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Está sentado en la banca, entre una silla vacía y Dalot. Han pasado un par de minutos desde que Ronaldo les permitió ver una luz al final del túnel y su gol empató el partido.
Pero él está sentado en la banca.
Podría parecer que el Milan le dio unas cuantas oportunidades extra, a diferencia del Chelsea. No obstante, ha estado más tiempo en el club inglés y, por ello, el otro debía ser su oportunidad para mejorar, estabilizarse.
De todas formas, no cree haber hecho enorgullecer a ninguno. Las estadísticas no mienten.
Tiene el brazo apoyado cuando Dalot baja el suyo y su cuerpo se resiente con el roce. Apenas percibe la calidez: poco notoria, fugaz. No debería alejarse, pero lo hace igual. Flexiona su brazo, su uña acaba entre sus dientes y el nerviosismo monopoliza sus intentos por dejar el mal hábito de mordérsela.
El ser humano necesita contacto físico. Los malos hábitos son difíciles de deshacer. La pelota continúa atravesando el campo y el marcador se mantiene en dos a dos. Su voluntad podría actuar de alguna forma, pero se queda quieto en todas.
Hay ocasiones donde no resiste el impulso y, una noche antes, termina buscando su partido en Google, sólo para ver dónde se inclina el porcentaje de probabilidad para una victoria. No asegura nada, la experiencia se lo ha dejado claro. Sin embargo, hay una comodidad fantasma en creer que uno podría estar seguro de algo.
Porque las estadísticas no mienten, pero no hay total certeza en las posibilidades.
Gavira ya le habría dado un manotazo, como advertencia descuidada de alguien que tiene la intención de cuidarte. Así como también le habría quitado el teléfono la noche anterior, y se lo habría devuelto sólo cuando su pierna dejara de temblar. O incluso lo habría acompañado mientras tenía parte de la cara fuera de la ventana para fingir que la brisa se llevaba pensamientos como «probabilidades Barcelona vs. París Saint-Germain», «el calvario de João Félix».
O «cómo dejar de morderte las uñas cuando lo que te ayudaba ya no funciona» —había puesto ya no está. Lo borró al releerlo—.
No puede ser más específico en su búsqueda, o las pestañas de Google le dirían de manera discreta: ‹debido a que no pude descifrar qué tratas de decir, aquí tienes información en absoluto relacionada con lo que pedías en primer lugar›. No puede preguntar qué podría hacer cuando el joven palaciego, que encendía la play si lo veía demasiado inquieto, está ahora a unos cuantos metros, sentado en otra banca.
Y João no quiere sonar desagradecido, pero Dalot ha empezado a murmurar cosas con su compañero de al lado y nada de lo que dicen le llega como un consuelo. «No pueden permitirse un empate». «Tiene que acabar ya». Se remueve en su silla, incómodo, con los músculos tensos y calientes pese a no haber jugado ni un minuto. Y cree que ya no lo hará.
Quizás las páginas que se encargan de detallar su calvario tengan un poco de razón. O toda. Quién sabe. Gavira ya habría rodado los ojos y le habría contado a Pedri el asunto. El canario se detendría a mirarlo unos segundos, sonriendo casi compasivo, y con un apretón en el hombro habría desmeritado cualquier página en línea.
Entonces, Gavira le habría dirigido una mirada de suficiencia, asintiendo con la cabeza en su dirección. Él cree que podría odiarse un poco a sí mismo por estar pensando en ello cuando tiene una final frente a sus ojos.
O tal vez se trate de estar sentado con tiempo de sobra porque, en lugar de desmentir sus predicciones negativas, las confirmó. Han sido meses pesados. Su atención pende de un hilo cuando no tiene la pelota entre sus pies. Y quizás eso sea parte del problema.
El partido está por alcanzar los ochenta minutos. El marcador sigue igual. Él también.
Al lado del asiento vacío, Silva se estira y comienza a mover su pierna. Dalot se pasa las manos por la cara y Martínez se mueve de un lado a otro al borde de la cancha.
El campo se ve inmenso desde donde está. Lo ha pisado tantas veces que podría tener partículas de pasto aún incrustadas en los botines, que no se quitarían a menos que arrancara la suela de ellos. Aun así, el verde se impone y él no puede moverse. No porque no quiera —aunque no está seguro de si, todavía queriendo, podría—. Tendría que hacerlo, claro está, pero hay una distancia entre moverse y obtener algo con ello.
Las estadísticas no mienten, suena como un mantra en su cabeza. Un ancla que podría mantenerlo en la realidad, o podría impedirle avanzar. Depende de cómo lo vea.
Quizás Gavira ni siquiera se habría detenido a verlo dos veces. Disipa sus pensamientos corriendo, pateando, buscándolo entre la multitud, olfateando su cesto de ropa sucia para ver qué tan notorio es que su camiseta de confianza no está lavada e invitándolo a tomar algo después de haber entrenado juntos un poco más.
Es todo garras y ataque. Juega con las posibilidades como si tenerlas sobre sus manos fuera cuestión de voluntad. Luego, lo mira a los ojos para decirle que sabe lo lejos que está de tener las respuestas, pero no se quedará esperando a que lleguen. Gavira lucha incluso cuando su cuerpo le pide que ya no lo haga.
Y a João su cuerpo le está pidiendo moverse, pero no acierta a hacer nada más que mordisquear la piel blanda bajo los retazos de uña que ya acabó. El dolor es como un castigo que no sirve de nada, sólo un recordatorio de que debe merecer algo equivalente a haber tenido un año más para probar su valor y haber vuelto con las manos vacías al club que no consigue llamar hogar.
También ha vuelto con su selección, se recuerda. Pero está sentado, inquieto, desesperado porque el espacio le quema como algo que no debería hacerlo, y aun así lo hace.
Le gustaría salir, jugar, acumular pasto bajo sus zapatillas aunque el siguiente partido esté usando un par diferente. Le gustaría el ardor de sus piernas al esforzarse y no el de pequeñas heridas en su pulgar. Pero se queda en la banca. Estático. Casi una burla para sí mismo cuando sus músculos se contraen solos.
Minutos extra. Prórroga. Pequeño descanso en el que se levanta y camina de un lado a otro. Extiende una botella de agua a Fernandes y se acerca para escuchar tácticas que no ejecutará.
Al principio, cree que su presencia podría funcionar como una señal de humo, un «estoy aquí» que se eleva mesurado entre el resto. Pero luego se ve más como lo que se evapora, como lo que estuvo y no deja rastro. Se ve más como el que pide ayuda, que como quien la da.
Parpadea cuando oye un declive en la voz de Martínez, y toma distancia luego de eso.
A lo lejos, ve manchas de un tono casi fluorescente moviéndose. No voltea el tiempo suficiente para distinguir las figuras, pero cree que la mata de cabellos castaños rebotando le es muy familiar.
Se detiene al llegar a su fila y mira el asiento a un par de metros más allá. Un pequeño espacio que amenazará con tragarlo en cuanto lo toque. No quiere la sensación nuevamente, pero no tiene cómo evitarla cuando un fuerte pitido avisa que comienzan los otros treinta minutos.
Ha dado tres pasos y Dalot alza la vista, encontrando la suya. Cree que dirá algo, pero sólo recibe una pequeña sonrisa torcida que le recuerda a la mueca del entrenador cuando lo vio acercarse. Ese gesto que no es rechazo, pero tampoco aliento. Un «esperemos que salga bien» que se sustenta en la desesperación de obtener buenos resultados lo más rápido posible.
Así que sólo sigue y se sienta a esperar.
Pasan alrededor de cinco minutos y su pierna comienza a sacudirse. Asienta su mano sobre ella, pero no la detiene realmente. Su palma se siente fría contra el muslo, como si buscara el peso ausente de otra cosa. Los dedos se deslizan por el dobladillo del short, sin saber qué encontrar.
Semanas antes de que su temporada en el Barça culminara, se había acostado en el pasto esperando que su destino no fuera el que es ahora. Gavira había terminado cerca suyo, tumbado sobre su estómago, con sus dedos tirando la esquina de la camiseta ajena y una sonrisa que, aunque no respondía a ninguna de sus preguntas, las silenciaba todas por un instante.
Allí, Pablo apoyó la cabeza sobre su cadera durante unos segundos. Sin mirarlo, sin decir nada, como si le fuera natural hacerlo. El silencio se mantuvo. Y João se quedó con la presión del peso incluso cuando ya no hubo nada encima.
Alza la mano de su muslo y se revuelve el cabello. Las frustraciones escalan con los minutos, como si la incertidumbre trepara por su columna y lo dejara rígido. Se estira como Silva, pero continúa tenso. Su mirada vaga de un sitio a otro en la cancha, la pelota continúa en el juego, ningún cambio trasciende al marcador.
Un remate impacta contra el travesaño.
Sus compañeros se ponen de pie. Él está al borde del asiento. La atmósfera decae súbitamente cuando no se concreta nada. Se lanza contra el espaldar de la silla y siente un calor fantasma acariciar su brazo, una toalla que debió haber arrojado alguno de sus compañeros.
Gavira, al otro lado, seguramente está esperando lo mismo, parado al borde de una angustia que no contiene mientras su equipo lucha por marcar uno más.
Su piel se eriza y deja el trapo húmedo en un asiento vacío que tiene detrás. La zona pica ligeramente, él se rasca con más fuerza de la que debería y se trazan caminos rojizos en su antebrazo. Baja la vista hacia la piel irritada y apoya el tramo que le escuece contra su abdomen.
Arde un poco, pero él piensa en Gavira. El joven habría sujetado su brazo y lo habría alejado de él. Casi puede sentir una mirada desaprobatoria, aunque todos tienen la vista puesta en el partido.
Cuando lo hacía, João solía fingir que lo quería devuelta. Nunca tiraba de sí mismo lo suficiente, porque Pablo solía acercar ese brazo a su pecho o lo asentaba en su regazo mientras lo tenía aferrado con ambas manos. Las líneas coloradas se desvanecían bajo un agarre sutil que João no quitaba.
Una amenaza de gol contra su arco. Gritos retumban en el estadio. Mira de reojo a la selección española saltando de la banca, como ellos mismos habían hecho minutos atrás.
Ambos están ahí, al borde de todo.
Se siente lejano y cercano a la vez, aunque el marcador no haya cambiado. Aunque la distancia entre bancas siga siendo la misma.
Quiere entrar al campo, quiere hacer algo. La picazón se extiende a todo su cuerpo, pero él continúa contra un asiento que parece encogerse mientras más tiempo pasa. Se siente rendido, casi como haber sido sacado a fuerzas porque no estaba siendo de ayuda para el equipo.
Ese es un escenario que conoce demasiado, incluso en el lugar que lo recibió con los brazos abiertos y proyectos en los que querían que formara parte. En más de un partido, Xavi había llegado a pedir su cambio temprano por su actuación. No quiso hablar con nadie después de eso, no porque el míster haya sido injusto, sino porque la decisión tenía una razón fundamentada: él no estaba haciendo las cosas bien.
Gavira fue el único en acercarse. Se sentó a su lado, le puso una mano en la nuca y lo empujó hacia su hombro. Fue breve. Con un murmullo como «Lo harás mejor» detrás. João se rindió de una forma diferente ese día.
Y quizás, si entrara ahora, podría intentar hacer algo que no sea esconder su brazo de sí mismo o lastimar su dedo como si fuera pulpa. Quizás podría correr tras el balón. Subir. Bajar. Destrozarse los gemelos, los femorales, todo el cuerpo si es necesario. Pero haría algo.
Quizás podría hacer honor a su posición y marcar un gol. Podría entregarle una victoria a su selección, lograr que los demás volteen a verlo, se acerquen a celebrar con él. Podría conseguir un peso diferente en el cuerpo y empujones que no deriven en sanciones amarillas.
Después de todo, las celebraciones persiguen incluso al acabar el partido. Son un tipo distinto de acecho. No es un fantasma que apaga las luces y mueve objetos de su lugar. Es un calor que persiste en medio del pecho, un brillo que se cierne sobre cualquier habitación. Como si su cuerpo de repente se volviera un campo magnético, y el resto del equipo, un polo opuesto al suyo.
Recuerda haber hablado de aquello con Ferran —hacía el tiempo necesario para que la conversación estuviera borrosa en su memoria—. Aun así, la sensación de los brazos de Gavira alrededor de su cuello todavía es clara, el recuerdo de una calidez persiguiéndolo después de celebrar. Otro tipo de acecho. El que lo empuja a caminar a su lado, a acercarse hasta que sus hombros se rocen. El que lo obliga a levantar la vista cuando el balón entra al arco, y pide contacto apenas Gavira lo mire.
Si lo consigue, obtiene su nombre en el marcador y gana el calor de un gesto que siempre termina en su sien. Un gol, más de una recompensa. Un «Buen trabajo» que se emite suave y suena como «Siempre creeré en ti».
Pero esta vez no hay roce y alza la vista, en un breve descanso previo a los penales. La distancia lo golpea. Se pregunta si Pablo todavía cree en él.
No entró a la cancha. No jugó. El asiento se torna frío de pronto. No había ningún reflector apuntándolo, y aun así siente como si algo se apagara en su dirección. La toalla detrás de él ya no está. Se pone de pie para quitarse al espíritu de encima.
Ese que le recuerda que se está quedando sin oportunidades.
Se mueve sin una intención fija, sólo para liberar energía. A su lado, Dalot está igual. Aguardan, expectantes, la tensión crece con cada zumbido del silbato y cada pelota impactando contra la red.
Casi se ve a sí mismo allí, en medio del extenso espacio verde y con el bullicio del público latiendo en sus oídos. Con su equipo al borde de la línea, las miradas en el balón y los brazos abiertos hacia él.
Quiere las piernas libres, no entre hileras de asientos. Quiere determinar un partido con sus pasos, influir de nuevo en el marcador, provocar un estallido de gritos en el estadio y ganarse el aprecio de su entorno. Quiere la sensación fantasma de unos brazos sobre sus hombros y la calidez de un beso en la sien.
Lo quiere todo de nuevo. Y el universo, quizás, esté tratando de ser un poco compasivo. Porque España falla dos penales.
Los vítores retumban en el estadio. La gente grita, salta, humareda verde y roja colorea el lugar. Tiene a Silva sacudiéndole los hombros y sus propias mejillas duelen de tanto sonreír. La victoria toca su puerta, sus compañeros abrazan un cuerpo que apenas reacciona. Él corre después de eso. El campo lo recibe, vibrante. El pasto levemente húmedo brilla bajo la luz blanca. El aire es una mezcla de sal y vida que le cuesta percibir del todo.
Estrecha en sus brazos a Cristiano, a Neves, a Vitinha, a todo aquel que encuentra. Todos lo reciben. Luego, buscan al resto para continuar celebrando. Tienen algo con lo que regresar a casa, algo mucho más grande de lo que había concluido minutos atrás.
Ese tienen lo incluye a él, aunque su cuerpo todavía esté frío.
Mira sus manos vacías hasta que distingue una figura con el dorsal número trece frente a él. Siente brazos envolviéndolo. Veiga.
Responde de inmediato y el contacto es casi mecánico, pero cuando el otro no lo suelta enseguida, su cuerpo deja de tensarse. Apoya la mejilla en el hombro de Renato y cierra los ojos, relajándose en los segundos extra concedidos.
Quizás sea el sudor, pero el tacto se vuelve cálido y pegajoso contra su piel, casi como si pudiera quedarse pegado a él si lo intentara. No lo hace, y Veiga se separa sin que João lo registre del todo.
Cuando abre los ojos, el defensa ya está saludando a otro compañero. João sigue ahí. De pie.
De repente, se siente cera bajo el calor de todo lo demás. La luz, la multitud, sus compañeros. Él se derrite, pierde forma. Sus bordes se desdibujan y su interior arde en un cuerpo que no lo contiene.
El último que lo abrazó así se quedó fuera demasiado pronto. Ni siquiera pudo jugar un último partido blaugrana a su lado.
Porque Gavira sigue aunque su cuerpo le pida que pare. Toma las precauciones como retos y se regocija con las líneas de meta cortadas por su propio paso. A João le gustaría envolverse con una de esas ahora mismo, o con una cinta policíaca, de esa que no se puede romper.
¿Ser una momia que no se descompone en el tiempo? No. ¿Ser los restos irreconocibles de lo que una vez fue? Tal vez.
Pero se siente frío todavía. Así carga con sus extremidades lánguidas y avanza unos pasos. No sabe si lo busca, o si simplemente espera que suceda.
Reparte felicitaciones como tarjetas de cumpleaños, pero es como la vez donde cumplía doce y lo celebró un día antes. Todos los buenos deseos se escurrieron el día que sí era, el pastel supo menos dulce y desde entonces no quiso otro día que no fuera el mismo diez.
Aun así, recibe abrazos como si no estuviera derritiéndose, como si hubiera rasgado una parte suya para completar lo que faltaba en el partido. No lo hizo. Quizás por eso su cumpleaños no era real cuando fue un nueve.
Entonces, lo busca o espera. No lo sabe. Pero ha recorrido tanto terreno que Fermín se acerca a saludarlo, y el pequeño apretón de manos es lo suficientemente breve para que su piel no se escurra entre los dedos del jugador español.
Cubarsí lo mira después. Su saludo es más duradero. El chico sonríe como si fuera grato verlo, como si no estuviera viendo la victoria ajena tras él ni al delantero que ya no marca enfrente.
Así también se acerca Pedri, como el que luchó con lesiones de forma consecutiva y, con la experiencia plasmada en los ojos, le dijo que no cargara las opiniones de los medios como cruces. João trata de darle una sonrisa casi compasiva. No es lo suyo, pero quizás quiera entregar un poco de calidez en lugar de restos duros de piel.
Y, a su costado, lo ve. El cachorro aguerrido de pelo castaño. Respiran el mismo aire después de no-sabe-cuánto tiempo, su interior bulle con una emoción que no reconoce y hace todo lo que puede para que su cuerpo no la rebalse.
Tiene los ojos húmedos, sin embargo.
Gavira podría estar diciendo ‹buen partido›, ‹lo hicieron bien› o incluso ‹feliz cumpleaños›. A João le da un poco igual. Sólo camina hasta estar frente a él. Tiene los brazos abiertos antes de darse cuenta y, al instante, su cuerpo se sostiene en un calor que podría estar prometiendo no desmoronarlo.
A João vuelve a darle igual. Sus labios rozan una parte del cuello contrario y murmura lo que intenta ser un «gracias».
Pablo toma distancia para mirarlo, con su mano aún establecida en la nuca de João. Él agacha un poco el rostro y sonríe todo lo que puede. Unos caninos disparejos lo reciben cuando el palaciego imita su expresión.
Podría volver a darle igual una promesa que no se concreta, pero Gavira le da una leve palmada en la nuca antes de separarse. Aún sonriendo. Se voltea. Sin mirarlo una vez más. Bernardo se cruza en su camino y comparten un abrazo.
João no se había movido antes de eso, y no lo hace después. Está sobre el pasto y bajo la luz. Está en el campo, esperando por una medalla en su cuello y celebrando un partido que ganó. Su cuerpo no está pegajoso y su piel no se derrite.
La cabeza le arde. Un pulso tenue vibra justo donde creyó que algo iba a quedar, como si su cuerpo todavía esperara algo que nunca fue suyo. Una promesa inventada, quizá.
Su cuerpo no está pegajoso. Su piel no se derrite. La medalla en su cuello será un peso que lo arrastre; y la sensación de cera, un frío que lo persiga. Le arde el nacimiento de un gesto que muere antes de ser proclamado. Sus fallos dejaron deudas acumuladas y el universo no haría que el resto las pague por él solo.
Veiga vuelve a aparecer cuando él pierde de vista la figura de Pablo. Su compañero enrosca el brazo alrededor de sus hombros y lo lleva hacia el centro del campo. João voltea, pero ya no lo encuentra. Sigue caminando. Le duele algo diferente a las piernas, pero ya no sabe dónde tiene el corazón.
Las estadísticas no mienten, se recuerda.
