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Icy no partió de este mundo en un día cualquiera, lo hizo en una noche impregnada de simbolismo macabro: el 31 de octubre. La fecha en que el velo entre el mundo terrenal y el espiritual desaparecía, cuando las almas de los difuntos, según viejas leyendas, caminaban entre los vivos. Su muerte, sin embargo, no fue un espectáculo sobrenatural, sino un enigma que nadie logró desentrañar. Hallaron su cuerpo en la bruma del amanecer, tendido sobre el muelle del lago de Gardenia, con los labios azulados y los ojos fijos en la inmensidad del cielo. No presentaba señales de violencia, ni huellas de lucha. El parte médico hablaba sobre una posible 'hipotermia', aunque los policías aseguraban que el agua no estaba lo bastante fría para apagar una vida.
Bloom se enteró a través de una llamada entrecortada, la voz temblorosa de su cuñada Darcy, le arrebató el aire de los pulmones incluso antes de que le dijera la verdad; un temblor gutural que transformaba el mundo que conocía en un lugar irreconocible y hostil. La realidad se desmoronó bajo sus pies, dejando solo un paisaje desolado, justo cuando faltaban unas semanas para casarse con Icy. El funeral se llevó a cabo sin Bloom. La sola idea de tener que enfrentar el ataúd, el rostro de su amada despojado de luz y vida bajo el peso de la muerte, le retorcía las entrañas con una poderosa náusea. En cambio, se encerró en su departamento, con las cortinas corridas y el teléfono apagado, incapaz de afrontar la evidencia pública de la tragedia. El periódico, cuya primera plana mostraba la foto de su novia, acabó convirtiéndose en un instrumento de tortura. Cada vez que trataba de leer el encabezado de la noticia, las letras se difuminaban y su estómago se contraía en un nudo de angustia y negación.
En los días que siguieron, la mente de Bloom comenzó a concebir una mentira piadosa: Icy no estaba muerta. Simplemente se había marchado. Había decidido dejarla, como si el amor entre ellas hubiera sido un mero capricho pasajero que el viento se llevó. Era más facil imaginarla viva en algún lugar lejano, empezando desde cero, que aceptar que su cuerpo yacía bajo tierra.
Cada noche, al cerrar los ojos, Bloom veía el muelle. El lago de Gardenia se le aparecía en sueños. Y allí, en el borde, estaba Icy parada, con los labios azules y los ojos mirando a la nada. En ese mundo onírico intentaba correr hacia ella, gritar su nombre, pero era imposible. El fango invisible se enredaba en sus tobillos y su voz la abandonaba, dejándola muda e impotente frente a la imagen de su amor perdido. Despertaba con el corazón acelerado, las mejillas húmedas y un vacío horrible en el pecho. Entonces, los remordimientos le carcomían la consciencia. Si tan solo hubiera ido al funeral. Si tan solo hubiera tocado su mano una última vez, tal vez la memoria de ese contacto le habría dado el cierre que su alma necesitaba para aprender, paso a paso, a soltar. Quizás el dolor habría encontrado un cauce, en lugar de quedarse encerrado en su pecho. Pero el 'hubiera' era un país fantasmal, y ella estaba condenada a habitar el 'es' y el 'fue'.
La pesadilla no se disipaba con la luz del día, dejaba a su paso la persistente e inquietante sensación de ser observada. No era una presencia hostil, era como una vigilancia silenciosa, un peso insertado en la nuca que jamás desaparecía por completo, como si la sombra de Icy se hubiera adherido a ella, siguiéndola a donde quiera que fuera. Así que, para no enloquecer, Bloom trataba de ignorar el hormigueo en su espalda, concentrando su energía en las tareas cotidianas. En cuanto su turno como camarera en el Bar Músico Frutal terminaba, se refugiaba en su arte. Sus cuadros solían ser un diario diverso. Algunos reflejaban sus tempestuosos estados de ánimo, otros eran simples y serenos paisajes que buscaban transmitir un poco de paz. Sin embargo, en los últimos días, su mano ya no obedecía a su voluntad. No podía dejar de pintar a Icy. Era una compulsión que la llevaba a pasarse noches enteras en su estudio, con la espalda dolorida y los ojos irritados, un pincel embebido en óleo o acrílico en una mano, y una taza de café frío en la otra. No retrataba su sonrisa, pintaba su mirada perdida; no la vitalidad de su piel, sino la palidez lívida de su último amanecer. Cada trazo era un exorcismo fallido, un intento desesperado de capturar un fantasma en el lienzo, con la vana esperanza de que, al darle forma, finalmente pudiera dejarla ir.
Esta noche, las cosas eran diferentes. Faltaba apenas quince minutos para la media noche del 31 de octubre, y el aniversario de la muerte de Icy se cernía sobre ella, un año exacto desde que el lago de Gardenia se la había tragado en un abrazo gélido del que nunca emergería. Bloom, consumida por esa amarga sombra, se encontraba hundida en el desorden de su estudio, un espacio que había dejado de ser un santuario para transformarse en la celda de su propia condena. A su alrededor, el caos era un fiel reflejo de su interior: lienzos apilados, tubos de pintura estrujados y vacíos, y el olor agrio a disolventes. Cada tic-tac del viejo reloj de péndulo en la pared se le incrustaba en el cráneo.
Y en medio de todo, ella seguía pintando. Era una penitencia que se había autoimpuesto todas y cada una de las noches desde la tragedia. Su mano ya no era guiada por la inspiración, sino por la flagelación interna, esa necesidad masoquista de revivir el dolor una y otra vez. El lienzo frente a ella era un testimonio de su maldito fracaso: mostraba una versión distorsionada de Icy. Por más capas de color que aplicaba, por más que intentaba capturar la esencia que se le escapaba entre los dedos, no conseguía más que evocar un hueco más profundo. Pero hasta ella tenía un límite.
De pronto, la paciencia que había mantenido a raya el infierno durante meses, se resquebrajó. Bloom apretó los dientes con furia, sintiendo crujir el esmalte, y su mano, como poseída por un demonio interno, se lanzó sobre el lienzo con un pincelazo frenético. La frustración la invadió en un torrente de bilis que subió por su garganta, quemándole el esófago con un sabor amargo.
"¡Maldita sea!" Su bramido rebotó en las cuatro paredes de su estudio, ahogando momentáneamente el tic-tac del reloj. Ya no estaba pintando, atacaba al lienzo. Lanzó pinceladas al azar, hasta que la rabia se apoderó de ella por completo y arrojó el pincel hacia la tela, salpicando manchas azules que borraron los últimos rasgos reconocibles de Icy bajo un caos abstracto de dolor. Pero ni siquiera eso fue suficiente. El dolor exigía más. Necesitaba destruir, despedazar, desahogarse. En un arrebato, cerró los dedos tensos al borde del lienzo y, con un rugido que le despedazó el alma, lo arrancó del caballete, para luego estrellarlo con toda su fuerza contra el suelo.
Sin estar conforme, barrió los estantes con un brazo, enviando por los aires tubos de pintura, manchando las paredes con explosiones de color. No sintió el dolor de la herida que se abrió en su antebrazo, solo percibió el olor metálico de la sangre mezclarse con el de la pintura. Su mirada, llena de lágrimas, se posó en la mesa de trabajo. Y entonces, con ambos brazos, la volcó. La taza de café frío se hizo añicos en el suelo, y su contenido se derramó, empapando bocetos, cartas y pinceles en un charco oscuro que se combinaba con el óleo. Su pecho subía y bajaba con jadeos entrecortados, el sudor le corría por la espalda y el rostro, uniéndose a las lágrimas calientes que le nublaban la vista.
Sus piernas, temblorosas, fallaron a causa del agotamiento físico y emocional. Cayó de rodillas sobre su propio desastre, los fragmentos de porcelana y las astillas de madera se incrustaron en su piel a través de la tela de su pantalón. Un dolor que apenas lograba penetrar el entumecimiento de su alma. En ese instante, el reloj marcó la medianoche. Bloom se quebró, un sollozo lastimero le brotó del pecho dolorido, y se llevó las manos trémulas, cubiertas de pintura y el rojo oscuro de su sangre, al rostro.
Fue en ese clímax de vulnerabilidad cuando un ruido extraño rompió el silencio. La radio olvidada en la esquina, llena de polvo y telarañas, se encendió por sí sola. El dial recorrió varias frecuencias antes de detenerse en una estación limpia. Una melodía se filtró en la habitación. No una canción alegre, era una tonada lenta y envolvente, repleta de melancolía. Los vellos en la nuca de Bloom se erizaron de inmediato. Poco a poco, levantó el rostro devastado, apartando las manos de su visión. Las primeras palabras emergieron a través de la estática, una letra que le congeló la sangre en las venas y le paralizó el corazón:
In his voice do I echo?
Send a chill down to your bones
Looking in his eyes, seeing my ghost
Baby I know
Los ojos de Bloom, enrojecidos y vidriosos por el llanto, se abrieron de par en par. Su mirada escudriñó frenéticamente el lugar en busca de la fuente del sonido. La respiración se le atoró en la garganta, creando un vacío sofocante en sus pulmones. No había manera, esa radio llevaba muchísimo tiempo descompuesta, con el cable de corriente podrido y desconectado.
Un movimiento furtivo a su izquierda, la obligó a girar la cabeza con un espasmo nervioso. Las cortinas del estudio, pesadas por las manchas de pintura, se movieron. Pero las ventanas estaban cerradas, sellando la habitación en un silencio que la música tornaba todavía más opresivo. La temperatura en el estudio cayó en picada, generándole un intenso escalofrío que le trepó por la espina dorsal. Bloom se quedó inmóvil, arrodillada entre los despojos de su arte destrozado, con las manos temblando en su regazo. El corazón le latía con un ritmo desquiciado en su pecho.
We said our last goodbyes
But you know that's a lie
Oh, you might not be mine
Un roce helado se deslizó por su nuca, como si alguien le hubiera tocado con las yemas de los dedos. Bloom contuvo el aliento, petrificándose de terror. Giró la cabeza con lentitud. La habitación estaba vacía a simple vista. Y sin embargo, había una presencia innegable y abrumadora que saturaba el aire. Las cortinas volvieron a moverse, más violentas esta vez, como si algo quisiera abrirse paso a través de la tela.
But I'll always be
Watching
Now you're forever
Haunted, oh
Baby I can be your shadow
You'll never have to be alone
Oh my beautiful darling
You're forever haunted, haunted
"But I'm always be watching."
Una voz, distinta a la grave del cantante repitió con claridad. Serpenteaba entre los escombros del estudio, desde las esquinas más oscuras, susurrando directamente en su oído. Ese tono, la cadencia melodiosa, impregnada con un deje de tristeza, era inconfundible. La lámpara del techo parpadeó, arrojó una lluvia de chispas y se apagó, sumiendo el estudio en oscuridad, apenas interrumpida por el tenue resplandor del dial de la radio.
"No... no puede ser..." Susurró Bloom, con un jadeo ahogado. Su aliento se convirtió en vapor. Aún postrada en el suelo, se echó hacia atrás, arrastrándose sobre los pedazos de su taza rota y los charcos de pintura y café. Tropezó con la estructura quebrada de su mesa. "¿Icy?" Volvió a balbucear, aterrada. Pero no hubo respuesta.
Under the touch of a mistake
Stuck on my love you in chains
I know you're terrified by the mess you've made
Oh I can't move on with life that's without you
I can't die without hearing your "I do"
I'm scared by the lengths I would go
Won't end up alone
I've lost all control
El frío en la habitación se había vuelto insoportable, haciéndola jadear con dificultad. El nudo de terror la mantenía clavada en el suelo. La pintura derramada bajo sus manos empezó a cuajarse, a tornarse viscosa y fría.
"Por favor... déjame." La súplica le dolió al salir, raspada por el pánico que le oprimía el pecho. "Déjame..." Forcejeó Bloom, las lágrimas se le congelaron en sus pestañas. "Déjame en paz... Tienes que irte." Su voz se le quebró en un sollozo miserable. Sus ojos escanearon la estancia sin encontrar consuelo o escape, solo la opresiva sensación de ser el centro de una atención sobrenatural.
We said our last goodbyes
But you know that's a lie
Oh, you might not be mine
"No puedo descansar."
El susurró volvió, más cerca ahora, en forma de un aliento helado que le rozó la oreja y le erizó la piel con una dolorosa punzada. Sus músculos se pusieron completamente rígidos.
"No me iré sin ti, Bloom."
Era la voz de Icy, envuelta en una pena infinita y una posesión que trascendía la tumba. El horror, que había sido una presión sorda en su pecho, golpeó a Bloom de lleno. Comprendió que tenía que salir de este lugar lo más rápido posible. Trató de ponerse de pie, pero sus miembros, entumecidos por el pánico y el frío, no le respondieron adecuadamente. Sus rodillas impactaron de nuevo en el suelo sucio. Jadeó hondo, mientras las lágrimas caían sobre el desastre a sus pies.
"¡Estás muerta, Icy! ¡Muerta!" Escupió en un alarido desgarrador. Era una negación dirigida tanto a la presencia como a su propio corazón destrozado. Apretó los párpados con desesperación y se tapó los oídos con las palmas, deseando con toda su alma bloquear la voz espectral y esa maldita canción que seguía enhebrándose en el aire. "¡Tú no estás aquí!"
No obstante, el rechazo solo sirvió para alimentar la entidad. La presencia no solo no sucumbió, sino que se fortaleció. La atmósfera se volvió más densa de lo que ya era, difícil de respirar, y la radio subió de volumen al tope, ahogando los gritos desesperados de Bloom.
But I'll always be
Watching
Now you're forever
Haunted, oh
Baby I can be your shadow
You'll never have to be alone
Oh my beautiful darling
You're forever haunted, haunted
Algo frío le rozó nuevamente la nuca, dedos esqueléticos le acariciaron la piel. Fue un contacto repulsivo. Bloom se giró con brusquedad, y un grito se quedó a medio camino en su garganta. La sangre se drenó de su cuerpo, dejándola liviana, mareada y mortalmente fría. A escasos centímetros de ella, estaba la silueta de su amada. Era una forma apenas discernible, con el cabello grisáceo empapado y enmarañado, pegado a su rostro de palidez cadavérica. Sus labios yacían retorcidos en un color azul cianótico, curvados en una sonrisa escalofriante.
"Pero estoy aquí."
Bloom quiso escapar. Se arrastró hacia atrás, pataleando contra el suelo resbaladizo, alejándose del espectro. Pero la figura se deslizó hacia ella. Gotas de agua cenagosa se desprendían de sus ropas y cabello, salpicando el suelo y dejando un rastro fangoso que despedía un repulsivo olor a podredumbre, a algas y a carne en descomposición.
"You're forever haunted."
"¡No!" Gritó Bloom, encontrando por fin la puerta con la espalda. Se giró a duras penas y arañó la madera. Sus uñas ensangrentadas hallaron el pomo que estaba congelado. Sus sollozos, mezclados con jadeos de pánico, no le permitían respirar. La figura de Icy se deslizaba cada vez más cerca, alargando una mano goteante. "¡Veteee!" Gritó con todas sus fuerzas.
Los dedos esqueléticos, impregnados con el frío del fondo del lago, se cerraron sobre su hombro, clavándole las uñas podridas en lo más profundo de su carne. Un contacto que se sentía más real que cualquier sensación que hubiera experimentado, quemó su piel y la arrastró hacia el abismo de locura con un lamento desgarrador.
Bloom despertó.
Un jadeo profundo, le raspó la garganta al entrar, su cuerpo estaba empapado en sudor frío y las sábanas yacían enredadas en sus pies. La habitación se encontraba a oscuras, y el único sonido, aparte del tamborileo frenético de su corazón, era el zumbido de la ciudad que celebraba con júbilo la noche de Halloween. Una mirada desesperada al reloj en su buró le confirmó la pesadilla en el tiempo, las manecillas marcaban las 12:03 a.m del 31 de octubre. Solo habían pasado tres minutos desde la medianoche, tres minutos en los que su mente había vivido una eternidad de agonía. Sus manos temblaban a horrores al aferrarse al borde de la cama.
"Fue... fue un sueño." Se dijo a sí misma, forzando el aire a sus pulmones, luchando por apagar el eco de la voz de Icy que aún reverberaba en su cráneo. Sus mejillas estaban húmedas, había llorado otra vez, y el dolor en su pecho no menguaba, era una herida que nunca sanaba y que se reabría con más profundidad cada noche.
Se levantó, tambaleándose, sus pies descalzos tocaron el suelo helado. Necesitaba ir al baño, echarse agua en la cara y lavar la sensación de los dedos espectrales y el olor a podredumbre que parecía habérsele adherido a su piel. Pero algo la frenó, algo en su interior le dijo que no se moviera. Un escalofrío le subió por la columna, y no fue por el frío de otoño. La atmósfera de la habitación había cambiado en cuestión de segundos. Esa sensación familiar y nauseabunda de ser observaba, que se había disipado con el sueño, regresó con una intensidad diez veces mayor, pesándole en los hombros. Volteó lentamente, con el corazón latiéndole en la garganta.
Frente a su cama, en el centro de su habitación, estaba el lienzo. El lienzo de Icy, el que había destrozado en el frenesí de su pesadilla. Estaba ahí, intacto. Pero no era el mismo que había pintado, los ojos que siempre terminaban vacíos, ahora la observaban fijamente desde la tela. Y no eran de óleo, porque centelleaban con un fulgor azul, sobrenatural. Los labios estaban torcidos en una sonrisa torva y cruel que traspasaba el umbral de la muerte.
Bloom retrocedió de un salto, un grito quedó atrapado en su pecho, sin aire para liberarlo. Sus piernas perdieron fuerza, y su espalda chocó contra la pared.
La pesadilla no había terminado. De hecho, acababa de comenzar.
Tres largos años habían transcurrido desde aquella noche de Halloween en que Bloom se esfumó sin dejar rastro, engullida por el mismo enigma que años antes se había llevado a Icy.
La casa donde vivía, cerca del lago de Gardenia, quedó abandonada. Las ventanas se llenaron de telarañas y polvo, y la naturaleza comenzó a apropiarse del sendero que llevaba a su puerta, cerrada con un candado oxidado. Los vecinos, al pasar por ese lugar, apuraban el paso y bajaban la voz. Susurraban historias en torno a ella. Decían que la casa estaba maldita, que algo en su interior se negaba rotundamente a partir. Nadie supo con certeza que pasó con Bloom, pero los rumores nunca pararon: algunos hablaban de suicidio, otros de un trágico accidente en las aguas traicioneras del lago. Pero los más supersticiosos, aquellos que conocían los secretos más antiguos del pueblo, aseguraban que el lago se la había llevado para completar un macabro conjunto, tal como hizo con Icy.
Y sin embargo, era cada 31 de octubre cuando la casa cobraba una vida post mortem. Justo en el instante en que el reloj marcaba la medianoche, un silencio antinatural caía sobre los alrededores, y una melodía fantasmal comenzaba a filtrarse por las ventanas rotas. Eran los acordes distorsionados de 'Haunted', la misma canción que sonó en la radio la noche de la desaparición de Bloom. La música surgía de la nada. No había radio, ni cables, ni electricidad que alimentara el sonido. Los pocos valientes que, impulsados por el alcohol o la curiosidad mórbida, se habían atrevido a acercarse, juraban haber vislumbrado movimientos en la oscuridad del interior. Dos sombras danzando en una habitación atestada de lienzos viejos y rotos. Una de las siluetas era alta, de contornos angulosos y con el cabello desordenado que se mecía con el balanceo; la otra, más frágil, parecía deslizarse sobre el suelo sin que sus pies lo tocaran. Bailaban en círculos, entrelazadas, como si intentaran aferrarse la una a la otra, pero nunca se tocaban del todo, atrapadas en un vals eterno.
Ningún observador poseía el valor de quedarse para confirmar si las sombras eran una ilusión óptica, un truco de la luna, o algo por el estilo. Pero todos, sin excepción, coincidían con una cosa: esas figuras no estaban en paz. Eran almas en pena, condenadas a repetir su último y desesperado intento de conexión cada Halloween, atadas para siempre al mismo amor intenso y trágico que, en vida, las unió con un fuerte lazo que ni siquiera la muerte había podido romper, y que, en su negación a soltarse, también las había destruido.
