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Jaula

Summary:

Iruka asintió y, solo cuando la Shinobi abandonó la guardería, se permitió levantar la vista. Allí, donde la beta desapareció en un shunshin, había un pergamino sellado. El no lo abrió, ni siquiera lo movió mientras sus ojos recorrían su hogar con pánico.

No es nada serio, se dijo mientras su cuerpo se movía mecánicamente. Parches aromáticos en todas las glándulas, un yukata limpio, un haori simple, calcetines. Secó su cabello con manos temblorosas y lo dejó caer suelto en su espalda, asegurándose que cubriera totalmente el parche adhesivo en su glándula principal.

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A Iruka le costó mucho abrir los ojos al despertar. Le pesaban los párpados y se sentía incapaz de distinguir su entorno. Todo se movía, casi parecían que las piedras sobre él respiraban con él.

La falta de oxígeno, quizás, o el pulso afilado en su garganta hacía temblar el aire que se abría paso a sus pulmones. Cada inhalación era espesa, demasiado áspera, como si lo apuñalaran.

 

Iruka comenzando su día antes y después de la invasión de Oto.

Notes:

Creo que no hay nada realmente explícito, pero si alguien lee esto y cree que debo cambiar algunas etiquetas esta en todo su derecho de ponerlo en los comentarios. De igual forma, recuerda que las etiquetas están allí por un razón.

Chapter 1: Konoha

Chapter Text

Cuando Iruka despertó esa mañana, estaba solo en un nido demasiado grande. Solito se dio la energía para ponerse de pie y dejar de mirar las vigas del techo, una araña había comenzado a hacer su hogar allí y era tiempo de limpiar.

Se enderezó en el nido e hizo una mueca ante el desastre entre sus piernas, Mitsuki había aprovechado que los cachorros estaban con sus padres para el festival y había pedido que cumpliera con sus labores maritales. Iruka era un buen omega, no le negó nada a su esposo beta, pero esperaba algún tipo de cuidado después…

Iruka pensó, mientras caminaba al pequeño baño, que no se lo mencionó nunca, probablemente había sido culpa suya por no ser claro. No se molestó en calentar el agua, se sumergió en el agua gélida y comenzó a refregarse por todas partes. Normalmente Ebizo, su estricto pero amable esposo alfa, se encargaba de él después de aparearse, pero había sido convocado a un misión en el amanecer de hace dos días y Mitsuki nunca había sido bueno dando muestras de amor.

No se permitió una ducha larga. Salió, ya limpio y seco con el cabello estilando sobre la madera del piso, solo para encontrarse a una mujer desconocida de pie frente a su nido. Una oleada de vergüenza tensó el cuerpo de Iruka. Ella era una beta joven y contemplaba con curiosidad la mancha seca de su encuentro íntimo. Su vergüenza debió de notarse, porque ella se giró con una sonrisa burlona en el rostro.

Iruka bajó la mirada y juntó sus manos.

—¿Umino Iruka-san? — Iruka asintió en silencio, aún con las mejillas ardiendo de vergüenza. —El Consejo de Reproducción y Familia de Konoha ha fijado su audiencia para esta mañana, presentese en la oficina central a la brevedad.

Iruka asintió y, solo cuando la Shinobi abandonó la guardería, se permitió levantar la vista. Allí, donde la beta desapareció en un shunshin, había un pergamino sellado. El no lo abrió, ni siquiera lo movió mientras sus ojos recorrían su hogar con pánico.

No es nada serio, se dijo mientras su cuerpo se movía mecánicamente. Parches aromáticos en todas las glándulas, un yukata limpio, un haori simple, calcetines. Secó su cabello con manos temblorosas y lo dejó caer suelto en su espalda, asegurándose que cubriera totalmente el parche adhesivo en su glándula principal.

Recuperó el pergamino del tatami y se obligó a calmarse. En la quietud del subsuelo, controló su respiración mientras recorría el empinado tramo a la superficie. Al salir, una rafaga de aromas inundó su sistema y le provocó arcadas.

Sostuvo con fuerza el pergamino, calmandose con la tenue firma de chakra del sello, y dio el paso que le faltaba para estar bajo la luz del sol. No lo dejaban subir a la superficie muy seguido y el calor le resultaba extraño, lo dejaba sudoroso y rezando por que el exceso de humedad no consumiera el adhesivo de sus parches.

Bajó la mirada al suelo de gravilla, juntó sus manos frente a él y caminó. Un paso, dos, tres, más personas comenzaron a aparecer en su camino, mirándolo por caminar solo siendo lo que era, cuerpos cuyos poros soltaban feromonas sin cuidado mientras Iruka trataba de no ahogarse.

Cuatro, cinco, seis, una pareja pasó a su lado, un viejo alfa riendo con su compañero beta, tres pasos atrás, una joven mujer omega le daba la mano a un cachorro mientras balanceaba precariamente uno más pequeño y los víveres sobre su vientre redondo y abultado. Aquellos cachorros eran copias exactas del viejo alfa.

Iruka apretó con fuerza el pergamino. Siete, ocho, nueve, sentía sus sandalias de madera demasiado sueltas, inestables y cada vez se adentraba más en el pueblo, donde el hedor alfa se pronunciaba más y se pegaba en todas partes.

Ignoró las risas y chiflidos que resonaron cuando pasó frente a un Izakaya y se obligó a continuar hasta la torre Hokage. Mostró su pergamino, aun sellado, en la entrada y lo escoltaron en silencio al tercer piso. Iruka respiró el aroma clínico debajo de todo lo demás y trató de concentrarse solo en eso mientras dejaba el pergamino en el mesón.

Un omega de ojos muertos contempló el pergamino antes de anotar algo en su portapapeles. Ojos grises, demasiado abiertos y ennegrecido lo miraron con la vista perdida antes de indicarle que tomara asiento. Iruka no se perdió el aroma a semen que emanaba de él, ni el collar de cuero en su garganta, evitando que las marcas rojizas pasarán de ese punto y tocaran su glándula. Tampoco se perdió la forma en que el beta junto a él sonreía.

Iruka se sentó junto a una mujer vestida de negro con dos cachorros identicos, uno en su espalda y otro en su pecho, cuyas pulseras reglamentarias los identificaban como omegas. Iruka había dejado de usar las suyas el día de su compromiso. Permanecieron en silencio, solo con el tik tak de un reloj de fondo. Eran cachorros tranquilos, pensó Iruka mientras veía a uno babeando en silencio.

El cachorro en su espalda, sin embargo, pronto comenzó a impacientarse y a tironear el cabello de su madre y, solo por unos segundos, Iruka vio la marca cicatrizal de un vínculo sobresaliendo de un parche aromático. Era viuda y eso, en definitiva, explicaba sus ojos enrojecidos.

El omega en la recepción la llamó a ella primero. Iruka no podía imaginar el dolor de sentir a tu pareja morir, ni siquiera sabía lo que se sentía un vínculo completo, pero sus maestros le dijeron que era un dolor incapacitante pero fugaz. Ella no lucía como si fuera a superarlo pronto.

Y, cuando las puertas se abrieron de golpe, Iruka supo que no le dejarían hacerlo.

Lo primero fue el sonido de la puerta abierta y el aroma alfa de la consejera Utatane Koharu, lo segundo fueron los gritos de la omega.

—¡Mis bebes! No pueden… ¡No pueden quitarmelos! —sus gemidos lastimeros fueron como un rayo impactando en Iruka, lo dejaron frío e inestable. Incapaz de ver algo que no fuera la desesperación en sus ojos rojos e inyectados en sangre, notó muy tarde que ya no tenía a ninguno de los cachorros. —¡Por favor! ¡Ryo-chan, Hiro-chan! ¡Seré buena omega, seré buena!

El guardia beta que la empujaba a la salida se hartó de ella, se le notaba en la cara y, cuando el beta la levantó del cabello y presionó su glándula principal, nadie se sorprendió. La omega dejó de moverse y de gritar, y el guardia la movió de un lado a otro mientras seguía sollozando.

—La familia del esposo alfa de Teruko-san rechazó a los cachorros. —informó el omega del mesón con una sonrisa vacía en la cara. —Serán trasladados a la guardería del distrito P y Teruko-san esperará en el distrito L hasta su próxima asignación reproductiva.

Y así, como quien habla del clima, el omega volvió al trabajo. Tomó el siguiente pergamino y puso el último clavo de un ataúd. —Umino-san, por favor pase.

Tembloroso, Iruka ingresó en la habitación mientras la puerta se cerraba a sus espaldas. El aroma de la consejera Utatane se extendía por todas partes, cítricos que a Iruka le olían añejos y perfume caro. Ella había hecho de esa oficina su dominio personal y todo allí lo confirmaba.

—Umino Iruka — dijo. La forma en que dijo su nombre, como si fuese un objeto y no una persona, lo dejó aún más tenso.

Él asintió y permaneció de pie, obligándose a no temblar y con la mirada fija en sus sandalias. Nadie le indico que se sentara.

—Dieciocho años, registro Omega S-39-25 —leyó el consejero beta junto a ella. —Registró un celo de calma hace dos semanas, no se ha registrado ningún celo reproductivo desde la asignación de su unidad actual.

—¿A qué edad lo asignaron? —interrumpió la beta del clan Shimura al otro lado de la consejera Utatane, complementando la habitación con una tenue esencia a bayas molidas.

—A los quince. Asignado a un alfa y un beta sin clan, todos sus exámenes indican fertilidad. Se le dio una advertencia hace un año. —tarareo. —Sin resultados.

La beta Shimura chasqueó la lengua con desaprobación.

—Tres años con un alfa y un beta y ni un solo cachorro. Es improductivo, hay que asignarlos a todos.

—Se acabaron sus oportunidades. —dictaminó la Consejera Utatane, firmando el documento frente a ella como si no acabara de arrebatarle a sus compañeros.

Iruka se mordió el interior del labio para evitar hacer una estupidez como oponerse a la decisión del consejo. Había aprendido hace tiempo que era más fácil pensar que se trataba de alguien más, que no hablaban de él. Era más fácil comportarse como un testigo sumiso, asentir cuando se esperaba que hiciera.

—Su trabajo requiere una manada estable —tarareo el beta. —o una desvinculación total con los cachorros herederos.

—Es demasiado arriesgado quitarle a sus tres cuidadores — interrumpió Utatane. Iruka podía sentir sus ojos clavándose en su coronilla, como si recién lo miraran de verdad.

—Oh, si, por su puesto. —el beta se atragantó. —Podríamos asignarlo al capitán Ibiki. Es un alfa disciplinado, podría enseñarle a este omega lo que el distrito S no pudo.

—Aunque su soltería es una anomalía, Ibiki no necesita perder su tiempo encerrado forjando lazos con cachorros ajenos. —la consejera Shimura interrumpió. —Propongo a los betas Izumo y Kotetsu como posibles enlaces…

Iruka oyó el tintineo de la plata y el arrastre de una silla antes de que el consejo beta volviera a hablar. —¿Koharu-sama?

El cuerpo de la consejera del Hokage se puso frente a él, inundado su sistema respiratorio con cítricos abandonados al fondo de la cesta. La edad la había vuelto una mujer bajita, Iruka podía ver sus cabellos grisáceos y la línea de su mandíbula aún con la vista clavada en sus sandalias, pero seguía siendo una alfa.

—Abajo, omega.

Iruka pestañeo. Un murmullo sordo en su cabeza lo adormeció momentáneamente, las palabras atascandose en algún lugar de su cerebro. Cuando volvió a procesar su entorno, se encontraba de rodillas a los pies de la consejera, agazapado en la sombra que proyectaba su cuerpo menudo.

Su nariz flotaba a centímetros de sus sandalias Zori e Iruka solo parpadeo tratando de recomponerse. Allí, en esa posición y sin ningún tipo de advertencia, la consejera Koharu apartó su cabello. Se sobresaltó cuando unos dedos tocaron su glándula por sobre el parche adhesivo.

—Es joven, la libido parece no ser un problema. —tarareo mientras movía su mano hasta su mandíbula. El recuerdo de su noche con Mizuki y la vergüenza lo inundaron mientras las manos curtidas por la batalla de la consejera apretaron con fuerza su mandíbula y lo obligaron a levantar la cabeza y enseñar los colmillos contra su voluntad. —Buena dentadura para un omega del distrito de servicio.

—¿Koharu-sama? —la voz de la beta Shimura sonó confundida, pero Iruka no tenía visión de ella, en la posición en la que se encontraba trataba de hacer lo posible para no mirar a los ojos de la alfa, fijó su vista en la joyería de plata que adornaba su muñeca.

Finalmente lo soltaron. La consejera volvió a su asiento e Iruka se inclinó en el suelo.

—Está decidido —anunció con el sonido de sus uñas golpeando el mesón de madera. —Será asignado al Alfa CS-34-09 y al Omega CR-39-02, el beta será seleccionado entre las opciones entregadas por la consejera Shimura.

—¿¡Sarutobi Asuma y Shimura Tenzo!? —Una copa de cerámica se estrelló contra el suelo y una silla retrocedió con violencia.

—¿Danzo-sama…?

—Calmense ustedes dos —la reverberación de la voz de la consejera Koharu rebotó en las paredes e Iruka reprimió un gemido de terror. —Hiruzen autorizó a este consejo a emparejar a su hijo pródigo, quién ya formó lazos con el cachorro heredero. Y Danzo estará conforme con nuestra decisión, después de todo, conozco los ideales de mi querido amigo.

—Ya veo… se ha decidido.

—Comprendo sus razones, se ha decidido.

Y así, los tres timbraron su nuevo destino.

—Yugao, escolta al omega a la guardería. Kit estándar y actualización de firmas de chakra. —ordenó la consejera Koharu con la misma entonación con la que que habría realizado una compra en el mercado.

Una presencia se materializó junto a Iruka; alfa, con el cabello morado recogido en una coleta y una marca de vínculo visible en la base del cuello.

—Informa a los involucrados y regresa aquí.

—¡Hai, Koharu-sama! — Yugao tomó a Iruka del brazo y la guió hacia la puerta.

—Omega. —La voz de la consejera Shimira detuvo el paso de ambos. Iruka bajó la cabeza y se giró en su dirección. —No espere a Sai-sama hoy. No llegará.

La alfa reanudó el paso, arrastrándolo por el pasillo. Iruka solo se dejó arrastrar con la mirada en el suelo y en los papeles de colores que aplastaba con sus sandalias cada vez que daba un paso. Una sensación incómoda se alojó en su estómago mientras regresaba a la guardería.

Fue un viaje rápido, demasiado rápido. Ninguna persona quiso interrumpir a un alfa arrastrando un omega, aún menos a la dirección a la que iban. La ubicación de la guardería era un secreto para muchos y su entrada se disimulaba entre dos chozas en mal estado, cualquiera pensaría que se llevaban a Iruka para disminuir su estrés.

Y ella podría. Iruka tropezó al darse cuenta. Aunque había sido asignado a un alfa y un omega, sin un beta la unión aún no tendría validez. Para todos los efectos, Iruka no era de nadie y Yugao tenía un vínculo con un omega y un beta, un encuentro con un omega sin vínculo no le repercutirá de ningún modo.

Iruka dio una gran respiración para calmarse, solo para darse cuenta que Yugao no olía a nada. Sus feromonas, que fugazmente lo envolvieron al salir de la sala del consejo, habían desaparecido. Su agarre mortal para sacarlo del lugar había sido reemplazado por manos que lo sostenían para no caer. Eso, por algún motivo, calentó su corazón.

Cuando llegaron a la guardería, de regreso a su hogar subterráneo y donde la luz no llegaba a ninguna parte, Iruka abrió el centro de la defensa e introdujo la firma de chakra de la alfa. Con su nueva autorización, Yugao eliminó a Ebizo con precisión quirúrgica. Una vez realizado, Iruka la eliminó del sistema.

Iruka no preguntó por la firma de Mizuki, supuso que lo eliminarían cuando su nuevo compañero beta fuese elegido, pues el sello dependía de un conjunto alfa, beta y omega.

Finalizado el proceso, Yugao se giró hacia él con un pequeño contenedor de madera en sus manos.

—Según el protocolo de reasignación, tiene un año para estabilizar su nueva manada. —su tono era firme, sin embargo, se tomó su tiempo para ofrecerle el contenedor a Iruka. —Si no se acredita unión o descendencia, el Consejo de Reproducción y Familia puede asignar al omega a los distritos de servicio, lactancia o placer según su utilidad.

Iruka asintió, era algo que entendía. Aceptó el recipiente y esperó otras indicaciones. Cuando Yugao no volvió a hablar, Iruka se arriesgó a levantar un poco la vista; sus labios, pintados de rojo, estaban fruncidos. Al segundo siguiente, desapareció sin evidencia sin dejar rastro.

No se molestó en abrir el recipiente. Sabía lo que contenía; una inyección para forzar el inicio de un celo reproductivo. Se lo habían advertido hace un año, y aquí estaba, entre sus manos temblorosas. Lo sacó de su vista y lo introdujo al sello de almacenamiento de su antebrazo, la única cosa que conservaba de su madre. Sería peligroso si algún cachorro lo encontraba.

Comenzó a limpiar para distraerse. Se quitó el haori y los parches adhesivos, dejó que sus glándulas adoloridas liberaran otra vez su olor y, mientras la sensación de pertenencia aumentaba, comenzó a desarmar el nido con manos cuidadosas.

Separó las mantas impregnadas con los aromas de Ebizo y Mizuki, retiró las pocas prendas entretejidas en la estructura y las lavó con agua tibia. Sus esencias desaparecieron con el vapor e Iruka las colgó.

Reconstruyó el nido como pudo, pero se sentía mal, incompleto. Abandonó esa tarea antes de perder la cabeza, en cambio guardó juguetes, mesas, sillas y materiales. Limpió la pequeña encimera y el quemador ocultos tras la pared removible y se sentó a esperar.

Shikaku Nara fue el primero en aparecer. El pequeño omega en sus brazos tenía la nariz enterrada en el cuello de su padre y dormitaba como un angelito. Sin embargo, se despertó bastante rápido al oler la habitación.

Iruka sonrió cuando Shikamaru bajó de los brazos de su padre y le quitó una de las bolsas que llevaba colgando. Sonrió aún más cuando el pequeño comenzó a sacar tela de la bolsa y a acomodarla él mismo en el nido.

Shikaku no dijo nada, le extendió una segunda bolsa con víveres y, se retiró después de desordenar el cabello de su hijo. El patriarca Nara era uno de los pocos Alfas Naras registrados y, curiosamente, uno de los únicos cuyo aroma, de alguna forma, reconfortaba a Iruka.

Choza Akimichi llegó con incluso más víveres e Inoichi Yamanaka trajó ligeros aromatizantes florales que, a pesar de todo, resultaban neutrales y relajantes.

Una joven omega Hyuga de ojos cansados trajo a la triada heredera cuando el sol se ocultaba y la cena hervía en la cocina. El pequeño Neji cargó a Hanabi-chan hacia el nido y Hinata lo siguió con una manta aromatizada que puso sobre ella. Iruka solo pudo desear que la omega Hyuga hubiera vuelto bien a casa

Kushina-neesan, como insistió en ser llamada, trajo al pequeño Naruto cuando, según el reloj de la guardería, ya no había luz solar afuera. Resultaba obvio que la alfa pelirroja había alimentado a su hijo con ramen y algún tipo de postre azucarado, pues inmediatamente se abalanzó contra los cachorros más calmados que trataban de cenar.

Con cada cachorro el vacío de su corazón fue mermando un poco más, con los gorjeos felices, los ronroneos y los gruñidos juguetones que Naruto dirige a Ino para invitarla a algún tipo de juego de poder alfa.

Los cachorros ya se habían dormido cuando Mizuki apareció.

El aire cambió incluso antes de que hablara, alertando a Iruka que trataba de hacerse un hueco en su propio nido. Lavanda concentrada mezclada con tierra húmeda, era un olor tenue, pero allí estaba.

—Qué imagen tan bonita —dijo, con la voz teñida de condescendencias y el cuerpo apoyado contra el marco de la puerta. —Un omega rodeado de crías ajenas, solo sirves para eso, ¿no?

Iruka tragó saliva.
—No esperaba verte hoy.

—No, claro que no. —Mizuki se rió sin humor, separando el cuerpo del marco. —Me reasignaron. Mesón de misiones. Pero eso ya lo sabías.

Iruka se enderezó. A Mizuki lo que más le gustaba era la libertad de las misiones, que lo hayan puesto tras un escritorio no sería bueno para él.

—No es-

—¡No te atrevas a mentirme, bastardo! —Mizuki se materializó frente a Iruka, agarrándolo del pelo y obligándolo a salir del nido. —Dijeron que era demasiado inestable para ponerme en el campo. ¿Qué mierda le dijiste al consejo?

Mizuki apretó más su agarre e Iruka gimió de dolor. Trató de mirarlo a los ojos y decirle que él no había sido, pero algo turbio brillaba en los ojos del beta.

—Lo siento. —Iruka gimio y trató de desnudar el cuello, pero el agarre de acero en su cabello le impedía hacer cualquier cosa que no fuera mirarlo.

—No lo sientes, mierda. ¿Lo disfrutas no, perra? —Mizuki la zarandeó, su voz endurecida. —Eres una falla pero de alguna forma sigues aquí. Mirate, no tiene ni pareja ni cachorros, se te va la vida cuidando niños que jamás serán tuyos.

Iruka apretó los puños.
—Ellos confían en mí.

—Claro que confían. —Mizuki lo arrojó contra la pared más cercana. Iruka golpeó la pared con el hombro y cayó al suelo. —No conocen otra cosa. Les enseñan a buscar el olor más dulce, la voz más dócil. Moldeas a esos estúpidos omegas en tu nido para servir igual que tú.

—No es-

—Realmente espero que no. —Iruka trató de ponerse de pie por su cuenta, pero fue la mano de Mizuki en su cuello lo que lo puso de pie. —Muchos buenos omegas se vinculan cuando corresponde y hacen las cosas más fáciles para sus parejas, pero tú no ¿verdad? —dedos callosos apretaron su garganta, cerrando el paso del aire, Iruka trató de aferrarse a su antebrazo en un intento desesperado por liberarse.

Su rostro flotaba a centímetros del suyo y, mientras Iruka luchaba por respirar y por ver algo entre sus lágrimas acumuladas, solo era consciente de la rabia contenida y asco.

—Estás usado, defectuoso y cuando tu nuevo alfa se enteré te tratara por lo que siempre fuiste; un sucio e inutil agujero para llenar.

Necesitaba aire. Necesitaba aire

Iba a morir, iba a morir y nadie lo sabría hasta mucho después. Necesitaba aire.

Iba a morir, (Aire, aire, aire) Iba a morir y los cachorros tendrían que convivir con su cadáver hasta que alguien entrara a la habitación.

Morir. Morir. Morir.

Algo despertó en su conciencia.

Morir. Morir. Morir.

Sintió sus colmillos emerger.

Necesitaba respirar.

Necesitaba- Iba a-

Las alarmas resonaron entonces.

El edificio vibró, la mano de Mizuki soltó su cuello e Iruka pudo llenar sus pulmones de aire.

Iruka cayó al suelo, respirando con dificultad. Su cuerpo no paraba de temblar y un ataque de tos le hacía lagrimear los ojos y salivar sobre el tatami. El corazón le martillaba en el pecho y le tapaba los oídos, pero, incluso así, Iruka escuchó la risa de Mizuki.

Mizuki se reía a carcajada limpia mientras Iruka trataba de recuperar el aire de sus pulmones.

—Esto ya no es responsabilidad mía—él sonrió. —Salvate solo.

Iruka lo vio desaparecer en el corredor, la puerta oscilando tras él. Aún débil, se arrastró al nido y lo volvió el epicentro de su única defensa. Activo el sello omega y espero que fuera suficiente.

La infraestructura vibraba de vez en cuando, las luces se sacudían y el polvo caía de las vigas, pero sus cachorros dormían. La mano de Shikamaru se relajó mientras los latidos del sello omega calaban profundamente en todos ellos.

Iruka quedó allí, en silencio, con algo caliente retorciéndose en su sangre y la respiración lenta.

Fue entonces que la puerta se abrió y seis sombras invadieron su hogar.

Mascara, cabello gris, olor a ozono, a pasto húmedo y alfa, alfa, alfa.

Algo comenzó a desdibujarse, escenas rápidas, desconocidas. El kusarigama de su padre, sangre, y todo se fue a negro.