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El Consejo

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Al cruzar el umbral, los olores lo golpearon de lleno. Sin filtros. Sin barreras. Sin contención. La mezcla era abrumadora: alfas, betas, omegas, todos dejando extender su presencia sin pedir permiso. Aromas de manada superpuestos, estados emocionales filtrándose por el aire, capas y capas de información que Iruka no sabía cómo procesar.

Sus piernas flaquearon un segundo. Se afirmó por inercia, rígido.

El olor de omegas sin parches fue lo que más lo descolocó: completo, redondo y vivo. Nada de ese apagamiento obligatorio al que estaba acostumbrado.

Estaba en el centro de una habitación circular, amplia, de paredes ocultas en las sombras. A su alrededor, en distintos niveles, había gente apoyada en respaldos de grandes sillas y cargadas en grandes mesones. Eran demasiadas personas. Alfas, betas y omegas compartiendo el mismo espacio, las mismas gradas, sin separaciones visibles e Iruka estaba allí, en el escalón más bajo de la habitación, donde todos podían verlos y él apenas las siluetas de ellos.

Work Text:

Iruka no supo cuánto tiempo permaneció a solas con Shikamaru. El tiempo se volvió algo blando, sin forma e irreverente, todo se redujo al acto de respirar y de reconocer olores. El aroma a cachorro y el leve rastro de su manada familiar que se había afianzado a sus poros, como una promesa de lo que alguna vez sería.

Hace tiempo que el pequeño omega había terminado de hablar. Sus párpados caídos y la respiración lenta amenazaban con adormecerlo. Iruka buscó concentrarse en desenredar con paciencia las hebras azabaches del cabello del más pequeño, usando solo los dedos, movimientos mecánicos, reverentes. Era una tarea que conocía muy bien, una de las tantas que su cuerpo había aprendido a realizar sin instrucciones.

Sin embargo, no podía durar para siempre.

Iruka quedó solo una vez más.

Esta vez, su soledad no duró demasiado.

Un shinobi cubierto por un gran abrigo oscuro y anteojos negros entró en la celda. Su presencia era neutra, cerrada, como si hubiera aprendido a no dejar nada de sí en el ambiente. Iruka supuso que, detrás de los cristales, la mirada era indiferente

—De pie y manos al frente.

Iruka obedeció de inmediato.

Cuando el hombre extendió una mano hacia él, Iruka alcanzó a ver una mancha negra desplazarse bajo la piel expuesta, viva, inquieta. En la otra mano llevaba una cuerda.

No preguntó nada.

—El Consejo ha fijado su audiencia —continuó el shinobi mientras se acercaba, —Yo seré su celador ¿por qué? porque se me asignó.

Iruka asintió en silencio. Bajó la mirada hacia el suelo de piedra mientras el celador ataba con rapidez sus muñecas, los movimientos precisos, impersonales. No pensó en resistirse. Nunca lo hacía.

La cuerda era firme contra sus muñecas, no apretaba lo suficiente como para resultar dolorosa, pero sí para recordarle que estaba allí. El celador avanzó, tirando con suavidad e Iruka dio un primer paso sin resistencia.

Avanzaron apenas unos pasos cuando el hombre se detuvo, girando sobre sus talones sin explicación y con una tela en las manos.

—Venda.

La tela cubrió sus ojos de inmediato, cerrando el mundo con un gesto simple y rápido, Iruka respiró hondo por reflejo cuando la oscuridad lo dominó. No sabía dónde estaba, ni hacia dónde lo llevaban, y eso, por alguna razón, lo tranquilizó un poco. Una parte de él le decía que no ver, significaba que no podía equivocarse.

Caminaron con un paso tranquilo, siempre siguiendo la tensión de las cuerdas. Iruka no fue capaz de averiguar a dónde iba, caminaba recto, bajaban, subían. El aire cambiaba de formas extrañas y las notas carbonizadas de su propia ansiedad comenzaban a brotar por sus poros.

Iruka solo esperaba que no fuera lo suficientemente notorio para que su celador pudiera olerlo, no tenía sus parches y eso comenzaba a ponerlo nervioso. El trayecto era confuso e Iruka perdió la noción de distancia. El suelo cambió bajo sus pies, de piedra pulida a una superficie más áspera. El eco se amplió. El espacio se abrió.

Entonces, el mundo explotó.

No fue un sonido. Fue el aire.

Al cruzar el umbral, los olores lo golpearon de lleno. Sin filtros. Sin barreras. Sin contención. La mezcla era abrumadora: alfas, betas, omegas, todos dejando extender su presencia sin pedir permiso. Aromas de manada superpuestos, estados emocionales filtrándose por el aire, capas y capas de información que Iruka no sabía cómo procesar.

Sus piernas flaquearon un segundo. Se afirmó por inercia, rígido.

El olor de omegas sin parches fue lo que más lo descolocó: completo, redondo y vivo. Nada de ese apagamiento obligatorio al que estaba acostumbrado.

El celador se detuvo.

—Quieto.

Iruka obedeció. Sintió dedos en la venda. Luego, luz. Parpadeó, desorientado.

Estaba en el centro de una habitación circular, amplia, de paredes ocultas en las sombras. A su alrededor, en distintos niveles, había gente apoyada en respaldos de grandes sillas y cargadas en grandes mesones. Eran demasiadas personas. Alfas, betas y omegas compartiendo el mismo espacio, las mismas gradas, sin separaciones visibles e Iruka estaba allí, en el escalón más bajo de la habitación, donde todos podían verlos y él apenas las siluetas de ellos.

Todos dejaban que sus aromas se extendieran a todas partes e Iruka bajó la cabeza de inmediato. El reflejo fue más rápido que el pensamiento. Sus manos atadas temblaron apenas. No levantó la vista.

Por primera vez, no era invisible.

Y por primera vez, tampoco estaba escondido.

Una figura se puso de pie en unos de los laterales de la sala, sobresaltándolo.

Era una mujer de postura recta, con el cabello oscuro recogido en un bollo y su aroma repentinamente más fuerte, como si llamara la atención de todos en la sala. Era un aroma beta, pero era demasiado fuerte, diferente al aroma de Mizuki. Su intensidad anormal para un beta confundía a Iruka. La mesa bajo sus manos estaba cubierta de pergaminos y tinta.

—Qué conste en acta —dijo. —Solicitó al Consejo de Oto dar inicio a esta audiencia.

Su mirada recorrió el espacio circular antes de posarse en Iruka. Su rostro, con el inicio de arrugas junto a sus ojos, reflejaba profesionalismo.

—Mi nombre es Yuuhi Hana y, según consta en el reglamento del Consejo, representó a mi clan como encargada de actas de la rotación de responsabilidades, es mi deber tomar registro íntegro de esta audiencia.

Un leve murmullo de reconocimiento recorrió la sala. Hana giró su rostro y señaló con la palma hacia el cielo hacia el asiento superior, justo frente a Iruka.

—Preside esta sesión la matriarca del clan Inuzuka, Tsumehime-sama.

Iruka se arriesgó a dar un vistazo. Se encontró con la figura de una mujer apoyada contra el reposabrazos, su pierna izquierda descansando sobre el reposabrazos contrario y grandes garras rojas acariciando el pelaje de un gran can blanco que descansaba contra su muslo derecho. Iruka la vio abrir sus labios carmesí sobre piel morena y captó el destello de unos colmillos afilados. Entonces su voz respondió desde la oscuridad, era gutural, casi un gruñido.

—Que comience el Consejo.

Alfa.

Su sola voz tensó a Iruka como una cuerda y, al hacerlo, fue más consciente de su aroma. Era diferente al resto de olores de la sala, era animal, profundo y antiguo, hablaba de una agresividad latente, a una manada fuerte y protección territorial. Su aroma coincidía con la mujer joven a su derecha, ligeramente más atrás y la mujer mayor a la izquierda.

Iruka reprimió el impulso de mostrar el cuello solo porque no se lo había ordenado.

—Nombre —solicitó alguien a su izquierda.

Iruka se mordió la mejilla y dejó que el silencio se extendiera. Era repentinamente consciente de que no tenía parches aromáticos y que estas personas podían olerlo, que él mismo comenzaba a captar su aroma después de un tiempo y de su sangre latiendo bajo la piel. Con la claridad que le quedaba, permaneció allí, esperando una orden, esperando permiso para hablar.

La mujer del acta, que había tomado asiento, notó la fuente de su silencio.

—Omega —dijo, firme. —Tu nombre.

—Umino Iruka —dijo al instante, con la voz baja, precisa.

Algunos aromas cambiaron ligeramente, sin embargo, el aroma alfa frente a él permaneció igual. Sin embargo, las primeras preguntas no vinieron de ella.

Consejeros distintos tomaron la palabra: alfas, betas, omegas. Preguntas técnicas. Fechas. Nombres. Procedimientos. Iruka respondía cuando se lo indicaban, con frases cortas, cuidadas. No estaba entrenado para ocultar información, no sabía cómo mentir sin delatarse, así que hacía lo único que conocía: decía la verdad más pequeña posible.

Cada respuesta le sabía a exposición.

Cada respiración le recordaba que su aroma estaba allí, presente, cada vez más obvio, con el miedo a minutos de filtrarse por su piel y lo delatara ante tantos desconocidos. En Konoha, nadie lo olía. Aquí, todos podían hacerlo.

—Umino-san. —La voz, grave y adulta, que pronunció su nombre venía desde su espalda, en algún punto sobre las gradas. Iruka no se atrevió a girarse, sobre todo cuando repentinamente sus fosas nasales se cubrieron con el aroma a lluvia y rayo. Una electricidad familiar pero desconocida al mismo tiempo, más mentolada. —Descríbeme tu trabajo.

Iruka tragó saliva, reconociendo la autoridad alfa a su espalda.

—Encargado omega de la guardería —respondió. —Alimentación, rutinas, preparación física básica. Cuidado de salud.

—¿Cuántos cachorros? —la voz a sus espaldas se volvió más profunda.

Iruka lo pensó. Konoha tenía diez herederos menores de doce años, uno de ellos se quedó con los Shimura para reforzar lazos con el posible guardia omega adicional, y la otra recorría el mundo con su madre y la Princesa Babosa. Ante la pregunta del alfa, respondió que ocho.

Eso debió ser suficiente para el alfa a su espalda, porque su olor volvió a desvanecerse en la multitud dejando a Iruka desequilibrado. Entonces una mujer omega frente a él, y un escalón más bajo que la matriarca Inuzuka, tomó la palabra. Su aroma era dulce, como frutos rojos y tinta que resaltó aún más cuando habló. En su escritorio se leía Mitarashi.

Iruka finalmente entendió que expandir el aroma en esta sala cerrada era una forma de pedir la palabra. La omega levantó el pecho cuando Iruka la miró a los ojos, no sentía riesgo al hacerlo, aunque pudiera ver de reojo los colmillos amarillentos del perro de la matriarca en el asiento de arriba.

Le preguntó por su fuinjutsu: no, Iruka no diseña sellos, Alguna vez lo hizo, antes de la guardería, cuando lo asignaron a la casa de Kushina-neesan y ella estaba feliz de enseñar a escondidas. Ya no Su trabajo era monitorear la estabilidad, verificar que los sellos se mantengan activos y no presenten fallas durante el desarrollo.

El silencio que siguió a su respuesta fue distinto. No acusatorio, solo curioso y expectante.

—En los cuerpos de los cachorros hay un sello que no reconocemos en Oto —continuó Mitarashi—. ¿Sabes cuál es?

Iruka respiró hondo, arrugando la nariz ante su propio aroma en la habitación y las feromonas desconocidas que comenzaban a pegarse en su piel. El aire estaba cargado, saturado de presencias.

—Es un sello de supresión reproductiva —dijo—. Impide la concepción durante las primeras etapas del desarrollo.

El silencio duró apenas un latido. Pronto, la indignación explotó por todos lados. No eran solo gritos, eran aromas punzantes, calientes y enojados, era incredulidad y repulsión que parecían expandirse a su alrededor y replicarse en las feromonas adheridas a su piel. Omegas reaccionando con un rechazo instintivo, los alfas calentaron la ira de la habitación y los betas se afilaron ante una amenaza.

Iruka reprimió un gemido ante la sobrecarga de ira contra él. Mal omega, cantó una voz en su cabeza, mal omega, los has hecho enojar.

—¿En cachorros? —¿Desde cuándo se permite esto? —¿Qué clase de aldea hace eso?

Iruka se encogió sobre sí mismo, el reflejo aprendido activándose sin permiso. Hombros cerrados. Cabeza baja. No mires. No ocupes espacio.

La voz de la matriarca Inuzuka atravesó el ruido con un gruñido.

—Suficiente.

El silencio regresó, tenso, expectante. Mitarashi volvió a mirar a Iruka y preguntó con palabras lentas y contenidas sobre la aplicación y duración del sello.

—A los ocho —respondió, aferrándose a la cuerda de sus muñecas. —Hasta que el Consejo autoriza a levantarlo.

El sello, hasta donde sabía Iruka, había nacido hace menos de dos década como una forma de controlar la población de las prostitutas y, tras un evento que involucró a la hija omega de un clan y un shinobi sin apellido, comenzaron a aplicarlo para prevenir el nacimiento de un bastardo. No protegía a nadie, solo evitaba las consecuencias.

Cuando alguien le consultó si el había sido sellado así, Iruka se confundió. Iruka no era importante, tenía apellido pero no clan, era un omega criado para el servicio que tuvo la suerte de ser seleccionado para la guardería de herederos. Si alguien lo hubiera forzado y se hubiera concebido un cachorro, Iruka tendría pareja y una familia. Sería un buen omega y no el desastre que es ahora.

Iruka se los dijo, con menos palabras, porque realmente no era información nueva, no era importante. Era una realidad. No esperaba el horror gradual que abarcó la sala, como una marea que golpea la rompiente por una ola inesperada. Mitarashi apretó los labios.

—¿Eso te dijeron?

Iruka asintió, con las extremidades ligeramente entumecidas por su posición mientras los murmullos se extendieron. Iruka vio a las personas detrás de Mitarashi, con idénticos ojos color miel, susurrar rápidamente y, dos puestos a su derecha, a un trío de personas que permanecen rectas como piedra. El cabello negro sedoso de uno de ellos, una mujer, casi ocultó el brillo enrojecidos de sus ojos. Su escritorio no tenía nombre.

El murmullo no se había disipado del todo cuando una beta del otro lado de la sala y con grandes anteojos negros habló, con voz medida.

—Hay otro sello.

Iruka parpadeó, el entumecimiento comenzaba a extenderse, y miró hacia el escritorio del hablante: Aburame.

—En tu cuerpo —continuó—. En el brazo izquierdo.

Antes de que pudiera responder, la omega Mitarashi intervino, inclinándose hacia adelante.

—Parece un sello de registro —dijo—. Antiguo. No tenemos evidencia de su uso en Konoha.

El silencio se prolongó cuando Iruka no reconoció en la intervención una pregunta, se quedó de pie, sintiendo su chakra pulsar contra su sello, tratando de pasar el bloqueo impuesto para llegar a él. Lo mantenía, de alguna forma, consciente.

La matriarca Inuzuka se movió en su asiento, obligando a su compañero a acomodarse entre sus piernas, interesada por primera vez de forma visible.

—Umino —repitió, probando el apellido—. No es un nombre común en Konoha.

Varias cabezas asintieron. El murmullo regresó, bajo pero cargado e Iruka bajó la vista hacia su brazo, como si pudiera ver el sello bajo la tela.

—No, señora —dijo—. No lo es.

Umino no es un apellido común en Konoha.

Su madre se lo había dicho en susurros, grabándole el sello en la piel dentro de una habitación cerrada, con el pulso temblando mientras trazaba por primera vez la matriz del sello sobre su piel infantil. No era un sello de Konoha. Nunca lo había sido. Era familiar. Antiguo. Pensado para guardar, no para mostrar. Para esconder lo esencial si alguna vez huían.

Ellos habían intentado huir, nunca le dijeron de que, solo que su intención no era llegar a Konoha. Querían llegar a cualquier lugar donde el control no se midiera por su capacidad de gestar.

—Explícalo —ordenó Inuzuka.

Iruka respiró hondo. El aire seguía siendo demasiado. Demasiadas presencias oliéndolo, midiéndose.

—Es un sello de origen —respondió—. Un registro de herencia familiar.

—Y, sin embargo, dices que no importas en Konoha —inquirió alguien. —¿De dónde es la herencia de tu sello?

—País del Agua.

El silencio que siguió fue atento. Mitarashi ladeó la cabeza.

Konoha los encontró primero, detuvo a sus padres, los llevaron al distrito de servicio y no les permitió salir. Iruka nació allí porque su madre ya estaba embarazada cuando los forzaron a cruzar las puertas.

Cuando sus padres murieron, el mundo se volvió más estrecho. Una habitación pequeña, silenciosa, sin aromas. Un cuarto impersonal con su instructor de moral del otro lado de la puerta. Y fue Uzumaki Kushina quien lo tomó de la mano y continuó su formación, como si nada de aquello fuera extraño. Como si no fuera anormal enseñarle a un omega a aplicar sellos, como si activar un sello de almacenamiento en el propio cuerpo fuera sólo otra habilidad práctica.

Ella le enseñó a mantenerse vivo aún cuando su mundo se destruía, cuando la cicatriz gris de su cuello aun no sanaba del todo y su vientre seguía creciendo. Ella lo cuidó y ahora él cuidaba a su hijo

—¿Algo que quieras añadir? —preguntó la matriarca Inuzuka.

Iruka parpadeó reconectando con el presente como un golpe seco.

—No, señora —respondió.

Iruka mantuvo la cabeza baja, el cuerpo cerrado, su aroma extendiéndose de forma extraña. El sello en su brazo permaneció inerte, obediente. Fue entonces cuando la puerta lateral se abrió sin ceremonia.

Una ninja médica cruzó el umbral con paso rápido, controlado, llevando un estuche sellado contra el pecho. Su aroma era limpio, clínico, atravesado por una nota aguda de urgencia contenida. Se inclinó ante el Consejo, pero fue a la Inuzuka a quien se dirigió, acercándose lo suficiente para murmurar algo al oído.

Iruka no alcanzó a oír las palabras, pero provocaron algo en el aroma de la matriarca, quién afiló su mirada y arrugó la nariz. Iruka la vio asentir despacio y la médica retroceder, quedando a un costado de la sala.

—Gracias —dijo la Inuzuka.

El silencio regresó, más expectante que antes.

La matriarca volvió su atención hacia Iruka. No había dureza en su mirada. Tampoco indulgencia. Era otra cosa. Evaluación honesta.

—Entre tus pertenencias —dijo— se encontró una inyección sellada.

Iruka sintió el estómago contraerse. No solo habían encontrado la inyección, habían ingresado al componente de almacenamiento de su sello y lo habían vaciado. Todas las cosas materiales que le importaban, las tenían ellos.

No levantó la cabeza de inmediato. No porque no supiera qué responder, sino porque supo, con una claridad helada, que ella ya conocía la respuesta, sabía que Iruka era tan inadecuada para existir que necesitaba de un inductor.

Ella le estaba dando la oportunidad de admitirlo.

—Nuestro personal médico confirma su composición —continuó la Inuzuka—. No es un veneno. No es un sedante. No es un estimulante común.

Hizo una pausa breve.

—Explícala.

Iruka respiró hondo, repentinamente envalentonado con algo, por un aroma bailando por su fosas nasales que lo impulsaba a hablar. Su cerebro eliminó el impulso de esconderse.

—Es un inductor hormonal —dijo—. Para forzar un celo reproductivo.

El impacto fue inmediato, pero distinto al anterior. No explosivo. Concentrado. El Consejo pareció absorber la información en silencio, como si todos estuvieran calculando al mismo tiempo.

—¿Para quién? —preguntó Inuzuka.

Iruka levantó la cabeza apenas. Lo suficiente para hablarle de frente.

—Para omegas —respondió—. cuando una relación no alcanza la estabilidad necesaria para asegurar la concepción.

—¿La usaste alguna vez? —preguntó alguien.

Iruka tardó un segundo en contestar, buscando la forma más precisa de decirlo.

—No me lo han ordenado antes.

El silencio que siguió fue denso, incómodo. Algunos aromas vibraron, inquietos. Otros se apagaron, como si el Consejo acabara de entender algo fundamental y profundamente perturbador.

La Inuzuka apoyó el codo en el brazo de su asiento.

—Eso es suficiente —dijo finalmente.

Iruka bajó la cabeza otra vez, y esta vez no fue solo cansancio. El aire seguía demasiado lleno. Cada respiración arrastraba capas de presencia que no sabía filtrar, y su cuerpo había empezado a responder antes que su mente: hombros relajados, postura cerrada, el instinto antiguo acurrucarse.

Las cosas a su alrededor no se sentían apagadas, pero sí silenciadas, como si cada orden implícita encontrara el camino despejado.

Una beta con un pañuelo anudado a la cabeza habló desde el otro extremo de la sala. No elevó la voz. No lo necesitaba.

—Hubo otro capturado contigo.

Iruka ladeó la cabeza con un pequeño retraso, siguiendo el hilo con esfuerzo. El nombre llegó después, arrastrado por el aire.

—Un alfa del clan Sarutobi.

Asintió antes de que terminaran la frase. El gesto fue automático.

—Define tu relación con él.

Iruka tardó un segundo más en responder. No porque dudara, sino porque el concepto tuvo que abrirse paso entre olores alfas que seguían presionando, envolviéndolo, empujándolo suavemente hacia dentro.

—Es mi pareja alfa —dijo.

Su voz salió baja, pareja, sin aristas. El aire vaciló. No había marcas ni un aroma alfa en él. Varias presencias se ajustaron, midiendo.

—No hay vínculo formal —observó alguien.

Iruka asintió otra vez, más pequeño aún el movimiento.

—Es reciente.

No explicó más. No se protegió. No levantó la vista. Mitarashi inclinó la cabeza, observando con atención clínica.

—Tu postura es abierta —murmuró—. No hay resistencia.

Iruka no entendió del todo el comentario, pero su cuerpo respondió igual: los hombros cedieron un poco más, la cabeza inclinada en un ángulo que ofrecía, sin intención consciente, la línea de su cuello. La matriarca Inuzuka dejó que su aroma se expandiera apenas. No era una amenaza. Era una prueba.

—¿Te opusiste en algún momento? —preguntó.

La pregunta llegó envuelta en alfa. Iruka la recibió más con el cuerpo que con la mente.

—No —respondió de inmediato.

No pensó en alternativas. No revisó recuerdos. La palabra salió porque era la que encajaba mejor con la sensación actual: no resistir, no chocar, no tensar. El silencio que siguió fue denso, pero no hostil. Varios aromas cambiaron de registro, ajustándose.

—No hay señales claras de coerción —dijo Mitarashi tras un momento—. El omega no muestra rechazo activo.

—Tampoco confusión postraumática asociada al vínculo —añadió la beta del pañuelo—. Aunque sí una sobrecarga sensorial considerable. Sugiero terminar esta sesión a la brevedad.

La duda no desapareció del todo. Flotó, contenida.

—Entonces —dijo al fin— lo registramos como una relación consentida, aunque no consolidada.

El dictamen cayó como una manta. Iruka bajó la cabeza aún más, si eso era posible. El cuerpo le respondió con alivio inmediato, como si hubiera recibido una orden clara después de demasiado ruido.

Y en ese momento, con el aire aún saturado y su voluntad suavizada por demasiadas presencias alfa, eso era lo único que importaba. Sin embargo, aún había tensión en el aire, algo en su respuesta generaba incertidumbre e Iruka no entendía que. Algo en la habitación se extendió como un conocimiento compartido.

—El historial del clan Sarutobi con esta aldea es… irregular —dijo finalmente—. Y no siempre por acciones recientes.

Iruka no entendió el peso de esas palabras, pero sí el cambio en los aromas. Una aspereza antigua, como piedra húmeda removida después de años.

—Precisamente por eso —intervino un omega— no podemos asumir que este alfa no sea un riesgo.

—Y por eso mismo —añadió una beta— no es prudente mantenerlo cerca, aunque el vínculo sea aceptado como consentido.

Iruka sintió un leve mareo. El aire seguía siendo demasiado cuando aquel destello eléctrico en su espalda regresó. Iruka inhaló aquella presencia desconocida pero conocida, el mismo rayo mentolado que habló al inicio y que le recordaba al alfa que ingresó a su guardería.

—No ignoro el historial entre el clan Hatake y los Sarutobi —empezó—. Sería irresponsable fingir neutralidad donde no la hay. —Algunos aromas se tensaron.---Precisamente por eso —continuó— considero que no deben permanecer cerca.

Iruka levantó la cabeza apenas. No comprendía la historia, pero sí el filo de la decisión.

—Mi propuesta no nace de una disputa —añadió el alfa—. Nace de evitar que una situación sin resolver reactive precedentes que esta aldea pagó caro. Tal como lo señaló Shiranui-sama, Umino-san está sobresaturado. Mantenerlo en custodia institucional lo vuelve dócil, no estable. Mantenerlo cerca del Sarutobi —añadió— introduce una variable que no controlamos.

La Inuzuka lo observó con detenimiento.

—¿Y tú sí serías una variable controlable? —preguntó.

Iruka se sintió invisible, toda la atención puesta en la interacción entre los dos alfas que hablaban por sobre él.

—Soy una variable conocida —respondió—. Con historia en esta aldea. Con pérdidas que no pretendo infringir de vuelta.

El silencio que siguió fue más profundo e Iruka se aferró a la seguridad de ese aroma.

—Propongo una custodia residencial temporal —dijo—. Bajo supervisión del Consejo y lejos del alfa Sarutobi.

La matriarca Inuzuka se recostó lentamente en su asiento.

—El antecedente entre clanes no juega a tu favor —dijo—. Pero tampoco invalida tu propuesta.

Ella lo contempló unos segundos.

—El clan Inuzuka acepta la custodia del clan Hatake bajo supervisión mientras se evalúa el riesgo del alfa Sarutobi.

Ella levantó la mano y, después de un momento, otros más lo hicieron.

Iruka no entendió del todo qué acababa de ocurrir. Sin embargo, algo en su conciencia le indicó que ahora tendría que responder bajo sus órdenes.

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