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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-10-25
Completed:
2025-10-26
Words:
6,464
Chapters:
4/4
Comments:
2
Kudos:
52
Bookmarks:
2
Hits:
377

Mi 21 de septiembre

Summary:

No creí que fuera un verdadero lío hacer una sorpresa: flores escasas, envíos retrasados, y yo escondiendo todo.

Pero cuando de amor se trata hasta la persona más enamorada encuentra la manera de festejar el Día de las Flores Amarillas, aunque sea en una azotea al otro lado del mundo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Cuando se puso de moda

Chapter Text

Franco estaba recostado en el sofá de la sala de estar, con las piernas estiradas sobre el reposapiés y el teléfono sostenido perezosamente en una mano. La luz de la tarde se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, tiñendo la habitación de un tono cálido y dorado que contrastaba con el brillo azulada de la pantalla. Habían pasado unas semanas desde el Gran Premio de Singapur, y el ritmo frenético de la Fórmula 1 les había dado un respiro breve en el apartamento que compartían en Mónaco, con su cabello revuelto y una camiseta holgada de McLaren, deslizaba el dedo por Instagram, pasando de un reel a otro con esa pereza típica de un domingo sin compromisos.

 

El primer video apareció de repente: una chica sonriente en una plaza de Buenos Aires, sosteniendo un ramo de rosas amarillas mientras su novio la abrazaba por detrás. "¡Feliz día de las flores amarillas! ¿Recibiste las tuyas?", decía el texto superpuesto, con emojis de flores y corazones explotando en la pantalla. Franco soltó una risita baja, recordando vagamente algo de su infancia, pero siguió deslizando. El siguiente era similar: un grupo de amigos en una cafetería, intercambiando girasoles amarillos y riendo a carcajadas. "21 de septiembre: el día en que el amor se pinta de amarillo", narraba una voz en off. Y luego otro, y otro. Parecía que el algoritmo había decidido inundar su feed con eso. Una pareja en un parque, un chico sorprendiendo a su crush con un ramo envuelto en papel celofán, incluso un perro con un collar de margaritas amarillas.

 

Desde la cocina, Lando observaba en silencio, apoyado contra el marco de la puerta con una taza de té en la mano. Había estado preparando algo ligero para merendar, pero el sonido de las risas grabadas y la música pegajosa de los reels lo había distraído. Con su sudadera gris y el cabello aún húmedo de la ducha matutina, inclinó la cabeza, curioso. 

 

Franco parecía absorto, su expresión pasando de la diversión a una nostalgia sutil que Lando reconoció al instante. Esos ojos avellana se iluminaban con cada video pero había un toque de melancolía en la forma en que mordía su labio inferior.

 

Se acercó despacio, sus pasos suaves sobre el suelo de madera, y se inclinó sobre el respaldo del sofá, mirando por encima del hombro de Franco. El aroma familiar de su colonia —una mezcla de cítricos y algo fresco— invadió el espacio de Franco, quien ni siquiera levantó la vista al principio.

 

—¿Qué ves que te tiene tan enganchado? —preguntó Lando con una sonrisa juguetona, su acento británico tiñendo las palabras de calidez. Su aliento rozó la oreja de Franco, haciendo que este se estremeciera ligeramente.

 

Franco pausó el video y giró la cabeza, encontrándose con los ojos verdes azulados de Lando, brillantes y llenos de esa curiosidad infantil que siempre lo desarmaba.

 

 —Ah, nada importante. Solo reels. Pero mira esto... —Le mostró la pantalla, donde una chica recibía un ramo de tulipanes amarillos en la puerta de su casa, con lágrimas en los ojos—. Todos son de gente regalando flores amarillas.

 

Lando se rio suavemente, rodeando el sofá para sentarse a su lado, dejando la taza en la mesita. Se acomodó cerca, su rodilla rozando la de él en un gesto casual pero íntimo. 

 

—Flores amarillas, ¿eh? Suena romántico. ¿Por qué tantos videos de golpe? ¿Es algún trend nuevo?

 

Franco suspiró, dejando el teléfono a un lado por un momento y recostándose contra el respaldo, su hombro tocando el de Lando. 

—Nah, no es nuevo, en realidad. Es por el veintiuno de septiembre. En Argentina, se celebra el Día de las Flores Amarillas. Todo empezó con una novela vieja, Floricienta se llamaba, era una telenovela de los dosmil. La protagonista, Flor, soñaba con recibir flores amarillas de su príncipe azul. Era como su símbolo de amor verdadero. También hay una canción de la novela era "flores amarillas". Y no se desde ahí, se volvió una costumbre. Cada 21 de septiembre, la gente se regala flores amarillas a sus crushes, novios, amigos... Es una forma de decir "te quiero" sin palabras. Romántico, ¿no?

 

Lando escuchaba atentamente, su cabeza inclinada hacia Franco, absorbiendo cada detalle. Podía imaginarlo: las calles llenas de vendedores ambulantes con ramos dorados, el aire perfumado por el polen y las risas. Sonrió, imaginando a un Franco adolescente en medio de eso. 

 

—Suena lindo. Como San Valentín, pero con un toque personal. ¿Y tú? —preguntó, su voz bajando un tono, con una sonrisa traviesa curvando sus labios—. ¿Tuviste tus flores amarillas en algún momento?

 

Franco soltó una carcajada genuina, echando la cabeza hacia atrás contra el sofá. Sus ojos se arrugaron en las esquinas, y por un segundo, Lando vio al chico despreocupado que había conocido en las pistas de karting años atrás. 

 

—¡No, para nada! Cuando se puso de moda, yo ya me había ido de Argentina. Estaba persiguiendo este sueño loco de ser piloto, saltando de academia en academia por Europa. Ni siquiera estaba ahí para el veintiuno de septiembre. Mis amigos me mandaban fotos, eso sí. Pero no, nunca recibí unas. —Se encogió de hombros, restándole importancia, pero había un matiz en su voz, un eco de nostalgia por las cosas simples que había dejado atrás.

 

Lando lo miró un rato más, su mente girando como un motor en marcha. La idea brotó despacio, como una semillita plantada en tierra fértil: Franco no había tenido sus flores, ese gesto simbólico de su cultura. ¿Y si él lo cambiaba? Podía ver el ramo en su mente: rosas amarillas frescas, envueltas en papel sencillo, entregadas con una nota que dijera algo amoroso y sincero. Si Franco no pudo estar en Argentina para recibirlas, él las traería a él. Aquí, en Mónaco, en su mundo compartido. El pensamiento lo calentó por dentro, una chispa de excitación que guardó para sí, mientras su sonrisa se ampliaba imperceptiblemente.

 

Justo entonces, el teléfono de Franco vibró sobre su regazo, rompiendo el momento. Lo tomó, echando un vistazo rápido. 

 

—Ah, mira. Son Carlos y Alex. Están abajo esperando. Vamos a jugar pádel los cuatro, como quedamos. —Se levantó con energía renovada, estirando los brazos por encima de la cabeza, zanjando el tema de las flores como si fuera solo una anécdota pasajera. —Vamos, antes de que Carlos empiece a quejarse de que llegamos tarde.

 

Lando asintió, poniéndose de pie también, pero esa semillita ya había echado raíces en su cabeza. Mientras Franco buscaba sus zapatillas, Lando sintió un cosquilleo de anticipación.

 

Lo haría realidad.