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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Language:
Español
Series:
Part 4 of heartworm
Collections:
Soukoku Week 2016
Stats:
Published:
2016-06-16
Words:
1,648
Chapters:
1/1
Kudos:
22
Bookmarks:
2
Hits:
275

lethobenthos

Summary:

"La noche en que la vida de Dazai Osamu llega a su fin es similar a una pesadilla."

Notes:

Semana Soukoku - Día 4
Prompts: Going Back / Train Station / “Welcome home, Dazai”

Advertencia!: Hay una mención de la muerte de un personaje.

Y..., bueno, otra nota: la definición de esta palabra está separada, el final está la segunda parte.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

(lethobenthos.
el hábito de olvidar qué tan importante alguien es…


La noche en que la vida de Dazai Osamu llega a su fin, es similar a una pesadilla

Hay sirenas por todas partes, gritos y llanto, la ciudad está rodeada de llamas y la combinación de olores resulta nauseabunda. El cuerpo inconsciente de Atsushi descansa recostado sobre una pared, mientras alguien, quizá Akutagawa lo mira de tanto en tanto, en una muda súplica; y aunque Akutagawa no es de los que ruega, no lo puede evitar, pues incluso él está consciente de su incapacidad de lidiar con tantos enemigos en solitario, justo cuando está malherido y cansado. Sin embargo, solo podía esperar y resistir hasta que su cuerpo no pudiese más.

Desde un lugar mucho más lejano, Chuuya observa el desastre con los ojos medio cerrados y el rostro retorcido en una mueca de dolor. El uso continuo de su Habilidad, "Corrupción", ha destruido su cuerpo y aunque resiste, sabe que no será por mucho tiempo.

Si le hubiese hecho caso a Dazai, que predijo todo ello antes de que pudiese pasar.

Como siempre, las predicciones de su antiguo compañero, siempre se hacían realidad, desde las cosas que carecían de importancia, hasta las más vitales. Y cuando habló, sin ahorrarse detalles, sobre los planes de sus nuevos enemigos, Chuuya fue el primero en protestar. Ni siquiera recordaba qué había dicho con exactitud, solo recordaba la mirada fría que Dazai le había lanzado y que lo había hecho callar enseguida. Incluso Mori-san lo había tomado en serio y a pesar de sus protestas, esta vez había aceptado aliarse con la Agencia.

Sin embargo, algo había salido mal y Chuuya no sabía qué.

Yokohama estaba en llamas, muy pocos edificios quedaban en pie, olía a humo, sangre y muerte, el ruido era ensordecedor y no podía hacer nada. Sus músculos no servían y sus piernas temblaban a cada paso que pretendía dar; ya no podía hacer más, su vida se estaba deslizando entre sus dedos con rapidez.

Y Dazai estaba allí, de pie, al borde del edificio, incapaz de acercarse. Chuuya sospechaba que no era el miedo lo que lo mantenía alejado, era algo más. Era una amenaza, Chuuya no escuchaba bien que era.

Pero aquello no tenía pinta de parar pronto, de manera que el tiempo parecía haberse detenido, Chuuya no encontraba la energía para moverse y atacar, sabía que podía sacar su cuchillo con la suficiente rapidez y matar a aquella mujer, y ella no lo vería venir. Tiene la intención, mas sus brazos no se mueven, sus piernas no obedecen y su cerebro está desprovisto de cualquier pensamiento claro.

Mira a Dazai, le dice, en un susurro, que se baje de allí. Dazai pretende que no lo ha escuchado, mira a la mujer e repite los términos de su posible trato. Lo necesitan, después de todo, para detener al causante del incendio, que ya se había salido de sus manos; sin embargo, para ofrecer su servicio, Dazai pedía que ellos detuvieran a sus aliados de causar más muerte. La mujer se niega continuamente, entonces, el sonido de un disparo resuena y Dazai cae. Chuuya contiene la respiración y la mujer corre hacia él, como si quisiese rescatarlo; cuando él la ve darse la vuelta y dejarlo allí abandonado, Chuuya comprende qué ha sucedido. Nada lo detiene de arrastrarse y mirar hacia abajo, ve algo en el suelo y siente ganas de vomitar.

Después de años de buscar la muerte, Dazai la ha encontrado, por los medios que menos espera. Chuuya se acuesta en el suelo y cierra los ojos.

Para cuando despierta, el olor a humo persiste; ya no oye gritos ni llanto. Mori está a su lado, leyendo un libro y Fukuzawa está al otro lado, de pie y con los brazos cruzados, mirándolo fijamente.

—¿Dónde está? —le pregunta a Chuuya.

—Podrías dejarlo recuperarse unos minutos —le dice Mori—. No debe saber de qué le hablas.

Chuuya lo sabe, pero aprovecha las palabras de su líder y el silencio inmediato del otro hombre, para volver a cerrar los ojos y respirar profundamente. Vuelve a abrirlos y se acomoda en la camilla hasta quedar sentado.

—Dazai —murmura y bebe el sorbo de agua que Elise le ofrece. A pesar de la suciedad de las ropas de Mori y del mismo Fukuzawa, la pequeña permanece impecable.

—Sí, Dazai —repite Mori—, ¿dónde está, Chuuya? La última vez que lo vimos está contigo. Ha pasado una semana.

—Una semana —. Chuuya aprieta el vaso en sus manos, Elise se sube a la cama y se sienta cerca a sus pies, mirándolo fijamente—. No lo sé—. Les cuenta lo último que vio de su compañero y cuando termina, Fukuzawa cierra los ojos y Mori murmura algo entre dientes. Elise es la única que habla.

—Entonces, ¿Dazai-san se fue?

. . . .

El cumpleaños número treinta de Chuuya pasa rápidamente. Recibe varios saludos de felicitación y uno que otro regalo: una botella de vino, un sombrero nuevo y un par de guantes. Son cosas innecesarias, pero las recibe con una mirada seria y varias palabras de agradecimiento; tan pronto llega a su casa, deja los paquetes sobre la cama y sale a dar un paseo.

Reconstruir Yokohama ha sido una ardua tarea, pero tras ocho años de esfuerzos, han logrado avances que antes ni siquiera habían imaginado: edificios con la más avanzada tecnología, muchos de ellos con protección especial contra los individuos con Habilidades. Y a pesar de que esto representaba una desventaja para las labores de personas como Chuuya, el mismo Mori se había encargado de asegurarle que no iba a tener de qué preocuparse.

A Chuuya jamás lo ha preocupado aquello, conociendo a Mori como lo conoce, sabe que encontrará vacíos en todas las leyes y barreras que se atraviesen. Tampoco le preocupa el futuro de la Port Mafia, ni su extraña cercanía con la Agencia Armada de Detectives.

Le preocupa, más que todo, la alucinación que ve todos los días en la estación de tren mientras va camino a casa. Aunque nunca entra a la estación, desde donde está, alcanza a verlo claramente, una silueta perfectamente definida, un poco más alta de lo que la recuerda, más despeinada y un poco encorvada; como siempre, lleva las manos en los bolsillos y da varias vueltas por el lugar, antes de sentarse y quedarse allí durante quién sabe cuánto tiempo. Chuuya no necesita acercarse para saber que la silueta pertenece a Dazai y se pregunta si se estará volviendo loco, pues recuerda con demasiada claridad a su compañero cayendo del edificio, después de recibir un disparo en la frente… ¿o no?

El día de su cumpleaños número treinta, Chuuya está demasiado cansado como para siquiera mirar dentro de la estación, sin embargo, la duda que se acaba de plantar en su cabeza lo incita a entrar a la estación cuando ve que la silueta sigue ahí. Atraviesa entre el gentío con dificultad, abriéndose paso a empujones y cuando tiene el suficiente espacio, sus pasos se convierten en una carrera, que acaba con Chuuya sin aliento, frente a la silueta que ha visto cada tarde desde hace un mes paseándose por la estación, como un alma en pena.

Lo primero que hace cuando recupera el aliento y levanta la mirada, es pronunciar su nombre en un susurro.

—¡No has cambiado nada, Chuuya! —responde Dazai y extiende una mano, comparando su estatura con la de Chuuya—, ni siquiera en tu estatura.
—Tú… —Empieza a decir Chuuya y le da un fuerte empujón. Dazai evita caer sentado por poco. Luego se mira las manos sorprendido, casi esperaba que sus manos pasaran a través del cuerpo de Dazai, sin embargo, es completamente sólido, fuerte y real.

Dazai está vivo.

—¿Es esa tu manera de darme la bienvenida? —pregunta Dazai.
—¿Qué quieres que haga? Te vi morir. Te dispararon, caíste… Deberías haber visto cuánto lloro ese chico, Atsushi. Y los otros…
—¿Y tú, Chuuya? —Dazai sonríe, hay algo de melancolía en el gesto—, ¿lloraste?

En vez de contestar, Chuuya patea el suelo con fuerza y empieza a caminar hacia la salida.

Dazai lo persigue, repitiendo su pregunta una y otra vez, incluso cuando ya están en la calle y las personas se detienen a observarlos. Una vez llegan a una esquina, Chuuya se detiene, esperando mientras puede cruzar. Dazai se detiene a su lado y a pesar de que tiene las manos en los bolsillos, Chuuya se da cuenta de que ya no lleva sus usuales vendajes.

—Solo una palabra. Tienes que decirla —le dice Dazai en voz baja—. ¿Sabes? Antes de llegar recordé que hoy era el cumpleaños de Chuuya y pensé que sería un buen momento para regresar a casa. Pensé que me pasearía un rato por la estación durante un tiempo antes del día exacto, para que pensaras que era un fantasma y luego, cuando estuvieras muerto de la curiosidad y te acercaras a mí, te enojarías, tal cual estás ahora.

—¿Y?
—Y… Luego caminaríamos un rato. Y luego, me darías la bienvenida, como te enseñó nee-san, ¿recuerdas? —Chuuya lo recuerda, pero lo menciona—. Sí, así, con ese tonito y todo. Ya sabes, que mis predicciones nunca fallan, así que al menos, dame la bienvenida. Puedo fallar en lo del tono, pero no en lo otro.

Chuuya sigue caminando, dobla otra esquina y cruza una calle, siempre con Dazai a menos de un metro. Una vez llegan a una solitaria calle, sucia y llena de basura; un recuerdo de la anterior una solitaria calle, sucia y llena de basura; un recuerdo de la anterior Yokohama, Chuuya se voltea y en un susurro pronuncia las palabras que Dazai auguró.

—Bienvenido —. Omite el tono encantador que le enseñó Kouyou en su niñez y espera que Dazai esté satisfecho con ello.
—Sabía que lo harías —comenta Dazai y evita con facilidad el puño de Chuuya.


…hasta que aparece de nuevo.)

Notes:

...Un personaje que al final no murió, pero bueno, siempre es bueno advertir, por si acaso.

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