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No buscaba niños.
Su equipo había entrado en las afueras de Konoha aprovechando una distracción mayor. Había humo en el norte, estallidos en el este, y un almacén de alimentos sellado bajo una torre de archivo sin vigilancia. Su equipo, diez betas bien entrenados, avanzaban por los viejos túneles abandonados.
Konoha era un asentamiento construido sobre las ruinas de las tierras sagradas de los Senju. Su subsuelo eran gruesas raíces que se negaron a morir después de la muerte de Hashirama, se convirtieron en túneles sin nombre, sin propósito claro y abandonados hacía tiempo. Cada tantos metros habían sellos grabados que resaltan más por lo que no hacían.
Sus betas caminaban sin prisa, priorizando el silencio y la eliminación de sus rastros. En los túneles debía prevalecer el sabor del hierro viejo, de la humedad atrapada entre las raíces. Todo estaba cubierto de polvo acumulado desde la última gran guerra. Era un pasadizo que Konoha no se molestaba en vigilar, confiando más en su reciente supremacía sobre las otras aldeas y no en su historia de sacrificios.
Avanzaban en silencio.
Los betas mantenían sus firmas de chakra al mínimo, lo suficiente para mimetizarse con el ambiente. Todos respiraban por la nariz, atentos a cualquier cambio en el aire que pudiese estar oculto y ,en ese momento, Kakashi olió algo diferente.
Beta. Hombre. Miedo.
Una leve corriente de aire, traída desde el túnel que se bifurcan hacia la izquierda, los puso tensos a todos. No era un olor normal, no del que viene del cuerpo sino del alma: un revoltijo agrio de sudor, adrenalina teñida de sangre y culpa.
—Alguien corrió por aquí —murmuró Kakashi.
Yugo olfateó también, Kakashi la podía imaginar arrugado las marcas rojas de sus mejillas debajo de su máscara blanca, pero no respondió. Solo asintió. Tenma desenfundó una hoja corta, y su chakra se tensó, como si esperara un ataque por la espalda.
—¿Amenaza? —preguntó otro.
Kakashi negó con la cabeza. No era un rastro de escape estratégico. Era una huida genuina, cobarde. Un beta desertor.
El olor tenía rastros de ungüento médico, barro fresco y… algo más. Olía a omega, tenue, casi imperceptible, como un aroma que se adhiere involuntariamente a su ropa. Los rastros no eran suficientes para averiguar más, pero algo en ello se sentía mal. Kakashi podía sentir cómo sus pupilas se afilaban.
—Está huyendo de algo que lo marcó —dijo.
Y un segundo olor llegó por la derecha. No era chakra. No era pólvora. Era algo blando, dulce, indefenso.
—¿Eso es… un cachorro? —preguntó Yugo, acariciando el pelaje de un ninken a su derecha.
Kakashi frunció el ceño. Sí. Cachorro. Apenas perceptible, como si alguien hubiera abierto una puerta equivocada y el aire hubiera escapado por error.
No era un error. El miedo del beta se mezclaba con eso, como si hubiera traicionado a algo sagrado. Huyó de una guardería.
Uno de los betas más viejos, Tenma, ya se había separado del grupo, siguiendo el rastro como si caminara por memoria muscular. Su propio cachorro en casa había cimentado las bases de su instinto.
—No está en la dirección del depósito —advirtió alguien.
—Y sin embargo está —tarareo Kakashi.
El grupo se dividió, cinco de ellos buscarían el depósito, los demás investigarán el aroma con el. Su camino los condujo hacia abajo, por unos escalones desiguales, y con el aroma cada vez más notorio.
Junto a él, otro olor tomó fuerza; podrido, áspero, desesperado. Un pulso de chakra sin forma. Un sello que se llena antes de volver a vaciarse.
No tardaron en dar con él. Solo bastó doblar en una esquina hacia el lado más angosto del pasillo. Su aroma, aunque sutil, indicaba que era un alfa. Llevaba puesto el uniforme de Konoha, pero Kakashi no recordaba haber visto ni su rostro ni sus anteojos negros en el libro bingo.
Tenía una rodilla apoyada en el suelo. Su mano extendida y tensa contra la pared, como si esperara que algo lo reconociera. Pero el sello en la pared de piedra estaba apagado. Inactivo. Y el Alfa sangraba por la boca.
—¿Activación fallida? —firmó uno de los betas.
—Sí. Lo rechazó —respondió otro—. Ya no es parte del sistema.
—¿Ejecutamos?
Kakashi no respondió. El hombre alzó la cabeza apenas, con los ojos de alguien que entendía el final. Kakashi solo le dedicó una mirada.
—Sí —firmó.
Yugo dio un paso al frente y le hundió la hoja justo debajo del esternón.
Silencioso. Sin honor.
Siguieron.
Avanzaron por un corredor de tierra que se transformó en madera. Paneles viejos, sin chakra ni sellos en la superficie, pero con una sensación profunda, íntima, que casi rozaba la reverencia.
Había una defensa en las paredes, si, pero era una defensa para proteger, no para repeler. No había cerradura. No había sellos. Lo único que los separaba era una puerta mal cerrada. Kakashi extendió los dedos, empujando con suavidad una barrera más instintiva que real.
Su mundo dio un vuelco. No se activó ninguna trampa, pero su equipo se paralizó. Cada uno de ellos fue absorbido por la atmósfera de la habitación. Era aire, pesado, denso. Casi tangible. Era calor, calma y protección. Un aroma que invitaba, acogía. Te hacía desear el hogar. Su fosas nasales se llenaron de leche tibia, madera calentada por el sol y pañales limpios.
—¿Qué es esto? —susurró Tenma.
—Sello de calma —firmó Kakashi—. Omega. Activo.
La habitación estaba llena de chakra, un perímetro cerrado que no cruzaba el umbral de la puerta. No era una pared, no los retenía de ninguna forma y sin embargo cruzarlo se sentía incorrecto. Era una manta cálida puesta sobre ellos sin permiso, sofocante. Y allí, al fondo de la habitación, el nido.
Era una estructura blanda, redonda, con mantas, juguetes y contenedores de agua. Ocho cachorros. Todos dormidos. Respiraban al mismo tiempo, sincronizados. Algunos de ellos tenían las mejillas enrojecidas, uno de ellos mordisqueaba la tela de su yukata. Ninguno de ellos reaccionó a su presencia. El sello los mantenía desconectados.
Fue entonces que Kakashi lo vio. Emergió del nido como una serpiente. Sus ojos marrones no dejaron de mirar a Kakashi mientras se posiciona frente a él. De pie entre el nido y la entrada, era la única defensa:
Desarmado, con una yukata arrugada y los pies descalzos. Un omega. Sus manos temblaban pero las mantenía abiertas y al frente. Esperaba algo.
Kakashi lo analizó. Era un hombre joven, incluso más joven que él, delgado y levantaba el pecho como si eso bastara para contenerlos. No estaba preparado para defenderse, pero se mantenía de pie como si deseara que eso fuera suficiente. Sus ojos castaños, brillantes por la luz de las lámparas de aceite, se veían hinchados y se mantenían fijos en ellos.
Se mantenían fijos en Kakashi y él entendió. Incluso suprimiendo su aroma, el hombre frente a él supo que era un alfa. Kakashi se convirtió en la amenaza número uno en cuanto cruzó el umbral del sello omega.
El Konohajin no se movía de su lugar. Era obvio que los había oído entrar. Los había oído, quizás incluso los sintió, asesinar a su compañero.
—Apártate —dijo uno de los betas.
Y fue como si activará algo.
El cálido olor de la madera bajo el sol que lo cubría todo se encendió como una fogata de leña seca. Como una chispa en la maleza que eclipsó todo lo demás.
La atmósfera cambió, congeló a Kakashi en su lugar como nunca una misión lo había hecho. Casi sentía en su paladar la sensación de una derrota, incluso frente a un oponente que no lucía capaz de detenerlos.
Todo a su alrededor parecía estático, el chakra del Konohajin se influía en su piel, a través de la ropa, como una prueba casi tangible de su rechazo.
Kakashi interrumpió su flujo de chakra con un silencioso Kai, pero no fue suficiente para eliminar la opresiva sensación de rechazo.
A sus veintidós años, Kakashi se ha enfrentado a muchos omegas y se ha liberado de múltiples genjutsus. Sus experiencias nunca lo habían llevado a una situación como ésta: Lo que estuviera haciendo el Omega no era un genjutsu y, para empeorar la situación, estaba enloqueciendo.
El extraño frente a ello no dejaba de mirarlo directamente, aún así, Kakashi sabía que no había dejado de vigilar también a los betas.
Algo en sus ojos los marcaba como algo indeseable, no como enemigos, sino como los bastardos que se atrevieron a mancillar un espacio sagrado, como una inmundicia que los niños no deberían ver.
El olor se identificó. Oleadas de calma y rechazo entre mezcladas, como si supiera que los cachorros podrían despertar, como si tratara de dormirlos a todos.
El omega frente a ellos no estaba hecho para pelear, la grasa en sus muslos y sus brazos probaban que no había sido entrenado. No sabía defenderse pero Kakashi sintió que, si se acercaban al nido, iba a tratar de detenerlos.
—Tomen a los cachorros.
Su voz cayó al suelo como una piedra en un estanque de agua sagrada, se hundió con fuerza y salpicó a todos. Sus betas se abalanzaron, más centrados en los cachorros que en el omega. Y eso fue un error.
Un movimiento corto de presión bajo la tela de su manga, sobre su piel desnuda, y un sello brilló con fuerza. Una chispa roja se extendió y, como si se tratase de un parto, una hoja curva brotó desde la piel tostada. Una cadena unida a la hoja se abrió pasó como una serpiente en la hierba, atada con el contrapeso que cayó al suelo.
Kusarigama.
Uno de los betas, Dazuma, fue el primero en acercarse al nido. Sin cuidado, sin mirar su entorno, cruzó la línea invisible que separaba lo humano del instinto.
Y el contrapeso le cayó sobre el hombro con un golpe certero.
El beta retrocedió con el crujido del hueso encendiendo los instintos de todos, con el brazo colgando sin sentido en una retirada silenciosa. No hubo advertencia y ahora Dazuma mostraba los dientes mientras Ryu Nohara le curaba la herida.
Un segundo beta, Kaori, saltó en su defensa inmediatamente. Armándose con dos kunai, Kaori arrojó las armas contra el Omega. El Konohajin se giró sobre un talón descalzo, desviando uno con la hoja curva y evitando por poco el segundo. Una fina línea escarlata brotó por su muslo donde el filo rozó su piel tostada.
Fue una herida superficial, sangró, pero no lo detuvo.
El omega avanzó con la cadena revoloteando como un látigo, usaba la hoja curva para mantenerlos alejados. Era defensa y ofensa al mismo tiempo. Kakashi contempló la escena, había que reagruparse. Suspiró. Sería más fácil simplemente abatir al omega, tomar a los cachorros y escapar, pero los resguardos de cada sello omega se pueden componer de forma diferente. Con su muerte podría no pasar nada y con la misma probabilidad podría activar un factor eugenésico que acabaría con todos los cachorros.
Lo mejor sería someterlo antes de que alguien hiciera una estupidez, alguien como… Kaori.
Antes de poder dar una orden, Kakashi vio a Kaori volver a abalanzarse contra el omega. No tenía forma, sin estrategia, se movía motivada por algo más. Una explosión de olor, aceite quemado y regaliz, se extendió con fuerza y, oh, eso no podía ser bueno.
El Konohajin olfateó el aire y se tensó como una cuerda. En un instante todos vieron como la hoja curva cortó la mejilla de Kaori de lado a lado, llevándose su máscara con ella. Cuando la sangre brotó, Kakashi no supo si podrían salvarle el ojo.
La beta, porque se suponía que Kaori era beta, retrocedió con los colmillos al descubierto y la espalda erizada. Jadeaba profundamente y su esencia se extendía por el círculo protector del sello omega, mezcladose con el aroma del protector del nido.
El resto de los betas y Kakashi se acercaron lo más posible a su compañero, rondando con cuidado ante el nuevo desarrollo.
Se suponía que Kaori era beta, pero en ese preciso instante su aroma no indicaba aquello. Era furia contenida y angustia desbordante, el omega de Konoha frente a él no estaba en mejor posición.
Para empeorarlo todo, el sello omega resultó no ser un circuito cerrado y la explosión de feromonas de una presentación violenta se filtraba como una olla de aceite arrojada al incendio que ya los rodeaba. Sus aromas, sus estados, interactúaban mal, se corrompian.
Y entonces, un sonido rompió el silencio. Fue un gemido, un bostezo y una voz diminuta y somnolienta.
—¿Iruka-sensei?
Un cachorro despertó.
Aquello fue distracción suficiente para que el omega girara la cabeza. Solo un segundo, un movimiento microscópico que dividió su atención en dos. Fue algo que Kaori también notó.
Atacó de lado y el omega, Iruka, respondió encajando la empuñadura del filo en sus dientes. Aunque evitó las fauces abiertas, no pudo detener las garras extendidas. Las uñas de Kaori penetraron la carne blanda de su abdomen.
Con el aroma ferroso de la sangre extendiéndose por el interior del círculo del nido, los cachorros comenzaron a agitarse. El pequeño que ya había despertado comenzó a gimotear y a removerse entre las mantas del nido.
Habían dejado que esto se extendiera demasiado. Kakashi compartió una mirada con Tenma y Dazuma y silenciosamente les dio órdenes.
Kakashi acomodó su postura y desactivó el bloqueo de chakra de su glándula principal. Fue instantáneo, Kaori se replegó al menor indicio de su aroma. Fue arriesgado suponer que Kaori podría identificarlo como el líder de escuadrón en su estado, pero había funcionado.
Cuando Kaori retrocedió, lo hizo con la empuñadura del kusarigama aun entre los dientes, obligando al omega herido a soltar su arma. Cuando sus manos quedaron vacías, Kakashi se movió.
Se abalanzó, consciente de que sus compañeros harían lo mismo con Kaori. Iruka levantó el brazo por reflejo, sin forma, sin verdadera defensa. A Kakashi no le costó bloquearlo. Con un solo movimiento lo sostuvo por su muñera, delgada, cálida, y los hizo girar.
Su pecho cayó con fuerza contra el suelo con un golpe seco. El aire se le fue de los pulmones cuando la mayor parte del daño lo recibió su costado herido y sangrante.
Kakashi presionó con fuerza su rodilla contra la espalda del Konohajin, su mano derecha reteniendo sus dos manos en su espalda. Tenía las palmas lastimadas, respiraba irregularmente y sangraba sobre el piso de madera, pero no se rendía. Incluso en esa situación se arqueaba en un esfuerzo inutul por liberarse.
Quería morder, arañar, liberarse. Actuaba como si bastara voluntad para vencerlo. Y algo en Kakashi despertó con eso.
Fue entonces que Iruka lo miró. Desde el suelo, con la mejilla contra la madera y ojos ennegrecidos, más animal que humano. Sus ojos, visibles aun con las hebras castañas de su cabello desparramadas por todas partes, brillaban con odio y desesperación.
Y su cuello…
La glándula principal era visible. Tenía marcas aquí y allá, pero ninguna importante, ninguna permanente.
El sudor resbalaba por su piel desnuda y se perdía en la delgada tela de su yukata. Se acumulaba en el punto exacto donde su esencia era más fuerte, brillaba, húmeda y vulnerable. Su aroma ya había golpeado a Kakashi antes pero, ahora, con su equipo sacando a Kaori del circuito, se sentía completamente envuelto por él.
Aún olía a leche fresca y almidón, pero en él brotaba el aroma de un incendio forestal, una chispa que lo abarcaba todo. Que lo quería todo. Y Kakashi se encontró deseando dárselo.
Era un desastre hermoso y Kakashi era una bestia al borde del instinto.
Su respiración se volvió pesada, su cuerpo se tensó, repentinamente consciente del calor ardiente donde la piel se encontraba con la piel.
Tarareando, hipnotizado por las notas de carbón en el aire, Kakashi arrastró lentamente las garras metálicas de su uniforme de su mano libre por la columna del omega. Dejó que sus dedos vagaran hasta la base de su cuello, donde la glándula latía bajo su tacto.
El carbón se hizo más fuerte y, mierda, sus colmillos se extendieron bajo su máscara. Kakashi sintió que debía marcarlo, apretar esa glándula con sus dientes hasta dejar una marca profunda en su piel.
No sería difícil forzar un vínculo en su estado, con su aroma filtrándose por sus fosas nasales con la velocidad de un rayo. Su celo había comenzado y Kakashi podría someter a este omega en ese instante, llevárselo a su aldea y conservarlo hasta que su guarida huela tan bien como ese nido.
Su celo, madera carbonizada, ennegrecida, era tan…
¡Mierda!
El omega bajo él gruñó y algo volvió a conectarse en el cerebro de Kakashi. Inmediatamente cortó el flujo de chakra de su propia glándula y unos pocos receptores de su nariz.
Kakashi apretó la glándula con un sabor amargo en la boca. Sintió como el cuerpo de Iruka cedía debajo de él. Soltó su agarre sobre las muñecas del omega y levantó la vista. Ignoró la mirada vacía y fija de la máscara de Yugo mientras esta le lanzaba una jeringuilla.
Los científicos de Oto las habían desarrollado hace un par de años, supresores inyectables para situaciones como estas.
Ignorando los gruñidos que aún producía Iruka, Kakashi ajustó el émbolo de la dosis de contención y la inyectó sin preámbulos en el muslo del Konohajin. No tardó mucho en perder la conciencia. No esperó demasiado antes de abrir el otro extremo del inyector y aplicarse a sí mismo la otra dosis.
El supresor contra el celo de protección traía dos inyectores, el primero para contener, y el segundo para quien contiene. Solo uno de ellos traía tranquilizante, pero los dos podían retrasar la violenta inyección de feromonas en el sistema.
Con una nueva claridad, Kakashi solo podía sentir vergüenza. El casi iba…. Él quería…
Las mordeduras eran sagradas en Oto, y él estuvo apunto de cometer uno de los peores crímenes de su aldea. Nadie merecía una marca así. No en el suelo. No humillado. No sin quererlo.
Las mordeduras eran sagradas en Oto, y si Kakashi lo hubiera hecho, hubiera corrompido dos cosas al mismo tiempo. Si lo hubiera hecho el lugar dejaría de ser guardería, se convertiría en una escena del crimen.
Kakashi se recuperaba a sí mismo, reactivando con cuidado sus receptores olfativos, volviendo a sentir el aroma del sello omega, suave, envolvente, pero sin el rastro de madera bajo el sol.
No se había desactivado con la inconsciencia de Iruka. Aún no. Pero no tardaría en hacerlo. Latia como un corazón mecánico, como si se negara a soltar a sus crías incluso mientras agoniza.
Los cachorros comenzaban a calmarse, pequeños y enredados en mantas y rostros enrojecidos.
Y justo entonces, la puerta se abrió.
El sonido alertó primero a los betas, quienes alejaron el cuerpo inconsciente de Kaori del intruso y se prepararon para atacar.
Kakashi, aun sobre Iruka, sostuvo con fuerza un kunai cuando un hombre, un shinobi, entró a la guardería a trompicones.Tendría más o menos la edad de Kakashi y cargaba con cuidado un pequeño bulto que se removía inquieto
Con su llegada un olor ahumado apareció con el, Kakashi no supo si se trataba de las feromonas del alfa o si la destrucción de los Uchiha lo había rozado, tampoco le importó averiguarlo. Todo lo que importaba es que estaba de pie en la puerta y que finalmente los había notado.
Kakashi vio como los colmillos del alfa frente a él se hacían visibles en una mueca. Su piel curtida y cabello desordenado lo hacía parecer un bandido, pero el parche cosido en el hombro de su camiseta lo marcaba como algo mucho más importante: un Sarutobi.
La realización llegó a Kakashi en el mismo tiempo que le tomó al Konohajin armarse: los Sarutobi siempre están en el campo de batalla, su presencia aquí solo se explicaría gracias a un estímulo instintivo. Las marcas en el cuello del omega eran recientes, y el cachorro en los brazos del enemigo era lo suficientemente joven como para ser suyo.
Con aquella claridad, Kakashi decidió usarlo a su favor. Levantó la cabeza del omega por el cabello y presionó con suavidad la punta de su kunai.
Funcionó, el Alfa se detuvo. Kakashi podía adivinar qué fue lo que el alfa olió cuando entró, su pequeño lapsus ante el celo del omega le otorgó una herramienta muy valiosa y la exprimiría todo lo que pueda. Reacomodó el agarre del kunai, reconectando algunas terminaciones nerviosas de su nariz, permitiendo oler, y confirmar, la mezcla de aromas en el aire. Ozono antes de una tormenta e incendio forestal. Kakashi e Iruka. Alfa y omega.
Solo olió la mezcla un segundo antes de que un nuevo aroma estallara en el aire, humo y rabia contenida. El cachorro en sus brazos gimió.
—¿Qué le hiciste? —gruñó. Su voz era baja, peligrosa, trataba de ser una amenaza.
Kakashi no fingió sorpresa, no se hizo el inocente, dejó que una de sus manos recorrieran las hebras castañas del omega.
—¿No puedes olerlo o no quieres aceptarlo?
No dijo más, la imaginación de alfa en pánico haría el resto. Todo en el ambiente, en el aroma, gritaba que el cuerpo de Iruka había sido reclamado. Kakashi se obligó, por su salud mental, a ignorar eso.
—¿Por qué Konoha? —dijo el alfa, su voz a medio camino entre un gruñido de rabia y un quejido de preocupación. —¿Por qué estos cachorros?
—Podría preguntarte lo mismo. —Un destello de rabia antigua recorrió a Kakashi, un cachorro del nido se removió y el pequeño en brazos del enemigo gimoteo. ---¿Por qué los cachorros de Oto?
El cachorro lloró y el alfa se distrajo. Tenma aprovechó la oportunidad, un solo golpe en el antebrazo, un senbon enterrado en la piel, y el cachorro estaba en sus brazos.
—¡No! —El gruñido rompió el aire, como si fuera un animal, no un hombre, pero solo eso. El brazo donde Tenma enterró el senbon colgaba inerte. Cuando otro senbon se intruso en su muslo, el alfa cayó al suelo, aun consciente, gruñendo.
—¡Déjenlo! ¡Es solo un niño! ¡No—!
No terminó. El veneno en los senbon lo dejó inconsciente con rapidez.
En la nueva quietud, Kakashi vio al niño forcejeando, llorando, agitando las manos en dirección a Iruka, aún tirado en el suelo. El sello omega seguía activo. Cada vez más débil, más cansado, más trémulo, pero aún ahí. El niño rescatado dejó de gritar, comenzó a temblar, pero en su mirada no había miedo. Miraba a Iruka. Solo a él. Y el sello respondió, apenas perceptible.
Como un eco, parecía que aún transmitía un mensaje: “Todo está bien.”
Habían irrumpido en un ecosistema cerrado y lo habían contaminado. La prueba más grande se presentó cuando el sello se extinguió, el mundo no se rompió, solo se vació, el aire perdió su calor
Los aromas que habían sido suaves, cálidos, envolventes…se convirtieron en polvo.
Olores sin alma, incluso el ozono de su propio olor había desaparecido. Eso lo volvió real.
Uno de los betas murmuró algo, algo que todos sabían: Habían profanado algo que no se podía reemplazar.
Kakashi volvió a conectar con su parte racional, ya había entrado, no podía volver atrás, ahora solo tenían que llevarse lo que vinieron a buscar.
Iruka seguía inconsciente. Había ocho cachorros y solo seis personas para cargarlos. No podían arriesgarse a sellar a los niños y comprometer sus débiles redes de chakra, pero tampoco podían quedarse allí más tiempo.
Todos seguían dormidos, con la mandíbula suelta y la piel húmeda de sudor. Otros empezaban a moverse, inquietos, lloriqueando con los ojos entrecerrados, como si el alma les gritara que el lugar ya no era suyo.
Los envolvieron uno por uno en las mantas del nido. Uno mordió con los ojos cerrados, otro gimoteó “Iruka-sensei” al vacío.
Sellaron a los adultos rápida y eficazmente, y se repartieron los cachorros. Cada uno cargaba uno, incluso Hamaru, el perro ninja de Yugo, llevaba a un cachorro a cada lado de su bolsa de carga.
Después de eso, se retiraron inmediatamente. Tenma iba al frente, Yugo y Roka cubrían la retaguardia. Konoha tenía pocas patrullas en la frontera y ningún sensor funcional. Konoha confiaba demasiado en su paz impuesta por sangre.
Los niños que habían despertado permanecían en silencio mientras su grupo de novia en la oscuridad de la noche. El niño en brazos de Ryu, con sus oscuros ojos almendrados fijos en Kakashi, se veía particularmente consciente, no se mostraba temeroso solo curioso.
Nadie los vio mientras Hamaru aullaba a la luna la señal de retirada, Konoha no supo. Pero sabría. Y cuando lo hiciera, no tendrían otra opción. Tendrían que escuchar, porque les habían arrebatado a sus niños, su descendencia.
