Chapter Text
Anko mentiría si dijera que odiaba su trabajo. Los Mitarashi eran uno de los tres clanes encargados de las celdas de contención y los niveles inferiores. Ella misma había crecido entre rejas, sellos y silencio y, tras descubrir la naturaleza de su presentación, no le dejaron salir mucho de allí.
Anko amaba, con su oscuro y retorcido corazón, estar a cargo de los prisioneros. Después de todo, no todas las omegas de veinte años alcanzan una posición como la suya si no lo disfrutara.
La vibración del chakra contenido y el agrio olor del miedo le recordaba su propia existencia.
Todos los habitantes de Otogakure entendían lo íntimo del encierro, pero muy pocos lo buscaban activamente. Aquí, donde los prisioneros se perdían a sí mismos, con un aire que los obligaba a respirar más lento, les adelgazaba la piel y le opaca a los ojos, Anko era feliz.
Amaba su trabajo, claro que sí, pero también amaba otras cosas. Amaba la precisión de los sellos, el dango, la sensación de un bisturí rompiendo la piel, el laboratorio de Orochimaru-sensei, la forma en que un kunai se entierra en la carne.
Pero esa tarde, mientras sus compañeros se preparaban para una gran misión y los insectos Aburame recargaban los generadores, Anko solo sentía un agujero en su pecho y una frustración silenciosa.
Otogakure hervía de actividad en los niveles más cercanos a la superficie mientras Anko se preparaba para iniciar su turno.
Ni siquiera había suficientes prisioneros para entretenerla. Dos beta de Iwa a los que ya no podía sacar más información, una alfa desertora de Ame a la espera de su extradición y un par de bandidos civiles que solo seguían con vida porque el contratista de la misión los quería respirando.
Estaba aburrida y en servicio cuando una firma de chakra solicitó acceso al nivel superior de contención. Abrió la boca para burlarse cuando el aroma la golpeó; madera carbonizada y cenizas, el comienzo de un celo de protección y un omega desconocido.
Entre cerrando los ojos, Anko abrió el acceso a la celda cinco. El cuerpo inconsciente cayó sobre el catre en mal estado como un saco de arena y Genma se giró para mirarla. Sin embargo, Anko le prestó más atención al hombre en el suelo; los brazaletes dejarían marcas pero el collar…
Un collar en sus celdas era un insulto, un jodido recordatorio que no planeaba ver hoy. Sabía que cuando el hombre despertara, sentíria el impulso de arrancarla hasta dejar su glándula a carne viva.
—¿Por qué lo trajeron aquí? —preguntó, sin apartar la vista del cuerpo.
Genma salió de la celda y respiró hondo, una tensión extraña se reflejaba en sus hombros.
—Lo encontró Hatake. En Konoha.
Anko giró la cabeza lentamente y enarcó una ceja.
—¿Lo encontró?
—Si, lo encontró. Y una guardería. —El beta apoyó la espalda en la pared, visiblemente agotado y se quedó el silencio. Nunca era bueno oír la palabra guardería y Hatake juntas y ese peso se extendió entre ellos. —Ocho cachorros, todos vivos. Están en observación arriba.
Anko cerró la compuerta de la celda con un golpe.
—¿Y este?
—Al parecer, el encargado. El Consejo aún… —Genma dudó— el Consejo aún delibera qué hacer con él. Vamos, ve a la sala de control y abre la celda siete. Tengo otro pasajero.
Los ojos de Anko se fijaron en un pergamino sellado en las manos de Genma.
—¿Otro?
—Ve a hacer tu trabajo, Anko. Estos niveles también son mi dominio.
A regañadientes, Anko entró en la sala de monitoreo maldiciendo a todos los Shiranui, sobre todo a Genma. Los insectos Aburame eran buenos en su trabajo y, cuando Anko se arrojó contra la silla del escritorio, el monitor cinco mostraba el cuerpo inconsciente del Konohajin.
El monitor de la celda siente no tardó en conectarse y Anko contuvo su respiración. El hombre en la celda estaba sucio e inconsciente, pero en la manga de su uniforme había una marca que Anko conocía muy bien: Sarutobi.
Todos en la aldea le guardaban rencor a los Sarutobi, sin excepciones, pero el odio que Anko les profesaba era ardiente y personal. Casi por costumbre su mano se deslizó sobre la piel hundida de su glándula.
Esperaría con ansias la posibilidad de hacer hablar a esa hoja marchita.
Cuando Genma volvió a la sala de monitoreo, Anko ya no miraba al Sarutobi. El omega comenzaba a despertar.
—¿Por qué el collar?
—Precaución. —Anko no se molestó en mirar a Genma, el omega comenzó a dar vueltas en su celda. —Cuando entró en celo, Hatake tocó su glándula. Creemos que su aroma alfa quedó adherido, si despierta y lo reconoce, podría… podría intentar arrancarse las glándulas.
Anko decidió ignorar la mirada fugaz que recibió, en cambio, exhalo con un ruido sordo.
—Si el Consejo decide liberarlos, te avisarán.
—Y si decide eliminarlos —replicó Anko —también seré yo quien los vea arder.
Y vaya que quería hacer arder al Sarutobi.
Genma se quedó allí un instante más, luego giró y subió por el corredor, hacia los niveles superiores.
Estando sola, Anko conectó el sistema de ventilación de la celda cinco con la sala de monitoreo; la primera inhalación estaba llena de miedo. Miedo agrio y carbonizado, un incendio.
El omega se movía con espasmos, dando vueltas en círculos mientras sus garras sobresalían y se aferraban con fuerza. Trataba de arrancarse las muñequeras, la piel, los rastros. Los labios estaban abiertos, húmedos de sangre y saliva.
Pronto, comenzó a golpear las paredes y arañar la superficie rocosa. Su vorágine de autodesprecio había comenzado con notas agrias.
Anko miró, olfateó y se preguntó si ella había actuado así. El pulso de rabia ciega, la necesidad de destruir algo que está en ti, no fuera de ti era familiar para ella. Pero aquí, como un ente externo, se sentía casi clínico.
El omega chocó contra el catre, sus manos rozaron el cuero de su garganta y ya no hubo vuelta atrás. Cobre, sudor, desesperación. El hombre en la celda arañó su propia piel, sus dientes afilados mordieron el cuero de sus muñecas.
Anko podía imaginar los gruñidos, ásperos, profundos y, por un instante, se reflejó en la superficie de la pantalla.
Cuando un Yuuhi llegó a reemplazarla, el omega destrozaba lo que quedaba del catre. Anko desconectó la unión del respiradero, le daría la opción a sus colegas de oler o no esa furia, y subió con calma a los niveles superiores.
O eso esperaba. Descubrió que el nivel principal bullía de actividad. Con el equipo de invasión de vuelta en la aldea, las manadas se movían por los grandes pasillos en grupos apretados. Algunos se acercaban al ala médica como ella, pero otros se abrían paso hasta los túneles residenciales o de entrenamiento.
El aire estaba cargado de una forma diferente que más abajo; había más oxígeno y mayor mezcla de aromas. La felicidad, el alivio, la ansiedad se aferraban a las paredes de piedra como una capa invisible que lo cubría todo.
Con cada paso se alejaba del túnel que la llevaría al distrito Mitarashi, aunque hace años eso dejó de importarle.
El hospital se alzaba en el centro del nivel, un edificio blanco e irregular, construido dentro de una sección más ancha de la grieta en la que se estableció Otogakure. Era uno de los lugares más seguros de toda la aldea y, a diferencia de los niveles de contención, sus techos eran altos, sus pasillos amplios. No daba la sensación de encierro. Por razones obvias, también era el edificio con mejor ventilación.
Pero Anko no entró. Se detuvo junto a uno de los grandes pilares que sostenían la estructura y lo rodeó hasta descubrir un túnel lateral, angosto y en bajada. Era un camino apenas iluminado por luces verdes intermitentes. El aire allí olía a cloro, piedra mojada y metal. A la mayoría le habría resultado desagradable, pero a ella le tranquilizaba.
Abrió la compuerta con su firma de chakra y entró. Cerró la puerta a sus espaldas y se permitió respirar; era aire más cálido, denso, con una chispa de hogar que solo conocen los que allí viven.
—Estoy en casa —masculló, quitándose las sandalias antes de cruzar el umbral.
Realmente no esperaba respuesta, pero un desinteresado “bienvenida” rompió la quietud. Anko levantó la vista y vio a Kabuto en el comedor, rodeado de pergaminos y debajo de la única ampolleta encendida. No se inmuto cuando ella pasó a su lado, apenas giró una página.
Anko le revolvió el cabello, asegurándose de dejar su olor sobre él, antes de dejarse caer de espaldas en el sillón de la sala, su nido. El cuero crujió, el aire se impregnó rápidamente de su aroma metálico y dulce. Aflojó los hombros y simplemente dejó que sus feromonas se esparcieran sin contención, bailando y uniéndose a las feromonas beta de Kabuto.
Anko no se molestó en encender más luces, en cambio, su mente la llevaba a la celda de ese omega y, por consecuencia, a su propio pasado. Cuando por fin el Consejo le permitió a Orochimaru-sensei establecerse, ella ya se había aferrado a su enseñanza con una devoción ciega.
Tenía catorce años cuando Orochimaru-sensei trajo a casa a Kabuto, un niño de ocho años, callado y de ojos demasiado viejos. Nunca preguntó de dónde lo había sacado, tampoco preguntó por los otros niños que llegaron mucho después. En esos días, el cachorro le caía mal: era silencioso, observador, y siempre se mantenía cerca de su maestro cuando él le enseñaba a cortar carne sin provocar la muerte.
Y entonces, esa misión llegó.
Tenía quince años y su primera misión rango A cuando el estrés de una emboscada y una persecución despertó algo en ella. Los Mitarashi no hacían pruebas de género; decían que el entrenamiento regular se sobrepondría a todo lo demás. Nadie la preparó para el celo de presentación, muchos menos para uno de protección.
El resultado fue un desastre. No recordaba, ni quería saber los detalles. El miedo, el sabor metálico en su boca, manos que la presionaban contra el suelo, piedras enterrándose en su piel y dientes en su- No quería recordar. Culpó a su clan por eso, por no advertirla, por dejarla sola con un instinto que no entendía. Desde ese día, su distrito le parecía una amenaza y no tardó en dejar de ir.
No supo si su olor nació de su naturaleza o de aquella experiencia, pero desde entonces fue inconfundible: ferroso y dulce, la atracción de la muerte. No era un aroma cómodo para los demás. Servía para provocar a sus enemigos, para quebrar prisioneros, para hacer hablar a quienes preferían morir antes que confesar. Pero no servía para convivir.
En su casa, en cambio, su olor era bienvenido. Se unía al de Kabuto y Orochimaru-sensei, envolviendo los pasillos con una familiaridad extraña. Allí, entre bisturís y pergaminos, también se mezclaban los aromas jóvenes de los cachorros que Orochimaru-sensei había traído (secuestrado, más bien) de sus misiones, piezas perdidas que él había recogido y transformado en su propia familia. Como había hecho con ella.
Anko los observaba crecer, aprender, sobrevivir. No era una familia normal, pero era su manada. Equilibrada, funcional: una omega, un beta y un… lo que fuera Orochimaru-sensei, sobre el aroma infantil de la leche. Lo suficiente para mantener la cordura.
El aire allí, pesado y tibio, era el único lugar donde respiraba sin miedo. Cerró los ojos, recostada, y por un momento el ruido de los niveles superiores se desvaneció.
