrarle más y más con tal de eternizar la mirada de admiración que le era dirigida.
Pero Robert no se perdía en la isla como los demás, siempre recordaba su origen. Así que al anochecer, rodeados de pequeñas hadas, con Marco anhelante de sonrisas y Robert ansioso por seguir descubriendo; el joven, que apenas había aprendido a volar, lo miró con seriedad y preguntó: «¿Sabes lo que tu corazón te está diciendo?». Silencio.
Robert sembró entre líneas lo que Marco no supo arrancar: si alguna parte de él pedía por algo más que un país perdido tras las estrellas. La confusión lo envolvió como la neblina del bosque y, aun con ella, se sintió visto por Robert. Aquella sensación fue suficiente para asustarlo, desvelando verdades titubeantes que no se atrevió a nombrar.
¿Quién osaba ser él para formular sentimientos y crecer en una misma oración? Como si Marco debiera saborear ambas. Al final, sólo se las escupió en la cara y salió corriendo, con una parte de él lamentando la imagen que dejó atrás: Robert de pie en medio de luces centelleantes y un baile que no fue capaz de concluir.
El recuerdo trajo el cuento de Cenicienta a su memoria, pero su pequeña hada no cumplía deseos y él no le había dejado ningún calzado a Robert, sólo la sazón amarga de la cobardía.
No quiere ser culpado por ello y ni siquiera puede comprender del todo la culpa, pero ella no necesita comprensión para hundir los dientes. Primero lo mordisquea, luego se aferra y termina convirtiéndose en un peso en su pecho, en el aire que le cuesta tragar, en la rabia que crece sin nombre.
Baja la vista lo más que puede en busca de su espada, mientras la necesidad de empuñarla y luchar contra algo —cualquier cosa— lo consume. Su respiración no se siente del todo correcta, ningún patrón le trae paz a su mente cuando una mata de cabello castaño continúa deambulando en ella.
El niño apareció y él terminó cuestionando su permanencia en la juventud, como si detrás de crecer hubiera algo más que desasosiego. Marco no dio respuesta ante ello y Robert decidió irse, llevándose con él todo lo que conocía. Su hermana, los niños perdidos, su calma y certeza por tener lo suficiente en aquel estado sempiterno.
Se levanta molesto consigo mismo y, en consecuencia, con todo lo demás. Sus pies raspan el suelo irregular mientras se dirige a una de las plantas florales del escondite. Toma una de las flores pálidas entre sus dedos y la arranca con fuerza, como si ese simple gesto pudiera arrancar también lo que lo carcome por dentro.
Aun así, la flor sigue intacta en su palma, perfectamente cóncava, indiferente a su furia. Es él quien se deteriora, quien se siente más frágil que el tallo delgado entre sus dedos. Apretar la flor no la marchita, pero su propio pecho se resiente con el gesto. Suelta un suspiro tembloroso y pasa los dedos por los pétalos, casi con la absurda esperanza de que algo suave pueda calmar el áspero nudo en su garganta.
Robert había dicho que los niños debían tomar medicina como castigo, el peso de sus malas acciones pagado con sabores agrios y amargos, disculpas disueltas en la lengua y deudas saldadas tras beber lo considerado repugnante.
Pero Marco no había tomado ninguna medicina. No había pagado por lo que hizo, no había pedido disculpas, ni siquiera había pronunciado el nombre de Robert desde que se marchó. Y ahora, cuando el silencio de la cueva pesa más que nunca, cuando el aire es espeso y su piel arde sin fiebre, se pregunta si aún está a tiempo de tragar su castigo. O si el castigo es, precisamente, este.
Quedarse solo con su propio eco.
Incapaz de darse a sí mismo algo de consuelo, llena la pequeña flor y, entre suspiros temblorosos, la acerca a sus labios. De pronto, una luz brillante aparece y se detiene delante de su boca, bebiéndose todo el brebaje antes de que Marco sea consciente de lo que sucede.
Le toma varios segundos reconocer el origen de la luz y comprender los sucesos, pero lo nota. Yvonne apareció súbitamente volando hacia él y arrebató su castigo, su paladar no detecta nada, nuevamente las artimañas de su hada le impiden cumplir consigo mismo y enfurece ante ello.
—¡¿Qué te pasa?! —exclama, pasando una mano por su boca, como si tuviera algo que quitar—. ¿Por qué hiciste eso?
Yvonne no dice nada, su destello parpadea y toma distancia.
Marco no cuenta errores como pétalos, pero el hada había tratado de dañar a Robert y su pecho se oprime ante el recuerdo. Quizás ella también necesitaba un trago de arrepentimiento para que sus palabras sonaran a disculpa, pero Marco no quiere oír disculpas. No ahora, no cuando él trae las suyas como llagas en la garganta.
—¿Qué está mal contigo? —dice, sin embargo, con el ceño fruncido y voz demandante.
Yvonne no es un espejo, pero podría serlo.
Mas el mundo parece detenerse bajo la dura mirada de Marco, que deja atrás la neblina del enojo cuando el parpadeo en la luz de Yvonne se repite y su aleteo amenaza con detenerse. Su vuelo, inestable, la deja caer sobre la mesa, con una vela a su espalda que brilla más que ella y una tos débil que apenas se escucha.
Marco siente su corazón martillando en sus oídos. El aire se enfría de golpe mientras se acerca a Yvonne, cuyo cuerpo luce más pálido con cada segundo que pasa.
Aquello no podía ser medicina, ¿verdad? Yvonne jamás le había impedido beberla y, ahora que lo hace, acaba sobre la mesa con el cuerpo flácido.
Marco se desespera, sujeta la vela y le pregunta qué sucede. El hada sólo lo mira, con una expresión suave aunque el fulgor de su cuerpo se desvanezca.
Él cree que ella le pregunta si, con eso, saldó las faltas que había cometido. Marco no sabe cómo decirle que no necesitaba verla tendida para pensar en el perdón, porque ahora que lo hace, se da cuenta de que es una imagen que le gustaría no haber presenciado nunca.
En cambio, acerca la vela al pequeño cuerpo y trata de tomarla entre sus manos.
—Yvonne, ¿por qué te estás apagando? —No hay respuesta, sólo media sonrisa con bordes quebradizos que cortan a Marco en dos—. ¿Y por qué estás tan fría?
Odia ver la tierra en sus manos, contrastando con el cuerpo descolorido del hada. El silencio de Yvonne es más pesado que el de la cueva minutos atrás. Incluso con sus propios balbuceos, la oscuridad lo hace insoportable.
Yvonne ya no brilla y la vela se apaga. Marco solloza, y una pregunta le cruza la mente con brutalidad: ¿Son estos los sentimientos de los que Robert le hablaba? ¿Era esto crecer?
Marco siempre había sido cuidadoso, en toda su sed de aventura y vida eterna, no se acercaba demasiado a las sirenas para no ser prisionero bajo el agua, respetaba los territorios de los indios y protegía su cabeza de cañones piratas. Marco sabía que habían cosas que podían lastimarlo.
Sin embargo, ahí, en medio de la cueva que es su casa y previo a beber lo que debía sanarlo, se encuentra con el cuerpo intacto. No hay sangre por ningún lado, pero siente mojado el rostro. No tiene ninguna herida, pero le duele cada parte de su ser.
Acurruca a Yvonne cerca de su pecho y sale de lo que podría ser su tumba. El viento sopla con fuerza, los árboles se agitan vehementes y la piel de Marco se eriza. Todo su cuerpo se estremece, no distingue si es producto de los sollozos o el frío que arrasa con el bosque.
El cielo se nubla ante la pérdida, Marco cae de rodillas y la nieve se precipita sobre él, como una sepultura blanca que le recuerda cuán sucio está.
«¿Hice suficiente, Marco?». Pudo haber preguntado su último destello. Él sólo grita.
Yvonne muere frente a él, debiéndole disculpas porque la eternidad no la alcanzó, aunque siempre fueron ambos quienes estuvieron persiguiéndola. Él creía en ella y la vio desvanecerse entre sus dedos. Yvonne, creo en ti, ¿puedes volver?
—Por favor, Yvonne. Perdóname —Su voz suena estrangulada, su cabello luce blanco por la nieve y tiene el cuerpo inclinado sobre ella—. Creo en ti, ¿por qué no funciona?
Apenas registra sus súplicas, el llanto entorpece sus palabras y ráfagas de viento aletargan su cuerpo. Los relámpagos son lo único que ilumina el cielo. Levanta la cabeza, no hay nadie alrededor. No hay ayuda, no hay respuestas.
—Yo creo en ti. Despierta, por favor —pide, las palabras se le enredan y apenas consigue terminar la frase. Aprieta los puños y deja caer su cabeza a un lado del hada—. Yo creo en las hadas.
Su cuerpo, antes rígido, tirita. Su garganta arde, y algo en él anhela ser escuchado. Si desea con suficiente fuerza, ¿acaso los rayos cumplirán su deseo como las estrellas? ¿Aquel destello característico le devolverá el suyo a Yvonne?
—Yo creo en las hadas —dice con firmeza—. Creo, creo.
El vendaval parece intensificarse, como si comprendiera sus plegarias. Recuerda la vez que Robert le dijo que los árboles guardaban los secretos del bosque, él sólo sonrió, encantado con la mirada contraria y convencido de que sólo era otro cuento. Ahora, se permite dudarlo, bajo la sensación ardorosa de gritar, que el bosque los vea. Que los sueños, tan proclamados como exclusivos de niños, se vuelvan realidad.
—¡Yo creo en las hadas! —grita finalmente, enterrando las manos en el suelo nevado y mirando al hada—. ¡Creo, Creo!
Lo repite, una y otra vez. Llega un punto donde no está seguro de si es su propia voz la que pierde el sentido, pero el ambiente se transforma en una cacofonía de ruegos que claman por nueva vida. Los árboles escuchan, no hablan, pero las hojas se agitan ante murmullos que provienen de ningún lugar en específico.
Él cree en las hadas, el bosque también, la isla entera parece inclinada ante Yvonne. Marco cree que estar de rodillas ya no es suficiente.
Sin embargo, tras un rayo y balbuceos ahogados, el cuerpo del hada sufre un espasmo. Una luz cálida comienza a brillar en su pecho, extendiéndose por todo su cuerpo. Al principio, Marco sólo puede observar, aún inclinado frente a ella con un nudo obstruyendo su garganta.
El murmullo del bosque se detiene cuando los párpados de Yvonne parecen temblar. Él sonríe, como si fuera su primera vez haciéndolo, encantado e inocente. Marco ríe, e Yvonne despierta.
—Yvonne… —susurra, junta sus manos bajo el pequeño cuerpo y lo observa, temeroso aún. La nieve se derrite, pero no es por él—. Estás viva.
La afirmación suena a pregunta cuando ella no se ha movido nuevamente. El rostro de Marco se contrae y espera, parpadeando varias veces para quitarse la humedad vestigial. Está a punto de hablar, pero el hada le sonríe y brilla con intensidad.
—Yvonne —exhala, con el pecho apretado y nuevas lágrimas tras sus párpados— ¡Volviste!
No sabe cuándo los relámpagos cesaron, pero lo nota con el rayo de sol que se refleja sobre el cuerpo del hada. Marco extiende ambas manos mientras se pone de pie, la sonrisa permanece en su rostro y el viento le despoja los restos de nieve.
Yvonne vuela.
—¡Estás viva! ¡Estás viva!
Sus gritos de júbilo cubren el bosque, el silbido de las hojas corean su alegría. Marco salta, sigue a Yvonne como una polilla a la luz y ella lo sigue de vuelta, acaban girando en círculos mientras el joven continúa riendo. El sol ilumina por completo el cielo y las nubes ya no auguran catástrofes tras ellas.
Yvonne está viva. Marco respira, y por primera vez en mucho tiempo, siente que él también lo está.
El Capitán Müller podrá amenazar con arrebatarle todo, con apartar a Robert de su lado y despojarle la vida a Yvonne, pero aquello no implica que Marco lo permita. Lo sabe mientras observa el rastro brillante que el hada deja tras ella, mientras se alza y lo mira, como si estuviera esperando por él.
¿Cómo era que podía volar? Imaginando. Cierto. Soñando. Cierto. Siendo un niño… ¿Cierto?
Marco vuela tras ella, siendo invencible.
El viento en su rostro le recuerda que la isla está de su lado. Bailan juntos, en sintonía, como Robert lo hizo aquella noche. Eso es suficiente para partir hacia el navío casi destartalado del Capitán.
Marco vuela sin preguntas en la mente y con los rostros de quienes lo esperan en el corazón. Los niños aguardan por un rescate que estuvo a segundos de no suceder, pero Marco bebería la resina de todos los árboles antes de decepcionarlos.
Si bien recuerda sus enfrentamientos previos, esta batalla parece definida por algo que se ha postergado demasiado. Entre secuestros, cocodrilos, objetos perdidos… Marco sabe que huir no servirá de nada, así también sabe que el Capitán no lo hará.
¿Qué tanto teme a lo incierto si es un chico alérgico a la juventud habitando un país perdido?
Divisa el barco a lo lejos y distingue una silueta de pie en el extremo de la tabla. Lo reconoce de inmediato: Robert está a punto de ser arrojado por la borda. La tripulación de Müller está agrupada alrededor y el mismísimo Capitán lleva una radiante sonrisa en el rostro.
Yvonne se aleja de él y asciende a la cubierta. El joven se acerca lentamente, aún cuando la rabia bulle en su interior al notar el temblor de las manos de Robert. El sigilo funciona. Marco llega y se apoya en la madera húmeda, con sus pies rozando el agua helada.
La distancia le impide escuchar lo que dicen, pero el temblor difiere de las facciones duras del chico.
La media sonrisa de Robert se agudiza, como si sus manos y pies atados no lo pusieran en suficiente desventaja para declararse perdido, como si alzar el mentón frente al Capitán fuera más afilado que la espada a centímetros de su pecho.
Su piel parece más tensa que nunca, y la sombra púrpura bajo sus ojos delata el peso de estos días. A Marco le oprime el pecho verlo así. Robert no se parece a aquel chico que lo encontró a los pies de su cama una noche, que lo vio llorar y luego le cosió la sombra.
Probablemente, sus palabras ahora no son suaves como lo fueron aquella vez, la noche donde recibió un dedal porque desconocía los besos y Robert, de alguna forma, parecía encantado con eso.
Miradas hacia arriba, sonrisas sutiles y palabras aterciopeladas. Sueños que no se están cumpliendo porque Robert está a segundos de caer al vacío, con un tic-tac invisible que astilla la madera y devora el tiempo.
Marco aguarda, puede notar la sensibilidad perdiéndose en la parte inferior de su cuerpo, pero no aleja la mirada de la escena sobre él. La voz de Müller suena como un murmullo inentendible mientras la sonrisa de Robert tambalea, tal como lo hace su cuerpo cuando el Capitán pisa fuertemente la tabla.
«Hazlo». Marco cree distinguir esa palabra de los labios amoratados de Robert. La media sonrisa se extiende una vez más, firme ahora, como si el chico decidiera algo en ese instante.
Pese a tener las uñas enterradas en la madera apodrecida, un calor reconfortante se asienta en el pecho de Marco, como un manto bajo el cual podría imaginar a Robert batallando a su lado y no preocupado tras él. Aquí no necesitan un castillo hecho de sábanas para vivir travesías, y piensa que Robert ya no se esconderá detrás de nubes al ver un cañón. Marco suspira, el dolor de sus dedos disminuye en cuanto afloja su agarre.
De repente, un zumbido corta el aire cuando el Capitán se impulsa hacia adelante. Marco apenas tiene tiempo de notar el destello de la espada. Müller afirma ambos pies sobre la tabla y Robert le dedica una última mirada. No de súplica, ni de miedo, es algo más difícil de descifrar. Luego, cae. Un silencio abrupto se adueña del barco.
No hay viento, el mar luce quieto. El cuerpo de Robert desciende sin exaltarse, como si se resignara a un resultado inevitable.
Marco observa aterrado, con la respiración atascada. Intenta moverse, pero es como si no existiera. Una sensación helada le recorre la piel, clavándose hasta los huesos. Su mente grita para salvar al chico aunque los nervios entumecidos le nieguen órdenes.
Robert continúa cayendo. Está cerca de acabar el cielo y tocar el agua cuando parece recuperar el control de sí mismo, moviendo los brazos como un acto reflejo. Su pecho se agita, cierra los ojos con fuerza y luce como si esperara el impacto.
Marco se rompe ante la imagen a sus ojos, perdido entre aferrarse a la vida y verla desvanecerse una vez más, temeroso de que los rayos ya no concedan milagros y el creer no baste cuando sujeta un cuerpo inerte contra el suyo.
Finalmente, Marco se lanza, porque la piel no puede agrietarse más de lo que lo haría su alma si no hace nada.
El tic-tac pierde fuerza. La risa del Capitán lo llena todo, pesada, cruel. El niño ha caído, y la desdicha se asienta cuando los segundos marcan el compás de cada movimiento. El tiempo corre. El Capitán seguramente iza banderas de victoria, celebra lo que no ve y cree oír.
Marco, con sueños en el bolsillo que claman por realidades diferentes, lo rescata.
El peso de Robert lo desestabiliza un instante, rozando el agua salada. Marco siente cómo los dedos ajenos se aferran a su ropa y, por un segundo, teme que resbale. Sus brazos se cierran con más fuerza, asegurando el agarre.
La tela de la pijama se siente etérea entre sus dedos ásperos, como si el calor de Robert fuera lo único tangible en ese instante. La suavidad se le queda prendida en la piel.
—Te tengo —cree decir, aunque su voz se pierde en el pitido insistente que distorsiona el mundo a su alrededor.
No es propio de él sentir el corazón tan frenético ni las manos empapadas en sudor.
Ningún animal se presenta, pero el usual sonido del reloj continúa en el ambiente. Tácito, aguardando por finales no cumplidos. Marco lo percibe. Afirma su agarre casi por instinto, sin mirar el rostro de Robert aún. Se asegura de que no haya peligro a su alrededor y retorna a su escondite inicial.
La risa del Capitán se transforma, de cruel a crispada, de firme a un eco tembloroso. La tripulación obedece, pero sus vítores suenan huecos.
Marco, cabizbajo, se atreve a buscar la mirada del otro joven. Robert mantiene los labios entreabiertos, con un halo azulado alrededor de sus pupilas dilatadas y la piel todavía pálida.
Perdóname, quiere decir. Perdóname por haber tardado tanto, por haberte hecho pensar que no vendría, por haber actuado como si nada me importara. Sin embargo, no dice nada.
Marco no sabe cómo Robert consiguió desatarse, pero siente al chico afianzar el agarre sobre sus hombros. Las manos contrarias resultan un consuelo mesurado ante la cercana tragedia y sus latidos aún acelerados. Inhala despacio, un aroma levemente cítrico prima sobre la humedad y su pecho se encoge al percibirlo.
Las miradas abarcan más espacio del que disponen. El silencio permanece y, con él, Marco es capaz de escuchar el leve suspiro de Robert. El aire cálido le acaricia los pómulos. El joven de cabellos castaños apenas sonríe, demasiado suave, como si hace unos minutos aquello no hubiera sido el mayor contraataque hacia su posible muerte.
Robert sonríe como si supiera lo que Marco quiere decirle, como si aceptara las disculpas que el otro no puede pronunciar. Le sonríe como si los agradecimientos no hicieran falta luego de sombras atadas, como si los bailes en cuentos de hadas fueran eternos.
—Estás aquí —susurra Robert, despacio, sin despegar su mirada de él.
El susurro suena similar a la vez donde preguntó si era seguro saltar de su ventana, pero ahora sus palabras salen con certeza. Robert no consulta por su presencia. Sólo salta.
Entonces, los iris del joven se encienden y Marco cree que el agua ya no está helada. Le devuelve la sonrisa, torpe al principio, preguntándose a sí mismo cuántos actos heróicos son necesarios para desgastar los bordes de su cobardía, para tener a Robert nuevamente en sus brazos y ya no lastimarlo.
—Sí —consigue pronunciar entre respiraciones trémulas—. Estoy aquí.
Su voz sale segura, a pesar de la exhalación que la acompaña. Quizás sea la certitud que Robert necesita, porque su agarre se afirma una vez más y un rubor sutil se asienta en su rostro. Vine por ti, lo piensa, lo siente, lo anhela, pero espera que su sonrisa lo diga por él.
Entonces, un crujido corta el aire y Marco desvía la mirada hacia arriba. Hay algo en su pecho que sigue temblando, pero el mundo a su alrededor le recuerda que no puede detenerse.
—Debemos ir por los demás.
La frase suena como quien dicta una sentencia y el ambiente se tensa. La brisa pierde calidez.
—Sí —responde Robert, con voz entrecortada.
Marco baja la mirada y le sonríe, sin vacilaciones esta vez. Cubre el temblor de sus dedos cerrando su puño con fuerza, su mano envuelve la fina tela de la pijama y Robert abraza sus hombros en respuesta.
—Vamos a sacar a todos de allí —afirma, con los cabellos castaños enmarcando sus ojos y una pequeña sonrisa en el rostro.
Marco se eleva con firmeza, sin hacer ruido, como si el aire supiera a lo que va. Llega a la cubierta donde, por fortuna, el Capitán se encuentra de espaldas. Deja a Robert suavemente sobre las escaleras que van al timón y le dedica una última mirada.
«Gana», se dibuja en los labios agrietados del joven contrario, Marco sólo puede sonreír en respuesta.
Se alza hacia las velas del barco, cerca del espacio entre el mástil y la tela blanca. Puede ver la melena de rizos dorados asomarse tras el tricornio del Capitán y escuchar la madera crujir bajo sus botas.
Un respingo proveniente de los niños parece alertar al Capitán de su presencia. La sonrisa de Robert crece cuando Müller se gira y lo mira. El chico no luce retador como lo había estado sobre la tabla, se ve… sereno, con la mirada brillante y el resplandor del sol alisando sus facciones. Luce como un amanecer improbable luego de una noche gélida en la isla, luce como quien vive cuando esperaban que ya no lo hiciera.
Marco cree que la escena bajo él podría ser cómica, con la expresión desconcertada del pirata, sus balbuceos torpes, y el joven que arrojó por la borda, de pie frente a él.
Sin embargo, no le queda mucho tiempo para regodearse, el ceño de Müller se frunce y parece concluir con facilidad que hay intrusos sobre el barco. Ladrón no roba ladrón, dicen, pero no hay líneas distintivas entre quién es el que persigue lo que no puede tener.
—Marco… Qué sorpresa. ¿Estás aquí? —La voz de Müller corta el aire, alzando las cejas con interés simulado.
—No —contesta el joven rubio, mordiéndose el labio cuando Robert suelta una pequeña carcajada.
Marco ve al Capitán tensarse, con el enojo creciente y visible en su rostro, el garfio de su mano izquierda enredándose ligeramente en los hilos del traje y la mano derecha ajustada a la empuñadura de su espada. Si estuviera más cerca, quizás podría oír sus dientes rechinar.
—¿Seguro? —Su voz suena grave, como una amenaza en sí misma—. ¿Ustedes no lo han visto?
Müller se gira hacia los niños nuevamente, se acerca despacio hacia ellos mientras repite la pregunta. Los niños mueven la cabeza para indicar un «No» y, aunque aquella complicidad suele calentar el pecho de Marco, la imagen de ellos amordazados ahoga cualquier atisbo de diversión. Su respiración se corta cuando, entre ellos, una pequeña con trenzas se abraza a sí misma, temblando apenas.
Marco reconoce en ella a Milena.
Aquello se asienta como un recordatorio. No sólo está aquí para enfrentar al Capitán, para encontrar a Robert o para contar más historias. Está aquí por todos ellos. Por ella.
Marco se aferra a ese pensamiento como si fuera un asidero entre la niebla. Entonces, deja atrás la seguridad de las velas y desciende, lo más sigiloso que su corazón agitado le permite. ¿Aquello era el miedo? No se permite indagar en cuanto sus pies descalzos se asientan en la madera fría.
Müller aún no voltea a verlo, su traje rojo se ciñe a su espalda y los centímetros de diferencia parecen incrementarse una vez Marco está cerca. Su mano se aferra con fuerza a su propia espada y tira de ella, cortando el aire con un zumbido bajo.
—Escuché que estaba buscándome, Capitán —dice, con un tono juguetón en sus palabras—. ¿Qué pasa? ¿Extraña que alguien le dé su merecido?
Marco puede ver los músculos de Müller tensarse bajo la tela, el Capitán gira despacio y el joven oye la espada deslizarse fuera de la vaina de cuero. El aire se suspende como si ambos se prepararan para ver lo que ya saben que encontrarán.
A Marco le gustaría decir que sí estaba preparado, pero siente su seguridad flaquear ante la mirada helada del pirata, brillando cual verdugo sediento de sangre y perdido en su propio ideal de justicia. Empuña la espada con fuerza y extiende la punta en dirección exacta al pecho del Capitán.
—Vaya, Marco. Me alegra que hayas llegado —responde, utilizando el mismo tono del joven—. Ya que finalmente estás aquí, ¿no te gustaría a ti elegir cuál de tus niños será el siguiente en saltar por la borda?
Müller comienza a caminar, sus botas se arrastran pesadas y el crujido del navío refleja el estremecimiento en el cuerpo de Marco. La espada de Müller se mece inerte con cada paso que da. El pirata actúa con lentitud, los hombros caídos y la mirada aparentemente perdida. Aún así, el chico lo sigue, a sabiendas de que podría ser un error quitarle los ojos de encima.
—No te preocupes por Robert —continúa hablando, la punta de la espada arrastrándose en el suelo—. En vista de que lo salvaste, podemos dejar lo mejor para el final, ¿te parece?
Un destello emerge tras los niños y vuela hasta llegar al lado de Marco. La expresión confiada del Capitán se resquebraja mientras él escucha los murmullos de Yvonne.
Voltea para ver a los niños, algunos sonríen sutilmente y otros le dirigen miradas decididas. Las manos a sus espaldas ya no están amarradas y, con ello, la tripulación que los rodea se ve más pequeña. Esos rostros, ennegrecidos por la suciedad, ya no producen terror.
Marco gira de nuevo hacia el Capitán, quien luce molesto por la interrupción. El chico se atreve a sonreír y la espada ya no pesa tanto en sus manos.
—Agradezco mucho la oferta, Capitán —se burla, mirándolo desafiante—. Pero, si no le molesta, me gustaría empezar con lo mejor.
Los niños captan la señal con facilidad, se levantan del suelo mientras se quitan las mordazas, y arremeten con la tripulación cuando ésta trata de contenerlos.
De pronto, la cubierta del barco se llena de sonidos estridentes y Marco se lanza hacia Müller. El pirata reacciona y evade el corte del joven con su propia espada. Se oye chasquido metálico, ambos quedan frente a frente hasta que el Capitán lo empuja con fuerza.
Marco despega sus pies del suelo antes de caer y flota alrededor de Müller, esquivando tajos que tienen a su pecho como destino. Los cuerpos se mueven frenéticos de estribor a babor, con la tripulación y los niños combatiendo de fondo. Marco embiste contra Müller, utilizando la marea de gente a su favor.
Uno de los hombres de Müller cae al vacío cuando el Capitán choca contra él. A partir de ahí, Marco ve a Robert y a los demás tratando de arrinconar a sus oponentes para obtener el mismo resultado.
Entonces, la espada de Müller corta el aire con un silbido seco, pero Marco gira justo a tiempo. El joven se desliza tras él, con la espada surcando el traje del Capitán, sin llegar a la carne. Marco siente sus latidos zumbar en sus oídos. Retrocede torpemente cuando el sonido de la tela rasgándose detiene al pirata.
El crujido áspero de la cubierta marca una pausa súbita, y el barco entero parece caer en un estado de disposición absoluta.
El silencio reina en cuanto Müller se gira, con el cuerpo rígido. Marco aguarda sus palabras y esconde el temblor de sus labios tras una sonrisa presumida. No quita la vista del Capitán, aun así, nota a sus niños siendo envueltos por los brazos de la tripulación restante.
—¿Por qué no pones tus pies en el suelo, Marco? —escupe entre dientes—. ¿Temes perder si no vuelas?
El joven rubio relaja su rostro, pero su cuerpo, todavía tenso, mantiene una posición defensiva.
—¿Acaso le molesta, Capitán? —contesta con una falsa sorpresa—. ¿Está siendo muy difícil vencerme?
Müller suelta una carcajada apenas el joven concluye la pregunta, su risa rasposa resuena en la cubierta.
—No, Marco —dice por lo bajo, deshaciendo su ceño fruncido—. Pero, ¿quieres saber cuál es el problema?
Marco lo mira en silencio, inseguro de contestar. El Capitán luce una calma artificial, apretando la mandíbula con fuerza en lo que aguarda una respuesta.
—¿Cuál? —Una nueva voz se suma a la conversación.
Marco, sin poder ocultar su sorpresa, dirige la vista a su izquierda. Robert está de pie junto a él, con el semblante firme en dirección al Capitán y el cuerpo inclinado para cubrirlo. Tiene el labio cortado y el cabello enmarañado, su pecho sube y baja en respiraciones erráticas. Incluso así, blande el filo de la espada frente a Müller.
Para desconcierto del propio Marco, la sonrisa del pirata crece, sus ojos se encienden en una mirada que le hela la sangre. Müller da un paso más, y de pronto gira hacia Robert.
—No me parece muy justo que intercambien el papel del héroe, ¿cómo sabré a quién destrozar? —murmura, casi con diversión—. Pero no olvides que los héroes no hacen trampa, Marco.
Müller no quita la vista de Robert, pese a dirigirse al otro joven. Marco siente el cuerpo entumecido, su garganta se cierra y no encuentra forma de responder a un peligro que proviene de todos lados.
—Deberían dejar el juego sucio a los piratas —declara el Capitán, con su expresión tornándose seria.
La única advertencia que Marco recibe es el destello voraz en la mirada de Müller, ya puesta en él. El pirata se impulsa hacia adelante, su espada atraviesa el aire en un movimiento que Robert alcanza a bloquear con la suya. Müller inclina su espada y la distancia entre el chico se reduce.
Un quejido de dolor es lo que Marco registra antes de ver el garfio del Capitán, enterrado en el brazo de Robert.
Marco reacciona, un gruñido ahogado vibra en su garganta mientras arremete contra el pirata. Müller retrocede. La espada de Marco no alcanza su cuerpo, pero dos botones de su levita caen al suelo en tajos desprolijos.
Robert resuella ante el garfio rasgando su piel. El sonido, áspero y breve, es suficiente para que Marco retome el ataque.
La espada resbala en el sudor de su mano, aun así corta nuevamente y Müller se repliega, interceptando cada movimiento. Marco no consigue asestar ningún golpe y el Capitán sonríe.
La impotencia le recorre el cuerpo, picando y calentándole la piel. Taja, corta, avanza, tira. Pero la expresión victoriosa del Capitán no tambalea.
Entonces, en medio de las sombras de un cielo nublado, un destello revolotea en el aire. Yvonne se interpone, lanzando una ráfaga de luz y tirando de los rizos de Müller. Marco inspira con fuerza, considerando oportuna la distracción.
Sin embargo, el acero mellado queda suspendido en el aire. El Capitán atrapa a Yvonne en el vuelo.
—Claro, siempre estuvo frente a mí —dice, cerrando el puño con el hada dentro—. Esto es lo que los mantiene arriba, ¿no?
Un murmullo inquieto se extiende entre los niños. El brillo de Yvonne palidece en la mano del Capitán.
Marco percibe a alguien llegando a su lado. Robert se detiene un paso tras él, con la mano ensangrentada sujetando su brazo. Sólo puede verlo de soslayo, pero su pecho punza cuando nota el color carmín salpicado en la ropa de Robert.
Está por dejar caer la espada cuando Müller habla nuevamente, arrancándolo de su letargo.
—Debemos ajustar las cosas, Marco. Si tu hada muere, ¿dejarás de volar? —inquiere, con una expresión socarrona en el rostro—.
Su respiración se atasca, con la cabeza sumergida en una vorágine de temores que podrían volverse reales. No quiere perder a Yvonne otra vez, pero siente cómo su cuerpo no responde a sus órdenes.
Se queda atrás incluso en su propia mente.
—Podríamos intentarlo, ¿no? —Continúa Müller, con presunta inocencia enfermiza—. Si no puedes bajar por tu cuenta, podría bajar tus números poco a poco. Primero ella, luego Rob…
—¡No! ¡No es sólo ella! —grita una voz—. ¡Tú nunca podrás volar porque no piensas cosas buenas!
Silencio. Marco se vuelve, con el corazón encogido. Milena está ahí, pálida, con las manos sobre la boca. El secreto acaba de ser revelado.
La sonrisa de Müller se extiende, afilada. Marco siente el impulso de retroceder. Sus pies, ya anclados al suelo, le impiden hacerlo.
—Así que es eso. Las cosas buenas te hacen volar… —murmura el pirata, alternando su mirada entre la pequeña niña y el hada—. Nunca es tarde para aprender algo nuevo, ¿cierto?
Müller coloca al hada sobre su cabeza y la agita bruscamente. El cuerpo de Yvonne parece caer laxo en la sujeción avasallante del Capitán, mientras pequeños copos dorados se desprenden de ella.
Marco cree que podría estar susurrando negativas ante la escena frente a él, pero todo lo que escucha es la risa baja de Müller, quien luce complacido al tener la magia granulada cayendo sobre su cuerpo.
El barco entero parece contener la respiración, o quizás sólo sea Marco, con el pecho tan apretado que duele.
—Ten, sujétala por mí —ordena, arrojando al hada hacia Robert.
Marco ve el destello de Yvonne chocar contra el pecho del joven tras él. El hada se apoya sobre la mano teñida de carmín, tiritando levemente en el sutil agarre. Robert exhala. Marco lo intenta.
Al fondo, más allá del chico y entre los brazos de un tripulante, Milena tiene el rostro cubierto de lágrimas. No se oyen sollozos, aun así ve su cuerpo sacudirse. Ella le devuelve la mirada, con los labios temblorosos y las manos a sus costados, aferrándose a su ropa.
Marco quiere expresar de alguna forma que las cosas están —o estarán— bien, pero su sonrisa se quiebra al escuchar una especie de resoplido proveniente del Capitán.
Los rayos del sol se desvanecen tras las nubes. La figura de Müller se alza frente a él, extiende los brazos y, pese a la distancia, Marco siente que podría alcanzarlo.
—¿Esperas una invitación, Marco? —El murmullo suena bajo y áspero. Los pies del joven lo siguen y se despegan del suelo—. Finalmente estamos en igualdad de condiciones… veamos cuánto tardas en caer.
Marco traga saliva. El nudo en su garganta no se deshace.
—Con todo respeto, Capitán… ese no seré yo.
Trata de hablar con firmeza. La mirada aguda de Müller le indica que no lo consigue del todo.
Un relámpago ilumina el cielo, las sombras enmarcan las facciones del pirata y, por un momento, Marco teme por el riesgo que encarna las curvas lóbregas de su sonrisa.
—¿Estás seguro?
No, piensa. Sí, esperan oír. Y ataca.
Ambos se elevan en espiral, sus hojas chocando con chispas metálicas. Marco siente el aire desgarrar su ropa, la presión de la altitud apretarle los oídos. Müller vuela sin dificultad, como si siempre hubiera estado destinado a ello, y eso lo inquieta.
«Ten cuidado». Había dicho Robert, apenas audible, antes de que se elevaran. Marco aún puede escucharlo, como si el viento lo repitiera para él.
Las espadas chocan de nuevo. Marco desciende en picada para esquivar un tajo, gira sobre sí mismo y lanza una estocada a ciegas. Falla. El Capitán responde con un giro limpio, elegante, y la hoja roza el hombro de Marco, lo suficiente para dejarle un ardor silente.
—¿Así es como salvas al mundo? —bufa Müller, girando en el aire como un ave de presa—. Un intento lamentable, debo decir.
La garganta del chico arde. Quiere responder, pero el cuerpo se le tensa. Sus uñas se le clavan en las palmas. Dentro de su pecho, crece el temor de que esas palabras tengan razón.
Marco zigzaguea entre mástiles. Líneas gruesas de sudor le recorren las sienes. Müller lo sigue, de cerca, con una sonrisa creciente y la hoja metálica amenazándolo.
—¿Estás escapando? —El Capitán se burla, rasgando una vela para encontrar al chico detrás del trinquete—. ¿Quién decías que caería, Marco?
El joven rubio voltea rápido. El filo de la espada roza la mejilla de Müller. El pirata reacciona, sujetando a Marco por los hombros y tirando de él. Ambos se derrumban hacia el suelo.
Marco se retuerce en el agarre, la espada aún en su mano, incapaz de moverla. Müller los gira antes de caer. La espalda de Marco impacta sobre la madera de la proa y pierde todo el aire en una exhalación forzosa.
La vista se le nubla, el pitido en sus oídos le dificulta reconocer su entorno. Un rugido proveniente del cielo lo saca de su estupor. Las olas comienzan a agitarse. Marco siente el balance brusco de su cuerpo, pese a tener la madera firme bajo él, como si el vértigo ya no dependiera de volar.
—Vamos, levántate —exige Müller, cínico, de pie frente a él.
Marco finalmente escucha. El silbido del viento es opacado por el movimiento en la cubierta. Cree oír su nombre ser pronunciado varias veces, vocablos desesperados, no consigue distinguirlo del todo.
Su mano tantea a su alrededor y encuentra la empuñadura de la espada.
—Te dije que te levantes —musita el Capitán, despectivo.
Müller se precipita sobre él, sujetando su ropa, alzándolo con fuerza. La tela, con sangre y agujeros, cuelga sobre él como si ya no recordara haber sido prenda.
Un mareo sacude el cuerpo de Marco cuando Müller lo eleva. El viento se siente helado contra su piel caliente. Su espalda se crispa al ser azotada contra el mástil mayor, las astillas clavándose en la piel.
—¿Ya estás cansado? —se burla Müller, con el mentón en alto— Qué lástima, apenas estamos comenzando.
El pirata se aleja. Marco, aturdido, casi pierde la noción de su propio vuelo. La figura letal de Müller se iza cual vela ante él.
Marco intenta arremeter, cortes erráticos que el contrario esquiva. No hay tiempo para pensar, sólo para moverse. Se dice, en un tira y afloje donde la fuerza se desvanece en respiraciones trémulas.
El Capitán tira. Marco afloja.
La espada de Müller surca el aire, Marco se inclina y evade el corte. Su contraataque es lento, el Capitán lo intercepta. Embate otra vez. El joven esquiva con movimientos desequilibrados.
De pronto, el Capitán asesta un golpe en el rostro de Marco. El impacto lo toma desprevenido. El mundo se le apaga un instante antes de que el mástil lo reciba, con un dolor sordo quemando en su nuca.
Marco pierde el sentido, los sonidos a su alrededor se desvanecen. Cree que cae, pero el antebrazo del Capitán lo ancla contra la madera. Carraspea involuntariamente por la presión ejercida en su cuello.
—¿Cómo crees que te ven los demás allá abajo? —pregunta Müller, entonando un interés fingido—. El gran Marco Reus… descubriendo que, sin ventajas, no es nadie.
Marco se paraliza, cada músculo en su cuerpo se tensa. Siente obstruida su garganta por algo más que el cuerpo del Capitán.
—¿Qué? —masculla el joven, casi sin aire.
Los entresijos de su apellido debían permanecer ocultos tras las letras de su nombre. Ahora, no sólo lucha por su presente en la isla. No cuando el peso de la vida a su espalda se asienta en boca de un otro que no lo conoce.
El Capitán presiona con más fuerza. Marco cierra los ojos y un quejido gorgotea en el fondo de su garganta.
—Pelea —exige. Oprime. Suelta—. Haz feliz a papá. Y pelea.
Marco apenas registra esas palabras cuando siente un calor irascible crecer, extendiéndose por todo su cuerpo. Tiembla, y reacciona. Empuja sus palmas contra el pecho del Capitán, mordiéndose la lengua por el esfuerzo. El sabor metálico de la sangre estalla en su boca.
Se mueve, sin pensar. Su espada se desliza en tajos vehementes y Müller sólo intercepta, bloquea, desvía.
Quiere cortes, quiere ver carne desgarrada, heridas como las suyas, dudas entre roces. El Capitán permanece con media sonrisa en el rostro. A Marco le arde la piel.
La espada de Müller corta el aire con un silbido seco. El joven gira hacia atrás, esquivando por centímetros el tajo que buscaba su pecho. El miedo se arremolina a su alrededor. La oscuridad se cierne sobre ellos.
—No puedes vencerme, Marco. Ríndete. No está mal aceptar tus límites.
Marco mantiene la distancia entre ellos, y trata de regular su respiración. Quiere responder. Quiere exigirle a Müller que se calle. Quiere decirle que se equivoca, que no es un fracaso, que no dejará de pelear. Quiere decir que no huirá.
La mención de su apellido había abierto una lata de gusanos, volviendo su cerebro una amalgama de palabras incompletas y oraciones mal formuladas. El aire frío no le refresca la mente y el sonido del mar le agita el pecho.
—¿Temes lo que piensen los demás si lo haces? —se mofa el Capitán. A Marco le molesta la veracidad tras sus palabras—. ¿Temes lo que piense… Robert, quizás?
Marco se encoge ante su mención. Su corazón salta y reprime el impulso de bajar la mirada para buscarlo en la cubierta. Tiene frente a él a la única forma de conseguir que los demás estén a salvo, no puede distraerse.
Aun así, cosas buenas. Robert.
—Para decir ser un hombre de acción, Capitán, habla demasiado.
Müller echa la cabeza hacia atrás y suelta una risa seca. Marco siente que le raspa el cuerpo. El aire se vuelve denso cuando una mirada mordaz se posa en él.
—Es tan fácil leerte —se burla. La espada a su costado continúa meciéndose.
—¿Ah, sí? —Marco trata de mitigar el malestar, pero siente como si las palabras pudieran rasgar sus cuerdas vocales—. Quería que peleara, y ahora usted lo evade. Es patético.
Marco reta, provoca. Quiere la rabia nuevamente, quiere tomar el fuego con sus propias manos y que el barco arda bajo él. No el escozor de su hombro, que le recuerda a la tela salpicada de gotas carmesí, partes limpias a las que alguna vez se había aferrado.
Pero Müller no se lo concede. Ni siquiera parpadea.
—Jamás te había visto así… —hace una pausa, como si masticara las palabras—. ¿Por qué temes tanto lo que piense ese niño? Si, de todas formas, se irá.
Un espasmo atraviesa el cuerpo de Marco, la saliva en su boca se siente espesa y el nudo en su pecho se ensancha. Inhala. Nada parece llegar. Un rayo surca las nubes, a espaldas del Capitán, y el cielo ruge al tiempo que Müller carraspea.
—Porque sabes que lo hará, ¿cierto? —La pregunta suena demasiado lenta. Resuena en el viento, y la sonrisa de Müller parece saborear el impacto—. Podrá haberte esperado hoy, pero antes vino a mí porque ya no quería estar cerca de ti.
Marco se impulsa hacia el frente. Arremete con su espada. Se acerca, con su mano libre lanzando golpes erráticos. Müller esquiva y retrocede, todavía sonriendo. Dolor. La respiración se le atasca en la garganta.
—Cállate. —Su voz se quiebra en la última sílaba. Tiene su mano aferrada a la levita del Capitán, como si así pudiera detener lo que viene—. Cállate.
—Lo lastimaste, ¿lo sabías? —Müller continúa, en un tono bajo—. Le dijiste que huía cuando eres tú quien lo hace. ¿Hace cuánto estás aquí, Marco?
El pirata sujeta sus hombros y lo arroja hacia atrás. El mástil lo recibe nuevamente en un golpe seco y hueco que le retumba en los huesos. Esta vez, no siente las astillas enterrarse. El viento hiela su piel, pero bajo ella se siente calcinado.
Marco no consigue recomponerse, parpadea y tiene al Capitán a centímetros de distancia. Está tan cerca que parece llenar todo el aire. Su cabeza palpita insistente y su lengua se mantiene lánguida en su boca. Más músculos que niegan sus órdenes. Más palabras que se clavan como corona de espinas sobre sí. Más filo en el arma del enemigo.
Cosas buenas. Cosas buenas. Robert lo espera. Se irá. Ser niño. Crecerá. Ser feliz. Tiene tanto… miedo.
Más realidades que no se pueden soñar.
—Crees haberle enseñado algo, pero él es mucho más valiente de lo que podrías llegar a ser alguna vez —murmura Müller. Su voz baja, grave, parece retumbar contra la piel de Marco. Sus rizos le rozan la frente—. Por eso se irá, será adulto, encontrará a una hermosa mujer con la que se casará…
—No —Marco interrumpe. Un hilo de voz que se le enreda en el pecho y le comprime las costillas.
—Sí —responde el Capitán, sin levantar el tono. Una diminuta sonrisa se dibuja en su rostro—. Se casará, tendrá un trabajo con el que se comprará una casa, buscará la que tenga habitaciones extra para sus hijos y se conseguirá un perro al que llamará Marco… pero ni siquiera sabrá por qué.
—Cállate —Marco abre la boca, pero duda, como si las palabras dolieran al salir—. No es cierto.
—Irás a verlo. Te quedarás apoyado en la ventana. No podrás tocar. —prosigue Müller, pausado, como si disfrutara de lo que dice incluso antes de sacarlo—. Verás tu reflejo en el vidrio, y detrás, a él… Estarás mirando lo que nunca podrás tener.
—¡No! —grita Marco. Su voz se quiebra, y algo por dentro se rompe también.
Se lanza contra Müller, espada en alto. El dolor se desborda en rabia. Siente la sangre ardiéndole entre los dedos, latiendo en sus sienes. Pero Müller no vacila: un destello fugaz cruza su mirada y, en un movimiento seco, le asesta un golpe brutal con el pomo de la espada.
El impacto lo lanza hacia atrás. Marco choca contra una de las vigas del aparejo y cae de espaldas. Su cuerpo se tambalea e intenta aferrarse a la barra, sus palmas resbalan entre las escotas de la vela. Oye la espada caer aún sobre el clamor del viento.
Quiere levantarse, pero todo su cuerpo tiembla y la respiración le falla. Müller flota sobre él. Un sudor frío le recorre la piel ante la imagen. La desesperación le quema la garganta.
Los monstruos bajo la cama nunca habían sido tan reales.
Algo cálido se desliza por su rostro. No sabe si es sangre, pero se siente demasiado ligero. Quítalo, quítalo. Su mente exige en vano.
—Los niños buenos no lloran, Marco —La voz del Capitán baja una octava; pesada, envolvente, como si proviniera de las sombras—. Lástima que nunca fuiste bueno. O que no eres más un niño.
Cosas buenas. Cosas buenas. No enumera. No recuerda. No hay cosas buenas.
Un simple empujón. Marco pierde el equilibrio. El viento le aúlla en los oídos mientras desciende en picada. Sólo aguarda el impacto, con los ojos abiertos y los músculos rígidos.
El cuerpo golpea la cubierta con un estruendo. Una especie de dolor sordo retumba en todos lados y un sabor a hierro se asienta en su lengua. Tiene la vista levemente empañada por los bordes y un silbido agudo persiste en sus oídos. Cree que podría haber dejado de respirar. No hay nada más por hacer. Su cuerpo, traicionero de finales tácitos, inhala y su pecho se contrae.
La madera tiembla cuando Müller cae. De pie. No tiene siete vidas, pero puede que no las necesite, no como Marco. El sonido de sus botas raspando contra el suelo podría ser una alarma, pero Marco no responde.
Tic-tac. No puede moverse.
—... Marco… ¡Marco!
Un grito lo arranca de la niebla espesa que cubría sus sentidos. La conciencia lo golpea. Los sollozos ahogados se enredan con el zumbido del viento y su nombre resuena una vez más, casi como un ruego.
Marco gira apenas la cabeza, guiado más por la necesidad palpable en esa voz que por fuerza propia. La figura desesperada de Robert se alza a unos metros, contenido por dos tripulantes que forcejean con él.
Detrás están los niños, y una parte de él cree que no debió haber volteado. Tienen sus rostros vacíos y mejillas empapadas, sus cuerpos se sacuden visiblemente. Él tiembla igual, mientras le crece por dentro la certeza de que ya no queda nada bueno.
¿Ya está? ¿Fallé? Todos inmovilizados por una tripulación sonriente, que parece deleitarse con el espectáculo.
Robert se detiene abruptamente cuando nota la mirada de Marco. Su postura pierde fuerza, y sus ojos parecen buscar algo en él. Teme ante la idea de que no lo encuentre, pero no sabe cómo entregárselo. Su respiración es audible, entrecortada. Marco quiere decirle que se calme, que estará bien, aunque ya no sepa si es verdad.
Milena se halla a unos pasos de él, con el rostro pegajoso y húmedo, prueba viva de lo que no puede aceptar. Fallé. Por eso nada lo estará.
—Vamos. Por favor —pide Robert, con el cuerpo inclinado hacia adelante. Su voz suena lastimada y Marco recuerda el daño que lleva su piel—. Levántate, Marco… Por favor.
Lo intenta, sin mirarlo. Sus músculos protestan y suelta un quejido bajo.
—Estás gastando energía. No tiene caso —declara Müller, deteniéndose demasiado cerca de él, con la vista puesta en Robert—. Ya lo intenté. Al parecer el gran Reus se rindió… Yo estaría decepcionado, tu pequeño Marco te obligó a quedarte y ni siquiera pudo protegerte.
Su mirada desciende, y la punta de la espada roza sus costillas. No advierte, trasciende de una amenaza. Müller sonríe y sentencia. Él se retuerce, pero sólo consigue alejarse unos centímetros.
—No es cierto. Marco, no le creas. —Sus labios tiemblan en una imploración que le quiebra la voz—. Estoy bien, ¿si? Tienes que levantarte.
La herida en su brazo parece supurar todavía, tiene un corte más en la ceja izquierda y las manos ensangrentadas. Pese a ello, Robert inclina el brazo hacia atrás, como si tratara de que sus palabras cobren vida.
Marco se gira, incapaz de sostener una mirada que lo desarma.
Tenía ocho años cuando rompió la ventana del vecino. Dos versiones, y su padre como juez. Uno de los dos tiene que estar mintiendo, dijo en ese entonces.
Robert está mintiendo. No es sorpresa y, aun así, el pensamiento sangra como el corte en su costado.
—Podría arrancarte el corazón ahora mismo, con el garfio, si quisiera —responde Müller secamente. Luego, baja la mirada—. Pero Marco ha esperado su turno por demasiado tiempo, ¿no crees? No podemos saltarnos este momento, menos ahora que lo tenemos aquí.
La verdad se inserta entre los espacios de sus dientes, el sabor se asienta en su lengua y cierra los ojos unos segundos. El viento se debilita hasta ser una brisa gélida, los rayos se tornan relámpagos insonoros y el navío se balancea despacio.
Dirige la vista hacia Robert. Una vez más, sólo una. Se dice a sí mismo cuando su cuello protesta con un crujido. Parpadea repetidas veces para disipar la humedad de sus ojos. Los de Robert se abren de par en par, incluso antes de que Marco hable. Como si ya supiera lo que va a decir, y no pudiera evitarlo.
Él lo sabe, ambos lo saben. Y el azul en sus iris se nubla.
—Perdóname —susurra, casi como un arrullo, pese a su voz rasposa—. Sí me importa. Yo sí… Perdóname.
No cree que Robert consiga escucharlo del todo, pero parece no ser necesario cuando su cuerpo se deshace en el agarre de los piratas. Tiene la boca entreabierta, aunque Marco no oye nada salir de ella.
—¿Qué pasa, chico? ¿Quieres decirle adiós? —cuestiona Müller, y Marco siente náuseas ante la ironía en su voz—. No pienses que soy alguien cruel, sólo justo. Despídete y acabemos con esto.
Robert es arrojado sobre él, ambos se quejan por el impacto. Siente las hebras castañas rozando su cuello. Abre los ojos, y espera a que Robert alce la mirada.
Pequeñas risitas suenan de fondo, pero sus sentidos sólo absorben la calidez repentina que lo envuelve. Quiere sujetarlo, mantenerlo junto a él, pero sus manos no obedecen.
Inerte, siente la piel ardiendo y el cuerpo tiritando.
—Marco…
Robert lo mira. Lo llama como si su nombre pudiera salvarlo. La mandíbula de Marco se tensa, como si temiera que cualquier palabra rompiera la imagen; pero sus propias heridas escuecen todavía, duelen en una búsqueda silenciosa que clama por algo de paz.
Tiene en mente las letras de un adiós que no quiere pronunciar.
—Si yo no estuviera… —comienza, en su lugar. Las palabras se le atoran en la garganta y carraspea—. Si las cosas fueran diferentes, ¿te habrías quedado?
Quiere oír que sí, necesita disculparse si no lo oye. La mirada de Robert se apaga un poco más y, si le quedara fuerza, Marco ya estaría de rodillas frente a él.
—Por favor, no te vayas. —Su voz se pierde en el murmullo del viento.
Una de sus manos se aferra al costado de Robert. La tela aún se siente suave entre sus dedos. Cálido, cálido, cálido. Demasiado, no lo merece. Pides cosas buenas y no tienes ninguna para dar. Ajusta el agarre. Pides valor como si pudieras tomarlo de los demás. El tejido se atiranta.
Es por eso que se irá.
—Lo siento, Marco. Debo crecer. —Las palabras suenan entrecortadas, como si temieran salir. Robert afirma su mirada—. Quizás no pueda quedarme, pero una parte de mí te pertenece, siempre lo hará… Mi corazón siempre estará contigo.
El viento hurta las disculpas y despedidas, desordena los pensamientos de Marco. Pierde, sabe que pierde. Sin embargo, duda cuando Robert no se aleja. Le dijo que debía irse, y la cercanía permanece. El tacto es sutil, como la seda entre sus dedos, como el sol en un día que recién comienza.
No ha logrado nada. Perdió. No merece la proximidad ni la mirada pura. No merece a Robert. Aun así, toma todo lo que se le concede.
Robert se inclina, despacio. Sus ojos son suficientes para despojar el cielo de las nubes oscuras, y su cuerpo, para cubrirlo del aire helado. Marco exhala, tembloroso, anclado a cada movimiento del otro. No sabe si el perdón puede vivirse en un roce, pero igual lo espera.
Duele. La sensación lo abraza, y duele. No sabía que algo tan suave pudiera doler tanto. No sabía que perder también podía sentirse así.
Robert se mantiene frente a él, mirándolo a los ojos, sosteniendo lo que no puede poner en palabras. El viento parece detenerse, conteniendo el aire para no interrumpirlos. Su rostro desciende lentamente… Y Marco no cierra los ojos. Ve cómo la respiración de Robert se agita al llegar más cerca. Sus frentes se rozan apenas. Marco tiembla, el aliento contrario le acaricia la piel.
Tiene la certeza de que no sabría avanzar si no sintiera, de pronto, el calor de unos labios tocando los suyos.
Sus ojos se cierran, y su cuerpo se derrite en un suspiro contenido. Es un beso suave, casi tímido. Ninguno de los dos se mueve demasiado. El olor a sal se disipa tras un tenue aroma cítrico. El cambio lo entorpece, pero la dulzura en el toque no le permite separarse.
Los vestigios amargos de una partida no dicha se evaporan en el contacto, gesto que parece guardar una promesa. Y Marco quiere creerlo, lo ansía cuando Robert sostiene su rostro con la delicadeza de una flor abriéndose en invierno.
No lo pide. No lo arranca. Lo recibe.
La idea lo atraviesa. Le deja los ojos húmedos. Como si el mundo, por un instante, lo considerara digno. No desiste ni proclama victoria. No salta al vacío. Es más que el dolor de la pérdida y el valor de la gloria. Se entrega a algo que lo llena, lo cubre. Algo más sutil, sin llegar a ser frágil.
Es vida.
Un suspiro queda atrapado entre ellos, suspendido como si tampoco quisiera irse. Se separan despacio. Marco casi lo busca, pero desiste cuando la calidez se desvanece. Aun así, un hormigueo perdura en sus labios. Robert no se aleja del todo, y Marco siente las exhalaciones rozando su rostro. Baja la vista, como si temiera que todo desapareciera al moverse, que su cielo se ofusque en una tormenta sin fin.
Pero ahí está él. Todavía. Esperando su mirada. Respirando con él. Sosteniéndolo en silencio. Y siente, siente, siente. Marco percibe la promesa intacta, admira la presencia tácita y siente aquel fervor que crece en medio del pecho.
Entonces Marco respira, y lo entiende. Las palabras de Robert se asientan en su mente. No importa si se va, si decide crecer. Lo tuvo. Lo tocó. Fugazmente se preguntó si era así ser amado.
Y eso, por un instante, lo salva.
Eleva la mirada al cielo. Los primeros atisbos de luz atraviesan las nubes. Sus músculos ceden, sus extremidades lánguidas se asientan sobre la madera. Sonríe y voltea hacia Robert, quien le devuelve el gesto, apartándose apenas. Aunque su mano roza la de Marco por unos segundos más.
Lo sabe. Marco no ha dicho nada, sus labios tirantes se niegan a emitir palabra y, sin embargo, una tibieza suave le expande el pecho por ello. Un cosquilleo le recorre las venas, eléctrico y abrasador. La expresión de Robert se ilumina cuando pequeños destellos se desprenden de su piel.
Yvonne le había obsequiado tanto, y finalmente creía saber cómo usarlo.
Un respingo entrecortado lo arranca del momento, con el cuerpo aún vibrante. El rostro del Capitán luce desencajado, una sorpresa que no puede reprimir aunque su ceño fruncido lo intente.
El estupor no llega solo, desarma la nave. Puede ver de reojo a Milena y los niños forcejeando en un agarre endeble, a Yvonne deslizándose entre los dedos que la mantenían cautiva, y a Robert…
Robert, que salió de una sujeción férrea para acabar entre sus brazos. Que seguía sonriendo aún cuando él no se había levantado, seguía mirándolo como si supiera que lo haría. ¿Y cómo Marco podría decepcionarlo?
Ya no estaba entre mástiles y golpes contundentes, estaba acostado en el suelo con la mirada del Capitán quemando sobre él. Aun así, la distancia no parecía ser más que un paso entre lo que dio y lo que puede dar, una pausa entre quién fue y quién es ahora.
Marco no es el legado con R que quiso enterrar, no es las veces que fue a tierra firme y extrajo más apellidos de niños bajo sus cunas, no es la felicidad efímera de las aventuras eternas. No es un niño, y no es invencible. Pero podría intentarlo, bajo el fulgor azulado y la sensación de recibir en lugar de perder.
El dolor sigue ahí, como una sombra en la espalda, pero las costuras en él no lo atormentan.
Marco se detiene un momento, y siente algo más que temor, algo nuevo, aún innombrable. Inhala, como si pudiera respirarlo, y se levanta con ello.
—¿Qué es…? —Müller detiene su propio balbuceo, eleva el mentón y endurece su mirada—. Yo no doy revanchas, Marco.
El Capitán crispa el cuerpo y blande su espada, adoptando una posición defensiva que casi provoca en Marco una sonrisa breve. Se contiene. No es el momento. Sabe que no debe subestimarlo, pero esta vez, también sabe qué Müller no debió hacerlo con él.
—No puede darlas si no ha ganado en primer lugar, Capitán —dice recuperándose, alcanzando la altura del pirata—. Y me parece que aún tenemos un resultado pendiente.
Müller avanza al instante. Sus botas repiquetean sobre la cubierta, y su espada centellea bajo los últimos resquicios de nubes. Marco no espera la amenaza, se desliza, sus piernas aún tensas, y esquiva el tajo con el cuerpo apenas unos centímetros por encima de la madera.
Vislumbra un destello metálico cerca de las escaleras. Rueda, gira. Sus dedos rozan el mango de su espada y la empuña. La sujeta con más fuerza de la necesaria, pero lo pasa por alto cuando la figura de Müller vuelve a imponerse frente a él.
Los aceros se cruzan con un chasquido seco. Marco da un paso atrás, se estabiliza, y bloquea el siguiente ataque. Uno. Otro. Müller empuja, pero ya no llega a su objetivo. El chico resiste.
—¿Crees que basta con pararte y volar? —escupe Müller, forzando la hoja contra la suya—. Deberías dejar de darles falsas esperanzas. Hasta podría sentir vergüenza por ti cuando te tire al suelo de nuevo.
—No se equivoque, no sólo estoy volando. —Con un giro limpio, desvía el filo del Capitán—. Y me gustaría ver que lo intente.
En un solo movimiento, responde con una estocada que obliga al otro a retroceder. Por primera vez, Müller titubea.
El tono de Marco no es amenazador, no hay galantería que acompañe sus palabras, pero es fiel a ellas mientras evade e intercepta los ataques hacia él. El ceño del Capitán se mantiene fruncido, sus movimientos se tornan bruscos y su mirada adquiere un matiz oscuro.
Aún desde el aire, y tras la silueta de su oponente, alcanza a ver parte de la cubierta: los niños se dispersan, forcejeando con los tripulantes que todavía quedan. No son muchos, pero no es fácil. Marco sigue buscando espacios. Evita cortes, se desplaza por el barco y toma altura cada pocos segundos.
—Se está demorando demasiado, ¿no cree, Capitán?
Un gruñido a su espalda le eriza la piel. Escóndete, escapa. Exige su voz interna. Sin embargo, se detiene junto al palo de trinquete. El pirata aparece tras él, con una mirada feroz y la espada en alto.
—Un poco de polvo de hadas no te sirvió antes, ¿crees que te servirá ahora? —musita Müller, uno de sus cortes quiebra la defensa de Marco y le roza la mejilla—. Salvaste a Robert y creíste que tenerlo de tu lado te serviría, pero tarde o temprano morirás frente a él.
Aquella palabra —casi sentencia— lo desestabiliza. Vuelve a oírla en su mente, pero tal pánico mengua mientras el eco se disipa con el viento. Se repliega entre las velas. Siente el corte punzar en la mejilla. El líquido carmín le tiñe los dedos al tocarla, y el sudor le empapa la frente.
Marco inhala, la calma no llega del todo a sus pulmones. El cielo se aclara cuando cierto rostro le cruza la mente como un faro en la niebla espesa. Así, se aferra a la espada y voltea sin más. La sonrisa tirante de Müller lo recibe.
—Ahí falló otra vez. Fue Robert quien me salvó —afirma, levantando el rostro y mirando directamente a los ojos del pirata—. Pero a usted, ¿quién lo salva, Capitán?
Müller se tensa apenas, sus ojos cargan con furia renovada. Marco cree oír voces, choques metálicos, pero no puede alejar su mirada del pirata.
—No necesito a alguien que me salve, Marco. No creas que todos son tan débiles como tú. —Su tono es más grave esta vez, casi desesperado, con la burla disuelta en la aspereza de su voz.
Müller arremete nuevamente. Marco detiene el tajo. Ambas manos en su espada. El calor pegajoso y la sangre amenazan con deshacer el agarre. Marco gira sobre sí, desliza la hoja segundos después y lanza un corte que alcanza la pierna del pirada.
—¿Qué decía? —se burla Marco, pero no sonríe. Su cuerpo permanece rígido, en alerta—. No se trata de que no lo necesite, sino que no lo tiene.
Müller se crispa. No retrocede. No cede. Está herido, pero es como si su figura creciera con el dolor, como si sangrar lo hiciera más grande.
—¿Y tú sí? —inquiere el pirata, sardónico. Su espada corta la madera cuando el joven la esquiva—. Tu contrato expira, Marco. Vivas o no, él se irá.
Müller lo dice como si considerara que su calendario mental necesita voz para recordarle lo ineludible. Marco lo sabe, no lo olvida, y esta vez, no se entierra a sí mismo escapando de ello.
—Pero estuvo aquí. —Las palabras raspan ligeramente su garganta, pero habla y siente el cuerpo ligero—. ¿Qué tiene usted?
El viento arrastra retazos sueltos de una vela. Ambos se miran, con la pregunta colgando entre ellos como una cuerda a punto de romperse. Marco no se inmuta, pero el Capitán aprieta el mango de su espada con más fuerza.
—¿Crees que necesito a un niño que me siga a todas partes? ¿Que me asegure si soy increíble y que crea cada mentira que le digo? —dice con una risa breve, forzada. Su voz tiembla apenas, como si dudara dónde golpear—. Las mascotas no son lo mío… pero viendo tu lugar, ¿cuál de los dos eres tú?
Marco aprieta la mandíbula, su respiración se le atora en la garganta y traga con fuerza. Robert no es su sombra ni actúa complaciente para él. Piensa, casi frustrado, se muerde la lengua al contener las palabras y se obliga a meter aire.
—Pensé que sabía que ese puesto no está disponible —responde preservando la calma, sin elevar el tono ni buscar ovaciones—. Después de todo, ya lo tiene usted.
Müller parece contener su molestia, pero le tiembla el ceño. Su espada no acierta. Su pulso vacila. Marco lo nota, acelera el ritmo. Un tajo surca el brazo izquierdo del pirata y un hilo de sangre se escurre entre la tela rasgada.
—Me disculpo si no le gusta, pero creo que no tiene otro lugar. —Müller retrocede apenas. Marco no se lanza, espera—. Está solo, y ya no le queda tiempo para encontrar a alguien, ¿aún cree que perdí?
Müller no responde al instante. Su cuerpo parece vibrar bajo el traje bermellón. Las palabras de Marco se asientan en el barco, se mimetizan con la madera. El aroma húmedo se vuelve más denso con cada segundo. No hay viento. No hay marea. La espada del Capitán tiembla en su mano. Un latido se marca en su sien.
Y luego, estalla.
Gira la hoja con fuerza y arremete sin precisión, como si necesitara hacer callar algo más que al joven frente a él. Los movimientos, antes calculados, se vuelven torpes, brutos. El filo choca con los mástiles, astilla la madera, corta el aire.
Marco retrocede un paso, otro. Bloquea. La intensidad no lo asusta, la reconoce, como si ya la hubiera llevado sobre la piel. Aun así, cada golpe le sacude el cuerpo, sus latidos martillean en sus oídos y el sudor se le acumula sobre las cejas.
La brisa sopla nuevamente y arrastra las velas. Durante unos segundos, distingue a los niños casi inmóviles y a Robert mirándolo fijamente. No hay duda en ese destello azulado. Su estómago se contrae con una sensación vertiginosa.
—¿Qué sucede, Capitán? —inquiere con tono forzado mientras esquiva otro ataque—. ¿Hacía mucho que no se veía al espejo?
Müller no se detiene al escucharlo. Arranca la espada de la madera y la enarbola con furia, como si su voz ya no pudiera herir lo suficiente.
—¿Crees que tus palabras hacen algo? ¿Crees que me iré a llorar al rincón? —dice Müller con una voz que quiere parecer firme, pero que se cuartea en los bordes—. Mírame y escucha, Marco. Perdiste. Vuélvete a levantar todo lo que quieras, pero ambos sabemos que lo poco que te queda no basta para ganar.
Müller embiste nuevamente. Una. Otra. Y otra vez. Marco se eleva en espiral esquivando las colisiones. El pirata demora unos instantes en alcanzarlo, con la hoja temblando por el esfuerzo. Marco lo nota, ahí, en el surco entre sus cejas y una mueca apenas sostenida.
—No. —La negativa corta el aire como su espada, firme—. No se proyecte mientras habla de mí. Yo no soy quien se quedó sin nada. Usted, en cambio, está solo, viejo y acabado.
No se detiene a saborear las palabras, pero de todas formas dejan una sensación amarga en su lengua.
Müller sigue luchando, vehemente, casi sin control en sus propios movimientos. Marco ancla ambas hojas y empuja. La espada del Capitán cae y él retrocede, perdiendo altura. Se deslizan de la proa a estribor, aún flotando en el aire.
—¿No le gusta, cierto? —habla de nuevo. La voz no le tiembla. La rabia se disuelve en su pecho—. No tiene a nadie y ya es demasiado tarde… Se acabó, Capitán.
La respuesta está entre ellos incluso si no es dicha. No le gusta. Marco lo sabe. La verdad pesa más que cualquier espada de plata que intente clavarle en el pecho. El pensamiento se refleja en el porte airado del pirata frente a él.
Están a pocos metros de la cubierta. Marco no busca la mirada cerúlea, pero la siente presente, como si su promesa aún permaneciera. La atención de los niños está más centrada en él que en Müller, y Marco lo nota. Le pesa en los hombros, pero también lo impulsa.
Mueve el brazo y alza la espada frente al Capitán. La punta no llega a tocar su traje, pero se contenta con el fuego crepitando en las pupilas contrarias.
—¿Por qué se detiene? —pregunta Marco, sin levantar la voz. No desafía.
El barco vuelve a balancearse con el mar. Tic-tac, resuena sobre las olas. Y la postura de ambos se torna rígida.
—No soy el único que cree que no tiene nada —declara, como una verdad ya asentada sobre ellos.
Müller pierde más altura. Intenta un último ataque, pero su propia ira delata el movimiento. Marco lo esquiva sin apuro, con los pies ya casi tocando la cubierta. La espada cae en otro golpe certero.
Terminan al borde del barco, cerca de la tabla.
—Llegó su hora, Capitán.
Müller ruge. Su voz ya no tiene mando, solo desesperación. Arremete sin armas, como si las manos pudieran lo que la espada ya no. Marco da un paso atrás, luego otro. Trata de contener el ataque. El cuerpo del pirata se cierne sobre él, como una sombra que crece, que absorbe la luz y opaca los bordes.
No retrocedas. No dejes que avance. Se exige, con el labio entre sus dientes. Müller persiste. Es demasiado. Suena de fondo en su mente, una queja que se niega a atender.
Ambos tiemblan frente al otro, y Marco teme que sus brazos cedan ante la presión. Sin embargo, el sol refleja un destello metálico. Una salida.
Müller sigue su mirada. Marco se mueve, rápido, evitando una lectura contraria. Desliza el agarre y su antebrazo escuece cuando llega al extremo, atollándose al garfio. Pierde fuerza y el pirata sonríe, avanzando como si quisiera aplastarlo.
Marco ignora el dolor en la zona y continúa tirando. Puede sentir el metal casi enterrándose en él, tanto le inquieta en algún momento ver sangre escurriendo como prueba. El Capitán suelta una carcajada quebradiza y Marco se estremece con el sonido.
Un último intento. Müller oprime. Él grita con fuerza, hundiendo el miedo a rasgarse la piel.
Pero el garfio afloja antes de que suceda. Lo lanza al suelo y el objeto rueda, chirriando.
Ambos, inertes, observan el garfio desplomado sobre la cubierta. Marco voltea hacia el pirata, con la intención de concluir la lucha en la punta de la lengua, pero tambalea al notar su expresión en blanco. Busca furia, desprecio, incluso un atisbo de miedo o arrepentimiento. Pero no hay nada.
Inseguro de qué hacer ante la mirada vacía, retrocede. La madera bajo los pies cruje. La brisa aún mece las velas, los rizos del pirata se mueven como si de una caricia se tratara, pero Müller no hace nada.
El barco entero parece inclinarse cuando cae de rodillas. Su sombra se arrastra sobre las tablas como un animal exhausto. Levántate, le gustaría decirle, pero… ¿para qué?
Un retumbo, un tic-tac lejano, se hace presente otra vez.
—Ya está —dice Marco, bajo. No por él. Por todo—. Acaba con esto, Thomas.
Lo nombra por primera vez, como si con ello pudiera enterrarlo del todo.
Los niños miran en silencio. La isla contiene el aliento. El Capitán sujeta el borde y se inclina hacia delante, apenas levantándose. Su cuerpo cae sobre la tabla, sin equilibrio, sin vuelo. Casi está acostado, como si descansara, pero ni siquiera parpadea.
Marco se sorprende pensando en que, quizás si fuera una pausa, podría trazar su siguiente movimiento y continuar la batalla. Pero las botas del Capitán golpeando el suelo indican algo diferente, secundan sus palabras, y Marco no sabe qué tan complacido debería sentirse con eso.
Entonces, un ruido más profundo se abre paso. No es la madera rechinando, ni las olas contra el barco o el viento meciendo las velas. Es el eco de una mandíbula cerrándose. De un reloj que marca su final.
Desde el borde del barco, el cocodrilo emerge.
Te está esperando. Piensa. No lo dice, no cree poder. No cuando el único sentimiento en los ojos de Müller le transmite que parece saberlo ya.
Müller gira, pero no parece verlo. Lo que queda en su expresión es el rostro de alguien que alguna vez voló y se olvidó de cómo aterrizar. Así, su cuerpo se extiende, se acerca a la orilla. Y cae. Un último salto. Un último chasquido de fauces.
El Capitán desaparece en el agua.
El cuerpo se pierde, pero el sonido del impacto aún vibra en los huesos de Marco. Tarda un momento en comprender que ya no hay un combate al que aferrarse.
Marco no se mueve al principio. Sólo respira. Siente el cuerpo adormecido, los ojos clavados en el vacío donde cayó Müller. No hay gritos. Terminó, pero no hay victoria.
Siente como si la tensión hubiera abierto grietas en sus músculos y ahora, al soltarla, lo abandonara por dentro. Baja la cabeza, la sangre seca cubre sus brazos, y siente el rostro atirantado por la misma razón. Los ruidos de su entorno se filtran poco a poco. Pasos, respiraciones. Madera, sal.
El aire se le atasca en la garganta. Gira lentamente y ve a los niños dispersos, cubiertos de polvo, con los puños aún cerrados y la respiración agitada. Algunos sostienen palos, otros apenas se sostienen de pie. Todos lo miran.
Milena aún se aferra a un palo de escoba sin cabezal, pero sus ojos ya no lucen apagados. Yvonne le dedica una sonrisa breve, entre extenuada y orgullosa. Robert también mantiene la vista fija en él, con una calma que le hace temblar el estómago.
¿De verdad ya terminó? ¿Por qué este nudo no se deshace, entonces? ¿Qué me falta aún? Las preguntas se agolpan en su mente, una sobre otra. Se obliga a permanecer erguido, pero no puede formar ninguna sonrisa.
Percibe un movimiento a su derecha, donde dos tripulantes más continúan de pie, uno apoyado contra un barril y el otro con las manos aún en el mango de su espada. Marco titubea al adoptar una expresión defensiva, pero ninguno ataca.
—Ya no pelearemos —dice uno de ellos, sin resignación ni arrogancia en su voz—. No tiene sentido si el Capitán ya no está.
No hay respuesta durante varios segundos. Marco sólo observa, sintiendo el aire casi viciado ante la duda de a quién atacar y a quién no. Al final, asiente sin decir nada. Teme que el temblor de su cuerpo se refleje en su voz.
El otro tripulante mira a su compañero. En silencio, se acercan a un pequeño bote auxiliar que cuelga sobre un costado de la cubierta, contenedor de escombros y telas raídas. Uno comienza a soltar las cuerdas, el otro prepara los remos. La madera rechina bajo sus pasos, pero ningún niño los detiene.
Cuando Marco voltea de nuevo, Robert está de pie frente a él. Los cortes en su rostro ya no sangran, tiene manchas de tierra en pequeños sectores y la frente completamente lisa.
—Los demás cayeron, o están desmayados en alguna parte. Tus chicos pueden ser salvajes cuando quieren —murmura casi juguetón, pero su rostro aún guarda un contraste serio—. Ya no estás solo.
Apenas registra las palabras. Su cuerpo se mueve antes que su mente, su frente contra el hombro contrario, y todo lo que contuvo parece desvanecerse al exhalar. El aire perdido lo deja vacío y repleto a la vez, con el viento causándole escalofríos y una cercanía que le calcina el cerebro.
Robert lo envuelve en sus brazos, y Marco cede, dejándose caer por completo sobre el joven. Su respiración se corta y retoma de forma brusca, casi como sollozos secos. Está sucio, piensa, con la imagen de sus propias manos aún fresca en su mente.
Sin embargo, la ropa de Robert también lo está. Ha perdido su lustre característico tras pequeños cortes y motas de sangre. Quizás por eso Marco se aferra, sus brazos se ciernen alrededor de la tela todavía suave y el cuerpo cálido bajo ella.
Quiere decir algo, pero su garganta no coopera. Le gustaría encontrar la forma de entregar lo que le crece dentro, que el agradecimiento y las disculpas se filtren de su cuerpo y Robert pueda percibir ambas como él mismo las siente.
No la encuentra, así que se aferra más fuerte. Y Robert, como si entendiera lo que le aplasta las costillas, no le pide ninguna palabra.
Pasan los segundos, Marco inhala profundamente y un rastro cítrico permanece en su nariz. Las respiraciones acompasadas de Robert lo arrullan, y piensa en que no podría estar desperdiciando la magia de la isla si es para permanecer allí.
Oye un suave golpeteo contra la madera y se separan despacio. Marco parpadea, disipando la humedad residual en las esquinas de sus ojos. Las olas del mar se desplazan, calmas, mientras el sol comienza a calentar la cubierta. La isla también parece ceder un poco, como si soltara el aire con ellos.
Cuando retrocede, una pequeña mancha marrón pasa frente a él y salta hacia Robert. Milena exclama extasiada mientras el chico ríe suave. Marco sonríe, y poco a poco su pecho se expande.
Uno de los niños se acerca, los demás siguen sus pasos. Él desvía la mirada hacia ellos, sin decir nada aún. Algunos tienen la piel con matices púrpuras y pequeños cortes carmín. Cree que sería apropiado disculparse cuando, de pronto, tiene un par de pequeños brazos afianzándose a su cintura. Luego otro. Y otro. Y todos están aferrados a su cuerpo, soltando risas gangosas y murmullos entrecortados.
Marco trata de contener la marea de cuerpos que lo rodea, hasta que una risa le brota de golpe, mojada, temblorosa, incontrolable. Su pecho vibra, y los estrecha con firmeza. No sabe cuándo, pero las dos melenas castañas terminan incluyéndose en el abrazo improvisado y un fulgor amarillo reluce a su derecha.
Es vida. Siente más que piensa.
Mario, el mayor de los niños, es el primero en separarse. Alza el rostro, y algo en Marco se comprime al notar el pequeño destello en la mirada marrón, casi opacado por el contorno oscuro de un hematoma. «Gracias» vocaliza sin sonido, tras una sonrisa húmeda.
Marco siente un tirón en el estómago y se mantiene allí, incapaz de apartar la mirada. Su mente le recuerda que un perdón no basta, pero ni siquiera eso consigue. Sólo sonríe, y siente algo cálido deslizarse por su mejilla. La lágrima encuentra un destino cuando el chico resopla, casi riendo. El sol ilumina más que antes.
El resto de los niños se aleja despacio. Yvonne se detiene frente a él. Vuela en círculos, su luz parpadea como una palabra muda. Marco parpadea, aún recuperándose del abrazo. Sigue al hada con los ojos, y por un instante, cree escucharla sin oírla.
No necesita más, lo entiende. Asiente una sola vez. La pequeña ensancha su sonrisa y se acerca a él, depositando lo que podría ser un beso en su frente. Como si estuviera orgullosa de mí, piensa Marco. Mientras tanto, Yvonne se aleja extendiendo los brazos y una suave estela de polvo brillante se desprende de sus manos.
La pregunta sobre qué harían a continuación sólo había durado segundos en su cabeza, resuelta por una mirada rápida hacia el barco y el acuerdo tácito reflejado en el hada. Las partículas flotan en el aire, como las pequeñas luciérnagas que danzaron alrededor de ellos una noche en el bosque.
Los niños observan, embelesados con los destellos que se asientan sobre sus cuerpos. Marco aún tiene una sensación de vértigo que le hunde las entrañas, pese a tener los pies sobre el suelo. Sabe qué harán; quizás sea eso lo que enfría la punta de sus dedos, pero le calienta el corazón.
Tienes miedo de nuevo. Le recuerda una voz en su mente, mientras observa cómo los niños comienzan a flotar, riendo y empujándose entre ellos. Él está sonriendo también. Suave, débil, casi como si temiera hacerlo del todo.
Yvonne se acerca a los que aún no consiguen mantenerse en el aire. Marco sabe que debería hacer lo mismo. En su lugar, sólo observa, con sus latidos acelerados y la certeza de que algo se expande, algo que todavía no comprende del todo.
Así encuentra a Robert, que ya lo contempla desde un lateral. El chico se acerca lentamente, con los hombros cubiertos de partículas brillantes, pero aún sin volar. Se detiene junto a él, y mira hacia el frente. Marco espera alguna palabra, algo que explique el movimiento, sólo obtiene una leve inclinación de cabeza. Luego, unos nudillos rozan los suyos.
—Mírame, Marco. ¡Ya puedo volar! —exclama uno de los niños, girando alrededor de otro.
Marco voltea hacia él y ríe levemente cuando el giro se convierte en un choque sutil. El niño se disculpa entre risas e Yvonne regresa a ayudarlo.
—¿Estás listo? —murmura Robert. Su voz suena suave, aunque segura.
Marco regresa su mirada hacia él. Su perfil está enmarcado por la luz del sol; sus facciones, relajadas aún en la sombra. Respira despacio, casi imperceptible. Robert pregunta y espera la respuesta, aunque parezca no necesitarla.
Marco roza sus nudillos nuevamente, firme y deliberado. Como el «Sí» que se atreve a emitir cuando todo su cuerpo se siente cálido otra vez. Así: flota. Se eleva, apenas tomando la mano de Robert, pero perdiéndola con la altura.
El chico a su lado lo sigue, y Milena se enrosca alrededor del brazo que Marco estuvo a segundos de tomar. Los niños lo miran moverse entre ellos. El vuelo es estable, y la brisa de la isla cambia de dirección, como si anunciara el nuevo rumbo.
—¿A dónde vamos? —pregunta en voz baja Milena, pero todos la escuchan.
Marco mira al cielo, en dirección del viento. Luego a la isla, verde, viva. Por último, a ellos, y ya no siente frío en ningún lado.
—A casa —responde. Su voz sale en un suspiro, y su pecho se estremece con ella.
No hay cuestionamiento. Algunos niños alzan los brazos primero. Otros ríen, aún incrédulos. Yvonne da una vuelta sobre sí y flota sin esfuerzo, dorada como un cometa.
Marco extiende la mano hacia uno de los más pequeños que duda. El niño se aferra a su brazo, su mirada vacila, pero no pregunta nada. Está bien tener miedo, quiere decirle. En su lugar, desliza el brazo hasta sujetar su mano y le dedica una pequeña sonrisa. Luego, se deja llevar.
Una brisa ascendente los envuelve. El mar se aleja poco a poco. Las telas sueltas del barco ondean como despedidas. Robert llega a su lado, sin apartar la mirada del frente. Sus manos no se rozan, pero vuelan en la misma dirección.
¿Culpable? ¿Cobarde? Las palabras se desdibujan en su mente, como si el viento contra su rostro le disipara las dudas. El niño a su lado afloja el agarre lentamente, con la vista en todos lados y su mano acariciando nubes. Entonces, Marco lo suelta y el niño continúa, volando a través de los algodones blancos.
Marco cree que podría permitirse ser de esa forma. Cree que podría dejar de escarbar en la tierra palabras que luego se verían sucias en su piel, y limpiarse la sangre para no engañarse a sí mismo con una verdad borrosa.
Siente muchas cosas, y quizás aquello no sea tan malo cuando el color rojo no siempre significará salir herido. O cuando el color azul no sea el reflejo de su felicidad en la isla, sino un par de ojos que no dependerán de él.
El panorama se torna oscuro. Cruzan la segunda estrella y, después de varios giros, acaban en Tierra Firme. El cielo nocturno los recibe, el resto de estrellas parecen parpadear ante su llegada. Casa. Inhala, el aire frío llena sus pulmones y su cuerpo se sacude con un escalofrío.
—Allá está —menciona Robert, girando levemente hacia la izquierda.
Los niños lo siguen, murmurando y apuntando cosas bajo ellos. Marco se detiene unos segundos, retomando el vuelo cuando está atrás del grupo.
A lo lejos, distingue aquel muro de hormigón que creyó no volver a ver. La ventana está abierta, con las cortinas meciéndose suavemente. Aún con la distancia, no ve a nadie en la silla frente a ella.
Se acercan, Yvonne lo busca con la mirada y se dirige a él cuando lo ve. Marco se obliga a respirar pausado, aunque está casi seguro de que el hada ya notó sus titubeos. Incluso con los dedos fríos de nuevo, desciende con el resto.
La construcción se impone ante él. Los niños entran despacio, en silencio —o lo intentan, en su defecto—. Risas dispersas y susurradas cortan la tranquilidad que transmite la habitación. La caja de juguetes está en la misma esquina, la alfombra todavía tiene algunos sobre ella. Las camas están tendidas, sin un sólo repliegue en la tela.
Marco había visto a la madre de Robert y Milena acomodándolas, como si alisarlas fuera una forma de negar las arrugas del abandono. También vio a su madre hacer lo mismo un centenar de veces, hasta que simplemente dejó de ir a comprobarlo.
Simplemente. La palabra se desliza fácil en sus pensamientos, pero él sintió que se arrancaba algo cuando dejó de aparecer en su ventana.
Su padre rompió el cristal de una el día que él se fue, con un rodillo secante que se estrelló contra el marco. No la reparó. El recuerdo lo astilla un poco por dentro.
Ya todos los niños están en la habitación, pero él permanece ahí, aún flotando al borde de la madera, incapaz de cruzar pese a haberlo hecho antes. Yvonne, a su lado, brilla con intensidad, como si preguntara qué sucede. Nada, piensa, y quizás eso sea lo que más lo confunde.
—¿Vienes?
Una voz lo saca de su letargo. Robert está frente a él, con los pies sobre el alféizar acolchado. Ve la luz de Yvonne tomar distancia y entrar a la casa.
Marco siente la boca seca, su lengua áspera contra su paladar. Robert continúa mirándolo, con las cejas levemente arqueadas y sus labios en una mueca contenida.
No sabe qué aspecto tendrá él, pero no cree estar mejor cuando las esquinas de sus ojos pican.
—Creo que… debo hacer algo antes —susurra entrecortado, pero con la idea firme en su mente.
Mantiene fija su mirada. No da más explicaciones, Robert tampoco las pide. Se quedan frente al otro durante unos segundos, hasta que siente las palmas sudorosas y cierra las manos con incomodidad.
No puede descifrar la expresión en el rostro del chico, pero no está seguro de qué decir para deshacer la incertidumbre que se cierne sobre ellos.
Robert baja la vista, como si dudara, pero sus ojos regresan y pregunta:
—¿Volverás?
Es sólo una palabra. Aun así, suena temblorosa. Marco finalmente lo entiende. Se acerca unos centímetros, apenas perceptibles, pero son suficientes para acelerar su respiración.
—Sí, sólo necesito hacer esto primero —responde, y siente que el nudo en su garganta cede.
—Bien. Yo… te estaré esperando.
La luz interior perfila la figura de Robert, de espaldas al cuarto. Las farolas no alcanzan a delinear sus facciones. Sin embargo, Marco nota la suavidad en su mirada y tiene que frenar el impulso de aferrarse a él una vez más.
—Sí… —musita aún en la distancia. Sin embargo, un pensamiento lo asalta y regresa abruptamente—. Por cierto, casi lo olvido. Marco Reus.
Robert observa la mano extendida hacia él, con el ceño fruncido y el brazo lánguido a su costado.
—¿Qué?
—Tu apellido. Yo… nunca me presenté correctamente —trata de explicar, reprimiendo una sonrisa que podría ser culposa—. Soy Marco Reus, ¿y tú?
Robert permanece en silencio unos segundos, con la vista todavía en la mano frente a él. En ese momento, la luna sale tras las nubes y sus ojos adquieren un brillo característico. Marco casi deja caer su mano ante la imagen.
—Lewandowski… Robert Lewandowski —dice despacio. Estrecha la mano contraria y una sonrisa se dibuja en su rostro.
Marco le corresponde y le duelen las mejillas. El apretón cesa, su mano bajando despacio. En algún punto vacila, e incluso después de separarse, cierta calidez persiste en ella.
Su mirada se humedece, pero nada le duele. Ya no.
—Bien —murmura, alejándose—. No se lo des a nadie más.
Robert lo mira, en silencio, sin entender del todo, pero sus labios se cierran en una sonrisa que permanece.
En ese momento, el destello del hada llega a su costado, como si viera a través de él y supiera lo que hará. Como si notara que le espera una visita donde quizás necesite compañía.
Marco suelta el aire contenido. «Volveré», articula sin voz. La mirada de Robert se cristaliza y él sólo puede formar una sonrisa trémula. Da media vuelta, y se alza hacia la noche.
El cielo parece abrirse mientras se aleja. Marco no mira atrás. No aún. El aire frío le llena el pecho, pero no lo vacía. Intenta buscar en él, pero no encuentra alivio ni tristeza. Siente algo más difícil de reconocer, de mencionar.
Yvonne sigue a su lado, flotando cerca, aunque sin invadir su vuelo. Marco cierra los ojos y, sin la intención real pero con un querer profundo, aquel nombre se desliza entre sus labios.
Es vida.
