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Ginga abrió la puerta del apartamento que compartía con Cinque y, tras ingresar y quitarse los zapatos, empezó a caminar, con sigilo, hacia la habitación. Su respiración era errática, sus ojos oscurecidos y atentos. Pasó días en una misión, por lo que no había podido estar cerca de su omega. La amarga distancia y la ferviente necesidad alteraron sus sentidos, haciéndolos más perceptivos.
Aunque el lugar estaba a oscuras, Ginga podía avanzar sin dificultades. Sabía en qué parte se encontraba cada objeto, cada mueble, cada aparato; avanzaba en la oscuridad sin problemas. Además, percibía muy bien el olor de Cinque —una penetrante fragancia a jazmín—, que inundaba toda la estancia. Gracias a eso, pudo determinar que ella estaba en casa.
De antemano, Ginga sabía que no podría contener las intensas ganas que tenía de tomar a su omega apenas llegara al apartamento, por lo que decidió tomar una larga y relajante ducha en uno de los tantos baños del Cuartel General. No quería perder el tiempo: debía llegar y satisfacer sus instintos tan pronto como fuera posible.
—Cinque... —masculló, intentando inútilmente ocultar la urgencia que denotaba su voz.
En cierto punto, Ginga empezó a quitarse la ropa, prenda por prenda. Tiró lejos su pesada gabardina, aflojó su corbata y la dejó caer; su ajustada camisa blanca voló unos segundos después, y la falda quedó tirada justo en la entrada del cuarto. Para cuando abrió la puerta e ingresó a la habitación, lo único que Ginga llevaba puesto era su sugerente ropa interior púrpura de encaje.
Pronto, se vio invadida por la sorpresa y la decepción. Efectivamente, su omega estaba en la habitación... y dormía profundamente. Acurrucada de forma adorable encima de la cama que compartían, Cinque ronroneaba por lo bajo mientras respiraba de forma acompasada.
Lo que le llamó la atención de esa escena fue ver que había ropa desperdigada por todo el cuarto. Y toda esa ropa era de Ginga.
Encima de la cama, aplastadas por el cuerpo de la hermosa omega, se encontraban dos blusas que Ginga usaba muy seguido. Además, Cinque abrazaba, como si se aferrara al cuerpo caliente de su alpha, una de las gabardinas blancas que usaba para trabajar. Solo con ver el escenario, Ginga pudo entender lo que estaba ocurriendo.
Cinque se había sentido muy sola en el tiempo en el que ella estuvo en la misión de turno para el Buró, por lo que se dejó llevar por su instinto de apego y empezó a dormir abrazada a la ropa de Ginga, que tenía el olor de ella. Había convertido la habitación en una especie de nido en el que se sintiera cómoda y pudiera descansar tranquila.
Pasadas la sorpresa y la desilusión, Ginga se sintió enternecida por la escena —y también algo celosa por el hecho de que su omega estuviera con su ropa y no con ella—, así que optó por no molestarla y salió de la habitación. Cerró la puerta cuando estuvo afuera.
Las intensas ganas aún la quemaban desde adentro, pero tendría que esperar. De forma inconsciente, olfateó el aire. Acababa de recordar que tenía hambre de comida también cuando el olor a Okonomiyaki llegó a sus fosas nasales.
Cenaría, sí. Pero antes se ducharía otra vez. Procuraría usar el agua más fría que pudiera soportar su cuerpo: tenía que hacer algo con esa llama que se había encendido en su interior y que no había podido apagar.
