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Invierno en el Club Violette

Summary:

En el invierno de 1926, una joven llamada Dahlia llega al Club Violette en medio de una tormenta de nieve

Notes:

Hola mis homosexuales!! Esto es principalmente para que mis amigas lean lo que escribo. Lo hago por diversión, así que si alguien fuera de mi grupo de amigas lo lee, bienvenido! Tampoco esperéis actualizaciones semanales o mensuales. Escribo cuando estoy inspirada y cuando no tengo que estudiar. Así q bueno, espero q os guste !! 💖🫶

Chapter 1: Capítulo I

Chapter Text

“Si el risueño Baco, la hermosa Venus y las Gracias, que no aciertan a vivir separadas, asisten a nuestro festín, la luz de las antorchas iluminará sus goces hasta que vuelva Febo y ahuyente las tinieblas de la noche.” (Horacio, Odas, III)

No sé en qué momento comencé a odiar la nieve. Tal vez fue esa noche, la del cinco de enero, cuando crucé los bulevares de Montmartre y el viento me mordía los tobillos como un perro con hambre.

Hacía dos días que no dormía. El cansancio tenía un sabor metálico, y la soledad, una textura que se pegaba al cuerpo. Había aprendido a no esperar nada de las ciudades nuevas: todas son iguales cuando se llega con los bolsillos vacíos. Lo único que cambia es la forma en que los hombres te miran cuando les pides fuego.

Cuando vi el letrero violeta titilando en la distancia, sentí una punzada de duda: había algo casi obsceno en tanta luz desafiando al invierno. El Club Violette.

Empujé la puerta. El golpe de calor me mareó primero; luego vino el ruido: una orquesta entera vomitando jazz y carcajadas, el retumbar de los tambores, las risas, los vasos chocando. La música no sonaba, atacaba. Y el aire olía a ginebra, a polvo de arroz y a perfume barato que alguien había derramado con desesperación.

El salón era una marea. Plumas, lentejuelas, cuerpos. El humo del tabaco subía lento, atrapando los focos de colores como si la niebla tuviera nervios. Una mujer vestida de rojo se subía a una mesa; otro hombre, en tirantes, la seguía con un sombrero en la mano. Nadie parecía triste; pero había una urgencia en esas risas, una especie de miedo disfrazado de júbilo.

Me quedé en la entrada, congelada, con la maleta colgando del brazo. Nadie me notaba. Era como si yo mirara desde detrás de un vidrio. Entonces la vi. Entró desde la pista, riendo, una mujer de piel oscura que brillaba como si la luz se hubiera inventado solo para ella. Llevaba un vestido dorado que parecía hecho de aire y música, y al caminar movía el mundo. Me vio, quieta, y se abrió paso entre la multitud. No caminaba: se deslizaba.

—¿Y tú quién eres? —dijo, sin presentarse, con una sonrisa que era mitad burla, mitad bienvenida.

No esperó respuesta. Me tomó de la mano, y antes de que pudiera decir nada, ya me había arrastrado al centro.

El suelo temblaba bajo los pies. La orquesta subió el ritmo, alguien gritó mi nombre sin saberlo, y de pronto todo fue movimiento. Cuerpos girando, copas vaciándose, el aire lleno de risa, perfume y electricidad. Ella —la mujer de vestido dorado— reía mientras bailaba conmigo. Su piel relucía de sudor y polvo de brillo, y su voz, cuando hablaba, era grave, hermosa, peligrosa.

—Nunca te he visto por aquí —dijo, sin dejar de moverse—. Y yo lo veo todo.

Supe de inmediato que era verdad. Había en ella una autoridad que no necesitaba explicación. 

—Acabo de llegar —dije.

—Ya lo imaginaba. Tienes esa mirada que tienen las niñas que todavía creen que las flores crecen en los bolsillos. ¿De dónde?

—De ningún sitio.

Rió.

—Entonces has llegado al lugar perfecto. Aquí todos venimos de ninguna parte. Soy Giselle, encantada cariño.

Giró sobre sí misma, dejando un rastro de perfume y luz. Cuando volvió a mirarme, su expresión se volvió más seria, como si hubiera leído algo en mi cara. 

—Pero tú no estás buscando diversión, ¿verdad?

No respondí. No sabía qué buscaba.

La orquesta cambió de tono; el piano entró en una melodía más lenta, más amarga. La multitud comenzó a dispersarse hacia la barra, hacia los rincones donde el placer se disfraza de descanso. Ella me ofreció una copa que alguien le había pasado.

—Aquí no se bebe para olvidar —dijo—, se bebe para seguir bailando.

Tomé un sorbo. El alcohol me quemó la garganta, pero era un ardor distinto, como si el cuerpo necesitara recordar que estaba vivo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, apoyando el codo en mi hombro.

—Dahlia.

—Un nombre de flor. —Sonrió, como si la idea le divirtiera—. Espero que sepas marchitarte con elegancia.

Quise responder, pero ella ya se había girado, saludando a alguien entre la multitud. Le besaron la mano, la invitaron a otra mesa. Era evidente que ese lugar giraba en torno a su risa. 

Me quedé en medio de la pista, con la copa vacía. A mi alrededor, la fiesta seguía, pero yo ya no formaba parte de ella. Todo se había vuelto borroso, como si la música se hubiera alejado bajo el agua. A un costado, un grupo de músicos se preparaba para volver a tocar. Un camarero tropezó y derramó vino sobre el suelo. Nadie lo miró.



No sé cuánto tiempo pasé en la pista. El aire se volvió espeso, casi líquido. Las luces bailaban sobre mi cabeza como si me observaran desde otra realidad.
Bebí más de la copa que me habían ofrecido; luego otra, no recuerdo de quién. El ardor en la garganta se volvió agradable, un fuego que me adormecía los pensamientos.

Cuando intenté volver a la puerta, el suelo parecía inclinarse. Tropecé con una silla y alguien se rió. Reí también, sin saber por qué.
No reconocía la música, ni las voces. Todo era un torbellino de colores: rojo, dorado, azul, humo. Encontré un pasillo, oscuro y estrecho, y me refugié allí. El ruido se volvió un eco lejano, un latido. Me apoyé en la pared fría, cerré los ojos. Tenía las manos pegajosas por el vino, el corazón latiendo demasiado rápido.

—Bueno, bueno… —dijo una voz—. Miren quién aprendió a beber antes de aprender a decir “no”.

Abrí los ojos. Era ella. La mujer del vestido dorado. Giselle. Su sonrisa era distinta ahora. No burlona, sino cansada, como si ya hubiera visto esa escena demasiadas veces. Sostenía un vaso de agua, o tal vez ginebra. No me lo ofreció todavía.

—Te ves pálida, flor. —Se acercó, sus pasos suaves sobre el suelo húmedo—. Ven, siéntate.

Me ayudó a apoyarme en una caja vacía junto a la pared. La cabeza me daba vueltas.

—No estoy borracha —murmuré.

—Claro que no. —Su voz sonaba cálida, casi maternal—. Solo un poco fuera de este mundo.

Me reí débilmente.

—Era solo una copa.

—Y media más. —Hizo un gesto con la mano—. Aquí el tiempo se mide en tragos.

Me ofreció el vaso. Era agua, fría, pura. Bebí con torpeza, y el líquido me devolvió a la realidad poco a poco. El pasillo olía a madera mojada y a perfume derramado. Desde la puerta del fondo se colaba una ráfaga de música.

—No estás hecha para este sitio —dijo ella, observándome con atención.

—Solo vine a mirar.

—Nadie “solo mira”. Todos llegan buscando algo.

—Yo no.

Giselle rió.

—Entonces eres la primera. —Su tono se suavizó—. Mira, pequeña… este lugar brilla, pero muerde. No lo creas todo. Ni los aplausos, ni los halagos, ni los hombres que prometen sacarte de aquí.

Me quedé callada. No sabía qué responder. Ella se agachó un poco, me miró a los ojos.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciocho.

—Ah. Entonces sí. —Asintió con una sonrisa breve—. Demasiado joven para entender y demasiado orgullosa para admitirlo.

Sus palabras me dolieron, pero no como una ofensa. Más bien como una verdad que ya intuía.

—¿Y tú? —pregunté, en voz baja—. ¿Por qué sigues aquí, si lo sabes todo?

Giselle me miró un largo rato. Su rostro era hermoso.

—Porque sé cómo bailar sin caer —dijo al fin.

Luego se irguió, se sacudió el vestido, y volvió a ser la mujer de antes, luminosa, invencible.

—Anda, Dahlia. Ven conmigo. No te quedes en los pasillos. Aquí el frío entra por las paredes, y el frío no perdona.

Tomó mi mano. Su piel era tibia, firme. La seguí.

Mientras regresábamos al ruido del salón, sentí algo extraño en el pecho: no miedo, ni alegría, sino esa sensación que tienen los niños cuando cruzan por primera vez la calle solos. Sabía que algo había cambiado, aunque no entendía qué. Y sin embargo, cuando el sonido de la orquesta volvió a envolvernos, sentí que el corazón me latía al ritmo del tambor. Giselle avanzó sin mirar atrás, abriéndose paso entre los cuerpos. Yo la seguía, un poco deslumbrada, un poco asustada, con la maleta apretada contra el pecho.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—A ver al que paga las cuentas —dijo ella.

Cruzamos una cortina de terciopelo raído. El ruido se apagó un poco, pero el aire allí era más espeso, lleno de tabaco, grasa y perfume caro. Detrás del escenario había un pasillo con cajas, trajes colgando y botellas apiladas. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba salir voces.

—Espérame —susurró Giselle, pero antes de que pudiera detenerme, ella ya había entrado. Yo la seguí.

La habitación era pequeña, con una lámpara amarilla colgando del techo. Detrás de un escritorio cubierto de papeles, un hombre discutía con otro, más robusto, que llevaba un delantal manchado. El tono era violento, pero contenido.

—No pagaré por cadáveres en descomposición —gruñó el hombre—. París está llena de muertos, no necesito más en mis platos.

—Y le digo que es lo único que hay fresco esta semana, maldita sea —respondió el otro, golpeando la mesa con el puño.

El delantal bufó, lanzó una mirada y se marchó, cerrando la puerta con un golpe. El que se quedó, Henri Leduc, supe después, se pasó una mano por el cabello, suspiró, y solo entonces notó nuestra presencia. Su mirada se detuvo en Giselle primero, con algo parecido a respeto; luego en mí, con una curiosidad seca, casi clínica.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Giselle sonrió.

—Una niña que el invierno trajo hasta la puerta, jefe.

Él me observó un largo rato. Tenía las manos grandes, manchadas de tinta; el chaleco abierto y una corbata torcida. En su rostro había una mezcla de inteligencia y fatiga.

—¿Tienes nombre, niña? —dijo al fin.

—Dahlia —respondí. Mi voz sonó más débil de lo que quise.

—¿Y oficio?

—Ninguno.

Giselle intervino con ligereza

—Dice que baila.

—¿Baila? —repitió Leduc, sin apartar los ojos de mí. Sentí que me ruborizaba.

—Un poco —murmuré—. Aprendí sola.

El silencio se hizo denso. Desde la pista llegaban los ecos del piano. Leduc encendió un cigarrillo, aspiró lento y soltó el humo hacia arriba.

—Aquí nadie aprende solo —dijo finalmente—. Pero puede aprender rápido, si tiene hambre.

No supe qué responder. Él se volvió hacia Giselle.

—¿Qué quieres que haga con ella?

—Déjala quedarse. Una noche. Si no sirve, se va.

Leduc asintió, como si aquello no le costara nada.

—Una noche, entonces.

Me miró de nuevo. Asentí, aunque no estaba segura de haber entendido. Giselle me tomó del brazo.

—Vamos, flor —dijo—. Te mostraré dónde puedes cambiarte.

Antes de salir, me atreví a mirar una última vez al hombre tras el escritorio. En su mirada había la resignación de quien ya ha visto demasiadas primaveras morir bajo la misma nieve.

Cuando la puerta se cerró detrás de nosotras, escuché el sonido del papel al arrugarse, luego el golpe seco del vaso contra la mesa.

Giselle caminaba deprisa.

El camerino estaba caliente como una cocina. Las bombillas desnudas lanzaban una luz amarillenta sobre los espejos rajados, y el aire tenía ese olor espeso de polvo de arroz, perfume y sudor seco. Una docena de mujeres hablaban a la vez; reían, discutían, canturreaban. Entre ellas se movían los hombres de la orquesta y los mozos con bandejas, todos empapados de ruido.

Giselle me empujó con una mano en la espalda.

—Siéntate ahí —dijo—, y no respires tan fuerte.

Me dejó frente a un tocador lleno de frascos abiertos, horquillas, plumas rotas. En el espejo me vi pálida, con los ojos muy abiertos, el pelo enredado por la nieve. Parecía una niña disfrazada.Una de las chicas me miró de reojo mientras se ajustaba el liguero.

—¿Y esta quién es?

—Una amiga —respondió Giselle—. Tiene hambre.

Eso bastó; nadie preguntó más. En aquel sitio todo el mundo entendía lo que significaba tener hambre.

Giselle abrió un cajón, sacó un peine y un trozo de tela.

—Te vas a quedar aquí un rato. —Me tendió el peine—. Péinate. Haz algo con esa cara.

Obedecí con torpeza. No sabía qué hacer con mis manos. Ella, en cambio, trabajaba deprisa; se quitaba los pendientes, se subía el vestido, se maquillaba con una precisión de relojero.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté.

—El suficiente —contestó.

No insistí. Ella me miró en el espejo, y por un momento su expresión se ablandó.

—Escucha un consejo: no te acostumbres al ruido. Te deja sorda, y cuando el ruido se va, solo queda el vacío.

Afuera sonaron aplausos, después un redoble de batería.

—Ya me toca —dijo, poniéndose de pie—. Quédate aquí. Si alguien pregunta, di que esperas a Leduc.

La puerta se cerró detrás de ella. Me quedé sola entre los espejos y los frascos abiertos. Las otras chicas iban saliendo de una en una; el murmullo se fue apagando hasta quedar un silencio que olía a talco. En el espejo vi mi reflejo moverse apenas, como si me observara alguien más. Me toqué los labios, el cabello, la piel. Pensé en lo que había dicho Giselle: no te acostumbres al ruido.

Desde el escenario llegó una ráfaga de aplausos, una voz cantando con fuerza, una risa grave que reconocí: la de ella. Me quedé escuchando, y por primera vez en mi vida sentí algo parecido al deseo.

En algún momento, me quedé dormida debido al alcohol.